Amor y basura

Ivan Klíma · Capítulo 1 de 5 · parte 1/3

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Amor y basura

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

LA mujer de la oficina me mandó al vestuario; tenía que esperar allí. Crucé, pues, el patio en dirección a una puerta en la que un cartel anunciaba que detrás se encontraba el vestuario. La oficina tenía un aspecto gris y sombrío, igual que el patio. En un rincón había un montón de ladrillos rotos y de revoco, algunas carretillas y muchos cubos de basura; ni pizca de verde por ningún lado. El vestuario me pareció todavía más sombrío. Me senté en un banco, bajo una ventana que daba al lóbrego patio, sin soltar la pequeña cartera de piel en la que llevaba mis tres bollos para el almuerzo, un libro y un cuaderno en el que tomaba apuntes cuando se me ocurría algo relacionado con lo que estaba escribiendo. En esa época estaba terminando un ensayo sobre Kafka.

En el vestuario había ya dos hombres sentados en un banco. Uno, canoso y larguirucho, me recordaba al doctor que muchos años antes me había extirpado las amígdalas; el otro, un chico achaparrado y de edad indeterminada, llevaba unos pantalones muy sucios y raídos, cuyas perneras apenas le llegaban a media pantorrilla y cuyos enormes bolsillos, cosidos por fuera, parecían informes fundas de pistola. En la cabeza llevaba una gorra azul de capitán con una visera sobre la que brillaba un ancla dorada. Por debajo de la visera me observaban, curiosos, unos ojos azules como el agua de los bajíos. Esos ojos, o más bien esa mirada, me resultaban familiares. Obviamente se dio cuenta de que yo era nuevo, y me informó de que debía poner mi carnet de identidad sobre la mesa. Obedecí; él puso el suyo junto al mío y en ese momento advertí que le faltaba la mano derecha, que de la manga le asomaba tan solo un garfio negro.

Entretanto, empezaron a llegar mis nuevos compañeros de trabajo. A mi lado se sentó un pobre idiota, joven y rechoncho, con un tic en la cara, que sacó del armario un par de botas de agua sucias y les dio media vuelta —al hacerlo, de una de ellas salió una cantidad considerable de un líquido que solo en el mejor y menos probable de los casos era agua del grifo—, y acto seguido se puso a dar voces dirigiéndose a todos nosotros, aunque no entendí ni una sola palabra de lo que dijo.

Ni yo mismo tengo claro qué es lo que me empujó a probar esta profesión tan poco atractiva. Probablemente esperaba encontrar allí una nueva posición que me ofreciera una visión del mundo antes inadvertida. Uno constata repetidamente que, si de vez en cuando no observa el mundo y a su gente desde un lugar distinto al acostumbrado, se le van embotando los sentidos.

Esperé a ver qué pasaba y de pronto recordé la cena que, quince años atrás, cuando estaba a punto de volver a casa tras una estancia en América, el decano de la facultad organizó en mi honor. El decano era matemático, un hombre rico, propietario de unas caballerizas y de una villa al estilo de los palacetes de caza. Solo lo había visto una vez y no me apetecía ir a esa cena: reunirme con personas a las que no conozco me resulta más bien incómodo. ¿Y a quién iba a conocer allí si solo había estado medio año dando clases en la universidad? Al final todos me trataron con mucha amabilidad, y no dejaron de son reírme durante toda la cena, muy a la americana; unos y otros me pidieron con insistencia creciente que les explicara cómo se me ocurría abandonar un país libre y rico como el suyo para volver al mío, donde reinaban la pobreza y la falta de libertad, donde probablemente me detendrían y me mandarían a Siberia. Yo me esforcé por resultar amable también. Echando mano de un patriotismo fingido y alegando una importante misión a la que este me obligaba, se me ocurrió una imagen que me pareció ilustrativa: conté que en mi país la gente me conocía; que, aunque tuviera que dedicarme a barrer las calles, para la gente yo seguiría siendo quien era, lo único que quería ser, un escritor, mientras que allí, aunque siguiera paseándome en un Ford, no dejaría de ser uno más de los inmigrantes de los que se había compadecido una gran nación, añadí fanfarroneando. En realidad, lo que quería era volver a mi país, donde vivía gente que me era cercana, podía hablar con fluidez y escuchar mi lengua materna.

Ahora ya sabía que, si acababa barriendo las calles, para la mayoría de la gente no sería más que el que barre las calles, o sea, el barrendero en quien apenas reparaban.

En aquel momento hizo su aparición en el vestuario la primera mujer. Era esbelta; unos pantalones vaqueros ceñían sus estrechas caderas y tenía el rostro curtido y arrugado, como las viejas indias del mercado de Santa Fe. Una de estas, la mayor y la más india de todas, había colocado sobre su mostrador, para mi regocijo, una tablilla que revelaba que el nombre de esa piel roja era Venus. Nuestra Venus ni siquiera se había sentado y ya estaba sacando del bolso una cajetilla de Start; mientras encendía un cigarrillo, advertí que le temblaban los dedos. La cerilla se apagó antes de que el cigarrillo prendiera y Venus refunfuñó. Tenía una voz de cazalla tan grave y ronca, y su entonación encajaba tan perfectamente con su aspecto, que las primeras actrices de los teatros más importantes, a quienes a menudo se les confía el papel de mujer del pueblo, hubiesen podido tomar clases particulares con ella.

