Animal spirits

George A. Akerlof · Capítulo 7 de 88

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Animal spirits

Primera parte. Espíritus animales

Primera parte

 

Espíritus animales

1

 

La confianza y sus multiplicadores

 

Uno de nosotros, Akerlof, recuerda una conversación que tuvo lugar durante

una cena hace algunos años, cuando se produjo el boom de la vivienda en

Estados Unidos. En una boda coincidió con un pariente lejano de Noruega al

que lo unían intrincados lazos familiares. Este individuo se había comprado

una casa en Trondheim por la que había pagado más de un millón de dólares.

Era mucho dinero, quizá no para Nueva York, Tokio, Londres, San Francisco,

Berlín e incluso Oslo, pero sí lo era para Trondheim, una población situada en

el límite habitado de la costa noruega que ostenta el título de ciudad más

septentrional del mundo. Entonces, como ni siquiera se trataba de una gran

mansión, la idea quedó registrada en la mente de Akerlof como una mera

observación sobre lo elevados que eran los precios inmobiliarios en

Escandinavia.

Hace poco Akerlof contó al coautor, Shiller, que se había estado

planteando si no debería haber meditado más sobre el precio de la casa en

Trondheim y discutieron el tema. Al parecer, su mente solo había registrado

una historia de escasa relevancia sobre precios elevados, lo cual constituye un

lapso mental. Ahora Akerlof creía, en cambio, que debería haber considerado

que lo que le había parecido meramente chocante merecía una reflexión

objetiva en el contexto de una visión más amplia de los mercados

inmobiliarios.

Nos pareció que esta pequeña historia merece una reflexión más profunda

por la comprensión que aporta sobre los patrones de pensamiento que

subyacen en los booms y las bancarrotas que caracterizan los ciclos

financieros y, en particular, las crisis simultáneas de confianza y crédito que

actualmente se extienden por todo el mundo.

 

Confianza Cuando la economía cae en la recesión, los periódicos y los expertos nos

dicen que es necesario «restaurar la confianza». Esta intención tenía J.

P. Morgan después de la caída del mercado de valores de 1902, cuando creó

un fondo de banqueros para invertir en él. En 1907 volvió a utilizar la misma

estrategia[1]. Franklin Roosevelt consideró la Gran Depresión en términos

similares. «Lo único que debemos temer —declaró en 1933 durante su

discurso inaugural—, es al mismo miedo». Más adelante, durante el mismo

discurso, añadió: «No es una plaga de langostas lo que nos está atacando».

Desde la fundación de la república norteamericana, los altibajos financieros se

han atribuido a pérdidas de confianza.

Los economistas interpretan a su modo el significado de la palabra

confianza. Muchos acontecimientos se caracterizan por tener dos (o más)

puntos de equilibrio. Por ejemplo, si en Nueva Orleans nadie vuelve a

reconstruir su casa después del huracán Katrina, los demás tampoco querrán

hacerlo, ya que ¿quién desea vivir solo en un páramo desolado, sin vecinos ni

tiendas? Pero si en Nueva Orleans mucha gente vuelve a construir su casa, las

demás personas también desearán hacerlo. De este modo habrá un buen

equilibrio (reconstrucción), en cuyo caso puede decirse que existe confianza.

Pero también podría existir un equilibrio negativo (falta de reconstrucción) en

el que no hubiera confianza. Bajo esta perspectiva, la confianza no es más que

un pronóstico, que en este caso está relacionado con el hecho de si los demás

construyen o no. Un pronóstico con confianza pinta el futuro de color de rosa,

mientras que un pronóstico sin confianza lo pinta negro.

Pero si buscamos la palabra confianza en el diccionario, veremos que no

significa lo mismo que pronóstico. El diccionario dice que significa

«seguridad» o «fe absoluta». Se trata de una palabra que procede del latín,

fido, que significa «confío». La crisis de confianza que atravesamos

actualmente también se denomina crisis crediticia. La palabra crédito deriva

del latín credo, que significa «creo».

Partiendo de estos matices adicionales de significado, desde el punto de

vista de los economistas basado en el equilibrio dual, es decir, de pronósticos

de color de rosa contra pronósticos de color negro, parece que falta algo[2].

Los economistas solo han captado parte del significado de la palabra

seguridad o fe. Su punto de vista indica que la confianza es racional, ya que la

gente utiliza la información de que dispone para efectuar pronósticos

racionales y luego tomar decisiones racionales basadas en estos. Por

descontado, la gente suele tomar decisiones, confiadamente, de este modo.

Pero en ello hay algo que va más allá de la noción de confianza. La palabra fe significa en realidad que se sobrepasa lo racional. De hecho, las personas

realmente confiadas o con auténtica fe suelen rechazar o descartar cierta

información. Incluso pueden no procesar la información racional que tienen a

su disposición y, aunque la hayan procesado racionalmente, son capaces de

actuar de manera irracional. Actúan de conformidad con lo que creen que es

cierto.

Si esto es lo que queremos decir con confianza, veremos enseguida por

qué, si varía con el tiempo, debería representar un papel principal en el ciclo

de la economía. ¿Por qué? Durante las buenas épocas, la gente tiene confianza

y toma sus decisiones con espontaneidad. Saben por instinto si algo tendrá

éxito. Suprimen temporalmente sus recelos. El precio de los activos será

elevado e incluso aumentará. Mientras la gente conserve la confianza, su

impulsividad no será evidente. No obstante, si su confianza se esfuma, las

cosas cambiarán y sus decisiones se pondrán de manifiesto en toda su

desnudez.

El mismo término confianza, que implica que una conducta sobrepasa un

acercamiento racional en la toma de decisiones, indica por qué representa un

papel principal en la macroeconomía[3]. Cuando las personas sienten

confianza salen de compras, pero cuando desconfían, se recluyen y venden.

La historia de la economía está llena de ciclos de confianza a los que sigue

una recesión. Todos hemos salido a pasear alguna vez y nos hemos

encontrado, por ejemplo, con las vías abandonadas de un ferrocarril que quizá

fueron el sueño de alguien que deseaba riquezas y fortuna. ¿Quién no ha oído

hablar de la primera burbuja especulativa, la crisis de los tulipanes? Se

produjo en el siglo XVII en Holanda, un país renombrado por los fornidos

burgueses de Rembrandt y porque se suele considerar la patria de la gente

más prudente del mundo. ¿Hay alguien que no sepa que el propio Isaac

Newton, padre de la física moderna y del cálculo, perdió una fortuna en la

burbuja de los mares del Sur del siglo XVIII?

Todo esto nos conduce de nuevo a Trondheim. Akerlof había registrado

en un lugar erróneo de su cerebro las ideas que le había suscitado la casa de

un millón de dólares de su pariente. Debería haberse dado cuenta de que los

sorprendentes precios de la vivienda en Trondheim, además de indicar que en

Escandinavia eran excesivamente elevados, formaban parte de una burbuja

inmobiliaria mundial: había sido demasiado confiado.

Retrocedamos un poco y volvamos al párrafo de Keynes sobre los

espíritus animales. Según Keynes, cuando la gente decide invertir, lo hace

empujada fundamentalmente por la confianza. La teoría económica estándar, no obstante, propone otra explicación, basada en un proceso formal de toma