Allá donde estés

Mirian G.Blanco · Capítulo 6 de 16

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Allá donde estés

Capítulo 3

Después de casi media hora esperando, tiempo suficiente para que Lucy y Jonathan disfrutaran de su intimidad en aquel despacho, el director apareció. Primero atendió a la pareja de tortolitos que, después de casi diez minutos hablando con ellos, salieron del despacho tan campantes como si nada.

Lucy me observó sorprendida. Vi sus claras intenciones de preguntarme qué estaba haciendo allí, pero el director me pidió que pasara a su despacho y eso hice.

Para ser sinceros, prefería mil veces cumplir con el castigo que fingir con mi mejor amiga que no la había visto comiéndole la boca a Johny.

El director me sermoneó durante treinta minutos sobre mi mal comportamiento, y me obligó a prometerle una buena conducta y que nunca más volvería a insultar a ningún compañero, bajo amenaza de informar la próxima vez a mi madre.

Apenas pronuncié palabra durante todo el tiempo que él me estuvo regañando, como si fuera una niña de seis años y no de diecisiete, o bueno, mejor dicho, casi dieciocho.

―――ღ―――

Cerré los ojos, solté el aire de golpe y luego observé el cielo azul mientras las nubes corrían de un lado para otro.

―¿En serio le dijo eso al chico nuevo? ―inquirió otra vez Lucy, como si todavía no se creyera la historia que Flavio le había contado sobre el pequeño percance que tuve con Leonardo.

―Por enésima vez… ¡sí! ―exclamó él, tumbado sobre el césped y con la cabeza apoyada en mis rodillas.

Lucy me miró con un brillo indescriptible en sus ojos.

―¡Oh, Andy, cariño, estoy muy orgullosa de ti! ―agregó con voz emocionada, fingiendo limpiarse una lágrima que en ningún momento se

asomó.

―Tendrías que haber visto la cara de estupefacción que se le quedó al chico nuevo ―comentó Flavio, carcajeando a mandíbula batiente y haciendo que mis piernas temblaran por su risa.

―Me lo imagino ―susurró Lucy, esbozando esa típica sonrisa suya que tanto se asemejaba a la del Joker, el enemigo número uno de Batman.

―¿Es que no podéis hablar de otra cosa, por favor? ―les pregunté amablemente, a punto de perder la paciencia por completo.

―No, todavía queremos saber por qué has reaccionado de esa manera.

Tú nunca te cabreas, de hecho, siempre evitas los problemas. Eres tan dulce y tierna… ―murmuró Flavio, haciendo un pucherito con los labios y pellizcándome la mejilla.

Le golpeé la mano para retirársela y solté un suspiro de pura frustración.

―¡Simplemente es un gilipollas! ¡Punto! ―les expliqué sin entrar en más detalles.

¿Qué les iba a decir?

¿Que el chico nuevo me atraía sexualmente y que, por muy extraño que sonara, me recordaba a mi mejor amigo de la infancia?

¡Por Dios!

Aquello sonaba demasiado absurdo como para que me tomaran en serio.

Lucy soltó un sollozo fingido, mientras cruzaba sus dedos como si estuviera haciendo una plegaria.

―Quiero una hija así, como tú ―susurró con admiración.

De repente, los músculos de Flavio se tensaron como la cuerda de un arco a punto de disparar.

Desvié la atención de Lucy, quien se puso seria inesperadamente, para observar a Flavio y luego al chico que se estaba acercando hacia nosotros.

―¡Hola, cariño! ―me saludó Erick… mi novio.

Lo observé en silencio durante un par de segundos que me parecieron malditamente eternos.

Erick era alto, más o menos de la estatura de Flavio. Tenía el cabello negro, los ojos azules y una sonrisa que te atrapaba de la misma manera que una telaraña lo hace con los insectos.

A parte de ser un imán para las mujeres, Erick Vidal era el capitán del equipo de fútbol del instituto, pero, a diferencia de Flavio, era bastante arrogante y narcisista.

Nunca pensé terminar saliendo con el típico chico popular, pues esta clase de espécimen que solía habitar en los colegios e institutos no solía fijarse en las chicas nerd como yo. Pero por culpa del dichoso incidente que tuve con Camila hace años atrás, Erick y yo nos conocimos y la chispa del amor surgió entre los dos.

