Amor y basura
Capítulo 3
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
LA mañana se levanta entre nieblas otoñales y poco a poco el cielo se tiñe de azul; ya desde el alba, desfilan a toda prisa, por la orilla opuesta del río, los coches de aquellos que huyen para pasar el fin de semana lejos de la ciudad contaminada. De buena mañana, mientras desayunaba, he leído en el periódico el poema de un prominente autor que escribe en yerkish.
CADENA DE PALMAS
Quién sabe, quién sabe
dónde nace la hermosura,
dónde se halla la fortuna
y el amor qué nos augura.
Compañeros, compañeras,
ya está el día amaneciendo,
y los niños con sus juegos
llenando de paz el mundo.
Compañeros, compañeras,
estemos siempre atentos,
aquellos que siembran vientos
recogerán tormentos.
Compañeros, compañeras,
somos cadena de palmas,
somos música de ensueño,
la belleza de la acción.
Para su poema de sesenta y seis palabras, título incluido, al autor le bastaron tan solo treinta y siete expresiones yerkish y ni un pensamiento, ni un sentimiento, ni una imagen. Los sustantivos hermosura, fortuna, amor, paz, gente, niños son naturalmente intercambiables; el sentido o sinsentido de este desvarío permanece intacto. El necesario llamamiento al odio hacia los indóciles y al amor hacia los dóciles sorprende por su banalidad, aun teniendo en cuenta las limitadas posibilidades de la lengua yerkish. Como si el autor temiera que entre los chimpancés pudiese aparecer un individuo que no le comprendiera.
Cualquiera que encuentre la fuerza para leer detenidamente el poema, entenderá que para un poeta yerkish incluso doscientas veinticinco palabras son demasiadas.
En la otra orilla del río, basta con cruzar el puente, hay bosques y peñascales. En otra época íbamos allí a pasear con los niños; ahora, según dicen, han construido en alguna parte un enorme vertedero. Mi mujer, contenta de que vayamos juntos de excursión, está de acuerdo con ir allá.
Bajo el puente hay unos gitanos jugando al fútbol, y al parecer han extendido alfombras orientales en los parterres de los jardines. Mi mujer camina delante con paso enérgico; la angustia la ha abandonado y ha recuperado la esperanza: la esperanza en una vida que se pueda vivir con amor y armonía. Y yo sigo sintiendo el consuelo de una cercanía no manchada por el fingimiento ni la mentira; percibo la liviandad del día que está amaneciendo, al cual me entrego lleno de esperanza.
Los caminos campestres me atraen, entre otras cosas, probablemente, porque en mi infancia no tuve ocasión de disfrutarlos. Lo primero que escribí en mi vida —entonces tenía once años y llevaba ya uno viviendo en el gueto de Terezín— no hacía referencia al amor ni al sufrimiento ni a mi suerte, sino a la naturaleza:
Conforme subimos la escarpada ladera de Petrín, nos
vamos sintiendo más y más cual pájaros que alzan el vuelo. Y allí, en mitad de la ascensión, volvemos la vista por un momento. Al hacerlo desabrimos la vista de los numerosos tejados de Malá Strana, nos olvidamos de respirar y lamentamos no ser pájaros de verdad para posarnos en ellos y observar de cerca sus secretos…
En esa época todavía no sabía lo que hacía, no sospechaba cuántos libios ya habían sido escritos, qué espíritus nos hablaban a través de ellos. Escribía porque me consumía el anhelo de libertad, y entonces para mí la libertad era salir de la prisión, pasear por las calles de mi ciudad natal; escribía para no perder la esperanza de que, tras los muros de esa fortaleza, seguía existiendo un mundo que entonces parecía existir tan solo en mis sueños, en mi imaginación.
Aún ahora sigo pensando que la literatura tiene algo que ver con la esperanza, con la vida en libertad tras los muros que nos rodean a menudo sin que lo sospechemos, con los muros con que nos rodeamos incluso nosotros mismos. Al menos a mí me atraen poco los libros cuyos autores se limitan a describir la desesperanza de nuestra existencia y se dejan abatir por el destino del hombre, por las circunstancias, por la miseria y la riqueza, por la finitud de la vida y la fugacidad de los sentimientos. El escritor que no tiene otra cosa que decir sería preferible que callara.
Uno pasea por la naturaleza buscando una esperanza, esperando un milagro, esperando encontrar a alguien que responda a sus preguntas. A un monje, a un ermitaño, a un Buda iluminado, a un profeta, o al menos un pájaro o un árbol, para que le digan si ha sido dotado de un alma cuya vida no trunque ni la muerte, para que le digan de qué fibra está tejida el alma, qué hay por encima del hombre, qué orden, qué criatura o qué existencia, con qué estallido empezó el tiempo, de dónde viene y adonde va; uno pasea por la naturaleza y espera un encuentro, espera al menos una señal cuya apariencia desconoce.
Mi mujer se detiene, me espera. Yo la alcanzo, la abrazo. Se estremece en mis brazos, siento cómo tiembla.
Hace años, cuando la conocí, me sentía feliz por tener a alguien que quisiera estar conmigo, alguien con quien yo quisiera estar. En esa época era jovencita, probablemente no entendía lo que yo sentía, ni por qué la esperaba con tanta impaciencia; ella siempre llegaba tarde a nuestras citas.
La esperaba junto al pequeño parque que había cerca de su casa, a la sombra de un magnífico plátano, bajo sus ramas desnudas, al menos en invierno, siguiendo con la mirada las agujas del reloj de la calle. Una y otra vez me asustaba la idea de que no viniera, de que le hubiese ocurrido algo, de que nos hubiésemos cruzado sin darnos cuenta o de que uno de los dos se hubiese equivocado de hora. Cuando finalmente llegaba, yo, con la alegría de verla venir, no conseguía enfadarme con ella.
Fuéramos en la dirección que fuésemos, nos sentíamos felices; a mí me parecía que los dos buscábamos las mismas señales. Para ella todo eran imágenes, como les ocurre a los niños, a los hombres salvajes o a los poetas, y yo a su lado me sentía sublimado.
