Amores bajo fuego

Gisela Marziotta · Capítulo 12 de 18

Páginas del PDF

Amores bajo fuego

Capítulo 4

 

Leonor Canelles y Alberto Nadra

Hagamos un trato

 

Leonor Canelles y Alberto Nadra se conocieron durante los últimos años de la dictadura. En medio de ese contexto de violencia y represión, sintieron que formar una pareja los hacía más vulnerables y los exponía a sufrir un dolor inmenso en caso de que alguno de ellos (o ambos) cayera en manos de los represores. Por esa razón pusieron entre paréntesis los sentimientos y, recién un año después de aquel primer encuentro, tuvieron la primera cita. Y luego, bastante más rápido de lo que podían imaginar, se casaron. De esto ya pasaron treinta y cinco años, tienen dos hijas y muchas ganas de ser abuelos.

La vida de ambos estuvo siempre atravesada por la militancia, incluso

desde antes de nacer: son hijos de Fernando Nadra[94] [95] y Jorge Canelles,

dos emblemáticos dirigentes de la izquierda argentina. En el caso de Alberto, la actividad de su padre lo llevó a vivir en la clandestinidad la mayor parte de su niñez y gran parte de la adolescencia. Leonor fue detenida y torturada cuando tenía 17 años y aún hoy padece las secuelas físicas y psicológicas de aquella experiencia traumática. La ausencia de sus padres también fue el común denominador durante su juventud.

 

Alberto

 

«Sabía, y lo supe casi desde que tengo memoria, que de un día para

otro podía perder los pocos tesoros que guardaba. (…) Lo sabía; lo

supe casi desde que tengo memoria. Mientras, vivía esa sucesión

intercalada de tensión constante, el mundo de la literatura, aquel temor

doloroso, el gran amor que teníamos como familia (mis padres, mis

hermanos y yo), la doble identidad y los juegos infantiles. Mientras

tanto vivía todo eso, y más, con una naturalidad que hoy me resulta

escalofriante»[96].

 

Alberto es el tercer hijo de Fernando Nadra. Junto con sus hermanos Fernando (hijo) y Rodolfo tuvieron la infancia semiclandestina que relata en su libro Secretos en rojo. Un militante entre dos siglos. Recién entonces, en ese proceso de reconstrucción biográfica y a la distancia, pudo reconocer que la infancia jamás llegó a su vida.

Cursó sus estudios primarios en varias escuelas porteñas, en varias ocasiones con identidades y documentos falsos. Esta etapa, que en su libro denominó «La infancia extraviada», fue determinante para desarrollar el compromiso social y político.

Alberto cuenta cómo aprendió junto a sus hermanos, desde muy pequeños, las conductas y los gestos necesarios para sobrellevar el día a día de sus vidas tan peculiares.

De niños nomás supieron cómo cruzar la calle «en el sentido del tránsito», de modo que se viera natural —un gesto de prudencia ante los automóviles—, o cómo girar la cabeza con naturalidad para chequear si los perseguía algún policía de civil.

Los hermanos Nadra no jugaban con los chicos del barrio. Las escuelas a las que concurrían estaban distantes del domicilio familiar. Incluso sabían perfectamente que no debían contarles a sus amigos o compañeros dónde quedaba exactamente la casa en la que vivían. La excusa preferida era que sus padres (papá o mamá alternativamente) «estaban muy enfermos para las visitas» y, si eso no era suficiente, aclaraban que tampoco tenían teléfono para comunicarse con ellos, algo que por otra parte no llamaba la atención en aquellos años en que conseguir una línea telefónica era una aventura casi siempre sin final feliz.

 

«Desde los 6 años, cuando apenas iniciaba la primaria, supe que

existía la posibilidad de no volver a ver la casa en la que estaba

viviendo —todas eran ocasionales— ni a los amigos que me hubiera

hecho, e incluso no asistir a alguna juntada que hubiéramos arreglado

de antemano. Sabía, lo supe casi desde que tengo memoria, que, de un

día para otro, podía perder los pocos tesoros que guardaba: mis

barquitos de juguete, algún autito, aquellas amadas revistas sobre

Vidas Ejemplares, Hora Cero, las aventuras de los superhéroes y mis

irremplazables libros de Julio Verne, Alejandro Dumas y Emilio

Salgari»[97].

