Anatomía de un asesinato

Robert Traver · Capítulo 29 de 58

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Anatomía de un asesinato

Segunda parte. El juicio.

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Capítulo primero

—¡ATENCIÓN, atención! —exclamó el sheriff Max Battisfore con su mejor voz de barítono, alzando la maza con la que había obligado a la sala a ponerse en pie—. El Tribunal del condado de Iron Cliffs se ha reunido. —

Bajó el mazo y la voz al mismo tiempo—. Siéntense.

Eran las diez del lunes, la primera mañana del turno de septiembre. La mayor parte de colegas del condado se encontraban presentes, esperando que se leyeran las fechas de los juicios, sentados en sillas reservadas para ellos más acá de las vallas de caoba. Parnell se hallaba a mi lado. Se había peinado bien y lucía una camisa gris que se compró con su participación en el anticipo que sobre mis honorarios hiciera el teniente Manion. Era como su primer traje largo y advertí que el chaleco de colores había desaparecido.

¿Quién le habría hecho aquel magnífico lazo? El viejo tenía un aspecto verdaderamente distinguido. En voz baja se lo dije.

—Vamos, cállate —respondió en tono brusco, pero reventando de orgullo.

—Examinaremos ahora los juicios de lo criminal que están pendientes

—anunció el juez Weaver, tomando la lista. Se aclaró la garganta—. El Pueblo contra Clarence Madigan —dijo—. Robo con fractura y nocturnidad.

Los acusados se hallaban sentados en el estrado de los jurados bajo la vigilancia de Sulo Kangas. Éste hizo una ampulosa seña al acusado Madigan para que se acercara al juez. Sonreí e hice un guiño al teniente Manion, que se sentaba junto al acusado Madigan. El oficial frunció el entrecejo cuando Madigan tropezó al descender del estrado de los jurados.

Madigan era un viejo amigo profesional, de mis tiempos de fiscal, y me sonrió cuando se dirigía hacia el juez.

«Pobre Smoky —me dije—. Ha vuelto a reincidir».

Mitch Lodwick se encontraba de pie junto a la mesa del escribiente del Tribunal, con unos expedientes bajo el brazo. Abrió el primero, se aclaró la

garganta y comenzó a leer.

—Estado de Michigan, condado de Iron Cliffs. Yo, Mitchell Lodwick, fiscal del y para el condado de Iron Cliffs, para y por el pueblo del Estado de Michigan, me presento ante el tribunal del mencionado condado en el turno de septiembre y declaro a la sala que Clarence Madigan, alias

«OneShot» Madigan[22], alias «Smoky» Madigan[23], de la ciudad de Iron Bay, de dicho condado y el antedicho Estado, en la noche del cuatro de julio pasado, en la ciudad de Iron Bay, del citado condado, y en la noche de la fecha antes citada, con rotura y alevosía, entró en el domicilio del llamado Casper Kratz, allí situado, con el propósito de cometer un delito; con la intención de perpetrar el delito de robo, contrario a las leyes, a la paz y dignidad del pueblo del Estado de Michigan. Firmado: Mitchell Lodwick, fiscal del y para el condado de Iron Cliffs, Michigan.

Mitch tendió el expediente al juez y se entretuvo examinándose las uñas mientras el magistrado lo estudiaba. Ésta era la acusación legal contra Smoky Madigan por penetrar en la bodega del tabernero Kratz, robarle una caja de whisky y organizar tal jaleo que todos los antecedentes de Smoky parecían pálidos y de una inusitada sobriedad.

—Señor Madigan, ¿tiene usted abogado? —indagó el juez.

—No —respondió alegremente Smoky—. No tengo dinero. Y se necesita dinero para preguntarles incluso la hora.

Hubo un murmullo de risas en las sillas de los letrados.

—¿Ha comprendido usted que tiene derecho a una defensa, es decir, a un abogado, y que si no se encuentra en situación de costearlo, este Tribunal puede, si usted lo pide, proporcionarle uno de oficio?

—Sí, otras veces me los ha proporcionado.

Smoky sabía, por lo visto, que el juez era forastero. Quería que todo quedara bien claro.

—¿Desea usted un abogado?

Smoky sonrió amablemente.

—No. Desde luego entré en casa de Casper y le robé el whisky.

