Aquiles o El guerrillero y el asesino

Moises Rojas · Capítulo 15 de 20

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Aquiles o El guerrillero y el asesino

Capítulo 14

Llegó solo con tres niños armados y con las caras cubiertas. Los propios niños pidieron ponerse los pañuelos amarrados a la cara para proteger a sus parientes. Salomón Parras no se andaba con miramientos. Ubicaba a familias enteras gracias al descuido de un menor, un sobre olvidado, una foto de pasaporte, un pagaré al sastre. Y para Salomón Parras, identificar significaba una de dos: comprar o exterminar.

El cacique de las esmeraldas le mandó decir a Aquiles que podía venir acompañado de tres hombres suyos, pero nada más. Aquiles contestó que iría solo. Don Salomón dijo que en ese caso no había trato. Era él, Parras, el que necesitaba testigos, no Aquiles. ¿Y si los mataba allí mismo a los cuatro, a Aquiles y a los niños? Eso quería decir —contestó el cacique— que él no tenía palabra. Le ponía a prueba. Nunca había matado a un niño.

Había construido más que una casa, más que una ciudad, un miniestado en la selva, con pista de aterrizaje, campos de deporte, un prostíbulo de lujo, un hotel de cinco estrellas y un convento. Monasterios no, dijo, aquí no hay más hombre santo que yo. Además, decía que le gustaba dormir rodeado de monjas y de putas, porque aquéllas lo tentaban y cuando ya no podía más, se iba con éstas y respetaba a aquéllas. Era cierto. Ser monja en los terrenos de don Salomón era una de las notorias ambiciones de las clarisas colombianas.

Conocerlo era sorpresivo. No había fotos de él y su fama de fortuna, corrupción y violencia era tan grande, que cualquier estereotipo de la villanía le habría cuadrado: gordo o flaco, bajo o alto, joven o viejo. Lo espantoso —Aquiles lo miró sentado frente a una mesa de dominó, solitario, jugando contra él mismo— es que no era ninguna de estas cosas: era de una mediocridad indescriptible, distinguido apenas porque su cabeza parecía comida por la polilla. Nadie podía recordarlo: era su chiste, lo cultivaba, llevaba años haciéndose invisible; por poco lo logra…

Ni miró a Aquiles ni dejó de mover las fichas del dominó. Le pidió con la cabeza que tomara asiento frente a él. Empezó a contar una larga historia. Aquiles la esperaba. Salomón Parras no sólo sentía orgullo de su éxito; necesitaba justificarlo. Y su legitimación era nada menos que su país: Colombia.

Evocó, no sin belleza, el trasiego de la nación cuando él era un jovencito, la desposesión de campesinos y terratenientes obligados a vender barato, la voracidad de los caudillos locales animada por los políticos de Bogotá, los campesinos liberales despojados por los conservadores, y éstos por aquéllos, en una ronda sin fin: el principio cesáreo del divide e impera llevado al absurdo, como en una película de los hermanitos Marx (¿por qué los trataba con diminutivo?, ¿creía que los hermanos sin diminutivo eran Karl y familia?). Doscientos mil terrenos agrícolas cambiaron de mano en los años que siguieron a la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, al desatarse la peor etapa de la violencia —continuó el cacique Salomón—, y un millón de personas emigraron del campo a la ciudad en tres, cuatro años, no sé: pero el café se siguió produciendo y exportando, y las esmeraldas también, como si la sangre abonara la bonanza.

Dijo que él había empezado como simple guaquero, es decir, un gambusino pobre dedicado a excavar túneles ilegales con los instrumentos más primitivos, ahogado casi entre tanto material de desecho. Lo contrataban los planteros y le compraban los minerales a precio fijo. Un día Salomón Parras se dio cuenta de que por allí no iba a ningún lado. Organizó a los guaqueros. Primero se rebelaron —«Yo también fui rebelde», dijo sin permitirse ni el rictus de una sonrisa— y se plantaron a la entrada de las minas, exigiendo el derecho de explotar. Los planteros les echaron encima todo lo que tenían: el ejército, la policía, los sicarios extraídos de ese tumulto de adolescentes vengadores, hijos del terror, arrojados a la violencia por el asesinato en masa de sus familias, organizados por unos caudillos de espanto llamados el Desquite y Sangrenegra, niños con setenta asesinatos en su haber antes de cumplir dieciocho años, un país de asesinos adolescentes, sin educación, niños migrantes que sólo siguieron a sus padres gambusinos de campo en campo hasta que el plantero, la policía, los otros sicarios acabaron con las familias y los niños se unieron a lo mismo que los había destruido. ¡Qué ironía, pero qué belleza!

