Amor y basura
Capítulo 5
EL despertador ha sonado a las seis de la mañana y mi mujer y mi hijo se han levantado para ir al trabajo. Yo debería levantarme también. Ayer por la mañana murió mi padre, así que debo ir a ver a sus alumnos de la Academia para pedir a alguno de aquellos a los que él apreciaba que diga unas palabras en su entierro. Además, ayer por la tarde me llegó una caja con el medicamento que hace un tiempo encargué para Stych, el joven barrendero, y debería entregárselo lo antes posible. Para mi padre no encargué ningún medicamento porque, probablemente, el que él necesitaba ni siquiera existe.
De todas formas, ya no pillaré a mis compañeros en el vestuario; si tengo tiempo iré a verlos a la taberna a la hora del almuerzo.
El último día de la vida de mi padre, Petr y yo salimos para el hospital a primera hora de la mañana. Era domingo y en el pabellón solo había dos enfermeras. Una de ellas me dijo que «podía ocurrir» en cualquier momento.
Mi padre estaba en su cama, con la boca un tanto fruncida, respirando ruidosamente. Las pausas entre cada una de las inspiraciones me parecían increíblemente largas. Cerraba los ojos con fuerza. Ya hacía dos días que no comía ni bebía y tenía las venas tan agujereadas que ya no podían alimentarlo artificialmente. Intenté introducirle en la boca una cucharadita de té con azúcar, pero le costaba tragarlo. Cuando al final lo consiguió, advertí que para hacerlo había consumido prácticamente todas sus fuerzas, que con la siguiente gota podría atragantarse. La última gota de esperanza se había secado, se había consumido, se había perdido en el polvo. Al menos le limpié los labios y la lengua con un poco de algodón humedecido. Luego me senté al lado de su cama y le cogí la mano, como solía hacerlo él cuando yo era pequeño y me llevaba de paseo en dirección al aeropuerto. Mi hijo, ya adulto, estaba de pie en la puerta de la habitación y lloraba.
Luego, súbitamente, mi padre expulsó aire, pero ya no volvió a inspirar. Advertí el enorme esfuerzo que hacían sus pulmones al tratar de respirar; contrajo el rostro e hizo una mueca de dolor que me atravesó todo el cuerpo. ¿Qué clase de hijo soy, incapaz de proporcionarle siquiera un único soplo de aliento?
Me levanté y en silencio supliqué: ¡Dios mío, acoge su alma, sabes que ha sido bueno! Después salí a aquel pasillo de hospital, desierto en domingo; alrededor se alzaban paredes por todas partes, y ahora había una más: una pared delgada, translúcida, transparente y, sin embargo, hermética, se había levantado entre ese momento y todo lo que le había precedido.
Mi hijo estaba escuchando las noticias en la sala contigua. El día en que mi padre falleció, un volcán entró en erupción en Colombia; la lava ardiente derritió la nieve y el hielo que había en torno al cráter; el agua y las cenizas formaron un torrente de barro que se precipitó cuesta abajo, hacia el valle, donde sepultó las viviendas que encontró a su paso. Se calculaba que había veinte mil personas enterradas bajo la avalancha de barro.
Mi mujer se inclinó sobre mí y me dio un beso de despedida. Me susurró que siguiera durmiendo, que ella volvería pronto.
Ya no conseguí volverme a dormir. Cuando cerraba los ojos, el rostro de mi padre, su última imagen de dolor, me venía a la mente una y otra vez, y su respiración entrecortada resonaba en todos los rincones.
Volvió a sonar un timbre, esta vez el de la puerta.
Las visitas a primera hora de la mañana suelen despertar en mí expectativas poco halagüeñas. Sin embargo, detrás de la puerta esperaba el joven rubio del encuentro de Svatá Hora; en su rostro se leía una preocupación algo más angustiada de lo normal. Era evidente que había ocurrido algo grave; en caso contrario no habría venido a esas horas de la mañana.
Accedí, como me pedía, a salir con él. En la calle me informó de que él y sus amigos habían sido citados para ser interrogados. En su caso, el interrogatorio había durado medio día y en él había hecho referencia, entre otras cosas, a mi lectura de hacía dos años, a mis cuentos, a mis opiniones y ocasionalmente a las opiniones de otros autores culpables de negarse a expresarse en yerkish en una sociedad en la que se hacía realidad «el máximo grado de libertad para el hombre y el género humano». También le peguntaron por qué y con qué frecuencia me había visitado, y en ese contexto mencionaron repetidas veces la destrucción de la estatua.
La vida —y con ella, claro, la muerte— seguía su camino.
