Amores

Morgan Rice · Capítulo 1 de 2 · parte 4/5

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Amores

Uno

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

—Pero aun así, ¿no crees que, después de tantos años, ya la habría descubierto alguien?, ¿o tal vez ya hasta fue destruida por vándalos? —le preguntó Caitlin.

—Tal vez, a menos de que…

—¿A menos de que qué…? —lo presionó Caitlin.

—A menos de que la naturaleza la haya envuelto. Hay una tradición entre los vampiros que nos permite pasar pistas de generación en generación.

Primero construimos una cabaña de piedra, y luego sembramos glicinia, espinas y capas de matorrales alrededor de ella. Si a todas esas plantas trepadoras se les permite crecer con libertad, se reproducirán de manera silvestre y con gran rapidez. Llegan a ser tan gruesas y profundas con el tiempo, que, si la cabaña se encuentra en un lugar suficientemente remoto, permanecerá inmaculada e invisible para los extraños. De esa manera, quienes conozcan esta información, podrán encontrarla siglos después.

Caleb miró alrededor.

—La ventaja que tenemos aquí es que este bosque está alejado de la civilización. Eso me da algo de esperanza.

—Bueno, eso sería asumiendo que tenemos un mapa genuino —dijo Caitlin tratando de asumir el papel de abogada del diablo—, pero, ¿qué tal si alguien lo “plantó”? Tal vez es una pista falsa.

Caleb la miró y sonrió.

—Tienes una estructura mental muy sofisticada —le dijo—. Pero tal vez estás pensando las cosas demasiado. Sí, lo que dices es posible, pero lo dudo. Creo que el pergamino es real.

La tomó de la mano y se internaron más en el bosque. El único sonido que se escuchaba era el del crujido de las hojas. Caitlin sentía que el frío le calaba los huesos.

De pronto Caleb se quitó la amplia gabardina de piel y la colocó sobre los hombros de su acompañante. Como siempre, a ella le sorprendió la forma en que él leía su mente, y se sintió conmovida por su generosidad.

—No —dijo ella—, no puedo tomar tu…

—Por favor —la interrumpió él—, yo no tengo frío.

A Caitlin le encantó la sensación de la prenda sobre sus hombros. No esperaba que fuera tan pesada; además, el interior todavía conservaba el calor del cuerpo de Caleb. A ella le fascinaba el aroma de la piel; se sentía tan antigua, tan cómoda… era como si la hubiera usado durante cientos de años. La gabardina era demasiado grande para ella, pero, de alguna manera, le quedaba a la perfección. En cuanto se la puso, sintió que le pertenecía.

Era como si fueran novios y eso le encantaba a ella.

Caleb miró hacia abajo, revisó el pergamino y volvió a voltear hacia el bosque, pero seguía sin encontrar nada.

Caitlin también revisó por todos lados y entrecerró los ojos aún más para tratar de ver en la oscuridad. Cuando su visión se ajustó un poco más, creyó ver algo.

—Caleb, —le llamó.

Él volteó y ella señaló con el dedo.

—¿Ves eso? En el horizonte, parecen matorrales llenos de ramas. ¿Crees que pueda ser ahí?

Él puso más atención y también entrecerró los ojos. Al final, la tomó de la mano y la condujo hasta el auto. No tenemos nada que perder —dijo.

Caminaron hacia lo que habían visto y el crujir de las hojas continuó.

Caitlin se sentía animada. Era un gigante e impenetrable matorral de espinas y ramas enredadas. Parecía una pared. Lo rodearon y se dieron cuenta de que tenía unos treinta metros de diámetro. Era inaccesible, y además, se apegaba perfectamente a la descripción que había hecho Caleb. Nadie podría penetrar a menos de que contara con un afilado machete y estuviera dispuesto a pasar días y días cortando la maleza. Lo más probable era que,

cualquier cosa que estuviera en su centro, si es que había algo ahí, se encontraría inmaculado.

Pero, por otra parte, tal vez sólo se trataba de un inmenso matorral de espinas y ramas que no les proporcionaría nada más que problemas Caleb asintió.

—Sí —dijo—, esto podría ser.

Lo observó durante unos minutos y, finalmente, dijo: Hazte hacia atrás.

Caitlin dio varios pasos en reversa preguntándose cuál sería el plan de Caleb.

Él se bajó las mangas, cubrió con ellas sus manos para protegerlas y luego se extendió. Con su increíble fuerza arrancó el matorral. Fue asombroso, fue como observar a una sierra eléctrica hacer el trabajo.

En unos cuantos segundos logró abrir una brecha, pero sólo tan amplia como para que una persona cupiera. Ya casi se había perdido en el matorral cuando, de pronto, la chica lo escuchó gritar:

—¡Aquí!

Caitlin caminó por el angosto sendero y atravesó el muro de ramas. Unos diez metros más adelante, por fin lo alcanzó.

Miró sobre su hombro y alcanzó a ver una pequeña pared de piedra.

—La encontraste —dijo y sonrió.

Él quitó algunas ramas más y con eso reveló una entradita con arco que conducía a la pequeña cabaña de piedra. Caleb entró tomando de la mano a Caitlin, quien lo seguía de cerca.

Estaba oscuro y lleno de moho. Ambos tuvieron que dar pasitos entrecortados hasta que Caleb se detuvo de repente. Escucharon que algo rodaba bajo de sus pies, por lo que él se agachó. Luego levantó un objeto.

—¿Qué es eso? —preguntó ella.

Él lo sostuvo en alto pero no veía bien. Finalmente, dijo:

—Son velas antiguas; creo que están intactas. Sostén esto.

Caitlin sujetó la vela y él frotó sus manos a la velocidad de la luz. Ella jamás había visto algo así. En unos cuantos segundos, sus manos se movían con tal rapidez que Caitlin casi podía sentir cómo surgía el calor de ellas.

Entonces, Caleb tocó el pabilo de la vela y así se quedó un rato. Después de un segundo, ambos se retiraron, y para sorpresa de la chica, la vela ya estaba encendida. Lo miró asombrada y deseó poder hacerlo también.

