Agujero
Agujero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
«¡Profe!». Oí una voz aguda. Unos cuantos niños subieron por la ribera y corrieron hacia nosotros. Uno de ellos llevaba una botella de plástico en la mano. «¡Profe! ¡Profe! ¡Mira!». «¿Eres su profesor?», le pregunté. Mi cuñado se encogió de hombros. «Ya te he dicho que no trabajo», respondió. Luego bajó la voz y empezó a hablar muy rápido: que si se pasaba el día deambulando por ahí, que de qué otra manera podían llamar a un adulto que jugaba todo el tiempo con ellos, y cosas por el estilo. «Soy demasiado mayor para que me llamen “chaval”, y creo que no me llaman “señor” para no ofenderme. ¡Qué considerados, estos niños, que no quieren ofender a un hombre mayor!». «¡Profe!». Antes de que mi cuñado pudiese terminar de hablar, uno de los niños le enseñó una botella de plástico de un litro. El interior estaba seco y contenía unos cuantos ciempiés vivos. Negros y brillantes, trataban de subir por la pared de la botella, pero caían una y otra vez, provocando las risas de los niños a cada intento. Mi cuñado elevó la botella al sol, la inclinó, observó el interior y me la entregó. Pesaba más de lo que había imaginado. Los ciempiés intentaban escalar subiéndose unos encima de otros y el punto de peso de la botella variaba en función de ese movimiento. Sentí un cosquilleo en la mano. «Es para que mi abuela los ponga en aceite». «Pero huele fatal cuando los ponen en aceite», dijeron en voz alta. Los ciempiés tenían algunas zonas blancas en la parte ventral. «Qué asco». Al oírme decir esto el niño se puso serio, me quitó la botella de las manos y se la guardó en el interior de la camiseta. Le vi el ombligo, tostado por el sol. Desde el interior de la camiseta pude oír el ruido seco de las patas de los ciempiés rascando la botella. «¡Son unos ciempiés magníficos! ¡Magníficos! —dijo mi cuñado frotándose la boca—. ¡Pero cuidado que no os piquen!». «No pasa nada, con el aceite del ciempiés se nos cura». «Pero huele fatal, te vas a quedar sin olfato de lo mal que huele, no es normal».
A lo lejos sonaron unos fuegos artificiales. Una libélula negra sobrevoló el río acariciando la superficie. Los niños lanzaron la red, pero la libélula la esquivó y se posó en el agua. «¿Por qué decidiste irte de casa?», pregunté. Mi cuñado adoptó un gesto triste y enseguida soltó una carcajada. Su forma de sacar los dientes no era parecida, sino idéntica a la del abuelo. «¡No me llevaba bien con mi familia! —dijo en medio de una risa histérica—. ¡Cómo decirte! No son mala gente. Ni mi madre ni los demás. Por lo menos son buenos ciudadanos y cumplen con sus deberes cívicos. ¡Yo también lo soy! No soy peligroso ni para los humanos ni para los animales. En todo caso no son mala gente. Las familias son un sistema extraño, ¿no te parece? Un hombre y una mujer, macho y hembra, se aparean, ¿para qué? Para dejar descendencia. ¿Pero tiene todo el mundo que dejar descendencia? Para cuidarme a mí, un hijo que no sabían si valía o no valía, mi padre se deslomó trabajando y mi madre se vio forzada a vivir bajo el mismo techo con una señora con la que ni estaba emparentada ni se entendía bien. Y aunque mi abuela murió joven, mi madre tuvo que cuidarla hasta el final, y no fue una muerte fácil. Pasaron mil cosas hasta que se murió. Y además de todo eso se ha dedicado a servir a su suegro, un señor muy malhumorado. Es un sistema que sacrifica la voluntad individual. La nuera, la suegra… Mis padres han hecho todo esto solo para dejar descendencia en el mundo. Eso es lo que me repugna. Me repugnaba. ¿Entiendes? No, es imposible que lo entiendas. Ja, ja, ja, es mejor que no lo entiendas. Con un rebelde en la familia basta. Yo no podía soportarlo… y hui. Menos mal que tengo un hermano al que le va muy bien en la vida, que se ha casado y que ha traído una nuera a la familia. La verdad es que es un gran alivio. Pero si analizo ese alivio, puede que en el fondo yo también esté deseando tener algún tipo de descendencia, aunque no venga directamente de mí. Es complicado… ¡y vergonzoso! ¡A mi edad! Sí, vergonzoso. Mi vida es vergonzosa, yo soy la vergüenza de la familia, hasta el punto de que te ocultaron mi existencia…». «Creo que el agujero estaba por aquí». El edificio de la orilla de enfrente me resultaba familiar. Pero el hoyo no estaba ahí. Mi cuñado inspeccionó la zona pisando la hierba con sus zapatos de cuero negro, pero el agujero no apareció por ninguna parte. Tampoco estaba el escarabajo arrocero.