Intenté tranquilizarlo. Seguro que ni a él ni a mí nos iban a acusar de haber hecho volar por los aires aquella estatua. Simplemente les gustaba medir los dos delitos por el mismo rasero: la lectura de unos cuentos escritos en una lengua comprensible solo para los humanos y la destrucción de una estatua que representaba a alguien oficialmente proclamado como una gran personalidad. Incluso ellos debían de ser conscientes de que el segundo era un crimen mayor que el primero.
Pero el joven cayó víctima del abatimiento. Fue el primero en ser interrogado y percibió el porfiadamente intransigente y desconfiado espíritu yerkish. Yo hace años que lo noto, advierto cómo, poco a poco, va acallando bajo su manto voces vivas, cómo va perdiéndose la lengua. Lo penetra todo, se introduce en el agua y en el aire, se mezcla con nuestra sangre. Después, las madres dan a luz niños con malformaciones, y la naturaleza genera árboles muertos; los pájaros caen en pleno vuelo y los cuerpos de los niños sucumben a los tumores malignos.
Camina a mi lado y tiene miedo. Ya ha presentado la renuncia en su trabajo, se ha buscado un puesto de operador de cabina en un cine y espera que lo admitan como estudiante a distancia de literatura yerkish. Allí, es cierto, le contarán que Charlie Chaplin abandonó los Estados Unidos, ese bastión de la esclavitud, pero también le quedará un poco de tiempo para leer libros y reflexionar. ¿Y si ahora deciden no admitirlo? Quiere saber de dónde debe sacar su red si la que le adjudican o la que le ofrecen en la tienda de racionamiento tiene unas mallas tan anchas que incluso un hombre podría colarse por ellas inesperadamente. Claro, cada uno debe y puede tejerse su propia red, eso ya lo sabe, pero ¿y si asaltan su casa?, ¿y si irrumpen en ella y se la desgarran? ¿Luchará o empezará a tejer mallas de nuevo? ¿Cuántas veces es el hombre capaz de empezar de nuevo?
Solo son las nueve. Si me doy prisa, aún puedo pillar al joven en la taberna U Bozenky y entregarle el medicamento; luego me iré a buscar al orador para el funeral.
A esas horas de la mañana la taberna todavía estaba medio vacía, así que no hizo falta buscar entre la multitud: mis antiguos compañeros, excepto Stych, el muchacho, y el capitán, estaban sentados a una mesa justo al lado de la barra. Para mi sorpresa, presidía la mesa el capataz, que incluso llevaba un mono nuevo.
Entré sin ser advertido y aún alcancé a escuchar al capataz hablando apasionadamente de un piloto fanfarrón que bajaba siempre en picado y, cuando remontaba el vuelo, todos los que estaban allí abajo, mirando pasmados, ya se habían cagado en los pantalones.
—¿Qué le trae por aquí? —dijo la señora Venus cuando me vio—. ¿Ha venido a ayudarnos?
El capataz se dio la vuelta con cara de pocos amigos, pues no le gustaba que lo interrumpieran cuando contaba sus batallitas. Saqué el medicamento de la bolsa y pregunté por el muchacho, si sabían dónde podía encontrarlo.
—Esto no es un jardín de infancia —me aleccionó el capataz—. Si viene, viene, y si no viene, no viene. Hace que no lo vemos —dijo mirando a la señora Venus como a un testigo— al menos una semana.
—Este tiempo no le sienta bien, usted ya sabe lo mal que se puso. Quizás le den su dirección en la oficina —dijo la señora Venus—. Ahí seguro que la tienen. Pero ¿por qué no se sienta?
Pedí un té con ron.
—Supongo que no sabe —dijo la señora Venus— que encerraron al señor Pinz en el manicomio, ¿verdad?
Naturalmente no sabía nada de la suerte del capitán.
—Pues resulta que quería pegarle fuego al palacio ese donde vivía. Se dedicó a raspar cabezas de cerillas para hacer una bomba. Ya la tenía hecha, sabe Dios para qué la quería. Pero luego se le presentó Marie, así, sin más, apareció en su casa después de muchos años, y cuando él le preguntó si quería quedarse con él, ella le respondió que estaba loco, que antes se pegaba un tiro. Y entonces él decidió hacer estallar la bomba en la misma puerta de su casa.
—Menuda sandez —dijo el capataz con cara de disgusto—, mira que pelar doscientas mil cerillas, meter el fósforo en una botella metálica de esas de sifón ¡y luego ir con eso a esa casucha! Yo en su lugar a la oficina ni me acercaría. ¡Ahora han puesto a otro cretino! —Y volvió al aeropuerto, donde en otra ocasión su amigo ya no remontó el tirabuzón y se estrelló con su avión con tanta fuerza que, una vez hubieron apagado el fuego y troceado con el soplete los restos del casco, en el suelo quedó un agujero en el que cabían veinte hombres.