—Tienes que enseñarme cómo hacer eso —le dijo, y lo vio sonreír iluminado por la tenue luz.

Caitlin acercó la vela al suelo y descubrió que había varias más tiradas. Eso fue lo que provocó el ruido que escucharon. Caleb recogió otra, jaló el pabilo para que Caitlin pudiera encenderla. Ahora cada quien tenía una y eso era suficiente para iluminar el lugar.

Era una cabaña muy pequeña; Caitlin apenas cabía de pie y Caleb tuvo que encorvarse. La única habitación tampoco era muy amplia; tal vez mediría unos tres metros por tres. Las paredes eran de piedra, y aunque no estaban alineadas a la perfección, tampoco formaban recovecos en los que se hubiera podido esconder algo. Contra la pared más alejada, se veía la base de una chimenea llena de ramitas que seguramente estuvieron cayendo por siglos desde el exterior, a través del ducto de la chimenea misma.

Caitlin miró hacia abajo y descubrió que los pisos estaban hechos de placas de madera que lucían inmaculadas; era asombroso. Sin embargo, también era lógico: la cabaña no tenía ventanas y, aparte de la chimenea y la puerta, no había ninguna otra forma de que los elementos de la naturaleza pudieran entrar. Además, dado el grosor de la maleza que la había cubierto, era obvio que nada se había podido acercar a ella en cientos de años.

Realmente no había mucho que ver ni lugares en donde se pudiera haber escondido algo. El lugar estaba completamente desnudo y, por desgracia, parecía ser otro callejón sin salida.

Pero por lo menos, la cabaña estaba seca y ofrecía un refugio acogedor. Si no encontraban algo, por lo menos podrían pasar la noche ahí, entrar en calor y descansar un poco.

—¿Crees poder encender la chimenea? —preguntó ella.

Caleb la inspeccionó.

—No veo por qué no.

Luego Caleb le entregó su vela, se acercó y con gran rapidez sacó toda la tierra y las ramitas. El polvo le provocó estornudos a la chica.

El vampiro se metió en el hueco de la chimenea y sacó más ramas; las reunió todas y luego las sacó de la cabaña.

Caitlin lo escuchó subir por el techo y sacar más ramas desde arriba. De pronto sintió una tenue corriente de aire y supo que Caleb había despejado todo el ducto. Unos instantes después, él apareció de nuevo en el interior de la cabaña; traía consigo una pequeña cantidad de leños secos y listos para quemarse. A Caitlin le fascinaba ver la velocidad con la que hacía todo; a

velocidad de vampiro. Era increíble; al compararse con él, se sentía demasiado torpe y lenta.

Caleb colocó los leños en la chimenea, volvió a tomar su vela y encendió la madera en varios lugares. En unos cuantos minutos tenían un fuego bien alimentado en la acogedora cabañita. Caitlin estaba agradecida por el calor que les brindaba la chimenea.

Entonces incrustó las velas en las rendijas que había entre las piedras de la pared, lo más alto que pudo. Gracias a eso y a la chimenea, la habitación tenía bastante luz y estaba caliente. Ahora que tenía las manos libres, se acercó al fuego, y luego se sentó apoyada en la pared de piedra. Se frotó las manos cerca al calor y comenzó a sentirse mejor.

Caleb la imitó; pero él se sentó del lado opuesto del fuego. Quedaron frente a frente y sus pies casi alcanzaban a tocarse.

Él inspeccionó el lugar. Miró el suelo, las paredes y luego el techo. Se fijó muy bien en los ladrillos de la chimenea y los escudriñó sin dejar pasar un solo detalle. Caitlin también observó la cabaña con meticulosidad. Ambos tenían las mismas dudas: ¿qué podría ser lo que estaba escondido?, ¿y en dónde?

—Definitivamente, éste es el sitio —dijo Caleb—. Aquí vivió Elizabeth. La pregunta ahora es: ¿por qué el mapa nos trajo hasta aquí? No veo nada —

dijo, aceptando la derrota.

—Yo tampoco —tuvo que admitir Caitlin.

Se quedaron en medio de un silencio bastante agradable. Después de toda la locura de aquel día, ella se sentía agotada. Estaba contenta de que habían encontrado un lugar para guarecerse; estaba tan cansada que no quería pensar en nada más. Le encantaba la sensación que le producía la gabardina de Caleb sobre sus hombros. En uno de los bolsillos del pantalón todavía traía su diario; le dieron deseos de sacarlo y escribir, pero estaba exhausta.

Miró a Caleb y estudió sus rasgos. Le fascinó ver lo resistente que era al frío, al cansancio y al hambre. De hecho, hasta parecía que, con cada noche que pasaba, tenía más energía. A pesar de todo por lo que habían enfrentado, él parecía estar en perfectas condiciones. Incluso a pesar del disparo. Caitlin miró su brazo y notó que ya había sanado por completo.

Sus ojos, perdidos en el fuego y en sus pensamientos, resplandecían y lucían más cafés que nunca. A Caitlin le abrumaba la necesidad que tenía de saber más sobre él.

—Cuéntame acerca de ti —le dijo—. Por favor.

—¿Qué quieres saber? —le preguntó sin despegar la mirada del fuego.

—Todo —contestó ella—. Lo que has visto y que yo… ni siquiera puedo comprender —le dijo—. ¿Qué es lo que más recuerdas?

Caleb frunció el ceño y un prolongado silencio se apoderó del lugar.

—Es difícil decirlo —comenzó a narrar en voz baja—. Al principio, en mis primeras vidas, sólo estaba lleno de la tremenda emoción de estar vivo siglo tras siglo. Había sobrevivido a todos mis seres queridos. Primero empiezas a perder a tus amigos, a tu familia y a toda la gente que amas. Eso es lo más doloroso; es el período más difícil porque comienzas a sentirte muy, muy solo.