Entonces estaba sereno y me acuerdo muy bien, por lo que no creo que necesite un abogado para que me diga lo que hice. —Smoky se detuvo,

pensativo—. Y después, creo que ni todos los abogados que hay aquí reunidos iban a seguir el rastro de lo que hice.

Pude imaginarme la meteórica actuación de Madigan después que cayó en sus manos el whisky de Casper. Hubo un murmullo de risas contenidas y el juez frunció el entrecejo, con lo que las carcajadas murieron en el acto.

—Bien, señor Madigan —continuó el juez, siguiendo pacientemente el formulismo prescrito, aunque tanto él como todos los abogados sabían que Smoky deseaba declararse culpable y acabar de una vez—. ¿Comprende usted que tiene el derecho constitucional de que se le juzgue con un jurado?

Smoky asintió con un movimiento de cabeza y Glover Gleason, el escribiente del Tribunal que iba anotando todo lo que allí se decía, alzó la cabeza y frunció el entrecejo, como pidiendo que el acusado contestara de palabra.

—El escribiente debe anotar todo lo que se dice —explicó el juez—. No puede oír un movimiento de cabeza.

—Sí —dijo Madigan, obediente, dirigiendo una mirada de satisfacción al escribiente como si quisiera asegurarse de que efectivamente alguien iba a registrar para una eterna posteridad todo lo que decía el viejo Smoky Madigan—. Comprendo que la Constitución dice que puedo disfrutar de un jurado.

—¿Desea usted que se celebre su juicio con jurado? —insistió el juez.

Smoky negó con la cabeza, pero luego dirigió una mirada de disculpa al escribiente y añadió «No» en voz alta. Comprendía muy bien los esfuerzos de la Constitución a favor suyo, pero no le interesaban.

—Se le acusa en el expediente que acabamos de leerle, de entrar en casa de un hombre con el propósito de robar. ¿Comprende usted la naturaleza de la acusación que se le hace?

—Seguro, seguro —respondió Smoky, desenfadado—. Aunque yo no entré con fractura… Me introduje en el sótano de Kratz por la carbonera. La abrí, me deslicé, y, ¡pumba!, me encontré dentro de la bodega de Casper. Y

no sólo tenía intención de robar, sino que robé una caja entera de botellas…

Movió la cabeza ante el maravilloso recuerdo.

El juez Weaver contuvo una sonrisa y continuó:

—Debo recordarle que un sótano forma parte de una casa. Y en cuanto a la «fractura», no es preciso que destruya o rompa algo para franquearse la entrada; a la ley le basta que se alce un pestillo o que se deslice por una carbonera. ¿Comprende?

—Seguro, seguro —respondió—. Hablando técnicamente, supongo que será como Vuestro Honor dice.

—¿Entonces comprende la acusación que le hacen?

Smoky suspiró.

—Seguro, juez. Me prendieron con las manos en la masa. Pero de haber estado sereno no me hubieran atrapado nunca.

—Entonces, ¿se reconoce usted culpable o no?

—Culpable, naturalmente —respondió Madigan, disponiéndose a volverse a su sitio.

—Un momento, señor Madigan —insistió el juez pacientemente—.

Antes de que pueda aceptar su declaración de culpabilidad, quedan unas cuantas preguntas que debo hacerle. Éstas me las impone la ley para proteger al público y a usted, así como a otros hombres como usted, por lo que le ruego que me soporte un poco más.

—Dispare —invitó Madigan con indulgencia, encogiéndose de hombros como si dijera: «Si ese viejo juez quiere continuar el tormento, no será Smoky quien le estropee la diversión…».

El juez dijo entonces:

—Voy a preguntarle, señor Madigan, si la declaración de culpabilidad que ha hecho es por su libre decisión, comprendiendo su alcance y por su propia voluntad.

—Sin duda. Me pescaron y ahora debo pagarlo.

—¿Ha habido imposición, influencia o mal trato por parte del fiscal o de cualquier otro miembro de este Tribunal para conseguir que se declarara culpable?

—No comprendo todas esas palabras que suelta, juez, pero nadie me ha obligado a cantar de plano, si es eso lo que quiere decir. Lo he pensado muy bien desde la noche del seis de julio, en el balneario de ahí enfrente —

agregó, señalando la cárcel con el pulgar—. Ésa fue la noche en que me engancharon.

—Muy bien. ¿Se ha reconocido culpable por amenazas, consejos o promesas del fiscal o de otros funcionarios de este Tribunal, o de cualquier otra persona? ¿Le prometió alguien ayudarle?