O bueno, yo quería pensar que lo que sentíamos el uno por el otro era amor… aunque sabía que no era así.

Erick dejó de sonreír cuando bajó la mirada hacia mis piernas y se dio cuenta de que Flavio estaba apoyado sobre ellas.

Mis amigos no estaban muy de acuerdo con que saliera con Erick, pues ellos decían que me merecía algo mejor y, tal vez, tenían razón. Pero a estas alturas de mi vida, y a tan pocos meses de terminar el instituto para iniciar una nueva vida, me daba igual aguantar un poco más toda aquella farsa en la que estaba involucrada.

Entre Erick y yo existía un «cariño especial», no podía negar que él me había dado buenos momentos en nuestra relación. Aunque, a decir verdad, si colocábamos en una balanza los buenos y malos momentos que pasé a su lado, los malos pesaban más que los buenos.

―¿Qué, estás cómodo? ―le preguntó él a mi amigo, apretando las mandíbulas con determinación.

Flavio tragó saliva, nervioso, mientras lo observaba de arriba abajo.

Luego se apartó de mí, pero Erick continuó fulminándolo con la mirada.

Erick no se llevaba bien con mis amigos, en especial con Flavio.

Supongo que sentía celos de la estrecha amistad que tenía con Flavio, aunque nunca me dijo por qué sentía tanto odio hacia su propio compañero de fútbol.

―Erick ―susurré su nombre en un tono amenazante, captando su atención.

Él volvió a esbozar una sonrisa cuando sus ojos se clavaron en los míos.

Fruncí el ceño, nerviosa, cuando su mirada me repasó con aire sombrío de los pies a la cabeza, analizándome cuidadosamente. Sabía que iba a comentar algo sobre mi aspecto físico, era lo que solía hacer. Para él, yo necesitaba ser siempre la novia perfecta.

Sin perder más el tiempo, me levanté del césped mientras sacudía el trasero para limpiarme el vestido.

Erick se acercó a mí y me peinó el cabello con delicadeza, intentando colocarlo detrás de mis orejas.

―¿Cuántas veces te he dicho que lleves un cepillo en tu mochila? Estás hecha un desastre ―susurró cerca de mi rostro, antes de darme un pico en los labios.

Lo observé sin decir nada, sin sentir ni pena ni alegría.

Tenía que reconocer que sus comentarios tan fuera de lugar hicieron que casi entrara en una depresión.

Erick me había cambiado completamente, tanto física como mentalmente. Y en parte no era su culpa, pues yo había aceptado salir con él aun sabiendo lo gilipollas que podía llegar a ser.

¡Y lo hice porque Camila me obligó a hacerlo y porque no tenía otra opción!

Sí, definitivamente, tal vez la costumbre y el cariño de pasar tanto tiempo junto a Erick hicieron el roce… ¡pero, definitivamente, cada vez era más consciente de que entre él y yo no existía un amor verdadero!

―¿Podemos hablar? ―me preguntó con dulzura, mientras me acariciaba la mejilla con el dorso de su mano―. A solas… ―aclaró con voz más seria, mirando de reojo a mis amigos.

Observé a Lucy negar con la cabeza como si intentara comunicarse conmigo por telepatía, mientras Flavio seguía cabizbajo y con la mirada clavada en el suelo.

Finalmente, asentí con la cabeza y lo seguí hasta el campo de fútbol. Los dos nos colamos por debajo de las gradas para tener más privacidad y me crucé de brazos, esperando a que soltara por la boca la infinidad de gilipolleces que sabía que iba a decirme.

―No sé qué cojones se te pasa por la cabeza al dejar que Flavio te toque de esa manera ―gritó cabreado, llevándose las manos a la frente en un gesto de frustración.

«Ahí vamos… ¡qué comience el show!», pensé.

―Desde que empezamos a salir, he hecho todo lo que me has pedido sin rechistar ―le recordé, también cabreada, señalándome a mí misma con el dedo índice―. Solo hace falta que me mires para comprobar que lo que digo es cierto.

¡Y así era!

Cuando Erick me pidió para salir, los primeros meses fueron realmente los mejores de nuestra relación.

Erick era super tierno, dulce y muy atento. De hecho, gracias a él mis compañeros del insti dejaron de hacerme la vida imposible. Pero, sin saber

el por qué, Erick empezó a insinuarme que debía cambiar mi forma de vestir y usar más vestidos, faldas y tacones, en vez de ropa tan holgada.