Incluso ahora percibía cómo la invadía la alegría y se deleitaba con todo lo que íbamos viendo y encontrando: lo mismo una florecilla cuyo nombre desconocía que el tejado de una finca lejana o la pluma perdida de un ave rapaz, pero sobre todo disfrutaba de la cercanía que había entre nosotros. Y a mí me parecía que fuese cual fuese el rumbo que llevara nuestro proceder, en realidad siempre perseguía precisamente eso, la cercanía de una persona que pudiese ser un compañero de viaje; en la base de todas nuestras esperanzas yace el anhelo de ese encuentro.
Darja aseguraba que estábamos hechos el uno para el otro; solo que hasta entonces no habíamos sabido de nuestra mutua existencia ni se había producido el momento oportuno para que nos encontráramos tal como había ocurrido ahora. Y hallaba la confirmación de todo eso en las estrellas, en las cartas, en la predicción de una vieja adivina a la que fue a ver en una ocasión en la que la embargaban las dudas.
¿Por qué mientes en casa?, me acosaba. ¿No ves que me haces daño a mí, se lo haces a tu mujer y te lo haces a ti mismo? Se acordó de las palabras de Buda, que, según parece, había dicho: las acciones, sean de quien sean, no se pierden nunca, ¡siempre vuelven a buscarnos! Comprendo esas palabras, y también la entiendo a ella. Me pregunta: ¿Por qué no vienes a vivir conmigo? ¿Por qué te resistes tanto a estar a mi lado? Sabes que nadie puede amarte como te amo yo.
¿Y si nos queremos precisamente porque debemos separarnos una y otra vez para volvernos a encontrar de nuevo?
Se fue con su marido a Grecia. Estaba tan lejos que su voz no me llegaba sino como un leve susurro nocturno del espacio interestelar; su ternura también se perdía en la distancia, y me sentí aliviado. Como si volviera de un hermoso destierro, como si descendiera de alturas montañosas, donde, sí, había sido feliz, pero había sentido añoranza. Como si regresara a un hogar que hubiese abandonado sin razón y de forma atolondrada.
Mi mujer y yo nos fuimos de vacaciones, y por el camino nos detuvimos en un campamento que dirigía nuestro hijo.
Comemos juntos, en el comedor, un bol de puré que huele a madera quemada, y al anochecer cantamos junto al fuego. La voz de Lída suena por encima de todas las demás; en ella reverbera la paz, ahuyentando todo lo que de desconocido y malévolo llevaba aferrado a mi alma. Está lloviendo, el fuego humea, nos acurrucamos bajo una cubierta de plástico, nos tocamos como en un abrazo, y me parece que incluso mis mentiras han desaparecido sin dejar rastro, que ya nunca volveré a mentir. Deseo que el tiempo no transcurra, que no se acerque el momento en que regresará mi amante, a la que, claro, tampoco puedo traicionar, a la que no puedo repudiar. Y, ahora, en algún lugar de lo más hondo de mi alma, algo se mueve; entre gotas de lluvia me parece oír su paso apresurado, me parece verla emerger de la oscuridad y andar por un camino pedregoso entre olivos, higueras y pinos; la veo sola, aunque sé que no está sola. En mi mente vive alejada de todas las demás personas, excepto tal vez del aldeano de piel curtida que le sirve el vino. Desde la enorme distancia, llega hasta mí el ahogado rugido del Minotauro, y me hago un ovillo bajo un raudal de añoranza. ¿Cuántos días faltan para que vuelva a estar conmigo, si es que vuelve a estar conmigo?
Transcurrieron los días; bastarían ya tan solo dos horas de viaje, un camino sin fronteras, para poder abrazarla, si volviera y quisiera seguir estando conmigo.
La imagen desplaza de mi cabeza todo lo demás, voy por un camino, ella viene en dirección a mí, corremos el uno hacia el otro, una y otra vez echamos a correr el uno hacia el otro, a plena luz y en la oscuridad. Por la noche se desliza en mi cama, nos amamos como posesos. Gime y me acaricia, mientras yo le susurro palabras llenas de ternura.
Con la excusa de que tengo una reunión de amigos subo al coche y me voy. No sé con quién la encontraré, si es que la encuentro, no sé si tendré el valor de llamar a una puerta tras la cual no he estado nunca, que conozco solo de oídas. Llego a un pueblo que está en un lugar tan aislado que ni siquiera tiene iglesia, dejo el coche bajo un enorme tilo y me encamino al azar hacia donde sospecho que se aloja.
Ella viene hacia mí, auténtica y real, bronceada por el sol del sur; ya de lejos la reconozco por su andar ávido de vida. Ella también me reconoce, me saluda con la mano, pero no echamos a correr, seguimos caminando el uno hacia el otro, y ella se sorprende: ¿Has venido a verme, cariño? Ni siquiera nos besamos, y sigue: Te he traído una piedra del Olimpo. Y me mira con los ojos tan abiertos, y me abraza con la mirada de tal manera que suspiro ante la sola idea del placer que despierta en mí.
Ahora cruzábamos el bosquecillo de la periferia; junto al camino incluso había setas, carboneras y bolas de nieve, y entre las ramas de los abetos se veía el cielo azul.
Mi mujer quería saber si el trabajo de barrendero no me deprimía.
Sin duda me deprimiría si tuviese que hacerlo el resto de mi vida.
¿Y la gente que hace ese trabajo durante años y años?
No sé qué decirle sobre esa gente. La verdad es que el trabajo de barrendero no se diferencia de muchos otros que aclarecen de la virtud de dignificar al hombre. Los barrenderos, igual que el resto de las personas, matan el tiempo charlando, recordando tiempos mejores. Tal vez pretendan con ello olvidar lo que en ese momento están haciendo, pero es probable que hablen solo para que el tiempo transcurra de forma más agradable.
¿No tengo la impresión de que están marcados de alguna forma, de que se sienten marginados o humillados? Medito la respuesta, pero mi mujer pregunta únicamente para poder contarme sus experiencias con pacientes a los que su entorno ha escogido como chivos expiatorios, lo cual les ha marcado para toda la vida y, en la mayoría de los casos, ha minado la confianza en sí mismos, por no hablar de su salud mental.