—No. Sabían que me tenían bien agarrado; esta vez me engancharon bien. —Luego agregó—: Verá, señor juez, los polis no prometen nada cuando le tienen a uno bien amarrado.

Una carcajada contenida se extendió por la hilera de abogados, la mayor parte de los cuales esperaban aburridos que se leyeran las fechas de los juicios. El juez frunció el entrecejo y lanzó una mirada de reconvención, y entonces Parnell y yo nos miramos. Fuera lo que fuese este juez, estaba decidido a dirigir los procesos, no iba a permitir tonterías ni bromas.

—Entonces, ¿se reconoce culpable de la acusación, señor Madigan?

—Sí, señor.

—¿Y se da usted cuenta de que pueden castigarle por su delito?

—Seguro que sí, señor juez. Lo único que deseo es que me envíen a otra prisión que no sea la de Marquette. Cualquier otra cárcel menos ese chamizo inmundo.

Nadie rió en esta ocasión.

—Acepto su declaración de culpabilidad —respondió Weaver gravemente—. Se le sentenciará más tarde, señor Madigan. Puede volver a su sitio.

Smoky se encogió de hombros resignado y luego me dirigió una mirada mientras se dirigía al banco, junto al teniente Manion. Sentí que me costaba tragar.

«Pobre vagabundo, desgraciado y simpático», me dije.

El juez examinó la lista de juicios.

—El Pueblo contra Clyde Tate —anunció—. Falsificación.

Sulo hizo una seña al desafortunado señor Tate, que se puso en pie y se encaminó, parpadeando, hasta detenerse ante el juez, donde se iba a repetir nuevamente el monótono formulario. Creo que entonces ya lo habían presenciado unas mil veces…

El de Smoky era el primer caso de la lista de juicios y el teniente el veintitrés, numerados todos democráticamente por el principio de que el primero en llegar es el primero en convocarse. Le dije a Parnell que iba a

salir para fumar. Abandoné la sala y me dirigí hasta la habitación destinada a los jurados[24], los cuales no debían reunirse hasta dos días después, y clavé la mirada en el Lago Superior, contemplando la ondulante columna de humo que se desprendía de un invisible buque que probablemente transportaba hierro, mientras me decía lo satisfecho que me sentía de no ser ya fiscal del condado de Iron Cliffs.

Al fin habíamos conseguido un psiquiatra militar. Al recordarlo, todo aquel asunto tenía un aire irreal, como si estuviéramos contemplándolo desde el fondo del mar. A mi segunda carta al Ejército contestó un largo silencio; esperé una semana y luego me lancé frenéticamente sobre el teléfono. Un ayudante me informó que el oficial a quien yo había escrito se encontraba enfermo, pero que se estudiaría mi petición y se me informaría oportunamente. Opuse una serie de «peros». Pasaron más días y volví a abrir fuego por teléfono; seguían estudiando mi petición, que no era frecuente y debían meditarla… Esta vez perdí la calma, el Ejército perdió también la calma y alguien colgó el aparato…

Entonces inicié una serie de llamadas de alarma: cartas, conferencias telefónicas, telegramas. Por un momento incluso estudié la conveniencia de lanzar un proyectil teledirigido. Hice que Laura y el teniente me ayudaran.

Y por fin recibí una llamada telefónica; el asunto había ido ascendiendo toda la escala de graduaciones hasta llegar al general en persona; lo estaba estudiando alguien todopoderoso en el Ejército: el juez militar. Confiaba en que yo comprendería que se trataba de un asunto fuera de lo corriente y muy resbaladizo. Debía comprender que podía constituir un mal precedente.

El Ejército, por tradición, había siempre procurado mantenerse alejado de los tribunales civiles, y no pensaba cambiar de actitud. Por último, el que me hablaba aseguró que ignoraba lo que Washington iba a decidir, por lo que ya calculé que era un chico listo, pero que no debería sorprenderme demasiado si…

Hice que me lo repitieran y comencé a gritar, el Ejército gritó también y luego alguien colgó el aparato…

