Agujero

Hiroko Oyamada · Capítulo 1 de 3 · parte 1/4

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Agujero

Agujero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

Hiroko Oyamada

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Watcher 18-02-2022

Título original:

Hiroko Oyamada, 2014

Traducción: Tana Oshima

Editor digital: Watcher

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Agujero

Me mudé a este lugar con mi marido a finales de mayo, cuando le anunciaron en el trabajo que lo destinarían a otra oficina, dentro de la misma provincia pero casi en la frontera, en pleno campo. Como en ese mismo municipio viven sus padres, llamó a mi suegra para preguntarle si no conocía alguna casa que pudiésemos alquilar. «¿Y por qué no vivís en la que tenemos justo al lado?». «¿Al lado?». «Sí, ya sabes, en la casa que tenemos en alquiler. Se acaba de vaciar». Yo estaba sentada junto a mi marido y la voz de mi suegra me llegó con nitidez. ¿Desde cuándo tenían una casa en alquiler al lado de la suya? ¿Por qué nunca había oído hablar de ella?

«Se fueron este mismo abril. Eran una familia de cuatro. El padre compró otra casa y la fue pagando poco a poco, y al final se mudaron. Eran buena gente. Antes de irse me trajeron una caja grande de mandarinas de Kumamoto para darme las gracias por todo. ¿No los llegaste a conocer, Muneaki? Los Kato, que tenían dos niños, el pequeño con el pelo rizadito…». «No, no creo». Sobre una hoja que había en la mesa escribí: «¿Es una casa independiente?», y le enseñé la nota a mi marido. Él asintió, estiró la mano y anotó sobre la misma hoja: «Dos pisos». Mi suegra siguió hablando. «Así que ahora la casa está vacía. La inmobiliaria ya la ha anunciado, pero parece que todavía no ha venido nadie a preguntar por ella. Si queréis vivir ahí, se lo comunico a la agencia para que lo quiten ya mismo. ¿Os interesa?». «El alquiler era barato si mal no recuerdo, ¿no?», preguntó mi marido con entusiasmo. «Claro que es barato, esto es un pueblo. Cincuenta y dos mil yenes. ¿Os animáis?». De pie frente al teléfono analógico, mi marido me preguntó con la mirada: «¿Qué hacemos?». Desde luego, la oferta no podía ser más oportuna. Caída del cielo. Me sentí tan agradecida que no pude por menos que asentir. Con un alquiler considerablemente más barato que el que pagábamos por un apartamento de un dormitorio en la ciudad íbamos a poder vivir en una casa de dos pisos. «Sí, nos encantaría. Cincuenta mil yenes es bastante menos de lo que pagamos ahora…». «Pero ¿qué dices? No tienes que pagar ningún alquiler». «¿Cómo que no?». «Que no, que no. Mejor que ahorres ese dinero, para el futuro. Bueno, están los impuestos y otras formalidades, pero aparte de eso no necesitamos el dinero. Qué tontería, cobrarle a mi propio hijo. Además, la hipoteca ya está pagada y tampoco es que la casa esté nueva». Mi marido volvió a interrogarme con la mirada, pero por supuesto yo no tenía nada que objetar. Agradecimiento, eso era lo que sentía, un profundo agradecimiento. Lo único que me inquietaba es que no conseguía recordar aquella casa que sin duda tenía que haber visto cada vez que visitábamos a mis suegros. No me acordaba ni del tamaño ni del color de la fachada ni de cómo era el jardín. Supuse que si no la recordaba era porque ni era una mansión lujosa ni tenía tan mal aspecto como para que me llamase la atención. A decir verdad, tampoco es que tuviese un recuerdo nítido de la fachada de la casa de mis suegros. Si intento hacer memoria, lo único que me viene a la cabeza son imágenes fragmentadas: el panel solar en el tejado, o el jardín con unos pocos árboles.

«Tenía aparcamiento, ¿verdad?». «Sí, solo una plaza. Aquí no se puede vivir sin coche». «Supongo que en coche no tardaré más de media hora en llegar al trabajo… ¡Gracias! ¿Estás segura de que no quieres que paguemos nada?». «Ya te he dicho que el papeleo sí, pero por lo demás, no, nada de nada. ¿De qué me sirve cobrarte cincuenta y dos mil yenes? Se lo comunicaré enseguida a la inmobiliaria». «Gracias. La verdad es que nos viene muy bien aligerar los gastos ahora que Asahi va a dejar de trabajar». «¿Qué? ¿Asa va a dejar el trabajo?». Mi suegra bajó un poco el tono de voz, pero aun así pude oír todo lo que decía. «Sí, le quedaría demasiado lejos». «Pero entonces… ¿no deberías mudarte tú solo? Es una pena que tenga que dejar de trabajar…». Mi marido me miró. Negué con la cabeza. No entendía por qué tendríamos que vivir separados. Mi trabajo no era estable y mi sueldo no era tan alto, sino todo lo contrario. Era más bien bajo. Mi marido asintió sin decir nada. «No, no queremos vivir separados». «Bueno, claro, todavía sois jóvenes», dijo mi suegra riéndose un poco. No éramos tan jóvenes, y desde luego no estábamos recién casados. Supuse que para ella el trabajo era algo tan importante como para considerar el vivir por separado. Me pareció realmente admirable, envidiable incluso. Mi suegra se iba a jubilar pronto, en uno o dos años, después de toda una vida trabajando en el mismo lugar. Cuando tuvo a mi marido no se cogió más que seis meses de excedencia. Siempre me pareció que las circunstancias económicas de mis suegros eran buenas, por lo que no creo que se hubiese visto obligada a trabajar. Sin duda lo hacía por gusto, porque le encantaba su trabajo o quizá el hecho en sí de trabajar. A mí no me gustaba tanto como para entregarme de esa manera. No me suponía un gran esfuerzo, pero tampoco me satisfacía en exceso. Jamás me había supuesto grandes dificultades, o al menos no de las que te hacen apretar los dientes. Simplemente nunca me sentí realizada de manera espiritual. En cambio, sí que pensaba a menudo que era demasiado y que me quitaba mucho tiempo para lo poco que me pagaban. Estaba bastante cansada… Aunque supongo que eso le pasa a todo el mundo; además, lo que yo hacía lo podía hacer cualquiera, y ya no era ni tan joven ni tan ingenua como para sentirme frustrada por ello.