Poco después, llegaron algunos hombres ya entrados en años y de aspecto deslucido. Al fondo, un muchacho rechoncho de mirada astuta empezó a cambiarse de ropa; igual que el memo de mi lado, tenía su propio armario, de donde sacaba ahora un mono de un color gris verdoso.

A las seis en punto entró la señora de la oficina y leyó los nombres de los que hoy debían limpiar nuestro distrito. Primero mencionó a los que irían a colocar señales; luego a otros tres a los que se les había asignado la tarea de vaciar las papeleras de la calle. Al final, le dio al gordo del mono una hoja de papel y le anunció que para el complejo le habían asignado a Zoulová, Pinz, Rada, Stych y en último lugar leyó también mi nombre, a la vez que dejaba frente a mí un chaleco de barrendero de color naranja. Lo cogí, pasé rápidamente junto a la mesa y elegí el armario que estaba más cerca de la esquina. Abrí la puertecilla, en la que alguien había escrito con tiza «Bui dinh Thi», saqué de la cartera los documentos, los bollos, el libro y el cuaderno, me lo metí todo en los bolsillos y cerré el armario.

Salimos todos al inhóspito patio, en el que ahora entraban con estrépito unas camionetas, y donde dos jóvenes cargaban a un pequeño camión palas, escobas, carretillas, señales de tráfico y viejos cubos de basura. Eran las seis y cuarto de la mañana, tan solo las seis y cuarto, y yo percibía el día que tenía por delante en toda su extensión.

El hombre del mono, que al parecer nos había sido adjudicado como capataz, salió en dirección a la puerta, y del montón de barrenderos voluntarios se apartaron, efectivamente, cuatro figuras entre las que advertí a la mujer, la única que había, al muchacho de la cara pálida y femenina, que llevaba una gran bolsa colgada del hombro, al hombre que me recordaba al otorrinolaringólogo y al tipo de la gorra de marinero. Toda esa gente me resultaba tan ajena y distante como el trabajo que había decidido llevar a cabo, y aun así me puse a caminar con ellos a un paso más propio de una comitiva fúnebre que de una brigada de barrenderos. Avanzamos solemnemente por las calles de Nusle con nuestros uniformes de color naranja; a nuestro alrededor la gente corría, apresurada, a trabajar; nosotros no teníamos prisa, ya estábamos en el trabajo.

Raramente me encontraba en situaciones así; casi siempre vivía apremiado por la idea obsesiva de todo lo que debía alcanzar en la vida si quería escribir bien. Desde niño, había anhelado ser escritor, y la escritura siempre me había parecido una profesión noble. Creía que el escritor tenía que ser sabio como un profeta, puro y excepcional como un santo, y hábil y atrevido como un equilibrista en un trapecio. Aunque ahora ya sé que las profesiones selectas no existen, y que la sabiduría, la pureza, la excepcionalidad, la valentía y la habilidad en una persona pueden parecer desvarío, impureza, ordinariez y futilidad en otra, esa antigua idea se instaló en mi conciencia y en mi subconsciente, y probablemente por ello me incomoda denominarme a mí mismo escritor. Cuando alguien me pregunta mi profesión, intento eludir la respuesta. Al fin y al cabo, ¿quién puede decir de sí mismo que es escritor? A lo sumo podrá decir: he escrito libros. En muchos momentos pienso que ni siquiera soy capaz de determinar con exactitud cuál es el objeto de mi trabajo, qué distingue la auténtica literatura del mero inventario, que está al alcance de todos, incluso del que nunca ha ido a la escuela, donde podría haber aprendido a escribir.

Ahora, pues, podía saborear ese paso indolente, la confortadora idea de saber exactamente lo que se esperaba de mí. Pasamos lentamente frente al Comité Nacional y al edificio del Tribunal Supremo y llegamos a un antiguo gimnasio, donde nos esperaban ya nuestras herramientas: las escobas, las palas, los rascahielos y la carretilla, con medio cubo de basura a modo de caja. A fin de mostrar mi buena voluntad, agarré la pala más grande.

De niño vivía en las afueras de la ciudad, cerca del aeropuerto de Kbely, en una casa que lindaba con una posada. Poco antes de mediodía, solía pasar por allí el barrendero municipal. Se detenía con su carretilla en el patio donde los cocheros dejaban sus caballos, sacaba una pala de la carretilla, y, casi como si de un ritual se tratase, barría las boñigas de los caballos y otras inmundicias, las echaba en la carretilla, luego arrimaba esta a la pared y se iba a la barra. A mí me gustaba: llevaba una gorra de visera, aunque no era de capitán, y un bigote rizado en recuerdo de nuestro último emperador. Su profesión también me gustaba; pensaba que era sin duda una de las más importantes que el hombre podía ejercer y que por ello los barrenderos gozaban de tanto respeto. En realidad, ocurría lo contrario: nunca se había valorado a los trabajadores que limpiaban el suelo de basura o de ratas. Recientemente leí que hace doscientos años un yesero despechado fue detenido y conducido al patíbulo tras haberle rajado la cara, los labios y los hombros con un cuchillo a su amada en la iglesia de San Jorge. Finalmente, fue indultado a cambio de la pena de limpiar durante tres años las calles de su ciudad. En general, solo gozaban de respeto aquellos que limpiaban la tierra de inmundicia humana, ya fueran alguaciles, jueces o inquisidores.