—Después de los primeros cien años, comienzas a formar vínculos con los lugares en vez de con la gente. Te apegas a los pueblitos, las ciudades, edificios, montañas… Eso es lo que te interesa más.

—Pero a medida que pasan más y más siglos, hasta los lugares fenecen. En los pueblos, por ejemplo, surgen nuevas comunidades. Los países se convierten en otros países y las guerras destruyen culturas enteras por las que sentías afecto. Los idiomas se pierden, y entonces, uno aprende que tampoco debe aferrarse a esas cosas.

Caleb aclaró la garganta y se concentró más.

—Cuando desaparecen los lugares que amas, entonces te aferras a los bienes materiales. Yo coleccioné artefactos e invaluables tesoros durante siglos. Gozaba mucho al hacerlo. Pero después de varios cientos de años, todo eso también perdió su brillo y su valor.

—Finalmente, después de miles de años, comienzas a ver la vida de otra manera. Ya no sientes apego por la gente, ni por los lugares o los bienes materiales. Dejas de aferrarte por completo.

—¿Entonces qué te queda? —preguntó Caitlin— ¿Qué cosas son las que te importan? Debe haber algo.

Caleb se lo quedó viendo mientras pensaba.

—Supongo que —contestó Caleb—, lo que se queda contigo cuando todo lo demás se pierde… son las impresiones.

—¿Impresiones?

—Sí, las impresiones de ciertas personas. Los recuerdos del tiempo que pasaste con ellas y el impacto que tuvieron en ti.

Caitlin trató de elegir con mucho cuidado sus siguientes palabras.

—¿Te refieres a… las relaciones?, ¿a las relaciones románticas?

De nuevo se produjo silencio y Caitlin notó que él también estaba pensando con qué palabras responder a su pregunta.

—Existen muchos tipos de relaciones importantes, pero al final, tal vez el romance es lo que prevalece con mayor vigor —contestó—. Pero claro que es algo mucho más complejo. Al principio es sólo el romance, pero con el tiempo, la otra persona ocupa una pequeña parte de ti. No sé cómo explicarlo, pero, después de todos los siglos, eso es lo que permanece.

A Caitlin le conmovió su candidez. Ella creyó que le hablaría sobre el lugar dónde nació y creció, pero él fue mucho más allá; como siempre. Sus palabras le impactaron pero no estaba segura hasta qué punto. No sabía qué agregar.

—Después de mucho tiempo —continuó Caleb—, cuando conoces a la gente, de inmediato tratas de ubicar la manera en que la conociste en vidas pasadas. Yo descubrí que, cualquier persona a la que conozca ahora, ya convivió conmigo de una manera trascendente en alguna encarnación. Ellos nunca lo recuerdan, pero yo sí. Y siempre estoy a la espera del momento en que viene a mí la memoria de cómo fue que los conocí antes. Cuando ésta surge, entonces todo cobra sentido.

A Caitlin le daba miedo hacer la siguiente pregunta, por lo que vaciló.

—Entonces… ¿qué hay acerca de nosotros?

La chica frunció el ceño y fijó la vista en el fuego. Él tardó mucho tiempo en responder.

—Tú eres la única persona que he conocido, de la que no recuerdo… nada.

Sé que te conozco, pero todavía no sé cómo. Hay algo oculto y no entiendo por qué. Lo único que puedo asumir es que existe algo acerca de ti… de nosotros, que se supone que no debo saber.

Caitlin estaba pasmada. Le abrumaba la emoción que Caleb le producía; pero no se atrevía a abrir la boca porque, sabía que cualquier cosa que dijera, podría causarle problemas.

Por eso, se puso de pie, tomó un leño y lo arrojó al fuego con las manos temblorosas. Sin embargo, estaba tan nerviosa que el leño se le cayó y terminó en el suelo con un fuerte golpe.

Ambos se miraron. El ruido sobre la madera sonó hueco. Los pisos: había algo debajo de ellos.

En ese preciso instante ambos se acercaron con rapidez al lugar en donde había caído el leño y Caleb retiró con su mano cientos de años de polvo

hasta que pudieron ver la madera al desnudo. Golpeó fuertemente con los nudillos y ambos volvieron a escuchar la oquedad detrás de la madera.

—Atrás —dijo él, y Caitlin se pegó a la pared.

Entonces, Caleb tomó impulso y golpeó sobre el piso con el brazo. De esa forma abrió un hueco y se escuchó cómo se quebraba la madera. Luego, metió la mano por ahí y rompió varias placas más de madera.

Caitlin tomó una vela y la metió en el hueco. No había mucho espacio; alcanzaron a ver la tierra de abajo. Ella movió un poco la vela sin éxito al principio, pero cuando acercó la luz a la esquina, vio algo de repente.

—¡Ahí!

La chica se estiró y sacó el objeto con mucha cautela. Lo sostuvo y luego lo sacudió para retirar todo el polvo acumulado.

Era un pequeño saco de satín rojo atado con un cordel.

Le entregó la vela a Caleb y desamarró el cordel. Se preguntaba qué podría haber en él. ¿Una moneda?, ¿una joya? El corazón le palpitaba con fuerza tras el hallazgo; finalmente logró abrirlo. Metió los dedos con delicadeza y encontró algo frío y metálico.

Lo sacó y ambos lo miraron.

Era una llavecita.

Caitlin revisó bien el saco para asegurarse de que no quedaba nada más en él. Eso era todo. Sólo la llave.

Se la entregó a Caleb. Él también la sostuvo y la acercó al fuego para examinarla con cuidado.

—¿La reconoces? —le preguntó Caitlin.

Él negó con la cabeza.

Caitlin se acercó a él y ambos se sentaron junto al fuego y tocaron el objeto.

Cuando ella la volteó, notó algo. Se chupó el dedo y frotó el metal con él.

Una capa de polvo se evaporó y apareció una pequeña inscripción con una delicada tipografía.

La Casa Vincent.

Caitlin miró a Caleb.

—¿La conoces?

Él se recargó en la pared, sacudió la cabeza y suspiró.