Cuando los equipos de salvamento llegaron a la zona de la catástrofe volcánica, aparte de miles de muertos encontraron a algunas personas que habían sobrevivido en los tejados de las casas y en las copas de los árboles, incluso había quien se había quedado embarrancado en el barro y no podía salir por su propio pie. Había una niña a la que solo le asomaba la cabeza. Bajo la superficie, las manos de su tía, que se había ahogado en el barro, le atenazaban firmemente las piernas. Los miembros del equipo de salvamento estuvieron luchando durante muchas horas para liberar a la niña, y en el intento ellos mismos se sumieron en el barro. A pocos metros de allí, un cámara de televisión estuvo mostrando durante todo ese tiempo la suerte de la niña a aquellos que, satisfechos de su sino o compasivos, se aburrían en sus redes y querían presenciar la hazaña. Al cabo de sesenta horas la niña dejó por fin de sufrir y el reportero, agotado, pudo volver a su red televisiva. Cuando acabó de montar el reportaje con el material filmado, el alma de la niñita ya flotaba y gemía sobre las oscuras aguas y el barro, sobre el cráter ardiente del volcán y sobre los millones de pantallas que estaban encendidas en todo el mundo para mostrar la infructuosa lucha del equipo de salvamento y la conmovedora agonía de una niña que ya nunca lograría alzarse de sus cenizas y que, gracias a ello, se había hecho famosa durante los pocos segundos que duró el candente reportaje. Pero ¿quién alcanzó a oír la llamada de su alma, a quién estremecieron sus gemidos? ¿Quién imaginó al menos su rostro en el momento en que sus pulmones luchaban en vano por atrapar un soplo de aire?
—Si no le dieran su dirección allí —dijo la señora Venus volviendo al asunto del muchacho—, inténtelo en casa de Dana, su chica. Puede que esté allí. —Y me describió la casa en la que vivía la señora Dana; ignoro de dónde había sacado esa información. La casa estaba en el barrio de Malá Strana.
El té con ron me hizo entrar en calor y me sentó bien; ya podía irme a la oficina. El camino me llevó por la familiar callejuela flanqueada de villas y, al llegar a la ventana del artista, contemplé con asombro el chaleco que, colgado de un cordón, deslumbraba con su llameante color naranja. Tras él, dispuestos por toda la sala, se alzaban los troncos y tallos de unas plantas exóticas a cada una de las cuales la mano del artista les había conferido una figura humana. Mientras observaba la ventana, fui reconociendo las semejanzas y los rasgos de aquellos rostros: la mujer con la gorra de jinete en la cabeza era sin duda la imagen de la señora Venus, todavía sin las arrugas indígenas, pero sí con una expresión de amargura en los labios; sin embargo, en su postura, en el gesto de su mano, había a la vez cierta alegría; tal vez el artista la plasmó en el momento en que estaba a punto de montarse en la yegua que ella misma había salvado y curado. Inmediatamente después, advertí en otra escultura la imagen del capataz, quien sacaba a un piloto herido de los restos de un avión imaginario y, al hacerlo, enarbolaba las alas de su valentía. También reconocí al capitán, con un uniforme de marinero que ensalzaba su figura robusta y todavía erguida. Sí, probablemente era ambas cosas: un inventor iluso y un gran bromista, aunque al principio su actividad no fuera más que un sueño infantil que lo transportaba a lejanas travesías. El señor Rada, en cambio, llevaba un traje de presidiario de un feo color marrón y con una escudilla del comedor rociaba con agua la cabeza de otro preso. Su rostro había quedado inmortalizado justo en el momento en que lo iluminaba una repentina luz interior, un destello de beatitud. En ese momento, me pareció oír unas notas de la rapsodia de Gershwin. La expresión del muchacho reflejaba tanta felicidad y concentración en lo que tocaba que estaba desconocido. Más que un instrumento musical, su clarinete representaba una varita mágica de esas que abren agujeros en las rocas o transportan a la gente al país de sus sueños.
Ahí caí en la cuenta de que todos los rostros eran reales e irreales a la vez, que tenían un aire más joven y grácil, como si no los hubiese marcado el paso del tiempo y de la vida. También comprendí que esa vez la exposición era obra de otro artista, otra artista; el nuestro simplemente le había cedido su ventana, y ella, al adivinar el rumbo que tomarían mis pasos, expuso aquí su vergel, un jardín donde uno podía contemplar su propia imagen tal como deseaba verla en momentos de gracia. Tal vez lo hizo para que la recordara, o para mostrarme su generosa y magnánima idea de lo que el arte debía exponer de la vida.