Luego se centró en mi cabello porque, según él, las melenas largas y lacias en las mujeres denotaban sensualidad y feminidad. Mi cabello natural me llegaba a la altura de la clavícula, pero eso no supuso un problema para la

«espléndida» idea que Erick tuvo al regalarme unas extensiones de clip para el pelo. Durante los primeros días fue un horror usar aquellos mechones de pelo artificial, pues mi cabello era tan débil, tan frágil, que el peso de toda esa mata de pelo me hacía un daño terrible en mi cuero cabelludo.

Pero al final, como dije anteriormente, me acostumbré a mi nueva vida… sí, me acostumbré a usar aquella máscara que ocultaba a la verdadera Andrea.

―Deberías agradecerme todo lo que he hecho por ti ―habló con una arrogancia que casi hizo que vomitara en sus zapatos de firma―. Eres la chica más guapa del instituto, la nueva «Reina».

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal cuando escuché aquel apodo que, inevitablemente, me hizo recordar a Camila.

Efectivamente, salir con Erick me supuso el privilegio de que mis compañeros de clase me trataran bien y dejaran de verme como un bicho raro. Pero, a pesar de todo, de haber conseguido por primera vez que mis compañeros me trataran como a una más de su grupo, no era feliz.

Apreté los puños, al mismo tiempo que maldecía mentalmente aquella tarde de invierno en la que presencié una escena que nunca debí haber visto.

¡Aquel día fue el inicio de toda esta pesadilla!

Si pudiera volver a atrás en el tiempo, si simplemente pudiera eliminar las cosas que tuve que hacer por las amenazas de Camila…

―¿Me estás escuchando? ―me gritó Erick, agarrándome por los hombros y sacudiéndome ligeramente para que le prestara atención. Parecía cabreado, asustado y frustrado a partes iguales.

Parpadeé varias veces, observándolo totalmente desconcertada por su actitud. Erick estaba más raro que de costumbre. Nunca había sido un tío de mucha paciencia, pero es que ahora ya no tenía ninguna. Al mínimo error que cometía, se ponía echo un energúmeno. Nunca llegó a pegarme, y esperaba con todo mi ser que no lo hiciera porque no iba a permitírselo. Yo también tenía un límite, un límite que se terminaría en tres meses si todo salía bien, tal y como lo tenía planeado.

Tenía decidido ir a la universidad y empezar una nueva vida, lo más lejos posible de él y de su exnovia Camila. ¡Lejos de sus amenazas y extorsiones!

Simplemente tenía que hacer un último esfuerzo, aguantar un poco más…

―No voy a permitir que mis compañeros de fútbol se burlen a mis espaldas diciendo cosas como que tú y Flavio estáis juntos. ¡No quiero volver a verte cerca de él! ―siguió alzando la voz, mientras su mirada se llenaba de ira y furia, por no decir de locura.

Lo observé con el ceño fruncido, sorprendida por su inesperada reacción. Era la primera vez que me prohibía salir con mis amigos…

Apreté los dientes con determinación y le aparté las manos de mis hombros.

―Si sigues en ese plan, entraré en la lista de tus exnovias ―le advertí, cabreada más que nunca.

¡Sí! Enfadada, frustrada, avergonzada…

¡Estaba harta de todo el mundo, joder!

Erick gruñó por lo bajo y, sin importarle que lo hubiese apartado, volvió a agarrarme por los hombros.

―¿Cómo te atreves? Si me dejas ahora, haré que tus últimos meses en el instituto sean peor que si hubieras ido al mismísimo infierno ―susurró con voz amenazadora, mientras sus ojos echaban chispas.

Una punzada de miedo me atravesó el cuerpo entero. Intenté defenderme, pero los nervios me lo impidieron.

Ahora no solo estaba amenazada por Camila, sino también por mi supuesto novio.

―Ey, ¿por qué no te metes con alguien de tu tamaño?

Aquella voz… aquella voz grave, ronca y con ese matiz aterciopelado que me erizaba la piel… ¡no podía ser él!

Giré la cabeza hacia atrás y vi a Leonardo fumándose tranquilamente un cigarrillo, como si le importara una mierda que los profesores lo pillaran incumpliendo las normas del instituto. Pero cuando vio las manos de Erick sobre mis hombros, todavía aprisionándome como si intentara hacerme recordar que estaba allí, su mirada se oscureció en cuestión de segundos y apretó tanto la mandíbula que incluso pensé que se le quebraría.