Así quedó la cosa. A primeras horas de la mañana del martes, una semana antes de que se abriera el tribunal, salté del lecho después de una noche de insomnio y envié un telegrama al general en persona. Quizás

aquel telegrama tenía la elocuencia de la desesperación. Le recordaba que nuestra petición de un psiquiatra estaba desde hacía tres semanas; que ahora era ya demasiado tarde para dirigirme a otro lugar y que seguramente no era la primera vez, desde Valley Forge[25], que un militar se había enfrentado con las leyes civiles y requerido ayuda metálica u otra similar. Añadí que denegar la petición del teniente era condenarle a otros tres meses de prisión, pues el juicio debería retrasarse, que no teníamos muchos más deseos de molestarles que ellos mismos, pero mi cliente estaba sin un céntimo y no podíamos elegir otro medio ni nos quedaba otro camino. Les advertí que denegar la petición del teniente equivalía no sólo a condenarle a otros tres meses de cárcel, pues el juicio debería retrasarse, sino quizás a cadena perpetua, ya que la demencia era nuestra única base de defensa. Les recordé que lo único que pedía era una revisión médica e insinuaba la posibilidad de que el médico considerara que en la noche de autos estaba tan cuerdo como cualquier otro, por lo que íbamos a tener que replegarnos.

Concluí afirmando que sería un acto de caridad cristiana sacar a su compañero del apuro en el que se encontraba y que si en las veinticuatro horas siguientes no llegaba una respuesta, mi cliente y yo aceptaríamos de mala gana que el Ejército, en el cual se había batido en dos guerras, le había abandonado. Luego me senté a esperar a que una pareja de policías militares de dos metros de estatura viniera a prenderme.

Mientras tanto, Parnell y yo habíamos estado repasando textos legales, escribiendo memorandos y redactando preguntas hipotéticas dirigidas a un mítico psiquiatra, así como instrucciones para el jurado. Esto nos ocupaba el día y la noche. Además estuvimos repasando la lista de los jurados, telefoneando, visitando, inquiriendo, indagando, comprobando e investigando. Parnell no había bebido un solo trago desde la noche que estuvimos en la Halfway House, lo que contribuía a avivar su fantasía. Tan sólo Maida y yo habíamos luchado valientemente para evitar que mi bufete pareciera la delegación de excombatientes de la «Upper Peninsula».

Parnell había hecho un trabajo de artesanía en los libros de textos legales, describiendo varias docenas de casos oscuros pero significativos de los que yo ni siquiera había oído hablar. Con su visera verde, parecía el cajero de las apuestas y en ocasiones el grabador jefe de una banda de

falsificadores. Se sentía en el séptimo cielo al planear, buscar, escribir y dictar.

—Anote esto, querida Maida —era una de sus frases más habituales.

—¿De qué va a servirnos? —dije en cierta ocasión—. ¿De qué va a servirnos leer tantos textos si no podemos encontrar ni un maldito psiquiatra? Y he perdido tantos días que podía dedicar a la pesca…

Aquel martes a última hora de la noche el Ejército nos telefoneó. Parnell y yo nos pusimos en pie de un brinco y tuve la corazonada de que se trataba del Ejército, incluso antes de contestar. El coronel Fulano se encontraba al otro extremo de la línea. El general había recibido mi telegrama y había dado una orden. Me rogaba que esperase, pues iba a leerla… Yo presté atención para recibir el ruido de papeles que se revolvían y de cajones que se abrían y cerraban. Sí, allí tenía la orden… Si el teniente se presentaba el jueves por la mañana en el Hospital Militar de Bellevue, en el bajo Michigan, un psiquiatra del Ejército le examinaría; esta orden se confirmaría más tarde por escrito. Pero al coronel le gustaría leerme la orden del general. La orden decía:

No se pondrán inconvenientes si las autoridades civiles conducen al acusado a un centro militar autorizado para que le examine un psiquiatra, con el propósito de mantener su defensa en el proceso civil que se le sigue. El Hospital Militar de Bellevue en Michigan queda designado como centro militar facultativo autorizado.

—¿Quiere decir —indagué incrédulo— que tenemos que trasladar a mi cliente a un hospital militar próximo a Detroit para que le examinen?

—Exactamente, señor.

—Pero, diablos, coronel —dije—; el teniente Manion está en la cárcel de este condado, acusado de asesinato en primer grado. El asesinato es un delito que no permite la fianza, por lo que no van a dejarle salir por dinero ni por simpatía. Ni siquiera, aunque usted no lo crea, por atender al Ejército de Estados Unidos. ¿Quiere decirme cómo vamos a sacar de la cárcel al teniente y trasladarle al bajo Michigan para que le examine un médico?

