Aguas Serenas

Alyson Belle · Capítulo 4 de 10

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Aguas Serenas

Cap�tulo 4

Capítulo 4

Los centros comerciales escaseaban en las montañas Apalaches.

Me empapé de los colores brillantes y el olor a pan de canela recién horneado cuando entramos. La luz del sol que entraba por la cúpula de vidrio hacía que todo se viera luminoso y aireado. Me atravesó un vértigo que no había sentido desde la infancia, y me hacía querer entrar en cuanta tienda veía abierta. Había olvidado por completo mi pudor, sólo sentía júbilo y ansiedad.

Los adolescentes se apiñaban en los bancos y reían tontamente.

Siempre deseé tener un centro comercial donde poder pasar el rato con mis amigos. Había algunos centros comerciales en la ciudad, pero en nada parecidos a este gigantesco edificio de mármol lleno de anaqueles y gente.

En las aceras había imitaciones de estatuas renacentistas que nadie notaba.

Con el cuerpo hormigueando por la ansiedad, entré corriendo en Forever 21, arrastrando a Gabe detrás de mí. Había escuchado a las chicas en la escuela secundaria hablar de estas tiendas. Nunca me atreví a entrar en una durante mis vacaciones en DC, así que estar era la oportunidad para saber de qué se trataba realmente.

Era difícil detenerse en cada perchero, mi cuerpo vibraba con una energía descontrolada y necesitaba abarcar todo el caos de un solo golpe.

Un impulso desenfrenado me movía de un lado a otro y mi corazón comenzó a latir como aquel martillo neumático al otro lado de la ventana de nuestra habitación. Siempre había sentido la mirada de todos hincándose como agujas en mi cuerpo, pero hoy no me importaba si mi comportamiento irritaba a alguien. Quería arrasar con el lugar.

La euforia no duró mucho. Mientras evaluaba la ropa colgada, fruncí el ceño.

—¿Qué sucede? —preguntó Gabe.

—Los vaqueros parecen bastante finos —dije.

En comparación con los vaqueros gruesos y ásperos a los que estaba acostumbrada, estos eran suaves. Seleccioné algunas tallas diferentes. Debía probarme algo o seguiría atrapada en este vestido improvisado toda mi vida.

En el probador, me puse la talla más pequeña y me horroricé al ver que no se deslizaba más allá de la mitad de mi muslo. La segunda talla más pequeña logró completar el viaje, pero mi abultado estómago le impedía superar la frontera de mis caderas. Arrojé lejos esos dos y probé con el tercer tamaño, convencida de que era el indicado. Efectivamente, eran más manejables, pero antes de que pudiera cantar victoria, se deslizaron hacia abajo, con la tela pegada a las pantorrillas.

Podría usar un cinturón, pero no me convencía la idea de un cinturón frente a una tela tan fina. Totalmente derrotada, probé un estilo diferente y dolorosamente descubrí que las reglas de tamaño habían cambiado y ahora el más pequeño era demasiado grande. Esto era una locura. Además, ninguno de estos vaqueros tenía bolsillos. El primero tenía unas bolsas laterales de pocos centímetros de profundidad, y los bolsillos del segundo eran absolutamente decorativos. Todavía estaba abotonando mi improvisado vestido cuando pasé por delante de Gabe y declaré a Forever 21 como mi enemigo de por vida.

—¿Todas las tallas para mujeres son así? —lloriqueé.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Dame tu teléfono —le dije refunfuñando— No tengo el mío encima.

Abrió la boca, pero se contuvo de pronunciar palabra. Me arrojó su teléfono de mala gana.

—No abras mi carpeta de porno.

Me dejé caer en un banco vacío sin dejarlo terminar la oración.

Abrí el buscador de internet y escribí «moda femenina».

—Me siento desnuda en un campo de batalla —dije—.No tengo idea de qué talla soy o cuál es mi estilo de cuerpo.

Arqueando una ceja levantada se sentó a mi lado y se colgó sobre mi hombro mientras yo recorría las fotos. Me llamó la atención la foto de una modelo con un vestido multicolor. Al hacer clic en el enlace, apareció un caleidoscopio de blazers, pantalones capri estampados y vestidos. Quería rodearme de color. Nada oscuro ni monótono. Quería reír y jugar. Ya no quería verme como un témpano del Ártico. Quería ser una aurora prendida fuego en el cielo.

Tras devolverle el teléfono a Gabe, me paré y entré en una boutique que exhibía en su vidriera un maniquí con una falda fluida que

parecía una noche estrellada.

—¿Puedo ayudarla a en algo, señorita? —preguntó el vendedor al verme ojear los estantes.