 

Alberto reconstruye los primeros años de su vida según la lógica «del militante perseguido» y cada uno de las hábitos y costumbres los adquirió para evitar correr riesgos innecesarios: no debía identificar nunca un apellido real, reconocer con la mejor fingida naturalidad un documento o certificado escolar propio junto a un nombre extraño, inventar excusas, evadir cualquier información contrastable.

 

«En cada situación debía actuar correctamente; como nos habían

enseñado. Cada palabra era clave; cada error podía ser fatal. Cada

momento, una mezcla de corazón acelerado y estómago anudado. No

podía equivocarme; lo sabía y lo sufría. La vida de toda la familia

estaba en juego. Y lo sufría. Cada día. En silencio. Al fin y al cabo

muchos otros militantes —quizás muchos otros chicos como yo—

estaban en una situación similar o peor.»

 

El primer año de la escuela media lo cursó en un colegio comercial de Haedo, pero al final de ese ciclo, debido a su activismo estudiantil, las autoridades lo obligaron a abandonar la institución. Terminó los estudios en el bachillerato del Colegio Nacional Mariano Moreno y, más tarde, cursó parcialmente las carreras de Sociología y de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires.

Con el tiempo, sus hermanos mayores Fernando y Rodolfo también se convirtieron en militantes. Alberto llegó a ser uno de los referentes más importantes de la Fede.

 

Militancia

 

En 1965, cuando Alberto todavía cursaba en el comercial de Haedo, fue elegido delegado estudiantil por sus compañeros. Durante ese período, mientras gobernaba la Argentina el presidente radical Arturo Illia, participó

en un periódico mural[98], donde los estudiantes condenaron la invasión de 42.000 marines estadounidenses en República Dominicana para impedir la

reposición del gobierno legítimo de Juan Bosch[99]. El escrito le valió la expulsión por parte de las autoridades, quienes, luego de reincorporarlo tras una movilización impulsada por sus compañeros, le impusieron como sanción disciplinaria un cambio de establecimiento para el año siguiente.

En 1966 ingresó al Colegio Nacional Mariano Moreno, donde colaboró en la reorganización del Centro de Estudiantes hasta 1967, años en los que la dictadura de Juan Carlos Onganía prohibía la actividad política en las escuelas. En 1968, siendo delegado estudiantil, estuvo entre quienes promovieron la primera huelga en la enseñanza media contra la imposición de planes de estudio que los alumnos consideraban antipedagógicos y restrictivos. Al año siguiente, el Centro de Estudiantes de su colegio inició el repudio a los asesinatos de los alumnos en las protestas populares de Corrientes, Rosario y Córdoba, mediante la exhibición de cintas negras en las solapas de los sacos de los varones y en los guardapolvos de las mujeres. Esta medida se generalizó en varios establecimientos públicos del resto del país.

En sus años transcurridos en la UBA, fue miembro del Consejo de Delegados y del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras (CEFyL). Participó en las tomas de establecimientos y en los enfrentamientos con policías provinciales y la Guardia de Infantería, acciones implementadas por los diferentes movimientos estudiantiles universitarios contra los

exámenes de ingreso en 1970 y 1971[100]. Durante esta época de militancia universitaria, fue detenido más de una vez y privado ilegalmente de su libertad por la policía y por grupos parapoliciales.

Alberto se acercó a la actividad política a los 13 años, en la Fede, y participó en los organismos de base estudiantiles. Con el tiempo, y por su ejercicio del periodismo, comenzó a militar en el gremio de prensa. En los primeros años de la década del 70, fue uno de los fundadores de las

Juventudes Políticas Argentinas (JPA)[101]. Más tarde colaboró en su reconstrucción luego del golpe de Estado de 1976, y hasta 1982. Las principales acciones de las que participó como parte de las JPA fueron: el llamado por la Paz en el Conflicto del Beagle, la movilización con motivo de

la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)[102] en

1979, las marchas de la Comisión de los 25[103] [104] y de la CGT Brasil a la iglesia de San Cayetano y una significativa Jornada de Lucha que se

desarrolló el 30 de marzo de 1982 en Plaza de Mayo[105]. Ese mismo año, las JPA fueron relanzadas como el Movimiento de Juventudes Políticas (Mojupo), del que Alberto también formó parte.

