Animal spirits
Primera parte. Espíritus animales
Primera parte
Espíritus animales
1
La confianza y sus multiplicadores
Uno de nosotros, Akerlof, recuerda una conversación que tuvo lugar durante
una cena hace algunos años, cuando se produjo el boom de la vivienda en
Estados Unidos. En una boda coincidió con un pariente lejano de Noruega al
que lo unían intrincados lazos familiares. Este individuo se había comprado
una casa en Trondheim por la que había pagado más de un millón de dólares.
Era mucho dinero, quizá no para Nueva York, Tokio, Londres, San Francisco,
Berlín e incluso Oslo, pero sí lo era para Trondheim, una población situada en
el límite habitado de la costa noruega que ostenta el título de ciudad más
septentrional del mundo. Entonces, como ni siquiera se trataba de una gran
mansión, la idea quedó registrada en la mente de Akerlof como una mera
observación sobre lo elevados que eran los precios inmobiliarios en
Escandinavia.
Hace poco Akerlof contó al coautor, Shiller, que se había estado
planteando si no debería haber meditado más sobre el precio de la casa en
Trondheim y discutieron el tema. Al parecer, su mente solo había registrado
una historia de escasa relevancia sobre precios elevados, lo cual constituye un
lapso mental. Ahora Akerlof creía, en cambio, que debería haber considerado
que lo que le había parecido meramente chocante merecía una reflexión
objetiva en el contexto de una visión más amplia de los mercados
inmobiliarios.
Nos pareció que esta pequeña historia merece una reflexión más profunda
por la comprensión que aporta sobre los patrones de pensamiento que
subyacen en los booms y las bancarrotas que caracterizan los ciclos
financieros y, en particular, las crisis simultáneas de confianza y crédito que
actualmente se extienden por todo el mundo.
Confianza Cuando la economía cae en la recesión, los periódicos y los expertos nos
dicen que es necesario «restaurar la confianza». Esta intención tenía J.
P. Morgan después de la caída del mercado de valores de 1902, cuando creó
un fondo de banqueros para invertir en él. En 1907 volvió a utilizar la misma
estrategia[1]. Franklin Roosevelt consideró la Gran Depresión en términos
similares. «Lo único que debemos temer —declaró en 1933 durante su
discurso inaugural—, es al mismo miedo». Más adelante, durante el mismo
discurso, añadió: «No es una plaga de langostas lo que nos está atacando».
Desde la fundación de la república norteamericana, los altibajos financieros se
han atribuido a pérdidas de confianza.
Los economistas interpretan a su modo el significado de la palabra
confianza. Muchos acontecimientos se caracterizan por tener dos (o más)
puntos de equilibrio. Por ejemplo, si en Nueva Orleans nadie vuelve a
reconstruir su casa después del huracán Katrina, los demás tampoco querrán
hacerlo, ya que ¿quién desea vivir solo en un páramo desolado, sin vecinos ni
tiendas? Pero si en Nueva Orleans mucha gente vuelve a construir su casa, las
demás personas también desearán hacerlo. De este modo habrá un buen
equilibrio (reconstrucción), en cuyo caso puede decirse que existe confianza.
Pero también podría existir un equilibrio negativo (falta de reconstrucción) en
el que no hubiera confianza. Bajo esta perspectiva, la confianza no es más que
un pronóstico, que en este caso está relacionado con el hecho de si los demás
construyen o no. Un pronóstico con confianza pinta el futuro de color de rosa,
mientras que un pronóstico sin confianza lo pinta negro.
Pero si buscamos la palabra confianza en el diccionario, veremos que no
significa lo mismo que pronóstico. El diccionario dice que significa
«seguridad» o «fe absoluta». Se trata de una palabra que procede del latín,
fido, que significa «confío». La crisis de confianza que atravesamos
actualmente también se denomina crisis crediticia. La palabra crédito deriva
del latín credo, que significa «creo».
Partiendo de estos matices adicionales de significado, desde el punto de
vista de los economistas basado en el equilibrio dual, es decir, de pronósticos
de color de rosa contra pronósticos de color negro, parece que falta algo[2].
Los economistas solo han captado parte del significado de la palabra
seguridad o fe. Su punto de vista indica que la confianza es racional, ya que la
gente utiliza la información de que dispone para efectuar pronósticos
racionales y luego tomar decisiones racionales basadas en estos. Por
descontado, la gente suele tomar decisiones, confiadamente, de este modo.
Pero en ello hay algo que va más allá de la noción de confianza. La palabra fe significa en realidad que se sobrepasa lo racional. De hecho, las personas
realmente confiadas o con auténtica fe suelen rechazar o descartar cierta
información. Incluso pueden no procesar la información racional que tienen a
su disposición y, aunque la hayan procesado racionalmente, son capaces de
actuar de manera irracional. Actúan de conformidad con lo que creen que es
cierto.
Si esto es lo que queremos decir con confianza, veremos enseguida por
qué, si varía con el tiempo, debería representar un papel principal en el ciclo
de la economía. ¿Por qué? Durante las buenas épocas, la gente tiene confianza
y toma sus decisiones con espontaneidad. Saben por instinto si algo tendrá
éxito. Suprimen temporalmente sus recelos. El precio de los activos será
elevado e incluso aumentará. Mientras la gente conserve la confianza, su
impulsividad no será evidente. No obstante, si su confianza se esfuma, las
cosas cambiarán y sus decisiones se pondrán de manifiesto en toda su
desnudez.
El mismo término confianza, que implica que una conducta sobrepasa un
acercamiento racional en la toma de decisiones, indica por qué representa un
papel principal en la macroeconomía[3]. Cuando las personas sienten
confianza salen de compras, pero cuando desconfían, se recluyen y venden.
La historia de la economía está llena de ciclos de confianza a los que sigue
una recesión. Todos hemos salido a pasear alguna vez y nos hemos
encontrado, por ejemplo, con las vías abandonadas de un ferrocarril que quizá
fueron el sueño de alguien que deseaba riquezas y fortuna. ¿Quién no ha oído
hablar de la primera burbuja especulativa, la crisis de los tulipanes? Se
produjo en el siglo XVII en Holanda, un país renombrado por los fornidos
burgueses de Rembrandt y porque se suele considerar la patria de la gente
más prudente del mundo. ¿Hay alguien que no sepa que el propio Isaac
Newton, padre de la física moderna y del cálculo, perdió una fortuna en la
burbuja de los mares del Sur del siglo XVIII?
Todo esto nos conduce de nuevo a Trondheim. Akerlof había registrado
en un lugar erróneo de su cerebro las ideas que le había suscitado la casa de
un millón de dólares de su pariente. Debería haberse dado cuenta de que los
sorprendentes precios de la vivienda en Trondheim, además de indicar que en
Escandinavia eran excesivamente elevados, formaban parte de una burbuja
inmobiliaria mundial: había sido demasiado confiado.
Retrocedamos un poco y volvamos al párrafo de Keynes sobre los
espíritus animales. Según Keynes, cuando la gente decide invertir, lo hace
empujada fundamentalmente por la confianza. La teoría económica estándar, no obstante, propone otra explicación, basada en un proceso formal de toma