El coronel fue preciso.

—Esto, señor, es cuestión suya. Las órdenes del general son las que acabo de leerle; es nuestra última palabra. Estas órdenes se le confirmarán más tarde por escrito.

Luego yo comencé a gritar, el Ejército comenzó a gritar y esta vez fui yo quien colgó el aparato para decirle a Parnell lo que sucedía.

—Me dan ganas de salir de aquí y emborracharme —dije, mientras contemplaba el teléfono.

Parnell tomó el sombrero.

—¿Dónde vas? —pregunté—. ¿Es que quieres acompañarme? Muy bien. Pescaremos una borrachera fenomenal.

—Vamos a la cárcel del condado para advertir al sheriff que él, o el alguacil autorizado, debe acompañar a nuestro cliente al bajo Michigan —

explicó Parnell—. Pagaremos los gastos del traslado y de este modo seguirá técnicamente bajo custodia. Todo el mundo debe salvar la cara. Es el único modo, Paul. Creo que fue Napoleón quien dijo: «Si no puedes vencer a un ejército cara a cara, rodéalo». Vamos, muchacho; no hay tiempo que perder.

—Yo voy también —dijo Maida tomando el cuaderno y los lápices—. Y

más vale que me lleve los chismes de trabajo. Nadie sabe lo que puede ocurrir en este maldito caso.

Por fortuna encontramos al sheriff Battisfore en casa, de regreso de una patrulla; sostuve mi entrevista con él en su dormitorio. Resultaba sorprendente ver lo prosaico que Max resultaba desprovisto de sus atuendos de cowboy y ataviado con un camisón de dormir de algodón. Bueno, por lo menos era patizambo… Le expliqué brevemente mis aventuras con el Ejército y el dilema en que me había colocado la carta del general. Recordé que el sheriff era un excombatiente de la Armada y lamenté que el teniente no fuera marino; estaba seguro de que la Armada hubiera actuado mejor.

Estaba seguro de que no hubieran abandonado a uno de sus hombres.

—¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer? —murmuré, procurando parecer desconsolado.

—Es sencillo, Paul —dijo el sheriff tranquilamente—. Haré que mi sheriff ayudante, Cari Vosper, le conduzca mañana mismo. Cari es un hombre seguro y un buen chófer. Deberán pagar los gastos, naturalmente;

gasolina, traslado y las dietas de Cari, para que no pueda haber críticas o protestas… Ahora más vale que se vaya a casa a dormir, Paul. Cualquiera diría que le han arrastrado los caballos.

— Sheriff, es usted un genio —le dije mientras le estrechaba la mano solemnemente.

De ahora en adelante, por lo que a mí atañía, Max Battisfore podía patrullar día y noche, vestido incluso de jefe indio; era mi hombre. Pero en vez de irnos a dormir, Maida, Parnell y yo nos dirigimos a la oficina del sheriff, en la prisión del condado, para pasar a máquina nuestro hipotético cuestionario y redactar una carta con antecedentes e informes dirigida a un psiquiatra del cual nunca habíamos oído hablar y cuyo nombre entonces ignorábamos.

—Por favor, dígale a Sulo que le dé esto al teniente Manion mañana por la mañana —le dije al vigilante nocturno, al tiempo que le tendía un grueso sobre.

—La máquina de escribir del sheriff —dijo Maida al salir de allí mientras se frotaba los dedos entumecidos— debería enviarse al

«Smithsonian Institute[26]». Seguramente es la misma máquina con la que

redactaron los términos de rendición de Cornwallis[27].

Los pájaros cantaban y saltaban cuando nos dirigimos a casa. Observé que las hojas de los árboles adquirían un tono castaño, lo que me recordaba que en breve concluiría la temporada de pesca… Una vez en la oficina, Parnell casi aceptó beber con Maida y conmigo; casi, pero no lo hizo.

—Por Napoleón, Max Battisfore y Parnell J. McCarthy —brindé—. Mis tres zorros favoritos.

—Y por Maida —dijo mi mecanógrafa, brindando por sí misma—.

Tuve el buen sentido de llevarme el material de trabajo. Viva la magnífica y olvidada Maida, que nunca cobra su sueldo.

—Por usted también, querida —dije alzando el vaso.

Maida sonrió amablemente.