Durante su militancia en el gremio de prensa, Alberto participó de la Junta Electoral de la Asociación de Periodistas de Buenos Aires (APBA, años

después UTPBA[106]), en las elecciones de julio de 1972. En esos comicios compitieron figuras como Jorge Luis Bernetti, Carlos Borro, María Victoria Vicky Walsh, Eduardo Molina y María Cristina Suárez (Lista Marrón); y Sergio Peralta, Enrique Tortosa, Julio Orione, Walter Fumarola, Ricardo Mainardi y Jorge Marrone (Lista Azul y Blanca). Un año después, Alberto participó en un operativo de rescate y difusión del último poema de Víctor Jara, escrito poco antes de su asesinato, mientras permanecía detenido en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, en los comienzos de la dictadura de Augusto Pinochet:

Somos cinco mil

en esta pequeña parte de la ciudad.

Somos cinco mil

en las ciudades y en todo el país?

 

Solo aquí

diez mil manos siembran

y hacen andar las fábricas.

 

¡Cuánta humanidad

con hambre, frío, pánico, dolor,

presión moral, terror y locura!

 

Seis de los nuestros se perdieron

en el espacio de las estrellas.

 

Un muerto, un golpeado como jamás creí

se podría golpear a un ser humano.

Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores uno saltó al vacío,

otro golpeándose la cabeza contra el muro,

pero todos con la mirada fija de la muerte.

 

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!

Llevan a cabo sus planes con precisión artera

Sin importarles nada.

La sangre para ellos son medallas.

La matanza es acto de heroísmo

¿Es este el mundo que creaste, dios mío?

¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?

 

En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa,

que lentamente querrá más muerte.

 

Pero de pronto me golpea la conciencia

y veo esta marea sin latido,

pero con el pulso de las máquinas

y los militares mostrando su rostro de matrona llena de dulzura.

¿Y México, Cuba y el mundo?

¡Que griten esta ignominia!

Somos diez mil manos menos

que no producen.

 

¿Cuántos somos en toda la Patria?

La sangre del compañero Presidente

golpea más fuerte que bombas y metrallas.

Así golpeará nuestro puño nuevamente.

 

¡Canto qué mal me sales

cuando tengo que cantar espanto!

Espanto como el que vivo

como el que muero, espanto.

De verme entre tanto y tantos

momentos del infinito

en que el silencio y el grito

son las metas de este canto.

 

Lo que veo nunca vi,

lo que he sentido y que siento

hará brotar el momento…[107]

 

En 1975, el gremio de prensa fue intervenido por el gobierno de María Estela Martínez de Perón, situación que se prolongó durante toda la dictadura posterior. Entre 1976 y 1983, la militancia de Alberto también incluyó la denuncia de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en Argentina y en la región. Durante esos años se desempeñó como jefe de redacción y editor del área Cono Sur de la corresponsalía en Buenos Aires de la agencia

cubana Prensa Latina[108].

En 1977 recibió y publicó una copia de la carta que Rodolfo Walsh envió

a la Junta Militar[109], y que provocaría su secuestro y desaparición. Prensa Latina fue la primera agencia que difundió el documento en el mundo, mucho antes de que la carta fuera conocida en Argentina. Por esta acción, Alberto fue

amenazado de muerte y tildado por la CIA de «agente de inteligencia[110]».

 

«Yo era simplemente el jefe de redacción de la agencia Prensa Latina.

Ellos partían de la base de que yo era un agente de inteligencia

cubano… Bueno, eso sostenía la CIA. ¿Y qué quería decir? Que me

estaban vigilando ellos y que me estaban vigilando los otros. Estaban

todos los servicios metidos ahí»[111].

 

En 1979, la Organización Internacional de Periodistas (OIP)[112] lo distinguió por su trabajo con el Premio al Mérito Periodístico y comenzó a formar parte del Comité Central de la organización en 1982. Durante los últimos años de la

dictadura, también estuvo a cargo del quincenario [113] Aquí y Ahora y, a partir de 1984, inició su participación en los medios gráficos gestionados por la

dirección del Partido Comunista argentino[114].

Formó parte del Consejo Editorial de la revista teórica [115] Nueva Era y

dirigió el semanario [116] Propuesta. En noviembre de 1986 también participó en la redacción de los documentos «Tesis e informe central, los ejes teóricos

del proceso denominado “viraje”»[117], en el XVI Congreso del PC. No obstante haber sido elegido en ese acto miembro permanente del Comité Central, la desnaturalización del «viraje» profundizó las diferencias de Alberto con los principales dirigentes comunistas y, después de veintiséis años, el 8 de octubre de 1990, renunció al PC.