Me busqué a mí mismo entre las estatuas, pero no hallé mi rostro, tan solo una alta columna que parecía tallada en piedra y que sobresalía entre las otras figuras, aunque a través de la ventana no lograba distinguir su vértice. ¿Habría en ella una sonrisa?, me pregunté. Pero sabía que no iba a encontrar sonrisa alguna, puesto que antes debía reconciliarme con ella.
Ahora las figuras empezaban a disiparse y, para mi sorpresa, me sobrevino una ola de nostalgia. Uno se siente inmune al destino de aquellos que se mantienen suficientemente alejados, de aquellos a los que no permite entrar en su vida. Pero de pronto les vislumbra en un contexto inesperado, se le aparecen con un aspecto insospechado, bien agradable o, al contrario, terrorífico, y se da cuenta de que, no solo le han afectado, sino que incluso se han instalado ya en su interior. Y así es hasta que en el hombre no se extingue la llama de la vida. En su último destello de conciencia, a mi padre lo afligió el hecho de que una mujer desconocida pudiese llegar a ser más pérfida de lo que él hubiese sido capaz de imaginar.
Hace mucho tiempo, cuando era niño, intentó convencerme de que el paraíso era una invención del hombre. Pese a ello, lo anhelaba, anhelaba el calor de la gente y anhelaba la eternidad. Deseaba despegarse de la tierra y elevarse hacia el cielo, alcanzar la frontera tras la cual empieza el misterio. ¿Tenía la más ligera idea de aquello que estaba rechazando?
Por la acera opuesta se acercaba, como siempre a esa hora, la pareja de uniformados. El petimetre del bigote, sin embargo, iba esta vez acompañado de un agente al que yo no conocía. Me disponía a cruzarme con ellos sin llamar su atención cuando el del bigote cambió de dirección y se dirigió hacia mí.
Eso me sobresaltó, como siempre. ¿Qué podía irritarles, ahora, de mi presencia en este mundo?
El agente se llevó la mano a la gorra con desgana.
—¿Hoy tenemos día libre? —preguntó.
—Algo así —respondí yo evasivamente.
—¿Y qué hay del de los pantalones cortos?
Repetí lo que me habían contado del capitán, que se lo habían llevado al psiquiátrico.
—¿Y qué podíamos hacer? Nosotros no queríamos —me explicó—. Le dijimos qué hace aquí, abuelo, a estas horas de la noche. Y él, en lugar de largarse, se apresuró a encender la mecha de la botella. Se hubiese matado si no lo hubiéramos pillado in fraganti; el cordón tenía solo un metro de largo — añadió con la consternación del que sabe de lo que habla—. De todas formas, lo van a soltar, todos certificarán que estaba como una chota, que llevaba pantalones cortos incluso los días de nieve, ¡anda, dilo! —dijo dirigiéndose a su compañero, pero entretanto este se había ido alejando y no nos oía—. ¿Y sabes qué?; esa noche llevaba pantalones largos, así de anchos, unos auténticos bombachos, ¡y hasta se había puesto corbata! —El petimetre se encogió de hombros, perplejo, y se llevó dos dedos a la gorra—: ¡Anda que no!, a ese sí que le faltaba una tuerca —dijo dándose unos golpecitos en la sien, y con ello me dejó.
No sé de dónde proviene la idea del paraíso como un espacio o un jardín de beatitud en el que vivía el hombre en tiempos remotos, en la infancia de la humanidad. Tal vez esté vinculada ciertamente al recuerdo de la infancia, la infancia de la humanidad y la infancia de cada uno de nosotros; a un tiempo en que, si bien el hombre vivía con precariedad, no conocía ni el sentimiento de culpa ni el del pecado, en que no había comido todavía del árbol del bien y del mal y no temía la propia finitud.
Conforme la humanidad se iba distanciando de su infancia, se alejaba también del jardín del Edén. De él conservó tan solo un vago recuerdo… y la conciencia de culpa. Adán —la palabra designaba a los terrícolas o, simplemente, a la humanidad— tuvo que haber cometido una falta tan irreparable como la muerte, por lo cual se le expulsó del paraíso y se le envió a un mundo donde aquella reinaba.