Yo le pregunto si estas cosas se dan inevitablemente y mi mujer confirma que así es. La gente satisface de ese modo su necesidad natural de encontrar a alguien a quien cargar sus propias culpas. Ya en tiempos inmemoriales se hacían ofrendas a las fuerzas superiores, acompañadas de ritos festivos, y se elegían como víctimas a aquellos considerados los mejores o más puros de la sociedad.
Hoy día los rituales de sacrificio de cualquier tipo de víctima —si no tenemos en cuenta el sacrificio simbólico del cuerpo de Cristo— han dejado de existir. Pero no ha desaparecido la necesidad de víctimas. Las buscamos en nuestro entorno y, por lo general, elegimos las más débiles y vulnerables. Ya no se derrama sangre, tan solo se destruye su alma. Las víctimas más habituales son los niños.
Ayer, en una de las calles de la periferia por la que pasamos, los cubos de basura estaban llenos a rebosar y a su alrededor, en la acera y la calzada, había escombros por todas partes. Frente a uno de los cubos se extendía un charco rojizo; si era sangre, podía ser tanto humana como de algún animal. En la superficie del charco, el polvo y la mugre formaban una película irregular en la que se habían quedado pegados sucios trozos de papel. La señora Venus apartó la mirada. Me pareció que su rostro de india adquiría un tono amarillo: Huy, no puedo ni verlo. Así es como la encontré… a mi Anca.
Me contó que, antes de que nacieran sus tres niños, tenía una niña. Un día entró a comprar en una tienda, y la dejó en el cochecito frente a la puerta. Ya había pagado cuando oyó un grito procedente del exterior, y luego el estruendo de algo que chocaba contra la pared y el cristal del escaparate haciéndose añicos. Salió corriendo y vio en la acera un camión volcado, dos personas en el suelo, sangre por todas partes; no quedaba rastro del cochecito. Entonces me puse como loca; si me hubiesen dejado, hubiese matado al cerdo borracho que conducía con mis propias manos. Pero me sujetaron entre varios, y después el médico de la ambulancia me puso una inyección.
Entonces todavía trabajaba en los establos de Topolcianky. Y justo unos días después de que le mataran a la niña, Edita, su yegua preferida, una alazana de patas blancas, cayó en un obstáculo y se rompió la pierna delantera derecha, justo debajo del menudillo. El veterinario estaba convencido de que nunca volvería a correr, que ni siquiera volvería a andar, e insistía en sacrificarla. Ella fue corriendo a ver al director de los establos y le pidió que le permitiera cuidarla. El director, que sabía lo que acababa de ocurrirle, se compadeció de ella. De este modo, en cuanto tenía un rato libre, iba a pasarlo con Edita. Le hizo unas tablillas, preparó una mezcla de nitrato y hojas de berrera y cardamina y alternó estas cataplasmas con un ungüento que le había dado el veterinario a pesar de sus reticencias. Con la jaca podía hablar como solía hablar con su niña; el animal la comprendía. De noche, cuando la señora Venus se despertaba y veía a su pequeña en la acera, ensangrentada y desfigurada, iba corriendo al establo; su yegua siempre estaba despierta, con la cabeza asomada, como si supiese que iba a ir y la esperara.
Al cabo de medio año ya montaba a Edita, e incluso le permitieron inscribirla en la carrera de steeplechase de su pueblo; ella misma la montaría. Mientras esperaba la señal de salida, olvidó por primera vez lo que le había ocurrido.
¿Y ganaron?, pregunté yo.
¡Qué va! Aguantamos hasta el tercer obstáculo. Yo estaba tan nerviosa que empecé a tener retortijones y perdí el control sobre Edita por completo, así que la yegua corría a su aire. Llegamos a la meta las últimas por más de diez largos, pero llegamos.
A medida que avanzábamos por el bosquecillo solitario, había cada vez más basura en el suelo, y no solo ahí: también las ramas de los árboles aparecían decoradas con jirones de plástico transparente. Cuando soplaba el viento, se tocaban, se entrelazaban y abrazaban como amantes apasionados, emitiendo un susurro. A la vez nos llegaba un hedor a putrefacción, a moho y a descomposición.
El camino que va al Olimpo, me dijo aquella vez Darja, también está rodeado de basura, y el camino que conduce al Fujiyama, al que subí una vez, estaba bordeado de inmundicias. En el monte Everest hay barriles, tiendas abandonadas y recipientes de plástico tirados por el suelo casi hasta la cima. Dicen que hay incluso un helicóptero medio oxidado que se estrelló hace tiempo.
Mi querida Lída se equivoca al creer que los barrenderos deberían sentirse marginados o humillados. Al contrario, podrían considerarse, si ellos quisieran, la sal de la tierra, los sanadores de un mundo que corre el peligro de asfixiarse.
Pregunté si era posible ayudar de alguna manera a aquellos que ya habían sido marcados alguna vez por la exclusión. Mi mujer, agradecida por una pregunta que buscaba la esperanza, me respondió que probablemente sí, a través de la psicoterapia, pues esta les ayudaría a revelar las causas del rechazo que sufrían por parte de los demás, y transferiría del subconsciente al consciente el sentimiento de agravio o de inferioridad que albergaban en su interior.
Uno de los objetivos más importantes de la vida de mi mujer es buscar la esperanza para los demás. El padecimiento ajeno le duele, sufre con toda víctima de la exclusión, se esfuerza por aliviar su suerte, por ayudarle a echar una mirada dentro de su alma y descubrir allí lo que, de otra forma, no hubiese sido capaz de descubrir. Cuando le parece que lo consigue, se alegra; sabe que no vive en vano.
Si hay algún tema que a mí me motiva, probablemente es el de la libertad.
Cómo ibas a poder escribir sobre la libertad, si tú mismo no eres capaz de actuar con libertad, objeta Darja. Se refiere a que no consigo abandonar a mi mujer.
No sé por qué abandonar a una persona debería ser un acto más libre que permanecer con ella.
Puedo quedarme con mi esposa, con esa mujer terrible que vive a costa de la desgracia ajena, y dejarla a ella en paz.
Mi tema tal vez no debería ser la búsqueda de la libertad, sino la búsqueda de la acción. ¿O la búsqueda de la resolución, la determinación y la ausencia de compasión? Voy a escribir una novela en que el protagonista barra con todo aquel que encuentre en su camino hacia la felicidad y la satisfacción. Y barrerá y barrerá mientras otro no le barra a él y lo quite de en medio. Si es suficientemente resuelto, hostil, decidido, despiadado y a la vez cauteloso, no tiene por qué darse tal eventualidad; solo lo barrerá la propia muerte.