—Creo que nuestra búsqueda llegó a su fin —dijo.

Caitlin percibió la decepción que había en su voz. Era obvio que él esperaba encontrar ahí la espada. Ella se sintió apenada, y de cierta forma, culpable.

También la frustraban todas las pistas. Se recargó, preparándose para lo que,

aparentemente, sería una prolongada búsqueda. Al menos habían encontrado un indicio en ese lugar; al menos no era un callejón sin salida.

Tenían una llave, ¿pero qué tendrían que abrir con ella?

Antes de que pudiera terminar su reflexión, el dolor volvió a aquejarla. Era el hambre, más fuerte que nunca. No podía ni respirar.

Sintió la mano de Caleb sobre su hombro.

—¿Caitlin?

Él no esperó su respuesta; pasó su brazo por debajo de su cuerpo, la levantó y la sacó de la cabaña. Luego atravesó el grueso matorral para llevarla al bosque.

El dolor no dejaba en paz a la chica. Sintió cómo la cargaban por el bosque y alcanzó a ver los árboles al pasar junto a ellos a toda velocidad.

La furia crecía en su interior; el deseo de alimentarse y de asesinar. Su cuerpo mutaba con rapidez y no dejaba de retorcerse en los brazos de Caleb.

No sabía por cuánto tiempo más podría mantener el control.

Finalmente Caleb se detuvo y la puso de pie. Sostuvo sus hombros con delicadeza y la miró de frente.

—Debes escucharme. Sé que te será difícil en este momento, pero tienes que enfocarte.

Ella se esforzó mucho y trató de fijarse en sus palabras, en sus ojos. Su mundo se cubría de una bruma rojiza y la urgencia de matar corría por sus venas.

—Te tienes que alimentar, necesitas sangre. Ahora. Estamos en el bosque; yo te puedo enseñar a cazar. Lo haremos juntos.

Te puedo enseñar, enseñar. Caitlin trataba de aferrarse a las palabras.

Luego sintió que algo la jalaba y, antes de que pudiera notarlo, ya habían escapado hacia la noche.

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TRECE

Samantha despertó justo al amanecer y miró alrededor. Ahí junto a ella, sobre la cama, estaba el joven Sam. Había sido tan fácil seducirlo que casi se sentía mal de haberlo hecho. Sabía que, al dormir con un humano, había quebrantado una ley, pero éste era tan joven y fresco, que había decidido flexionar un poco las reglas. ¿Por qué no? Nadie se enteraría. Por supuesto ella no lo iba a divulgar, y claro, tampoco permitiría que Sam viviera lo suficiente para contarlo. Tenía que darse un gusto así más o menos cada cien años; era lo mínimo que podía hacer por ella misma.

Además, había algo en él, algo que lo hacía casi tolerable a pesar de ser un humano. De hecho, para ser completamente franca, el chico era algo más que tolerable. Sin embargo, no podía señalar con exactitud qué lo hacía tan atractivo y eso era lo que más le molestaba.

En medio del desasosiego que le causaban sus sentimientos, Samantha se sentó, aún desnuda, y con un ágil movimiento se puso de pie y se deslizó en silencio por la habitación. Levantó su ropa y se vistió con rapidez sin dejar de mirar por las puertas corredizas. Estaba amaneciendo. Qué irónico, pensó, dormir por la noche y despertar en la mañana. Como los humanos.

Sólo de pensarlo sintió náuseas, pero a veces uno tenía que hacer excepciones.

Volteó por encima de su hombro y vio al chico dormir profundamente. Lo había agotado, eso era obvio. Sabía que él jamás había tenido una experiencia igual y jamás volvería a tenerla. Después de todo, ella contaba con dos mil años de experiencia. Había sido afortunado, Sam. Al menos por ahora. Pero en las próximas semanas esa misma suerte se revertiría, cuando ella se cansara de él y hubiera averiguado todo lo que necesitaba saber acerca de su padre. Entonces, lo tiraría a la basura. Era un juguete divertido por el momento, bastante divertido.

Sam seguía dormido. Ella era muy ágil y delicada en sus movimientos: como un gato. Podría saltar por toda la casa y él jamás escucharía nada, a menos de que ella así lo quisiera. Era una de las muchas ventajas de ser un vampiro.

El chico era muy ingenuo; en verdad se había creído que la casa era de ella.

A Samantha le había preocupado cómo explicaría la carencia de cobijas, sábanas y almohadas, en fin, de todo. Pero para su sorpresa, él ni siquiera

preguntó. Por lo menos había varios muebles en el lugar. Tal vez algún corredor de bienes raíces desesperado trató de preparar la casa para mostrarla a clientes potenciales. Bien, pues ella ya le había dado un buen uso al mobiliario.

De pronto sintió que el calor le recorría otra vez el cuerpo y se dio cuenta de que no podría esperar mucho más; tenía que alimentarse. Le había costado mucho trabajo aparearse con él y no llevar las cosas a su fin como siempre lo hacía: bebiendo la sangre de su amante. Pero lo necesitaba vivo. Él era la clave y ella tendría que controlarse. Sin embargo, el hambre la seguía aquejando. Caminó por la casa vacía y se asomó a ver el entrecortado cielo y el solitario camino rural. Se preguntó si algún humano inocente caminaría por ahí en algún momento. Tal vez un niño que se hubiera despertado demasiado temprano. Eso sería perfecto.

De pronto, un radiante BMW se acercó por el camino y dio vuelta en la entrada a la propiedad. Se escuchó el sonido de la grava y los relucientes neumáticos del auto rodaron con lentitud hacia la casa. ¿Quién diablos querría visitar el lugar a esa hora del día? ¿Sabría alguien que ella se encontraba ahí?

El corazón se le detuvo por un momento cuando pensó que podría ser algún integrante de su cofradía. ¿La habrían visto aparearse con el muchacho? Tal vez un vampiro rival la delató y ahora venían para castigarla.