Mi marido colgó el teléfono y me sonrió. «Estabas escuchando, ¿no? ¿Qué te parece? ¿No te importa que la casa esté justo al lado de la de mis padres?». «¿Por qué me iba a importar?». «No sé, por lo de nuera y suegra». Al oír aquello de «nuera y suegra» estuve a punto de soltar una carcajada. Yo nunca había albergado ningún sentimiento parecido al que evoca el concepto «nuera y suegra». No pensaba que mi suegra fuese una mujer maravillosa y perfecta, pero sin duda tenía más virtudes que defectos. Era de carácter alegre, fácil de atender, tenía las cosas claras, era disciplinada, etcétera. Si hubiésemos tenido que vivir bajo el mismo techo, me lo habría pensado dos veces, pero no tenía ningún motivo para negarme a ser su vecina. «No, para nada. Le agradezco mucho que no nos vaya a cobrar. Porque no sabemos si encontraré trabajo allí, así que es estupendo que no tengamos que pagar alquiler». «Sí, ¿verdad?», con la boca todavía entreabierta, mi marido sacó el móvil y empezó a deslizar los dedos sobre la pantalla. «¿Y a ti? ¿No te importa vivir al lado de tus padres?». Sabía que a veces a mi marido le daba

pereza volver a su pueblo por Obon[1] a pesar de que ni siquiera era necesario salir de la provincia. En ocasiones íbamos a casa de mis padres porque viven más lejos y resultaba lógico darles prioridad, pero incluso cuando no era el caso, hubo años en que puso como excusa un viaje de trabajo y no fue a ver a mis suegros. «No, para nada. No sé, igual es la edad, pero hasta he sentido un poco de alivio». «¿Alivio?». Mi marido sonrió ante algo que vio en la pantalla y luego me miró durante un instante. Tiene muchos amigos, no como yo. Quizá en ese momento se lo estaba contando a todo el mundo con sus dedos veloces. ¿Sabes qué?, nos vamos a mudar, y resulta que nos vamos a mudar a la casa que está al lado de la de mis padres, ¡y el alquiler nos va a salir gratis!…

«No sé, es que mi abuelo es muy mayor, y mis padres ya tienen sus años también, y pienso que si vivo a su lado todos estaremos más tranquilos…». «Ah…». Subí el volumen de la tele, que había dejado en silencio. De repente, el televisor derramó el estruendo de una risa colectiva y volví a bajar el volumen. En una pradera de un lugar que claramente no era Japón, un grupo de personas de piel oscura, medio desnudas, estaban persiguiendo a un animal gigante. En sus caras y pechos tenían pintados unos dibujos blancos y amarillos, o puede que fuesen tatuajes. El animal parecía estar domesticado y llevaba enroscado en una pata algo parecido a una cuerda cuya punta ondeaba en el aire. De entre el grupo de gente apareció un comediante japonés con una falda de paja envuelta en su cuerpo grueso y blanquecino. Las personas de piel oscura llevaban unos pantalones cortos de algodón. «Vivir separados, ¿a quién se le ocurre? A lo mejor ha pensado que tengo un trabajo estable». «No lo sé… Creo que conoce tu situación». Los dedos de mi marido seguían moviéndose a toda velocidad. ¿Estaría escribiendo un email o buscando algo en internet? Hubo un tiempo en el que tenía curiosidad por saber lo que hacía, pero ya no me interesa tanto. Mientras no sea algo ilegal o flagrantemente sexual, no me molesto en intentar averiguar qué dice o escribe a amigos suyos que no conozco o que son miembros de algún grupo online.

«Por cierto, ¿ya has avisado en el trabajo de que te vas?». «Sí, hoy». «¿Intentaron retenerte?». «No, para nada». Sonreí con un poco de amargura. Sin soltar el móvil un segundo, mi marido inclinó la cabeza y dijo: «Después de haberse aprovechado tanto de ti, ¿eso es todo lo que te dan?». «Sí, eso es todo lo que me dan. Al fin y al cabo, las personas con contrato temporal solo somos tuercas. Pero si nos mudamos, allí no habrá más que trabajos temporales, ¿no? Este año cumplo treinta. La verdad es que me habría gustado tener un trabajo fijo, aunque fuese una vez en la vida». «Bueno, como no tendremos que pagar alquiler, el próximo trabajo lo puedes buscar con calma». «Sí, es verdad».

Al intentar atrapar al animal, el comediante tropezó y su cuerpo se llenó de barro. Mi marido apartó los ojos del teléfono un instante para mirar hacia el televisor. «Qué imbecilidad», dijo entre risas. Yo también me reí. La mudanza tendría lugar en dos semanas.