Hace unos días, cerca de las costas de Irlanda, se precipitó al mar un avión con trescientas veinticinco personas a bordo. Al avión no le fallaron ni los motores ni otros mecanismos, no se estrelló contra la torre de una iglesia ni contra una montaña escondida en la niebla, sino que en su interior estalló una bomba de relojería. No sobrevivió ni un solo pasajero. Entre las víctimas, había también ochenta niños. En la superficie del agua, escribían los periodistas, que saben que la gente, resguardada en sus redes de seguridad, adora los detalles conmovedores o desgarradores, flotaban muñecas y otros juguetes.
Los héroes se ofrecen de forma voluntaria. Colocaron una bomba en el avión y fueron no solo resueltos y despiadados, sino que incluso luchaban por conseguir la libertad de alguien.
Todo el mundo habla de libertad, y con más alarde que nadie aquel que, precisamente, se la deniega a los demás. Los campos de concentración de mi niñez lucían incluso una consigna de libertad sobre la entrada.
Cada vez estoy más convencido de que una acción puede ser libre tan solo si hay en ella un reflejo de humanidad, si sabe del juez que la observa desde arriba. No puede ir unida a caprichos de la voluntad, a actos de odio o de violencia, así como al interés egoísta de cada uno.
En nuestros tiempos, la libertad no crece en el mundo, aunque a veces lo parezca; crecen simplemente el movimiento estéril, las cosas, las palabras, la basura y la violencia. Y, puesto que nada desaparece de la superficie del planeta, el producto de nuestra actividad no nos libera, sino que nos sepulta.
Sobre el Apocalipsis se ha llegado a organizar una conferencia internacional. Los científicos calcularon que si estallara la mitad de las cabezas nucleares existentes actualmente, se abatiría sobre el mar y sobre la tierra firme un torbellino de llamas que pegaría fuego a todo lo que de inflamable hubiera en el planeta. El aire se llenaría de vapores tóxicos, entre los que no faltarían ni siquiera los letales cianuros de algunos de los materiales artificiales que hemos fabricado. El ardor destruiría no solo todo lo que de vivo hubiese en la superficie del planeta, sino incluso las simientes que estuviesen escondidas bajo el suelo. Al fuego le seguiría la oscuridad. Tras las explosiones, el aire se llenaría en una semana de tal cantidad de humo negro que diecinueve vigésimas partes de la luz que hasta entonces se filtraba hasta la tierra sería retenida por las nubes. En caso de que se hubieran salvado algunas plantas del abrasamiento, perecerían durante los largos meses de oscuridad. El invierno ártico iniciaría su largo dominio bajo las tinieblas, las aguas de la superficie del planeta se helarían y con ello desaparecerían los restos de vida que temporalmente hubiesen sobrevivido en sus profundidades.
Entre Creta y Rodas se halla un islote llamado Karpathos, y en él, un pueblo llamado Olimbos que cuenta con una pequeña iglesia y unas decenas de casas encaramadas en terrazas por la ladera de una montaña casi pelada. Las casas, de piedra, tienen los tejados planos y están pegadas unas a otras en estrechas callejuelas. Aquí aún se ven mujeres con trajes tradicionales, negros como sus cabellos, y los rostros oscuros de los hombres poseen un aire ancestral. Hasta el silencio y los sonidos son inmemoriales. Vendremos juntos, presintió mientras subía por la escarpada callejuela que llevaba a la iglesia; estaba absolutamente segura de que volvería a ese lugar y que yo iría con ella. Nos quedaremos allí, y tal vez allí envejeceremos. Me conduce entre ruinas, entre vestigios de templos, por aldeas cuyos nombres olvido al instante, por pies de montañas cuyos nombres ella ignora. Siento el perfume del romero, el tamarisco y la lavanda, el olor a tierra quemada por el sol, oigo el cri-cri de las cigarras, los rebuznos de asnos y las campanas, campanas de boda sobre mi cabeza, y juntos percibimos lo que otros no perciben: el espíritu del aire y el hálito de los espíritus.
Soy consciente de que está imaginando su vida futura y de que en ella cuenta conmigo; fantasea con caminos que emprenderemos juntos, incluso la vejez junto a mí, como si de verdad ya nos perteneciéramos para siempre y como si no estuvieran aquellos que de momento siguen aún a nuestro lado. Probablemente, ni siquiera le parece que podamos hacer daño a nadie, ya que está convencida de que nuestro amor lo justifica todo. ¿O es más auténtica que yo y quiere asumir con todas las consecuencias que se ha decidido por el amor que siente por mí?
Hago un esfuerzo por ahuyentar mi angustia, mi deseo de huir de sus fantasías. Ansio estar con ella, al menos un día, al menos una fracción de tiempo.
Nos amábamos, pues, con toda la fuerza y toda la pasión, nos amábamos por angustia y soledad, por deseo y desesperanza. Las fracciones de tiempo se iban acumulando e iban formando semanas, y estas, meses. Soplaba el viento y las tormentas arreciaban, nevaba. Mi hijo empezó a estudiar dirección de empresas; cada vez le interesaban más los programas según los cuales se regía el mundo en el que le había tocado vivir; la hija de Darja se hacía mayor y había decidido ser ingeniera agrónoma. Nosotros huíamos del aguacero refugiándonos en sótanos abandonados donde nos aferrábamos el uno al otro como si acabáramos de encontrarnos tras una larga separación, nos abríamos paso entre las hojas de colores del parque, donde desde la copa de un tulipero los cuervos nos gritaban de nuevo su «¡Nunca más!». Su marido enfermó, así que casi no tenía tiempo para mí, pero me escribía largas cartas en las que me abrazaba, me acariciaba y maldecía: ¡la vida sin ti es casi como la muerte! Nuestro hijo cumplió veinte años y tuvo que escoger un regalo que fuese útil pero que a la vez le hiciese ilusión y, después de meditarlo, pidió un contador Geiger. Mi mujer advirtió mi pesadumbre, le parecía que tenía mal aspecto y me preguntó si no echaba de menos a la otra; incluso propuso que algún día la invitara a nuestra casa; más adelante ella misma se fue durante una semana para asistir a un taller y yo pude estar con mi amante de día y de noche.
