Anatomía de Caín

Cristina Cerrada · Capítulo 4 de 4

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Anatomía de Caín

Capítulo IV

 

 

Antes de que en mundo hubiera ciudades, antes de que hubiera automóviles, trenes y medios de locomoción con los que el hombre superase la velocidad natural del movimiento humano, que es la de ir a pie, antes de que embellecieran el paisaje la redondez de las cúpulas, las agujas en las torres de las catedrales, los puentes sobre los ríos, las columnas de mármol en los templos sobre las colinas sagradas, antes de que las bestias fueran domesticadas y arreadas en hatos, y fueran las tierras horadadas por surcos en cuyo interior germinasen las semillas, antes de que las cosas fabricadas por los hombres desafiaran a Dios con su imperecederabilidad, con sus formas cóncavas perfectas, con su exquisita precisión y complejidad, con su solidez y resistencia, antes de todo ello, un poco después del Principio, habitaron la Tierra un hombre y una mujer que se amaron a la manera perfecta en que se aman las formas sin materia, los cuerpos celestes, el polvo del Universo, en que Dios ama a sus criaturas. Se llamaban Adán y Eva. Adán y Eva eran felices de este modo, no temían a Dios porque Dios estaba en ellos, dentro de ellos, era ellos. Pero un día, las cosas los atrajeron por su gran belleza y prodigalidad, y quisieron poseerlas para siempre, para lo cual las nombraron. Y teniendo nombres, las cosas estarían siempre con ellos, y ya no serían de Dios, sino de ellos. Y el precio que pagaron por tal virtud fue la de su inmortalidad.

Comenzaron a trabajar para conservar las cosas que en la Naturaleza nacen y perecen, discutieron por ellas, se miraron adustamente y sintieron la picazón del odio, la envidia, los celos, y supieron que ellos mismos habrían de perecer algún día también. Pero Dios, en su ira, no fue tan severo que no les concediera el don de perpetuarse de otro modo, de conservar una pizca de su inmortalidad, y les dio hijos. Y así nacieron su hijo Caín y su hijo Abel.

Caín trabajaba la tierra mientras que Abel era pastor. Caín era el favorito de su padre porque sentía que era igual que él, en cambio, Eva amaba con ternura a Abel, porque lo había criado ella sola, sin la ayuda de Adán, que estaba constantemente vuelto hacia Dios, haciéndole ofrendas, pidiendo por su misericordia, temeroso de su poder. De este modo, Abel creció anhelando el amor de su padre, que siempre estaba ausente y tenía siempre palabras piadosas para Dios, pero no para él. Y su madre lo amó más por ello, y le otorgó más caricias y más palabras de consuelo que a Caín, quien era fuerte, y creció solo y vuelto hacia la tierra, en la que encontraba amparo y apaciguamiento de su odio hacia Abel.

Así, cuando un día Eva, airada por la forma en que Adán se comportaba con ellos, se marchó llevándose a Abel con ella a un país llamado Nod, Caín quedó solo y desamparado, para siempre privado del amor de mujer, y para siempre condenado a pagar por el pecado de sus padres, que no habían aceptado su mortalidad.

De modo que, cuando el amor volvió a sorprenderlo en forma de hermosa criatura llamada mujer, una mujer de verdad, no una muchacha neurasténica, de risita tonta, atolondrada e inconsciente, que deja en el alma y en el cuerpo ese sabor insípido de la esterilidad, él se echó en brazos del amor, y lo amó, amó el amor de la mujer, porque era lo que había estado esperando siempre, durante ciclos, edades, eras, y no pensaba dejarlo escapar a ninguna región extraña del mundo esta vez.

Yace en la cama pensando en todas estas cosas, con el corazón henchido, el cuerpo inflamado por la fiebre y la cabeza pesada como bala de cañón. Pese a su enfermedad, hoy se siente en armonía con todos, unido a sus congéneres, ligado a ellos en un destino común. Siente que su felicidad es la felicidad de los demás, que su risa es la risa de todos los hombres, una sola y sostenida risa como un acorde grave imperceptible que enlaza el corazón de cada hombre con el del hombre que tiene al lado, más aún, con los corazones de hombres a los que no ha visto nunca, a los que nunca conoció porque vivieron en centurias anteriores, hombres ya muertos cuya risa permanece aún en el aire, sosteniendo ese acorde universal y eterno, hombres que aún no han nacido y con los que, sin embargo, está ligado, porque son él. Se siente mareado, pero no lo suficiente como para no poder sujetar el lápiz y escribir febrilmente en su cuaderno.

—Debo anotar estas ideas —le dice al pequeño dibujo de un duende que él mismo coloreó en mil novecientos ochenta y siete, y que cuelga de una chincheta en la pared—. Siento que hay algo que debo anunciar al resto de los hombres cuanto antes, y he de anotarlo para que no se me olvide.