«¿En serio? ¿Vas a dejar el trabajo? ¿Por qué?». Cuando se lo conté a una compañera de planta en el baño, levantó las cejas y me miró boquiabierta. Se estaba limpiando la frente con papel absorbente facial. Era una temporal, como yo. «A mi marido lo destinan a otra oficina y nos vamos a mudar…». «¿Ah sí? ¿A dónde?». «Aquí, pero un poco más al norte. El trayecto al trabajo sería demasiado largo para mí. Ha sido algo repentino, pero…». «Anda, pues… ¡qué suerte! ¿O no debería decir que es una suerte?», dijo con un suspiro exagerado mientras tiraba el papel absorbente en la papelera del baño. La empresa estaba ahora en su época más activa y pese a ello, por alguna razón, había habido varias bajas entre los empleados fijos (una baja por maternidad, otra por enfermedad, dos que se negaban a ir a trabajar), y eso nos estaba afectando a las temporales. Tanto ella como yo estábamos haciendo horas extra que no venían estipuladas en nuestros contratos, y pese a que nos estaban mandando hacer cosas que nunca habíamos hecho, como pedidos o servicios de atención al cliente, el sueldo base seguía siendo el mismo. La verdad es que estábamos mentalmente exhaustas. El único gesto generoso que tuvo la empresa fue un sobre con treinta mil yenes que nos entregaron el día en que los empleados fijos recibieron su paga extra de invierno. En el sobre se podían leer unas palabras impresas: «Obsequio apreciativo». Lo primero que hice fue averiguar el significado del término. Al parecer quería decir algo así como regalo humilde, modesto agradecimiento. Tenía entendido que la paga extra de los fijos equivalía a tres meses de sueldo, o tres y pico. Contando a la baja, serían seiscientos o setecientos mil yenes. Nuestro «obsequio apreciativo» correspondía a una veinteava parte de eso. Hundí el sobre con el dinero en el fondo de mi bolso. No me dieron ganas ni de gastarlo ni de ingresarlo en el banco. De hecho, todavía sigue ahí. De haber continuado trabajando como es debido a lo mejor me habría ganado el «obsequio apreciativo» del verano. Me pregunto si lo habrán subido a cincuenta mil yenes.

«Yo también lo quiero dejar, pero si lo dejo…». Mi compañera, tres años mayor que yo, era soltera y estaba deseando irse a vivir con la persona con la que se quería casar, pero el sueldo de él no era muy alto para ser un empleado fijo, y las cosas no les terminaban de cuadrar. No le gustaba disponer de tan poco tiempo como ahora, decía, pero lo prefería a la incertidumbre de estar en paro o de cambiar de trabajo. «Además, aunque cambiase de empresa nadie me garantiza un puesto fijo. Ahora trabajo a tiempo completo, y con las horas extra que me pagan a veces incluso gano más que él. No sé… La verdad, no creo que me vayan a mejorar las condiciones, por mucho que trabaje». Anteriormente había sido indefinida en una empresa grande, pero sufrió tal acoso psicológico por parte de su superior que tuvo que pedir ayuda profesional a un terapeuta. Un día optó por dejar su trabajo y así es como terminó aquí. «Pero la verdad es que a mí también me gustaría dejar de trabajar. ¡Me encantaría que ascendiesen a mi novio y lo trasladasen de la noche a la mañana a algún otro lugar! ¿Y tú qué vas a hacer? ¿Vas a buscarte algo allí?». «Sí, pero como es un pueblo no sé qué podré encontrar… En todo caso parece que mis suegros nos van a dejar vivir en una casa que tienen, y no nos van a cobrar alquiler, así que estaremos más tranquilos en lo que al dinero se refiere». «Entonces… ¿vas a ser ama de casa? —Mi compañera abrió aún más los ojos—. ¡Es de ensueño!». «¿De ensueño? ¿Te parece de ensueño?». «Claro que me lo parece, que te mantengan y que puedas dedicarte a las cosas de la casa tranquilamente, a la jardinería, a hacer pan… me encantaría, ¡me encantaría!». Sacudió la cabeza de un lado a otro mientras tiraba ligeramente del chaleco del uniforme y se lo estiraba a la altura de la cadera. Acto seguido se llevó las manos a los ojos para examinarse las uñas. Una vez al mes se hacía la manicura y le dejaban las manos perfectas, pero ya habían pasado unas semanas y se le empezaba a notar la raíz de la uña. Ese tipo de esmalte no se quita con facilidad, lo tienen que disolver en el salón de belleza, pero ella tenía la manía, seguramente inconsciente, de intentar pelárselo con la otra mano. Sus uñas estaban pintadas de un violeta oscuro y sobre la punta había una pequeña piedra transparente. Aproximadamente dos tercios del esmalte habían desaparecido y eso le daba un aspecto punk. Ella me había contado que costaba seis mil yenes hacerse las dos manos y que había que pagar algo más por la piedra, pero que a ella le salía bastante más barato porque se lo hacía una amiga que trabajaba en uno de esos sitios. Yo me las pinto a veces, pero como no sé quitarme las cutículas no me quedan muy bien. Y sobre todo no tengo interés en pagar miles de yenes por ponerme una piedrecita en las uñas.

«A mí también me gustaría ser ama de casa al menos una vez en la vida… Un momento, ¿no estarás embarazada?». Negué con la cabeza. En el trabajo solo tenía confianza con ella, y no era porque no conectase bien con los que eran fijos, sino porque soy muy tímida. Aun así, nunca sentí la necesidad de confiarle mis cosas más íntimas, pero por alguna razón ella sí me contaba con pelos y señales sus angustias y preocupaciones. Que si llegaría el momento en que se le pasaría la edad de tener hijos si seguía con esta inestabilidad laboral…, que eso era algo que no podía dejar que ocurriese de ninguna manera…, pero entonces qué podría hacer ella ahora… Eso era lo que más la inquietaba. Tuve la sensación de que no bastaba con negar con la cabeza, así que añadí: «Para nada, no es nada de eso». Se lavó las manos y se secó las piedrecitas de las uñas como si las estuviese puliendo. Debían de estar tan bien pegadas que, aunque el esmalte se estuviese pelando, las piedras continuaban aferrándose a las uñas hasta el final. «Ah, bueno. Pero a lo mejor cuando lo dejes y empieces a tener tiempo te quedas embarazada enseguida. Me lo cuentas si pasa, ¿eh? Prométeme que me lo vas a contar. Aunque estés lejos iré a verte seguro».