La próxima primavera, me dice, por fin va a ocurrir algo decisivo.
¿Y por qué justo en primavera?
Después de doce años, Júpiter entraría en su casa de la vida.
Efectivamente, a principios de la primavera, un galerista de Ginebra mostró interés por su obra y le propuso organizar una exposición.
Fui a verla como de costumbre a la buhardilla donde tenía el taller, y ya desde la puerta advertí que tenía que haber ocurrido algo inusual: los armarios y las cajas, en los que durante años se había ido depositando el hollín de la estufa, estaban abiertos; dondequiera que miraba se amontonaban sus creaciones y criaturas, sus súcubos, brujas, diablillos, desvergonzados exhibicionistas de su sexo y criaturas angelicales sin sexo, hombres-chacal y borrachos de taberna de Malá Strana, casi todo lo veía por primera vez.
Me besó, despejó una de las sillas para que me sentara, me anunció la novedad, extendió los brazos y gimoteó que no sabía qué hacer. Por un momento, seguimos desenvolviendo y sacando de las cajas sus viejas obras. Ella iba colocándolas sobre una peana, de pronto las observaba detenidamente, como un arqueólogo que desentierra una pieza de dimensiones inesperadamente grandes, y solo después las ponía junto a las demás. No tiene claro siquiera si debería recuperar y exponer esas reliquias y señala la cabeza de una anciana que hizo cuando todavía estaba en la escuela: era la madre de su padre, había vivido noventa años y tenía el párpado del ojo izquierdo caído, mientras que con el ojo derecho sonreía.
Reconozco esa frente, tan alta como la suya, y también la sonrisa de la anciana. Ese joven de bronce con la cabeza ladeada en la que se abre un agujero para una flor de tallo largo, flor cuya cabeza también se ladea, es el estudiante suicida del que ya me había hablado. En esa época, había querido representar a aquellas personas de su familia de las que sabía algo; muchos de ellos todavía estaban en el taller del sótano. Luego dice: el galerista me ha invitado a la inauguración y tú vas a venir conmigo.
¿Cómo podré ir a Suiza?
No sé cómo nos las arreglaremos, dice, pero sé que vas a ver mi exposición.
No puedo imaginarme qué tendría que pasar para que las autoridades me permitieran ir a Suiza y volver, pero no digo nada para no irritarla con mi escepticismo, con mi desconfianza en sus presentimientos.
Cuando me levanto para irme, no me retiene ni me acompaña a la puerta; quiere seguir trabajando.
Voy a verla cada dos días, como ella desea. La encuentro siempre trabajando. Una nueva figura me observa con su ojo de piedra o arcilla, y en su mirada percibo una pasión familiar. Su creadora sigue trabajando un rato más, mientras yo preparo en la sartén algo sencillo para comer; después deja las herramientas, se quita la bata manchada de arcilla y se lava las manos. Ya no quiere saber nada más del trabajo y antes de abrazarnos, se limita a contarme lo que ha estado pensando, con quién estuvo anoche tomando una copa, qué le han dicho esa mañana en la oficina que tramita la exposición; y además, también tiene que contarme un sueño. Su día es tan rico que no necesita recurrir al reino de los cielos.
La admiro. Yo sin duda pasaría semanas enteras frente a la peana y apenas conseguiría acabar una o dos figuras.
¿Cómo lo puedes saber?
Sé cuánto tiempo necesito para componer una oración que me satisfaga siquiera un poco.
Eso es porque eres obstinado, me explica. Quieres dominarlo todo con la razón y la fuerza. No eres capaz de rendirte a la vida.
Ella no se obliga a nada sino que, por encima de todo, necesita sentir que es libre. Cuando no disfruta con su trabajo, sale a emborracharse con una amiga, por ejemplo; otras veces viene aquí y se sienta, sin querer nada, sin que sus pensamientos e imágenes viajen a parte alguna; simplemente se queda observando, como dirigiendo su mirada al cielo azul, al agua cristalina, al vacío. Sabe que no tiene por qué ocurrir nada, y está bien así. O de repente aparece ante ella una forma, un rostro, una imagen, acaso tan solo una mancha de color que se condensa y un momento después se disuelve. No es capaz de decir de dónde viene, como si esas formas no saliesen de sí misma, y por ello siente que es un simple intermediario, el ejecutor de algún designio superior. Entonces hace rápidamente lo que debe, trabajando de manera distendida sin pensar en lo que saldrá de eso. Le parece que no es cosa suya, sino de aquel que le ha sugerido esa imagen. Si yo escribiese así, no me atormentaría preocupándome por el resultado antes de hora, no sentiría que tengo una misión; también podría trabajar relajadamente.
Pero yo no puedo trabajar como tú, soy diferente.
Tú no sabes cómo eres, dice con seguridad.
¿Y quién lo sabe?
Yo, porque te amo.
Entonces, ¿cómo soy?
Eres más pasional que racional.
No sé si soy pasional, sé que ella lo es. Un día su pasión nos destruirá a los dos.
La siguiente vez que voy a verla, la encuentro deshecha en lágrimas y rodeada de trozos de arcilla. La peana está vacía.
¿Qué ha pasado?
Nada. ¿Qué iba a pasar? Es mejor que te vayas, ¡hoy no estoy de humor!
¿Te ha hecho daño alguien?
Todos le hacen daño, pero ahora no está hablando de eso.
Pues, ¿de qué está hablando?
¿Cómo puedo hacer esas preguntas? ¿Es que no me doy cuenta? ¿Acaso no lo veo? Todo lo que hacemos es inútil, un vacío y presuntuoso juego en el que fingimos ser artistas. No hacemos más que una desesperada caricatura y una repetición incesante de lo que ya ha sido repetido un sinfín de veces. Y si alguna vez consiguiera captar algo más, cumplir algún designio superior, ¿quién se daría cuenta, quién se fijaría en ello? No sabe por qué tuvo que elegir precisamente esa profesión, esa lucha infructuosa, penosa y agotadora. ¡Odia todo lo que sea arte! No quiere exponer en ninguna parte, no quiere mostrarle a nadie su propia confusión. ¡No tiene sentido!