El gran relato sobre la Mujer está a punto de llegar a su fin, así que puede esperar. Su alegría, en cambio, no puede esperar. Debe consignarlo todo y repetirlo en la primera ocasión de ser escuchado que tenga. En la televisión. Eso es, debe repetirlo en la televisión, la próxima vez que su hermano lo invite al programa.

—La vida es hermosa —se dirige de nuevo al duendecillo—, te ofrece la oportunidad de volver a empezar y reparar los errores cuando menos lo esperas. Tú no lo comprendes, hermano de papel, pero formas también parte de ello.

Con mano temblorosa escribe las palabras, los nombres de todas las cosas que conforman su idea, su idea sobre el amor universal: Rencor, Maldad, Expiación, que sin embargo, no es algo preciso, como un contorno que se pueda rodear con una línea o una forma que se pueda rellenar de materia, sino algo inconcreto y extenso, grande, universal, algo que hace hervir su sangre esta mañana con solo pronunciar los nombres, Hermano, Ser, Esencia, con solo imaginar la lenta desaparición de la culpa, de la ira y la venganza, Alegría de vivir, Felicidad, Amor.

En otras circunstancias, está seguro, la casa se habría reído de él, pero hasta ella permanece hoy silenciosa.

—Estás sorprendida, ¿verdad? —le dice—. Vaya, no te culpo. No, no te culpo, porque yo también lo estoy. Mi pecho está lleno de amor hacia los otros, y todo gracias a ella, a su gracia, a la merced de su amor. Pronto te abandonaré, habitaré un hogar de verdad junto a ella, junto a mi amada, y será un pequeño espacio para el reposo donde los objetos me sonreirán, me acogerán, me reconocerán como al amo, me darán los buenos días y las buenas noches con respeto y admiración. Dirán, ahí va un hombre en armonía consigo mismo y el Universo. Pero hoy quiero besar a todo el mundo. Decirle buenos días, estrechar su mano y cantar.

A una distancia sorprendida, casi escéptica ante lo que ve, la casa continúa silenciosa, no se atreve a reírse, tal vez debido a su afección.

Aunque le duele el estómago y la fiebre sigue alta, salta de la cama para ir a trabajar. Su nueva filantropía se hace extensiva también a las cosas, y desea saludar al almacén.

—Es el lugar que me ha visto renacer —se dice bajo el frío chorro de la ducha.

Mientras recorre la casa en busca de su padre, saluda a los objetos que encuentra a su paso.

—Hola alfombrilla. Hola cafetera. Hola viejo retrato de la abuela. Hola nevera. Hola televisor. Todos sois mis hermanos también.

Su padre ha debido de salir, así que le deja una nota: «Buenos días, padre, espero que sepas que te quiero y que además de mi padre eres mi hermano». La cuelga en la nevera con un trozo de celo y se va.

El supervisor les está hablando a unos hombres cuando llega al almacén. Está mareado y mudo por la emoción, cuánto ha odiado a ese sitio, su pequeñez, su mugre, su sordidez, su hedor. Sin embargo, hoy se aproxima a ellos sonriente, con los brazos extendidos, y estrecha sus manos sin mediar palabra, mientras los otros se codean entre sí con cara de chiste. El supervisor les ordena que se vayan a hacer su trabajo y se dirige a él:

—¿Qué demonios te pasa, eh? ¿Estás borracho?

—Al contrario —dice remangándose para empezar la labor—, hoy me encuentro como nunca. El mareo y la fiebre deben de ser a causa de la emoción.

—¿Mareo y fiebre? —El hombre retrocede, acobardado, y a continuación le ordena que se largue y vaya al médico, pues podría ser contagioso.

—No lo creo —dice él—. Creo que es solo la culminación del cambio que se está operando en mí. ¿No oye ese acorde? ¿Esa música que suena, esa melodía sutil que no llega a concretarse? Es la armonía de todos los hombres unidos entre sí.

—¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto majara? Sabía que lo de la televisión no era más que un camelo, solo eres un lunático. Recoge tus cosas y lárgate.

—Yo también me sentí solo durante mucho tiempo, fracasado, le aseguro que sí, la ira estaba enseñoreada de mí.

—Lárgate de mi vista. Vamos, fuera. Y vete a ver a un loquero.

¿Un loquero? Ah, es una tarea ardua la de convencer a la Humanidad de su equivocación, de lo ciega que está, de lo errada que ha estado siempre respecto a sí misma. Pero la música está ahí, ese acorde.

—Todos somos uno —les dice—, respirando al unísono.

Un loquero. Él sabe perfectamente que lo que lo que le pasa no tiene que ver con ninguna enfermedad, sino con el amor, con la religión revelada, con ser uno.

—Todos deberíamos enfermar —dice, ya en la puerta, antes de irse.