Hace veinte años, cuando escribía un relato en el que se degollaban a unos caballos, tenía pensada una escena apocalíptica en una incineradora de basura. Intenté que me dejaran visitar la incineradora de Praga, que de niño aún había llegado a ver arder desde lejos y convertirse en un gigantesco chicharrón, pero el director se negó a dejarme entrar. Probablemente temía que mi intención fuera desvelar algunas de las deficiencias de su crematorio.

Muchos años más tarde estuve trabajando de sanitario en el hospital de Krc y todas las mañanas me dedicaba a llevar la basura a un enorme incinerador: vendas ensangrentadas, gasas llenas de pus, vello, pelos, sucios andrajos que apestaban a excrementos humanos y, naturalmente, un montón de papeles, latas, cristales rotos y plásticos. Con la pala iba echándolo todo al incinerador y, aliviado, me quedaba observando cómo la inmundicia se retorcía de forma convulsa, cómo se desintegraba con el ardor de las llamas, a la vez que oía el crepitar del cristal al reventar y resquebrajarse y el runruneo victorioso del fuego. Una vez —nunca llegué a descubrir la razón, si se debió a que el fuego tenía demasiada intensidad o, al contrario, demasiado poca, o si fue a causa del viento— la basura no llegó a consumirse, y la corriente de aire que recorría el incinerador la aspiró hacia arriba y la escupió por la boca de la chimenea, hacia el cielo. Admirado y aterrado a un tiempo, no pude sino contemplar la forma en que toda mi basura, ese montón de andrajos, papeles y jirones de vendas ensangrentadas, se precipitaba de nuevo hacia el suelo y se posaba en las ramas de los árboles. Si había algo que tenía la suerte de sortearlas, seguía volando en dirección a las ventanas abiertas de los pabellones. En ese momento, un grupo de dementes del Instituto de Asistencia Social que cuidaba del jardín del hospital se agolpó junto al enorme abeto, ahora engalanado cual árbol de Navidad, señalando hacia arriba y berreando de entusiasmo.

Esa vez me dije que aquello que me acababa de ocurrir no era sino un claro ejemplo de los hechos que formaban parte de nuestra vida cotidiana. La materia no desaparecía, sino que, a lo sumo, se transformaba. La basura era inmortal, se mezclaba con el aire, se hinchaba en el agua, se disolvía, se descomponía, se convertía en gas, en humo, en hollín, viajaba por el mundo y lo iba cubriendo lentamente.

Empezamos en la calle Lomnického; nuestra Venus, que, según me había enterado, se llamaba en realidad Zoulová, se puso a barrer blandiendo la escoba con energía, mientras que el hombre de la gorra de capitán, que rumiaba en silencio y de vez en cuando escupía una enorme baba espumosa, la ayudaba con otra escoba. Ambos iban llenándome la pala con montoncitos de basura y yo tiraba toda esa inmundicia al cubo de la carretilla. Cuando el cubo estaba lleno, le dábamos media vuelta y lo vaciábamos sobre la acera; toda la basura, pues, acababa reunida en diferentes montones a la espera de que la camioneta fuera a recogerla más tarde. A golpe de montoncitos, íbamos dejando señalado nuestro camino y poco a poco nos acercábamos a Vysehrad. Yo contemplaba las copas de los árboles, ahora de muchos colores, queme saludaban a lo lejos, aunque bajo sus ramas no me esperaba nadie, aunque ella ya no estaba allí esperándome. Digo ella porque en mi pensamiento no suelo llamarla por su nombre. Los nombres se desgastan y se erosionan igual que las palabras tiernas. A veces, hablando solo, la llamaba pitonisa. Y es que ella adivinaba el futuro a la gente y a mí me parecía que lo sabía de verdad; además, la envolvía un halo de misterio y eso la hacía más bella. En el bautizo le pusieron el nombre de Darja.

No conseguí recordar si habíamos estado allí juntos alguna vez; había empezado a confundir nuestros encuentros de todos esos años, y los años se habían ido amontonando como en aquella canción sobre los trabajos que un siervo hacía para su señor. La primera vez que oí hablar de ella fue una vez que había ido a visitar a un amigo al remolque donde se alojaba como aprendiz de obrero de una exploración geológica. Advertí una pequeña escultura que contrastaba por su aspecto fantasmagórico con la austera atmósfera del vehículo. Mi amigo, que hasta hacía poco se había dedicado a escribir críticas de arte, me habló durante un rato de una artista cuyo mundo se extendía entre los confines del sueño, la locura, la pasión y la ternura. Me dijo que la visita a su estudio era toda una experiencia y yo me apunté su dirección en la agenda. Un día, buscando un regalo de cumpleaños para mi mujer, me acordé de esa dirección.

El estudio, un tercio del cual estaba ocupado por estanterías de madera que contenían sus obras, se hallaba en un pequeño sótano abovedado de una casa del barrio de Malá Strana.

Me recibió afablemente y conversó conmigo un rato; incluso me habló de su hija y me preguntó a qué nos dedicábamos mi mujer y yo. Atribuí su interés al hecho de que yo estaba allí como cliente.