¿Y qué pasa con el ángel de Barlach?
El ángel de Barlach, sí, pero, ya ves, lo mandaron retirar. Sobrevivió tan solo gracias a que los ángeles son inmortales. Sonríe entre lágrimas. Si posaras para mí, si te pusiera alas, tal vez también serías inmortal.
Posaré para ti.
¡Mejor acuéstate conmigo!
Nos abrazamos y ella olvida toda su congoja. Es feliz pensando que pronto haremos el amor a orillas del lago de Ginebra.
Tres días después, la oficina o, mejor dicho, el único organismo responsable de organizar o, en otras palabras, de autorizar exposiciones en el extranjero, le comunica que ha decidido no tramitar su exposición.
Quiero saber por qué la han rechazado y ella se encoge de hombros.
Sospecho que debe de ser por mí.
Es posible, cariño, les da envidia que tenga a alguien como tú, saben que a ellos nadie les quiere de esta manera.
De todas formas, escribimos una carta de protesta a las autoridades competentes; apenas la pone en el correo, se va a visitar a su amiga, la echadora de cartas, para saber qué expectativas de éxito tiene su recurso. Cuando oye que son escasas, decide que, en lugar de hacerla en Ginebra, llevará su exposición a Kutná Hora.
Seguíamos avanzando en dirección a donde yo suponía que se hallaba el vertedero. A nuestro alrededor, los árboles estaban cada vez más tupidamente adornados con jirones de plástico. A los pies de los pobres troncos rodaban bolsas sucias y arrugadas, y de vez en cuando las ráfagas de viento levantaban hojas amarillentas de periódicos yerkish cual fantasmagóricos pájaros macilentos que agitan lánguidamente sus deformes alas.
Franz Kafka fue un cordero que se designó a sí mismo como ofrenda. No parece que su entorno anhelara su sacrificio tanto como lo anhelaba él mismo. Una y otra vez describe estados que experimenta la víctima de un sacrificio. Salvo algunas excepciones, la víctima se defiende, imagina incluso complejas formas de autodefensa, pero su trágico final es inalterable. Sin duda, Kafka anticipó con ello el destino del pueblo judío en una época turbulenta. Su hermana menor terminó en una cámara de gas. Allí hubiese terminado él también, con toda probabilidad, si no hubiese tenido la suerte de morir joven.
Los autores judíos como Werfel, contemporáneo de Kafka, o más tarde Bellow o Heller, recurren al tema del chivo expiatorio con una obsesión tal vez inconsciente, tal vez profética. El tema de la víctima y el sacrificador, de la víctima escogida de forma más y más arbitraria y el sacrificador que está preparado para llevar al altar de su dios a cualquier número de personas, si no a toda la humanidad, es un tema cada vez más recurrente en el mundo contemporáneo, un mundo que creyó en el paraíso terrenal así como en las revoluciones que iban a conducirla hasta él.
Finalmente salimos del bosque. Frente a nosotros divisamos, tras una alta alambrada, una montaña llena de zanjas, terraplenes y lomas. En sus laderas, titilaban aquí y allá jirones de plástico que reflejaban los rayos de sol. Por la alargada cresta se movía ahora un bulldozer amarillo cuya pala iba acumulando ante sí materia de múltiples colores. A un lado, había una carretera que conducía hacia la montaña, pero el acceso estaba cortado por una barrera de rayas blancas y negras. Del bosque salió ahora un camión naranja; un guarda invisible levantó la barrera y el vehículo se introdujo en el recinto cerrado. A medida que ascendía lentamente por la ladera de esa montaña sintética, a ambos lados del camino levantaban el vuelo panzudas cornejas agitando sus robustas alas. El camión se detuvo en la cumbre; su cuerpo empezó a centellear a la luz del sol. Luego empezó a vaciar sus entrañas. Apenas se puso en marcha de nuevo, de un refugio invisible empezaron a salir corriendo figuras humanas. Conté que, entre hombres, mujeres y niños, eran trece —si Darja hubiese estado aquí conmigo, habría dicho: ¡el número de la mala suerte!—. Los adultos llevaban en las manos rastrillos, horcas y varas terminadas en un gancho, o empujaban cochecitos desvencijados. Todos ellos se abalanzaron sobre la basura recién descargada y empezaron a removerla a toda prisa echando las cosas de un montón a otro o apartando algunos objetos; otros, que al parecer todavía podían servir para algo, incluso ser vendidos, los echaban directamente en los carritos y cochecitos infantiles.
Me acordé de la mujer a la que una vez había ayudado con la mudanza. La enfermedad le estaba consumiendo el alma, creía en Armageddon y encontraba placer en todo aquello que rescataba de los cubos de basura. Aquí estaría en su elemento. De todo lo que encontrara no vendería nada; lo iría acumulando en un montón que sería cada vez más alto e imponente. Trabajaría hasta desfallecer, y solo por la noche se sentaría al pie de su montaña y a su sombra descansaría un rato presa de la ansiedad. Igual que Sísifo, esta mujer nunca terminaría su trabajo, no solo porque el flujo de basura no se detendría nunca, sino también porque el vacío del alma no puede llenarse ni con todas las cosas del mundo.
Pronto nos dimos cuenta de que nada de lo que estábamos viendo ocurría arbitrariamente, sino que todos esos correteos y esas escarbaduras las dirigía un gordinflón corpulento y calvo vestido con un traje negro. A diferencia de los demás, este no se agachó ni una sola vez para recoger nada, sino que se limitó a pasearse con gran parsimonia de un lugar a otro, como si se tratara de un supervisor. Entonces me vino su nombre a la cabeza y sorprendí a Lída informándola de que, según me habían dicho, ese tipo se llamaba Demeter; al parecer, por el derecho de buscar tesoros en esa montaña, tenía que pagar un alto precio, aunque ignoraba a quién. De vez en cuando los que rebuscan en la basura desentierran un cuenco de estaño, un molinillo antiguo, un televisor desvencijado o un billete extraviado.