Deambula por el polígono un rato más, sudoroso y convulso, hablándoles a los perros y a los yonkis, los unos siguiéndole erráticos y los otros tomándole por un borracho. Luego coge el metro en el poblado y se baja en el centro, camina en dirección a la Estación, pero ha de sentarse un momento en un banco a descansar. La riada presurosa y hermética de la gente que se dirige a sus casas, o hacer sus compras, o a trabajar le invita a seguir, y es como meterse en un río sagrado, como dejarse llevar por su corriente.

Hasta el gran vestíbulo iluminado por la luz del medio día llega la musiquilla del acorde. Qué dulce es. De nuevo se siente transportado, en sintonía con el ir y venir, con las pisadas de la gente, con su ritmo. Es como estar acompasado con una cadencia esencial. La música llega en la quietud de la mañana como un canto del espíritu del hombre, como un inefable deseo de belleza y juventud, como una desesperada petición de calma y reposo y paz y lentitud, como un afán de redención. Aunque se oye también otra música, agitada y moderna, procedente del quiosco de prensa, a él le resulta conmovedora y magnífica igual.

De pronto se detiene en medio de la multitud, percibiendo cómo su vida está ligada a la de ellos, tratando de entender de qué modo se relaciona él con algo abstracto y colectivo e intemporal, como una multitud, cuando de entre los rostros de la masa destaca el de su padre. ¿Qué hace allí de nuevo? Con el cuerpo sacudido por las convulsiones y la fiebre, se dirige hacia él, pero las piernas se le doblan y cae al suelo, mientras la masa lo sortea y esquiva su cuerpo con recelo y con asco, como sintiéndolo parte de sí.

 

Abre los ojos y respira el aire de la Tierra, el mismo aire que han respirado los hombres y mujeres a lo largo de los siglos, y que aún respiran y que habrán de respirar. Trata de recordar. Todavía no ha tomado forma en su mente la idea de sí mismo, de quién es, de qué hace ahí, en el mundo, en esa habitación. ¿Dónde está? ¿No tendría que habitar una pradera verde y fragante, una ribera, una colina de tulipanes y dientes de león flotando en el aire? Y entonces recuerda. Ah, sí, sonríe, me desmayé en la estación. Pero apenas el recuerdo adquiere vida en su pensamiento, algo vuelve a inquietarlo. La música, ese acorde esencial, ¿dónde está? ¿Es posible que haya dejado de sonar? Se incorpora en la cama y aguza los oídos, prestando toda su atención. ¡Sí, ahí está! Aún sigue sonando, lo puede oír.

Se reclina sobre los almohadones tranquilo, otra vez reconfortado. Puede notar cómo su cuerpo se ha transformado mientras estaba inconsciente, cómo ha cambiado sus proporciones insignificantes por una nueva complexión, más neumática, más ligera, también más tangible y más corpórea, más sólida. Mientras trata de concretar algún pensamiento acerca de su futuro, se abre la puerta del cuarto y su padre entra en la habitación.

—Hola, papá —dice él. Su padre lo mira con recelo—. He estado pensando mucho —le dice—, mucho.

—Has estado durmiendo un día entero —dice su padre.

—¿Es cierto?

Dobla los brazos tras la nuca y sonríe.

—Me encuentro mucho mejor. Me siento como nuevo, como si me hubiera transformado. En realidad, he sufrido una transformación, papá.

—Estás enfermo —dice el padre—. Tienes fiebre, tu hígado y tu intestino no están bien. Lo ha dicho el médico.

—Tú no estabas del todo equivocado al creer tanto en Dios, papá, solo un poco desviado.

—Voy a traerte la medicina.

—Espera —se levanta de la cama y corre semidesnudo hacia él. Siente el suelo gélido bajo sus pies, inestable y tembloroso—. El poder está dentro del hombre, no fuera de él —tartamudea—. Me siento liberado, como nuevo, papá. Y todo gracias al amor.

—Vuélvete a la cama.

—Me voy a casar —le dice. Lo anuncia sin más, él también lo acaba de saber. Le ha sorprendido tanto que ríe y llora a la vez—. Me caso, papá.

Ha sido como una bofetada de premonición. Se dirige hacia el armario, abre la puerta y revuelve anárquicamente en busca de algo que ponerse.

—Ella me ha concedido el don de ver, papá. Una mujer. ¿Te imaginas? Una mujer, débil y sinuosa, oculta y cálida y desconocida y maternal. Espero que vengas a la boda y te reconcilies con él.

Su padre retrocede, se agarra al pomo de la puerta.

—¿Con quién?

—Con mi hermano.

—Estás enfermo.

—Yo también lo odiaba, papá, pero ahora lo amo. Amo a todos los hombres, papá, porque todos los hombres sois mis hermanos. Tú también lo eres, papá, eres a la vez mi padre y mi hermano, y yo soy también tu hijo y tu hermano a la vez. Todos los hombres somos padres, hijos y hermanos los unos de los otros. A la vez.

—Te has vuelto completamente loco —dice el padre, saliendo de la habitación.