A través de su militancia en las JPA, Alberto estuvo comprometido con la

Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH)[118], la Liga

Argentina por los Derechos del Hombre (LADH)[119], Familiares de

Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas[120], Abuelas de Plaza de

Mayo[121] [122] y Madres de Plaza de Mayo. Así, en 1977 concurrió con otros dirigentes juveniles a la primera marcha de las Madres de Plaza de Mayo y fue uno de los organizadores de los seminarios juveniles de la APDH en el 79 y el 80. Entre el 6 y el 20 de septiembre de 1979 integró la delegación juvenil que declaró ante la CIDH.

 

«Lo de la dictadura fue muy de pulsión, más animal que todo. Uno

veía lo que estaba pasando, hacía lo que creía que tenía que hacer,

negaba la realidad, naturalizabas una situación verdaderamente

aterrorizante y, a pesar de todo, no estábamos paralizados por el

miedo, o al menos yo no lo estaba. Sabía que me podían matar al día

siguiente y, sin embargo, no vivía asustado. Cuando se te cruzaba un

Falcon te ponías nervioso o cuando sentías una frenada… No era que

todo me importaba un carajo. No. Lo que te quiero decir es que lo

teníamos internalizado como algo natural»[123].

Días después de la recuperación democrática en 1983, Alberto viajó a Moscú como delegado de la Federación Juvenil Comunista para exponer en el Congreso Internacional de Periodistas que se llevaba adelante en Rusia.

 

«Viajé el lunes posterior a las elecciones que consagraron a Raúl

Alfonsín presidente de los argentinos. Leonor estaba embarazada de

siete meses de nuestra hija mayor, Yamilé. No fue fácil explicarles a

los representantes de los partidos comunistas de todos los continentes

la posición del PC, que en esa elección había apoyado la fórmula

Luder-Bittel».

 

Entre 1995 y 1999, Alberto produjo y condujo su propio programa de política y economía en televisión por cable. En diciembre de 1997 integró el Foro de Confluencia junto con un centenar de personalidades políticas, sociales y artísticas que reclamaron fuertes cambios al documento programático «Carta a los Argentinos», que fue aprobado como plataforma electoral por la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación en 1998. Y cuestionaron la elección de Fernando de la Rúa como candidato para las elecciones presidenciales de 1999.

Ya en los comienzos del siglo [124] XXI, perteneció al partido UNITE y,

como parte de su dirección, acordó con Néstor Kirchner un enfoque programático para el apoyo a su candidatura presidencial a fines de 2002, tras haber sido impulsada por el Frente para la Victoria (FPV).

Desde 2004 y hasta diciembre de 2015 fue delegado de la Sedronar (Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina) ante el Congreso de la Nación y, con el nucleamiento de periodistas y trabajadores

de la comunicación que conformaban [125] Los 100, impulsaron la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Hasta el día de hoy se desempeña como secretario de esta organización.

 

Leonor

 

Es la hija mayor de Jorge El Flaco Canelles, uno de los referentes del

Cordobazo y gran amigo de Agustín Tosco[126]. Canelles estaba casado con la tucumana Cristina Coronel, de ascendencia criolla e india, con la que tuvo tres hijas: Leonor, Beatriz y Silvia.

Leonor, al principio, no tenía participación orgánica pero acompañaba a su padre a diferentes reuniones y con el paso del tiempo se fue acercando a la política partidaria. Sus hermanas menores también fueron militantes y padecieron secuestros y torturas.

El 9 de octubre de 1974, el Navarrazo [127] que derrocó a Obregón Cano y Atilio López lanzó un operativo conjunto de fuerzas policiales junto con el Comando Libertadores de América, el equivalente cordobés a la Alianza

Anticomunista Argentina (AAA)[128], y arrasaron con los locales del sindicato Luz y Fuerza, del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y, finalmente, del PC. Leonor, El Flaco Canelles y otros cincuenta camaradas fueron detenidos en Obispo Trejo 364, sin haber opuesto resistencia: la orden del partido difundida en todo el país indicaba que se usarían las armas únicamente en operativos conducidos por parapoliciales de civil y no en los casos en los que hubiera agentes uniformados.