Se debía de pensar que yo quería tener un hijo, que lo deseaba tanto como ella y que yo era una pobre mujer que después de llevar varios años casada no lograba quedarse embarazada. Nunca encontré el momento para contradecir su opinión y simplemente me dejé llevar por su discurso, pero la realidad es que no tengo ese instinto maternal. No es que me niegue por completo; pienso que, si ocurre, bien, y si no, también. «Ahora hablando en serio, si vas a dar a luz es mucho mejor que estés trabajando a que seas ama de casa. Te pagan la baja por maternidad. No sé si es el Gobierno provincial o el Ayuntamiento, pero al parecer te dan una ayuda económica». «¿Ah sí?». «Sí, aunque no sé si será igual para las mujeres con un contrato temporal». Mientras decía esto se frotó el extremo de la ceja que se reflejaba en el espejo. Iba muy poco maquillada para ser una persona que se gastaba dinero en manicuras. Quizá fuese porque su cara era llamativa de por sí, con doble párpado y oscurecida por la sombra de sus pestañas largas y sin rizar. El maquillaje resaltaría demasiado sus rasgos. Tenía una tez bonita, pero el lunar de su sien, grande e hinchado, ocupaba un lugar prominente, y cuando se reía, se le podían ver todos sus dientes de plata. «Al fin y al cabo, lo mejor para un matrimonio es que los dos tengan contrato indefinido. Es mejor, personal y socialmente». «Entonces, si te ofreciesen hacerte fija, ¿aceptarías?». «¡Claro que aceptaría!», exclamó con vehemencia. Al mediodía las contratadas salían a comer. Por el contrario, las temporales comíamos sin levantarnos de la silla. Era una regla tácita. Si una empleada fija comía en su mesa de trabajo era porque o bien tenía mucho que hacer, o había tenido algún problema con su grupo habitual de amigas. No es que nos evitásemos, algunas incluso me caían bien, simplemente veníamos de lugares muy distintos. Seiscientos o setecientos mil yenes contra treinta mil. Era imposible que nos entendiésemos. Quedaban todavía unos quince minutos hasta que empezasen a llegar al baño para lavarse los dientes después de haber estado fuera comiendo y hablando. Era poco probable que entrasen ahora y nos encontrasen aquí.

«¡Es que hacemos lo mismo que las fijas y lo que nos dan a nosotras es un sobrecito para quedarse con la conciencia tranquila! —dijo enfadada—. ¡Cómo no voy a querer la paga extra! Viajaré lo que haya que viajar, iré a las reuniones que haga falta a la hora de comer, no me importa. Porque no es justo. A nosotras no nos dan ni bajas maternales. Imagínate que, si por algún casual, solo por un casual, me quedo embarazada. Me harían trabajar casi hasta salir de cuentas, luego me despedirían, y me volverían a llamar al cabo de un año o de no sé cuánto tiempo, pero solo si hay algún puesto libre que sea similar, y aun así, sería a tiempo parcial. Y tienen derecho a no llamarte si no tienen nada que ofrecerte. En cambio, si tienes contrato, te dan un año de baja maternal automáticamente y luego puedes optar a tres años de jornada reducida, y mientras tanto sigues cobrando, y aunque no sean íntegras, te dan pagas extra, y luego las Fuerzas de Autodefensa te dan no sé qué otro subsidio aparte. ¿No somos nosotras personas también? Pues claro que quiero que me contraten. ¿No me digas que a ti no te gustaría?». «No es que no quiera. Simplemente no me gustaría estar más ocupada de lo que estoy ahora…». «Oye, ¿cuánto te dieron el mes pasado por las horas extra?». Se dio la vuelta para mirarme. De sus dientes recién cepillados salió un olor a menta de una marca distinta a la mía. «Unas decenas de miles de yenes, no mucho». «Yo, entre sesenta mil y setenta mil». «Sí, algo así fue». Aunque en vez de pagas extraordinarias nos diesen únicamente un sobrecito de consuelo, al menos nos ingresaban todas las horas extra que reclamábamos. Las reclamaciones se hacían por unidades de media hora y cada minuto que sobrepasaba la unidad y que no llegaba a la siguiente era tiempo regalado a la empresa, pero supongo que eso era algo inevitable. La cuestión, en realidad, era que ver mi sueldo aumentar temporalmente no me hacía particular ilusión. El salario base seguía siendo el mismo. «Si lo comparas con el sueldo base es mucha cantidad, ¿no? Es 1,5 veces más que cuando no trabajamos horas extra. Pero claro, también estamos echándole más tiempo. Nos tratan como a esclavas, ¡como a esclavas! Encima que somos temporales». «Pero al menos nos están pagando las horas extra. Deberíamos darnos con un canto en los dientes». «También es verdad. A mi novio, por ejemplo, no se las pagan. Las consideran parte de sus obligaciones. Todo el mundo dice que es así. Por eso sé que no sirve de nada estar siempre quejándote del trabajo… Por cierto, por culpa de esas horas extra llevamos toda la semana cenando comida precocinada del supermercado para cenar. Me da que él va a perder la paciencia en cualquier momento. ¿Cómo lo haces tú?». «Me las arreglo… Ahora llevamos cuatro días comiendo curry. Lo que hago es preparar cazuelas grandes de sopa de miso

con cerdo, o estofado, u [2] oden, y comemos eso todos los días». «Y bastante con que cocinas. ¡Con lo que me gustaría llegar a casa y que esté la comida hecha! ¿Tu marido hace la comida cuando llega a casa antes que tú?». «No… Bueno, si se lo pidiese yo creo que lo haría una o dos veces, pero no sé…». Callé un instante para encontrar las palabras adecuadas. En ese momento ella se giró bruscamente hacia el espejo y exclamó con rencor hacia su propio reflejo: «Claro, es que no es como si se lo pudiésemos pedir. ¡Te entiendo perfectamente! Yo tampoco puedo decírselo, aunque me gustaría. Me gustaría decirle que cocine. Decirle: “Oye, podrías hacer la comida, aunque sea solo cuando sales de trabajar antes que yo, ¿no?”. Pero no podemos, ¿verdad? ¿Por qué será? ¿Podría hablarle de igual a igual si yo también tuviese un contrato fijo?».

