Anatomía de Caín
Capítulo III
El almacén es un edificio viejo y feo de ladrillo rojo, en las afueras de la ciudad. Se guardan allí toda clase de productos derivados del acero, cables, tirantes, juntas, basamentos, vigas de más de veinte metros, tubos por cuyo hueco cabría un camión. Por dentro es oscuro y gélido, como una mazmorra. Por fuera está el sol, en verano, y en invierno los cuervos en los cables de la luz y el teléfono, y los gitanos que vienen a recoger los recortes que diariamente se vierten en un contenedor.
Su misión es vigilarlo de día, en ocasiones, de noche, cuando llegan entregas importantes que hay que inventariar para darles salida al día siguiente. Pero él no hace nada de eso, ni inventaría, ni da salida a los productos, ni se ocupa en absoluto de cuestiones de organización. Él se sienta cada día desde hace algo más de año y medio a comer su bocadillo de salami mirando a la pared. La pared da al oeste por el patio. Al otro lado de la única ventana que existe se reúnen los perros del barrio y deambulan los vendedores de crac, con sus pómulos salientes y sus mandíbulas melladas, y es el lugar donde aparcan sus coches los empleados del taller y de la fábrica. Es el sitio que lo inspira más, por su fealdad honesta y su precisión. La pared enmarca un pedazo del mundo, un fragmento de humanidad simple y claro, que asoma a la ventana como una muestra representativa de lo que se suele conocer comúnmente como la realidad. Él solo ha de aguardar un poco y observar y, como cada día, da comienzo una danza enloquecida y sin orden, pero bella y trágica y suicida a la vez, cuyo único propósito es disponer las cosas nuevamente en el orden que tenían para volver a comenzar nuevamente. Esa es la tarea del escritor, dar fe de la vida, como si tuviera un fin.
Pero esa mañana no tiene ganas de escribir. Come su bocadillo sin gana y observa una lagartija que asciende zigzagueando por la pared. Se detiene un momento, rota enloquecidamente sobre sí, y acto seguido vuelve a ascender. Y así, una y otra vez. Se pregunta qué pensará una lagartija para sentir que debe avanzar de ese modo. Si la lagartija sabrá dónde va o, por el contrario, se dejará llevar por su instinto. Un nuevo giro, una nueva ascensión.
Saca la libreta y lo anota. Nunca se sabe cuándo puede hacer falta una reflexión sobre el mundo animal, se dice. Nuevo giro, nueva ascensión. Allí, en la página anterior, están sus últimas anotaciones para el Gran relato sobre la Mujer. Hace tiempo que no ha vuelto a escribir. Pensar en ello le produce un momentáneo malestar, un ligero sentimiento de culpa que se instala en su estómago en forma de retortijón, pero que se disipa al instante cuando piensa en ella nuevamente. Aún se siente aturdido al recordar la última vez. Las palabras se vuelven toscas, imprecisas, desmemoriadas, no son el vehículo adecuado para evocarla. Lo único que puede hacer desde hace días es sonreír y dejarse acarrear por el Tiempo, como lo hace una simiente, una hoja arrancada, un hombre a punto de morir.
Sin embargo, ha de conmemorar de algún modo su muerte y su resurrección, así que toma el lápiz y escribe: «Ella está desnuda sobre el edredón, mirándolo. La piel de él, tierna, blanca, tan blanca que le quema los ojos, irritados de toda la noche sin dormir, le parece una afrenta, una provocación, pero no puede evitar volverse y contemplarlo una vez más. Molloy duerme profundamente. Apenas se ha movido una o dos veces desde que hicieron el amor. Es muy joven, piensa ella, seguro que aún no ha reparado en su mortalidad, en la mortalidad de todas las cosas. Cuando alza la mano para tocarlo de nuevo, él abre los ojos de repente. Está llorando. ¿Por qué lloras?, le pregunta. No puedo evitarlo, contesta él. Verte aquí, a mi lado, real, pero a la vez no, me hace llorar. Ella se enfada, ¿te estás riendo de mí? Al contrario, dice él, temo que de un momento a otro me expulses de tu lado. Y la cubre de besos, y de abrazos, tan tiernos y apasionados que ella se ríe sin querer. ¿Y ahora quién se ríe?, pregunta él. Pero ella le tapa la boca con sus labios. Su vientre podría albergar a la Humanidad entera, pero esa noche no. Esa noche es solo de él. ¿Eres de verdad?, pregunta Molloy. Ella sonríe de nuevo, le besa los ojos, dice: eres tan joven. No soy tan joven, protesta él. Voy a acariciarte hasta que se te pase esa tontería de la juventud. Y sus labios la recorren con avidez. No puede evitar sentir vergüenza, pero al mismo tiempo, como un caballo que le galopara dentro, también siente que podría hacer cualquier cosa. Está como embriagado, la piel erizada, roja. Casi le duele respirar».
Cierra la libreta tembloroso, estremecido por la excitación. No se atreve a leerlo otra vez. Por una parte, teme que sea malo y no le guste, que no llegue a expresar remotamente una décima parte de la emoción que debe transmitir. Y, por otra, teme también que le guste, pues significaría que había superado la experiencia lo bastante como para ser capaz de hablar de ella y reconstruirla con toda la emoción del momento ya perdido.
El barullo del patio, que generalmente le molesta porque significa el final de la hora de comer, ahora le parece maravilloso. Una hora menos para salir. Una hora menos para volver a verla. De repente, el supervisor aparece por la puerta del fondo arrastrando su cuerpo orondo y llamándolo; él se levanta y se guarda la libreta y el lápiz en el bolsillo trasero del pantalón y va hacia él. Y ya está el hombre reprochándole que haraganee hasta el último momento, y él sonriendo y pensando que siempre ha habido un escritor trabajando para alguien en un almacén inmundo, reprendido por su jefe, bebiendo café malo y fumando y tratando de hacerse entender, y el mundo, pese a todo, sigue, y lo que tenga que ser, será.