El hombre siempre ha anhelado volver al lugar donde en otros tiempos vivió en la inocencia, aun sospechando que eso no sería posible en el tiempo y el espacio de su vida como humano, sino tan solo en la dimensión en la que se mueve Dios. Siempre ha soñado, pues, que tras la muerte regresaría al jardín divino, que allí volvería a encontrarse con aquellos a los que amó o que se fundiría con el universo, o que regresaría al lado del Creador de otra forma; sospechaba que al menos su alma llegaría a estar cerca de Dios.
Pero, a lo largo de los siglos, los recuerdos se han ido desdibujando de forma creciente; ahora la humanidad recuerda más a un anciano que ha confundido su alma con su cuerpo y cree ingenuamente que puede alcanzar el paraíso aun en vida, que va a construirlo en la tierra. Construye, pues, obras monumentales, somete a la naturaleza, destruye la materia, fabrica y consume drogas, se permite y justifica cualquier acto, se exculpa de toda traición, se introduce en cualquier cama en la que se insinúa el placer, se lanza de una experiencia a otra, de un divertimento a otro, y ya ni siquiera tiene tiempo de detenerse a preguntarse por qué hace todo eso, hacia qué paraíso es conducido en realidad.
En realidad no se acerca al paraíso, sino al Apocalipsis.
La humanidad ha envejecido, pero no se ha hecho más sabia, o tal vez ha pasado ya por la edad de la sabiduría y ha entrado en la época de la demencia.
En la oficina, efectivamente, había un cretino que no sabía o no quería saber —probablemente, hubiese tenido que levantarse de la silla e ir a indagar a otro lugar— cuál era la dirección del muchacho. Sus labios carnosos esbozaban una sonrisa: la sonrisa confiada de quien se ha hecho con el poder; el poder sobre los que retiran la basura y, por consiguiente, sobre la basura y, por consiguiente, sobre el mundo de las cosas. Me dio una explicación en yerkish, su idioma, pero no le comprendí porque no teníamos traductor.
No importa, me dije con súbita rebeldía, ¡encontraré al muchacho sin su ayuda! Cogí el tranvía y me dejé llevar hasta Malá Strana.
El lugar que me había descrito la señora Venus lo conocía bien. Se hallaba al otro lado del palacio cuyas ventanas contemplaba desde la buhardilla en la que había estado tantas y tantas veces.
Por fuerza había tenido que pasar a menudo delante de esa casa, aunque nunca había reparado en ella. También aquí los muros eran gruesos y la escalera, sombría; me pareció percibir un familiar olor a gas.
La suerte me sonrió al menos en una cosa: la amante del muchacho trabajaba a media jornada y a esas horas de la mañana estaba en casa. Me hizo pasar al recibidor. No sabía si estaba sola, pues todos los ruidos eran ahogados por la fragorosa música de una banda de viento; además, en algún lugar del piso traqueteaba una lavadora.
—No está aquí —me comunicó cuando le dije a quién buscaba. Era una mujer gruesa y recia de mediana edad a la que no podía imaginarme en los brazos del chico—. Ni estará.
Le dije que tan solo había ido a llevarle un medicamento que él estaba esperando. Podía dejarlo ahí para que él lo recogiera cuando viniera.
—Pero es que ya no vendrá más —dijo con la certeza con que se habla de los muertos—; le pedí que no volviera.
Le pregunté dónde podía encontrarlo.
—No sé dónde podría estar, nunca dijo de dónde venía. —De repente recordó—: Pero tocaba en alguna parte, ¿no? Tal vez se lo dirían los músicos con los que tocaba.
Le di las gracias. Yo ya estaba en la puerta, cuando añadió:
—Era un pobre muchacho, no sé si lo ha visto alguna vez. Se sentaba y se quedaba ahí pasmado. No podía comer como Dios manda y solo bebía zumos. Una vez vino de no sé dónde y llegó empapado, yo le hice un grog; nunca me dijo que no podía beber alcohol: un poco más y no lo cuenta.
El muchacho se fue y las aguas se cerraron tras él. No sabía qué hacer con el medicamento. Tal vez me hubiese ayudado la señora que solía estar en la oficina; recordaría al menos la calle o el nombre de la ciudad de donde era. Pero no estaba de humor para buscarla. Empecé a sospechar que, cuando encontrase al joven, el medicamento ya no sería necesario.
Salí de la casa. Era mediodía, y el sol bajo iluminaba el muro del palacio; en la cornisa, como entonces, había unos pichones calentándose al sol; eran otros, sin duda, pero ¿quién iba a distinguirlos?
De pronto me pareció que no tenía adonde ir, a quién buscar. Solo debía arreglar lo del discurso para el funeral, pero en la Academia ahora estarían comiendo. Y luego… ¿qué haría luego? Estaba allí, parado, con un medicamento que no necesitaba; a mi alrededor pasaba gente apresurada a la que tampoco necesitaba y, de repente, mi red empezó a balancearse, reventaron algunos hilos y a mis pies vislumbré la oscuridad.