La puerta del auto se abrió y de éste salió un humano vestido con un traje barato y con un letrero que decía “Se vende”, bajo el brazo. El hombre caminó hacia el frente de la casa.

Samantha se sintió tan aliviada que rió a todo pulmón. Era sólo otro patético humano; un corredor de bienes raíces. Los peores de todos.

Por supuesto, era muy lógico. Probablemente se estaba preparando para mostrar la casa. Tal vez tenía programado un evento de “casa-abierta” y había llegado temprano para asegurarse de que todo estuviera limpio y en orden. Demasiado entusiasta… y desesperado.

Lo vio acercarse y fruncir el ceño. En cuanto vio que la casa estaba ocupada, se preocupó de inmediato. La camioneta de Sam se había quedado estacionada en la entrada, una lámpara estaba encendida. El corredor se veía confundido, como si estuviera tratando de recordar si él la había dejado así, preguntándose de quién sería el vehículo. Entonces, cuando notó que se trataba de algo más, su preocupación se tornó en molestia.

Samantha sonrió. Le encantaba lo enojado que se veía y se regodeaba en el hecho de que las cosas se iban a poner todavía más difíciles para él. Estaba ansiosa por verlo.

Abrió la puerta del frente y se dirigió directamente a él.

Entonces el hombre rompió en furia.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le gritó desde la entrada al mismo tiempo que marchaba hacia ella—. ¿Te das cuenta de que esto es allanamiento? Ustedes, jovencitos, creen que todo es una broma, que se pueden meter a donde se les dé la gana. Ya me tienen harto. Pero no se van a salir con la suya esta vez. ¡Ya me cansé! —le gritó el corredor y luego sacó su celular sin aminorar la marcha.

Ella sonrió con todavía más alegría, y eso fue la gota que derramó el vaso.

—¿Crees que es una broma, no? —le preguntó al tiempo que se acercaba el celular a la oreja y caminaba con más rapidez.

Cuando llegó hasta donde ella se encontraba, la sujetó con brusquedad del brazo y dio la vuelta pensando que podría arrastrarla.

Pero su expresión cambió por completo cuando descubrió que ella tenía otros planes. Antes de siquiera poder hundirle bien los dedos en la piel, ella ya le había jalado el brazo con un ágil movimiento para luego doblarlo hacia atrás y rompérselo a la mitad con toda sencillez.

El corredor estaba a punto de gritar; su rostro desencajado por el dolor. Pero antes de que pudiera emitir cualquier sonido, Samantha le jaló la cabeza y la estrelló contra su rodilla. Se escuchó un crujido, y luego, nada. El cuerpo del hombre se relajó por completo.

Antes de que llegara al suelo, ella ya le estaba enterrando los colmillos en el cuello. La vampira puso los ojos en blanco mientras se alimentaba. Sintió el éxtasis de la sangre corriendo por todo su cuerpo.

Cuando terminó, levantó el cuerpo sin vida, y caminó con él hasta su auto.

Lo arrojó a la cajuela y, antes de cerrarla, le sacó las llaves del bolsillo del pantalón.

Luego caminó de vuelta a la casa y se limpió los residuos de sangre que todavía le cubrían la boca. Entonces contempló el cielo matinal.

Aquél iba a ser un gran día.

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CATORCE

Caitlin corría. Estaba otra vez en el bosque y se desplazaba entre la hierba que le llegaba hasta las rodillas. Amanecía y, al desplazarse, daba la impresión de que el mundo entero giraba a su alrededor. Sintió que se dirigía a toda velocidad hacia el enorme y fulgurante sol.

Ahí en el horizonte, estaba su padre. El sol iluminaba su silueta. Tenía los brazos bien abiertos para recibirla. Ella no alcanzaba a ver bien sus rasgos, pero sabía que estaba sonriendo. Deseó correr con más velocidad.

Caitlin se apresuró todo lo que pudo, pero sin importar su velocidad, su padre parecía alejarse cada vez más.

Ya no le sorprendía; el sueño siempre había sido así. Lo sabía incluso a pesar de estar dormida.

Pero algo diferente sucedió en esta ocasión. De repente ella ganó terreno y, por fin, pudo acercarse más.

Cuando estuvo a cincuenta, luego veinte, y luego diez metros de distancia, por fin pudo verlo. Estaba ahí parado. Era enorme, alto y altivo; iluminado por el sol y en toda su gloria. Era un hombre hermoso. Un guerrero. De cierta forma, se parecía a Caleb.

Caitlin corrió hacia él y le dio un gran abrazo que él correspondió. Se sentía tan bien estar por fin junto a él.

—¡Papi! —gritó ella.

—Mi niña —dijo él con una hermosa y profunda voz que le brindó confianza—, te extrañé mucho. Te estuve buscando. Estoy muy orgulloso de ti —agregó.

Luego la tomó de los hombros y la alejó un poco para contemplarla bien.

Sus ojos eran de un color amarillo brillante como el del sol, y resplandecían al verla.

Ella no se atrevía a verlo, pero tampoco quería voltear en otra dirección. La mirada de su padre irradiaba mucho amor y calidez.

—¿Te acuerdas, Caitlin? —le preguntó su padre— ¿Te acuerdas de cuando eras pequeña? ¿Los lugares que solíamos visitar? Los acantilados, los acantilados rojos.

En su mente apareció la imagen de unos enormes acantilados rojos; eran rocas gigantes dispersas por toda la playa hasta llegar al mar. Un lugar mágico. Sí, lo recordaba; ahora lo recordaba.

—Encuéntrame ahí —agregó—. Continúa tu búsqueda y encuéntrame ahí.

El hombre comenzó a desvanecerse, y cuando ella se acercó para abrazarlo, él ya se había ido.

Caitlin despertó asustada.

Estaba acostada; sobre ella se cernían las copas de los árboles. A lo lejos, por entre las ramas, vio cómo se desplazaba el cielo, y de pronto, una nube pasó por ahí.