—Me han dicho que han hablado de ti en la televisión —dice el supervisor, cambiando momentáneamente su cara de perro por otra no menos estremecedora—. ¿Qué has hecho? ¿Has matado un gato o qué?
—Es sobre uno de mis relatos, creo —contesta él.
El otro le dirige una mirada suspicaz.
—Así que eres escritor, ¿eh? Pues no tienes cara de escritor.
En otro momento habría tratado de explicarle sus ideas, hablarle sobre arte, vida, literatura, etcétera. Pero hoy no. No tiene ganas de hablar. Tiene ganas de acabar pronto su trabajo para poder salir de allí.
—Será mejor que me vaya a echar un vistazo —dice amablemente—, antes he visto una furgoneta merodeando por ahí.
Pero el otro lo sigue hasta el muelle de carga, haciendo crujir las perneras de sus pantalones al andar.
—Espero que no se te ocurra escribir algo sobre mí, ¿me oyes? —grita levantando un puño—. No pienses que voy a dejar que airees mi vida privada.
—No tiene por qué preocuparse —contesta él.
Y le habla sobre el poder de la ficción, sobre la magia de transformar los acontecimientos reales en materia poética, sobre el distanciamiento y la estética y la retórica y la verdad.
El hombre lo mira con sus ojos incrédulos, de vaca, y se aleja sin darle tiempo a terminar.
La señorita Meri lo castigó un día a la última fila y ya no le dejó regresar a su sitio nunca más. Dijo que ya estaba bien de tanta informalidad, que estaba harta de verlo llegar tarde todos los días y después, pasarse el resto del tiempo hablando. Es verdad que se pasaba el tiempo hablando y también que llegaba tarde todos los días. Mucha gente, incluida la señorita Meri, y el director del colegio, pensaba que se iba a los billares, o a comprar discos o revistas, o al cine, mientras su hermano, un muchacho bueno y estudioso que tenía un año menos y que iba al mismo curso que él, se aplicaba y sacaba buenas notas, y encima no tenía más remedio que encubrirlo y mentir por su culpa.
Eso es lo que todo el mundo pensaba de él, y él dejaba que lo pensaran si querían. Qué más daba, la verdad era distinta y solo él la conocía.
Lo que todo el mundo ignoraba es que todas aquellas mañanas lo único que hacía era quedarse en casa, y fisgar. Sí. Se escondía en su habitación, permanecía allí agazapado hasta que su madre se iba a trabajar y, después, fisgaba. Le gustaba fisgar. Ya había encontrado muchas cosas en sus incursiones por la casa: un mechero estropeado, dos entradas para el cine, una foto de su madre con el pelo negro, un condón, unas llaves que guardaba junto con las herramientas que había birlado de la caja que su padre guardaba en el chiscón, y un pintalabios.
A veces, se colaba en la habitación de sus padres, se sentaba frente al espejo de la cómoda y se pintaba los labios como veía hacer a mamá. Primero el labio superior, luego el inferior, poniendo la boca como un pez, igual que hacía ella, frunciéndola como si fuese a darle un beso a alguien. Luego se observaba en el espejo largo rato, desde todos los ángulos posibles. No comprendía por qué los hombres no se pintaban los labios también. Abría un cajón y sacaba un espejo de mano para mirarse también por detrás, y de perfil. Le sonreía a su imagen. Le sorprendía lo diferente que se veía y, a la vez, lo igual, pese al disfraz. Casi no se reconocía, era como si fuera otro y a la vez no.
Un día se probó el vestido rojo de mamá. Abrió la puerta del armario y se subió en una caja de madera para alcanzar la percha. Después de pasearse por la casa con el vestido puesto, se probó también unas pulseras y un collar. Al cabo de un rato comenzó a aburrirse y lo devolvió todo a su sitio, y después de bajarse de la caja que había usado como escalón, la abrió para ver qué contenía, pues nunca había mirado allí dentro.
Al principio no entendió mucho de lo que decían, solo que esos papeles hablaban de mamá y de Abel. Ni de su padre, ni de él. Rápidamente volvió a ponerlos en la caja, la devolvió a su sitio y se alejó de ella cuanto pudo, y durante algún tiempo se mantuvo apartado del armario como si albergara a la vez un tesoro y una maldición.
Aunque no se mantuvo apartado mucho tiempo. Un poco más tarde, volvió a visitarlo con más calma. Algunos términos le eran desconocidos, como patria potestad o adopción, pero otros los comprendió. Poco a poco, el miedo fue sustituido por la curiosidad, y posteriormente, la curiosidad fue a su vez sustituida por algún otro sentimiento parecido al odio, de modo que no le costó demasiado volver allí con regularidad. Pronto, abrir la caja y mirar aquellos papeles se convirtió en una diversión habitual.
A veces se llevaba a Abel con él a la habitación de sus padres y le mostraba los collares, el armario, los vestidos. Abría un cajón, sacaba corbatas y pañuelos, maletas y postales, manteniéndose cerca de la caja, mirándola furtivamente, fantaseando con la idea de enseñársela también. Pero su hermano acababa siempre saliendo a toda prisa de la habitación, atormentado por el hecho de estar allí sin el permiso de sus padres. El muy tonto.
Ahora el mundo es suyo y sale del almacén pegando brincos, el chico loco de la televisión. Algunos de los trabajadores de la fábrica le miran con cara de extrañeza al verlo trepar por un tronco, o encaramarse a un poste de la luz. Él les sonríe como si llevara dentro una bandada de pájaros, como si fuera domingo y sonaran las campanas y viera el mundo por primera vez.
Toma el metro como si bajase al centro de la Tierra, como si tuviese que conquistar una región. Atraviesa la ciudad, y cuando emerge, las luces del firmamento parpadean para él. Dalila vive en un edificio del centro. No es un edificio lujoso, pero sí antiguo y elegante, distinguido. Entra dando saltos en el vestíbulo, sube los escalones de dos en dos, parándose de vez en cuando a admirar una cornisa, un rosetón de escayola, un angelote que toca la trompeta en un rincón. Se cruza con personas que lo miran con recelo, pero él los saluda sonriente, levantando la mano mientras continúa su gloriosa ascensión. Y allí se encuentra por fin, frente al oráculo de la diosa, sus pies a punto de cruzar el umbral de la poetisa. Toca el timbre una vez. Dos. Al cabo de unos instantes que parecen interminables oye pasos dentro de la casa.