Se movía con agilidad entre las estanterías. Al caminar, en su larga falda ondeaba un estampado de ojos y labios, de ojos pardos y labios rojos. Sus ojos eran azules, y sus labios más bien pálidos. ¿Qué ocurriría si intentara abrazarla entre los estantes? Pero sabía que no lo haría.

Compré un pájaro de cuello estilizado sobre el que descansaba una cabecita angulosa provista de unos burlones ojitos humanos. Ella me envolvió el regalo en papel de seda y me acompañó hasta la puerta. Luego no nos volvimos a ver durante muchos meses. Hasta la víspera del día de mi cumpleaños —cumplía cuarenta y siete—, en que se presentó inesperadamente en mi casa: necesitaba que le prestáramos la estatuilla para una exposición que se iba a celebrar en Budapest. La hice pasar y se la presenté a mi mujer, que se alegró de conocerla, y a continuación los tres nos sentamos un rato en mi despacho. Lída, a la que le gusta hacer cumplidos, elogió la estatuilla.

Estuvimos tomando unas copas de vino, mi mujer y yo, solo por acompañarla. Darja estuvo hablando con entusiasmo de su próxima exposición, y más tarde de sus viajes. Habló de Camboya, donde había estado tiempo atrás, como de un paraíso habitado por gentes felices e inocentes, lo cual cautivó a mi mujer, que siempre ha anhelado descargar a las personas del sentimiento de culpa; luego le llegó el turno a nuestra cultura, basada en la conciencia del pecado y, por consiguiente, en la culpa metafísica. Darja decía que la doctrina de la culpa era nuestra maldición, ya que nos privaba de libertad y se interponía tanto entre las personas como entre estas y Dios. Mi mujer hizo alguna objeción, ya que le parecía que la libertad tenía que estar limitada por alguna lógica interna; luego se puso a hablar de los niños y de su educación, pero yo cada vez me concentraba menos en las palabras en concreto, lo que percibía era otra cosa: la voz queda de esa mujer. Me parecía que se dirigía a mí y que lo hacía con la esperanza de que la oyera y la comprendiera.

La penumbra de la tarde invadía ya la estancia y me pareció que la poca luz que quedaba se concentraba en su frente, en una frente alta que, curiosamente, se parecía a la de mi mujer. Lo extraño era que la luz no se extinguía junto con el día. Era como si emanase de ella, de la llama que sin duda ardía en su interior, y se me ocurrió que esa llama se inclinaba hacia mí y me acariciaba con su cálido aliento.

Cuando se hubo ido, seguí sintiendo el calor de esa llama. Lída dijo que la escultora era una mujer interesante y simpática, y que la podíamos invitar algún día, tal vez con su marido, pero yo, no sé bien si a causa del miedo o por un presentimiento de que se confabularan entre ellas, en lugar de asentir, cambié de tema. Luego mi mujer se fue a su habitación y yo intenté en vano trabajar un rato. Puse la radio; sonaban unas piezas barrocas para órgano, pero tampoco la música consiguió apaciguarme: no era capaz de percibirla. En lugar de la música llegaban a mis oídos fragmentos inconexos de oraciones; la letanía que interpretaba esa voz desconocida penetraba en mi interior como el calor de un baño humeante. Pero ¿cómo era esa voz? Busqué una palabra que la definiera. No era demasiado sonora, ni suave o melodiosa, no era policroma ni empalagosa, fui incapaz de determinar por qué me había embrujado.

Esa noche, mientras abrazaba a mi mujer, que en el amor era tierna y serena, pausada como un río que cruza una llanura en el estío, me pareció oír de nuevo esa voz, y, entonces, me di cuenta de cuál era la palabra que mejor la definía: apasionada. Intenté ahuyentarla —en ese momento tan poco oportuno—, pero no lo conseguí.

Tras doblar la esquina, volvíamos a alejarnos de Vysehrad. Yo seguía llenando mi pala de carbonero con papelitos, vasos de plástico y cajas de cerillas aplastadas; incluso recogí la cabeza de una muñeca, una zapatilla deportiva hecha jirones, un tubo completamente estrujado y una carta manchada de barro, pero lo que más rodaba por el suelo eran colillas. Iba echando toda esa basura al pequeño cubo gris de la carretilla y, cuando estaba lleno, lo agarrábamos el capitán y yo y lo vaciábamos sobre la acera, y el viento, que soplaba cada vez con más fuerza, volvía a dispersar los escombros; aunque en realidad daba igual, en cualquier caso la basura era indestructible.

La basura es como la muerte. ¿Qué otra cosa puede ser de tal modo indestructible? Nuestros vecinos, los de la posada, tenían cinco hijos. El más pequeño se llamaba igual que yo y teníamos más o menos la misma edad. Solíamos jugar juntos y yo apreciaba su amistad, que me abría las puertas a los espacios prohibidos de la posada: al sótano, en el que incluso en los días más bochornosos de verano se conservaban unas vastas piezas blanquecinas de hielo, o gigantes —al menos a mí me lo parecían— barriles de cerveza, y a las cuadras, donde, aunque ahora albergaban un viejo coche negro y un montón de gatos de todos los colores y edades en vez de caballos, las paredes seguían oliendo a orines.

El muchacho enfermó de difteria y, al cabo de una semana, murió. A los cinco años yo no sabía lo que era la muerte; mis padres no me llevaron al entierro. Solo vi al tabernero vestido de negro, a su mujer, deshecha en lágrimas, y al cortejo fúnebre, y oí tocar a la banda unas marchas increíblemente lentas.