Mi hija me contó su sueño del fin del mundo: iba con su marido por el campo, un terreno extenso limitado por la clara línea del horizonte. Era un día despejado. De pronto, la luz empezaba a amarillear hasta adquirir el color del azufre y, en ese momento, la parte izquierda del horizonte se movía en dirección a la parte derecha y, a medida que ambas partes se iban acercando, la luz menguaba, oscurecía y la tierra temblaba. Ellos dos se tumbaban uno al lado del otro, cerraban los ojos y se ponían a rezar: Shemá Israel, Adonái Eloheinu Adonái Ejad. Cuando abrían los ojos de nuevo, ella descubría encima todo el universo, y en él, el Sol con sus planetas y con la Tierra y la Luna. El que ve esto, comprendía, ya no puede seguir viviendo. También comprendía que en la Tierra no quedaba vida. Los horizontes habían colisionado, los continentes se habían resquebrajado y las aguas lo habían anegado todo. Y entonces advertía que, entre los planetas, gravitaba un gran dado anguloso de un ardiente color rojo que también daba vueltas sobre sí mismo, así que ella podía observar los puntos blancos de sus lados, y se preguntaba quién debía haber lanzado ese dado, si los mismos hombres o el Santo Eterno que reinaba sobre ellos, ¡bendito fuera su nombre!
Caminé alrededor del palacio hasta llegar a la plazoleta, la crucé por el empedrado irregular que tan bien conocía y abrí la pesada puerta de la casa. En el portal, me embriagó un olor conocido. Subí por las escaleras de madera. En el cordón ondeaban unos pañales; naturalmente, serían de otro niño. De todas formas, no había llegado a ver nunca al crío, no tenía ojos para él. En cambio, el tejado del convento que se veía desde allí seguía siendo el mismo —si es que se puede decir de algo que es lo mismo en dos momentos diferentes—, y después seguí subiendo hasta la buhardilla. La puerta estaba decorada con un cartel que antes no existía, y el olor a aceite y a gas seguía filtrándose por todas las rendijas. El nombre que había al lado del timbre me era desconocido.
No llamé, no tenía sentido. Aunque llamara y ella apareciera detrás de la puerta, ¿qué le diría? No tenía preparada ni siquiera una frase, ni una sola frase nueva.
Delante de la casa se había parado un grupito de turistas que contemplaba con el debido interés el muro del palacio. ¿Qué verían, qué sentirían? A ellos los muros no les decían nada, no les evocaban ni un solo suspiro, ni un solo grito, ni una sola lágrima derramada. Pues sí, algo tenía yo, al fin y al cabo, al menos en comparación con ellos.
Caminé lentamente por las callejuelas, haciendo aproximadamente el mismo camino hacia el castillo que hacía el autor sobre el que ahora escribo.
En otros tiempos, lo que más me fascinaba de la literatura era que en ella la fantasía no tenía límites, que era infinita como el universo en el que podíamos sumergirnos. Suponía que por ello, entre otras cosas, me atraía y me fascinaba Kafka. El hombre se convertía en animal, y el animal, en hombre; el sueño, me parecía, era para él realidad, y a la vez la realidad era un sueño; sus libros tenían algo misterioso que me seducía.
Más tarde, comprendí que no había nada más misterioso ni más fantástico que la vida misma. Aquel que pretendía estar por encima de esta, a quien no le bastaban los horrores ni las pasiones vividas, tarde o temprano se revelaba como un falso buceador que, por miedo a lo que podría ocurrirle en las profundidades, descendía tan solo hasta un sótano debidamente construido.
Kafka no reproducía sino la realidad de su propia vida. Se hacía pasar por un animal o se echaba en el lecho de una máquina de matar ingeniosamente construida para castigarse por sus culpas. Se sentía culpable de no ser capaz de amar, al menos no de la forma que él hubiese deseado. No fue capaz de enfrentarse ni a su padre ni a las mujeres. Sabía que, en su anhelo de autenticidad, era una especie de aviador, y su vida, un vuelo bajo un cielo infinito donde el aviador se siente abandonado y anhela el encuentro: cuanto más tiempo lleva volando, tanto más le pesa la culpa en el alma y más lo empuja hacia el suelo. El aviador puede arrojar su alma y seguir volando… o hundirse en el abismo. Él se hundió, pero consiguió al menos, siquiera por un momento, levantarse de sus cenizas para describir su caída segundo a segundo, movimiento a movimiento.