De reojo miré mi reloj de pulsera. Aunque el descanso de la hora de comer era para mí sagrado, en ese momento me entraron ganas de volver a mi mesa. Total, me tocaría hacer horas extra igualmente. Y las tendría que hacer incluso en mi último día también. «Y cuando tú te vayas, ¿quién va a hacer tu trabajo?». Alcé la cabeza y la miré a los ojos, a través del espejo. Ella empujó la mano derecha hacia delante y examinó las piedras de sus uñas. «Ya me toca ir a hacerme la manicura. A lo mejor con lo que me han pagado de horas extra me puedo poner más piedrecitas», susurró. Las salpicaduras blancas que habían volado hasta el espejo ya se habían secado, dejando también manchas en el reflejo de su ropa, por debajo del pecho.

Cayó un aguacero el día en que nos mudamos. Fue una excepción en medio de una temporada de lluvias demasiado seca que amenazaba con provocar una sequía. Aquel domingo llovió durante todo el día, tanto que en algunas regiones incluso se produjeron inundaciones y hubo quienes tuvieron que evacuar. El personal de la mudanza llegó a primera hora de la mañana y nos miró con pena, pero lo que me dio pena a mí fue verlos a ellos cargar muebles enormes bajo la lluvia. Una vez que nuestras pertenencias estuvieron metidas en el camión, mi marido y yo nos subimos al coche. Él puso música, pero todo era jazz o algo del estilo y me quedé dormida. Cuando me desperté ya estábamos frente a la casa de mis suegros. Mi suegra nos esperaba de pie en la entrada, bajo el alero del tejado. La lluvia golpeaba la tierra con fuerza y el cielo estaba tan oscuro como antes del amanecer.

Los de la mudanza se bajaron del camión y se llevaron la mano al gorro para saludar a mi suegra mientras nos preguntaban algo, pero antes de que pudiésemos responder mi suegra le dijo a mi marido: «El dormitorio va a estar arriba, ¿no?». Llevaba una camisa de algodón y unos vaqueros remangados. Sus brazos estaban regordetes como los de un bebé. «¿Cómo dices?». «Anda, pero si Asa está dormida». «¿Qué?». Me incorporé rápidamente y me froté los ojos. Una pestaña se me quedó atrapada en la uña. «Sí, perdona, he hecho al pobre Muneaki conducir todo el trayecto». «No pasa nada, seguramente estarías cansada por la mudanza. Las mujeres nos cansamos más, es cosa sabida. Aunque hagamos lo mismo, ¿sabes? Oye, Muneaki, entonces vuestro dormitorio va a estar en el piso de arriba, ¿verdad?». «Sí, ¿por?». «El otro día por teléfono te comenté lo de las cortinas, ¿te acuerdas? Las que se dejaron los inquilinos anteriores. Pues es que las he lavado y ahora mismo la habitación de arriba está sin cortinas. Es que no pensé que se pondría a llover así. No van a estar secas para esta noche. ¿Por qué no dormís en casa, solo por hoy? O, si no, puedo ir a la lavandería y secarlas ahí en un momento. Hay una aquí cerca, en coche está al lado». «No pasa nada por que no tengamos cortinas». Alguien de la mudanza se acercó a mí. «Disculpe… ¿la señora es…?», susurró. «Es la madre de mi marido, la dueña de esta casa». «Ah claro, entiendo, la madre», dijo, y se rio de una manera casi imperceptible. Llegó un olor ligero a lluvia y a sudor de hombre joven. Quizá su ropa fuese de un tejido absorbente, porque estaba completamente seca a pesar de que su pelo caía empapado en sudor, por debajo de la gorra.

Mi suegra se encargó de dirigir a los chicos de la mudanza. «Mirad, os he dejado puesta una alfombrilla en la entrada, que hoy llueve mucho. ¿Sois estudiantes? Siento que os haya tocado un día tan malo». Uno de ellos se quitó los zapatos, dejó asomar unos calcetines blancos y entró en la casa con unas láminas protectoras para suelo y pared en sus brazos. Mi suegra les dio unas indicaciones rápidas. «Aquí está el trastero; la cocina está justo al lado, pero mirando hacia allá. El oeste queda para allá, por eso a veces entra demasiado sol en esa habitación… Por cierto, no sabía si ibais a necesitarlas o no, pero compré unas láminas antisísmicas, ¿tenéis? De esas que se ponen debajo de los muebles. ¿Las queréis?». Los chicos de la mudanza miraron a mi marido y él me miró a mí. «Eh… muchas gracias. No, no tenemos de eso». Mi suegra tenía preparadas muchas otras cosas: una nevera portátil con té frío

y Pocari Sweat,[3] varias toallas, unos paños mojados metidos en bolsas de plástico, una bolsa de papel con cinta de embalaje y un metro. De esa bolsa mi suegra sacó un paquete azul con letras impresas que decían: «Don Agarre, antisísmico», y se lo entregó a uno de los chicos de la mudanza. «Ah, pues si no te importa, cuando coloques cosas pesadas como el frigorífico o el aparador, por favor extiende esto por debajo». «De acuerdo». «A ver… ¿cuántos harán falta? Compré siete por si acaso. ¿Hay alguna estantería?». «No creo…». «Entonces el frigorífico, el aparador… ¿y algún armario?». «Sí, hay un armario». «¿Dónde va el armario, en el trastero? ¿O arriba?». Sonó el teléfono móvil de mi marido. «Perdón, pero tengo que responder a esta llamada». Mi marido subió las escaleras hasta el piso de arriba con el teléfono en la mano. Mi suegra me miró y se encogió de hombros. Habrá quien piense que todavía está en su cuarentena: sus mejillas, sin maquillar, brillan coloradas y juveniles. Mi madre es unos diez años más joven que ella, pero puede que se la vea más vieja y ajada. Y tengo la impresión de que esa es la diferencia entre las mujeres que dejaron de trabajar después del parto y las que continuaron. Oí a mi marido reírse en la planta de arriba. «Ay, ese hijo mío, que enseguida se desentiende», dijo mi suegra secándose el sudor que flotaba sobre su frente. «No se puede contar con él. El armario a la planta de arriba, por favor».

