Animal spirits

George A. Akerlof · Capítulo 35 de 88

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Segunda parte. Ocho preguntas y sus respuestas

Segunda parte

 

Ocho preguntas y sus respuestas

6

 

¿Por qué los sistemas económicos caen

en depresiones?

 

Vamos a iniciar una serie de capítulos que tratarán sobre ocho cuestiones

relacionadas con las depresiones económicas. Una depresión económica es

una versión extrema de una recesión y su estudio permite situar los orígenes

de las ralentizaciones económicas bajo una perspectiva nítida. La cuestión

sobre su origen resulta especialmente relevante al publicarse este libro

durante la crisis financiera iniciada en 2008.

En este capítulo examinaremos las dos depresiones más graves de la

historia de Estados Unidos, la depresión de 1890 y la Gran Depresión que se

produjo principalmente durante la década de los años treinta del siglo pasado.

Estos dos estudios de caso mostrarán el modo en que los espíritus animales

pueden provocar una depresión.

 

La depresión de la década de 1890

 

Los elementos que forman parte de nuestra teoría sobre los espíritus animales

son fundamentales para comprender la depresión de 1890: un

quebrantamiento de la confianza asociado a historias todavía presentes en la

memoria sobre fracasos económicos, relatos sobre el crecimiento de la

corrupción durante los años que precedieron a la depresión, una sensación

creciente de inequidad de las políticas económicas y la ilusión monetaria que

desembocó en fracaso a la hora de comprender las consecuencias de la caída

de los precios del consumo. Por consiguiente, cada uno de los capítulos de la

primera parte es fundamental para comprender esta depresión económica.

En Estados Unidos, la depresión económica siguió a un boom del mercado

bursátil. El índice compuesto Standard & Poor’s sobre el precio de las

acciones aumentó un 36 % en solo 17 meses, desde diciembre de 1890 hasta

mayo de 1892, y luego el mercado cayó un 27 % durante 14 meses hasta julio

de 1893[1]. Desde la perspectiva de los emocionantes días previos al punto álgido de la Bolsa, la catástrofe económica fue una completa sorpresa que

carecía por completo de causas lógicas.

Durante los primeros años de la depresión de 1890, se experimentó una

gran caída del índice de precios al por mayor. El índice de precios de Warren-

Pearson cayó un 18 % desde febrero de 1893 hasta diciembre de 1894.

Después, los precios permanecieron más o menos estables durante el resto de

la depresión. Cuando los empleadores se dieron cuenta de la caída de los

precios, comenzaron a decir a sus trabajadores que era necesario aplicar

recortes salariales y, a pesar de que esto causó una gran acritud, se produjeron

en efecto numerosos recortes[2]. Sin embargo, algunos trabajadores

respondieron ofreciendo una resistencia feroz; un reflejo de la ilusión

monetaria y de la convicción de que sus antiguos sueldos eran los equitativos.

Por ejemplo, un artículo de un periódico de 1894 decía lo siguiente: «Hoy se

ha notificado a los hilanderos de Sanford Spinning Mill que tienen que

escoger entre un recorte salarial o el cierre de la fábrica el próximo lunes. Han

preferido el cierre ya que no desean ningún recorte»[3]. Esas personas

escogieron con firmeza el desempleo, prefiriéndolo a un recorte salarial. Las

opiniones sobre la equidad solían hacerse basándose en comparaciones con

los sueldos que se pagaban a trabajadores de otras empresas que todavía no

habían sufrido un recorte salarial. Según datos históricos (obtenidos por

Stanley Lebergott), en 1893 el desempleo aumentó en Estados Unidos el

11,7 %, llegó a su punto máximo del 18,4 % en 1894, y no se situó por debajo

del 10 % hasta 1899[4]. Según la revisión de datos de Christina Romer, en

1894 el desempleo aumentó en Estados Unidos hasta alcanzar el 12,3 %, llegó

a su punto máximo del 12,4 % en 1897 y no se situó por debajo del 10 %

hasta 1899[5]. Con cualquiera de estas dos mediciones, se trataba en efecto de

una depresión intensa y prolongada. Aunque también afectó a otros países, la

analizaremos principalmente desde el punto de vista de Estados Unidos. La

depresión de 1890 fue un fenómeno que se produjo principalmente en este

país.