No tenía idea de en dónde se encontraba, pero le daba la impresión de que aún soñaba. Escuchó el viento silbar entra las delicadas ramas desnudas y sintió que todo el universo estaba vivo, en movimiento, sonando.

Se sentía cómoda pesar de estar al aire libre. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que estaba recostada sobre un montón de suaves agujas de pino. Caleb se encontraba a unos cuantos metros. El corazón se le inflamó; era tan agradable dormir cerca de él. Deseó que tardara mucho en despertar para poder yacer así como estaban para siempre. Todo parecía estar bien en el universo.

Volvió a mirar el cielo y trató de recordar lo que había sucedido la noche anterior y cómo habían llegado hasta ahí.

Se alimentó. Había una pequeña familia de ciervos y Caleb la apaciguó y le enseñó a acecharlos. Le mostró cómo controlar el hambre.

Recordó que, en algún momento, percibió las cosas con lucidez.

En cuanto atacó a los ciervos, su cuerpo la sorprendió: le dijo qué hacer y a dónde dirigirse. Había corrido y atacado con gran velocidad por todo el bosque.

Recordó que se había sujetado al cuello del ciervo con los brazos para montarlo. Fue muy rápido, más rápido de lo que pudiera haber imaginado; pero al final, encontró la vena y le hundió los colmillos. Había sido una sensación electrizante.

La vida retornó a ella en cuanto la sangre del ciervo corrió por sus venas.

Como si ardiera. Había rejuvenecido.

El dolor fue menguando al igual que el hambre y Caitlin se sintió más poderosa que nunca. El mundo le pertenecía.

Miró a Caleb. Él también se había alimentado la noche anterior. Después se reencontraron. Estaban jubilosos y agotados. Se recostaron sobre la hierba del bosque, cerca el uno del otro, y ambos escucharon al viento mientras observaban el movimiento de los árboles.

Poco tiempo después, los dos se quedaron dormidos.

Ahora que ella estaba ahí, se acercó más a él. Quería sentir su abrazo.

Todavía llevaba puesta la gabardina de piel; las mangas alcanzaban a cubrirle las manos. Caitlin acarició la mejilla de Caleb; era tan suave…

Imaginó que estaban juntos; que eran una pareja.

De pronto escuchó las hojas quebrarse y se enderezó.

Frente a ella había una manada de lobos que se acercaba con mucha lentitud. Caitlin jamás había visto a un animal así y no sabía cómo reaccionar. Lo raro era que, no tenía nada de miedo. Más bien estaba intrigada; hipnotizada. De hecho, al verlos sintió una especie de cercanía, de familiaridad.

Sin dejar de observarlos, se estiró y sacudió a Caleb para que se despertara.

En un instante ya estaba sentado junto a ella prestando toda su atención. Ambos vieron a la manada acercarse hasta que los lobos estuvieron a unos cuantos metros olfateando y rondándolos.

—No temas —dijo Caleb en voz baja—. Puedo percibir sus pensamientos; sólo tienen curiosidad. No te muevas.

Caitlin se quedó inmóvil y vio al líder de la manada acercarse a ella.

Cuando estuvo a unos cuantos centímetros, el animal colocó su nariz sobre la mejilla de la chica.

Fueron momentos de gran tensión porque ella no sabía qué hacer. El corazón le palpitaba con fuerza y tenía deseos de empujar al lobo. Sin embargo, siguió las instrucciones de Caleb y permaneció muy quieta.

De repente el animal dio la vuelta y se fue.

La manada lo siguió.

Excepto uno de ellos. Era un cachorro; apenas más grande que un perrito.

El lobo cojeaba. Volteó a ver a su manada y luego otra vez a Caitlin, y caminó directamente hacia ella.

Se subió a su regazo, se sentó y bajó la cabeza. Era obvio que no quería irse.

—Es una hembra. La manada ya no la quiere —explicó Caleb—. Está herida; es un peso muerto y ellos están demasiado hambrientos para tenerle paciencia. La abandonaron.

Caitlin trató de enfocarse, de leer los pensamientos del animal como Caleb lo hacía. No era capaz de interpretarlos con exactitud, pero percibía cierta energía. Eran sus sentimientos. La lobita se sentía muy sola y atemorizada.

La chica se inclinó, levantó al animal y lo sostuvo en sus brazos. Luego acarició su cabeza y la loba se echó para atrás y le lamió la cara.

Caitlin sonrió.

—Ya tienes una amiga —dijo Caleb.

—¿Podemos llevarla con nosotros? —preguntó.

Caleb frunció el ceño.

—No creo que sea muy buena idea — replicó—. Su aroma podría… atraer a otras criaturas.

—Pero no podemos dejarla aquí —suplicó Caitlin. De pronto se sintió muy protectora—. No podemos.

—Habrá graves peligros en nuestro camino y ella podría resultar afectada.

—Pero aquí también los hay —dijo ella—. Si la dejamos sola, morirá.

Caleb lo pensó por un buen rato.

—Está bien, creo que podemos llevarla…

Como si la loba hubiera entendido, corrió y saltó a los brazos de Caleb para lamerle la cara. Él se rió y la acarició.

—Está bien, está bien, cosita, ya fue suficiente —dijo.

—¿Cómo la llamaremos?— preguntó la chica.

Caleb lo reflexionó.

—No lo sé —dijo.

Y de repente, se le ocurrió algo a Caitlin: La rosa y la espina.

—Rose —dijo—, llamémosle Rose.

Caleb la miró y asintió.

—Rose —dijo—, sí, es perfecto.

Como si estuviera respondiendo a su nuevo nombre, Rose volvió al regazo de Caitlin y se acurrucó junto a su pecho.

—Una familia de lobos es muy buena señal —dijo Caleb—. Significa que la energía de la naturaleza se encuentra de nuestro lado. No estamos solos en esta búsqueda.

—Tuve un sueño anoche —dijo Caitlin, tratando de recordar—. Fue muy vívido y diferente a todos los que había tenido antes. Era una especie de visita… de mi padre.

Caleb le prestó toda su atención.

