Ariel (El jefe nº 2)

B. Crespo · Capítulo 2 de 4 · parte 1/3

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Ariel (El jefe nº 2)

Apoyó la frente en la suya y…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Apoyó la frente en la suya y la miró fijamente. Quería comérselo a besos. ¡Se le veía tan rico!

- No quiero tener que poner un hombre dentro de esta casa para que este pegado a ti. No quiero tener que dejarlo a la puerta de nuestra habitación. No quiero tener que estar desconfiando de ti. Te quiero bien, leona. Te quiero fuerte, con las ideas claras y preparada para darme pelea.

Besó con ternura su cabeza. El aire de su respiración acarició su cabello.

- No quiero a esta Ariel débil, destruida y sin ganas de vivir... Por nosotros,

acepta lo que te propone mi madre. Escucha a otras mujeres, no hace falta que tu digas nada. Solamente escucha, ponte en otras situaciones y valora si lo que tu has pasado es peor que lo que han vivido ellas.

Durante segundos no pudo hablar. Su cabeza estaba dando vueltas sin parar.

Pensó... Y repensó... Aunque si era sincera con ella misma, desde hacía rato sabía lo que debía a hacer.

¡Qué malo era ser una orgullosa!

- Si digo que sí... ¿Me soltaras?

- No creerías que iba a dejarte mucho tiempo así, ¿verdad? — Sonrió sabedor. -

Solamente era una medida para que escucharas. Es más te prometo quitar a Richard de tu cuidado y custodia, además de concederte el tiempo que estés con mi madre y Claudia sin niñeras. — Remarcó con gracia.

Al escucharle su risa resonó fuerte en el cuarto. No sabía que él conocía el apodo que le había puesto a sus guardias patanes. Asintió despacio. Era hora de empezar a dejar que los demás se preocuparan por ella y la ayudaran a salir del abismo en el que había caído.

- ¿Me lo prometes? No, espera, júramelo. — Exigió.

Dmitriy echó la cabeza hacia atrás. Sabía que lo había hecho para que no viera la sonrisa que habían dibujado sus labios. Sonrió y esperó de manos cruzadas como si fuera la niña más buena del mundo.

Cuando volvió a bajar la cabeza, no la miró a ella, si no que puso sus ojos sobre su madre y le hizo una especie de señal con la cabeza. Confusa observó como sonreía mientras caminaba hacia la puerta.

- ¡Hola! ¿Ya podemos irnos de compras?

- Sabías que aceptaría, ¿Verdad? — Inquirió a Dmitriy sin dejar de mirar la sonrisa enorme de su amiga.

Sintió sus manos tocar las cintas. Creyó que la estaba desatando, por eso no le prestó atención a sus movimientos.

- ¿Qué haces?

Giró bruscamente la cabeza. Como niño travieso tenía una sonrisa en los labios.

Esa vez si la dejó verla, es más quería que la viera; la miraba con un brillo en los ojos que le hizo temer lo peor.

Le regañó con la mirada. Si hubiera podido a abrir la boca, probablemente le habría dicho desde desvergonzado a libertino; aceptaba gustosa que se acomodara con ella en la cama, pero no que el cretino pusiera la mano donde no debía y menos estando su madre en la habitación.

Se tragó como más bien pudo las ganas de estrangularlo y sonrió a su amiga que se acercaba. Eh... ¿Qué había preguntado? Se preguntó en silencio mientras disimuladamente escondía la mano debajo del cubrecama y le daba un pellizco a la mano que aunque no hacía indicios de moverse, si la inquietaba con su tacto.

- ¿La sueltas ya o tengo que secuestrarla como tú acostumbras?

Dmitriy la miró con una mirada letal.

- Prueba a hacerlo y conocerás quien soy, al hombre que es capaz de mover cielo y tierra por encontrarla y al que es capaz de lo que sea por retenerla a su lado.

- Hijo mío que profundo...

- Ni que lo jure señora, este perdió la cabeza desde que comenzó a vivir con ella y vio cuan hermosa es.

Los colores subieron abrasando su cara. Así era Dmitriy, ya estaba acostumbrada a sus acciones descabelladas. Por eso precisamente no era por eso por lo que se había puesto colorada, si no que el cabrito le había devuelto el pellizco en terreno peligroso.

CAPÍTULO NUEVE

- ¿Y este?

- No.

- ¿Por qué? Es precioso.

Arqueó una ceja y la miró como diciéndole; "a ti que te gusta enseñar carne, cómpratelo".

- He dicho que no. ¿Por qué no me escuchas cuando hablo?

Sacó el vestido de la cesta y lo dejó en su lugar. No se molestó en colocarlo bien, simplemente mirarlo ya le hacía sentir arcadas, como para encima estar tocándolo y entreteniéndose en ponerlo cuidadosamente en su lugar.

- Vieja rancia.

- Fulana. — Le devolvió el afecto.

Claudia puso morritos. Era una especie de mueca parecida a un beso. Se le asemejó a un pez y estalló a reír. Su amiga frunció el ceño y se cruzó de brazos.

Si su mirada en aquel momento hubiera sido un rayo, no se lo hubiera pensado para fulminarla.

- ¿Qué tiene gracia?

- Tú.

Le sacó la lengua y le dio la espalda. Sentaba de maravilla disfrutar de ese espacio de libertad. Le había parecido mentira mirar varias veces sobre sus hombros y no ver a ninguno de los hombres que la vigilaban.

Una sonrisa enorme se le pintó en la cara al ver la imagen de Dmitriy con cara de disgusto cuando se alejaba con su amiga. Vio su imagen tan nítida, que casi sintió su corazón protestar. Sí, era de chiste, tanto tiempo deseando que las niñeras dejaran de estar detrás de su culo y en cambio ahí estaba sintiéndose mal porque conocía a su hombre y sabía que seguramente debía de estar tirándose de los pelos.

- ¿Qué te preocupa? Ese ensimismamiento en el que te has quedado no puede ser nada bueno.