Dos niños asomaron su cara entre el pasto. «¡Profe! ¿Qué haces?». «¿Esa es tu mujer?», gritaron. Mi cuñado se llevó un dedo a los labios y dijo: «Shhh, no digas tonterías, a ver si me voy a meter en un lío. Es la mujer de mi hermano». «¡La mujer de tu hermano!». «¿Y quién es la mujer de tu hermano?». «Pues es una persona muy buena». «Pero profe, ¿qué estás haciendo aquí?». «Ando buscando un agujero. ¿No has visto un agujero?». «¿Un agujerooo?». Los niños se miraron y dijeron al unísono: «¡Pero si esto está lleno de agujeros!». En ese momento uno de ellos dio un salto y desapareció en la tierra. Mi cuñado y el otro niño se rieron a carcajadas. Yo estaba estupefacta. De repente vi que había un agujero en frente de mis ojos. El niño se había deslizado hacia el interior y ahora se reía dentro haciendo temblar su cuerpo. «¡Está lleno de agujeros!». Realmente aquello estaba lleno de agujeros. Los había grandes y pequeños, poco profundos y en forma de mortero, trampas infantiles con hierba amontonada encima; otro tan estrecho que parecía hecho con un tubo, y otro con agua encharcada ondeando suavemente. Un enjambre de insectos alados bullía del interior. Aquí y allí empezaron a asomar cabezas de niños que se reían a carcajadas. Incluso daba la impresión de que germinaban de ahí, del fondo de las cavidades. Mi cuñado se partía de risa. «Y… ¿el animal?». «¡Profe, la mujer de tu hermano te está diciendo algo!». «Yo no me voy a meter en el agujero, ¿eh?», dijo mi cuñado sin parar de reírse. «¡Yo no pienso meterme!, ¡no pienso meterme en un agujero!». Yo no sabía cuál de aquellos era el hoyo en el que me había caído. Me pareció que no era ninguno de ellos. «¡Está lleno de agujeros! ¡Lleno de agujeros!». Me quedé quieta mirando, pero al cabo de un rato me sentí estúpida y empecé a subir la cuesta de la ribera sola. Pensé que mi cuñado me seguiría, pero ni siquiera me dijo algo. Caminando de vuelta por el sendero me pareció que había todavía más niños que antes. Alguno que otro estaba en ropa interior, unos bailaban una danza extraña y otros hacían corro alrededor de un niño pequeño que estaba haciendo caca allí mismo, en el suelo. Nada más llegar a casa miré hacia el jardín de mis suegros. El abuelo estaba apuntando al cielo con la manguera, de pie bajo un chorro de agua que se dispersaba como la niebla. Un arcoíris se posó sobre él.
Tal y como había dicho mi cuñado, Obon llegó en un abrir y cerrar de ojos. Fuimos a visitar a mis padres. A solas con mi marido en el coche pensé una y otra vez en preguntarle acerca de su hermano, pero al final no me atreví. Si me hubiese atrevido y él me hubiese dicho que no tenía ningún hermano, ¿entonces quién era el hombre al que yo había conocido? Y si, por el contrario, me hubiese dicho: «Sí, en realidad tengo un hermano», no habría sabido cómo reaccionar. Mi marido había puesto jazz en el coche y fingí quedarme dormida. Pasamos dos noches fuera, y cuando volvimos a él ya solo le quedaba un día de vacaciones, que pasó con un amigo de la universidad. Me invitó a salir con ellos, pero dije que no. Creo que él ya sabía cuál iba a ser mi respuesta. Mi suegra también estaba de vacaciones y el abuelo se pasó el día durmiendo frente a la tele. Por la tarde la veía salir al jardín y regarlo, algo que no le llevaba más de diez minutos. Ayer, tanto ella como mi marido volvieron al trabajo.
En mitad de la noche, al otro lado de la ventana todavía oscura, oí un ruido sutil. Era un sonido apenas perceptible, pero me desperté y salí de la cama a mirar. El aro de luz de la farola de mis suegros se había resquebrajado y se acababa de recomponer. Al deslizar mi vista hacia el otro lado vi, iluminada por la farola de mis vecinos, una silueta humana salir del portal. Me pareció que era el abuelo. Miré a mi marido. Dormía profundamente. Parecía un muñeco de porcelana.
Dejé el dormitorio en silencio, bajé las escaleras a toda prisa y salí a la calle. De la casa de mis suegros no llegaba ni un solo ruido. No parecía que mi suegra se hubiese percatado de que el abuelo había salido. Busqué su espalda en la calle oscura. Apenas había farolas y la única luz que iluminaba el camino manaba de las lamparitas en la entrada de las casas. No logré encontrar al abuelo en la zona que estaba alumbrada. Inspeccioné el lugar intentando ver a través del aire negro y espeso, y en un punto me pareció que el aire se rompía y se movía tembloroso. Corrí hacia allí. Apenas habían pasado unos instantes desde que bajé las escaleras de mi casa, me puse los zapatos y salí, por lo que el abuelo no podía andar muy lejos, pero bastaba con que yo estuviese buscando en la dirección equivocada para perderlo de vista. Corrí hacia delante, casi tropezando, y entonces vi la espalda de alguien. «¡Tú!». Era mi cuñado. «Eh… yo…». «El abuelo, ¿no? Está ahí, caminando delante de mí». Señaló con el dedo. Detrás de su camisa blanca vi al abuelo, de espaldas, dando zancadas grandes. Andaba bastante rápido y parecía seguro de su destino. «¿A dónde va?», le pregunté. «Ni idea —dijo malhumorado—. Dio la casualidad de que yo estaba en el jardín y lo vi. Y tú, ¿cómo es que te diste cuenta?». «Oí un ruido». «Ah… Tienes buen oído. ¿No tendrás oído absoluto?». Negué con la cabeza. «Claro que no. Yo tampoco», dijo con aparente satisfacción. Era una noche turbia, sin luna ni estrellas. Todas las casas estaban sumidas en el silencio. Las cigarras no cantaban. Mi cuñado estaba callado y yo tampoco dije nada. El abuelo daba pasos rápidos. Me dio miedo avanzar a tanta velocidad, pero seguí caminando detrás de él.
