Aquiles o El guerrillero y el asesino
Capítulo 7
Gente se les unió, de las ciudades, del campo; aquí empezaban a reconocerse el trabajador urbano y el campesino; el trabajo compartido creaba lazos, afirmaba la comuna, le daba la razón inmediata a Diomedes que en la montaña de Santiago veía la oportunidad de la utopía, el falansterio de los justos, la comunidad ideal sin amos y esclavos. Y así era, por lo menos al ojo desnudo y al nivel visible de quienes llegaban de las fábricas y universidades y las profesiones a unirse a ellos: y también, en apariencia, al nivel de las relaciones del grupo guerrillero con los indios y los campesinos de Santiago. Pero una guerrilla no podía actuar sin mando, y el mando supone jerarquía. El cuadrilátero se impuso una disciplina: no iban a disputarse, harían cuanto fuese posible de común acuerdo, y la jerarquía establecida sería un pacto de sucesión en caso de que alguien faltara. Primero, Diomedes, el que unía a todos de la mejor manera, mediante la alegría y el entusiasmo; segundo, Pelayo, porque era el más disciplinado y hasta duro pero en una sucesión eso iba a ser necesario; tercero, Cástor, cuya sencillez y humanidad podían corregir, llegado el caso, los rigores de Pelayo; y el último, Aquiles, porque dejarlo al final era extenderle la confianza de la salud: el más enfermo tenía derecho a ser el último y el primero al mismo tiempo.
Justificaron, rieron, se abrazaron, acentuaron los actos de camaradería entre sí y con los compañeros que se unieron a ellos, para desdibujar la semejanza entre la estructura de mando y cualquier forma de autoritarismo; acentuaron también la camaradería con la población de la montaña, se tragaron las brujerías y trataron de adquirir sencillez en el lenguaje —nada de lengua de madera, como dijo al principio Diomedes—.
¿Saben qué le dijo Emiliano Zapata a Pancho Villa cuando ocuparon la Ciudad de México?: «Yo ya me voy de regreso a mi tierra, compadre. En esta ciudad hay demasiadas banquetas y yo siempre me ando cayendo de ellas». Aquí nos pasa lo contrario. Nos hacen falta las banquetas. Nos caemos en los hoyos del monte. Dormimos entre los frailejones. Comemos cosas ahumadas, comemos mico y dante, lo que se encuentre en las playas de los ríos. ¿Qué les damos de comer a ellos? ¿Qué traemos de las ciudades? ¿Un discurso nacionalista y democrático? ¿Una práctica terrorista? ¿No nos enseñaron nada más, Pelayo? Sí, poemas de Neruda y de Vallejo, que eran revolucionarios pero no tenían lengua de madera, recuerden eso, muchachos, vamos a curarnos aquí de la lengua de madera. No nos van a entender de otro modo. Nadie sabe aquí qué carajos es eso de la dialéctica, el materialismo, el modo asiático de producción o la plusvalía; menos aún van a entender chifladuras como la dictadura del proletariado, el centralismo democrático o la autocrítica revolucionaria que acaba fusilando a los propios camaradas, nada de eso, Aquiles, vamos aprendiendo de ellos: nos guían los niños, qué linda idea que ellos sean nuestros guías, con sus fusiles más altos que ellos mismos, sus máscaras coloradas. Los niños estafeta que nos llevaron al corazón de la tierra donde admitimos ignorarlo todo, donde desconocemos a la gente, donde nos vamos acercando, preguntando, sin hacer discursos o llegar a conclusiones, donde al quitarnos las capuchas lo vemos todo demasiado claro, demasiado nítido, recortado, y nos decimos, Aquiles, aquí hay engaño, todo es demasiado nítido, como las montañas, y también tan lejano como ellas, vamos acercándonos hasta que todo fluya, impreciso pero cálido, complicado, Cástor, ¿sabes a dónde hemos llegado, a ti que te encanta leer a Alejo Carpentier?, pues hemos llegado al lugar de los pasos perdidos…
Quizás, entonces, éste era el paraíso y aquí se podía fundar la comunidad perfecta. No iban a fundar la revolución. Ésa ya estaba aquí, desde siempre. Los niños que los rodearon al pie de la montaña se lo dijeron sin abrir la boca. Ustedes no nos van a enseñar nada. Nosotros vamos a enseñarles a ustedes. Pero como somos buenas gentes, como tenemos paciencia y humor y carecemos de la vanidad de ustedes, vamos a hacerles creer que ustedes nos lo enseñan todo.
—No sabemos nada. Ni disparar derecho —dijo Pelayo.
—¿Qué saben ellos, Pelayo? Esconderse y aguantar. Admirable, sin duda. Lo que les vamos a enseñar nosotros es a crear una base desde donde atacar —le respondió Aquiles.
—¿Saben lo bueno de todo esto? Que aquí no hay que pagar cuentas de teléfono o de luz.
Se rieron de la broma de Diomedes y como todos se habían criado viendo cine mexicano, cantaron unas estrofas de La Bartola de Pedro Infante, «ahí te dejo esos dos pesos, pagas la renta, el teléfono y la luz». Pero anhelaban, aquellos primeros días, la luz de la luna. Un día se perdió Diomedes en el bosque por no conocer aún los signos que los niños estafeta y los campesinos vaquianos distinguían como un cachaco la carrera Séptima de Bogotá y cuando lo rescataron confesó a sus amigos que nunca supo si era de día o de noche. Se sentía perdido, angustiado, pero peor que la desesperación de perder su compás interno era el anhelo de una luna, dijo, que le comprobara la noche. No quería pensar, lo volvía loco, dijo tiritando de regreso, tomándose un café, lo volvía loco pensar que esta oscuridad le pertenecía al día. Lo rescataron los vaquianos indígenas, que sabían reconocer una trocha después de cinco años.