Se encogió de hombros. Pensativa clavó los ojos en su amiga que tras su gesto se había dado la vuelta y contemplaba un pantalón de cuero negro ajustado. Negó con la cabeza. No cambiaría nunca. Seguramente cuando fuera vieja, iría a haciendo el ridículo por querer imitar a las jóvenes.

- Dmitriy. — Se le escapó.

- ¿Qué?

- ¡Mierda! Olvídalo.

- ¿Cómo? Si ya has soltado la primera palabra cuéntalo todo para que me entere porque teniendo a un hombre que se desvive por ti, tú sigues de majadera cabezona.

Se mordió el labio ante la mirada tan insistente que le dedicaba su amiga. Como iba a explicarle la mitad de sus miedos si no había podido confesarle quien era.

Si le había estado mintiendo durante tanto tiempo. No quería perderla, para ella Claudia era muy importante. Era su hermana, su apoyo, la alocada que siempre le robaba una sonrisa.

¿Por donde debía empezar para que con su confesión, no dejara de hablarle?

- Solamente... Estoy todavía asimilando lo de la casa.

- ¿Qué tiene de malo?

"Que viene de dinero manchado", estuvo a punto de soltar. Menos mal que recapacitó y se mordió la lengua.

La había impactado ver que no habían salido de Chicago, pero mucho más que Dmitriy con una sonrisa engreída le especificara en la misma puerta, que había comprado esa hermosa casa al lado del muelle, exactamente; a unos metros del lago Michigan.

Como era normal su boca se abrió y sin pensar en que su amiga y la madre de Dmitriy estaban presentes, empezó a despotricar contra él. No le había estampado un zapato en la cabeza, porque la cogió con firmeza del pelo y le hizo mirarle a los ojos mientras le susurraba: "quería que empezáramos de cero, que olvidáramos la forma en la que empezamos todo y de la forma en la que terminó.

Y quería que aquí, el lugar donde tu sonrisa resplandeció como el sol mientras mirabas el lago sostenida en mis brazos, fuera nuestro principio".

El mismo movimiento de tierra que sintió cuando se lo dijo, lo sintió en ese momento. Para que engañarse, aunque no le gustaba nada la idea de vivir del dinero que para ella era sucio, la intención había sido buena y otra vez el

condenado se ganó otro trocito de su corazón.

- ¡Joder!

- ¿Qué? ¿Qué pasa?

Observó a su amiga que de repente se había puesto a mirar la tienda de punta a punta.

- No me has visto.

- ¿Eing?

La vio correr con desesperación. Llegando al mostrador casi se fue de culo debido a la gran velocidad que iba. Movió la cabeza de un lado a otro sin entender nada. Perdida por su actitud desfasada con la que se había escondido detrás del mostrador, se dio la vuelta...

- Hola.

- ¡Ay!

Saltó hacia atrás. ¡Oh, ya entendía! Cambió su gesto de sorpresa, mejor dicho de asustada, no lo había podido evitar, no había terminado de darse la vuelta cuando ese hombre la saludó demasiado cerca. Por la sonrisa que llevaba en sus labios, supo que lo había hecho a propósito.

- Hola, Caleb.

- Mmm, sabes mi nombre, pero yo no sé el tuyo.

- Ja, ja, ja. Puede que sea porque cuando estás con mi amiga no le dejas tiempo para que hable. — Comentó divertida. - Soy Ariel, encantada.

El inglés cogió su mano con delicadeza e hizo algo que no esperaba; se la llevó a los labios y besó el dorso de su mano.

- Veo que cuando quieres puedes ser un caballero. — Soltó muerta de risa cuando le devolvió la mano.

- Soy un caballero.

Puso cara de ofendido. Como amiga casi hermana de Claudia, le echó una mirada y evaluó si era suficiente bueno para su amiga. Por lo pronto, entre lo guapo que era, lo divertido que se veía y que derrochaba galantería... Ya iba por el seis.

- No con Claudia. — Reprochó.

- Claudia no necesita cursiladas y regalos. Como amiga de ella bien sabrás que si fuera de esos, no tendría ni la más mínima posibilidad.

- No creo que hayas ganado mucho más con esa actitud arrogante y chula de cojo las cosas porque me sale de las pelotas.

¡Hala, de nuevo se le había ido la boca! Le observó por el rabillo del ojo mientras se entretenía en mirar un vestido corto que en su vida llevaría puesto.

Todo su cuerpo se tensó; estaba a su espalda, demasiado cerca y eso la puso muy nerviosa...

- Me parece que no estás al tanto de los últimos acontecimientos... — Susurró en su oído.

Giró la cabeza para mirarle a la vez que dio un paso a atrás. Acababa de perder un punto por querer burlarse de ella. Se veía en su cara que ese tipo disfrutaba a haciendo que las mujeres se pusieran nerviosas.

¡Pobre de él! Que no la buscara porque la encontraría. Al único que le permitía reírse de ella era a su hombre de hielo e incluso a veces salía escaldado por su boquita y mano rápida.

- ¿Cuáles? ¿Qué eres un capullo? ¿Egocéntrico? ¿Insoportable? ¿Despreciable?

Tengo muchos acontecimientos para que pasemos a aquí el día, pero la verdad...

No quiero que tus oídos se resientan y tengas que ir al médico.

Sus ojos chocolate se achicaron en su dirección, incluso así, le fue imposible dejar de ver la chispa divertida en ellos.

¡Qué hacía! Incrédula miró de él a su brazo dos veces. No podía asimilar que ese

hombre, un extraño para ella, le acabara de pasar el brazo por encima de los hombros y la guiaba. Ni siquiera se dio cuenta de hacia donde iban. Y es que era lógico, no dejaba de pensar que si Dmitriy estuviera allí, primero ese tipo no se habría atrevido a tocarla y segundo, le habría partido los brazos.