Abandona la casa oyendo el sonido del acorde en su interior, en su cerebro y en su pecho y en su corazón. Debe ir a casa de Dalila de inmediato y comunicarle la buena noticia, ella tiene que saberlo. Probablemente reirá y se mostrará remisa al principio, pero luego llorará, tomará sus manos y las besará, y luego besará su frente y su cabeza y le dirá, «es lo que estaba esperando, Molloy, Molloy de las alturas, el chico loco de la tele». Se mirará al espejo y se sentirá dichosa y reirá, y hablará de cuánto ha esperado ese momento mientras prepara la maleta, de lo felices que serán viviendo en su apartamento de las afueras, en la undécima planta de un edificio glorioso, lleno de muebles modernos y cómodos. Y él se sentará a contemplar su baile de dicha y felicidad, y sentirá que ella es su hermana además de su mujer, su mujer y su hermana, mientras el acorde va subiendo en intensidad, primero medio tono y después medio más, convirtiéndose en un arpegio glorioso, grande y místico, enaltecedor. Y sabrá que toda su vida ha culminado, ha llegado a donde había de llegar, dejará de ser oruga, ya no será más el proyecto sino la realización, no el verbo sino la carne actualizada y presente y eterna e inmortal.

Sin embargo, antes de ir en busca de Dalila, hay algo que ha de hacer en primer lugar. Lo primero que ha de hacer es congraciarse con el mundo, debe acercarse a todos aquellos con quienes ha obrado mal y pedirles perdón. Y empezará por su padre. Sí, su padre, ese hombre cobarde y minúsculo, pero humano al fin, con quién se ha portado tan mal durante todos estos años. Su padre, el ser que lo engendró, que lo hizo posible, que transformó la potencia de un pensamiento en oruga, la carne pecaminosa y abominable en Palabra, en él. Pero no, por eso mismo, a su padre debe dejarlo en último lugar.

—Primero iré a ver a Tamar —se dice—. Debo ponerla al corriente de la buena noticia, descubrirle la música, tiene que oír el acorde para que la purifique y la salve y la devuelva a la Tierra de sus hermanos.

El aire de la tarde es cortante y frío como el filo de un puñal, y está empezando a nevar, pero él lo desafía mostrándole su sonrisa y apresando puñados de nieve que besa y se restriega por la cara.

—Nieve, curiosa perturbación climatológica, qué limpia y hermosa eres, y qué blancura la tuya. Purifícame también a mí.

En vez de tomar el metro decide caminar. Teme dejar de oír la música si se sumerge bajo tierra. Teme que lo abandone su influjo, que su son dulcísimo y enternecedor se pierda para siempre en la inconmensurabilidad del Universo, aunque ya sabe que habrá de ser así, que tarde o temprano la música se irá a otra parte, sonará para otros, en otro tiempo u otro lugar, y él tendrá que vivir de su recuerdo, de su mención, quizás idear una liturgia para su conmemoración.

Llega a la pensión tiritando de frío y calado. Tamar lo recibe como si se tratara de una aparición.

—¡Dios mío! Pareces muy enfermo. Déjame ver si tienes fiebre.

Le hace sentar en la cama, ella se sienta junto a él, y le pone la mano en la frente.

—Pero si estás ardiendo —dice—. Anda, quítate esas ropas mojadas.

—No —contesta él, apartándose—. No he venido en busca de tu carne, mujer, sino de tu perdón.

—¿Qué dices, criatura? Estás delirando. ¿Quieres comer algo?

¿Comer? ¿Cómo va a comer? No es hambre de comida la que siente, sino de absolución.

—¿No oyes la música? —le dice—. ¿No oyes la música sonando?

—¿Qué música? Yo no oigo nada.

—Esa música, la música de todos los corazones latiendo al unísono, de toda la pasión humana de todos los tiempos como si fuera una sola pasión. De todas las almas viviendo a la vez.

—Anda, al menos vamos a la cama, así entrarás en calor.

Él retrocede, pero ni temeroso ni escandalizado, sino rebosante de piedad. Querría insuflar en ella, en esa mujer que lo mira con cara de preocupación, toda su esperanza y su amor por la vida, su respeto y su orgullo de ser.

Le dice:

—Mujer, tú no eres distinta de nadie, no eres distinta de ti ni de los demás hombres o mujeres, porque tú eres ellos y eres tú, eres los demás hombres y mujeres y eres tú, los que viven y los que han muerto, y tu vida es hermosa porque forma con las de ellos una sola vida, una vida eterna e inmortal porque aunque estás viva ya estás muerta, como ellos, como todos nosotros, y puesto que todos estamos ya muertos, como ellos viviremos para siempre.

Ella lo está escuchando perpleja. El kimono, anudado a la cintura, se le abre un poco sobre los pechos, mostrando su palidez. Ella lo cubre rápidamente como si se hallase ante un profeta.

—No te asustes de mí, mujer —continúa él—, quiero que te alegres conmigo porque me voy a casar.