Ella misma sale a abrir.
—Hola —le dice, exultante, lleno de amor.
—Ah, hola —contesta ella, parada en el umbral. Lleva puesta esa túnica larga con que la vio por primera vez, una prenda adorable—. Eres tú —dice medio adormilada, apartándose un mechón de pelo de la cara.
—He pensado en darte una sorpresa —ríe él—. ¿Puedo entrar?
—Mejor que no —dice ella—. Estoy escribiendo.
Escribiendo, piensa, qué oportunidad. Sentarse a mirarla mientras ella exprime su alma, mientras bucea por su interior, mientras entra en contacto con lo eterno y lo sagrado como una sacerdotisa, contemplarla en pleno proceso de creación, sin tapujos ni intermediarios, sin velos ni máscaras ni dobleces ni afectación. Solo ella, él y la verdad.
—¿Puedo verte mientras lo haces? No te molestaré.
—¿Estás loco? No.
—Por favor.
—He dicho que no. Será mejor que te vayas.
—Está bien, te esperaré.
—No quiero que me esperes.
—Puedo sentarme aquí. No te molestaré.
Ella lo observa un momento con cara de impaciencia. Luego, abre la puerta un poco más y se echa a un lado sin mirarlo.
—Esta bien —dice—. Entra.
—Me quedaré quieto, de verdad.
Él siempre fue un poco raro. No le gustaba beber, ni ir a bailar. Cuando a los diecisiete años otros chicos de su clase iban al parque a camelarse a las chicas, él se quedaba mirándolos, pensando lo patéticos que eran. Daba media vuelta y se alejaba oyendo los sonidos del barrio a aquella hora de la tarde: los autobuses, la música en las radios de los bares, los pasos de la gente en las aceras, los cierres de los establecimientos chirriando al caer. Y la risa de las chicas, ese risita tonta. Se había mantenido tanto tiempo como pudo alejado de todo eso. Sobre todo de las chicas. Él era diferente. No decía que fuese mejor, pero sí al menos más consciente de su insignificancia y su pequeñez, no como ellos. Pero había algo que lo diferenciaba de los otros: en el mundo había cosas grandes que había que luchar por alcanzar, y él pensaba alcanzarlas algún día. Todas aquellas chicas con sus risitas tontas no lo comprendían ni lo comprenderían jamás. Él no era solo el chico que era ahora, su cuerpo apretado, su pelo moreno, su nariz chata desviada. Él era lo que habría de ser, el proyecto, el embrión.
Muchas veces, frente al espejo del lavabo, se contemplaba con un sentimiento de admiración. Oía fuera las protestas quedas de su madre, a su padre citar la Biblia o el Catecismo y luego mandar callar a su hermano, o a algún presentador de la televisión que lo molestaba con su discurso atrevido y desvergonzado, y él se sentía fuera de aquello, ajeno a sus cuitas y a la vez superior. Había leído en una revista de ciencia llamada Cuantum que la mente humana formaba parte en realidad de una mente colectiva de una simpleza asombrosa. Según la revista, a esta mente se debían el espíritu gregario, la agricultura, la paz, el amor, etcétera. Sin embargo, poco se habría logrado de ser esta la única forma de organización mental. Los hitos que habían hecho avanzar a la humanidad se habían producido, de hecho, gracias a la intervención de unos pocos cerebros solitarios, de unos hombres perturbados y locos, y violentos, y cuyo valor se debía a que veían más allá.
Él veía más allá. Nunca se dejó doblegar por nadie ni por nada, ni por su padre, ni por su madre, ni por su hermano, ni mucho menos por una idea, la bondad, el amor, ¡bah! Y por supuesto, menos aún por una chica.
Sin embargo, ahora está enamorado. Toda esa fuerza que ha ido acumulándose como una masa de magma en su interior, tenía un propósito. Ella. La quiere. Está absolutamente seguro, sin condición. Su vida ahora es una pira, un altar, su razón de ser es su fin. Ahora entiende que hasta el momento nada haya sido capaz de conmoverlo. Si mañana ella le pidiese que se azotara, lo haría. Si mañana ella le pidiese que se lanzase en paracaídas de un avión, lo haría. Si le pidiera que se matase, lo haría también.
¿Y qué puede hacer un hombre enamorado después de dejar a su amada? Nada, salvo conmemorarlo. Lo único que puede hacer es festejarlo, celebrar su inmortalidad, la fuerza, el poder que le ha sido otorgado. De modo que se dirige al bar de la estación. Beberé un vaso de absenta para celebrar mi buena suerte, se dice, quizá pierda el conocimiento y caiga muerto. Sería un magnífico final.
Se sienta en el sitio habitual, espera a que venga el camarero y, mientras, saca su libreta y apunta: «Molloy no era un muchacho, tal como ella suponía, estaba equivocada. Era un hombre, o un caballo, o un centauro o un Poseidón». Subraya tres veces la palabra Poseidón, y hace un esfuerzo por pensar mientras mordisquea el lápiz. De repente una idea le ilumina el rostro y vuelve a escribir: «Embriagada por el olor que él ha dejado en las sábanas, se siente como una amazona, como una reina inmortalizada por el vino del Leteo. Su piel ha sido tejida y la urdimbre se deshará de nuevo al amanecer. Ya nunca morirá».
Cuando el camarero se acerca, guarda el cuaderno y le pide un vaso de absenta.
—No tenemos de eso —le dice.
—Entonces tráeme un vaso de cerveza.
Normalmente le gusta sentarse allí, cerca de la ventana, y mirar a la gente que sube y baja de los trenes. Hay cientos de personas que viajan cada día en tren. Miles. Personas que van a trabajar, o que regresan del trabajo, que inician un viaje o que vuelven después de varios años de ausencia, y a él le gusta sentarse a mirarlos e imaginar qué les sucederá a continuación. Sin embargo, hoy esto no le produce ninguna emoción. Tiene ganas de celebrar la vida, de participar, no de quedarse sentado mirando, siente deseos de hacerse uno con los demás.