Cuando pregunté cuándo iba a volver mi tocayo, mi madre, tras un momento de vacilación, me respondió que no volvería nunca, que se había ido. Yo quería saber adonde, pero ella no me dijo nada más. Hasta que un día la vieja sirvienta de la posada, cuando por fin me atreví a preguntarle, me dijo que se había ido al paraíso, adonde si no. Y que ahora su alma inocente vivía entre las flores de ese hermoso jardín y jugaba con los ángeles, pero que algún día, si yo era bueno, nos volveríamos a encontrar allí.

Yo crecí en un entorno en el que nunca se oyó rezar a nadie; el único jardín que conocía era el que tenía debajo de la ventana, y allí no había ángeles revoloteando, sino trenes que pasaban con estruendo justo detrás de nuestra cerca.

Cuando quise saber más cosas de ese jardín paradisíaco y de las almas que lo habitaban, mi madre me mandó a preguntarle a mi padre.

A mi padre, dotado de una mente racional que, como yo muy bien sabía, se había ganado el respeto de la gente por haber ingeniado un motor para el tren más rápido de todos los que pasaban por debajo de nuestras ventanas y los aviones que rugían por encima de nuestras cabezas, le sorprendió mi pregunta. Entonces me cogió de la mano, salimos de la casa y, una vez fuera, me habló largo y tendido: que si el origen del mundo, que si los vapores calientes y la materia que se enfriaba, que si los átomos, minúsculos, incluso invisibles, que giraban incesantemente por todas partes y en todo. De ellos estaban compuestos, de hecho, los montones de barro y los caminos de piedras por los que ahora caminábamos, incluso las piernas que nos sostenían. Mientras hablábamos, anduvimos tranquilamente a lo largo de las vías, cruzamos el ralo bosquecillo de las afueras de la ciudad y seguimos hacia arriba, en dirección al aeropuerto. Ahora los trenes aullaban en las profundidades de la tierra, bajo nuestros pies, mientras que sobre nuestras cabezas rugían los biplanos militares. Mi padre me habló también del sufrimiento de los hombres, que desde tiempos inmemoriales estaban pegados al suelo, al que no podían ni sabían cómo abandonar. De manera que al menos soñaban que conseguían liberarse, y así fue como inventaron el jardín del Edén, en el que había todo lo que anhelaban y que no podían alcanzar en la vida, e imaginaron unas criaturas a su imagen y semejanza, aunque dotadas de alas. Sin embargo, aquello que al principio no era más que un sueño empieza a hacerse realidad, me dijo mi padre señalando hacia el cielo despejado. Los ángeles no existen, pero la gente puede volar. El paraíso, donde se suponía que habitaban las almas de los hombres, no existía, pero algún día yo entendería que lo importante era que el hombre fuese feliz y que su vida fuese de provecho aquí, en la tierra.

No acabé de entender lo que mi padre me estaba contando, pero sus palabras provocaron en mí una inesperada congoja, una inexplicable angustia que me abatió de tal manera que me puse a llorar. Entonces, para consolarme, me prometió que durante el festival aéreo que se iba a celebrar el domingo siguiente y al que pensábamos asistir, me montaría en un avión y sobrevolaríamos Praga.

Y, efectivamente, el domingo siguiente me sentó en un artefacto estruendoso que, para mi asombro y pavor, después de coger impulso a trompicones sobre la hierba, levantó el vuelo y ascendió conmigo en su interior. Conforme íbamos subiendo, la tierra empezó a balancearse a nuestros pies y todo lo que había en ella empezó a menguar, a encogerse hasta desaparecer. Lo primero en esfumarse fue la gente, luego los carros de caballos y los coches, y al final se empezaron a disipar incluso las casas. Cerré los ojos con fuerza y me sumí en una oscuridad atronadora que me devoraba. En ese momento, me asustó la idea de no volver nunca más a tierra, como mi tocayo, que, según decían, había muerto.

Esa vez no pasó nada, Darja se fue y yo volví a mi trabajo. En esa época estaba escribiendo unos cuentos sobre mis amores de adolescente, lo cual me traía recuerdos de viejas emociones. Cuando volví a observar el rincón más oscuro de mi despacho, el sillón en el que ella había estado sentada, sentí que mis antiguos sentimientos empezaban a tomar cuerpo.

Me dirigí, pues, a la cabina telefónica —en casa tenía, en aquel tiempo, el teléfono cortado— y marqué su número. Seguía albergando esa excitación, que se adecuaba a mi edad solo si se asumía que ese estado sentaba bien a cualquier edad, y pregunté cómo había ido la exposición de Budapest. Por un momento escuché sus explicaciones, que iban de los cuadros a las bodegas; luego dije algo sobre mi trabajo y añadí que me acordaba mucho de su visita y que me gustaría volver a verla algún día. No propuse, sin embargo, nada en concreto, y ante mis palabras ella tan solo rio discretamente. A pesar de ello la conversación me turbó y, después, en lugar de volver a casa, deambulé por las callejuelas de los alrededores prosiguiendo el diálogo, que se hacía cada vez más personal y más frágil. Ya no estaba acostumbrado a mantener ese tipo de conversaciones, o cualquier tipo de conversación; ya no estaba acostumbrado a hacer confidencias.