El abuelo se metió por el sendero del río. Mi cuñado y yo lo seguimos. Había mucha distancia entre una farola y otra y la iluminación era escasa. Hacía fresco. El canto de un insecto distinto al de la cigarra se extendió alrededor. Me pareció que venía de debajo de la tierra, de algo más pequeño y delicado que un grillo o un grillo campana. Nacía en la maleza a orillas del río e impregnaba todo el entorno. Una ráfaga de aire frío me entró por la manga de la camiseta vieja que utilizaba de pijama y me puso la piel de gallina. Mi cuñado caminaba sin ganas. Pensé que tenía que llevarse al abuelo de vuelta a su casa cuanto antes, pero al ver los pasos firmes y decididos del anciano me pareció entenderlo. El abuelo tenía claro a dónde iba; no había que impedírselo. Fijé la vista en la luz tenue de las farolas y en los faros de los coches ocasionales que circulaban al otro lado del río. El abuelo llevaba una especie de polo, una prenda con cuello que no parecía un pijama. Mi cuñado iba vestido con la camisa que le había visto las otras dos ocasiones, blanca y de cuello abierto, y el mismo calzado negro. Como la camisa era totalmente blanca resaltaba en la noche de una forma extraña. Sus zapatos de cuero retumbaban sobre el sendero asfaltado. El abuelo no se giró hacia nosotros en ningún momento, ni siquiera cuando mi cuñado estornudó: siguió avanzando sin darse la vuelta.
Caminó un buen rato a orillas del río hasta que, de repente, empezó a bajar la cuesta de la ribera cubierta de hierba. El canto de los insectos se calmó un momento, luego recuperó el volumen. El abuelo iba apartando la hierba y aplastándola con los pies. Y entonces desapareció. La superficie del río se iluminaba y oscurecía con los coches que pasaban de forma esporádica. «Un agujero». Al decir esto, mi cuñado se detuvo y se quedó quieto. «¿Un agujero?», le pregunté, pero él no me respondió. No me quedó otra que seguir al abuelo cuesta abajo. Algo se partió bajo la suela de mi zapato. Un enjambre de insectos alados minúsculos se amontonó junto a mi cara. Retuve la respiración y me deslicé con cuidado por el terreno inestable. Pisé cosas duras y cosas blandas. Unos cuantos saltamontes chinos saltaron haciendo sonar sus alas. Avisté un ave grande, de pie en el borde del río, borrosa como si ella misma estuviese irradiando luz. La cabeza del abuelo asomaba de un hoyo bastante ancho que había en la ribera. Estaba mirando hacia el río. Yo me metí en otro agujero que había cerca del suyo; sentí que tenía que hacerlo. Pisé algo blando, y al bajar la mirada me encontré con dos ojos grandes que pestañeaban y me miraban desde abajo. Era el animal. Llegó un aire frío y húmedo desde el fondo y un escalofrío me recorrió entera. El animal no olía a nada. Su pelo duro me rozaba las pantorrillas por debajo de la tela fina del pijama. Noté su respiración. El cielo me pareció alto y bajo a la vez. La fuerza de la gravedad parecía caer con más peso sobre mí al tiempo que me sentía más ligera. Un pájaro, que desde mi perspectiva parecía gigante, estiró el cuello, lo giró a derecha e izquierda y volvió a quedarse quieto un momento después. El canto de los insectos me caló hasta el estómago.
«No pensé que Muneaki…». Oí la voz de mi cuñado desde arriba. «No pensé que volvería. Pensé que no le gustaba». «¿Que no le gustaba qué?». «La casa en la que yo estoy, o estaba». Mi cuñado estornudó otra vez. El abuelo miraba al cielo. Desde mi posición solo podía ver su nuca y no supe si oía bien lo que mi cuñado decía. «Normal que no le guste, le di muchos problemas, debió pasarlo mal por mi culpa. Igual que mi madre y mi padre y mi abuelo. Mi abuela tuvo suerte de morirse antes de que yo me volviese así. Es una pena. Y siento hablar de esta manera, como si fuese algo ajeno a mí, pero en cierto modo lo ha sido, lo sigue siendo todavía». Dejaron de pasar coches y la superficie del río quedó completamente negra. Entre el canto de los insectos vibró otro sonido más delicado. A lo mejor era el agua. A lo mejor se habían levantado algunas olas en el río. Justo en ese instante el viento sopló desde la orilla hacia nosotros. Era un aire frío que no había experimentado nunca durante el día. «Por una parte me gustaría que se fuese lejos, que haga su vida, pero por otra, le resulta imposible despegarse y eso me reconforta. Desde que me enteré de que Muneaki iba a volver, y cuando volvió de verdad…, te parecerá raro, y no es que lo estuviese espiando escondido entre la hierba, pero lo he estado observando desde que se mudó. Cómo coge el coche todas las mañanas y se va a trabajar y luego vuelve, el entusiasmo que le pone mi madre… y me parece enfermizo, pero será que los humanos somos así, siempre hay alguien que tiene que sufrir. Solo espero que no te toque a ti. Pero tú elegiste esto por voluntad propia…». «¿Qué quieres decir con “esto”?». «Me refiero a aceptar esta especie de corriente que te arrastra. “Eso” de lo que hui yo». Un ligero oleaje en la superficie del río quedó iluminado por una luz que no supe de dónde venía y fue cambiando de forma una y otra vez. Oí al abuelo respirar fuerte. Quizá tenía frío. Yo también lo tenía. Había que llevarlo de vuelta a casa. «Por favor no pienses mal de ellos solo porque te ocultaron mi existencia. Es todo culpa mía».
