Animal spirits
Segunda parte. Ocho preguntas y sus respuestas
Segunda parte
Ocho preguntas y sus respuestas
6
¿Por qué los sistemas económicos caen
en depresiones?
Vamos a iniciar una serie de capítulos que tratarán sobre ocho cuestiones
relacionadas con las depresiones económicas. Una depresión económica es
una versión extrema de una recesión y su estudio permite situar los orígenes
de las ralentizaciones económicas bajo una perspectiva nítida. La cuestión
sobre su origen resulta especialmente relevante al publicarse este libro
durante la crisis financiera iniciada en 2008.
En este capítulo examinaremos las dos depresiones más graves de la
historia de Estados Unidos, la depresión de 1890 y la Gran Depresión que se
produjo principalmente durante la década de los años treinta del siglo pasado.
Estos dos estudios de caso mostrarán el modo en que los espíritus animales
pueden provocar una depresión.
La depresión de la década de 1890
Los elementos que forman parte de nuestra teoría sobre los espíritus animales
son fundamentales para comprender la depresión de 1890: un
quebrantamiento de la confianza asociado a historias todavía presentes en la
memoria sobre fracasos económicos, relatos sobre el crecimiento de la
corrupción durante los años que precedieron a la depresión, una sensación
creciente de inequidad de las políticas económicas y la ilusión monetaria que
desembocó en fracaso a la hora de comprender las consecuencias de la caída
de los precios del consumo. Por consiguiente, cada uno de los capítulos de la
primera parte es fundamental para comprender esta depresión económica.
En Estados Unidos, la depresión económica siguió a un boom del mercado
bursátil. El índice compuesto Standard & Poor’s sobre el precio de las
acciones aumentó un 36 % en solo 17 meses, desde diciembre de 1890 hasta
mayo de 1892, y luego el mercado cayó un 27 % durante 14 meses hasta julio
de 1893[1]. Desde la perspectiva de los emocionantes días previos al punto álgido de la Bolsa, la catástrofe económica fue una completa sorpresa que
carecía por completo de causas lógicas.
Durante los primeros años de la depresión de 1890, se experimentó una
gran caída del índice de precios al por mayor. El índice de precios de Warren-
Pearson cayó un 18 % desde febrero de 1893 hasta diciembre de 1894.
Después, los precios permanecieron más o menos estables durante el resto de
la depresión. Cuando los empleadores se dieron cuenta de la caída de los
precios, comenzaron a decir a sus trabajadores que era necesario aplicar
recortes salariales y, a pesar de que esto causó una gran acritud, se produjeron
en efecto numerosos recortes[2]. Sin embargo, algunos trabajadores
respondieron ofreciendo una resistencia feroz; un reflejo de la ilusión
monetaria y de la convicción de que sus antiguos sueldos eran los equitativos.
Por ejemplo, un artículo de un periódico de 1894 decía lo siguiente: «Hoy se
ha notificado a los hilanderos de Sanford Spinning Mill que tienen que
escoger entre un recorte salarial o el cierre de la fábrica el próximo lunes. Han
preferido el cierre ya que no desean ningún recorte»[3]. Esas personas
escogieron con firmeza el desempleo, prefiriéndolo a un recorte salarial. Las
opiniones sobre la equidad solían hacerse basándose en comparaciones con
los sueldos que se pagaban a trabajadores de otras empresas que todavía no
habían sufrido un recorte salarial. Según datos históricos (obtenidos por
Stanley Lebergott), en 1893 el desempleo aumentó en Estados Unidos el
11,7 %, llegó a su punto máximo del 18,4 % en 1894, y no se situó por debajo
del 10 % hasta 1899[4]. Según la revisión de datos de Christina Romer, en
1894 el desempleo aumentó en Estados Unidos hasta alcanzar el 12,3 %, llegó
a su punto máximo del 12,4 % en 1897 y no se situó por debajo del 10 %
hasta 1899[5]. Con cualquiera de estas dos mediciones, se trataba en efecto de
una depresión intensa y prolongada. Aunque también afectó a otros países, la
analizaremos principalmente desde el punto de vista de Estados Unidos. La
depresión de 1890 fue un fenómeno que se produjo principalmente en este
país.
En Estados Unidos, el detonante obvio de la depresión fue el pánico
financiero de 1893. El repentino crac de la confianza se extendió a los bancos
y la gente acudió en manada a retirar su dinero, pero los bancos no disponían
de las suficientes reservas con que pagar a sus clientes. Los bancos se vieron
obligados a pelear para conseguir efectivo y para exigir el pago de créditos
que habían concedido a las empresas, de modo que los tipos de interés a corto
plazo se dispararon y fueron muchas las empresas de numerosos ámbitos que
comenzaron a quebrar[6]. En esa época, en Estados Unidos no existía un
banco central, el cual hubiera podido resultar muy útil como prestamista.