Hacía ya diez años que vivía en una especie de extraño exilio, rodeado de prohibiciones, vigilado por agentes a veces visibles, a veces ocultos y otras veces simplemente imaginarios. No me estaba permitido aparecer en escena a menos que fuera como huésped, pasajero o peón en ciertas profesiones. Durante esos años, fue creciendo en mí el deseo de que ocurriera algo que por fin cambiara mi destino, a la vez que crecía también la timidez que había heredado de mi madre, así que los cambios de cualquier tipo y toda persona desconocida me inspiraban temor. Mi casa se convirtió en refugio y cárcel al mismo tiempo; deseaba refugiarme y a la vez escapar de ella, tener la seguridad de no ser expulsado y la esperanza de huir algún día. Me apegué a mis hijos, o tal vez los necesitaba más de lo que los padres suelen necesitarlos, y de la misma forma necesitaba a mi mujer. A través de ellos penetraba el mundo en mi vida, al tiempo que yo penetraba en él, en ese mundo del que se me excluía.

No creo que para ellos la vida fuera más fácil que para mí. Los críos, igual que yo cuando era niño, cargaron con el estigma de un origen indeseable y mi mujer se pasó años buscando un empleo suficientemente digno. Cansada de recorrer los departamentos responsables de proteger los puestos de trabajo de sujetos políticamente indeseables, acabó aceptando un empleo de encuestadora para un estudio sociológico. Por un sueldo que más que un aliciente constituía una humillación, tenía que patearse los suburbios de la ciudad persuadiendo a informantes poco predispuestos, o incluso asustados, para que respondieran a sus preguntas. No se quejaba, es cierto, pero a veces la vencía el abatimiento. Entonces nos atosigaba a los niños y a mí con reproches por algún comportamiento o proceder que otras veces pasaba por alto.

Yo no tenía que ir a trabajar. Cuando por la mañana se iban todos, solía sentarme a la mesa; ante mí, pilas de papeles en blanco, la infinita extensión del día y la profundidad del silencio. Ni siquiera podía sonar el teléfono, que estaba cortado. Por lo demás, en la escalera se oían pasos solo de forma esporádica, y normalmente me asustaban: tenía más razones para esperar visitas desagradables que gratas sorpresas.

Y escribía: horas, días, semanas. Obras de teatro que nunca iba a ver sobre el escenario y novelas que suponía no iban a publicarse, al menos no en la lengua en que yo las escribía. Trabajaba y a la vez temía que el silencio que reinaba a mi alrededor penetrara en mi interior, paralizara mis ideas, asediara mis sentidos y ahogara mis historias. Sentado a la mesa, percibía el peso de las paredes, del techo y de las cosas que en cualquier momento me podían sepultar con su indiferencia.

Y así pasaba el día hasta que mi mujer y mis hijos volvían a casa. En el momento en que sus pasos sacudían el silencio en las escaleras, yo sentía que recobraba la paz, no la paz del silencio, sino la de mi vida.

Sabía, naturalmente, que al cabo de poco tiempo los niños se harían mayores y se irían de casa, que sus pasos eran probablemente más fugaces que mi propia fugacidad. Hablaba y disfrutaba con ellos, pero sentía cómo se alejaban y sabía que no debía oponerme a ese movimiento si no quería oponerme a la vida.

Notaba también a mi mujer buscando su espacio, una forma de huir de la asfixiante trivialidad del trabajo que había tenido que aceptar. Había decidido dedicar el tiempo libre a estudiar, a comprender el significado del alma humana, a penetrar su misterio y encontrar así una manera de auxiliarla cuando sufría demasiado. A mí ese proceder me parecía demasiado atrevido; yo seguía viéndola tal como era cuando la conocí, demasiado infantil e inexperta para asumir semejante cometido, pero la alentaba a seguir: cada uno toma el camino hacia el lugar desde el cual le parece oír al menos la insinuación de una llamada.

Yo también había tomado mi camino. Ahora me desvivía mucho menos por todas las cosas que años atrás me habían atraído; habían dejado de interesarme. Hasta hacía poco coleccionaba mapas y libros antiguos, mientras que ahora dejaba que el polvo se acumulara sobre ellos. Ya no me preocupaba por estar al día de los acontecimientos, por saber cuándo empezarían por fin a mejorar unas circunstancias que, por así decirlo, no me eran muy favorables. Empecé a buscar algo que se elevara por encima de esas circunstancias, a preguntarme si habría alguna cosa que pudiera elevar nuestras vidas por encima de la esterilidad y el olvido; quería encontrarlo yo mismo, no asumir las revelaciones e imágenes de los demás. Si me empeñaba en demostrarlo no era por orgullo, sino porque sé que lo fundamental de la vida no puede transmitirse ni aprisionarse en las palabras, aunque la gente trate de transmitir lo que cree descubrir, aunque yo mismo intente hacerlo. En cualquier caso, aquel que cree haber hallado lo realmente eterno, que transmite a los demás la esencia divina diciéndoles que ha descubierto la fe que más se adecúa a ellos, que ha comprendido por fin el misterio de la vida, es un necio o un loco, y casi siempre es peligroso.

Volví tarde a casa y, ya en la puerta, advertí la tensión reinante: mi hija estaba sentada a la mesa y observaba la calle con una actitud de desafiante rebeldía; mi mujer lavaba los platos haciendo más ruido del necesario; en el radio-cassette de mi hijo retumbaban canciones protesta.