Los chicos de la mudanza cubrieron la entrada, el suelo y las esquinas de las escaleras con láminas protectoras. Mi suegra sacó unas pantuflas de la bolsa de papel. «Toma Asa, póntelas. Aunque limpié toda la casa, se ha llenado de polvo otra vez. Pero que sepas que, aparte de contratar un servicio de limpieza profesional, he puesto dentro de las habitaciones un tratamiento contra bacterias, moho y ácaros». El interior de la casa exudaba un olor a cloro y vinagre. «Muchas gracias». «Los inquilinos anteriores la mantuvieron bastante bien, así que no me costó mucho limpiarla, y eso que tenían niños pequeños. Los Kato. La mujer era muy buena persona y muy cuidadosa. ¿Ves que los niños van poniendo pegatinas por todas partes? A mí me preocupaba el estado del suelo y de las paredes, pero mira, están relucientes». «¿Y Abuelo no está hoy?». «Sí, estaba viendo la tele hasta hace un rato, pero se habrá quedado dormido. Durante el día se suele quedar dormido con la tele puesta». «¿Ah sí? ¿Y Padre?». «Hoy también pasa la noche fuera con su club de golf. ¿Ves que no está su Mazda Atenza fuera aparcado? Pero con esta lluvia… ¡Pobre!». En casa de mis suegros hay dos coches, uno azul marino, compacto, y otro plateado, más bien grande. Creo que el plateado es de mi suegro y el azul, de ella. A él lo he visto pocas veces. En la pedida de mano, en la boda… Y luego, durante nuestras visitas por Obon él debía estar ahí, pero apenas tengo recuerdos de él, tal vez porque quien hablaba todo el tiempo era mi suegra. Aunque estaba jubilado, seguía trabajando en algo. La abuela había fallecido cuando mi marido era pequeño. Uno de los chicos de la mudanza vino corriendo hacia mí. «Oiga, señora, disculpe». «¡Sí!», respondió mi suegra. «¿Qué hacemos con el microondas? ¿Dónde quiere que lo enchufemos, al lado del frigorífico? También está la arrocera eléctrica. Díganos por favor cómo lo quiere». «Sí, ahora voy». Fue ella, y no yo, la que salió corriendo hacia la cocina. Mi marido reía exageradamente en la planta de arriba. «Una lluvia tremenda. Sí, es la historia de mi vida. Es probablemente una de las mudanzas más grandes que haré nunca y justo hay alerta de lluvias torrenciales e inundaciones, es la historia de mi vida. Ja, ja, ja». A mí me dejaron olvidada en la entrada de la casa, con la puerta abierta. La lluvia no se filtraba dentro gracias al alero, pero batía formando corrientes de aire húmedo que se entremezclaban con el olor a cloro y vinagre del interior. Uno de los jóvenes de la mudanza fijó el sujetapuertas. Las pantuflas que me dio mi suegra tenían bordada la cara de un perro, dándoles un aspecto extrañamente tridimensional. Eran muy blanditas por dentro, parecían nuevas, ¿las habría comprado solo para mí? Esperaba que, una vez terminada la mudanza, se las volviese a llevar a su casa. «¡Asa! ¡Ven un momento!». Al oír la voz de mi suegra deslicé rápidamente la cara del perro con su lengua rosa colgando y di pasos rápidos hacia la cocina haciendo sonar el suelo. Las pantuflas estaban hechas de tal manera que las orejas caídas del perro ondeaban al ritmo de mis pies. Vi la tarima flotante del salón, ahora cubierta de plástico; la cocina, que era claramente la más grande que había tenido nunca, un ventanal, y al fondo, un jardín pequeño de unos dos o tres metros de largo donde no había nada plantado. Se habían formado unos cuantos charcos. También había varios agujeros profundos que parecían haber sido excavados por alguien. A lo mejor habían arrancado algunos árboles, o puede que se tratase de alguna travesura de los niños que habían vivido ahí antes. Más al fondo estaba la casa de mis suegros. Vi unos cuantos árboles en su jardín recibiendo el golpe de la lluvia y me pareció percibir la silueta de una persona, pero cuando intenté enfocar la vista se volvió borrosa y se esfumó. «¿Querías algo?». «No te preocupes, ya lo he resuelto. Hemos colocado el frigorífico ahí, y aquí el aparador, y mira, ya están puestas las láminas antisísmicas». El hombre de la mudanza me miró sin ninguna expresividad en su rostro. Yo me esforcé por mostrar una gran sonrisa. «¡Qué bien!», respondí.

La lluvia no amainó hasta que nos fuimos a dormir, pero cuando abrí los ojos a la mañana siguiente pude ver un cielo blanco y seco a través de la ventana en la que mi suegra había colgado varias toallas recién estrenadas en lugar de cortinas. Me había despertado antes de lo habitual, pero el sol ya inundaba la habitación. Por un momento tuve la sensación de que me había mudado a un lugar muy lejano en el que el ritmo del día y de las cuatro estaciones era totalmente distinto, como si me hubiese trasladado a Escandinavia con sus noches blancas o a alguna isla de verano sempiterno. Pero aquello seguía siendo Japón y ni siquiera habíamos cambiado de provincia, solo nos habíamos acercado un poquito a la montaña. Era una aldea en medio de la nada, con muy pocas viviendas. Ni siquiera me sabía el código postal. Me sorprendió la cantidad de luz que había a estas horas, como si fuese mediodía. Me levanté algo incrédula y vi que mi marido dormía profundamente a mi lado. Al abrir la ventana entró el canto de las cigarras. Miré el reloj y no eran ni las seis. ¿Cigarras? Era el primer canto de la gran cigarra marrón que oía esa temporada. Ese día anunciaron que el verano había arrancado oficialmente, y la estación de lluvias se dio por concluida mucho antes de lo previsto.