—No hay una cicatriz del monte que no se sepan estos pelados.
Se unieron a ellos y los siguieron en su peregrinaje por las selvas y los montes. Aquiles y Pelayo, Cástor y Diomedes. Establecían campamentos rudimentarios y soñaban, en sus pláticas nocturnas, con crear aquí mismo una sociedad igualitaria, comunidades de autogobierno, sin autoridades. Pero ahora estaban, quisiéranlo o no, en manos de los niños, los labradores, los indios que conocían el terreno y que cargaban a cuestas las municiones acumuladas en décadas de lucha, asaltos esporádicos, toma vacilante de cuarteles prontamente abandonados. También cargaban kilos y kilos de plátano y yuca como por un miedo ancestral al hambre, y, de noche, niños, vaquianos, indios y labradores se juntaban a extraer de sus morrales otras minucias, muchos frasquitos de sortilegios y amuletos. Un viejo de cejas tan blancas que parecían polveadas, asistido del mismo niño con mejillas de cántaro despintado, celebró la llegada de esa luna llena que tanto anheló Diomedes el día que se fue bailando a la selva con los ojos cerrados como si quisiera bailar con la selva entera, darle forma de mujer y ritmo de bambuco al rumor de los árboles. El viejo encabezó la cruzada infantil que los rescató de la montaña, regó las pepas rojinegras del árbol del chocho. «Es el brujo», le dijo a Aquiles uno de los niños estafeta. «¿Qué hace?» «Es para evitar la muerte y volvernos invisibles para el enemigo.»
Se consultaron rápidamente y se dijeron que no podían aceptar prácticas supersticiosas, eso era tan malo y absurdo como creer en la dictadura del proletariado, otra superstición. ¿No hay una fórmula intermedia, dijo Cástor, algo entre la brujería y el materialismo? Porque tan irracionales habían sido las invocaciones del comunismo como estas de la brujería campirana. O la brujería católica, no se te olvide, dijo Pelayo. Sólo Diomedes había pertenecido al Partido Comunista. Pero no pudo contenerse nunca de decir cosas como «quitémosle a la revolución el aspecto solemne, hagamos de la revolución una fiesta costera…».
—Mis bromas me costaron caro. El partido me castigó de la peor manera. ¿Leyeron a Kundera? El peor crimen contra la solemnidad ideológica del comunismo es el humor. El partido me mandó una temporada a la Unión Soviética, a ver si la revolución podía ser una pachanga tropical, a ver si se me quitaba lo barranquillero. Hay que odiar mucho a un costeño para enviarlo a Moscú. Qué penitencia, madre mía. Yo creo que los comunistas soviéticos inventaron la aburrición, ellos solitos, nomás.
Se echó una carcajada y pensaron sus amigos que en realidad Diomedes nunca estaría a oscuras, que la risa era su luna…
—Me salvaron los brasileños. Se las ingeniaban para organizar partidos de fútbol en la nieve. Me enseñaron a bailar la samba y a putear en portugués. Pero eso no me quitaba el estigma. Desprestigia que a un comunista latinoamericano lo manden a la URSS.
Paralizaban la acción. No querían darle el prestigio de la iniciativa y mucho menos el del triunfo a los campesinos, a los estudiantes como ellos, sólo a la clase obrera guiada por su vanguardia, el PC.
—¿Qué cosa dijo Marx? ¿No hablaba de la barbarie agraria, de los campesinos como salvajes casi? —preguntó Diomedes.
—Ya los ves. Creen que pueden volverse invisibles —dijo sin sarcasmo, preocupado, Pelayo.
—¿Podremos de veras entendernos con ellos?
Nadie le contestó a Aquiles. Abundaron en las razones por las que rechazaron al Partido Comunista, su miedo al triunfo revolucionario en América Latina para no crearle problemas internacionales a la URSS en el coto de los gringos. Aguijonear, agitar el coco del comunismo, darles pretextos de intervención a los gringos y de represión a los gobiernos, eso hacían los partidos comunistas latinoamericanos, no les importaba la revolución, les importaba la URSS, la patria del socialismo…
—Donde los gallos andan en limusinas y tienen dacha y los jodidos duermen al descampado o en apartamentos de dos piezas para una familia de diez. Carajo con el comunismo ruso.
¿Por qué se fueron a la guerrilla? No hablaban por ellos, porque sin decirlo, cada uno, Aquiles y Pelayo, Cástor y Diomedes, tenían, o creían tener, razones singulares que no se parecían a las de nadie más. Los corrieron de la universidad. O eran de la ciudad y sentían el llamado de la selva, la naturaleza, la aventura, y uno dijo que qué cosa más sabrosa era saber que el poder estaba a veinticuatro horas de distancia, en el monte, y la impotencia sólo aquí, en las calles de las ciudades. Más, dijo Aquiles, las rebeliones estudiantiles de los sesenta, el 68 parisino, las amistades trotskistas y maoístas, la revolución cubana, revolución con pachanga, barbuda, alegre, joven, una mentada de madre a los gringos en su propio patio trasero, y más, dijo Cástor.