Allá donde estés
Capítulo 2
El molesto sonido del timbre anunció el fin de la clase de biología para dar inicio a la clase de historia.
Guardé el libro de biología en mi mochila, junto a los apuntes de la tarea que debía hacer para este último trimestre, y saqué el libro de historia, dejándolo caer pesadamente sobre el pupitre y soltando un sonoro suspiro de cansancio.
―¡Buenos días! ―nos saludó el profesor de historia, el señor Méndez.
―Buenos días ―correspondimos todos al saludo, aunque, a diferencia del tono alegre de la voz del profesor, el nuestro transmitía cansancio y aborrecimiento.
―Veo que hay una cara nueva entre nosotros y que, como de costumbre, Lucía y Jonathan no están presentes ―dijo con el ceño fruncido, al mismo tiempo que leía algo en una nota que había encima del escritorio―. Por favor, Leonardo, toma asiento al lado de tu compañera Andrea. No es necesario que estés solo en la última fila.
Sentí una punzada en la boca del estómago.
Definitivamente, el animal más peligroso para el ser humano era la famosa mariposa del estómago…
Ahogué un gemido cuando el chico nuevo se sentó a mi lado. Estaba realmente tensa, con la espalda recta y la mandíbula apretada. Incluso había aguantado la respiración, rehusándome a sentirme embriagada por aquel olor tan masculino y adictivo.
El profesor empezó a hablar de la segunda guerra mundial, o eso creía…
¡no estaba muy segura, pues en lo único que me podía concentrar era en mi lucha interna contra las emociones que estaba experimentando por culpa de mi nuevo compañero!
Intenté girar la cabeza, juro por Dios que intenté mirarlo a la cara y entablar una conversación como dos personas civilizadas, pero estaba tan tensa que no era capaz de articular ningún músculo más de lo estrictamente necesario.
―Me estás poniendo nervioso… ―murmuró él entre dientes.
Sorprendida por el tono grave y cavernoso de su voz, un perfecto indicador infalible de sus altos niveles de testosterona y, por lo tanto, de virilidad, giré la cabeza hacia él para observarlo a la cara.
¿Acaso yo también lo ponía nervioso de la misma manera que él me ponía nerviosa a mí?
Leonardo giró también su cabeza hacia mí, con ojos inexpresivos, y volvió a hablar:
―Deja de mover la pierna, estás haciendo que mi mesa parezca el tambor de una maldita lavadora.
Abrí la boca, sorprendida y avergonzada a partes iguales, y paré de subir y bajar la pierna, un acto reflejo que hacía inconscientemente cuando estaba muy nerviosa.
―Lo siento ―musité con voz temblorosa, incómoda por la intensidad de su mirada y por la cercanía de nuestros cuerpos.
Sin esperármelo, él esbozó una sonrisa que suavizó sus facciones.
Inconscientemente, apreté las rodillas cuando sentí unas pequeñas palpitaciones allí abajo… en el centro de todo mi ser.
Era increíble, sí, increíble la manera en que él tenía de decir cada palabra, de hacerme sentir parte de algo tan grande, tan intenso que parecía casi un sueño inalcanzable.
Aquel chico me hacía estremecer con cada maldito gesto y con cada matiz de su voz tan varonil. Y era extraño porque, a pesar de tenerlo tan cerca de mí, a pocos centímetros de distancia, tenía la sensación de que era inalcanzable como la mismísima luna.
―¿Ocurre algo? ―inquirí con una ceja enarcada.
―No, nada… ―negó con la cabeza, ahora riéndose de medio lado, una sutil burla dirigida a mí, como si le hubiese hecho gracia algo en particular.
Fruncí el ceño, visiblemente molesta por su respuesta.
―Pues yo creo que sí sucede algo. ¿Acaso te estás burlando de mí? ―le pregunté yendo directamente al grano, intentando sonar lo más borde e irritable posible.
Si Lucy estuviera allí, de seguro se habría sentido muy orgullosa de mí por la actitud tan prepotente que estaba teniendo con mi nuevo compañero de clase.
―Puff…
Leonardo soltó un resoplido de desdén, como si yo fuese un molesto grano en el culo.
―Dilo ―exigí de malas maneras, apretando los puños sobre la mesa.
Le lancé una mirada asesina, rezando para que pudiera absorber por los poros de su bronceada piel todo el odio que le estaba trasmitiendo de golpe, pero mi propósito parecía no hacer mella en él.
―¿Estás segura de que quieres escuchar lo que realmente pienso de ti, Andy? ―inquirió con un tono de voz más ronco, erizándome todo el vello… ¡o, mejor dicho, poniéndome los pelos de punta al escuchar aquel diminutivo!