Dijo que él, Salomón Parras, sólo siguió ese ejemplo fatal. Dejó de ser guaquero y empezó a plantar coca, poquitita al principio, pero cuando se acabó el boom de la mariguana en los Estados Unidos en los setenta, hasta la última hoja de coca en el más humilde plantío se volvió más valiosa que las esmeraldas y el oro. Algo más, le dijo Parras a Aquiles, todo el que plantaba coca enseguida se convertía en aliado de las aduanas y de los policías; no había bastantes barcos bananeros para sacarla del país, al principio con la complicidad de los agentes aduanales y policiales. Era la Mama Coca, nuestra Guadalupana, nuestra Caridad del Cobre, nuestra Virgen de Coromoto, nuestra Señora de los Afligidos. En un santiamén —tuvo Parras el pudor de no santiguarse él mismo— un solo dólar de materia prima se convirtió en cinco dólares, y cinco millones en veinticinco, y siga usted sumando, compañero…

Aquiles lo interrumpió y le dijo que todo esto ya lo conocía. ¿Para qué lo repetía? Salomón Parras sabía muy bien por qué estaba aquí el guerrillero, para qué estaba aquí.

—No, mi amigo, no lo sabe usted. ¿Por qué le rapté a la mujer? Yo ya le tenía echado el ojo a la Brígida. Pero el viejo Vale me la hubiera dado sin conquista, de regalo. Cuando usted la tomó, me echó el guante a la cara, mi amigo. Usted sí que era un desafío. Quitársela a usted… ¡Válgame Dios! He venido por la Brígida…

—Pues vamos a ver quién gana la partida —Salomón no sonreía con nada, por más irónicas que fueran sus palabras—. Imagínese en una justa medieval, o ya que lo llaman Aquiles, en una playa frente al mar, ¡arde Troya!, desafiando a Héctor…

Aquiles le dijo a su enemigo que le explicara cuál era el desafío. Salomón se ahorcó la mula de seises y lanzó una maldición. Se castigó con un gesto de repugnancia que lo declaraba derrotado. ¿Por él mismo? Así lo entendió Aquiles, observando de cerca al cacique de las esmeraldas.

—No, mi comandante. ¿Tiene usted un grado, o son todos ustedes de esos ilusos que no creen en la desigualdad y las jerarquías? Lo que usted no entiende es que, tarde o temprano, los movimientos armados acaban por servirnos.

Aquiles dijo que ellos serían la excepción y por primera vez Parras se rio, mirándolo con cariño, como a un niño inocente.

—Si los guerrilleros son pragmáticos, nosotros les pagamos y ellos nos hacen el favor de controlar el desorden de un fárrago de campesinos que quieren aprovecharse también del boom de la droga. Total, la corrupción de la policía y el ejército es tal, que el campesino prefiere pagarle a un guerrillero para que lo proteja. ¿Todavía no se acercan a ustedes? ¿Pues en qué país de las maravillas están viviendo? Aquí todos están aliados con nosotros. Nosotros metemos dinero al país, amigo mío. Nosotros podríamos pagar la deuda externa de Colombia, si quisiéramos. Pero nos guardamos esa carta. Usted lo sabe: preferimos morir en Colombia que vivir extraditados en una cárcel gringa llena de putos y droguis.

Revolvió con una alharaca de marfil las fichas del juego y siguió su cantinela aplastante:

—Tenemos ejércitos privados, sin control del Estado porque aquí el Estado no existe y el gobierno ya perdió el control de las armas. Tenemos el escudo del anticomunismo y de la contrainsurgencia.

Escogió siete fichas para él, y siete para su contrincante invisible. Sonrió satisfecho y miró con sorna al que no estaba allí, deseándole cinco mulas de un tirón.

—Sume usted cuanto le llevo dicho, mi amigo. El ejército nacional y la policía son nuestros, pero además tenemos ejércitos privados, matones a sueldo, organizaciones terroristas y movimientos guerrilleros. El setenta por ciento de los colombianos vive de nuestro negocio. Somos dueños de un millón de hectáreas en este país. Los gringos no nos espantan. Nosotros seremos la oferta mientras ellos sean la demanda y no toquen con el pétalo de una rosa a sus propios capos.

Se echó de un golpe cinco jugadas maestras, uniendo cabos de fichas sin tener que comer, musitando frases rituales del juego, y culminando con un cierre espectacular y la exclamación alborozada: «¡Fichas y caras de hombres!».

—En resumen, comandante Aquiles, su grupo se une a nosotros y yo le devuelvo a la Brígida.