En Estados Unidos, el detonante obvio de la depresión fue el pánico

financiero de 1893. El repentino crac de la confianza se extendió a los bancos

y la gente acudió en manada a retirar su dinero, pero los bancos no disponían

de las suficientes reservas con que pagar a sus clientes. Los bancos se vieron

obligados a pelear para conseguir efectivo y para exigir el pago de créditos

que habían concedido a las empresas, de modo que los tipos de interés a corto

plazo se dispararon y fueron muchas las empresas de numerosos ámbitos que

comenzaron a quebrar[6]. En esa época, en Estados Unidos no existía un

banco central, el cual hubiera podido resultar muy útil como prestamista.

Pero ¿por qué la gente acudió en manada a retirar su dinero de los bancos?

Resulta difícil entender el porqué. En los libros de historia, el pánico

económico se atribuye a la aprobación de la Ley Sherman de 1890 sobre la

adquisición de plata (Silver Purchase Act) que consistía en un plan para la

divulgación gradual del papel moneda de curso legal promulgado por el

Gobierno que se podía respaldar con plata y también con oro. Debido a que el

Gobierno de Estados Unidos permitía el canje de papel moneda de curso legal

por oro o por plata y la gente escogía lógicamente el oro, las reservas

federales de este metal acabaron cayendo. Pero se trataba de las reservas del

Gobierno que respaldaban su propio papel moneda de curso legal, y no de las

reservas de los bancos que respaldaban los depósitos y los billetes. Alfred

Noyes, periodista entonces del New York Times y más tarde editor financiero

del mismo, observó que:

 

Por su propia naturaleza, el pánico carece de raciocinio. Por consiguiente, aunque el pánico financiero de 1893 se produjo debido al miedo a la depreciación de la moneda de curso legal, lo primero que hicieron los asustados clientes de los bancos fue retirar precisamente la moneda de curso legal del banco donde la habían depositado. Pero el motivo real escapa a cualquier cuestionamiento sobre las diferentes formas de moneda. La experiencia había enseñado a los depositarios que en una caída general del crédito, los bancos serían seguramente los primeros que mostrarían indicios del desastre. Muchos de estos depositarios habían perdido sus ahorros debido a la quiebra de los bancos que produjo el pánico financiero de 1873 y 1884. Por lo tanto, cuando en 1893 se volvieron a notar los mismos síntomas, el instinto les llevó a retirar cuanto antes su dinero de los bancos para guardarlo en casa, ya que en general la moneda de curso legal era la única forma de moneda que solían utilizar. Pero cuando los depositarios de los bancos del interior del país reclamaron efectivo, siendo que dichos bancos tenían como reserva inmediata un fondo en efectivo que constituía solo el 6 % en sus depósitos, sucedió

que los «agentes de reservas» del Este tuvieron que entregar cantidades formidables[7].

 

Resulta significativo que Noyes mencione el «instinto» como el motivo del

pánico. El Gobierno de Estados Unidos no tenía ningún motivo lógico para

esperar que la Silver Purchase Act pudiera provocar el pánico bancario y

tampoco existía ningún motivo racional para que lo hiciera. Pero cuando

cayeron las reservas de oro del Gobierno, la gente tuvo la sensación de que

había alguna cosa que no andaba bien y su confianza, por consiguiente,

también cayó. El aumento de esta sensación se puso de manifiesto hablando

cada vez con más frecuencia sobre el tema y, por consiguiente, a través de la

memoria social de historias sobre el pánico financiero de 1873 y 1884. En esa

época, estas historias las contaba prácticamente todo el mundo, pero en 1893

volvieron de repente a ocupar la imaginación del público. Entonces el pánico

bancario explotó como una epidemia social, ya que la gente reaccionó cuando se dio cuenta de las largas colas que se formaban ante los bancos y respondió

al miedo de los demás repitiendo la historia de los anteriores terrores

bancarios.

La retirada masiva de dinero de los bancos provocó el caos, que fue el

inmediato precursor de la depresión económica. Varios expertos, entre ellos el

observador contemporáneo William Jett Lauck, en 1897, y Milton Friedman y

Anna Schwartz, en 1963, en su Monetary History of the United States

(Historia monetaria de Estados Unidos), interpretaron el pánico bancario

como la causa de la amplia difusión de la depresión económica.