Volvieron a circular algunos coches por la carretera y dieron forma al pasto de la otra orilla. Un ave grande alzó vuelo y se posó en el agua. Durante un instante un coche iluminó algo rojo que no supe identificar. La superficie del agua se agitó y todo el entorno vibró como en una especie de eco, luego el río volvió a una quietud absoluta. El ave no se acercó a la orilla. El animal dormía a mis pies con una respiración profunda. Intenté salir del agujero, pero la tierra estaba húmeda y resbaladiza. Volví a apoyar mi peso en los brazos y clavé una pierna en la pared del agujero. En ese momento el animal empujó mis pies con su hocico y me levantó. Mi cuerpo se elevó en el aire y cayó rodando fuera de la madriguera. Oí al animal moverse en el interior. Me asomé, pero su imagen se había fundido ya en la oscuridad. Me acerqué al hoyo de al lado y le tendí la mano al abuelo. «Vámonos», le dije. El abuelo giró su cara hacia mí. Creo que era la primera vez que nos mirábamos a los ojos. Murmuró algo y se asió de mi mano. La suya era mucho más cálida y húmeda de lo que había imaginado, sorprendentemente dura y pesada. Los granos de tierra hicieron fricción entre su mano y la mía. Tiré de él con fuerza y continué tirando de él mientras subíamos la cuesta de la ribera. El abuelo me siguió muy dócil. «Yo me voy a quedar un rato más aquí. Tenemos una buena luna hoy. Mira», dijo mi cuñado. Pero el cielo estaba nublado y no se veía nada. «De acuerdo. Ten cuidado, por favor», le respondí, y llevé al abuelo a su casa. Me pareció oír gritos de niños detrás de mí, pero por más que me giré varias veces, no vi a nadie. Debió ser algún insecto.
Abrí la puerta de la casa de mis suegros. «¿Hola?». La llave estaba sin cerrar. Mi suegra vino de inmediato, seguida de mi suegro. Hacía muchísimo tiempo que no lo veía, porque también en Obon se había ido a jugar al golf. Llevaba un pijama azul y ancho que dejaba adivinar un pecho muy delgado. No lo recordaba así. Ambos se quedaron boquiabiertos al vernos a los dos. Una luz amarilla chorreaba sobre la cabeza de mi suegra y arrojaba sombras profundas sobre su cara. Parecía agotada.
«¿Qué ha pasado?». «Eh… Abuelo estaba fuera, parecía que quería ir a algún sitio. Como lo vi, fui detrás de él». Mi suegra emitió un grito ahogado y colocó su mano sobre el hombro del abuelo. «Está helado», dijo, y por un momento me miró con rabia. «Pero si está usted frío, abuelo, ¿dónde estaba?». El abuelo no respondió. Parecía somnoliento. Durante un rato mi suegra movió la cabeza de un lado a otro examinando su rostro en busca de alguna respuesta. Yo estaba a un lado del vestíbulo. El abuelo no la miró a los ojos en ningún momento. No es que tuviese la mirada perdida; movía las pupilas de un lado a otro de vez en cuando. Resignada, mi suegra me miró, esta vez con una sonrisa velada. Yo también sonreí. «Gracias. Ni me había dado cuenta…», susurró. «Yo me di cuenta por casualidad», le dije. Cuando salí de la casa y cerré la puerta oí a mi suegra murmurar algo en el interior de la casa. La voz de mi suegro, mucho más elevada, se superpuso sobre la suya. En casa, mi marido dormía profundamente. Al meterme en la cama noté en mi espalda el movimiento vertical de su respiración. El abuelo tuvo fiebre, enfermó y falleció poco después de ser ingresado por una neumonía.