La megafonía anuncia la llegada de un nuevo tren. Otra riada de personas emergiendo por las escaleras, pies veloces, caras indiferentes. De repente, entre la multitud, descubre el rostro su padre. No parece él, no va vestido igual, incluso no parece cojear. Cuando vuelve a mirar hacia fuera al cabo de unos segundos, ya no está. Tal vez no era él, se dice. Ve una puta vestida de leopardo parada frente al servicio de caballeros. Sonríe. Esa es una buena muestra de a lo que se refiere. Se acuerda de Tamar. Se acuerda de que hace mucho que no le hace una visita a la pensión.
Compra una botella de vino y se la lleva. Tamar está con un cliente y tiene que esperar, pero no le importa. Sentado en el inmundo vestíbulo de la pensión, oyendo fuera el surtidor de gasolina, el partido de fútbol por la radio, viendo a esos hombres que bajan por las escaleras con la boca ladeada y los ojos entrecerrados, reflexiona sobre el género humano. Es nauseabundo, pero hay algo en él que inspira compasión. Quizás sea su indefensión. O quizás su locura. Cuántas veces lo ha pensado mientras se quitaba la ropa entre las cuatro paredes de esa misma pensión, porque un hombre desnudo es un hombre indefenso. Y también un loco. Desnudos fuimos en el Principio, piensa, y solo desnudos volvemos a ser lo que éramos: Naturaleza. Pero toda nuestra grandeza y nuestra vanidad no valen nada cuando tenemos miedo y la soledad y la locura nos amenazan.
Cuando le cuenta a Tamar lo que siente, cómo ha vuelto a renacer en el amor, cómo siente que su alma ha estado comprimida hasta ahora, encanijada, entontecida por la estrechez y el recato, ella no se ríe ni reacciona con cinismo, como cabría esperar de alguien que comercia con la perversión. En cambio le dice que se alegra mucho por él.
—Eres un joven muy inquieto, te vendrá bien sentar cabeza.
Hoy no lleva puesto su quimono. Se cubre con una bata casera que a él le hace sentir incomodo. Una puta no debería vestirse con ropas ordinarias para hacer su trabajo, piensa, sino con velos y plumas y espuma de mar.
—Y me alegro por ella también —dice Tamar—. Esa pobre chica no se merecía como te has estado portando hasta ahora.
—No se trata de ella —dice él.
—¿Ah, no? ¿De quién?
—Se trata de una mujer de verdad.
—¿Te refieres a una mujer mayor?
—Me refiero a una diosa, a una sacerdotisa.
—Debes de referirte a eso, sí. —Tamar suspira y sacude la cabeza—. Pues lo siento por tu novia, me caía bien.
Él se tiende en la cama desnudo, con los brazos tras la nuca, y deja vagar la vista por la pintura del techo, que está parduzca y grasienta, y sonríe pese a ello, mientras trata de memorizar las últimas palabras que le ha dicho a Dalila, y se repite mentalmente que debe anotarlas en su libreta en cuanto se halle solo otra vez.
«Te quiero. Te he querido siempre. Pero tú no me has dejado, me has convertido en una mancha, en un escupitajo, en un borrón asqueroso». Desnudo, sentado en la cama de Dalila, hablándole a su espalda mientras ella se peinaba la melena frente al espejo de su tocador, pronunciaba las palabras con lágrimas en los ojos, llevado por el dolor y el espasmo y el gozo y la locura a la vez.
—¿Qué dices? —le preguntó ella, mirándolo como se mira a un extraño, a un demente, a un vagabundo al que se hubiera recogido en la calle y que ahora, en la intimidad del hogar, se revelase en toda su perversión—. ¿Por qué no te marchas? Tengo mucho que hacer.
Y con lágrimas en los ojos, él comenzó a recoger sus cosas y se vistió, dejándola como a una perla dentro de su concha, perfecta, retocándose el maquillaje aunque no era necesario, recordándole que había sido la experiencia más excelsa, religiosa, divina, que había tenido en su vida y que contaría las horas hasta volverla a ver. Y salió al mundo a celebrarlo. Y sus pasos lo llevaron a la estación, y luego a la pensión de Tamar, donde gozó de la mujer nuevamente, porque no se sentía ahíto y su insaciabilidad hacía que notase un agujero en el estómago y dentro de su cuerpo, y que ese agujero le quemase, mortificándolo hasta lo indecible, y que por más que lo intentase nunca se acabara de llenar.
—Tú me has convertido en una mancha, en un escupitajo, en un borrón asqueroso. Pero yo te quiero.
Allí estaba ella, de pie ante la figura postrada del hombre, agarrándose a la camilla que lo conducía a la ambulancia que lo llevaría al hospital, mientras los dos niños tiritaban bajo una manta del ejército, mirando la escena con ojos desmesuradamente abiertos, el coche panza arriba, las ruedas aún dando vueltas con un chirrido llorón, como autómatas, sin advertir que ya se habían detenido, que estaban todos fuera menos papá, cuyas piernas, incomprensiblemente, estaban dobladas dentro del capó.
—¿Se ha muerto papá? —le preguntó Abel.
Él no contestó. Sabía que su padre no había podido morirse porque Dios estaba siempre de su lado. Estaba de su lado en las Fiestas, en las tardes en que no se podía ver la televisión, en los castigos ejemplares con correa, cuando las notas de su hermano eran tan buenas que las suyas quedaban a la altura del betún, según su padre, vergonzosas, insultantes y obscenas, en las discusiones con su madre a causa de lo que comía Abel, de la ropa que llevaba, de los cromos que compraba y los libros que leía, en las veces que le levantó la mano, abalanzándose sobre él mientras mamá lo insultaba llamándolo cobarde, y él se revolvía furioso, lleno de ira, y la emprendía con ella, nunca hasta el punto de llegar a tocarla, claro, pero siempre con la Palabra a mano, saliendo de su boca pequeña y mezquina como una piedra roñosa atada a un cordel.