- ¡Hey nena, porque no dejas de a hacer el ganso ahí atrás y le dices a tu amiga donde estabas anoche!

- ¡Capullo!

Su amiga rápidamente se puso de pie y apoyó las manos en el mostrador con una mirada que dejaba claro que quería que cerrara el pico.

- ¿Claudia?

- Eso, Claudia, dile lo ocupada que estabas anoche, esta madrugada y esta mañana antes de que su novio te llamara.

Su amiga se puso roja y no precisamente por vergüenza. Eso ella no sabía lo que era, posiblemente todavía no la había conocido. Se acercó con los ojos llenos de rabia y le dio un guantazo que impactó de pleno en su cara. Se escabulló y se tapó la boca.

- ¡Eres... Eres... Te odio!

Caleb la cogió por las muñecas y la presionó contra su pecho. Poco después, su boca devoraba la de su amiga y ella no sabía donde meterse. Lo único que pudo a hacer fue bajar la mirada al suelo y esperar que el show que estaban montando acabara.

- Nena, deja de luchar contra lo inevitable, eres mía y los dos lo sabemos.

Con la boca abierta vio como la soltaba y salía con andares firmes de la tienda.

Por primera vez, vio a su amiga sin habla. Miraba en dirección a la puerta sin siquiera parpadear.

- ¿Claudia? — Pronunció con cuidado.

- Tengo hambre.

- Vaaaale.

Era la una cuando se sentaron en el Hog, al final no habían comprado nada. Lo bueno era que había pasado una mañana muy entretenida.

- ¡Hola!

- Hola, Melisa. — Dijeron las dos a la vez.

Ella con un tono algo mosca, todavía tenía detrás de la oreja el encuentro en el despacho. No se tragaba ese cuento de que había sido ella el motivo de su presencia. No lo veía claro. Tenía grabado en la mente su mirada, su postura, su sonrisa. La conocía bien. Y por ella no apostaba la vida como lo hacía con Claudia y eso que quien había estado en su cama había sido la última.

- Ariel...

- Déjalo, Melisa. No quiero que vuelvas con el mismo rollo. He leído tus mensajes varias veces, así que deja ya la historia.

- Entonces... ¿Estamos bien?

Le dio una leve mirada. Parecía sincera, pero sabía mejor que nadie que las apariencias engañaban. Que se lo dijeran a ella, que jamás habría pensado que un empresario conocido y con dinero de sobra, perteneciera a la misma organización en la que ella había nacido y de la que con tanto ahínco había tratado de escapar.

- Solamente te diré que no te quiero cerca de Dmitriy. Que si te veo a dos pasos de él o sonriendo en su dirección, te enseñaré quién soy para que te acuerdes de mí el resto de tu vida. ¿Entendido?

Claudia carraspeó y Melisa tragó con dificultad. Esperó a que asintiera para pedir su comida. Al ver que no lo hacía la miró con una mirada que hasta el asesino más buscado se habría asustado.

- Que si lo has entendido.

- Sí. Has sido muy clara.

- Perfecto. Ahora sírveme mi comida de siempre. — Dijo arisca.

Melisa asintió y se dio la vuelta. La tristeza de sus ojos lo decían todo; su relación ya no volvería a ser la misma.

- Has sido muy dura. — Recriminó Claudia.

La miró como diciendo; "¿No me digas?".

- Se lo ha buscado ella.

- No creo...

- ¿Sabes cuando te das cuenta de que estás enamorada?

Observó ensimismada por la ventana. Al ver que su amiga no decía nada, devolvió su vista a ella.

- El corazón te lo dice. No le ves y tu corazón está inquieto, como si le faltara algo y no importa lo bien que lo estés pasando. Siempre está alterado...

Descontrolado... Y entonces vas junto a él y tu corazón se sosiega, ya no sientes esa sensación con la que crees que en cualquier momento el corazón te va a reventar...

- Te has vuelto muy poética...

Negó con la cabeza por no darle con la silla en la cabeza.

- Lo que te estoy diciendo es que cuando tu mundo se reduce a él... Que cuando tus pensamientos solamente están llenos de su sonrisa, de su voz, de sus gestos, de cualquier cosa que haya dicho o hecho que te haya provocado una sonrisa...

Ahí empiezas a darte cuenta de que tienes un problema.

- ¿Y...?

- Que cuando miras a tu amiga y sientes como el corazón se te acelera e intentas tranquilizarlo, pero vuelves a mirarla y tu corazón incluso aumenta la velocidad

que ya llevaba y sientes por tu sangre como se calienta e impide que la veas como tu amiga... Tenemos otro gran problema.

- Ella no lo hizo con mala intención...

- Eso es lo que tú crees. No la viste. Así que deja de reprochar como la trato, porque tanto ella como yo sabemos que en nuestra relación se ha abierto una enorme brecha.

Poco después Melisa les sirvió la comida. Por norma se habría sentado con ellas y se habrían reído un rato. Aquel día no. La incomodidad cuando ella se acercaba se mostraba en todo su cuerpo. Durante segundos cerraba la boca y se ponía a jugar con el mantel de la mesa hasta que se alejaba y sentía que podía respirar con normalidad. Así pasaron dos horas, hablaron sin parar, comieron y como no podía faltar criticaron a los hombres.

Más tarde dieron una vuelta por la ciudad, sin prisas, disfrutando del paseo.

Mezclándose con la gente, oyendo el sonido de los coches, mirando escaparates... Todo disfrute se quedó corto. Cuando se dieron cuenta el tiempo se les había ido, la noche había caído y la subida a la torre que habían acordado la tuvieron que posponer.

Claudia la acompañó hasta la puerta. Un destello de tristeza cubrió sus ojos. No quería que el día terminara. Todo había sido tan normal... Tan satisfactorio... Tan común... Que temía que ese hubiera sido su único día como el de cualquier otra mujer.