La movilización por la libertad de los compañeros fue inmediata e intensa. Dos días después de su detención, frente al D2 (Departamento de Informaciones de la Policía de la Provincia, ubicado en el edificio del Cabildo histórico), los militantes aún esperaban la salida de Canelles padre e hija, quienes seguían sin ser liberados. Estuvieron entre los últimos en salir y ya todos sabían que la hija de El Flaco había sido torturada, junto con Tita Clelia Hidalgo, quien murió por el ensañamiento y el tardío intento de hospitalizarla. Los camaradas sabían que Leonor, esa chica flaquita, bonita, altiva pese a sus escasos 17 años, había soportado los golpes, la picana, las vejaciones, la pérdida de su compañera y los simulacros de fusilamiento. Todos sintieron un fuerte impacto cuando ella salió a la calle con la ropa rasgada y ensangrentada, pero con la frente alta.

Alberto escribió en su libro sobre esta experiencia de Leonor a partir de una conversación familiar que se dio muchos años después y de manera inesperada, porque a Leo, como suele decirle Alberto, no le gusta hablar del pasado y menos aún de las épocas más oscuras, en las que le tocó poner el cuerpo y que aún hoy le siguen doliendo.

 

«—No sirve pensar en eso. Nadie puede decir qué hará cuando lo

torturen. Porque, sencillamente, nadie lo sabe.

Esa fue la respuesta natural, sin vacilaciones —y, como siempre,

práctica— de Leonor. Para ella, “la cuestión” nunca llegó a existir.

Por primera vez me había animado a preguntar: —¿Cómo aguantaste la tortura?

—No sé… Era como estar viviendo una película. Como si yo no

estuviera ahí, sino otra persona; con otra gente… extraña… Me

acuerdo las cosas como en cámara lenta. Sé que varias veces perdí el

conocimiento y lo que viene antes de eso se ve en amarillo fuerte. No

sentía dolor. Creo que por momentos bronca, pero tampoco estoy

segura…

—¿Pero no dijiste nada? —insistí, rozando con cuidado temas

intocados. La mirada de mi negra volvía a perderse; quizás un poco

como ese día, tantos años atrás:

—No. No dije nada —respondió con lentitud y voz inexpresiva—.

Pero no hubiera podido. Recién me salieron palabras de la boca horas

después de que nos soltaran. Estaba llorando después de ver a mamá,

después de los exámenes médicos. No sé… Mi papá me abrazó…

Estábamos afuera…

Estaba afuera. Pero nunca volvió a ser verdaderamente libre»[129].

 

Mucho antes de ser secuestrada y torturada, Leonor ya había experimentado situaciones de violencia. Su casa familiar fue atacada en varias oportunidades con explosivos y se derrumbó prácticamente en su totalidad en uno de esos atentados. Leonor además fue baleada desde un auto en la vía pública, en pleno centro de la ciudad de Córdoba. Sus pantalones oxford resultaron agujereados por los proyectiles y salvó su vida por milagro.

Leonor se crió compartiendo cenas, mates y largas charlas los fines de semana en la casa de Tosco y su familia, visitando a su papá en la cárcel y hasta festejando su cumpleaños en uno de esos encuentros en prisión. Vivió su infancia y su adolescencia con gente de sólidos compromisos políticos. En su casa siempre había personas que discutían las problemáticas sociales y laborales mientras compartían un asado y un vino. Fue criada en un ambiente rodeada de trabajadores.

Pasó meses de hambre y de desesperación cuando su papá se fugó porque lo buscaban para matarlo y fue entonces que se convirtió en el sostén de la familia. Tuvo una vida austera y con muchas limitaciones económicas. Empezó a trabajar a los 13 años para sostener su casa. Con lo que ganaba compraba fiambre, queso y, de vez en cuando, algún que otro juguete para sus hermanas. Leonor priorizaba a su madre y a sus hermanas por encima de sus propios proyectos y deseos. Incluso suspendió una boda y terminó la relación porque pensó que, si ella se iba, su familia quedaría a la deriva. Era adolescente y ya era el pilar en el que se apoyaban su madre y sus hermanas. Ella era la persona fuerte que sostenía a las tres, tanto en lo material como en lo emocional. Leonor asumía sin dudar el rol de sostén de su familia ante la ausencia de su padre.