Sin embargo, aparte del hecho de que el pánico bancario de 1893 se

considerara en general un detonante, ha habido escaso consenso sobre los

motivos de la gravedad y la duración de esta depresión económica. Douglas

Steeples y David Whitten han señalado el profundo desacuerdo que se

produjo entre los observadores económicos sobre el mejor modo de analizar

esta depresión[8]. La depresión de 1890 se ha considerado, entre otras, una

depresión de ámbito agrario (Harold Underwood Faulkner), como

consecuencia del agotamiento de la válvula de seguridad que representaban

los terrenos sin explotar que existían en el oeste del país (Frederic Jackson

Turner), y el resultado de la finalización de la red de ferrocarriles, que privó a

la economía de oportunidades de inversión (Joseph Schumpeter)[9]. Steeples y

Whitten no ofrecen ninguna explicación que arroje alguna luz sobre la

confusa lista de factores que contribuyeron a la depresión. En cambio, ponen

de manifiesto la lucha de clases que se estaba librando entre los intereses de

las clases populares y los empresarios. Esta guerra culminó con las elecciones

presidenciales de 1896, que tuvieron lugar en plena depresión y se

convirtieron en una feroz batalla sobre la deseabilidad de la inflación. El

candidato demócrata William Jennings Bryan defendía la libertad de

acuñación de moneda de plata, que habría causado inflación, para beneficiar a

los granjeros titulares de grandes deudas. El candidato republicano William

McKinley defendía un estricto patrón oro que beneficiaría a los intereses de

los empresarios. Los candidatos rivalizaban precisamente por una ingente

redistribución de la riqueza entre las diferentes clases sociales de Estados

Unidos.

La ilusión monetaria representó un papel importante en el cambio

ideológico de esa época. Bryan estuvo a punto de ganar las elecciones de

1896 porque sostenía que el aumento del suministro de dinero, que causaría

inflación, iba a beneficiar a todo el mundo, como si la inflación permitiera

ayudar a los deudores sin perjudicar al mismo tiempo a los acreedores. Las protestas de indignación que recibió Bryan propiciaron que los economistas

reconocieran por primera vez el fenómeno de la ilusión monetaria. En 1895,

en plena depresión, John Bates Clark, economista de la Universidad de

Columbia, escribió un artículo en el que se recogía el término de tipo de

interés real, que significaba el tipo de interés ajustado a la inflación, un

término que han incorporado los economistas a su terminología cotidiana y

que desde entonces ha sido una piedra angular de la teoría económica[10].

Clark aclaró las confusiones que existían en esa época sobre la inflación sin

prestar ninguna atención a todo el debate sobre el bimetalismo que se

integraba en esta confusión. El ámbito de la teoría económica nunca ha sido el

mismo después de la publicación del artículo de Clark y, aunque hoy en día

quizá ya sean muy pocos los que puedan recordar la depresión de 1890, las

ideas sobre la inflación han cambiado para siempre gracias a ella.

La intensidad del debate sobre el bimetalismo, durante las elecciones y

también durante toda la década, significó, según Steeples y Whitten, que la

«sensación predominante de crisis y abatimiento había puesto en tela de juicio

la fe en la perfectibilidad humana»[11]. Esta profunda sensación de crisis

surgió de la contemplación del egoísmo desmedido y de políticas corruptas e

injustas basadas en el engaño.

Cuando comenzó la depresión, los periódicos informaron sobre el gran

aumento de la corrupción. El 1 de enero de 1895, un artículo del Chicago

Daily Tribune explicó los numerosos planes de malversación que se habían

producido en 1894 y a partir de 1878, año en que también se había desatado

una grave depresión económica:

 

Para comprenderlo es preciso tener en cuenta que una malversación corriente solo es repentina en el momento en que se culmina. En su gestación se trata más bien de un proceso gradual casi hasta su final que se puede comparar con la erosión de la tierra en las orillas de un río. Comienza con la retirada de una cantidad pequeña que efectúa un hombre a quien horrorizaría el mero pensamiento de no devolver lo que está tomando prestado. Suele arriesgarlo en algún tipo de especulación, como puede ser el juego o algún tipo de apuesta reiterativa, pero lo pierde. Luego retira otra cantidad con la esperanza de que podrá recuperar la primera, pero vuelve a perderla, de modo que la cantidad se va haciendo mayor. Al final le invade el desasosiego del derroche que casi siempre acompaña a un proceso de malversación. Le gustaría conservar la buena opinión de los demás, pero llega un momento en que ha ido tan lejos que solo es cuestión de restituir el dinero o ponerse en evidencia. Sin embargo, esta restitución no la puede efectuar sin que exista otra sustracción y una nueva pérdida será la que provoque el colapso. Las condiciones empresariales del año pasado favorecieron en gran

medida la aparición de este tipo de consecuencias originadas por especulaciones previas[12].

 

Como ha documentado el historiador social Carl Degler, durante la década de

1890 el contexto social en Estados Unidos provocó una discordia

extraordinaria entre los trabajadores y los directivos, que se puso de manifiesto en la creciente importancia de los sindicatos y una cantidad de