Su amiga que la conocía, la abrazó. Un abrazo tan cariñoso y lleno de ternura que la reconfortó y la hizo darse cuenta de que estaba dando por hecho las cosas sin que todavía hubieran pasado. Dmitriy no faltaría a su palabra. No a no ser que metiera la pata y él creyera conveniente actuar contra sus propias ordenes.

Le dio un último beso a su amiga. Sonrió y atravesó la verja...

- ¡No me echó!

Se detuvo en el acto. Procesó lo que su amiga le había gritado y se dio la vuelta; su amiga le suplicaba en silencio que la ayudara.

Se acercó un poco, pero se mantuvo callada. Su amiga resopló y se cruzó de brazos como si así se pudiera proteger de lo que iba a decir.

- Tengo miedo... — Susurró.

Lo había dicho tan flojo que le costó captar todas las letras de la frase.

- ¿Y qué? Así es el amor. Uno se lanza aterrorizado con la duda de si se estrellara, pero... ¿Y qué? No puedes dejar que el miedo se haga el amo de la situación, que domine tus sentimientos, que te cohíba, que te impida ir a por lo que quieres.

Sonrió y antes de empezar a andar hacia la casa dijo:

- Puedes perder mucho si dejas que el miedo tome posesión de tu vida. El amor, Claudia. Y puede que sea de los que es para toda la vida y que solo se cruzan en tu camino una vez.

Abrió la puerta y la cerró de golpe. Echó a correr. Ni en broma. ¡Ese idiota estaba como las cabras!

Unas manos la cogieron de la cintura... Le asestó una patada en la espinilla y siguió a la carrera. Las manos la volvieron a atrapar y los dos volcaron por el césped. La risa de los dos llenó la noche silenciosa.

- ¡Suéltame, Mijaíl!

- ¿Dónde ibas con tanta prisa?

- No me enfades, Mijaíl. No voy a entrar ahí.

Señaló la casa como si fuera la casa del terror.

- Miedica.

- Precavida.

- Cagada.

Apretó los dientes con fuerza. ¡Por qué estaba en el suelo que si no ya lo habría dejado estéril y con los huevos bien morados!

- Mijaíl, ¿por qué tus manos están tocando el cuerpo de mi mujer?

Rompió a reír sin remedio; Mijaíl había saltado como un perro asustado, puesto de pie y cuadrado delante de su hermano.

- Solo la he parado. — Aclaró levantando las manos.

Su gesto la hizo retorcerse en el suelo. ¡Dios! Eran como los niños chicos, no podías tocar nada que fuera suyo. Su hombre de hielo levantó el dedo en una clara advertencia.

¡Menuda tontería! ¿No veía que su hermano no era un peligro?

- Es mía. — Soltó como un perro guardián.

Su risa se cortó al instante. ¿De nuevo hablando ruso? Se sentó con las piernas cruzadas, apoyó los codos en las piernas y la cabeza en sus manos. No tenía intención de perderse nada... De nada.

- No soy Diego cretino.

Mijaíl pasó por su lado y al pasar le dio un golpe con el hombro. Dmitriy lo paró cogiéndolo por el brazo. Se puso de pie temiendo que terminaran a golpes en el jardín.

- Lo siento, Mijaíl. No era mi intención...

- ¿Ah, no? ¿Y cuál era si se puede saber? — Soltó el aire con fuerza. - Joder Dmitriy, la quiero como a una hermana.

Su cara se suavizó al ver como Dmitriy rectificaba e intentaba pedir disculpas.

- El está aquí.

Dmitriy dio una patada al césped a la vez que soltaba a su hermano.

- Pasa de él...

Le dio una mirada muy significativa. Mijaíl la miró. Disimuló jugando con la hierba.

- No.

- Sí, Mijaíl. Parece que mi preciosa leona se ha guardado para ella que ha conocido a Diego.

- ¿Cómo?

- Casualidad de la vida. Por lo que me ha dicho Travis, ella no sabía quien era cuando asistió a una entrevista.

Dmitriy la observó y le sonrió. Le dieron ganas de levantarse y escupirle a la cara. Apretó con fuerza los puños. Pronto sintió las uñas ir clavándose en sus palmas.

- La quiere a ella. Me ha amenazado en una carta donde detalla con lujo de detalles lo que quiere hacer con ella y no puedo a hacer más que esperar...

- Oh, ¡ahora lo entiendo! Llevaba rato preguntándome porque tu casa parecía un fuerte blindado. Si yo fuera ella te cortaría los huevos.

- Sufriría la agonía con gusto si con ello consigo que esté a salvo y lejos de ese hijo de puta que tenemos por hermano.

¡Hale, ya se había cansado! Se puso de pie y empezó a caminar hacia la casa de madera de la noche anterior. Saber la mitad de lo que le pasaba a Dmitriy empezaba a inquietarla y a hacerla sentir estresada.

- Suéltame o te juro que te desfiguro la cara. — Amenazó.

La apretó con fuerza de la cintura pegándola a él. Se mordió el labio.

- Leona... Nos están esperando y te prometo que si no fuera por ese pequeño contratiempo, te tumbaba aquí mismo para recordarte lo poco que me gustan tus huidas.

Una descarga de placer la atravesó al oír semejante sugerencia. Cerró las piernas inconscientemente. No era normal las sensaciones que ese hombre le producía con unas simples palabras susurradas en su oído. Claro que también estaba su

gran juguete marcando la evidencia de cuanto la deseaba pegada a su culo.

- Así que te gusta la idea, ¿eh?

Le dio la vuelta y cuando la tuvo de cara mordió sus labios con parsimonia.

Avivada por el deseo se olvidó de todo y rodeó su cuello con sus brazos. Lo acercó a ella. Dmitriy rió en sus labios y luego la incitó a abrir la boca con su lengua. Lo hizo y enseguida fue premiada con el sabor de su boca. La razón se le fue y gimió.

¡Le deseaba!

Su cuerpo pedía a gritos sentir sus feroces embestidas, oír sus gruñidos complacidos, sentir sus manos sosteniéndola mientras alcanzaba el clímax.