Pero ¿por qué la gente acudió en manada a retirar su dinero de los bancos?
Resulta difícil entender el porqué. En los libros de historia, el pánico
económico se atribuye a la aprobación de la Ley Sherman de 1890 sobre la
adquisición de plata (Silver Purchase Act) que consistía en un plan para la
divulgación gradual del papel moneda de curso legal promulgado por el
Gobierno que se podía respaldar con plata y también con oro. Debido a que el
Gobierno de Estados Unidos permitía el canje de papel moneda de curso legal
por oro o por plata y la gente escogía lógicamente el oro, las reservas
federales de este metal acabaron cayendo. Pero se trataba de las reservas del
Gobierno que respaldaban su propio papel moneda de curso legal, y no de las
reservas de los bancos que respaldaban los depósitos y los billetes. Alfred
Noyes, periodista entonces del New York Times y más tarde editor financiero
del mismo, observó que:
Por su propia naturaleza, el pánico carece de raciocinio. Por consiguiente, aunque el pánico financiero de 1893 se produjo debido al miedo a la depreciación de la moneda de curso legal, lo primero que hicieron los asustados clientes de los bancos fue retirar precisamente la moneda de curso legal del banco donde la habían depositado. Pero el motivo real escapa a cualquier cuestionamiento sobre las diferentes formas de moneda. La experiencia había enseñado a los depositarios que en una caída general del crédito, los bancos serían seguramente los primeros que mostrarían indicios del desastre. Muchos de estos depositarios habían perdido sus ahorros debido a la quiebra de los bancos que produjo el pánico financiero de 1873 y 1884. Por lo tanto, cuando en 1893 se volvieron a notar los mismos síntomas, el instinto les llevó a retirar cuanto antes su dinero de los bancos para guardarlo en casa, ya que en general la moneda de curso legal era la única forma de moneda que solían utilizar. Pero cuando los depositarios de los bancos del interior del país reclamaron efectivo, siendo que dichos bancos tenían como reserva inmediata un fondo en efectivo que constituía solo el 6 % en sus depósitos, sucedió
que los «agentes de reservas» del Este tuvieron que entregar cantidades formidables[7].
Resulta significativo que Noyes mencione el «instinto» como el motivo del
pánico. El Gobierno de Estados Unidos no tenía ningún motivo lógico para
esperar que la Silver Purchase Act pudiera provocar el pánico bancario y
tampoco existía ningún motivo racional para que lo hiciera. Pero cuando
cayeron las reservas de oro del Gobierno, la gente tuvo la sensación de que
había alguna cosa que no andaba bien y su confianza, por consiguiente,
también cayó. El aumento de esta sensación se puso de manifiesto hablando
cada vez con más frecuencia sobre el tema y, por consiguiente, a través de la
memoria social de historias sobre el pánico financiero de 1873 y 1884. En esa
época, estas historias las contaba prácticamente todo el mundo, pero en 1893
volvieron de repente a ocupar la imaginación del público. Entonces el pánico
bancario explotó como una epidemia social, ya que la gente reaccionó cuando se dio cuenta de las largas colas que se formaban ante los bancos y respondió
al miedo de los demás repitiendo la historia de los anteriores terrores
bancarios.
La retirada masiva de dinero de los bancos provocó el caos, que fue el
inmediato precursor de la depresión económica. Varios expertos, entre ellos el
observador contemporáneo William Jett Lauck, en 1897, y Milton Friedman y
Anna Schwartz, en 1963, en su Monetary History of the United States
(Historia monetaria de Estados Unidos), interpretaron el pánico bancario
como la causa de la amplia difusión de la depresión económica.