Como todo el que, en lo alto del abismo, se agarra aún por un instante, como el que se levanta de sus cenizas sabiendo cuán frágil es su red, estaba limpio de odio y de rencor igual que su lengua lo estaba de palabras superfluas. Incluso estando ya al borde del agujero negro, el creador todavía siente el deseo de mirar al prójimo a los ojos una vez más, de encontrarse con él en la verdad y en el amor, de hablarle en una lengua que la caída ha purificado de odio y vanidad.
Aquel que aspire a convertirse en escritor, al menos por unos segundos de su existencia, urdirá en vano historias fantásticas si no ha experimentado esa caída en la que uno no sabe dónde se detendrá o si se detendrá siquiera, si el deseo de un encuentro no despierta en él la fuerza necesaria para alzarse, purificado, de sus cenizas.
En mi interior iba creciendo una tensión que me rasgaba los pensamientos. Necesitaba hacer algo: hablar, gritar, llorar, escribir algo, escribir al menos con una tiza en la pared los nombres de aquellos a los que ya no iba a ver más.
Pasé por delante de una panadería que olía a bollos dulces. Esos bollos los hacían solo en esa tienda: cerca del puente de piedra, cerca de nuestro palacio. A veces íbamos allí a comprarlos y nos los comíamos juntos. La última vez que fui a comprar bollos allí fue un día antes de empezar mi trabajo de barrendero. Ese día, cuando entré en la panadería, aún me afligió la añoranza, me asustó la idea de que el tiempo en que me había sido concedida la gracia del encuentro llegaba a su fin, y tan solo vi ante mí el borde del abismo. Lo que más angustia me provocaba era la idea de que también a ella la había arrastrado hasta el abismo.
En un estanco compré la edición vespertina de un periódico yerkish para ver si informaban de la defunción de mi padre. Me metí el periódico en el bolsillo y me apoyé en la baranda de piedra. A mis pies, en un balconcillo ornamental, se hallaba una imagen de la Virgen María que al parecer llegó con la crecida de las aguas; a mi lado, la estatua del turco de Brokoff, con un montón de botones en el chaleco y vigilando con un perro a un prisionero cristiano, y, frente a él, los tres fundadores de la orden de la Trinidad. Fíjate, cariño, en que donde hay más vida es en el perro y en el turco, el animal y el pagano no tienen gestos prescritos, están vivos, no son sagrados. Lo sagrado no forma parte de la vida, fue inventado por unos infelices que no sabían o no se atrevían a vivir y que querían torturar así a los que lograban hacerlo.
El sol iluminaba los tejados de las casas, y las ramas de los castaños, ya casi desnudas, proyectaban sobre el suelo un enrejado de sombras. Del puente llegaba un repiqueteo inconexo de pasos. Me parecía oír también el fragor del dique.
Me aparté de la baranda. Era tarde, esperaba encontrar al menos al orador para el funeral. Eché una última mirada hacia abajo, a los lugares que solíamos recorrer para ir al parque que había cerca de allí, y en ese momento la vi. Desde la altura apenas distinguía su rostro, pero reconocí su andar apresurado y ávido de vida. La observé, la vi desaparecer bajo la arcada del puente. Podía haber dejado que se perdiera de nuevo en la lejanía de la que había emergido, pero bajé rápidamente las escaleras, la alcancé y pronuncié su nombre.
Se detuvo. Por un momento me contempló como si fuese una aparición.
—¿Qué haces tú por aquí? —Se le agolpó la sangre en las mejillas.
Intenté explicar que había conseguido un medicamento para un conocido, pero que esa persona parecía haber desaparecido de la faz de la tierra, que ni siquiera su exnovia sabía dónde podía encontrarlo.
—Sí —asintió—, uno está y, de repente, ¡desaparece! —Me miró. ¿Cuántos reproches tenía preparados para ese momento? ¿O tal vez iba a intentar convencerme de que me había equivocado, de que me había traicionado a mí mismo?
—¿Y tu padre? —preguntó, sin embargo—. Recé por él —dijo abrazándome y besándome tiernamente con la mirada cuando le hube respondido.
De repente regresé al tiempo que había dejado tras la delgada pared. Estaba sentada conmigo en la sala de espera del hospital; luego salíamos fuera y caía la nieve.
Le pregunté apresuradamente por su hija y por su trabajo.
No había cambiado, se quejó, como siempre lo que más me interesaba era su trabajo. En ese momento no estaba haciendo nada: había descubierto el placer de la ociosidad. De vez en cuando, les echaba las cartas a sus amigos o creaba las figuras de sus propios sueños. Algunas aún se parecían a mí.