Cuando los sacrificadores camboyanos, llamados jemeres rojos, ocuparon Phnom Penh, se introdujeron hasta las salas desiertas de los bancos, abrieron las cajas fuertes, cargaron montones de fajos de billetes y los arrojaron por la ventana; no solo rieles, sino también dólares americanos, francos suizos y yenes japoneses, billetes de todas las monedas del mundo salían volando por las ventanas y ninguna de las personas que quedaban vivas en la ciudad se atrevió a coger uno solo de esos billetes. El viento fue dispersando lentamente esos papelillos estampados a colores. Flotaban en el aire junto con jirones de periódico, trozos de carteles, postales sin escribir, y luego iban depositándose en las aceras y en medio de calles que nadie barrería. La basura se iba pudriendo poco a poco hasta que la arrastraban las lluvias monzónicas y las aguas del Mekong se la llevaban al mar.
Kafka anhelaba el encuentro. A la vez este suponía para él un abismo cuyo fondo le parecía inalcanzable. Pero vivía en una época en que, por encima de cualquier otra cosa, empezaban a ensalzarse las revoluciones. Solo aquello que resultaba revolucionario, tanto en el arte como en la organización de la sociedad, era digno de admiración, o al menos de interés.
Es por ello también por lo que algunos han buscado con tanto ahínco en sus frases e imágenes un mensaje revolucionario. Sin embargo, cuando leí las cartas que escribió a dos de las mujeres a las que amó, o a las que por lo menos intentó amar, a las que deseó y a la vez temió, comprendí que, si yo actuaba como él, no tenía esperanzas de comprenderle.
Su primer amor duró más de cinco años. Reclamaba el amor de esa mujer y luego la apartaba de su lado, le imploraba que no lo abandonara si no quería destrozarlo y más tarde le imploraba que lo abandonara porque de lo contrario se destrozarían el uno al otro. Se prometió con ella más de una vez y en cada ocasión huyó inmediatamente después. Cuando ella guardaba silencio y no respondía a sus cartas, él se quejaba de su suerte y mendigaba siquiera una sola palabra de afecto. El encuentro, la proximidad de la mujer amada, representaba para él una oportunidad de llenar su vida de sentido, una oportunidad que de continuo dejaba escapar. Una lucha que mantenía consigo mismo, que lo absorbía y lo agotaba totalmente.
¿Acaso podía un hombre tan auténtico escribir sobre otra cosa que no fuese aquello que movía su ser, aquello a lo que se dedicaba día y noche, esa lucha que mantenía consigo mismo, aunque, en comparación con los turbulentos acontecimientos del mundo, esa lucha pareciera más que trivial? El hecho de que hable mayoritariamente sobre sí mismo y en su propio nombre viene reflejado incluso por los nombres de sus protagonistas, si bien la auténtica esencia de sus controversias queda oculta. No solo era esquivo, sino que era hasta tal punto un artista que todo lo que vivía lo expresaba en imágenes. La máquina de tortura que mata lentamente al condenado la inventó justo en el momento en que, tras un acérrimo combate interior, decidió prometerse en matrimonio. Algunas semanas más tarde, cuando, de modo traicionero, según él, rompió de nuevo su compromiso, imaginó un proceso en el que un tribunal juzgaba a un acusado de un delito que resultaba impenetrable para el lector; delito que a menudo ha sido interpretado como una culpa metafísica o como una metáfora de un pecado heredado.
La exposición de Darja iba a tener lugar en tres pequeños espacios situados en un edificio gótico. El catálogo contenía setenta y tres números, incluidos veinte dibujos. Sin duda podía haber expuesto algunas obras más o algunas menos, pero ese número le parecía el más adecuado al coincidir con el año de nacimiento de su hija.
Estuvimos durante casi dos semanas empaquetando y transportando cajas con estatuas y cuadros. Una capa blanquecina de polvo y serrín nos cubría el rostro y el cabello.
Eres tan bueno conmigo, se sacudió el polvo de los vaqueros y me abrazó, y yo no te hago ni caso. ¿Por qué no tomas al menos un poco de vino?
Me prometió que me recompensaría. Iríamos juntos a alguna parte que me iba a gustar; no tenía que ser un lugar de playa, sabía que no me gustaba, iría conmigo a la montaña.
No me apetecía ir ni al mar ni a la montaña, no necesitaba descansar, lo único que deseaba era poder trabajar tranquilamente. Pero quería ser amable, no puse objeciones y estuve desenvolviendo las estatuas que habíamos transportado, ayudando a montar pedestales y a colgar cuerdas del techo, disponiendo las luces. Al atardecer, la llevaba a casa tan rápido como podía.
Mi mujer, me parecía, seguía sin sospechar en qué pasaba yo la mayor parte del tiempo. ¿O no quería sospecharlo? El día anterior a la inauguración de la exposición se iba a un congreso etológico y me preguntó si no me importaba quedarme solo en casa tanto tiempo.
Disimulé como pude el alivio que sentía por que se marchara precisamente esos días. Sabría cuidarme yo solo.
Si quisiera, me propuso, podía ir con ella, seguro que la gente que se iba a reunir allí me parecería interesante. Por un momento me estuvo hablando con entusiasmo de domadores de serpientes, de mariposas exóticas, de expertos en búhos, marmotas y ciervos blancos. Quería proporcionarme alguna distracción, vivencias que en mi soledad no podía experimentar; cuando rehusé acompañarla, me sentí culpable: iba a responder con la traición a la ayuda que me ofrecía.
Mi amada llegó a la inauguración con su marido. ¡Por fin emergía de las tinieblas! Yo había propuesto quedarme en casa ese día, ya conocía su trabajo. Pero ella no quería que la abandonara en un momento como ese. Me vi obligado a vencer la cobarde tentación de eludir ese incómodo encuentro, aduciendo una enfermedad o una avería en el coche; excusas podía inventar muchas, pero al menos a ella no le quería mentir, así que fui.
A su marido lo conocía solo de las fotografías, pero inmediatamente vislumbré su alto porte de pívot. El lugar ya estaba lleno de gente, por lo que no sé si él también se fijó en mí. Hablaba con un hombre bajito, enjuto y calvo que era casi con seguridad el padre de Darja; a él tampoco lo había visto nunca en persona; de hecho, no conocía a ninguno de los presentes, había acudido allí solo por ella, por esa mujer, despojada de todos sus vínculos y relaciones. Hasta tal punto me sentía fuera de lugar que llegué a angustiarme.