No me apetecía averiguar las causas de ese malestar, pero Lída se deshizo en quejas sobre nuestros hijos, dijo que eran desordenados y gandules, y me pidió que interviniera de alguna forma.

Comprendí que todo lo que les podía decir ya se lo había dicho ella, y en ese momento no estaba de humor para ponerme a limpiar. Me encerré en mi habitación y traté de trabajar, pero la casa o yo, uno de los dos, estaba demasiado cargado de ruidos perturbadores.

Se me ocurrió que llevaba mucho tiempo sin hacer otra cosa que ver pasar los días desde que me levantaba hasta que me acostaba; que, sí, escribía historias, pero que mi propia historia se había estancado, no avanzaba y se estaba desmoronando. Me hubiese gustado hablar de ello con mi mujer, pero cuando por la noche nos quedamos finalmente a solas, percibí cierta desgana por su parte, lo que inmediatamente me alejó de ella. Le pregunté si le había hecho daño de alguna manera. Ella me respondió que a quienes les hacía daño era a los niños, negándome a educarles y representando el papel de padre blando e indulgente que tolera sus defectos y solo trata de ganarse sus simpatías. Yo repliqué que estaba siendo injusta conmigo, pero entonces Lída me largó uno de sus sermones llenos de reproches, consejos y aleccionamientos bien intencionados. De vez en cuando, arremetía contra los niños y contra mí de ese modo, pero, tanto si tenía razón como si no, escogía los momentos más inoportunos, cuando aquellos a los que dirigía su discurso estaban menos dispuestos a escucharla o necesitaban, por el contrario, hablar ellos y ser escuchados.

Ya eran casi las nueve y nuestro ejército de color naranja descendía por la calle Sinkulova en dirección a la depuradora. Entre los adoquines y en las juntas de los bordillos arraigaban ramilletes de diente de león, llantén y todo tipo de malas hierbas. El chico de la cara aniñada iba arrancándolos con la mano o los desenterraba de raíz con el rastrillo. A pesar de que se inclinaba mucho hacia delante, su cara seguía teniendo una palidez enfermiza.

Había coches aparcados bajo los árboles, en las aceras. Nuestro tropel se detuvo junto a un viejo Volga abandonado; el capataz levantó el capó y comprobó con satisfacción que durante la semana alguien se había llevado el radiador.

Un coche también es basura, un enorme conglomerado de desechos que se cruza en nuestro camino casi a cada paso.

Hace quince años, una vez que viajé a una ciudad cercana a Detroit para acudir al estreno de una de mis obras de teatro, el director de la compañía Ford me invitó a comer. Sentados en la terraza de la última planta —o, para ser exactos, de la azotea— del rascacielos de la compañía Ford, desde donde se divisaba una monstruosa metrópoli industrial cuyas calles eran un hervidero de coches, en lugar de interesarme por su último modelo de automóvil —pregunta que a mi padre le habría encantado—, le pregunté cómo se deshacían de todos esos coches una vez habían cumplido su cometido. El director me respondió que no era una tarea difícil. Todo lo que se producía podía desaparecer sin dejar rastro; se trataba de un simple problema técnico. Sonrió ante la idea de un mundo absolutamente limpio y vacío. Cuando terminamos de comer, el director me prestó su automóvil, con chófer incluido, y me llevaron a las afueras de la ciudad, a una extensa explanada llena hasta donde alcanzaba la vista de limusinas abolladas y herrumbrosas. Unos negros vestidos con monos de colores se dedicaban a arrancar las entrañas de los coches con unas tenazas enormes, les quitaban los neumáticos, las ventanas y los asientos, y luego los empujaban hasta unas enormes prensas que convertían los vehículos en paquetitos de chapa de medidas aceptables. Aun así, los paquetitos de chapa no desaparecen del mundo, igual que no desaparecen el cristal, los neumáticos o el aceite, aunque sean incinerados en hornos; ni siquiera desaparecen los ríos de gasolina consumida tanto durante los viajes necesarios como los innecesarios. Es probable que de la chapa fundida obtengan nuevo hierro y nuevo acero para nuevos coches, así que a partir de la basura se generan nuevos desechos: estos simplemente se multiplican. Si volviera a encontrarme con el ufano director, le diría: no, no es un simple problema técnico. El espíritu de las cosas muertas flota sobre la tierra y sobre las aguas y su hálito es fatídico.

Durante la guerra la suciedad nos arrollaba, tanto en un sentido literal como figurado, se abalanzaba sobre nosotros igual que la muerte, y a veces era difícil desligar una de la otra. En la mente de mi madre ambas cosas estaban unidas, la muerte y la basura: pensaba que la vida iba unida a la limpieza, tanto en un sentido literal como figurado.

La guerra terminó y éramos felices al pensar que íbamos a vivir en paz y amor, pero ella no anhelaba otra cosa que la pulcritud, quería conocer nuestros pensamientos y la asqueaban nuestros zapatos, nuestras manos y nuestras palabras. Examinó nuestra librería y la depuró de libros que pudieran mancillar nuestro pensamiento. Compró una enorme olla en la que día sí día no hervía nuestra ropa interior. Pero aun así le dábamos asco, nos mandaba lavarnos una y otra vez, y no tocaba pomos ni objetos ajenos si no era con guantes.

