Anatomía de Caín
Capítulo I
Cristina Cerrada
ePub r1.0
Titivillus 20.05.2022
OceanofPDF.com
Cristina Cerrada, 2010
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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I
Levanta la cabeza y la ve poniéndose el jersey. No es un jersey nuevo ni bonito, está desgastado por el uso. Tampoco ella lo es, es solo es una muchacha de San Carlos, el pueblo junto a la carretera que hay pocos kilómetros después de abandonar la ciudad, y con quien sale desde hace un año. Sin embargo, no es eso lo que le hace sentir desgana ante el anuncio que le acaba de hacer.
—¿No tienes nada que decir? —dice ella.
—Qué quieres que diga —responde él.
Mira por la ventana. Afuera ha anochecido ya, algunos pájaros cruzan el aire silenciosos, negros, como trallazos de lluvia. A veces, a él también le gustaría ser un pájaro, ver el mundo desde lo alto, acercarse y alejarse a gran velocidad, cambiar el rumbo de repente, en un enloquecido zigzag, haciendo un requiebro sin sentido, solo porque sí y sentir el cuerpo ingrávido, blando, sin huesos, como un traje de terciopelo pesado. El mundo se haría más pequeño y a la vez más grande a medida que se alejase de él. Tiene que escribir sobre ello.
—Si no quieres, no tienes que hacer nada —dice ella—. Ya lo haré yo.
—Haremos lo que tú quieras —responde él.
Hará lo que haya que hacer, por supuesto, él no es ningún cobarde. Pero, aún es tan pronto, piensa, le faltan aún tantas cosas por averiguar y aprender, por revelar y llevar a cabo, por acometer y dominar, está solo comenzando, tiene que llegar a cada rincón de la Tierra, a cada ciudad, a cada hombre que habita en cada habitación, al corazón solitario que palpita dentro de cada uno de ellos, tan lejos. A través de la ventana se oyen los cláxones nerviosos de los coches en la carretera. Cambia de postura en la cama y mira la espalda de la chica. Le duele el estómago otra vez. Hace dos horas que lleva doliéndole. Le dolía ya antes de llegar, mientras cruzaba la ciudad en dirección al motel, atravesando enloquecidas hordas de vehículos. Le dolía mientras bajaba del autobús, mientras hacían el amor, mientras la abrazaba violentamente, con furia inusitada, como si fuera ella la causante de su desazón, de sus dolores, de todos los males del mundo. Tú no tienes culpa de nada, si fuera un hombre valiente iría al médico.
Pero es ella quien debe ir al médico ahora.
Se sienta en la cama a su lado, despeinada, el jean aún desabrochado dejando al descubierto un trozo del encaje de las bragas, una franja de piel. Sin embargo, se cubre la cara con las manos. Es extraño hablar con ella ahora, piensa él. Mira sus estrías, el elástico de las bragas bajo una lorza de carne, el tosco tejido de la lana de su jersey. Resulta extraño y a la vez desagradable. Se imagina todo ese cuerpo abultado. Hace dos horas era una imagen agradable. Ahora no.
Ella aparta las manos del rostro y le dice:
—¿Sabes qué es lo que más me indigna?
—No —contesta él.
—Lo que más me indigna es que podríamos ser felices, pero no lo seríamos.
Él la mira.
—¿Por qué?
Ahora no está llorando sino que sonríe, pero lo hace como si le doliera la piel de la cara al hacerlo.
—Porque no —dice con desdén—. Es mejor dejarlo todo como está.
Suena un portazo procedente de la habitación de al lado. En el aire hay una nota, un acorde grave que mantiene el corazón en un puño. Sabe que tendría que abrazarla, que rodearla con sus brazos, pero siente ganas de vomitar. También podría doblarse por la cintura, piensa, emitir un falso estertor. Podría provocarse una arcada, pensar en aquel taxista que se sonaba los mocos sin pañuelo, apretar la mandíbula, encajar la lengua contra el paladar. Quizás eso la conmovería. Quizás hiciese que se olvidarse un rato de la situación, pero no ha comido nada en horas. ¿Qué saldría por su boca? Nada más que bilis, piensa. Bilis, nada más. Incluso así, quizás debería hacer algo para que Lea dejara de llorar.