La puerta de la entrada llevaba abierta de par en par desde el mediodía. Personas mayores que no había visto nunca entraban en el vestíbulo, se descalzaban despacio y daban el pésame mientras apoyaban un brazo en la pared o en el mueble de los zapatos para subir el escalón de la entrada, muy despacio, como si tuviesen las rodillas doloridas. Nunca se me había ocurrido que alguien tuviese que levantar la pierna tan alto para subir aquel escalón. El abuelo debía haber estado muy en forma para subirlo y bajarlo sin necesidad de una barandilla. Las ancianas no se parecían nada entre ellas. Unas eran canosas, otras tenían el pelo teñido de negro o de un violeta sorprendentemente chillón, o de amarillo. Iban llegando con ropa de andar por casa y sin bolso ni nada, solo con los abalorios de rezos colgando de la mano. Yo me dediqué a saludar a la gente, de pie en la entrada o haciendo reverencias con el cuerpo doblado en dos; me sentaba, me levantaba y echaba una mano, me retiraba a la cocina y volvía a salir. Los presentes, que se estarían preguntando quién era yo, murmuraban algo y asentían con la cabeza, y cada vez que esto ocurría yo volvía a hacer una reverencia con la cabeza y les decía cosas como «muchas gracias», «muy agradecida», y entonces se convencían de que yo era parte de la familia y derramaban alguna lágrima que otra o ponían su mano suavemente sobre mi hombro. En cuanto tuve oportunidad me acerqué a mi marido, que acababa de llegar de trabajar y seguía en traje y corbata, y le pregunté si aquellos eran parientes o vecinos. Mi marido negó con la cabeza —«Ni idea. Aunque algunas caras me resultan familiares»—, y le hizo la misma pregunta a mi suegra, que llevaba todo ese tiempo sentada frente al altar. Ella le respondió algo, y después de intercambiar algunas palabras mi marido volvió a mi lado y me susurró: «Cree que son gente del vecindario». «¿Cree?». «Sí, dice que hay algunos que no tiene claro quiénes son». Mi marido miró con bastante descaro a las personas sentadas a su alrededor. La sala del altar estaba llena de ancianos. Me pregunté si era común que tanta gente del vecindario se amontonase a los pies del muerto el mismo día en que había sido trasladado del hospital en el coche funerario. Ni siquiera se trataba de una vigilia formal. Descubrí que era costumbre entonar sutras junto al lecho del fallecido. Pensándolo bien, nunca se había muerto nadie cercano a mí. Había quienes lloraban sin parar, otros se iban en grupos de dos o tres a despedirse del cuerpo. Había uno que llevaba un paño colgado del cuello como los campesinos cuando trabajan la tierra. Alguien le llamó la atención y el hombre se lo quitó rápidamente, lo escondió debajo del elástico de sus pantalones remetiendo incluso una parte de su abrigo, y ofreció una plegaria.
Durante los días que se dedicó a cuidar del abuelo mi suegra se fue consumiendo poco a poco. Aunque yo pasé más tiempo que ella en el hospital por estar desocupada, fue ella la que tuvo que salir del trabajo a mediodía o venir corriendo después de su jornada. La cuestión es que se la veía agotada. De vez en cuando se quedaba absorta mirando a alguien, y cuando se daba cuenta se recomponía y hacía una reverencia larga con la cabeza. Los ancianos asentían una y otra vez y respondían con otra reverencia. Los había menudos y los había robustos. El abuelo estaba envuelto en un colchón con una funda blanca que trajo la funeraria. Sus párpados iban palideciendo por momentos. Mi suegro, que había anunciado que llegaría enseguida, seguía sin aparecer. Mi suegra, su hermana pequeña y yo éramos las únicas que le habíamos visto los ojos a la muerte.
«¡Señora!», llamó una de las abuelas con voz aguda. Me apresuré hacia ella, pero a quien se dirigía era a mi suegra. Casi me había puesto de pie, así que me volví a sentar. Mi suegra observaba al abuelo ajena a la voz de la anciana. No parecía haberla oído. Los asientos se fueron vaciando. «¡La nuera! ¡¿Dónde está la nuera?!». La voz era más elevada esta vez, pero mi suegra continuó indiferente, frotándose los ojos con un pañuelo. Yo sentí que tenía que hacer algo y me levanté. «¿Sí?». La anciana tenía el pelo gris y una chaqueta granate que colgaba de sus hombros. «Las flores del altar… solo puede haber una», dijo soltando aire por la boca. Varios ancianos que estaban rezando con los abalorios en la mano miraron hacia el altar y asintieron. Mi suegra seguía absorta. Otra anciana se me acercó y me dijo amablemente: «Las flores… en estas ocasiones se pone solo una. Solo una. Es como se hacen las cosas por aquí». «No sé en otros sitios». «¿En otros sitios no se hace así?». «No sé nada de otros sitios». «En todo caso, solo una flor». Su mano, totalmente blanca, acariciaba una y otra vez los abalorios de doble vuelta. En los floreros estaban los crisantemos blancos que mi suegra me había mandado comprar. Ella se encargó de vaciarlos —normalmente contenían un ikebana —, de lavarlos y de colocar cuatro crisantemos en cada uno de ellos, los tallos cortados a distinta altura. Me acerqué al altar y cogí los dos floreros que había a cada lado. Eran de un color dorado pálido y pesaban; estaban llenos de agua. «¿Dejo una flor en cada uno?», pregunté, a nadie en particular. Un grupo de ancianas asintió al unísono. Salí de la sala del altar con sus miradas puestas sobre mí. Oí a mi suegra llamarme, pero decidí ignorarla. «Vivió muchos años, muchos años», susurró alguien a mi espalda, seguido de otra voz más elevada. «Su esposa ha estado esperando mucho tiempo sola». «Vivió muchos años, muchos años». «Dicen que noventa».