Caminamos por callejuelas por las que habíamos pasado miles de veces y ella me fue contando cosas, como siempre durante nuestros paseos. En verano, había conocido a una vieja herbolaria que le había dado un montón de recetas. Luego se pasó días y días recolectando y secando plantas; ¿qué iba a hacer con tanto tiempo, si no la había llamado ni una sola vez? Si alguna vez sufría algún tipo de dolor o el desasosiego me atormentaba el alma, podía llamarla y ella me prepararía unas hierbas; era evidente que no querría de ella nada más.
Me detuve en el linde del parque: tenía que conseguir un orador para el funeral.
—¡Para mí nunca has dejado de existir!
Podía haberme preguntado, como solía hacer antes, qué sacaba ella de eso, qué beneficio; podía lamentarse del dolor que yo le había provocado, de cómo la había herido. Pero no quería atormentarme justo en esos momentos. Dijo solamente:
—¡No te preocupes! —Y añadió—: Tal vez nuestras almas se encuentren algún día en algún lugar. Quizá nos encontremos en alguna vida futura. Si no hallas una excusa de última hora. —Nos despedimos con un beso y un abrazo, y se alejó con su paso apurado.
No podía moverme. Ni siquiera le había dicho que nunca tuve la intención de herirla, ni siquiera le había preguntado si comprendía que no había hecho nada en su contra, que simplemente ya no podía volver a estar con ella a medias, estando y no estando a la vez, que solo quería estar de verdad o no estar de verdad, igual que ella.
En la esquina se detuvo. Se dio media vuelta y, cuando me vio en el mismo lugar en el que me había dejado, su mano se alzó como el ala de un pajarillo sin plumas, y desde lejos me tocó la frente.
Al fin, me puse en movimiento.
Por un camino lateral que llevaba a la orilla del Certovka, se contoneaban unas figuras ataviadas con unos familiares chalecos de color naranja. Con unos movimientos lentos y cansinos que yo conocía muy bien, iban barriendo y formando montoncitos con las hojas marchitas.
A pocos pasos de allí, habíamos estado abrazándonos y besándonos.
Qué hermosura. ¡Qué hermosura!
Entonces recordé que, durante un tiempo, había llevado el chaleco de color naranja porque deseaba purificarme. El hombre desea purificarse a sí mismo y, en lugar de eso, se pone a limpiar su entorno. Pero mientras uno no se purifique a sí mismo, su desvelo por el mundo que le rodea será en vano.
En medio del camino barrido, yacía una hoja lobulada de castaño de un color pardo. Tal vez la habían dejado allí por descuido, o acababa de caer de los árboles. La recogí y examiné unos instantes su fruncido entramado de nervios. La hoja temblaba entre mis dedos como si estuviera viva.
Todavía estaba lleno de ese encuentro inesperado.
Los hombres buscan imágenes del paraíso y no encuentran sino cosas placenteras en la tierra.
Pero el paraíso no se puede representar, puesto que el paraíso es el estado del que encuentra. A Dios, y también al hombre. Lo importante es, no obstante, si el encuentro tiene lugar en la pureza.
El paraíso es, sobre todo, un estado en el que el alma se siente pura.
Me senté en un banco y saqué el periódico del bolsillo. Leí por encima los grandes titulares, que repetían las mismas mentiras de siempre, y los más pequeños, que se referían al día anterior. De mi padre, por supuesto, no se hacía mención.
Separé lentamente las hojas del periódico y luego, con movimientos precisos que me venían a la memoria espontáneamente, fui plegando el papel hasta conseguir un avión elegante.
Fui hasta el río, separé las piernas y lancé mi avión de papel apuntando con el morro hacia el cielo. Levantó el vuelo. Tal vez lo ayudó la corriente de aire que ascendía sobre las aguas o simplemente lo había hecho con especial destreza gracias a las enseñanzas de mi padre, pero tardó un poco en abandonar su rumbo ascendente, y, mientras lo seguía con la mirada, divisé el cielo azul y las gaviotas en lo alto y sobre ellas una nube blanca iluminada por la luz dorada del sol. Después el avión empezó a descender y, con un vuelo rotatorio, se abatió sobre la superficie del agua. Contemplé cómo la corriente se lo llevaba hacia la lejanía, lentamente y para siempre.
Recuerda que los hombres no lloran, dijo mi padre, y su voz rompió de forma inesperada el silencio reinante.
Yo no lloro, dije, y en algún lugar de mi interior resonó, también de forma inesperada, una risa muy semejante a la que tantas veces me confortó de niño.
1983-1986
Terminaste Amor y basura
Ivan Klíma
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