A poca distancia de la casa, paseando, se llegaba a un río grande. Aunque estábamos lejos del mar —se suponía que nos encontrábamos cerca del nacimiento del río—, el caudal era ancho y en algunos tramos el agua se volvía fangosa. Pensé que al estar cerca del río el clima sería más fresco, pero resultó no ser así. Pese a ello la presencia del caudal se hacía notar a través de otras señales que flotaban en el aire, como el calor casi vaporoso que manaba de la hierba y un cierto olor a agua estancada. Frente al río estaba el monte, casi completamente cubierto de casas grises hasta media altura. Comparada con otras urbanizaciones, esta parecía nueva. Todavía se veían terrenos en venta, y aquí y allí había banderines que decían, en letras impresas: «Jardín Misono. Una ciudad nueva en la naturaleza». Ahora que mi marido estaba utilizando el coche para ir a trabajar, mi único modo de transporte eran mis pies o el autobús, pero, salvo en hora punta, los autobuses pasaban una vez cada sesenta minutos, y en todo caso el trayecto hasta la estación de tren era de casi cuarenta. Y como no tenía especial interés en ir de compras a la ciudad o quedar con alguna amiga a comer, empecé a pasar cada vez más tiempo en casa.

Si salía era para ir al supermercado; eso sí, evitando las horas de más calor. No sé si era porque había muchos ancianos en la zona o porque era verano, pero el supermercado más próximo abría a las siete de la mañana. Adopté la costumbre de ir a primera hora dando un paseo, después de haber salido a despedir a mi marido y haber desayunado. A juzgar por el tamaño del aparcamiento, casi todo el mundo debía ir en coche. El supermercado estaba vacío a esas horas, pero se llenaba considerablemente a partir de las nueve o las diez, cuando muchos matrimonios de mediana edad llegaban, hacían la compra y salían al parquin con bolsas enormes en ambas manos o empujando un carrito, y demasiado cargados para atravesarlo, esperaban a que el marido o alguna otra persona acercase el coche hasta la entrada, lo cual causaba un atasco. El fin de semana, con todas las ofertas especiales que había, era todavía peor. Todas las plazas se llenaban al completo, e incluso se formaba en la carretera una cola de vehículos esperando para poder aparcar. A las siete de la mañana todavía no estaban expuestos los productos destacados, y a veces ni siquiera habían traído la carne y el pescado, pero lo prefería mil veces a andar deambulando entre aquella masa de gente para luego volver a casa cargando con las bolsas bajo el sol. Una vez hecha la compra me quedaba en casa durante el resto del día. No había ninguna biblioteca ni ningún centro comercial en el que pudiese entretenerme, aunque fuese paseando, ni ninguna librería grande a una distancia razonable para ir caminando. Cuando terminé de colocar las cosas de la mudanza me sentí como si me hubiesen concedido unas vacaciones de verano sin planes ni obligaciones. Había empezado a buscar trabajo, pero como no disponía de coche me limité a buscar en el vecindario, ojeando las ofertas de las revistas de empleo y los anuncios pegados en la entrada de tiendas y supermercados. En todo caso, era improbable que me surgiese algo a corto plazo. Me levantaba antes de las seis, preparaba la comida que mi marido se iba a llevar al trabajo, le servía el desayuno, lo despedía, desayunaba yo, iba a la compra, luego limpiaba o ponía una lavadora… y ya no tenía nada más que hacer. ¿A esta vida se refería ella como «de ensueño»? Me pareció mentira que hasta entonces me hubiese pasado el día trabajando, desde por la mañana hasta por la noche. Apenas unos días antes había estado cumpliendo un horario de sol a sol para poder vivir, y ahora me encontraba con que a mediodía ya había terminado todos los quehaceres, y eso significaba que hasta que me pusiese a preparar la cena por la tarde podía estar sin hacer nada, con la mente en blanco. ¿Era posible que una misma persona pudiese pasar de una vida a otra tan radicalmente distinta así, sin más? ¿Seguía siendo yo la misma? Pensé que a la semana ya estaría harta, pero lo cierto es que me cansé en un día. Sin embargo, también es posible acostumbrarse al hartazgo. Se volvió parte de mi normalidad. Podía ver la tele, abrir el ordenador, leer un libro, cocinar platos elaborados o hacer tartas como cuando era soltera, pero cada una de esas cosas requería un consumo eléctrico y de gas inútil y un determinado gasto en libros. Todo eso costaba dinero. Decía el dicho que las amas de casa gozaban de tres comidas y una siesta gratis, pero en realidad la siesta era la forma más económica y eficiente de pasar el rato. Aunque el tiempo transcurría despacio, los días y las semanas se pasaban extrañamente rápido. Descubrí que el tiempo, cuando no se rellenaba a cada momento con planes, fechas de entrega, reuniones y días de paga, era incapaz de mantener su velocidad, se deslizaba y caía.

Abrí la ventana y oí a las cigarras cantar. No sé si era porque estaba en el campo y había muchos árboles o por la influencia del clima de ese año, pero nunca las había oído con tanta intensidad. Era como si me hubiese tragado una y estuviese estridulando desde el interior de mi cuerpo. A la estridencia del sonido me acostumbraba enseguida, pero en cuanto advertía un cambio de ritmo y volvía mi atención sobre ellas sentía que su canto se adhería a mi piel y me asfixiaba. No era cuestión de cerrar la ventana, me habría cocido viva. Para no sentirme culpable por estar desocupada había decidido no poner el aire acondicionado. Dormir la siesta bajo una brisa fresca y agradable mientras mi marido sudaba la gota gorda en el trabajo me parecía una falta de respeto.