Con el tiempo aprendió a no mostrar sus sentimientos, a ser fuerte y a proteger y cuidar de los demás. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por un padre que tuvo que escaparse en varias oportunidades para salvar su vida, pero en ese trayecto dejó solas a su esposa y a sus tres hijas por largos períodos. Estas ausencias paternas moldearon el carácter y la personalidad de Leonor.

El Flaco, como le decían a Canelles, el veterano militante cordobés y ex afiliado al PC, murió a los 75 años, luego de una larga enfermedad. A modo de homenaje, en la sede central de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), una sala lleva su nombre.

Otra de las personas que fue determinante en marcar su personalidad fue

su abuela materna, María Leonor[130], una catalana católica y muy impregnada de costumbres conservadoras. María Leonor le inculcó la importancia de estar siempre bien vestida y arreglada, y le transmitió la obsesión por la limpieza, la pulcritud y cosas como que la cartera y los zapatos siempre deben hacer juego.

Luego de su detención en el D2, su solidez y su temperamento se modificaron. Nunca volvió a ser la misma. Los rastros de esa traumática experiencia se adhirieron a su cuerpo y conformaron su memoria. Y con el transcurso del tiempo empezaron a hacerse notar. Las lesiones son cada vez más identificables y hoy padece las secuelas de aquella época.

 

Leonor y Alberto

 

«…el croquis está trazado, hay dos historias de dos personas que se

encuentran en el momento justo, para ambos…»[131].

El primer encuentro de Alberto y Leonor fue durante el invierno de 1980, en un edificio ubicado en Callao al 500, donde funcionaba la sede de la APDH. Ese día hablaba Raúl Alfonsín, quien sería luego el primer presidente elegido por el voto popular tras el golpe del 76. Se trataba de un seminario juvenil y Leonor había sido invitada para ayudar en una comisión.

Terminada la jornada en la APDH, con un grupo de amigos y militantes se fueron a tomar algo al bar La Ópera, un clásico de la época. Los dos sintieron una atracción inmediata e, incluso, Alberto le pidió el teléfono. Ella le dio el de su trabajo, una importadora de juguetes. Pero él nunca la llamó.

Según Alberto, todos sus amigos de la vida o de la militancia le buscaban novia, porque la mayoría de ellos estaban casados o en pareja estable:

 

«Entre el 76, con 24 años, y el 80, con 28, era totalmente soltero.

Todos sabían que tenía algunas cosas, pero nadie conocía nada. Yo no

mezclaba los tantos. Por eso vivían buscándome novia. Todos querían

que me casara».

 

Para Alberto, «lo de Leonor apareció como una premeditada maniobra de acercamiento que me armaron». No hay ninguna duda de que su presencia en la sede de la APDH se trató de una estrategia organizada por los amigos,

«sobre todo por el [132] Negro Ángel Castañeda».

Así fue como se cruzaron por primera vez. ¿Casualidad? ¿O un plan orquestado por los amigos de Alberto? Ellos querían presentarlos, pero sabían que ninguno aceptaría la propuesta de una cita a ciegas.

 

«Ahí nos conocimos. Nos presentaron y hubo onda entre los dos. A

diferencia de otros casos, había atracción, pero como había ocurrido

tantas otras veces en las que me interesó una piba de la Fede o de otra

organización, yo dije no. Era el 80 y todavía estábamos en medio del

quilombo»[133].

 

El segundo encuentro, meses más tarde, también se dio de manera «casual» durante una fiesta en la que volvieron a intercambiar teléfonos. Alberto dejó pasar casi un año antes de llamarla. Finalmente, el 5 de abril de 1981, un día que pasaba cerca de donde ella trabajaba, la llamó para invitarla al cine.

 

«Aparecí después de casi un año y le dije “Hola, Leonor, soy

Alberto”, y ella me respondió “Ah, hola, ¿qué hacés?”. Entonces fui

directo: “Si bajás ahora, te invito al cine. Y si no podés, no”. Y Leonor

no dudó: “Bueno, bajo”, me dijo. Y fuimos al cine»[134].

 

Entraron en una sala de Lavalle y Florida y vieron [135] Ordinary people. Esa primera noche terminaron tomando un café en La Ideal, donde se pasaron las horas hablando de la película y de sus vidas. Al día siguiente se volvieron a encontrar y empezaron a salir. «Nos veíamos casi todos los días. Fueron ocho

meses movidos. Y eso que no había celular»[136].