—¿Te vas a casar? —repite ella, pensando tal vez que está tan enfermo que le sorprendería que pasara de esa noche—. Pues me alegro, de verdad, me alegro mucho por ti. ¿Y con quién?

—Con el amor —asegura él—, con el mismo amor, y la poesía, y la religión de nuestros ancestros, revelada y encarnada en forma de mujer.

—¿Con quién, dices?

—Con la esperanza de un futuro mejor, con la promesa de la vida eterna, con la certeza de que si hay algo limpio y decente y adorable y valioso en el mundo, está en ella y solo en ella. Y por eso la amo, con un amor que no es humano, sino místico, extático, resucitador. Tanto tiempo he estado esperando un amor como ese que mi dicha es casi inconcebible. No lo podrías entender.

Ella lo mira con ternura y tristeza.

—De acuerdo, cariño —le dice—, de acuerdo. Ya te he dicho que me alegro mucho. Pero ¿no quieres sentarte un rato aquí? Vamos, te subiré algo caliente del bar.

—No —contesta él alejándose. Se dirige a la puerta como una exhalación—. Aún tengo que ir a verla a ella.

—¿A quién?

—A ella también tengo que pedirle perdón.

Con el cuerpo y el alma ardiendo se dirige hacia la casa en que Lea habita, con la esperanza de poder resucitarla a ella también a través de su propia resurrección. Se pregunta qué seguirá produciendo ese milagro, el milagro de la resurrección, qué hará que él siga sintiéndose tan vivo a pesar de la fiebre y el dolor que siente en el cuerpo y del cansancio y el frío, que siga sintiéndose vivo después de toda una vida de enajenamiento y de rencor.

—Es la música —se repite a sí mismo—. La música, que sigue sonando dentro y fuera de mí.

Corre bajo la nieve que ha arreciado desde que salió de la pensión, y al girar en el cruce, el suelo resbaladizo le hace caer. Siente una súbita presión en los riñones, tan intensa que durante un instante no se puede levantar. Un hombre y una mujer que pasan paseando a un perrito lo ayudan a ponerse de pie, pero él les da las gracias y se aleja porque siente que aquello debe hacerlo él solo y sin ayuda.

Unas calles más adelante nota que se queda sin fuerzas, el aliento le abandona, no se siente las manos ni los pies.

—Tomaré un taxi —se dice—, no creo que dentro del taxi deje de oír el acorde.

Para un taxi, se acomoda en su interior agitado por tremendos temblores, le da al taxista la dirección.

—Lea —habla para sí cuando emprenden el camino, tartamudeando de frío y de calor—. Querida Lea, vengo a compartir contigo mi dicha, pues sé que te alegrarás.

El taxista lo mira por el espejo retrovisor, pero no dice nada.

—Durante algún tiempo ambos nos conformamos con un sucedáneo del amor, un pálido sustituto al que no reconocimos porque hasta ese momento, ninguno de los dos se había encontrado cara a cara con el verdadero amor. El verdadero amor, Lea, el auténtico, es el que yo estoy a punto de alcanzar, mis dedos están rozando sus orillas, mis pies a punto de sumergirse en su corriente, y yo quiero compartirlo contigo, porque este amor es el auténtico amor, no el pálido remedo, la engañosa imitación que nosotros compartimos sin darnos cuenta. El amor auténtico es la fuente de la Verdad, la Verdad última y secreta y vivificadora de la unión de todos los hombres entre sí, como hermanos y hermanas, y padres y madres, e hijos e hijas, etcétera. Y aunque el fruto de tu vientre sea mío, no lo reclamaré para mí, porque aquello que es de un hombre lo es de todos. Tú me comprenderás, Lea, estoy seguro de que sí, pequeña, y yo te prometo que tú también encontrarás ese amor, si escuchas con atención la música y no te distraes.

El taxista se detiene en una calle que no es la de la dirección que le ha dado, le dice que se apee, se marcha antes de que le pueda pagar. Él echa a andar calle abajo. Camina un par de manzanas y alcanza la calle de Lea enseguida. Hay una multitud reunida allí, coches de policía, una ambulancia. Se acerca a un hombre de raza asiática que mira desde el corro de personas y le pregunta qué ha pasado.

—Se ha suicidado una mujer.

Él piensa que justamente hoy no puede ser.

—Es imposible —le dice—, hoy no puede suicidarse nadie.

—Se ha tomado no sé qué.

Debe de estar en un error. Hoy no. Ayer hubiera sido posible, tal vez ayer sí, pero no hoy. La música sigue sonando, es perfectamente audible, un acorde sostenido que de vez en cuando aumenta de intensidad, primero medio tono, luego medio más, demorándose hacia el final para formar un arpegio magnífico, cromático, fenomenal, el paroxismo de la música. Nadie puede haberse suicidado hoy, y menos aún una mujer.