Llevé los floreros a la cocina, y de los cuatro crisantemos que había en cada uno de ellos saqué los tres más cortos y los metí dentro de un vaso que encontré sobre el escurreplatos. El vaso se empañó cuando lo llené de agua. Todavía quedaba un poco de tiempo hasta que llegase el bonzo a entonar los sutras. Cogí los jarrones con una sola flor y volví a la sala del altar, cuidadosa de no derramar agua. Cada vez había más ancianos y estaban todos arrejuntados alrededor del abuelo, casi como doblados uno encima del otro. Ni aunque hubiesen venido todos los ancianos del municipio podían ser tantos. Había dos niños pequeños encaramados a las rodillas de una abuela, acurrucados y medio dormidos. También estaba la señora Sera. La saludé y ella asintió con la cabeza. Sobre sus rodillas había un niño pequeño arrodillado, con una mano agarrada a la anciana sentada a su lado, que a su vez parecía tener la vista fija en lo que ocurría enfrente. La señora Sera llevaba la misma camisa blanca y falda larga que la última vez. Su ropa tan clara parecía un faro luminoso flotando en medio de las prendas discretas de los ancianos. El niño pequeño tenía la cara colorada. Me acerqué al altar. «Hasta el funeral, una sola flor. Después del funeral, nada de flores durante un tiempo…», me dijo en voz baja una mujer mayor que estaba agachada. Más que hablar, parecía que estaba rezando. Coloqué los floreros en el altar. «No, están mal puestos. La izquierda y la derecha están al revés», dijo elevando la voz. Seguí sus indicaciones, apresurada. El crisantemo blanco estaba todavía fresco y robusto y por mucho que intentaba enderezarlo acababa por girarse aleatoriamente hacia un lado del florero. Resultaba feo. Me di cuenta de que tenía que haberme quedado con el tallo más corto y no el más largo. «Las flores… ¿qué ha pasado?». Era mi suegra. «Me dicen que durante la vigilia hay que dejar una sola flor», susurré. Mi suegra miró dubitativa hacia los floreros, luego hacia el abuelo, y no dijo nada más. Los labios del abuelo, que habían sido cerrados en la cama del hospital, estaban ahora abultados con la forma de su dentadura y dejaban asomar los dientes delanteros.
«Ah, ha llegado el bonzo», dijo uno de los ancianos. «Qué joven es este sacerdote». «Vaya, es muy joven». «Claro, el otro tiene mal las rodillas, ¿recuerdas?». «El otro día lo llamamos para que nos diese servicio y vino en silla de ruedas, la abuela quería que fuese él aunque tuviese que venir arrastrando los huesos, a la abuela solo le gustaba él, así que insistimos y vino». «El joven no tiene mala voz». «Claro, los jóvenes tienen mejor voz». «Noventa años». «Hay que seguir su ejemplo». «¿Todavía no ha llegado el hijo?». El bonzo, de unos cincuenta años, apareció envuelto en un manto negro. Era la primera vez que lo veía. Llevaba unas gafas atípicas. Mi marido abrió la puerta corredera de cristal que unía el pasillo con la sala del altar. El
sacerdote se quitó los [18] zori mientras forcejeaba con su manto y se adentró en la sala. Pude ver unos cuantos ácaros rojos adheridos a los dedos de sus
tabi[19] blancos. A su paso los ancianos bajaron la cabeza. Yo también la bajé, y al levantarla se me clavó en los ojos el retrato de la abuela. Muy pronto el abuelo también formaría parte de esa pared. Hacía mucho tiempo que la abuela había muerto, no iban a parecer un matrimonio, una tan joven, el otro tan mayor. Tampoco aparentaban ser padre e hija, pero de alguna manera se notaba que eran de la misma familia. El bonzo se sentó frente al altar en el que yo había colocado los floreros y enseguida entonó unos sutras que no había oído nunca, y antes de que me diese tiempo a ponerme los abalorios sobre la palma de la mano, las ancianas empezaron a acariciarlos al son de las oraciones. Por alguna razón, una especie de alivio me envolvió los hombros en ese momento. Oí un ruido contenido: era mi suegro entrando sigilosamente en la sala. Los ancianos bajaron la cabeza al unísono sin dejar de rezar con los ojos cerrados.