Empezaron a verse cada vez más seguido y, casi sin darse cuenta, ambos apostaron a una relación estable, algo que no habían imaginado al principio. Los dos habían tenido relaciones anteriores. Leonor, incluso, estuvo por casarse. Pero no fue hasta entonces, con el peligro de la dictadura ya alejándose, que se animaron a construir una pareja en el más tradicional de los estilos.

 

«Ahí más o menos empezó todo el proceso de la relación. Al

principio, te digo la verdad, yo estaba saliendo informalmente con

otras dos chicas, con las que corté ni bien se formalizó lo de Leonor.

Esto lo digo porque siempre fui un tipo respetuoso. Además, Leonor

es bastante bruja, ya que siempre que me crucé con alguna mujer con

la que había tenido alguna historia, ella se dio cuenta enseguida. Yo

siempre le he sido fiel.

Hasta que empecé a salir con ella no había tenido una vida

monacal. Había vivido muchas cosas y había tenido muchas relaciones

importantes, muchas situaciones formales. Así que esa cosa de estar

buscando experiencias nuevas o la vocación de saldar alguna

asignatura pendiente o alguna fantasía amorosa o sexual, ya lo había

vivido. Jamás necesité nada por fuera de Leonor». [137]

 

Ante el cambio de clima político en el país y con la dictadura en retirada, tanto Alberto como Leonor empezaron a sentir cierta seguridad para proyectar una vida normal y asumir riesgos y compromisos afectivos.

 

«Ya había otro clima. Había movilizaciones, puteadas a la dictadura y

la Multipartidaria[138] ya se movía. Es más, fuimos juntos a la marcha

en que nos gasearon, cuando mataron a Dalmiro Flores [139], fue una

movilización gigantesca contra todas las atrocidades de la

dictadura»[140].

 

La atracción se fue transformando en amor y los dos sentían que ya habían cumplido una etapa en sus vidas y estaban en la puerta del comienzo de otra:

 

«Lo sentí así. La propuesta de casamiento no fue convencional. Un día

fui al registro civil de la calle Uruguay y pedí turno. Me lo dieron para

el 26 de marzo del 82. Leonor había venido a casa de visita. Yo vivía

solo en un departamento. Estábamos charlando cuando le dije: “Che,

Leo, ¿qué tenés que hacer el 26 de marzo?”. Ella me respondió

“Nada”. “Porque tengo un compromiso y quería saber qué tenías en la

agenda. ¿Tenés algo?”. “No”, me dijo. Faltaban como tres meses. Y

entonces solté lo que tenía guardado: “Bueno, entonces, a las 3 de la

tarde, anotate Uruguay, no me acuerdo si es al 500”. “Bueno, pero

decime qué es”, me respondió intrigada. “Es para que nos

casemos”»[141].

 

Inmediatamente comenzaron los preparativos. Mandaron una tarjeta de invitación muy informal, con una foto de los dos y una frase que generó polémica entre algunos invitados: «Algunos se conforman con quererse, pero los más exigentes también se casan». En esa época las invitaciones eran más formales, pero como Alberto estaba al frente de la revista de la FJC pudo contar con fotógrafos profesionales y los distintos pasos de imprenta que entonces se requerían, además del papel ilustración.

 

«El texto era obviamente en joda. Sin embargo, con sorpresa, me

enteré de que algunos amigos se enojaron. El escritor y dramaturgo

Ismael Paco Hase, que convivía y convivió muchos años con la

locutora Nora Perlé, se lo tomó como una suerte de ofensa. De todas

maneras fue una tormenta en un vaso».

 

El 26 de marzo de 1982, Alberto y Leonor se casaron y los festejos se hicieron en la casa de Fernando, el hermano mayor de Alberto, en el barrio de Caballito. Además de amigos y compañeros de militancia, se sumaron los principales dirigentes del PC, muy cercanos al papá de Alberto. También estuvieron invitados dirigentes históricos del sindicalismo, amigos del papá de Leonor. El día después de la boda, se fueron a Bariloche, pero Alberto interrumpió la luna de miel porque se desató la guerra de Malvinas. «Me volví para combatir, para asumir mis responsabilidades políticas

ineludibles»[142].