—¿Se ha muerto, eh?
—No se ha muerto, no.
Era esa la razón que lo había hecho chocar, la ira, aunque los abogados decían que tal vez había sido un fallo del motor. Llamaron cuando se enteraron de que papá había perdido su pie. Mamá se reía y les servía café en la cocina, mientras ellos mostraban sus dientes blanquísimos y se frotaban las manos. Él los observaba. Tenía seis años, y le preocupaba que se llevaran también a mamá, que quisieran arrancarle una mano, que apareciera ella también mutilada, sin su mano, como papá, quién sabía.
Pero no. Los abogados se marcharon cuando papá regresó del hospital, y hubo al principio un período de armonía, de amor fraterno y esencial que se podía notar rezumando en las paredes de la casa, en las alfombras, en las voces, en las miradas y en la forma de cerrarse las puertas con cuidado, silencio, no molestéis a papá. Pero pronto volvieron los gritos otra vez, y el fanatismo, y el odio. Abel guardaba miguitas de pan para los pájaros y él las encontraba y las esparcía por el suelo, y las escupía y las pisaba, y mamá lo castigaba apartándolo de ella mientras que Abel estaba siempre a su lado. Y un día se marcharon los dos.
Casi es de noche cuando llega al apartamento de Abel. La puerta de casa está abierta y Abel está tendido boca abajo en el sofá.
—Hola, hermano. ¿Cómo estás hoy? —le pregunta.
—No muy bien —dice apenas sin moverse—. Siéntate.
El comedor está oscuro y huele mal. Le duele verlo de ese modo, todos esos muebles caros, de aspecto moderno, abandonados, con una capa de polvo, es una lástima. Va a la cocina y vuelve con los utensilios de limpiar: un plumero, un trapo, una bolsa de basura, un delantal. Se pone el delantal. Sobre la mesa hay restos de pizza reseca y una botella de Campari. La coge mientras mira a su hermano con severidad.
—¿Esto es lo que bebes ahora? —le pregunta.
Abel no contesta. Tiene mal aspecto. Su piel posee un leve matiz azulado, y tiene hundidas las aletas de la nariz. ¿Dónde están ahora esa inocencia y esa blandura beata que tanto gustaban a mamá?
Deja la botella donde estaba, vacía un par de ceniceros en la bolsa, y corre las cortinas para dejar que entre algo de luz. Abel se revuelve en el sofá.
—¿Es que te gusta vivir entre tinieblas? —le pregunta.
—Tienes razón —dice Abel.
Hace un esfuerzo por incorporarse y se restriega los ojos. Parece una aparición, parece haber regresado de algún lugar pequeño y tenebroso, como una tumba, parece haber menguado de tamaño desde la última vez que se vieron.
Le dice:
—¿Qué dicen en el hospital respecto a la bebida?
Abel repara entonces en el delantal y pregunta:
—¿Qué estás haciendo?
—Limpiar —contesta él.
—Pero ya viene todos los días una mujer.
—Hoy lo haré yo. ¿No es malo que mezcles la bebida con la medicación?
—Ya lo sé, ya lo sé, no debería hacerlo.
—Bueno, —se encoje de hombros—, al fin y al cabo yo qué sé. Si te sienta bien…
Abel sonríe.
—Lo siento. —Ahora lo mira con ternura, como si pretendiese abrazarlo. Él da un paso hacia atrás—. Te agradezco que te preocupes por mí, hermano. ¿Cómo va el Gran relato sobre la Mujer?
—Va bien —contesta él, reanudando la limpieza.
Recoge los restos de la pizza reseca, un paquete vacío de tabaco, un envoltorio de M and M’s, y lo pone todo en la bolsa. Vacía también la papelera. Hay un papel hecho pedazos en su interior. Si Abel no estuviera presente, lo leería. Está seguro de que tiene relación con su estado de ánimo actual. En la vida de Abel todo tiene siempre relación.
—Mamá decía que en el fondo eras buen chico —le dice—, solo que no habías recibido suficiente atención. Ella nos quería.
—He tenido varias ideas acerca del programa —dice, ignorando el comentario de Abel.
—¿Ah, sí?
—Deberías hablar sobre la infamia, sobre la vileza y la maldad. Como temas literarios —añade—. Yo creo en la maldad como tema literario. Deberías tener invitados.
Abel lo considera un instante.
—Bueno —dice—, seguro que sí. Lo que pasa es que se acercan la Navidades, y no sé si será un buen momento.
—Precisamente —objeta él—. Piensa en Dickens, o en Wilde. Ellos sacaron partido a la maldad. Tal vez podrías hacer un maratón, que la gente llamase hablando de sus peores acciones, de la vez que se portaron peor, cuándo mintieron, cuándo robaron, incluso cuándo estuvieron a punto de matar, apostando dinero por ello, claro. Podríais donar lo recaudado a una institución benéfica, etcétera.
—Lo pensaré —dice Abel. Se echa hacia atrás en el asiento y cruza una pierna sobre otra—. Dime, ¿por qué no viniste al entierro?
—¿Al entierro? —pregunta—. ¿Al entierro de quién?
—De mamá.
Quisiera no tener que hablar de ello, pero su hermano no parece dispuesto a dejarlo estar. Seguramente tiene también relación con su estado de ánimo actual.
—Estaba seguro de que irías —insiste—. Papá estuvo allí.
—¿Papá?
Deja de sacudir las cortinas y permanece pegado a ellas un instante, respirando su olor a polvo y humedad.
—¿No te lo dijo? —pregunta Abel.
—Claro —contesta, moviendo el plumero de nuevo—. Claro que me lo dijo.
—Estaba tan envejecido que apenas lo reconocí —dice Abel con amargura—. Fui a saludarlo, y le pregunté por ti. Pero ya lo conoces, ni siquiera me respondió.
Así que el viejo había estado. Ese cabrón asqueroso, hijo de mala madre… Después de todo, había ido a despedirse de mamá, había estado allí.