―¡Vete a la mierda, chico nuevo! ¡Esto no es de tu incumbencia! ―le gritó Erick, agarrándome del brazo para obligarme a salir de las gradas.

Leonardo lanzó el pitillo al suelo y soltó el humo por la nariz, todavía con la mirada clavada en mí.

―Suéltala ahora mismo ―dijo, elevando el tono de voz y acercándose hacia nosotros.

―¿Y si no quiero? ―inquirió Erick, ejerciendo más presión en mi brazo para provocar a Leonardo.

―¡Suéltala! ―exclamó lleno de ira.

Erick emitió un quejido de miedo y retrocedió por instinto, antes de soltarme el brazo.

Me acaricié la zona donde sus dedos ejercieron demasiada presión, mientras lo observaba ceñuda sin comprender por qué estaba actuando así conmigo.

¿Acaso eran los celos los que nublaban su raciocinio?

No podía ser, él nunca fue un chico celoso, o por lo menos no lo era cuando lo conocí… antes de que se transformara en un completo desconocido para mí.

―Andrea, vámonos ―me ordenó él, esperando a que tomara la iniciativa y así evitar que Leonardo lo golpeara.

Mi pecho subía y bajaba emitiendo un sonido de respiración forzada. No sabía qué hacer, bueno, sí que lo sabía, pero no sabía qué era lo mejor para mí: si irme con Erick para que él y su exnovia no me hicieran la vida imposible, o quedarme allí para evitar escuchar las estupideces que soltaría por su boca en aquel estado de frustración.

―Andrea… ―habló de nuevo con un tono de voz amenazante, haciendo que sintiera algo de miedo.

Negué con la cabeza y di un paso hacia atrás, dejándole bien claro que no quería seguir hablando más con él. No en el estado en el que estaba.

Erick frunció el ceño, se humedeció los labios con la lengua y a punto estuvo de decirme algo, pero luego debió de arrepentirse porque cerró el pico y se dio la vuelta para irse por donde vino.

Solté el aire de golpe, liberándome de la tensión que había sentido hasta ese momento. Luego cerré los ojos y apreté el puente de la nariz, maldiciéndome por dentro.

Era consciente de que había tomado la decisión correcta, pero también sabía que mi decisión iba a repercutirme negativamente.

¡Dios!

No quería imaginarme a Camila furiosa, no otra vez…

―Sé que no es asunto mío, pero creo que deberías valorarte un poco más, empezando por dejarle las cosas claras al gilipollas de tu noviecito

―habló Leonardo a mis espaldas, haciendo que me sobresaltara.

Había estado tan ensimismada en los recuerdos de aquella fatídica tarde de invierno en la que presencié algo que condenó mi vida estudiantil, que ni me di cuenta de que Leonardo seguía allí.

―Suena fácil, pero no lo es ―susurré con voz apagada.

―Nadie dijo que la vida fuera fácil ―murmuró él con voz ronca, logrando captar mi atención.

Me di la vuelta y, durante lo que parecieron largos segundos, ambos permanecimos en silencio incapaces de apartar la mirada el uno del otro.

Quería darle las gracias por haberme defendido de mi propio novio, ¡qué surrealista, lo sé! Pero había algo en su mirada que me hipnotizaba por completo, impidiéndome apenas pronunciar palabra.

Tragué saliva, más nerviosa que nunca, cuando recordé aquellos buenos momentos de mi pasado junto a León, sí, cuando también me rescataba de los abusones y me defendía de los que intentaban hacerme daño.

El chico nuevo frunció el ceño y también tragó saliva visiblemente, como si tuviera un nudo atorado en la garganta. Creí que iba a decirme algo, pues vi sus claras intenciones por la manera en que me estaba mirando, pero luego sacudió la cabeza, como si intentara alejar algún recuerdo de su mente, y se largó de allí sin decir más nada.

Me quedé sola durante un buen rato, muy pensativa.

Las lágrimas se agolparon en mis ojos sin remedio alguno y los suspiros que llenaban mi pecho se convirtieron en doloridos sollozos cuando, inevitablemente, volví a recordar la angustia y el miedo que experimenté en aquella tarde de invierno…

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