Una vez concluyó la ceremonia y el sacerdote se marchó, apareció de nuevo la funeraria —como si hubiese estado esperando el momento oportuno —, y con un catálogo en la mano determinó la cantidad y la calidad de las flores y de los ornamentos del funeral, del banquete, del altar y demás minucias. Era muy tarde, entrada la noche, cuando todo acabó. La mayoría de los ancianos fue desapareciendo de uno en uno y de dos en dos en cuanto el sacerdote terminó el servicio. Al final solo quedaron los familiares más cercanos y reconocibles. Había pañuelos de papel tirados sobre el tatami. Al recogerlos noté que estaban mojados. Los junté todos y los tiré a la basura junto con algunos envoltorios de caramelo que encontré en el suelo. Se suponía que mis padres tenían que haber llegado ya para asistir a la vigilia oficial que se celebraría al día siguiente por la tarde. «Cuando murió la abuela también hubo mucho que hacer, pero al menos estaba el abuelo para tomar casi todas las decisiones…», me dijo mi suegra después de dar un suspiro. Repitió lo mismo dos o tres veces, susurrando tan bajo que al final no pude entender lo que decía. Su hermana se acercó corriendo y le puso las dos manos sobre los hombros. «Al menos no sufrió una enfermedad larga, tuvo suerte de no estar postrado en la cama durante mucho tiempo. Fue una neumonía. Todas las personas mayores se mueren de neumonía al final. La diferencia es si antes han sufrido o no». «Pero no pensé que sería tan repentino…». Mi suegra murmuró algo más pero no alcancé a oírla. Su hermana respondió con firmeza. «Morirse repentinamente es el deseo de todas las personas mayores que viven tantos años. Acuérdate de nuestra madre, tanto tiempo inconsciente… Él tuvo la mente clara hasta el final, ¿no? Caminaba solo y todo, eso no tiene precio. No se despistó ni una pizca, ¿verdad?».
Mi suegra me lanzó una mirada directa. Yo también la miré. Me vino a la cabeza la imagen del abuelo regando el jardín. En su cara a contraluz, imposible de distinguir, solo pude imaginar sus dientes delanteros, grandes y robustos. Su piel tostada, que parecía incluso brillar desde dentro, se había vuelto blanquecina en tan solo unas horas. Después de mirarnos durante unos instantes mi suegra respondió: «Cierto». Me levanté para traer más té y ofrecérselo a los familiares y al entrar en la cocina me llegó el perfume de los crisantemos que había dejado en un vaso ancho junto al fregadero. Los tallos todavía estaban rígidos, y puestos juntos emanaban cierta energía. De repente me acordé de mi cuñado. ¿Aparecería en algún momento? Se tenía que haber dado cuenta por el ir y venir de la gente y el olor a incienso. No podía entender que, viviendo al lado, decidiese ignorar la muerte de un familiar, por muy poco sociable que fuese. Serví el té y salí discretamente al jardín trasero. La caseta estaba a oscuras. ¿Estaría ya dormido? Acerqué la mano a la puerta. Estaba cerrada con llave. La sacudí un poco y la estructura entera vibró. Olía a moho. La rejilla que tapaba el antiguo pozo había desaparecido y en su lugar había una tapadera de cemento sellando el agujero a cal y canto. Sobre la tapadera había musgo. Volví a llamar y a tirar de la puerta. No obtuve respuesta. Mi mano se manchó de herrumbre. El picaporte estaba cubierto de polvo. Una oleada de voces agudas, gritos de alegría y chillidos infantiles mezclados con el olor silencioso de los ancianos llenó por completo el entorno y enseguida se desvaneció. Resignada, volví a la casa. Mi suegra seguía sentada en la misma postura y varios de los parientes se estaban preparando para irse. Mi suegro estaba de pie, haciendo una reverencia.
«Incluso en los momentos más duros me entra hambre, no tengo remedio. Vamos a comer algo». Mi suegra se incorporó despacio y abrió la nevera. Había un puerro con la punta seca y marrón que, olvidado durante los días tan intensos por los que había pasado, colgaba flácido en una balda. Mi suegra lo levantó con expresión divertida, y poniendo los dedos en pinza me lo enseñó y se rio. Yo también me reí. «¿Se podrá comer?». Fui a la sala del altar a recoger las tazas de los invitados. Mi marido estaba sentado junto al abuelo con las piernas cruzadas y la mirada tristona clavada en el teléfono móvil. Sus dedos se deslizaban por el teclado más rápido que de costumbre. Por alguna razón mi suegro estaba tumbado al fondo de la sala. «¿Cómo era tu abuelo?», le pregunté mientras colocaba las tazas en la bandeja. Mi marido me miró sorprendido. «¿Qué?». «Tu abuelo, ¿cómo era?». «¿Mi abuelo? Pues…». Dejó el teléfono sobre el tatami y se frotó las manos, pero enseguida lo volvió a coger y empezó a teclear. «Solía ser muy estricto, pero recuerdo lo contento que se puso cuando me admitieron en la universidad, me dio trescientos mil yenes sin decírselo a mis padres, en billetes nuevos. Aunque me los gasté enseguida». «¿Qué te compraste?». «No me acuerdo. No creo que fuese gran cosa». «¿A qué jugabais?». «¿Jugar? ¿Con mi abuelo? No recuerdo que jugásemos nunca, a nada. Creo que fuimos a pescar juntos un par de veces. Pero debió hacerlo por mí, porque no era una actividad que le gustase demasiado. No llegamos a pescar nada». Miré hacia abajo, al abuelo, y luego hacia arriba, a la abuela. «¿Por qué me preguntas todo esto ahora, de repente?». «No es de repente…». Cuando volví a la cocina el puerro estaba limpio y troceado. «Fue un buen padre», dijo mi suegra vertiendo salsa de soja en una cazuela.