Volvía a sentir en mi estómago la misma euforia que cuando el conserje me había llamado «señora». Me sentí radiante y resolví disfrutar, darme permiso para emocionarme por las pequeñas cosas. Después de todo, no había tenido la oportunidad de amarme a mí misma como trans. Por doloroso que hubiera sido, había pasado años sin poder romper con la tradición. Crecer significaba amarme a mí misma, romper todas las reglas ridículas que la tradición impone en la cultura sin otra razón más que el control.

Sabía que mi familia al menos dudaría en aceptarme, pero quería ayudarlos a amarme como Clara. Sin cambios de la noche a la mañana, y sin apresuramientos. Eso planteaba la pregunta de si realmente quería que mi transición se definiera por el nivel de comodidad o aceptación que ellos exhibieran. El viejo yo no había cuestionado ese plan, pero el nuevo yo podía ver las grietas en esa premisa. La tradición significaba interpretar la vida para una audiencia y cambiar la trama cuando las reseñas de los críticos eran de menos de tres estrellas. Esa era la definición de tradición, pero para mí lo importante siempre fue saber que mi familia estaría conmigo.

La tradición eran las galletas navideñas en el horno y los suéteres de punto bajo con pequeños colgantes dorados. Era el aceite de pachulí con el que mamá se frotaba las muñecas, no demasiado, solo una pizca. Era Eric mostrándonos imágenes de sus inmersiones de buceo y mamá meneando la cabeza por lo peligrosa que era el agua. Era Rosa tocando su violín hasta altas horas de la noche, ensayando para un concierto en Baltimore. Era el cordero agridulce que mamá preparaba en su olla de barro en la chimenea.

Era papá recitando el periódico matutino, mientras Eric y yo respondíamos con comentarios ridículos que lograban hacer tentar de risa a papá pese a su esfuerzo por disimularlo. Era asaltar con Rosa el baklava pegajoso en medio de la noche y devorárnoslo sobre la alfombra áspera del estudio mientras susurrábamos secretos hasta quedarnos dormidas, y luego ser reprendidas por mamá porque nos habíamos acabado el postre para la Pascua. Cada año lo mismo. Hasta que finalmente mamá se dispuso a hacer baklava extra para que Rosa y yo pudiésemos comer la noche anterior,

aunque igualmente nos daba su sermón. Solo para mantener viva la tradición.

Mi definición de tradición nunca se basó en cómo cambiamos con el tiempo, sino en el amor que perdura sin importar cuán diferentes seamos en relación con el año anterior. Pensé que era lo mismo para todos, y fue traumático darme cuenta de que no lo era. La sensación de pérdida martillaba más profundamente dentro de mí cada vez que recordaba que jamás volvería a oler las velas de jazmín de papá o la comida de mamá.

No me di cuenta de que las lágrimas corrían por mi rostro hasta que Gabe puso su mano sobre la mía y murmuró:

—Que se jodan.

#

Salimos del patio de comidas y caminamos por el centro comercial cuando un destello rojo capturó mi atención. Me volví para ver una tienda de lencería y, sin decírselo a Gabe, entré apresurada.

La necesidad había sido el impulso para casi todas las decisiones sobre la ropa ese día, nada caro o frívolo, pero se me hacía agua la boca viendo todo lo que se exhibía frente a mis ojos.

Me llamó la atención un maniquí con un corpiño rojo y negro. El encaje acentuaba el sujetador acolchado y una cinta igualmente negra abrazaba las copas del sujetador. Además del sostén, todo era delicado, incluido el tanga de trama roja. Las ligas en la parte inferior del corsé sostenían un par de medias negras. Miré la etiqueta del precio y gruñí cuando vi que costaba 90 dólares.

Sentí la presencia de Gabe cerca de mí y me volví para verlo a un pocos centímetros de distancia. Miró el maniquí y sonrió.

—¿Qué miras?

—Una sirena —dije, entornando los ojos.

Gabe resopló.

—Ariel creció.

—Ella era adulta.

—No, tenía dieciséis años en la película. ¿Sabías que era ilegal que firmara cualquier documento con Úrsula siendo menor?

Realmente acumulaba información inútil en su cerebro y balbuceaba más rápido de lo que podía entender. Antes de que yo pudiera añadir algo, dijo:

—Bueno, en realidad no conozco las leyes que rigen las aguas internacionales...

—Gabe, no tengo a nadie para quien usar algo como esto —lo interrumpí, por mucho que me hubiese encantado seguir hablando de Disney en una tienda de lencería.

Dos parejas nos miraron insinuantemente al pasar a nuestro lado.

Gabe pareció no notarlo. Se mordía el labio, los ojos no abandonaban la vidriera.