Sin embargo, aparte del hecho de que el pánico bancario de 1893 se
considerara en general un detonante, ha habido escaso consenso sobre los
motivos de la gravedad y la duración de esta depresión económica. Douglas
Steeples y David Whitten han señalado el profundo desacuerdo que se
produjo entre los observadores económicos sobre el mejor modo de analizar
esta depresión[8]. La depresión de 1890 se ha considerado, entre otras, una
depresión de ámbito agrario (Harold Underwood Faulkner), como
consecuencia del agotamiento de la válvula de seguridad que representaban
los terrenos sin explotar que existían en el oeste del país (Frederic Jackson
Turner), y el resultado de la finalización de la red de ferrocarriles, que privó a
la economía de oportunidades de inversión (Joseph Schumpeter)[9]. Steeples y
Whitten no ofrecen ninguna explicación que arroje alguna luz sobre la
confusa lista de factores que contribuyeron a la depresión. En cambio, ponen
de manifiesto la lucha de clases que se estaba librando entre los intereses de
las clases populares y los empresarios. Esta guerra culminó con las elecciones
presidenciales de 1896, que tuvieron lugar en plena depresión y se
convirtieron en una feroz batalla sobre la deseabilidad de la inflación. El
candidato demócrata William Jennings Bryan defendía la libertad de
acuñación de moneda de plata, que habría causado inflación, para beneficiar a
los granjeros titulares de grandes deudas. El candidato republicano William
McKinley defendía un estricto patrón oro que beneficiaría a los intereses de
los empresarios. Los candidatos rivalizaban precisamente por una ingente
redistribución de la riqueza entre las diferentes clases sociales de Estados
Unidos.
La ilusión monetaria representó un papel importante en el cambio
ideológico de esa época. Bryan estuvo a punto de ganar las elecciones de
1896 porque sostenía que el aumento del suministro de dinero, que causaría
inflación, iba a beneficiar a todo el mundo, como si la inflación permitiera
ayudar a los deudores sin perjudicar al mismo tiempo a los acreedores. Las protestas de indignación que recibió Bryan propiciaron que los economistas
reconocieran por primera vez el fenómeno de la ilusión monetaria. En 1895,
en plena depresión, John Bates Clark, economista de la Universidad de
Columbia, escribió un artículo en el que se recogía el término de tipo de
interés real, que significaba el tipo de interés ajustado a la inflación, un
término que han incorporado los economistas a su terminología cotidiana y
que desde entonces ha sido una piedra angular de la teoría económica[10].
Clark aclaró las confusiones que existían en esa época sobre la inflación sin
prestar ninguna atención a todo el debate sobre el bimetalismo que se
integraba en esta confusión. El ámbito de la teoría económica nunca ha sido el
mismo después de la publicación del artículo de Clark y, aunque hoy en día
quizá ya sean muy pocos los que puedan recordar la depresión de 1890, las
ideas sobre la inflación han cambiado para siempre gracias a ella.
La intensidad del debate sobre el bimetalismo, durante las elecciones y
también durante toda la década, significó, según Steeples y Whitten, que la
«sensación predominante de crisis y abatimiento había puesto en tela de juicio
la fe en la perfectibilidad humana»[11]. Esta profunda sensación de crisis
surgió de la contemplación del egoísmo desmedido y de políticas corruptas e
injustas basadas en el engaño.
Cuando comenzó la depresión, los periódicos informaron sobre el gran
aumento de la corrupción. El 1 de enero de 1895, un artículo del Chicago
Daily Tribune explicó los numerosos planes de malversación que se habían
producido en 1894 y a partir de 1878, año en que también se había desatado
una grave depresión económica:
Para comprenderlo es preciso tener en cuenta que una malversación corriente solo es repentina en el momento en que se culmina. En su gestación se trata más bien de un proceso gradual casi hasta su final que se puede comparar con la erosión de la tierra en las orillas de un río. Comienza con la retirada de una cantidad pequeña que efectúa un hombre a quien horrorizaría el mero pensamiento de no devolver lo que está tomando prestado. Suele arriesgarlo en algún tipo de especulación, como puede ser el juego o algún tipo de apuesta reiterativa, pero lo pierde. Luego retira otra cantidad con la esperanza de que podrá recuperar la primera, pero vuelve a perderla, de modo que la cantidad se va haciendo mayor. Al final le invade el desasosiego del derroche que casi siempre acompaña a un proceso de malversación. Le gustaría conservar la buena opinión de los demás, pero llega un momento en que ha ido tan lejos que solo es cuestión de restituir el dinero o ponerse en evidencia. Sin embargo, esta restitución no la puede efectuar sin que exista otra sustracción y una nueva pérdida será la que provoque el colapso. Las condiciones empresariales del año pasado favorecieron en gran
medida la aparición de este tipo de consecuencias originadas por especulaciones previas[12].
Como ha documentado el historiador social Carl Degler, durante la década de
1890 el contexto social en Estados Unidos provocó una discordia
extraordinaria entre los trabajadores y los directivos, que se puso de manifiesto en la creciente importancia de los sindicatos y una cantidad de