No era la primera vez que alguien me llamaba Andy, de hecho, Flavio y Lucy solían hacerlo. Pero el hecho de que él me hubiese llamado así con tanta confianza, mientras sus ojos color miel me escrutaban con una intensidad abrumadora, hizo que, inevitablemente, recordase a León…
―Andrea. Mi nombre es Andrea ―lo corregí, volviendo a apretar los puños―. ¿Sabes qué? Me da igual saber qué es lo que realmente te hizo tanta gracia. No pareces ser una persona muy sincera, al contrario, más bien pareces ser el típico tío al que le gusta recurrir a las mentiras para desestabilizar emocionalmente a la gente.
Leonardo enarcó una ceja con curiosidad, aunque sin esconder la sorpresa que le producían mis deducciones sobre él.
―Vaya, así que eres esa clase de persona a la que le gusta juzgar a la gente a primera vista, sin antes conocerla. ¡Uau! ―exclamó con voz de sorpresa fingida, apoyando el antebrazo en mi pupitre y acercándose más a mí. No sabía si era sensación mía, o realmente en el aula empezaba a hacer calor… mucha calor―. ¿Sabes qué? Creo que tú tampoco eres tan sincera como aparentas ser. Sé que detrás de esa máscara que llevas puesta se esconde tu verdadero yo.
Los nervios me asaltaron como un enjambre de abejas.
Un leve temblor se apoderó de mis labios, de mi mentón, y supe que se avecinaba un llanto del que no debía perder el aliento, no frente a aquel tío que acababa de conocer.
Así que, en algún rincón de mi ser, mi conciencia me gritó que no me echase a llorar y que fuese más fuerte.
¡Y eso hice!
―¡Tú que sabrás! ―le grité llena de frustración y rabia, no por él, sino por mí, porque lo que acababa de decir sobre mí era cierto―. ¡No me
conoces!
―Sshh. ―El profesor nos mandó callar, antes de volver a retomar la explicación de la que ni siquiera estaba prestando atención.
―Estás intentando aparentar algo que no eres, simplemente para encajar con… mmm… déjame adivinarlo ―dijo en voz baja, llevándose la mano al mentón y examinándome con gesto pensativo―. ¡Ya sé! ¿Con las animadoras del equipo de fútbol? ―No respondí, simplemente apreté los dientes por la rabia que estaba sintiendo en aquel momento… sí, rabia porque el muy arrogante no se había engañado al deducir tal cosa.
Pero él no tenía ni idea de lo que realmente estaba sufriendo en silencio.
¡No tenía idea de nada y estaba haciendo suposiciones sin fundamento!
Sin saber qué decir al respecto, bajé la mirada y apresé mi labio inferior entre los dientes, mientras fruncía el ceño, ensimismada en mis pensamientos.
―Ey… ―Sin esperármelo, me tomó del mentón con una mano para obligarme a mirarlo a los ojos.
Observé boquiabierta el matiz dorado de su iris, esperando a que dijese algo.
―No bajes la cabeza. Te sale papada…
Casi se me desencajó la mandíbula con la sorpresa e incluso me costó trabajo, mucho trabajo reponerme.
Mi mentón, todavía apresado entre su dedo índice y pulgar, me tembló con una mezcla de angustia e ira.
«No puede ser cierto. Él no puede ser León, mi León… ¡no!», pensé para mis adentros.
El chico nuevo me acarició el mentón con la yema del dedo pulgar, antes de retirar su mano para volver a apoyarla sobre la mesa.
―¿De dónde eres? ―Intenté no ser alarmista y evité que escuchara mi voz afectada, pero, al final, conseguí todo lo contrario―. ¿Cómo te apellidas? ¿Cuándo es tu cumpleaños? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Qué…
Su risa me interrumpió, mientras negaba con la cabeza como si estuviera flipando con mi reacción.
Me sentí un poco confundida y sorprendida a partes iguales, pues aquella frase era la que León solía decirme para chincharme cuando éramos niños.
Intenté replicar, pero él colocó su dedo índice sobre mis labios y me dedicó una mirada más pesada que un camión de cemento:
―Lo siento, Andy, no eres mi tipo.
Los ojos casi se me salieron de las órbitas y la saliva se me atragantó en la garganta. Estaba claro que Leonardo había malinterpretado mi bombardeo de preguntas…
¡Yo no estaba intentando ligar con él, joder!
―A mí me gustan las chicas sinceras, que sean ellas mismas y no finjan ser otra persona. ―Torció su sonrisa a un lado detonando una prepotencia tan vasta, tan cantosa, que me recordó a esos típicos chicos malos de los libros que solía leer y que volvían locas a las protagonistas… ¡incluida yo!
―¡Eres un gilipollas arrogante! ―le grité a todo pulmón, al mismo tiempo que me levantaba de sopetón arrastrando ruidosamente mi silla por el suelo.