—No hay nada de malo en que quieras usar eso.

Suspiré.

—Lo sé, pero ¿luego qué?

—Bueno, esta también es una tienda de juguetes sexuales.

Le guiñé un ojo.

—Tal vez sea una buena idea, pero sigue siendo necesaria la presencia de otra persona dispuesta al juego.

Él se rió, con algo de temblor en su voz.

—Señora Robinson, está tratando de seducirme.

Un pequeño calor subió por mi pubis. ¿Estaría mal? Nos conocíamos desde hacía años, y estaba claramente atraído por él, al menos en algún nivel. Aparentemente, había guardado el secreto durante demasiado tiempo.

—Clara... —dijo después de un momento, buscando las palabras adecuadas—. Mmm... Tú y yo somos amigos. Estamos en el siglo XXI. Los amigos a veces tienen sexo. Yo, pues, estaría dispuesto a hacerlo —se detuvo de pronto y miró sus zapatos.

Mi corazón se aceleró, pero me contuve. ¿Por qué era tan incómodo? Solo era sexo, nada más. Pero me sentía tímida pensando en aceptar, porque eso significaría admitir que había pensado en desnudarnos juntos. Nos conocíamos desde que éramos niños, y tal vez esa fuera la razón. Nunca nos habíamos visto como compañeros sexuales. No era de extrañar que nos sintiéramos incómodos.

Aunque eso sería arriesgar nuestra amistad. En realidad, si fuésemos capaces de superar esto, no habría duda de que nuestra amistad sobreviviría a mi transformación.

—Sí —dije.

Su cabeza se alzó de pronto y nuestras miradas se encontraron.

—¿Sí?

Me encogí de hombros.

—¿Por qué no? De todos los hombres, sin duda tú eres en quien más confío. Y, además, quiero probar mi coño.

Gabe tartamudeó, intentando confirmar que me estaba escuchando correctamente.

—Oh, entonces... ¿Está bien¿ ¿Esta noche en el hotel?

Guau. Sí que estaba apurado.

—Perfecto. ¿Para qué están los amigos?

Sonrió.

—Eso, ¿para qué más son los amigos?

Los nervios hicieron un nudo en mi estómago y me volví hacia la lencería que habíamos estado mirando.

—Bueno, entonces tengo una razón para esto —dije mientras desenganchaba la percha del estante y miraba hacia la parte trasera de la tienda, como si pudiera ver algo a través de la cortina negra —. Tengo curiosidad.

Crucé la cortina y entré en una habitación blanca, con estantes llenos de juguetes de todos los colores, alineados en las paredes. Sobre la alfombra había exhibidores de libros y pornografía. Una ráfaga de aire me hizo cosquillas en el cuello cuando Gabe cruzó la cortina y se situó detrás de mí. Parecía una tienda de variedades, pero con consoladores. Todavía creía que solo estaba mirando, a pesar de que planeaba irme con algún juguete. Revisé los estantes, familiarizándome con una multitud de objetos sexuales que no sabía que existían.

Me detuve en la vitrina de vibradores, recordando haber leído que era lo mejor para principiantes. Presioné el botón y las vibraciones sacudieron el estante del que colgaba. Su cabezal de silicona tembló. Sin saber cómo se sentirían las vibraciones en la práctica, la intensidad no me impresionó ni me dejó de impresionar. Solo adormecieron mi palma. Pero sabía que no descubriría el efecto real hasta que lo intentara, así que seleccioné una caja blanca. Cuando vi que tenía que enchufarlo, fruncí el

ceño. La decepción duró poco, pues de inmediato me encontré con una versión recargable.

—No es que yo sepa mucho de esto por experiencia propia... —

comenzó diciendo Gabe — pero he oído que los recargables son mejores.

Una amiga en Filadelfia trabaja de revisarlos.

—¿Esto se revisa? —pregunté levantando la caja.

—Más que eso.

—¿Quién es tu amiga? —pregunté tragando saliva—. ¿Una novia?

Gabe rió.

—Es lesbiana.

Sintiéndome tonta por haberme preocupado, me reí nerviosamente

—Tú sí que tienes amigos interesantes.

Finalmente caminamos hacia la caja registradora y puse la lencería y el vibrador en el mostrador. La vendedora sonrió.

—Un clásico —dijo haciendo andar el aparato.

«Un clásico» se traducía en mi cerebro como «Toda las mujeres lo tienen. ¿Por qué tú no? ¿Acaso eres una impostora?». De repente, sin querer me oí respondiendo:

—Sí, sí. Es que ayer rompí el mío. Le di demasiado duro...