Vino hacia mí casi enseguida. Diferente, casi desconocida con su vestido largo de un violáceo color amapola. Incluso su rostro me resultó extraño: las arrugas que tantas veces había rozado con mis labios se escondían ahora bajo un sedimento de cremas y polvos faciales. Me dio un beso, como besó probablemente a los demás invitados, y al hacerlo me susurró que me amaba. Luego me preguntó si quería que me presentase a su marido. Se comportó ante todos como mi amante, y yo, de repente, no estaba seguro de que eso me satisficiera.
Al fin y al cabo, ¿por qué no iba a darle a usted la mano? Su marido se inclinó ante mí obsequiándome con una sonrisa algo herida. Aunque yo no soy bajo, él me sacaba un palmo, y yo a él, diez años. A primera vista, era de esos hombres que suelen atraer a las mujeres. Dijo que en las últimas semanas, Darja no había parado de trabajar, que apenas la habían visto por casa, y se encogió de hombros, como si quisiese con ello añadir que encima estaba yo, lo que era a duras penas soportable, pero en lugar de eso dijo que había leído mis últimos cuentos; ahora sí que había llegado el momento de que se encogiera de hombros, pero simplemente me sonrió de nuevo, casi con humillación, y se alejó. Me quedé plantado cerca de la entrada, por la que no me atreví a escapar. Me pareció que todos me observaban furtivamente y, por un instante, me convertí en una pieza más de la exposición. A mis pies, hubiese podido lucir un cartel que dijera: Prohibido, pero activo en otro sector. O: Ejemplar de amante. O simplemente: ¡Es él!
En la última salita, la hermana de Darja —a ella tampoco la había visto nunca antes— desplegó sobre la mesa una caja de canapés y sirvió vino en vasos de papel. Cogí un canapé y rechacé el vino porque esa noche pensaba volver a casa conduciendo.
Un hombre mayor que yo conocía de alguna parte dijo que ya hacía muchos años que no veía nada tan libre y tan liberador como lo que había visto esa noche. Lo dijo mirando a la hermana de Darja, pero yo estaba seguro de que me estaba hablando a mí.
Ella es así, asintió la hermana. Cuando era pequeña, se escapaba de casa y hacía novillos en la escuela.
El marido de Darja se nos acercó y yo me alejé precipitadamente. No fui capaz de fingir que no lo veía, aunque —eso me sorprendió— lo contemplaba sin celos, como si no tuviera nada que ver conmigo el hecho de que noche tras noche se acostara con ella. Me sentí tan solo violento, avergonzado, abochornado o incluso culpable. Ese hombre no me había hecho nunca ningún daño, mientras que yo ya llevaba años entrometiéndome furtiva y pérfidamente en su vida.
Ella adivinó mi estado de ánimo y vino corriendo a confortarme. Su marido ya se iba y se llevaba a toda la familia; dentro de poco terminaría ese circo y se quedarían solo unos conocidos; llevaba años sin ver a algunos, le gustaría invitarles a una copa, y a los responsables de la galería también. Habían prometido que le comprarían una o dos piezas, pero eso también sería cuestión de un momento, luego nos quedaríamos solos.
Pregunté si había algo de lo que yo me pudiese ocupar, pero no era necesario: su hermana ya había reservado dos mesas. Me hubiese gustado decirle que me alegraba mucho que la exposición hubiese sido un éxito, pero estaba algo aturdido y ella se alejó antes de que lograra reponerme.
Su marido no acababa de irse y yo seguía oyendo su risa ruidosa, bondadosa y desenfadada. Podía acercarse a mí en cualquier momento, darme unas palmaditas en la espalda y decirme que a pesar de mi torpeza parecía un tipo divertido, que se había hecho una imagen mucho peor de mí. Después de todo, incluso me compadecía. Por si mis dificultades no fueran suficientes, ¡me buscaba una más con su mujer! Tal vez había llegado el momento de que arregláramos las cosas.
Tuve la sensación de que empezaba a asfixiarme en ese ambiente opresivo y cargado.
En la calle, me sorprendió una luz intensa. No conocía esa ciudad; aunque en los últimos días habíamos estado allí a menudo, no habíamos tenido la oportunidad de recorrerla. Ahora tomé una callejuela que descendía abruptamente. Al parecer, en algún lugar, no lejos de allí, había una feria: el viento me traía fragmentos de melodías de tiovivo y en mi camino me cruzaba con niños que llevaban globos de colores, matasuegras y vaporosas nubes de azúcar.
Antes me gustaba ir a las ferias, a las actuaciones de magos y prestidigitadores, de faquires o funámbulos, pero ahora ni me acordaba de la última vez que había visto todo eso. Durante los últimos años había desatendido todas mis aficiones excepto una, había desatendido a mis amigos, a las personas cercanas, a la gente. Y lo que más había desatendido era mi trabajo.
No estaba satisfecho con lo que hacía con mí tiempo, pero no podía culpar a nadie más que a mí mismo. Llegué al final de la calle y descubrí una enorme explanada a mis pies. Sobre el tiovivo brillaban coronas de luces engañosas pero atrayentes, y el entoldado del circo estaba adornado con banderines rojos y azules. Unos enormes cisnes blancos simulaban la majestuosidad de su vuelo.
Permanecí un rato encumbrado en mi mirador, observando cómo circulaba la multitud allí abajo. De pronto me apeteció mezclarme entre la gente, no volver a buscar a nadie, no pensar en nada, ni en mi culpa, ni en mis mentiras, ni siquiera en mi amor; me habría gustado no meterme en la vida de nadie, no pertenecer a nadie, moverme libremente e inadvertido entre la muchedumbre, mientras atrapaba retazos de conversaciones y rostros; tramar historias que compondría según mi voluntad, dejar atrás las huidas constantes y los regresos arrepentidos.
Mi esposa afirma que no consigo olvidar mi experiencia de la guerra. Esta me impide entregarme de verdad a cualquier persona: sé que sufriría cuando la perdiera y no soy capaz de creer que podría no perderla. Sigo estando solo, aunque aparentemente me halle a su lado. Resulta evidente que estaré solo, dice, al lado de cualquiera.