—Recuerdo ahora un verso de un poeta desconocido y probablemente alcohólico —dijo, y de pronto comenzó a cantar con voz de contralto—:

«Todos los animales son estrictamente abstemios, viven sin pena y sin

gloria mueren, pero el alcohólico, pecaminoso bebedor de ron, el hombre, sobrevive más allá de los sesenta».

—Amén —respondí, entornando las pupilas—. Loado sea el Señor y pasadme el whisky, hermanos.

—Toneladas de alcohol —gruñó Parnell—. No son más que toneladas de alcohol.

A primera hora de la mañana siguiente, miércoles, el teniente y el sheriff ayudante Cari Vosper se trasladaron con nuestra carta al Hospital Militar. Nada más se supo de ellos hasta que regresaron poco antes de la medianoche del domingo, la víspera de la apertura del tribunal. El teniente me telefoneó al instante, tal como se lo había ordenado. En aquel momento me encontraba solo, contemplando la estufa «Franklin».

—Bien, teniente, ¿estaba usted loco?

—Más loco que la proverbial cabra —me contestó.

—¿Qué nombre científico le dio el médico?

—Dios mío, es muy largo para que se lo diga por teléfono. Pero incluso me ha convencido a mí.

—¿Es que no lo estaba antes, teniente? —indagué.

—Sí, desde luego, pero me lo describió claramente. Es difícil de explicar. Ya lo verá.

—Yo le dije que pidiera al médico que le resumiera el caso.

—Esos tipos nunca resumen. Me parece que no saben. Pero veamos…

dijo que cuando maté a Barney yo sufría de una reacción disociativa, sea lo que fuere, que a veces se llama impulso irresistible.

Cerré los ojos.

—Dios mío, no es posible que dijera eso.

—Eso fue exactamente. ¿Es que es malo?

—¿Cómo se llama el médico? —pregunté para no contestarle—. Voy a necesitarle durante el proceso.

—Doctor Matthew Smith. Tiene el grado de capitán.

—¿Smith? —repetí—. ¿Simplemente Smith? ¿Está seguro, teniente, que por lo menos no dijo Schmidt? Siempre había creído que los psiquiatras debían tener nombres extranjeros muy largos, pues si no, no les daban el diploma. Y que sus nombres de pila eran siempre Wolfgang.

—Matthew Smith —repitió secamente el oficial—. Oiga, ¿ha bebido usted, abogado? ¿Está seguro de que se encuentra bien?

—Nunca me he sentido mejor. Le veré en la Audiencia mañana. Ahora acuéstese y duerma, es lo mejor, amigo mío.

Así que el veredicto médico era «impulso irresistible». Parnell y yo habíamos pasado varias semanas de fatigosa labor buscando la legislación relacionada con la tradicional del «Bien y el Mal» (es decir, si un hombre conocía la diferencia entre ambos, se consideraba legalmente cuerdo), la única clase de demencia que se acepta como legal en los tribunales americanos. Y ahora la suerte y un general poco dispuesto a ayudarnos nos habían brindado a un psiquiatra llamado Smith, precisamente Smith, que decía que no era más que un impulso irresistible, es decir, que, aparte de que pudiera delimitar la diferencia entre el bien y el mal, Manion tenía que matar a Barney sin poderlo evitar…

Lo único que sabía acerca de los impulsos irresistibles como atenuantes era lo que aprendí en el texto Fresham Crimes, en la Facultad de Leyes. Y

lo único que recordaba era que lo rechazaban como medio de defensa la mayor parte de los tribunales del país. Y sabía que con toda probabilidad, el cauteloso y tradicionalmente moderado Tribunal Supremo de Michigan figuraría entre éstos.

Pensé en llamar a Parnell para darle la mala noticia. Pero era ya muy tarde. Habíamos jugado y perdimos. El pobre Parnell merecía una noche de sueño tranquilo. Lo necesitaría.

Me encaminé al lecho y me tendí para permanecer casi toda la noche contemplando el techo, el mismo techo que mi abuelo el cervecero había construido. Si estudiábamos el negocio de la cervecería, resultaba ser un negocio sencillo y provechoso; se destilaba cerveza y millones de personas sucumbían al impulso irresistible de beberla. En ese negocio no se tenían nunca roces con los tribunales supremos. No existía más limitación que la capacidad natural para beber… Poco a poco, me fui sumiendo en una profunda somnolencia. «Atención, atención», repitió en mis oídos una voz.

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