Le dice:
—Todo se arreglará, cariño.
—¡No me llames cariño! —dice ella.
—Está bien. —Se levanta de la cama y camina hacia el ventanal—. Está empezando a anochecer.
—¿Cómo se va a arreglar? ¿Me lo quieres decir?
Él aparta la cortina y mira hacia el exterior.
—No lo sé, algo sucederá.
A lo lejos, en el horizonte, se ve el resplandor rojizo de los coches atrapados en la carretera, volviendo a casa, quizá. Una imagen magnífica para una descripción, piensa, una magnífica imagen crepuscular. «Un reguero rojo incandescente», piensa, «semejante a un río de lava, avanzaba bajo un cielo amoratado y dolorido, crepuscular». Crepuscular, repite para sí. «Molloy lo observaba todo desde el interior de la alcoba, donde el cuerpo de la mujer yacía muerto, con un puñal atravesándole el corazón».
Un nuevo retortijón le hace doblarse ligeramente. Le gustaría apuntar en su libreta lo que se le acaba de ocurrir. El reguero rojo incandescente, el cielo amoratado, el cuerpo de la mujer yaciendo muerta con el puñal atravesándole el corazón. Sabe que, si no lo apunta, se le olvidará. Siempre que trabaja en un relato nuevo le ocurre igual, tiene que apuntarlo todo, cada pequeña cosa que se le ocurre, cada pequeño e insignificante pensamiento, porque de no hacerlo se le olvidará.
—¿Me estás escuchando? —dice ella.
¿Por qué no se callará?, piensa. ¿Por qué no podrá callarse y dejar de hablar? Tiene ganas de ir al baño. Abajo, iluminado por el cono de luz de la farola, un perro con manchas marrones en el lomo hurga en la basura. No es un perro vagabundo, lleva collar.
—Mira ese perro —le dice—. Alguien debe de haberlo abandonado, lleva collar. El muy tonto podría escapar y en cambio… Mira su cara de tristeza.
—No me importa ese perro —dice ella—, ni todos los perros del mundo.
—Pues deberían importarte. Son criaturas vivas, como nosotros.
Ella se levanta de la cama con brusquedad. El jergón, que no ha cesado de sonar mientras hacían el amor, rechina ahora terriblemente.
—¿Con lo que acabo de decirte —dice casi junto a él—, y tú me hablas de perros?
Él contesta:
—No sabemos si habremos sido perros en alguna existencia anterior.
Ella frunce los labios y se echa a llorar otra vez. Primero en silencio, cerca de él, pero luego se aleja fingiendo estar calmada, frotándose los ojos y la cara, y se arroja en el colchón, que vuelve a chirriar de nuevo.
Una parte de mí quisiera abrazarte y consolarte, piensa él, quisiera acercarse y reconfortarte, pero otra no. Se frota vigorosamente la nuca mientras se pregunta por qué una parte de sí mismo desearía hacerlo y otra no, por qué una parte querría amarla y otra preferiría no estar allí, por qué esa parte desearía quedarse, envejecer a su lado, y otra, en cambio, querría hacerla callar.
A todo el mundo le sucede igual, se dice. Todo el mundo quisiera estar en sitios diferentes a la vez, vivir dos vidas diferentes a la vez.
—Hay un recodo en el pasillo de todos los moteles donde hemos estado que me asusta —le dice—. Es como un agujero de silencio por donde cabe una persona. Pero no dos.
Ella se incorpora y lo mira con la nariz enrojecida.
—Hemos terminado —le dice—. No te quiero, ¿me oyes? En realidad, te odio.
Él la mira con pesar.
—Lo siento.
—Sé que no lo sientes de verdad —dice ella.
—Lo siento de verdad —dice él.
—Pues ya no me importa, para que te enteres. Ahora ya no me importa, ahora me da igual. No perdamos más el tiempo.