Traspasa el corro de curiosos, el cordón policial y se interna en el portal de Lea, donde tantas veces la esperó. Sube las escaleras de dos en dos, sacudido por espasmos espantosos. Está sudando, a pesar del frío que le atraviesa la carne, que se le mete en los huesos. En el segundo tramo de escaleras, un policía le sujeta por el brazo y lo derriba. Su cuerpo derrengado le hace recelar, se lleva la mano a la cartuchera donde guarda el arma reglamentaria.

—¿A dónde cree que va? —le pregunta.

—A casa de Lea —contesta sin aliento él—. Tengo que verla, es importante.

—¿De verdad? —dice el policía encajando la mandíbula—. ¿Lea qué más?

—¿Qué más? —repite confundido él—. No lo sé.

Es verdad. Nunca ha sabido cuál es su apellido, o tal vez sí. En cualquier caso, ¿qué más da? En el cuerpo y el alma que formamos todos, no hay nombres ni apellidos, ni ninguna otra seña de identidad individual. Se lo dice así al policía, que se aferra a él aún más.

—Déjeme pasar —suplica él, intentando librarse de su mano—. Tengo que decirle algo importante a Lea.

—Me temo que no podrá. Ha muerto.

—No puede haber muerto —ríe él—. Hoy no.

—¿Hoy no? —El agente lo examina con detenimiento. Da un paso al frente sosteniéndolo por la solapa—. ¿Quién es usted?

—Yo no soy nadie —exclama él, presa de un súbito terror—. Nadie, nadie. Déjeme en paz.

Y echa a correr escaleras abajo, sintiendo a cada paso al agente detrás de él, siguiéndolo como un perro de presa. Pero cuando alcanza la calle, se halla solo. Los coches de policía y la ambulancia ya no están. Ni la gente. Mira en todas direcciones, buscando algo desesperadamente, no sabe qué. La música. Ya no oye la música, ha dejado de sonar. Se aferra al poste de una farola respirando con dificultad.

—¡Lea! —llama—. ¡Lea, dónde estás!

Y al proferir el nombre de la chica, su miedo le acude a la boca, porque sabe que el milagro que comenzó por la mañana va a acabar grotescamente, en algún acontecimiento estúpido que arruinará su sueño de amor universal.

—No puede ser que te hayas ido, pero ¿por qué habrías de irte? La culpa la he tenido yo, solo yo. Debí haber venido mucho antes y prestarte mi ayuda, mis manos y oídos. Si hubieras escuchado la música nada te habría sucedido, nada malo podría haber pasado por tu mente, ni tu corazón, si hubieras escuchado el milagro, el tierno, dulcísimo acorde milagroso de la gran melodía del Universo. ¿Por qué no llegué antes para hacértelo oír, Lea? ¿Por qué?

Piensa todo esto mientras se mesa los cabellos, retorcido de frío y de dolor, pero al mismo tiempo, con una desesperada carcajada, se aferra a la idea de la boda. Recuerda a Dalila, la hembra que encarna la perfección.

—¡Dalila de mi vida, Dalila de la poesía y del amor, tú me salvarás! — grita como un poseso.

Y en su interior, el recuerdo y la voz de Dalila, su risa de terciopelo, sus manos sedosas, su cara y sus curvas de adoración, se abren paso a través del miedo y la locura y el dolor y la fiebre y el remordimiento, empujándolo hacia la calle desierta y tenebrosa, habitada por las sombras de la noche, y lo arrastran hacia la zahúrda lóbrega que es la Tierra desprovista del amparo y del amor, sumiéndolo en terribles corazonadas, haciéndolo presagiar lo peor, consciente de su miserable condición de advenedizo y mendicante.

En casa de Dalila nadie responde a su llamada. Presiente que todo va a acabar mal, que acabará solo, o muerto, como siempre, pero aún queda una esperanza.

—Iré a verle a él —dice, súbitamente exaltado, feliz—. De todas formas pensaba hacerlo. Él seguro que sabrá lo que hacer.

Siente el cuerpo dolorido, como si una gran barra de hierro le atenazase los riñones y el costado, le duele al respirar, pero no teme por su vida, ya no. Casi le parece oír la música de nuevo. Sí, sí, ahí está, es el acorde, sonando otra vez. Percibe claramente su ascensión. Aún no ha llegado a la cresta, al clímax, aún tardará, pero ahí está. Se siente reconfortado, casi en éxtasis, como un mártir a punto de alcanzar su pasión.

—Abel sabrá que hacer —dice riendo, girando sobre sí mismo al ritmo de la música, percibiendo el gran y único corazón de todos los hombres y mujeres del Mundo volviendo poco a poco a palpitar.

Toma un taxi nuevamente. Esta vez trata de contenerse, reprime un intenso deseo de reír, sujeta su mandíbula, sujeta sus brazos y piernas, que tiemblan y se agitan como si quisieran escapar de él, se obliga a no cantar.