De repente, el silencio se hizo en el aula.
Observé a mi alrededor, siendo consciente de que ahora era el centro de atención de mis compañeros y, lo peor de todo, de mi profesor.
El señor Méndez me observó atentamente, sin saber por dónde empezar… si preguntarme qué había pasado entre Leonardo y yo, o enviarme directamente al despacho del director.
«Que no sea la última opción, por favor, por favor…», rogué para mis adentros.
―¡Andrea Díaz! ―su tono de voz desvelaba que mi sincero comentario sobre Leonardo le había molestado muchísimo―. ¡Al despacho del director!
Mis compañeros de clase empezaron a murmurar cosas sobre mí. En ese momento me sentí como si estuviera en un juicio, acusada por algún grave delito, mientras ellos, como si fuesen el jurado popular, cuestionaban mi inocencia.
―¡Que sea para hoy, Andrea! ―me urgió el profesor, haciendo que pegara un saltito por el susto.
Recogí mis cosas, las guardé en la mochila y me dispuse a salir de clase sin dignarme a mirar atrás. No quería ver la sonrisa ufana que, probablemente, Leonardo tendría en la cara.
Caminé por los solitarios pasillos del instituto, pues todos los alumnos estaban en sus respectivas clases. Todos menos yo… ¡la nueva rebelde que iba a empezar a sacar malas notas y a preocupar a su pobre madre!
«Estás exagerando, simplemente es un castigo», me recriminó la vocecita de mi conciencia.
Cuando llegué a la sala del director, vi a su secretaria tecleando en un ordenador a la velocidad de la luz. La mujer, de unos cuarenta largos años, deslizó sus gafas hasta la punta de la nariz y me escrutó de arriba abajo, tan sorprendida como yo por verme allí.
―¿Necesitas algo? ―inquirió amablemente.
Negué con la cabeza, mordiéndome el labio inferior por los nervios.
―Me han castigado ―murmuré con voz inaudible.
―¿Disculpa?
Cerré los ojos y los puños al mismo tiempo, intentando controlar la rabia que empezaba a borbotear por mi torrente sanguíneo.
―Me han castigado ―dije, esta vez, con un tono de voz más elevado.
La mujer batió sus pestañas a una velocidad casi anormal, volviendo a repasarme de pies a cabeza, todavía sin dar crédito que una de las mejores alumnas del instituto estuviese castigada.
―El director no se encuentra en su despacho en estos momentos, pero puedes esperarlo adentro ―me explicó con voz alta y clara, sin dejar de repasarme con la mirada.
―Gracias.
Caminé hacia el despacho sintiendo cómo las piernas me temblaban.
¡Parecía una tarta de gelatina!
Todavía, a pesar de la situación en la que estaba, es decir, dirigiéndome al despacho del director para cumplir un castigo, una parte de mí seguía dándole vueltas a lo que el chico nuevo me dijo. No dejaba de pensar en aquella frase que tanto me hacía recordar a León, ni tampoco en la facilidad que el muy cabrón tenía para leer la mente de las personas, o por lo menos la mía.
Aunque me fastidiara reconocerlo, mi nuevo compañero de clase tenía toda la razón del mundo: mi verdadero yo estaba oculto bajo aquella máscara que llevaba utilizando desde el incidente que tuve con Camila.
Apoyé la mano sobre la manilla de la puerta del despacho y la abrí, deseando con todo mi ser que aquel caótico día terminase de una vez por todas. Pero cuando vi a Lucy sentada a horcajadas sobre Jonathan, besándolo como si su lengua le estuviese haciendo una endoscopia, sentí que el mundo se abría en dos bajo mis pies.
¿Pero qué coño estaba pasando aquella mañana?
¿Acaso estaba atrapada en una de mis frecuentes pesadillas?
Volví a agarrar la manilla de la puerta, todavía con los ojos abiertos como platos, y la cerré de nuevo con mucho cuidado de no hacer ruido.
Quedé paralizada, con la mirada fija en la puerta, mientras intentaba eliminar de mi mente la escena que acababa de presenciar.
Giré sobre mis talones, todavía sin pestañear, para tomar asiento en la sala de espera.
La secretaria dejó de teclear en su ordenador para volver a observarme, pero esta vez con el ceño fruncido en un claro gesto de confusión.
Alcé la mirada del suelo y le dije con voz temblorosa:
―Mejor esperaré aquí al director.
La mujer enarcó ambas cejas e hizo un gesto extraño con la boca, antes de volver a teclear en su ordenador.
Me llevé las manos a la cara para masajearme la frente, mientras mis mejillas ardían de la vergüenza. Luego cerré los ojos, dejando caer la cabeza hacia atrás para apoyarla en la pared, mientras intentaba dejar la mente en blanco, antes de que terminara enloqueciendo…
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