Le gustaría decirle que no se preocupe por el tiempo. Lo que pasa con el tiempo es que no se pierde nunca, siempre está ahí. El tiempo es una cosa que no tiene principio ni fin, estaba ya antes de cada hombre, antes de cada partícula de polvo, de cada ser unicelular, antes de los volcanes y las glaciaciones y las tormentas y los meteoritos rasgando el cielo, y seguirá estando ahí más allá del silencio universal, más allá del momento en que todos los seres vivientes de este mundo se hayan ido para siempre, cuando el vacío de lo eterno lo llene todo con su completud. Pero teme que si se lo dice, Lea se pueda enfadar.
—Vete de una vez —le dice ella—. No quiero verte más.
—Está bien.
¿Qué más puede decir?
Al mismo tiempo que un avión pasa volando bajo se oye una explosión. Tal vez se haya incendiado un motor, piensa mientras termina de vestirse, tal vez los dos, e imagina a la gente aterrorizada, gritando, presas del pánico, dando volteretas y golpeándose contra las paredes en el interior del avión. Pero después el sonido se va amortiguando, haciendo cada vez más pequeño, más remoto e incierto, y no hay indicios de que se haya producido ninguna catástrofe cerca del motel.
La casa es una casa cualquiera de las afueras de la ciudad, una casa de vecindario en un edificio viejo de tres pisos, algo ruinoso, del que ocupa la planta baja y el patio. Siempre ha vivido allí, la casa no se sorprende de verlo cada vez que entra por la puerta. La casa sonríe un poco sarcásticamente cuando lo ve deambular entre sus muros, de una a otra habitación, a veces arrastrando los pies. Pero no se sorprende y eso es lo que le hace a él sentirse hundido y en cierta desventaja. A veces querría que vivieran en un edificio de nueva construcción, donde él pudiera fingir ser otro, ser quien se riera, mirando por la ventana a las aceras sin farolas, los parques sin flores y los niños aún sin amigos con quienes jugar. Pero no tiene elección, nunca ha vivido en otra parte.
La casa ya estaba allí cuando su padre, un emigrante venido de los campos analfabetos del sur, llegó a la ciudad. Sin embargo, su padre no era un analfabeto, vino a aprender a tocar el violín. Había estudiado solfeo en la escuela dominical, entre clase y clase de catequesis. Vio a Dios primero en el amarillento papel pautado y después en el instrumento, y por último, vio a Dios en la música. Es curioso que viera a Dios en el música, un hombre sin imaginación como él. Aunque no era cierto que fuese aquella la última vez que lo vio. Después, siguió viéndolo en casi todas partes, en encarnaciones diversas, en los lugares donde tocaba, en las plazas y avenidas, en la televisión, en sus hijos y en su mujer, y siempre imbuido de una severidad rayana en la locura. Por supuesto la casa, aquella casa, estaba llena de Dios. Y, por lo tanto, del Mal.
En la mesa de la cocina hay una bandeja con comida, es la cena que su padre ha dejado para él. La pone a un lado del mostrador, mirándola recelosamente, la sopa de tomate, el embutido frío dentro del pan, y mientras abre una botella de zumo de tomate, siente de nuevo un retortijón. En esta ocasión la casa no se ríe, no tiene nada que decir, nunca le ha dolido el estómago. Nunca le ha dolido tanto que no pudiese terminar de hacer lo que estuviera haciendo, ir al cine, sentarse en la plaza a escuchar las conversaciones de los chicos, visitar los billares, jugar una partida mientras suena el serial por la radio, anotar cuanto ve y oye en su libreta, volver a casa caminando, escribir febrilmente hasta la madrugada, ir al día siguiente a trabajar. Realmente, nunca le ha dolido nada. Incluso de niño, nunca estuvo tan enfermo que no pudiera ir al colegio. Recuerda las veces, en cambio, en que Abel se quedó en casa con su madre.
¿Dónde estará su padre? Ah sí, hoy no le dijo al viejo que no vendría a cenar, de modo que habrá estado esperándolo como lo espera siempre, viendo la televisión, y luego se habrá ido a la cama atormentado, preocupado por su alma, habrá rezado por la remisión de sus pecados y por su salvación.