Cuando llega a casa de su hermano ha perdido la noción del tiempo, casi ha perdido la consciencia, ni siquiera oye al portero cuando lo sigue protestando hasta la puerta del ascensor. Abel, su hermano en la vida y en el Tiempo del Universo, él le dirá qué hacer, sabrá cómo dar con Dalila y los acompañará en su viaje, por qué no, todos son hermanos al fin, le dará su absolución, ella lo amará igual que lo ama a él, pues todos somos el mismo, madres, hijos, hermanos, el mismo hombre. Tal vez incluso puedan quedarse allí y vivir con él.

Llama al timbre con insistencia, pero nadie acude a abrir. Finalmente, después de un rato, se oyen pasos al otro lado de la puerta.

—¡Hermano! —exclama, al verlo—. ¡Hermano mío!

Entra tambaleándose en la casa, dejando un rastro de lodo en el vestíbulo, saludando a la casa que lo recibe con su aliento cálido, reparador. Hola casa, hola de nuevo, qué contento estoy de volver a estar aquí. Los muebles, las alfombras, las lámparas, lo miran de arriba abajo, sus ropas completamente mojadas, sus zapatos destrozados, su pelo alborotado cayendo en gruesas hebras sobre la frente crispada por el dolor. Podría ser que estuviera borracho, se dicen, pero no, no se trata de eso, y lo acogen otorgándole su bendición y su amor.

—Tú estás enfermo —dice Abel.

En la puerta de la cocina está a punto de caer, su hermano lo sujeta por los hombros. Él toma las manos de Abel y las contempla con ojos vidriosos y extáticos, como si fueran las manos de un ídolo repentinamente insuflado de vida.

—Hermano —le dice—, eres mi hermano y quiero pedirte tu absolución.

—¿Mi absolución?

—Yo escondía tus juguetes, me ocultaba y te arrojaba piedras, pisoteaba las migajas que tú guardabas para los pájaros.

—¿Qué dices?

—Te contaba cuentos de miedo y me reía de ti.

—Eso son cosas de críos —dice Abel.

—Yo te odiaba, te odiaba hasta ayer mismo, deseaba tu desgracia y tu perdición porque me quitaste a mamá. Mamá, la dulce mujer que nos engendró, la mujer que nos dio la vida con su sufrimiento, te quería más a ti, y por eso yo te odiaba. Pero ya no te odio, hermano, juré que te arrancaría el corazón o me lo arrancaría yo mismo, pero ya no siento eso de ningún modo. Mamá era hermosa, tú eres hermoso, todos los hombres son hermosos, incluido papá, ese pobre cobarde. La música del Universo es hermosa, una sola música que suena en cada corazón, porque cada corazón es solo uno, uno solo con los demás, etcétera.

—¿Qué dices? —pregunta Abel—. Estás delirando. Ven a sentarte aquí.

Y mientras lo empuja suavemente hasta el sofá, él se siente reconfortado, reconciliado con la vida, reconciliado con su hermano, que es como todos los hombres a los que ha despreciado, juntos, bajo una única apariencia.

—¿Qué hora es? —le pregunta.

—Son las seis —contesta Abel—. Seguramente has estado vagando durante toda la noche. Será mejor que llame a un médico.

—¿Un médico? No necesito un médico, solo la necesito a ella. Nos vamos a casar.

—¿Os vais a casar?

—Ella es mi médico, la única que me puede curar, mi Dalila, Dalila del Universo y del Amor.

—¿Quién?

—Es la música celestial. Escucha, hermano, escucha el ritmo de la esperanza de todos los hombres en una sola melodía. Escucha esa música y dime que no es magnífica, conmovedora, sobrenatural. Escucha cómo va subiendo en intensidad, primero medio tono, luego medio más, etcétera, hasta rozar con su delicadeza la perfección. ¡Escúchala!

Pero cuando él mismo intenta escucharla, ya no la puede oír. ¡Un momento! Ahí está. Sí. No. Un instante la oye, otro no. O tal vez lo que oye no sea más que su pobre corazón latiendo estúpidamente, tratando de hacerse oír en la inmensidad vacía del cosmos, un solo y patético y sanguinolento corazón, insignificante y minúsculo.

—¿De qué música me hablas? —pregunta Abel—. ¿Y de qué Dalila?

—La música ha dejado de sonar —anuncia, amargamente, él—. Ha dejado de sonar —dice, sollozando.

—Vamos, vamos, tranquilízate. —Abel lo mira apenado, con los ojos hinchados y enrojecidos por el sueño—. Trata de dormir un poco mientras aviso al médico.