Se sonó varias veces la nariz mientras sorbía los fideos que preparó para saciar el hambre. Era casi media noche. «Y papá, ¿no come?». «Dice que comerá más tarde». Mi marido abrió los palillos desechables sin soltar el móvil. Cuando acabó de sorber el caldo se masajeó el cuello unas cuantas veces y volvió a la sala del altar. «¿No te quieres bañar?». «Luego». Yo también terminé de comer, coloqué mi bol encima del de mi marido y lo llevé todo al fregadero. «Puedes dejar los platos ahí». «No, los lavo, no es nada». «No te preocupes, que los friego yo ahora. Déjalos ahí», dijo mi suegra, pero no se levantó. Mientras mojaba la esponja en el agua miré hacia los crisantemos que había dejado en el vaso, apoyados unos sobre otros, intentando florecer. El olor del puerro había absorbido todo su aroma. Lavé los platos uno por uno. «Gracias», dijo mi suegra con voz adormilada. No respondí y seguí con la tarea: las tazas delgadas y de color pálido que eligió mi suegra o la abuela, los boles de los fideos, un cuenco con los hilos de
natto[20] todavía pegados que debía llevar ahí varios días… Aumenté la fuerza del grifo para retirar del fregadero los restos de puerro y de lo que parecían hojas de té. El agua salpicó a los crisantemos y los sacudió ligeramente, extrayendo de nuevo su perfume. Mi marido hizo sonar el gong del altar y en ese momento oí la risa estruendosa de mi cuñado al otro lado de la rejilla de ventilación, mezclada con la voz de otra persona. Miré a mi suegra, pero estaba con los ojos cerrados, quedándose dormida, balanceando la cabeza que tenía apoyada sobre una mano. Me quedé observando su espalda, la manera en que se dilataba y contraía con la respiración. Supuse que se quedaría así un buen rato, así que cuando terminé de fregar volví a la parte trasera de la casa. Allí no había nadie. La caseta seguía sumida en la oscuridad. Empujé la puerta. Opuso cierta resistencia, luego cedió. Me asomé dentro, inquieta, y me llegó un olor desagradable a polvo y moho. En el interior había cosas de distintas formas apelotonadas y tiradas por el suelo. Daba la sensación de que no había entrado nadie en mucho tiempo. Varias botellas de vidrio grandes hacían fila en el suelo y parecían contener algo alargado y enroscado. En otra había un ciempiés. Del techo colgaba una bombilla desnuda con una cuerda para encenderla. Tiré de la cuerda, pero la luz no se encendió. La bombilla se balanceó con el movimiento. Volví a tirar del hilo, pero esta vez oí un ruido y montones de polvo cayeron del techo, así que salí corriendo. Solo había estado un instante ahí dentro, pero mis manos y mis zapatos estaban completamente blancos.
A pesar de que el verano está llegando a su fin, a pesar de que hace tiempo que el otoño ya ha hecho su entrada en el calendario, tengo la sensación de que cada día hace más calor. ¿Bajarán las temperaturas en algún momento y llegará el fresco? Las cigarras también siguen cantando como si estuviesen en pleno verano. ¿Será este tiempo algo puntual de este año, o se quedará para siempre? ¿Será resultado del cambio climático o se tratará de un fenómeno anormal aislado? Hasta hace poco la gente no se moría de calor. Había una cigarra muerta en mitad de la carretera. Estaba tirada sobre el alquitrán quemado y completamente negro, con las patas para arriba. Moví el manillar de la bicicleta que me acababa de comprar y me desvié un poco de mi trayecto para pasar por encima de ella. Pensé que estaría completamente seca y por eso me sorprendió cuando la rueda delantera pisó algo pegajoso y sólido. Quizá al aplastarla expulsó el aire que tenía en su estómago. ¿O acaso estaría todavía viva? Continué pedaleando. Ahora notaba que el camino de vuelta del konbini estaba más cuesta arriba de lo que me había parecido al andar. El uniforme del Seven Eleven que había metido dentro de la cesta delantera de la bici daba un salto cada vez que había un bache en el sendero. Pedaleé con más fuerza. «Hay poco que hacer, no viene mucha gente. Pero eso no quiere decir que no haga falta que alguien esté en la tienda». «Pero vienen muchos niños, ¿no?». «No te creas. Quedan pocas familias con niños por aquí, casi todos los vecinos son gente mayor. La cosa cambiaría si hubiese oficinas o colegios en la zona…». «Ah…». «Bueno, entonces empiezas mañana», me dijo la empleada, aquella a la que un día había entregado un impreso de pago, y se levantó. Yo también me levanté e hice una reverencia. Al salir del konbini me envolvió el calor del aire y la fiebre que nacía de la hierba. Un grupo de ancianos en traje de faena segaba el pasto crecido de la ribera. Entre la riqueza del olor de la hierba se escondía otro de origen desconocido que me resultaba muy familiar. La botella de refresco que había comprado después de la entrevista estaba llena de gotas de agua, como si fuese sudor. Sobre la ribera vi puntos rojos aquí y allí. Los ancianos estaban ahora amontonando el pasto segado en una montaña. También ahí dentro había cosas rojas mezcladas con la hierba. Me pareció que era la flor del
infierno.[21] No me encontré ni con el animal ni con el agujero ni con los niños. De vuelta en casa me probé el uniforme y me miré en el espejo: mi cara empezaba a parecerse a la de mi suegra.