Se lleva la bandeja a la sala y se sienta con ella frente al televisor. Oye a la casa reír en silencio, malévolamente, como cada noche cuando él llega de la calle. Le hace gracia verlo de nuevo allí, esa noche también, sentado en el sillón del padre, con la bandeja de la cena en las rodillas, aprovechando que el viejo no está. Todo cuanto le rodea se ríe de él, porque forma parte de la casa, es la casa. El viejo reloj de pared, el almanaque de la Chrysler con sus hojas medio arrancadas, las que quedan a estas alturas ya todas rizadas, las flores del plástico de vivos colores languideciendo y ajándose en el jarrón, la figurita de escayola de la niña, con sus ojos de cristal y su cántaro de leche lleno siempre de blanca espuma. ¿Por qué su padre sigue conservando esas cosas? ¿Por qué no pueden tener cosas nuevas y bonitas como los demás? Si pudiera deshacerse de todas ellas sería diferente. Si pudiera deshacerse de esas cosas, tirarlas para siempre, todo tendría un aspecto distinto, la casa tendría un aspecto distinto, nuevo, mejor, quizá no se atrevería a reírse de él, todas esas cosas nuevas no lo conocerían lo suficiente para ello, llevarían allí menos tiempo que él. Debería tirarlas él mismo, se dice, mañana, cuanto antes, hoy. Cualquier día de estos vendrá con el cubo de basura y las tirará.
Hace un barrido por los canales en busca de algo digno en la televisión, algún canal donde no anuncien artículos para la prevención de la sordera, de la caída del cabello o la obesidad. Pero en todos ellos hay lo mismo, la eterna lista de programas basura de siempre, una película de exagentes de la KGB, un político con ojos de lobo, un concurso, la reposición de una serie antigua, una chica que se baña frotándose la piel con una esponja, suavemente, demasiado rubia, con una sonrisa demasiado complaciente y con una esponja de baño que resulta demasiado artificial, no existen esponjas así. Apaga el televisor. La casa se cierne sobre él, lo acogota, mientras la figura de escayola de la niña lo observa con su sonrisa extática, perdida, inmortal, burlándose de él. Vuelve a conectar la televisión. ¿Por qué no me dejas en paz?
Siente un ligero amodorramiento, apoya la cabeza en el respaldo y pronto se queda dormido en el sofá. Una suave luz de neón se abre paso hasta su cerebro, siente un torbellino de emociones, unos dedos blanquísimos que se clavan en sus sienes, la niebla en los ojos impidiéndole ver. Mamá, ¿puedo quedarme contigo a dormir?, le pregunta. No, dice ella. Y el rostro de Dios mirándoles desde lo alto. ¡Papá!
Despierta sobresaltado cuando la televisión ya ha dejado de emitir. Ha soñado con pájaros gigantes que le picoteaban el estómago, enormes buitres carroñeros que le comían las entrañas. La tierra se vuelve árida y extraña en los sueños, piensa. Es inútil que el hombre descubra nuevas islas, continentes, mares, que ponga nombre a las cosas, que no deje de inventar, porque en los sueños todos seguimos siendo niños, pequeños seres primitivos, desamparados, solos, a merced de los elementos y de la muerte. En los sueños morimos, por eso tenemos tanto miedo de dormir.
El reloj sobre la mesa le recuerda que mañana tiene que ir al almacén. A las siete, cuando suene el despertador dará vueltas en la cama hasta que sea demasiado tarde para afeitarse, piensa, y tampoco tendrá tiempo de desayunar. No le gusta salir de casa sin desayunar, al cabo de unas horas se siente mareado y débil, las cosas le parecen más grises, más patéticas, insignificantes y pequeñas, y cuando por la noche se sienta a escribir, le cuesta desprenderse de esta visión.
Deambula por la casa con sigilo, con cuidado de no hacer ruido para no despertar a su padre. El sonido del teléfono le provoca un sobresalto que le hace blasfemar. A estas horas de la noche, se dice…
—¿Quién podrá ser?
Descuelga rápidamente y contesta en voz baja.
—Soy yo —dice la voz de Lea.
—¿Por qué me llamas a estas horas? ¿Es que te has vuelto loca? Mi padre está durmiendo.
—Lo siento. Pensé que tal vez no te habrías acostado aún.
—¿Qué pasa?
—Me siento mal. —Hace una pausa. Se la imagina recostada en el sofá, con las manos sobre el vientre, quizá vomitando en un barreño—. Tal vez nos hemos precipitado un poco, ¿no crees?