—Hacía tanto tiempo que no nos veíamos —dice Abel— y ni siquiera me saludó. Déjame pensar, no nos veíamos desde…
—… desde que os marchasteis mamá y tú —termina él.
—Supongo que sí. ¿Por qué no fuiste? Cuando hablamos por teléfono, estaba seguro de que irías.
—No pude. Estaba fuera. No habría llegado a tiempo. ¿No te lo dijo papá?
—Ya te he dicho que no —dice Abel apenado. De pronto sus ojos se iluminan—. ¿Puedo hacerte una pregunta, hermano? ¿Alguna vez él, bueno, alguna vez me menciona? ¿Alguna vez habla de mí?
Lo contempla un instante antes de contestar. Es consciente de la trascendencia de su respuesta, de la importancia de su existencia, la suya, la de él, en ese preciso momento, en esa parte del pequeño drama familiar. Observa a su hermano, prácticamente postrado ante él, observa su indefensión, su falta de templanza y de fuerza, su dependencia de todo lo de fuera, de los demás. Abel nunca se ha esforzado por ser otra cosa que lo que es, nunca mordió la almohada para que nadie lo oyese llorar, nunca golpeó con todas sus fuerzas a alguien más débil, consciente de su iniquidad pero incapaz de detenerse, impotente y dañino a la vez. Mientras está allí delante, de pie frente a él, disfrutando de ese ínfimo momento, lo mira como un halcón a su presa, y los ojos de su hermano son dos candelas a punto de extinguirse.
—No —responde, sin quitarle a la respuesta su tono fortuito, desinteresado, casual. Y luego aguarda lo suficiente como para que Abel tenga tiempo de sentir la vergüenza, el arrepentimiento, el dolor—. Con respecto al programa, yo había pensado que quizás esta vez me dejarías participar.
—Sí —responde Abel.
Sin embargo, ni siquiera lo ha pensado. Permanece sentado, encogido sobre el sofá, tan indefenso como un pájaro, un pequeño pájaro triste, mojado, por primera vez consciente de su pequeñez.
Él estaba sentado en el cuarto de baño, sobre la tapa del retrete, con el cerrojo cerrado y el grifo de la ducha abierto y el agua corría y empezaba a formar una masa de vapor que ocultaba los objetos y las formas y empañaba el espejo, pero no lo suficiente como para que no pudiera ver su rostro reflejado en él. Llevaba varios días pensando en ello, dándole vueltas en su cerebro juvenil, febrilmente obsesionado, varios días merodeando por la casa, como un animal en celo, acechando las habitaciones vacías, las puertas abiertas, deseando cruzarlas y atrancarlas y atrincherarse allí donde pudiera pasar desapercibido por un rato.
No necesitaría mucho tiempo, estaba seguro. Su cuerpo estaba cambiando. Ya no le bastaba con dejarse mecer tranquilamente en la idea, en el contorno de un pensamiento, en la blanda e inocente figuración de una forma femenina, abstracta, fugaz. Ahora necesitaba más. Necesitaba, no imaginar el tacto, sino el tacto. No imaginar la imagen, sino la corporeidad de la materia. No imaginar el devaneo suave, sino sentir el vértigo angustioso en la carne y en la piel. Y lo más desconcertante del caso era que para ello no necesitaba la presencia de la Mujer, ni la idea, ni la forma. No necesitaba a la Mujer. Porque de un tiempo a esa parte la Mujer formaba parte de él, pero no como concepto, sino de verdad. Solo tenía que cruzar ante un espejo para advertir su presencia dentro de él, en él, y ya estaba allí la excitación, los temblores, el sudor. Su cuerpo se había transformado en una suerte de extraño acompañante, formado a partes iguales por él y todas las mujeres del mundo, las más bellas, las más exóticas, las más perversas, eran él.
Se agazapaba en la quietud de los momentos más insospechados, durante la proyección de una película en clase, a la hora de comer, bajo la mesa, arropado por el mantel que construía una pequeña tienda, aislando los bajos instintos de lo demás, en el sofá mientras veían El precio justo. Aunque el momento privilegiado era la hora de dormir. Allí, debajo de las sábanas, durante unos minutos permanecía muy quieto, sintiendo el tacto de la tela en forma de pequeña descarga eléctrica sobre la piel. Comenzaba entonces a mover una a una cada parte de su cuerpo, sorprendido de la independencia de que gozaban entre sí, y respecto a él. Qué sensación tan agradable. Los pelos de los brazos se erizaban al rozarlos contra las mangas del pijama, como si ahora y solo ahora su presencia se hiciera patente para él, en el contacto íntimo que tenían con su cuerpo, con su ser. Y lo mismo sucedía con los dedos de las manos y de los pies, parecía que se tratara de pequeños huéspedes, agradecidos invitados que recogían para él toda clase de sensaciones nuevas. En todo su cuerpo advertía la presencia de un extraño que constantemente lo alteraba, que mantenía sus sentidos en permanente estado de excitación, obligándolo a ser consciente de cada terminación nerviosa, de cada pliegue, de cada latido de su corazón. Era como un barrunto hecho realidad, el barrunto de la concupiscencia, de la pulsión, de lo femenino, y lo vitando, y lo mortífero que habitaba en él.
De modo que pasó a ser un huésped de sí mismo, habitando los rincones oscuros de su mente durante la noche, escondiéndose de sí, y rondando de día las habitaciones vacías, en busca del placer, sediento de la exploración de su cuerpo. El baño era el lugar perfecto. El agua seguía cayendo de la ducha, y ya había llenado toda la estancia de vapor. Sobre el lavabo, la revista que ocultaba desde hacía años bajo las tablillas del parquet, se había rizado y ahora sus páginas estaban blandas y húmedas. Pero eso daba igual. Sus entrañas parecían haber crecido de tamaño, ir a salírsele. Una especie de epilepsia lo mantenía fuertemente agarrado al borde del lavabo, mientras la otra mano apenas podía contener la erupción brutal. De pronto, la puerta del baño se abrió. No era posible, cómo había podido librarse del cerrojo. Pero allí estaba, mirándolo con severidad, sin asomo de sorpresa ni escándalo, con un deleite rencoroso en su boca, como si hubiera esperado años y años para poder sorprenderlo exactamente así, cometiendo el pecado más abyecto.