—En el sueño lograba recordar todo. Eran memorias antiguas. Recuerdo que me llevó consigo un verano; fuimos a una isla. Ahí, junto al océano, había unas formaciones gigantes y acantilados de empinadas pendientes.

Eran de color rojo y brillaban con la luz del sol.

A Caleb se le iluminaron los ojos de repente.

—Soñaste con los acantilados de Aquinnah —explicó—. Sí, eso tiene mucha lógica.

—En el sueño, mi padre me decía que regresara allá. Para… que nos encontráramos en ese lugar.

—Eso no fue un sueño —dijo Caleb al mismo tiempo que se enderezaba—. Los vampiros hacen visitas a través de los sueños matutinos.

Tu padre quiere que vayamos a los acantilados.

—¿Pero, y qué hay de la llave que acabamos de encontrar? —

preguntó Caitlin.

—No sabemos para qué es —respondió—. La Casa Vincent podría estar en cualquier lugar. Es casi como un callejón sin salida. No tenemos ningún otro lugar a dónde ir.

Caleb se puso de pie.

—Debemos ir de inmediato a los acantilados.

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QUINCE

Sam se despertó en una habitación muy peculiar y miró alrededor. Trató de recordar en dónde se encontraba. La cama era cómoda, más que cualquiera de las cosas sobre las que había dormido durante mucho tiempo. Sin embargo, no sabía de quién era ni qué hacía él ahí.

Pero luego lo recordó: Samantha.

Volteó para buscarla pero ella se había ido. ¿En realidad había sucedido lo que recordaba?, ¿no habría sido todo sólo un sueño?

El joven se sentó, se talló los ojos y descubrió que estaba desnudo sobre un colchón sin sábanas. Su ropa estaba tirada por todo el suelo. Estaba demasiado cansado, pero era un agotamiento muy agradable. Era un hombre nuevo. La palabra clave era Hombre. Por primera vez en su vida, se despertó sintiendo que era un hombre de verdad. Jamás había tenido una noche así y algo le decía que nunca volvería a suceder otra vez. Ella era increíble.

Sam se puso de pie de un salto, se vistió y recorrió la casa vacía. Se asomó por las puertas de vidrio y vio que comenzaba a amanecer. Eso también era una locura. No sabía desde cuando no había visto al sol salir. De hecho, era muy raro que se levantara antes del medio día.

Tenía hambre y sed, pero más que nada, estaba extenuado.

—¿Samantha? —llamó mientras daba vueltas buscándola por toda la casa.

Fue de cuarto en cuarto pero no pudo encontrarla. Comenzó a preguntarse si no habría sido sólo producto de su imaginación.

Se dirigió a la sala y se asomó por el gran ventanal. Ahí estaba su camioneta en la entrada; y atrás, un flamante BMW. ¿Sería de ella?, ¿por qué no lo habría visto antes? Esta chica estaba llena de sorpresas.

Pero en realidad, nada de eso le interesaba. Ni siquiera le emocionaba tener un lugar en dónde quedarse. Se dio cuenta de que sólo le agradaba estar con ella. Su aroma, el sonido de su voz; la forma en que se movía. Y por supuesto, la noche anterior. Había sido algo asombroso.

Tal vez, lo que más le gustaba era tener alguien con quién hablar. Alguien que lo escuchara, que se preocupara por él y que lo entendiera de verdad. Se estaba enamorando de ella. No podía creerlo pero así era. Y ahora, después de todo eso, ¿se habría ido?

Abrió la puerta del frente y la encontró ahí. Samantha. Estaba a punto de entrar.

—Hola —dijo Sam, tratando de sonar casual a pesar de que estaba emocionadísimo. El solo hecho de verla otra vez hizo que el corazón le palpitara a toda velocidad. Lucía más hermosa que la noche anterior. Su largo cabello rojo caía sobre su rostro, y lo miraba sorprendida con sus brillantes ojos verdes. Era tan pálida… él también, pero ella tenía la piel más blanca que jamás había visto.

—Hey —le contestó, también en un tono casual. Estaba algo agitada, como si la hubiera sorprendido en medio de algo.

Pasó con rapidez junto a él y entró a la casa.

Él dio la vuelta y caminó intrigado detrás de la chica. Se preguntó si habría hecho algo que la molestara. O tal vez no era lo suficientemente bueno; tal vez ella quería que se marchara.

Sam se sentía incómodo.

Escuchó el sonido del agua caer. Samantha estaba en el fregadero lavándose las manos y echándose agua en la cara. Quizás acababa de despertar y salió a dar un paseo.

—Te despertaste temprano —dijo Sam con una sonrisa mientras la veía enjuagarse el rostro una vez más.

Ella se tomó su tiempo, luego se estiró y tomó una toalla para secarse. Se quitó el cabello de la cara y respiró hondo.

—Ajá —dijo, al mismo tiempo que exhalaba—; fui a dar una caminata.

Siempre me levanto temprano.

—¿Sin zapatos? —preguntó Sam.

Ella miró hacia abajo y se dio cuenta de que estaba descalza. Se ruborizó; era un chico perspicaz.

—Sí, es mejor para los pies —dijo, y luego se dio la vuelta y se dirigió a la otra habitación.

A Sam le sorprendió lo abrupto de su partida. Se preguntó si lo estaría evitando. Tal vez había cambiado de opinión o quizás él había echado a perder la oportunidad. Sí, eso era. Siempre que encontraba algo grandioso, lo echaba a perder.

La siguió hasta la sala. Pensó que tendría que aligerar el ambiente un poco y hablar con ella.

Cuando entró, la vio haciéndose una coleta de cabello con el largo cabello rojo. Estaba ruborizada, aún más que antes; justo frente a él. Debió ser una carrera demasiado intensa, pensó Sam.

—Samantha —dijo con vacilación—: lo de anoche fue asombroso.

Ella volteó y lo miró. Su semblante se suavizó un poco. Caminó hasta donde estaba, le acarició la mejilla y lo besó con sosiego.