—No lo sé —contesta él—. Has sido tú quien ha tomado la decisión.
—Lo sé —replica ella—. Pero esperaba que dijeras algo. —Aguarda un poco antes de continuar—. ¿No tienes nada que decir? Di alguna cosa, por favor.
—Voy a sentarme un rato y tratar de escribir. Esta tarde se me ha ocurrido una idea.
—Imaginaba que dirías algo así —dice ella—. No eres más que un crío.
—¿Por qué dices eso? —le pregunta él.
—Solo piensas en escribir. Hay otras cosas en la vida aparte de escribir.
—No me interesan otras cosas.
—Es mejor que duerma un poco —dice ella.
—Claro —contesta él en tono condescendiente, maternal—. Mañana lo verás todo de otro modo.
—No lo creo —dice ella.
—Te llamaré.
—No.
—Está bien.
—Está bien. Adiós.
Cuelga después de esperar un instante por si ella tiene que decir algo más. Nota cierto vértigo en el estómago, en la parte alta del abdomen, como si se dispusiera a subir en la montaña rusa pero su cuerpo se negara a hacerlo, como si solo su conciencia ascendiera por la pendiente mientras que su cuerpo permanecía atrás, bien anclado en el suelo, con la Tierra sólida y firme y parada bajo sus pies. Piensa en ese recodo del pasillo del motel. Por un momento, piensa si volver a llamarla. Agarra el auricular, lo suelta. En ese momento el teléfono suena de nuevo.
—Sí —contesta con ansiedad.
—Buenas noches, le habla la policía.
Siente cómo sus músculos se relajan de golpe. ¿Qué puede querer de él la policía? Se sienta de nuevo en el borde del sofá, mientras la voz monótona le pregunta por su padre.
—Sí, vive aquí —contesta él—. Pero ahora está durmiendo. ¿Sabe la hora que es?
—¿Quién es usted?
—Soy su hijo.
—Ya veo.
No se le oye muy bien. Es probable que el policía esté comiendo, quizá leyendo algo en un papel. Parece distraído. Tras una pausa, vuelve a interrogarlo:
—¿Tiene usted un hermano llamado Abel?
—¿Cómo?
—Que si tiene un hermano llamado Abel.
—¿Abel? Sí.
—Um. Ya veo.
—¿Por qué? ¿Qué quiere? Hace años que no sabemos nada de él, no creo que pueda ayudarle demasiado.
—Verá, está en el Hospital Provincial. No se alarme, está fuera de peligro, ahora ya se encuentra mejor. Afortunadamente, el servicio de Emergencias llegó a tiempo.
—¿Cómo dice?
—Pero su padre tendrá que venir a comisaría a firmar unos papeles, como su familiar más directo. En un caso como este es necesario. Después podrán llevárselo a casa.
—¿Mi padre? Mi padre no puede ir.
—¿Por qué no? ¿Está impedido?
—No.
—Si su padre no puede acudir, usted puede hacerlo. Ha dicho que es su hermano, ¿no?
—Medio hermano.
—Bueno, eso es igual. Vaya a su casa y recoja alguna ropa, todo sucedió de noche y su hermano ingresó en pijama en el hospital. Si viene mañana, podrá firmar los papeles y tal vez después les permitan llevárselo a casa. Imagino que es importante que pase unos días vigilado. Por si las moscas, ya me entiende.