Con el final de la guerra y el regreso de la democracia, Leonor y Alberto pudieron tomarse unos días en la costa y ella conoció el mar por primera vez.

Los primeros años de casados decidieron postergar la llegada de los hijos para hacer «un poco de pareja». Cuando tomaron la decisión, un médico de la obra social del sindicato de La Bancaria, donde se atendía Leonor, les dijo que ella no podía tener hijos por un problema hormonal. Así empezó una serie de estudios muy angustiantes y estresantes para los dos. Mientras se realizaba los chequeos correspondientes para dar con el diagnóstico preciso, dejaron de cuidarse y tanto Leonor como Alberto aseguran que saben el día que quedó embarazada.

 

«Sabemos el día en que las concebimos a las dos chicas. Es porque

Leonor, al día siguiente de quedar embarazada, no puede tomar mate

ni vino. Pasó las dos veces. El día que nos dejamos de cuidar, quedó

embarazada. Imaginate el impacto que fue, porque los médicos nos

habían dicho que no íbamos a poder tener hijos. Fue todo un período

muy angustiante. Que sí, que no, que había que hacer estudios» [143].

 

En el 84 nació Yamilé y al año siguiente, Giselle, a pesar de que Alberto no se animaba a un segundo hijo.

 

«La historia me enseñaba que, en general, la vida es complicada. Y

Leo decía que quería concebir, “pero uno…”. Yo atendí ese pedido

pese a que creía que los hijos únicos no es lo mejor, pero suponía que

para nosotros, quizás, sí».[144]

 

Leonor y Alberto pasaron por buenas y por malas situaciones. En los años que llevan juntos aprendieron a sobreponerse, a levantarse de las crisis, a disfrutar y a compartir incluso en las diferencias. No les gustan las mismas cosas: a Leonor le gusta la literatura histórica y a Alberto no tanto. Tampoco tienen el mismo gusto para las películas. Una coincidencia que recuerda Alberto es que, cuando recién se habían casado y no tenían a las chicas, iban juntos a entrenarse todos los días. Pero si algo tienen en común es el placer por las largas conversaciones. Tuvieron y tienen conexión y compromiso con los temas sociales; los unió la sensibilidad y el debate: hablan de todos los temas tratando de quitar de en medio lo partidario y enfocándose en la reflexión, en saber escuchar al otro y en aceptar los cuestionamientos que surgen del análisis de la realidad.

 

«Siempre hemos hablado mucho sobre distintos temas, con acuerdo o

no; pero siempre hemos hablado mucho. Eso es algo que desde el

principio nos unió; mucho más que decir “uy, a vos también te gusta

Dostoievsky”. Nuestro amor no pasó por ahí. Hemos hablado, hablado

y hablado. Y hemos visto películas. Algunas veces me aburro yo y

otras, ella.»

 

Otro gran tema de diálogo fue sobre la forma de educar a sus hijas. «En eso

tampoco hemos tenido las mismas ideas, pero llegamos a acuerdos y los cumplimos a rajatabla. Jamás nos hemos contradicho el uno al otro; siempre aplicamos lo mismo»[145].

Según Alberto, Leonor «es dura y tiene esquemas y conceptos muy afincados. En general es pesimista, no le gusta fantasear y siempre tiene los pies en la tierra». Mientras que él se reconoce a sí mismo como «más movedizo, más inquieto» y con «gran capacidad para volar o fantasear».

 

«Al famoso soñador lo sigo teniendo adentro. No me molesta. A veces

me ilusiono con que las cosas van a estar mejor. Eso no lo perdí. Y no

considero que tenga que exorcizarlo porque, en última instancia, a mí

me hace bien, me ayuda, me permite tirar del carro»[146].

 

En la casa de Alberto y de Leonor, los encuentros familiares, tanto en el almuerzo como en la cena, son fundamentales y tienen sus reglas para fomentar el diálogo. Una de ellas es que no puede haber televisor de por medio en el comedor y tampoco se debe llevar el celular a la mesa. Hoy las chicas ya son adultas y profesionales. Viven solas y construyeron su propia

cotidianidad. Pero van seguido a visitarlos. «Nuestras hijas vienen a casa y ni bien entran se ponen a charlar con nosotros. Se sientan y se largan a conversar»[147]. O sea que el secreto de su amor no sólo está intacto, sino que queda claro que se transmitió de generación en generación.