- Vamos.

- No, por favor... — Suplicó.

Dmitriy se quedó muy quieto. Podía ver el mismo deseo que ella sentía reflejado en su ojos grises. El debate que su cabeza estaba teniendo con su cuerpo...

- Pídemelo y los mando a todos a la mierda, saco a los hombres de alrededor y me paso toda la noche haciéndote el amor bajo las jodidas estrellas.

Sonrió. Lo decía en serio. Cuando Dmitriy hablaba de esa manera tan firme, era porque con una palabra que dijera ella, lo haría. Poco le importaba que a quien tuviera que echar fuera a su familia.

Negó débilmente con la cabeza. Por mucho que su cuerpo estuviera ardiendo en llamas, no se veía capaz de hacer un desplante de ese calibre a la familia que la quería como a una hija.

- ¿Seguro?

Volvió a negar y Dmitriy estalló en risas. ¿Qué? Había sido sincera. Ni quería echarlos, ni quería quedarse sin su gloria.

- Te compensare, leona impaciente y caprichosa.

- Más te vale, me la has vuelto a liar.

- Facebook, leona. Ha sido Facebook.

Se llevó la mano a la frente y dijo:

- ¿Qué has hecho ahora?

- Yooo... Nada.

- Sí, claro. Como eres un Santo.

CAPÍTULO DIEZ

- Ya era hora, la cena se va a enfriar.

- Hola, Keith.

La madre de Dmitriy la abrazó. Le encantaba sentir la ternura de esa mujer, su cariño, su vitalidad.

- Tengo hambre. — Fue el saludo del señor Novikov.

Cuanto más lo miraba más parecido le encontraba con Dmitriy. Ya iba entendiendo de donde había sacado Dmitriy esa forma de dar ordenes y mandar como si fuera el amo del mundo y luego no ser capaz de dar un simple gracias.

- ¡Hola!

Penélope y su efusividad, la hicieron casi perder el equilibrio. Se agarró a su cuello y la estrechó con fuerza. Su gesto hizo que sonriera. Esa mujer era hermosa de pies a cabeza y de dentro a afuera. Se separaron y sus ojos dieron con su barriga. Los remordimientos cubrieron sus ojos y la pena ennegreció el brillo de sus ojos.

Una mano grande y firme la hizo girar. La pegó a su pecho y dijo en voz baja:

- Tienes que dejarlo ir, leona. Pronto nosotros también tendremos uno y será igual de bello que tú.

Con los ojos llorosos, pegó la cabeza a su pecho. Necesitaba su calor, su ternura, su paciencia, su serenidad, sus dulces palabras...

- Yo no quise...

- Lo sé, simplemente olvida.

Alzó la mirada para encontrar sus ojos.

- ¿Tú lo has hecho?

Su silencio le dio la respuesta; no. Todavía le dolía. La forma en que sus ojos se habían apagado y la manera en que su boca se había mantenido presionada, lo habían dejado muy claro.

- Mírame. — Ordenó.

Volvió a subir la mirada que había bajado desolada.

- Tú no tuviste la culpa.

- Déjalo, Dmitriy. Eso ya me lo he repetido muchas veces y no funciona.

- ¡Oye, que la mesa no se pone sola!

Dmitriy atravesó a Mijaíl con la vista.

- ¡Qué la ponga tu mujer!

- ¿Te recuerdo que es tu casa?

Contuvo una sonrisa. Esos dos eran igual de chinchosos. "De pequeños tuvieron que dar mogollón de quebraderos de olla a su madre", ese pensamiento provocó que la sonrisa que intentaba ocultar se mostrara en toda su cara.

Dmitriy la acarició. Pasó la mano por su cara, rozó su peca y luego perfiló con sus dedos toda la largura de su sonrisa.

- Eres hermosa. Por eso no pude evitar enamorarme de ti.

Su corazón saltó. Dio pirueta tras pirueta mientras sonreía sin parar.

- ¡Ooooh, que bonito, hermano!

- ¡Mijaíl, te quieres callar!

Penélope que regresaba de la cocina, le pegó un manotazo con la mano abierta en el culo.

Todos rompieron a carcajadas al ver como Mijaíl se masajeaba el culo.

- ¡Cierra ya la boca, cariño! ¿O quieres que cuente donde me pediste matrimonio?

- No serás capaz.

- Uy, nombre de escritor eso si me interesa.

Dio dos pasos hacia Penélope, pero enseguida se vio de vuelta en los brazos de Dmitriy que había tirado de su mano con fuerza antes de que llegara a soltarle.

Le dio un beso pequeño y breve, pero que hizo estragos en su pecho tanto o más que si hubiera sido uno de diferente grado y con fines distintos.

- Yo tuve la culpa.

Sus palabras la dejaron desconcertada. Buscó en sus ojos, ahí estaba de nuevo el destello de culpa.

- ¿De qué hablas?

Dmitriy se acarició la barbilla. Que tardara tanto en responder, empezó a provocarle picores.

- Aquel día. Yo. Tuve. La. Culpa.

- ¡A comer ya!

Paralizada no pudo moverse. No entendía a que venían esas palabras, ni porque lo hacía en ese preciso momento cuando toda la familia estaba allí.

- ¿Por qué?

- Vamos, podéis seguir hablando después de cenar.

Mijaíl tiró de Dmitriy y Penélope de ella. Se sentaron sin volver a abrir la boca.

Un gesto muy incómodo para todos los allí presentes, que mientras conversaban animadamente entre ellos, se habían percatado de que Dmitriy removía la comida y ella le miraba pidiendo que explicara que había querido decir. Ninguno era sordo y todos aunque no se acercaban a la realidad, sabían por donde iban los tiros.

Dos horas más tarde habiendo pasado una cena incómoda, una despedida penosa y una velada interminable, se recostaron en la cama. Todavía no podía creer como era posible que hiciera un rato estuvieran riendo y comiéndose de lujuria con la mirada a no hablarse y ni siquiera hacer el intento.