—No se lo digas a mamá.
—Sal inmediatamente de ahí.
La vergüenza acechando ya siempre cada vez que lo miraba.
Su padre está sentado frente al televisor, viendo un documental sobre orugas. Una oruga es una cría de insecto, dice el locutor, un insecto embrionario. Permanece en ese estado hasta que, después de una metamorfosis, se convierte en lo que es. Entonces abandona el capullo y sale al mundo, y vive una vida diferente a lo que ha vivido hasta entonces, como oruga, una vida dura y mísera y cicatera y penosa pero que, ahora sí, es lo que estaba destinado a vivir. Es curioso pensar en las orugas así. Una oruga no es lo que es hasta mucho después de haber sido. A una oruga nadie le dice: eres una buena oruga porque, en tanto oruga, aún no es nada. Nace y acumula en su ser cuanta energía puede acumular, como un sueño, como el deseo de algo que se anhela tanto que es como si se tuviese ya, y la oruga sabe de algún modo que es lo que debe hacer, juntar todo esa energía dentro de sí y esperar. Como él. Porque él continúa siendo una oruga, está seguro. Un embrión. Y un día saldrá de su, por entonces, ajada y angosta crisálida, y andará por el mundo triunfante, loco de vida y de actividad, será un ser pujante, presente y actualizado, no un manojo de deseos o un pronóstico, sino lo que habrá de ser.
El viejo apunta el aire con el mando a distancia y cambia de canal. ¿Cuándo se convirtió él en lo que es?, se pregunta. ¿Qué clase de energía acumuló? Y, ¿sabía, cuando aún era una pequeña y delicada oruguita, cuando aún era inocente, en lo que se iba a transformar después?
—Así que estuviste en el entierro de mamá —le pregunta.
Su padre se revuelve incómodo, la vista fija en la televisión.
—¿No vas a contestar? —insiste.
Finalmente lo mira, pero no a los ojos.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Quién va a ser.
—Ese bastardo —dice volviendo a fijarse en la televisión.
Definitivamente si esa oruga hubiera sabido en lo que iba a llegar a convertirse, tal vez no habría abandonado la crisálida. Quien sabe. Pobre oruga malograda, de todos modos.
—¿Por qué no me dijiste que pensabas ir al entierro? —le pregunta—. ¿Por qué, eh?
—Porque no pensaba ir.
—A mí también me habría gustado. Habría ido si tú me hubieses dicho que pensabas ir. Se trataba de mi madre.
—Solo estuve un momento —dice el viejo, encarándose con él—. Si él no me hubiera reconocido, nadie se habría enterado de que estuve allí.
De repente, su padre le parece un ser mezquino, insignificante, vil. Le resulta inconcebible haber pasado toda su vida junto a él. No puede imaginarse que alguna vez fuera oruga, que no fuese un lisiado, que su madre lo amase alguna vez.
Nadie debería olvidarse de cuando era una oruga, piensa. Todo el mundo debería levantarse y asomarse a la ventana y mirar a las orugas que cuelgan de las ramas de los árboles, sus hermanas, y después cerrar la ventana y correr a mirarse a sí mismo, mirar el rastro que la oruga ha dejado de sí.
Suena el teléfono. Observa a su padre con lástima, y se levanta a contestar:
—Dígame.
—Soy yo.
Se vuelve con el aparato hacia la pared.
—Hola Lea. ¿Cómo estás?
—¿Qué cómo estoy? —repite ella. Esta vez no sonríe con la voz—. No muy bien. Dios, dijiste que me ibas a llamar.
—¿No lo hice?
—Te crees muy gracioso.
—Perdona. Te juro que pensé que lo había hecho. Tengo la imagen de mí mismo llamándote. Tengo que hablar contigo, y creí que te había llamado ya y que habíamos hablado y que ya lo sabías.
Oye a su padre cambiar de postura en el sofá, detrás de él.
—¿De qué estás hablando? —pregunta ella enfadada. Y a continuación, se pone a llorar—. No puedo más —solloza—. Necesito que nos veamos. Por favor, ven.
—Claro —dice él—. Pero ahora no puedo.
—Tienes treinta años. ¿Por qué no? Por favor, cariño, ven.
—Pero ¿y lo que dijiste en el motel?
—Siento mucho lo que dije en el motel. No me importa lo que dije en el motel. Si no te veo pronto voy a hacer una locura.
—Cállate —replica él.
Ella se calma, se aclara la voz.
—Está bien. ¿Vas a venir?
—Es muy tarde. Iré mañana.
—Por favor…
—He dicho que iré mañana —zanja él.
—De acuerdo. ¿Me lo prometes? —dice ella, y sin esperar a que conteste—: Te esperaré, pero tienes que venir. Todo se va a arreglar.
Cuelga el teléfono.
—Me voy a dormir —le dice al viejo.
Su padre, sin mirarlo, anuncia desde el sillón:
—Tienes el aspecto de alguien que vaga entre tinieblas —como un profeta, como Dios—. Más vale que endereces tu vida, hijo, ya no eres un muchacho.
Una mujer moviéndose a través de la bruma, con el bolso verde que siempre solía llevar, sus zapatos de tacón, la estrecha falda hasta las rodillas. Se mueve tan sinuosamente a través de los rizados jirones de niebla, que ha de levantar la mano para que él la pueda ver:
—Si no vienes, haré una locura —le dice—. Una locura.
Él intenta seguirla pero, como de costumbre, atrapado en esa región imprecisa entre el sueño y la vigilia, tragado por las arenas movedizas de la alucinación y el deseo, ve a su madre alejarse, difuminarse entre la bruma, desaparecer. Quiere gritar, pero su mandíbula es blanda, se ha vuelto de mantequilla, como en esas extrañas pinturas en donde la realidad se redondea, se transparenta, se vuelve líquida y fluida, y no existe ni siquiera la angustiosa posibilidad de nombrarla.