Después de colgar se queda un rato mirando la televisión, toda llena de niebla, aún sin apagar. Su hermano. Cuanto más tiempo pasa, menos puede olvidarse de Abel. ¿Cuánto hacía que no sabían nada de él? Dos niños jugando en el patio trasero, entre la ropa tendida a secar. Uno tiene doce años, es enclenque. El otro trece, tiene pelos en los sobacos y bigote, es fuerte. El hermano pequeño quiere jugar a hadas con las sábanas. Corretea entre ellas con sus pequeños miembros vibrando en el aire de la mañana, las piernas dobladas, los brazos extendidos al sol, cantando una canción imprecisa, lastimera, inventada para la ocasión. Un pájaro ha quedado atrapado en el encaje de una colcha, sus patitas como dos ramitas secas y crujientes. Aletea frenético, no puede escapar. ¡Pobrecito!, gimotea Abel, mientras tira de su hermano hacia el animal. ¡Sálvalo! Él sabe que el pájaro no vivirá mucho tiempo, lo ha leído en los libros, lo ha visto en la televisión. Sus vidas son como la carretera trazada en un mapa, estrecha, conocida de antemano. Aprieta la mano en torno a él. El pájaro se opone, es increíble la energía que desprende un cuerpo vivo, materia animada. Cierra el puño hasta que se le acelera el corazón, hasta que sus patitas apenas se pueden mover. La cara de Abel se descompone, se contrae, se transfigura de dolor, corre por el patio trasero como un gorrión enjaulado, tropezando con las sábanas, gimoteando, cayendo al suelo, llamando a mamá. Él no lo puede comprender. El hálito caliente de la vida traspasa su piel y ya puede sentirla en su torrente sanguíneo, corriendo por sus arterias, hinchando sus pulmones, saliendo exhalada en forma de respiración y mezclándose en el aire con el olor a almizcle y bergamota de las sabanas. Y la cara de Abel es tan blanda… Podría amasarla como miga de pan.
Su hermano vive en un vecindario distinguido, casi en el borde de la ciudad, hacia el norte. Solo puede llegarse en coche o en tren, ni siquiera hay servicio de autobús. Su aspecto desentona en medio de la avenida poblada de altos alcornoques, flanqueada de setos lanceolados del tamaño de Land Rovers. Se detiene frente a un edificio de once plantas revestido de mármol gris. No hay nadie más por allí, a la luz temprana del amanecer, se siente como un ladrón acechando. No sé por qué estoy aquí, se dice, ya no tengo nada que ver con Abel. Pero recuerda que siempre se ha sentido atraído por las cosas de su hermano, ese minúsculo ser que creció a su sombra. No tiene por qué comportarse así, se dice, acelerando el paso con decisión, como un ladrón furtivo o un asaltador, es su hermano.
En el amplio espejo que cubre la pared de entrada al portal, se observa con recelo. Su cara está desfigurada, rezuma una especie de jugo parecido a la baba. Es la cara de un proscrito, de un desenterrador.
El portero es un hombre bajito con uniforme gris que se mantiene erguido detrás del mostrador. Lleva dibujada en su cara una escena de cine mudo: dos hombres que se persiguen mutuamente tarta en mano. En cuanto lo ve acercarse se yergue aún más, dispuesto a interceptarle el paso.
—Qué quiere usted —le pregunta con la cara arrugada como una nuez.
—Vengo a recoger unas ropas para mi hermano —dice él—. Vive en el último piso, en la letra A.
—¡Ah! —El portero se relaja y, al hacerlo, la cara se le desenrolla como un estor—. El joven de la televisión. —Se acerca sesgadamente, mirando a un lado y a otro, bajando la voz—. ¿Cómo está, dígame? ¿Acaso él…?
—No, no, está bien —le interrumpe él—. Tengo entendido que usted tiene una llave.
—Desde luego, fui yo quien llamó a la policía —dice, mientras se interna en un hueco debajo del mostrador—. Siempre le saco la basura. Pero esa noche no había nada que sacar, así que llamé a la puerta. — Cuando aparece, su rostro congestionado se achata aún más—. Llamé unas cuantas veces, oía la música sonar, nadie me abría. Se trata de un joven muy alegre. Regresé aquí y cogí mi llave, tal como le dije a la policía. ¿Y dice usted que es su hermano?
Aún siente clavada en la espalda la mirada lobuna del portero cuando se introduce en el ascensor.
La subida se le hace interminable, los números iluminados se suceden lentamente en la pantalla digital. Está excitado, el pie no deja de golpear nervioso contra el suelo enmoquetado. En el número once, el ascensor se detiene con suavidad.