Se tapó con la colcha y miró el techo. No había cristal, no podía ver la oscura noche, ni las estrellas brillantes; echaba de menos su antiguo cuarto. Suspiró. Se sentía muy cansada, pero eso no la preocupaba. Lo que temía era no tener sus pastillas para desconectar del mundo. El día se le había hecho corto, no había pensado en ellas en ningún momento, pero estar tumbada era otra historia, sus pensamientos estaban activos y de nuevo la acribillaban sin piedad.

- ¿Qué has querido decir antes?

Dmitriy la miró. En sus ojos detectó al frío Novikov. ¡En esas andaba!

¡¿Necesitaba transformarse en el Novikov despreciable para a hacer frente a sus palabras?!

- Yo debí haberlo visto venir. Nada hubiera pasado si me hubiera adelantado a sus movimientos. — Se pasó las manos por la cara. - Soy bueno adelantándome a los pensamientos de los demás, por eso siempre gano. Valoro todo desde distintos puntos de vista y me pongo en cada lugar para saber lo que haría yo en esa situación.

Entrelazó sus manos y acarició con su dedo gordo allí donde había ido a reposar.

Sus cambios eran fascinantes; los gestos de su cara se habían suavizado al empezar a hablar.

- Ese día no lo hice. Temía que cuando supieras quien era me dejaras y estaba demasiado centrado en como hacerte cambiar de parecer en vez de estar en lo que tenía que estar.

Subió la otra mano hasta sus ojos y acarició sus párpados. No tuvo valor de moverse, de hablar a pesar de que quería gritarle que ninguno de los dos tuvo la culpa de lo que sucedió.

- Cometí un error enorme y después te culpe a ti. Eso era más fácil que reconocer que había fallado y que por culpa de ese fallo, perdimos lo más importante.

Dejó de sentir su toque. Abrió los ojos. Dmitriy miraba sus manos con mucha obcecación. Sintió su angustia.

- Sé que lo mejor que podría a hacer por ti es darte la libertad. Puedo a hacerlo te lo aseguro. — Le informó antes de que preguntara. - Llevo un tiempo buscando entre nuestras leyes un párrafo que indique que una mujer puede salir de la organización y lo he encontrado.

- Dmitriy...

Hizo un gesto de la mano para que mantuviera el silencio. Asintió para que se diera cuenta que le había entendido. Esperó...

- Te aseguro que pronto... Muy pronto... Podrás vivir una vida fuera de todo esto.

No supo qué decir. Tampoco le dio tiempo. Dmitriy besó su frente, se recostó y le dio la espalda.

Con los ojos empañados, fue repitiendo cada palabra que le había dicho. Un mal presagio le estrujó el corazón. Se abrazó a su espalda y antes de dejarse vencer por el sueño, susurró:

- ¿Vendrás conmigo?

Dio un manotazo. No quería despertarse. Era la primera vez en mucho tiempo que conseguía dormir del tirón y sin pastillas y eso se lo debía a la cercanía de Dmitriy. Aunque en ese momento lo quería bien lejos. La estaba incordiando. No necesitaba a abrir los ojos y verle para saber que se estaba divirtiendo viendo lo perezosa que estaba y lo mucho que se estaba quejando.

- ¡Para ya!

- Leona, mi madre está fuera.

- Dile que vuelva más tarde.

Sintió unas cosquillas en la pierna. No sabía lo que tenía el bromista en las manos, pero le estaban dando unas ganas de dejarlo sin pelos...

- Son las doce.

- ¡Me tomas el pelo!

Se incorporó de sopetón. Dmitriy tenía una sonrisa divina de esas que te hacen que el corazón se detengan.

- Ay, no... No... Dime que no...

- Se llama manchas. Es tuyo.

¡Iba a llorar! Lo cogió en sus brazos y lo miró. ¡Era el perro más lindo del mundo! Siempre había querido tener un dálmata. Le encantaban, tenía pasión por ellos, pero su padre nunca se lo había querido comprar.

Dejó al cachorro en un lado de la cama y saltó a los brazos de Dmitriy. Lo besó en la cara, los ojos, la boca, el cuello, la cabeza... No quería dejarse ni un centímetro de ese hombre por besar.

- ¡Te has afeitado!

- Sí, bueno...

- Ni bueno, ni no bueno. Pero a ver guapo, ¿quién te ha dicho a ti que te toques la zona que más me gusta?

Dmitriy la estrechó mientras se reía descontrolado de su enfado infantil. Se enfurruñò, se cruzó de brazos y le negó el beso que trataba de darle.

- Lo siento, leona, no pensé...

- ¿Y quién te ha dicho que pienses? Sabes que amo esa zona y tú vas de egoísta y me la arrebatas.

- Ja, ja, ja. Volverá a crecer en pocos días.

¡Le daba! Al final se ganaba el premio del año al hombre más imbécil de la tierra.

- Dame un beso... — Imploró.

Entrecerró los ojos. Si encima la provocaba mal iba. Se alejó de su cuerpo.

Cogió al perro y se dirigió a la puerta...

- ¿Leona?

Le dedicó una mirada poco amistosa.

- ¿Qué te parece si me tiño el pelo, no sé, de negro?

Dmitriy perdió todo el color en el rostro. Por poco se tronchó de risa viéndolo

caminar hacia ella con esa cara de mala hostia que tan bien conocía y que tanto le gustaba.

- Pelirroja no me amenaces.

La cogió de la cintura y la acorraló entre su cuerpo y la puerta.

- ¿O qué? — Le soltó con toda su chulería mirándole a los ojos.

Su mirada se volvió feroz, intimidatoria. Se encogió de hombros y sonrió para terminar de acabar con su control.

¡Si es que tenían que dedicarle un premio a la mujer más toca bolas del año!

- No volverás a ver esa barba que tanto placer te da en mi cara.