Por la noche, a veces me parecía oírla suspirar y lamentarse. Lloraba a los familiares que había perdido en la guerra, pero también se lamentaba de la suciedad del mundo en el que le había tocado vivir. Así pues, en nuestro hogar reinaban la pulcritud y la soledad. Papá ya casi no paraba en casa, pues se había buscado un trabajo en Pilsen, para respirar un poco. En cuanto aparecía los domingos iba directo a su despacho caminando descalzo por una alfombra de hojas de periódico, pero el breve instante que tardaba en cruzar el recibidor bastaba para que lo inundara de un olor en que mi madre identificaba el hedor repugnante de alguna golfa. En vano se esforzaba papá en eliminarlo con agua y jabón, en vano ayudaba a cubrir la alfombra con nuevas hojas de periódico.

Yo pensaba que un día ya no volvería, que se quedaría con la otra, con la amante maloliente; si lo hubiera hecho, no me habría enfadado con él. Pero él siempre volvía, y una vez incluso intentó convencerme de que no debía juzgar a mamá, de que era buena pero estaba enferma, de que no todo el mundo tenía tanta fuerza como para salir indemne de todo lo que habíamos pasado.

Más tarde detuvieron a papá de nuevo. El sufrimiento que le causaban los demás alejaba a mamá, al menos un poco, del sufrimiento que se infligía ella misma.

Un vehículo de los del alcantarillado pasó junto a nuestra brigada. Se detuvo frente a nosotros, los ocupantes saludaron a nuestro capataz y se pusieron a examinar la tapa de alcantarillado más próxima.

—¿Qué buscan? —pregunté a la señora Venus.

—Comprueban que la alcantarilla no esté atascada —me explicó—. No podemos tirar nada por ella. Una vez, Jarda, ese de ahí —dijo señalando al muchacho de la cara de chica—, echó a la alcantarilla restos de plantas. Justo en ese momento pasaba el inspector de los del alcantarillado y le multó: cincuenta coronas, cobradas en el acto. ¡Y eso que están casi tan forrados como los de las ratas!

—Huy, no me hable de los de las ratas —intervino el capataz—. En Pilsen, las ratas que vivían debajo del matadero cogieron la rabia y por las noches subían por las alcantarillas y corrían por las calles, pegando chillidos como ardillas. Así que buscaron a toda prisa un desratizador; ofrecían veinte talegos al mes, pero nadie picó pues estaba claro que si te mordía una rata ¡se acabó! Yo tengo un amigo en Pilsen, de cuando era paracaidista, que se mosqueó y dijo: ¡Joder, pues yo no me voy a acojonar por un par de ratones! ¡Y enseguida le dieron una escafandra y un trozo de tela de amianto con la que debía cubrirse cuando las ratas se le echaran encima!

—¿Y se atreverían a echársele a uno encima? —dije sorprendido.

—Pues, claro, ¿no acabo de decir que tenían la rabia? Tú las persigues y ellas, cuando están acorraladas, se abalanzan sobre ti. Entonces te tumbas en el suelo, te cubres con la tela y ellas te pasan por encima. Eso es lo que hizo mi amigo; debajo de la tela no le podía pasar nada, pero cuando sintió a esos bichos que lo pisoteaban, se cagó de miedo.

Al cabo de unos días, ella me hizo saber por escrito que iba a pasar por mí casa; anunciaba el día y la hora y añadía que esperaba encontrarme.

Ese día y a esa hora, efectivamente, apareció. Tras la ventana se cernían nubarrones otoñales, y la penumbra volvía a inundar la estancia. Ignoro si yo irradiaba también alguna especie de resplandor: uno no se percibe a sí mismo, no vislumbra su propia luz más que en los ojos del otro, y eso solo en momentos de gracia. Pero, sí, probablemente había percibido algo en mí, porque de otro modo no hubiese querido volver a encontrarse conmigo, no hubiese emprendido voluntariamente una travesía de la que más tarde, en momentos de ira, decía que no le había traído más que sufrimiento. Yo mismo a veces no comprendía por qué se me había entregado de esa manera.

Las primeras semanas íbamos al campo, a pasear por el bosque o por algún parque. Ella conocía los nombres de las plantas, incluso los de las más exóticas, y los lugares de donde provenían. También a mí me llevaba a esos sitios, y a la tierra de los jemeres o a la orilla del majestuoso río Ganges, a calles sofocantes y atestadas de gente. Hasta me llevó a la selva y a un ashram, para que pudiera escuchar lo que un sabio gurú decía sobre la vida recta. Me habló de sus antepasados, entre los que había fabricantes, ilustrados maestros y un trotamundos que acabó asentándose en las laderas occidentales de los Andes; también una tía romántica que, incapaz de retener al amante por el que languidecía de amor, decidió morir de hambre, o un genial estudiante de derecho que era capaz de recitar de memoria los códigos de leyes pero que un día se hartó del derecho y decidió dedicarse a la filosofía. Cuando hubo comprobado de forma irrefutable la esterilidad de la conducta humana, se sentó y redactó su testamento filosófico. La felicidad, decía en él, no es más que un sueño mientras que la vida constituye una cadena de padecimientos; a continuación se pegó un tiro en la sien justo sobre el manuscrito, de manera que la sangre que brotó de la herida puso el punto final a su testamento.

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