Gabe no paraba de toser de la risa.

Alzando una ceja, la vendedora le preguntó:

—Oye, ¿estás bien?

Levantando una mano, respondió:

—Sí —gruñó casi sin aliento—. "Estoy bien, gracias.

Si mi cara fuese un volcán en erupción, no se hubiera puesto tan roja. Quise sonreírle a la cajera, pero a juzgar por su expresión al entregarme la bolsa, por fuera probablemente me veía como una maníaca con parálisis facial. Di las gracias y arrastré a Gabe a los empujones.

—Clara, lo siento. Pero eso fue muy gracioso.

—¡Nunca me he sentido más humillada en mi vida!

Puso ambas manos sobre mis hombros.

—¿Acaso crees que la primera aventura de cualquier mujer en un sex shop no es incómoda?

—Pues... no lo había pensado.

—Eres una mujer de verdad, Clara.

#

El camino de regreso al hotel fue silencioso y tenso. Mi piel zumbaba, y a juzgar por la postura alerta y nerviosa de Gabe frente al volante, supe que él también estaba nervioso. Las bolsas con ropa nueva crujían en el asiento trasero, incluida la de la tienda de lencería.

—¿Comemos algo antes? —preguntó, evitando completar con

«antes de ir a la habitación del hotel y follar».

Mi estómago rugió. El efecto del pretzel del patio de comidas ya había caducado.

—Sí, es una buena idea. Podemos pedir servicio a la habitación.

—Me apetece una hamburguesa y un batido.

—A mí también —acordé.

Gabe tomó la curva para aparcarse. El restaurante era colorido, de 1960 pero bien conservado. Nos sentamos en un reservado rosa y estudiamos el menú. Aunque sabíamos lo que queríamos, mirar el menú nos dio un momento para escapar del nerviosismo. O al menos así fue para mí.

No puedo hablar por Gabe.

«Esto es un error», pensé. Hace unas horas, me preocupaba que nuestra amistad se desvaneciera, y ahora aquí estaba, literalmente pensando

«A la mierda». No estaba pensando en la parte del sexo, sino en lo que pasaría después. ¿Qué sería de nosotros al despertar a la mañana siguiente?

¿Cambiaría todo?.

—Hola, mi nombre es Josh, y seré tu mesero esta noche. ¿Os traigo unas bebidas para empezar?

—Agua, por favor —me apresuré a decir, luego lo pensé mejor—.

Lo siento, tienes té?

Josh asintió con la cabeza.

—¿Caliente o helado?

Recordé a Nick, uno de nuestros amigos en común de la escuela.

Habíamos ido a un bar a las diez de la noche y se me ocurrió pedir té caliente. Nick se burló de mí por pedir una bebida de anciana. Me pregunté si Gabe lo recordaría. Probablemente no. Probablemente Nick tampoco.

—Caliente —respondí al fin—. Con miel y azúcar.

—Un té caliente con miel y azúcar para la dama —Josh garabateó en su libreta antes de volverse hacia Gabe—. ¿Y usted, caballero?

—Agua. Y creo que estamos listos para ordenar.

—Las damas primero —sugirió Josh.

Después de ordenar, Gabe tamborileaba sobre la mesa mientras y yo me mordía las uñas. Finalmente rompió el silencio.

—Tienen una máquina de discos.

Miré hacia abajo y solté una risa liberadora. Escuché la complicidad en su voz.

—¿Qué sucede?

—Somos ridículos.

— Sí, lo somos.

Tras aceptarlo y reírnos, la tensión se fue desintegrando.

Finalmente, hicimos contacto visual por primera vez desde el patio de comidas. Sus ojos brillaban. Tomó mi mano con sus sudorosas y cálidas palmas.

Hicimos una pausa mientras Josh ponía nuestra comida en la mesa. Para mi sorpresa, Gabe no soltó mi mano, lo cual no era poca cosa teniendo en cuenta la historia de amor de Gabe con las hamburguesas. Son su primera prioridad. En segundo lugar está respirar.

—Quiero que sepas que puedes retirarte en cualquier momento.

No te sientas culpable. Lo último que quiero es dañar nuestra amistad.

Quizás esto no fuera un desastre, al fin y al cabo.

Yo sabía que no iba a echarme atrás. Sacudí la cabeza hacia un lado para ocultar mis lágrimas de alivio y sonreí.

—Oye, todavía estoy emocionada por ver tu polla fuera de un concurso de meadas.

—¡Ey! ¿Eso fue séptimo grado?

—Segundo año de la escuela secundaria —aclaré metiéndome una patata frita en la boca—. Estabas que trinabas porque te gané. ¡Y

todavía podría ganarte!

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