Estaba dormitando en el sofá cuando recibí la llamada de un número desconocido. Me incorporé enseguida con ciertas expectativas, pero era solo mi suegra. «Hola Asa, perdona, ¿puedes hablar ahora?». «Sí», respondí. Habló con un tono de voz extrañamente más bajo y tenso que el habitual. «Lo siento, de verdad que lo siento, pero me he hecho un lío con las fechas, bueno, no es que me haya hecho un lío, es que se me ha olvidado completamente, pero hay un dinero que tengo que pagar hoy sin falta, lo tenía todo listo, pero me lo he dejado en casa». «Sí…». «Tenía el dinero y el impreso del pago metidos en un sobre pero se me ha olvidado traerlo. Aunque lo llevase a pagar hoy después del trabajo no llegaría a tiempo, tiene que ser antes de las cinco o las seis de la tarde. He pensado en salir pronto hoy y hacerlo, pero en caso de que tú no estuvieses ocupada, quizá… ¿sería demasiada molestia pedírtelo? Por favor dime si tendrías algún inconveniente en ir hoy». Me chocó que se dirigiese a mí de una manera tan formal. Supuse que alguien estaba escuchando cerca de ella, pero no pude distinguir ningún sonido detrás de su voz. Era la hora de comer de un día laborable, mi suegra tenía que estar en el trabajo. Me extrañó no oír ningún ruido de fondo. Debía de ser un lugar fresco y confortable. Yo me había quedado dormida después de un buen rato andando por el salón de la casa con el ventilador al mínimo, sentándome y levantándome del sofá, moviéndome de un lado a otro, abriendo las cortinas para hacer corriente, volviendo a cerrarlas porque la luz era demasiado cegadora. Un presagio de jaqueca rozó mis sienes en consonancia con el canto de las cigarras. Oí una especie de chillidos infantiles procedentes de las casas del vecindario. Como estábamos a principios de julio y todavía no habían empezado las vacaciones escolares supuse que sería algún niño en edad preescolar, pero el grito me resultó demasiado nítido y potente para alguien tan pequeño. Yo respondí en un tono inusualmente agudo: «No tengo ningún inconveniente». El día anterior, por primera vez en mucho tiempo, había cogido el tren para ir al dentista para que terminasen de arreglarme una muela. Ahora ya no tenía caries. Ahora ya no tenía nada que hacer durante el resto del día. Tenía tiempo libre por la mañana, al mediodía, por la noche, el fin de semana, entre semana. Mi suegra tomó aire y dijo exhalando: «¿Sí? Entonces si no te importa, en mi casa, en la entrada, encima del mueble de los zapatos, o en la mesa de la cocina, o puede que en la mesita baja en el cuarto del altar, en alguno de esos sitios hay un sobre, y dentro tiene que estar el

dinero y la solicitud de pago. ¿Serías tan amable de ir al [4] konbini a

pagarlo?». «¿Se puede hacer en el konbini?». «Sí, está más cerca que el cajero del banco. Es un Seven-Eleven pequeño, ¿sabes dónde está? Junto al río…». «Sí, sé dónde está». «¿No te importa? ¿Seguro que no te importa? Siento tener que pedírtelo, es que se me pasó completamente, esta mañana andaba un poco ajetreada, y no se lo puedo pedir al abuelo, además hace mucho calor para él. Perdona las molestias, entonces no te importa, ¿no? Ten cuidado con el calor tú también, con lo que te sobre cómprate un helado o algo, pero no te lo tomes mientras caminas, cómetelo primero y luego te vas a casa, que si no ya sabes lo que pasa». Sus últimas palabras sonaron como si hubiesen salido de la boca de una extranjera.

Al colgar, el móvil me preguntó si quería guardar ese número entre mis contactos. Era un fijo, por lo que debía de ser del trabajo. Yo no tenía ni ese número ni el suyo personal. Me pregunté por qué ella tendría el mío, ¿se lo habría pedido a mi marido? ¿Por qué no me habría llamado al teléfono fijo? Me pareció que no estaba de más tener su contacto, así que le di a guardar y puse «Suegra trabajo». No sabía cómo se llamaba su empresa ni a qué se dedicaba ella.

Después de colgar me dirigí a su casa. El calor era sofocante. No había nada de brisa y el aire no se movía ni un ápice. El abuelo estaba regando el jardín con un sombrero de paja grande en la cabeza y una manguera azul que brillaba en sus manos, y al verme atravesar la verja sonrió y levantó una mano. Durante el día era el único ocupante de la casa. Tenía alrededor de noventa años, o quizá más, muy mayor en todo caso, pero tenía buen aspecto. «Hola». Al saludarle, elevó todavía más la mano y enseñó su dentadura. Sus dientes frontales alargados y los empastes plateados que tenía en los caninos refulgieron al sol. «¡Qué calor hace hoy!». No sabía por qué se había puesto a regar en las horas de más calor. Mi suegra me había dicho que él se pasaba el día viendo la tele, pero eso debía ser solo los fines de semana, cuando ella estaba en casa. Entre semana parecía pasar el rato así, regando. El jardín tenía un pino cerca de la verja, un árbol de Júpiter junto a la entrada de la casa y otros que no sabría identificar, y del suelo crecían muchos tipos de plantas. Algunas estaban en flor, otras parecían marchitas. En las macetas de plástico había una mata tupida de hierbas resplandeciendo al sol. Eran de un verde oscuro similar a la albahaca, tan oscuro que resultaba difícil creer que fuesen comestibles, y si lo eran, seguramente los dientes se teñirían de ese color al morderlas. «Voy a entrar un momento en la casa, la suegra me ha pedido un favor». El abuelo siguió sonriendo con los dientes para fuera y no dijo una sola palabra. Estaba bien de salud, pero bastante sordo. Abrí la puerta sin dejar de sonreírle ni un momento.

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