Sonrió con prepotencia. Sopló con fuerza y desgana el aire hacia afuera a la vez que hacía un gran esfuerzo por mantener su humor a un grado medio.

¡Y un carajo!

Lo asesinó con sus ojos. Si hubiera podido lo hubiera despellejado como a un pollo. Por fanfarrón, chulo y prepotente.

- ¡Mira idiota...!

- Te quiero, leona.

Su risa unida a esas palabras la desconcertó. Todo su cabreo se convirtió en confusión. ¡Pero bueno! ¿Estaba bien de su cabeza?

Dmitriy puso su dedo en su boca y evitó que dijera cualquier palabra.

- Jamás haría algo así viendo cuanto te fascina. Lo siento, leona, pero ver como se te enciende la cara porque la furia te domina, no tiene precio.

Estalló a reír. Sus ojos se abrieron escandalosamente. ¡Mamón! De nuevo se había burlado de ella. Le dio un puñetazo en el pecho. Quería a hacerle tragar esa risa estridente, pero consiguió lo contrario; Dmitriy reía y reía como si esa fuera la última vez que podría a hacerlo.

Un pequeño zumbido interrumpió su discusión. Dmitriy cortó su risa. Su gesto se volvió serio. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo el teléfono.

Lo observó detenidamente. La miró de reojo. Las ganas por coger y quitarle el aparato y contestar ella misma se hicieron muy insistentes. Una especie de alarma se encendió en ella.

- ¿Por qué no contestas?

Dmitriy sonrió de una manera tranquilizadora. La abrazó y besó su cuello. Su forma sutil de ignorar su pregunta, hizo que sus dientes se apretaran al punto de sentirlos chirriar. Apretó los puños. Le dio un leve empujón. Lo justo para poder sacar la cabeza de debajo de su brazo.

- Sigue sonando. — Insistió.

- No es importante.

Besó su mejilla. Su gesto logró que durante unos segundos su cara contraída se relajara y una sonrisa se dibujara en sus labios. Sin poder evitarlo lo cogió de las solapas de la camisa azul marino de ese traje que le quedaba como la seda y lo hacía verse como un demonio muy apetecible y lo besó con ganas.

¡Es que no podían tener un minuto de paz!

La puerta se abrió en el mismo segundo que sus bocas dejaron de tocarse. De antemano sabía que sería su amiga. Era la única que tenía la cabeza tan hecha mierda como para creer que tocar tres veces seguidas y abrir la puerta era una señal clara de aviso para que dejaran de hacer lo que estuvieran haciendo.

La miró con su mala leche conocida y con esa mirada de cabreada se lo dijo todo; ¡Perfecto que toques, pero coño, espera a que se te de el paso!

- ¿Nos vamos?

Su inocencia fingida y su sonrisa de niña buena, consiguieron que las cejas de Dmitriy se arquearan en su dirección. Se encogió de hombros. Desvió de nuevo la mirada dejando de ver esos ojos hermosos que la hipnotizaban; ese cacharro sonaba cansadamente sin cesar.

- ¿Puedo matarla?

Levantó la cabeza a una velocidad a la que no estaba acostumbrada.

- No ha tenido gracia, Dmitriy.

- Nena, era una broma.

La rodeó por el cuello y la pegó de nuevo a su pecho. ¡Una broma! Para ella no tenía nada de broma, nada de gracia. Para ella era un tema de muy mal gusto, un tema que la atormentaba, que la tenía muy sensible y que le causaba muchos quebraderos de cabeza. ¿Era malo sentir que no encajaba allí? ¿Sentir que el estómago se le rebotaba cada vez que oía el teléfono de su hombre sonar? ¿Qué su mundo se desmonorara pedazo por pedazo cada vez que creía que Dmitriy iba a cumplir un encargo?

- Llévatela Claudia.

Aturdida recibió el beso que suavemente le dio Dmitriy. Sus ojos se habían oscurecido. Una tela no sabía como, había cubierto los ojos del hombre arrogante, divertido y juguetón que tanto le gustaba encontrar al abrir los ojos por la mañana. Mirando sus ojos una última vez lo supo. Entendió porque de pronto el jefe había a aparecido. Ella tenía la culpa; había olvidado que Dmitriy cuando ponía sus ojos en los suyos, no solamente veía su color miel, si no que él llegaba más lejos... Veía sus pensamientos, su estado de ánimo, su alma...

Siempre lograba ver, lo que ella no quería que viera y precisamente en ese instante, no había podido ocultar la desazón que sentía cada vez que recordaba que Dmitriy era un hombre que sin un tiemble en la mano era capaz de arrebatar una vida.

Cuando llegaron a su destino, le costó mucho poder poner un pie fuera del coche. Plantada en la puerta miró el edificio. Sus manos picaban. Su ansiedad creció. Como un gesto que hacía siempre rebuscó en su bolso. Mientras buscaba con prisas recordó que no estaban, que no las tenía. Suspiró y observó el cielo.

¿Por qué tenía que ser tan controlador?

Aunque no habían a hablado del tema, ni hecho mención a ese problema, sabía que si Dmitriy se las había arrebatado era porque sabía exactamente lo que le ocurría. Probablemente estaba esperando el momento adecuado para abordar el

tema. Por eso ella no había preguntado, no había insistido en su búsqueda y es que no sabía como mirarle a los ojos y decirle que la había fastidiado. Que en su empeño por querer bloquear sus pensamientos, se había perdido y provocado que sus crisis fueran incontrolables a no ser que dependiera de ellas. Pero lo que más angustia le hacía sentir, no era otra cosa que tener que mirarle a los ojos y confesar que el problema que hasta ese momento había negado tener, era mucho más grande de lo que ella creía.

- ¿Preparada?

Negó con vehemencia. Keith agarró su mano. Le dio un apretón. Claudia hizo lo mismo con la otra. Observó primero a una y luego a la otra; las dos sonreían. Su corazón vibró y a punto estuvo de echarse a llorar. Tenía gente alrededor que la amaba, que no la juzgaba, que estaban ahí para apoyarla.