—¡No puedo, mamá! —grita, más bien balbucea—. ¡No puedo darte lo que me pides! ¡Pero seré un gran escritor!
De repente, se halla solo en la cama, sudando, oyendo un zumbido en su cabeza que parece el corazón a punto de salírsele del pecho, como si el pecho fuera una casa de cristal, sin tejado, sin ventanas ni puertas, una casa de cristal dentro de la cual fuese peligroso quedarse. Se palpa con la mano: sístole, diástole, sístole… Sístole otra vez. ¡Qué estupidez son los sueños!, se dice. ¿Cómo ha podido soñar con una cosa así? Se pone tan nervioso que tiene que encender la luz.
Mira en torno a sí. Es la habitación de siempre, con el póster de los Stones en la pared, la colección de Bruguera en el estante. No ha cambiado nada en estos años, se dice, es la misma habitación que compartió con Abel. No tiene por qué tener miedo, se dice. ¿Por qué habría de tener miedo? Él no ha tenido nunca miedo de nada. El miedo es un sentimiento y, como cualquier otro sentimiento, se dice, se puede controlar. No tiene nada de qué preocuparse. Se puede controlar, repite para sí.
Mira la hora en el reloj de la mesilla. Las diez, no es tan tarde. Salta de la cama y abre su libreta de anotaciones por la página donde escribió las últimas líneas del Gran relato sobre la Mujer. Siente el deseo de decir. El deseo de decir aparece en él siempre así, abruptamente, sin avisar. Cualquier cosa lo puede convocar, una frase leída en un libro, las palabras solamente, a veces también el sentido; una imagen elocuente, un objeto, un sueño. Cuando el deseo aparece debe sentarse a escribir, pues de lo contrario todo ese anhelo que tan abruptamente pugna por convertirse en palabras se disipará, y aquel decir se perderá para siempre, sin que nadie sepa si hubiera sido algo importante y elevado, o estupideces nada más.
De modo que comienza con algo pequeño que decir. «Ella está sentada a la mesa mirando el reloj». Es una frase preñada de posibilidades, le asombra su sencillez, lo que declara y difiere a la vez. «Ella está sentada a la mesa mirando el reloj. Está esperándolo a él. Afuera, tras los cristales, el aire de la noche trae los ecos de una feria, una música de acordeón, risas y voces, y ella quisiera que Molloy estuviese ya allí para que sus pensamientos no se fueran detrás de su tristeza a los tiempos de su niñez. Recuerda con tristeza su niñez, el día que le cortaron la trenza, el día que confundió con otro hombre a su papá, el día que cumplió siete años, cuando escribió en su diario, hoy cumplo siete años y es mil novecientos setenta y seis, y tengo ganas de que sea mil novecientos setenta y siete para dejar de escribir 1976, esto último escrito con números».
Muerde el lápiz y sonríe. Puede imaginarse a Dalila corriendo, saltando las baldosas de la acera, pegando su naricilla chata al cristal de un escaparate, riendo con una risa de cascabel pero con una nota de tristeza. Su cuerpo no es más que el boceto de lo que llegará a ser. Adora a esa niña, la quiere. Tiene que pedirle a ella una fotografía de cuando tenía siete años para poder mirarla por las noches y llorar de felicidad. Una foto en la que aparezca gordita, subida a un caballo, llorando, mordiéndose el pulgar, algo así. ¿Se puede estar enamorado de la niña que fue la mujer antes de ser lo que es ahora? Porque él lo está.
«Y aquellos años imprecisos de la vergüenza, de la prisa por crecer, los años en que el mundo le parecía ancho y vacío, como un desierto o un mar».
Ah, pero debió ser también una jovencita encantadora, reidora, bueno, tal vez reidora no, pero sí soñadora, como él. Sí, también ama a la muchacha, también la ama, sí, ama a aquella otra Dalila por cuyas venas corría la sangre efervescente como lava de volcán. Y ama a la Dalila que fue a la Universidad, y a la que ganó su primer sueldo, y a la que tuvo que pagar sus primeros impuestos y su primera multa y sus primeras pastillas para dormir. Quiere tenerlas a todas. ¿Por qué no puede tenerlas a todas, vamos a ver? Él las vivificaría, las traería de vuelta al presente con su juventud y su fuerza. Y ella le amaría por eso, «amaría a Molloy, la forma en que no se detiene, como si desconociera por completo la mortalidad, que hay un camino por delante, como si despreciara el camino. Su desconocimiento, su ignorancia, eso ama ella de él». Sí, sin duda ella lo ama. Dalila del universo, la poeta que lo amó. Sin duda lo ama, y él ama a esa mujer.
En el silencio de la noche se dirige por la calle dormida hacia la casa de ella, y en cada paso confirma la certeza de su existencia por el amor que lo impulsa. Esto le satisface y le hace sonreír. De cuando en cuando se para a contemplar su sombra sobre una fachada o en la acera. Qué figura más garbosa y alegre le parece advertir. Sombra, hoy no me das ningún miedo, dice hablando en voz alta. Sígueme cuanto quieras, es más, no te apartes de mí y, si quieres, compartiré mi alegría contigo. Y la sombra parece secundarlo acercándosele mucho, juntándose con él en el hueco de un callejón.
Camina, sintiendo el misterioso ritmo de la vida y la muerte en su interior.
Llega a casa de Dalila y toca el timbre de la calle. Ella contesta y él, pegado a su sombra en la oscuridad del portal, le habla desde allí.
—Te amo —se oye decir.
—¿Estás borracho o qué? —pregunta la mujer.
—Amo tu trenza, la trenza que te cortaron, y tu naricilla chata, y la forma en que la pegabas al cristal.
—¿De qué estás hablando?
—Y tus años de juventud.
—No tiene gracia. Haz el favor de callarte, los vecinos te van a oír.
—Voy a convertir tu pasado en presente, con mi fuerza y mi juventud, porque te amo.
—¡Por Dios Santo! Sube de una vez.
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