El corazón de Sam volvió a hincharse. No estaba harta de él, no había metido la pata. El optimismo se apoderó otra vez de él. La deseaba.

Pero antes de poder abrazarla de nuevo, ella retrocedió, fue hasta el sofá y se puso su saco negro de piel.

—Me siento muy inquieta. Salgamos de aquí —le dijo y luego lo miró—.

¿Quieres ir a dar un paseo? —preguntó.

—¿Un paseo? —preguntó Sam al mismo tiempo que veía su reloj—, ¿tan temprano?

—Me pone de malas quedarme sin hacer nada —le contestó—. Quiero salir de aquí y tomar aire fresco. ¿Qué dices? —le preguntó con los ojos fijos en él.

Cuando sus miradas se cruzaron, Sam comenzó a cambiar de opinión. Fue casi como si estuviera bajo un hechizo. De repente le agradó el plan, era lógico a todas luces. Ella tenía razón. ¿Para qué quedarse en la casa? Eso era aburrido. De pronto le dieron ganas de salir; de hecho, ya no soportaba ni un instante más encerrado.

—Sí, me encanta la idea —se escuchó decir—, pero ¿a dónde vamos?

—Envíale un mensaje a tu papá —contestó ella—, dile que iremos a visitarlo.

Sam hizo un gesto de sorpresa.

—¿A mi papá?, o sea… ¿ahora mismo?

—¿Por qué no? Querían reunirse, ¿no? Es un momento tan bueno como cualquier otro. Está en Connecticut, ¿verdad? Creo que sería un paseo muy agradable

Sam se esforzaba en pensar; le parecía que era demasiado apresurado.

—Pues, bueno, no sé si él estará listo. Vaya, sería con tan poco tiempo de anticipación…

—Sam —dijo ella con firmeza—, tu padre te envía muchos correos. Se muere por verte, sólo comunícate con él y pregúntale. De cualquier manera, sólo vayámonos. Si él no está disponible, al menos habremos hecho un lindo recorrido.

Lo estaba pensando y, de pronto, cambió otra vez de opinión porque se dio cuenta de que ella estaba en lo cierto. Claro. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Un largo paseo. A Connecticut. Le enviaría un correo a su padre; sí, era perfecto.

Sacó el celular, entró a Facebook y comenzó a escribir: Papá, tengo ganas de visitarte; de hecho, estoy saliendo de casa. Son sólo un par de horas. Por favor dame tu dirección. Espero que no sea demasiado imprevisto. Con cariño, Sam.

El chico volvió a meter el celular en su bolsillo, tomó las llaves y se dirigió a la puerta del frente. Ella ya lo esperaba afuera.

Mientras iban caminando por el jardín hacia el BMW, Sam le dijo:

—Me gusta tu coche.

Ella sonrió y le mostró las llaves.

—Gracias —dijo ella—. Estuve ahorrando por años.

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DIECISÉIS

Caitlin y Caleb estaban parados junto al barandal que daba al océano; el transbordador que iba a Martha’s Vineyard tocó la sirena y se dispuso a partir. Caitlin miró al mar y notó que el agua se movía; estaba emocionada.

Le encantaban los botes, y se sentía libre y feliz. Vio cómo las olas se elevaban detrás de ella y pensó que, en ese momento, podría estar sentada en un salón tomando una clase estúpida y escuchando la cantaleta de algún profesor. Ahora se sentía adulta e independiente. El mundo le pertenecía.

Miró a Caleb esperando verlo igual de feliz, pero le sorprendió su nerviosismo. Nunca lo había visto así.

Lucía más pálido de lo normal. Tal vez no le gustaban los botes, o tal vez no sabía nadar.

Se acercó a él y, tomándolo de la mano, le preguntó:

—¿Te encuentras bien?

Él asintió y tragó saliva. Luego se sujetó con fuerza del barandal y miró hacia el agua como si fuera su enemiga.

—¿Qué sucede? —le preguntó Caitlin.

Caleb volvió a tragar saliva.

—Agua —dijo abruptamente y se sujetó con más fuerza al barandal—, a nuestra raza no le gusta el agua. En especial no nos gusta transportarnos en ella. La mayoría ni siquiera lo intenta.

Caitlin lo pensó un poco y se dio cuenta de que a ella no le afectaba. ¿Sería porque no era una vampira genuina?

—¿Por qué? —siguió interrogándolo.

—El agua funciona como una especie de protección síquica —le contestó él

—. Cuando cruzas por una cantidad grande de agua, es como si atravesaras un campo de energía. Nos despoja de nuestros sentidos, nos debilita. Es más difícil saber lo que otros piensan, influir sobre ellos, percibir situaciones. Es como empezar de cero. De repente pierdes todo el poder y la protección con los que contabas en tierra.

De repente, Rose se acurrucó todavía más en el interior de la chamarra de Caitlin. La chica se dio cuenta de que temblaba; al parecer, también estaba asustada. Metió la mano entre sus prendas y le acarició la cabeza a la lobita.

Después miró alrededor y se dio cuenta de que había muy pocas personas en el transbordador. La cubierta estaba prácticamente vacía. Dada la temporada del año, habían sido muy afortunados de que estuviera en

servicio. Además, con el frío aire de marzo y la bruma que cubría las olas, el viaje era de lo menos cálido.

—¿Quieres entrar? —preguntó Caitlin.

Caleb se sujetó con todavía más fuerza al barandal sin despegar la vista del agua.

—Sí, si no te molesta —dijo.

—Claro —contestó ella—, de todas formas tengo frío.

Caminaron juntos entre las hileras de asientos vacíos y encontraron dos junto a la ventana.

Caleb se sentó y Rose sacó la cabeza de entre la chamarra de Caitlin y lloriqueó un poquito.

—Creo que tiene hambre —dijo Caitlin—. ¿Qué comen los lobeznos?

Caleb sonrió.

—No lo sé… ¿tubitos de caramelo?

Seguir: parte 5 de 5