Lo ayuda a tumbarse en el sofá. Se siente cansado, muy cansado. Siente el cuerpo como un lastre del que tuviera que librarse para seguir adelante, pero al mismo tiempo algo le dice que no debe ser así, que debe continuar, tirar de él, de su cuerpo, incluso arrastrarlo, nunca caminar liviano y desembarazado hacia la luz, esa sospechosa luz. Pero le duelen tanto los riñones, siente como si lo hubieran serrado por la mitad, como si la mitad de su cuerpo se hubiera marchado sin él, las piernas, los pies, su masculinidad, y él hubiera quedado allí mutilado, a merced del tiempo y del olvido. Ah, si pudiera asirse a algo, algo sólido y estable. Si Dalila estuviese allí, si pudiera alargar la mano y tirar de ella, Dalila preciosa, Dalila, Dalila de la poesía y del Universo, repite, mientras tira de la tela sedosa que sobresale como un arcoíris por debajo de un cojín junto a él.

—El médico estará aquí enseguida —anuncia su hermano, que aparece como una vaga sombra temible—. También he llamado a papá.

—¿Qué es esto? —pregunta él a la sombra con un último hilo de conciencia y de voz.

—Es una túnica —dice Abel.

Una túnica. Una túnica. Una túnica…

Recuerda el día que se marcharon. Era octubre, habían empezado las clases. Otros chicos y él fueron a tirarle piedras a la casa de Simón. De regreso, papá estaba desmoronado en el sofá, el teléfono descolgado sobre la consola de la entrada, la voz de mama saliendo de él. Lo cogió. Iremos a verte, dijo, Abel y yo, y tú también podrás venir. Él no sabía qué decir. No quería que se fuera, aunque se alegraba de no tener que volver a verle a él. Cuando terminó de hablar le dijo adiós y todo acabó para siempre.

 

El padre está sentado en una silla cerca de la cama. Parece cansado. Lleva un rosario en la mano. Cuando despierta, es lo primero que ve.

—El otro día te vi —le dice.

Su padre da un respingo, como si hubiera visto un fantasma. Se incorpora en la silla desconcertado, temeroso, mira a un lado y a otro.

—Estabas en la estación —dice él—. ¿Qué hacías allí, papá, en la estación?

El viejo arruga el entrecejo. Sus ojos están enrojecidos, tal vez de haber llorado. Se acerca un poco más y mira de cerca a su hijo.

—Estás muy enfermo —le dice—. ¿No quieres ponerte a bien con Dios?

—¿No eras tú? —pregunta él.

—Voy a llamar al padre Ivone.

Se levanta y sale de la habitación. Al principio él no lo advierte, cree que aún continúa allí, a su lado, como algunas veces cuando era pequeño.

—Un día —le dice— te pregunté que donde estaba tu pie, ¿te acuerdas, papá? ¿Dónde está tu pie? Tú me dijiste que no lo sabías, que eso daba igual. Qué más da dónde esté, me dijiste, se ha perdido para siempre. Y después maldijiste. Pero yo seguí preguntándome dónde estaría tu pie. ¿Dónde estará? ¿Dónde está tu pie, papá?

Abre los ojos y se da cuenta de que su padre no está. Siente miedo, empieza llorar, como si no hubiera ya nada más que hacer. Y entonces la ve.

Es mamá. La habitación en penumbra huele a perfume y a elixir bucal.

—Mamá, ¿puedo quedarme contigo para siempre?

Tiene voz de cascabel, una vocecita tan aguda y tan pequeña como él, ni dos palmos levanta del suelo. Sobre sus cabezas oscila el ventilador.

—No —dice mamá, la combinación de seda blanca cayéndole sobre la piel—, para siempre no.

—¿Por qué?

—Vamos, sal de ahí.

Le gusta mirarla mientras mamá se arregla. Huele a perfume, a menta, a polvos de talco, a algodón. Todo huele bien en su habitación.

Se incorpora en la cama. No reconoce su cuerpo, ni ese camisón, pero se siente feliz. Se deja caer hacia atrás fingiendo que ella duerme a su lado, ahí, en la semioscuridad, y luego se desliza como un gato hasta el suelo. Repta sobre la alfombra, acaricia sus chinelas, escondido bajo la cama, espía a través de los flecos de la colcha. Entonces, oye las llaves de él en la puerta, sus pisadas juntándose en el pasillo, murmullos, y, al rato, las siluetas de los dos entrando a oscuras en el cuarto, dos sombras negras enroscadas, jadeantes, los pantalones de él cayendo al suelo, los rezos, las bruscas sacudidas de la cama, la respiración entrecortada de mamá. Y papá, ahogando un aullido animal.

—¡Mamá, mamá, no te vayas!

Se mueve sinuosamente a través de los rizados jirones de niebla. Intenta levantarse, alcanzarla, pero, tragada por las arenas movedizas de la alucinación, la ve alejarse, difuminarse entre la bruma, desaparecer. Quiere gritar, pero su mandíbula es blanda, se ha vuelto de niebla. Todo es líquido y fluido y transparente a su alrededor.

Antes de que le sobrevenga el sueño, en cortas e inquietas oleadas, vuelve a pensar en ella.

—Dalila preciosa, Dalila del Universo.

Y una vez más, se siente feliz.

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