Abre la puerta despacio, las manos asidas a la llave con fervor casi religioso, conteniendo un pequeño temblor. Traspasa el umbral sin osar levantar la cabeza. Observa la alfombra persa, el parquet de madera de nogal, cada minúscula bola de pelusa que hay sobre él, conteniendo el aliento. La casa de Abel, se dice, el altar del poeta, del gran comunicador. Cuántas veces ha soñado con habitar una casa como esa, vivir rodeado de objetos perversos, de exótica rareza, procedentes de lugares del mundo en donde los hombres aún practican el trueque, la poligamia, se comen los unos a los otros. Siente un estremecimiento solemne cuando cierra la puerta detrás de sí.
Dentro, el ambiente huele a cerrado. Un ligero escalofrío le recorre el espinazo mientras se adentra en el comedor, es como entrar en un santuario, un sepulcro, un oráculo. El portero debe de haber bajado las persianas, no se ve un pimiento delante de él. Por un momento no se atreve a dar un paso, a respirar.
—Será mejor que encienda la luz —se atreve a decir en voz alta.
Tienta con las manos la pared hasta dar con el interruptor.
Ahí está el apartamento de Abel: muebles volcados, sillas con las patas hacia arriba, vasos manchados de vino y volteados sobre el aparador, un batín, una lámpara sin pantalla con la bombilla desnuda al descubierto, una sábana blanca tirada en el suelo, como cobijando el residuo de un ritual sacrílego, restos de alguna contienda primitiva, incestuosa, inmoral.
Provisto de un delantal y un plumero que encuentra en un armario de la cocina, empieza a ordenarlo todo. Sube las persianas y deja que la luz penetre en la casa como un soplo de aliento vivificador. Endereza los muebles y sacude las alfombras. Friega los vasos. Vacía los ceniceros. Hasta pega la cabeza de loza de un Apolo adolescente que encuentra en el suelo. Una masa de puntitos dorados llena el aire, como el confeti de un desfile. Al principio siente una honda sensación de bienestar. Es como haber penetrado a hurtadillas en el templo de un dios sin la mediación del sacerdote. Pero luego empieza a dominarle un sentimiento de rencor. ¿Qué hago limpiando el apartamento de Abel? ¿Acaso soy su sirviente? Recorre las habitaciones de nuevo, esta vez mirándolo todo con desdén, empujando la puerta de un armario, levantando la tapa de un joyero, abriendo un cajón. Se sienta en su cama y pasa la mano por la colcha.
—Aquí duerme el bastardo —se dice—. Aquí lleva a cabo sus rituales sodomitas, su ceremonial de lujuria, aquí sacia su apetito lascivo y vil.
Sin quitarse los zapatos, sube los pies en la colcha, se desliza por ella hasta apoyar la cabeza en los almohadones, cruza las manos bajo la nuca. Es la habitación de un sátiro, se dice, de un traficante de esclavos.
Se acomoda, se desprende de los zapatos y se desabrocha el cinturón. Hay toda una galería fotográfica sobre el aparador de caoba con tiradores de bronce, todo hombres. Un joven con cara de modelo italiano. Un hombre mayor de sienes grises. Una especie de funambulista que sonríe desde lo alto de un trapecio. Todos le muestran a la cámara su cara de felicidad, nadie sufre o es infeliz. Es repugnante, se dice. Hace una mueca de desagrado y se muerde el labio inferior. Siente un tenaz deseo de hacerse daño, clava la uña en la palma de su mano, lo hace hasta que siente una fuerte presión en la uña pero, en cambio, nada en la palma de la mano, no siente dolor.
De repente, de entre todas las fotografía destaca una con un marco de extraña rareza. Mientras lo observa, sonríe con indolencia, blandamente, como abandonado al placer de lamer un caramelo. ¿Cómo es posible hallar tanta sensualidad en un simple marco de fotos? Dilata el instante de posar los ojos sobre la fotografía, imaginando qué podrá albergar un marco así. Un escote níveo. Un cuello como de plumas de cisne. Una cara purísima, increíblemente joven, increíblemente bella, de mujer.
Es mamá.
En vano trata de incorporarse. Tira de sus pantalones, pero su cuerpo no le obedece, está pegado al colchón, fagocitado por él. De repente, nota una especie de humedad entre los dedos, advierte que está sangrando. Se levanta de inmediato. Mira a todas partes con el corazón en un puño, desbocado. Está sudando. Ha manchado la cama de Abel.
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