Cogió aire y temblando como una magdalena, rectificó su gesto y les dio una afirmación que las hizo agrandar su sonrisa.

Keith abrió la puerta blanca y esperó a que pasara. Conforme entró, su mirada lo recorrió todo. La sorprendió darse cuenta que nada de lo que había imaginado se parecía a lo que tenía delante. Aquello era una sala normal, con sus sillones, mesa de café, televisión...

- Preferimos a hacer la estancia acogedora y que así se sientan en confianza. Hay habitaciones por si necesitan un tiempo a solas. Gimnasio si por el contrario lo que necesitan es mantener la mente ocupada. Sala de pintura si lo que prefieren es sacar lo que llevan dentro dibujando. Piscina, pista de tenis, sala de baile...

- ¿Baile? Yo pensé que esto sería como un centro médico, con su típica sala sin gusto, con una mujer de sonrisa amable, salas con psicólogos que toman apuntes.

Reuniones donde tienes que relatar un día y otro lo que sientes, lo que has hecho, lo que has sentido...

Keith la abrazó y tiró de ella. Recorrieron un pasillo largo con Claudia detrás de ellas. Se detuvieron frente a una puerta de dos aberturas en color marrón.

- Siento decepcionarte. Aquí meramente nos encargamos de hacer que se sientan bien. De enseñarles una manera distinta de sobrellevar su angustia, su dolor sin tener que hacerse daño. — Sonrió ampliamente. - No te niego que tenemos psicólogos, personas de apoyo que aconsejan, pero ni toman nota, ni van a

obligarte a nada que tú no quieras. Te escucharan y si no quieres hablar, esperarán hasta que tú quieras a hacerlo.

Abrió la puerta. Una enorme habitación hizo que sus ojos brillaran de una forma diferente. No tenía palabras. Intentó varias veces decir algo, pero las palabras se le atascaron en la garganta.

- Tú sitio personal. Dmitriy nos dijo que te encanta mirar el cielo, ver la lluvia.

Bueno, pues aquí lloverá siempre que quieras. Hemos colocado arriba un simulador que se enciende con este mando. — Se lo mostró. - Es un cristal especial. — Aclaró como si hubiera escuchado su pensamiento. - Tiene varias funciones, ya depende del ánimo en el que tú te encuentres.

Alucinada. Así se quedó durante mucho tiempo. Keith y Claudia esperaban su reacción. Lo sabía porque no dejaban de mirarla, era como si estuvieran esperando su aprobación, su halago hacia tremendo gesto, pero no podía ni hablar, ni moverse. Que hubieran tenido la consideración de crear un espacio para ella en un lugar donde pasaría unas cuantas horas contadas, era hermoso, lindo, maravilloso... Lo extraño era que su boca encontrara palabras adecuadas para agradecer ese enorme cariño que le tenían.

- ¿Ariel?

Bajó la mirada al suelo.

- No merezco el esfuerzo que estáis a haciendo por mí... — Murmuró.

Los brazos de Keith se adhirieron a sus brazos. Cuando la estrechó en sus brazos, casi rompió a llorar. Y es que no podía dejar de recordar a su madre cada vez que esa gran mujer le dedicaba un gesto de cariño. Con su actitud hacía que su mente volviera a atrás en el tiempo y viera a su madre tumbada en su mecedora sonriendo a la noche.

- ¡Hola! ¿Sois nuevas?

Guiada por la voz chillona, giró la cabeza. Una chica vestida a lo hippie, con el pelo negro en punta, un pendiente en la nariz y con la raya de los ojos más marcada que una señal de carretera, las miraba con una enorme sonrisa en la cara.

- Hola, Mara. Te presento a Ariel.

La chica tomó su mano y la sacudió un poco en forma de saludo.

- Mucho gusto Ariel. Me encanta tu nombre. Y pensándolo te pega, eres igual de bonita que la sirena.

Una sonrisa se formó en sus labios. Le habían dicho un montón de cosas, pero nunca la habían comparado con un dibujo animado.

- El gusto es mío, Mara.

La chica volvió a coger su mano. Tiró de ella y Keith se echó a reír. No sabía donde la llevaba, pero la siguió. Su euforia y alegría eran admirables. Incluso le empezó a pegar esa vitalidad que iba derrochando con cada paso que daba. Se percibía que era bastante acelerada, que era una muchacha que prefería a hacer lo que pudiera en el momento y no de las que solía decir; "mañana lo haré".

Presintió que esa chica alocada que la guiaba a pasos rápidos por el edificio sin darle tiempo a quedarse con nada de lo que veía en su mente, le iba a caer fenomenal.

Se detuvieron. Pisó fuerte el suelo. Había sido tan abruptamente su detención, que no se había comido su espalda de milagro. La chica abrió la puerta. Hizo por darse la vuelta y salir corriendo. Era lo que deseaba. De pronto las manos le picaban. La ansiedad se abría paso. Incluso sentía los sudores a pesar de que nada corría por su frente.

Al darse la vuelta, lo primero que encontró fueron los ojos brillantes de Keith.

Su intento de huida se estampó contra las frías baldosas blancas y negras; no quería decepcionarla. Tomó una bocanada enorme y desesperada de aire. Giró sobre su eje y siguió a la chica hasta el interior.

- Ya podemos empezar.

¿Qué decía esa chica? ¿Qué iban a hacer? No estaba preparada para aquello.

Como se pusieran alrededor de ella y esperaran que hablara en una reunión de grupo, las mandaba más para allá del polo norte y se largaba y no volvía a pisar esa sala en su vida.

- Tranquila.

El susurró de Keith a su costado consiguió calmar los latidos de su corazón. El pánico seguía bailando en su pecho, pero con dos grados menos de intensidad.

Su cuerpo había dejado de temblar y podía observar a todas esas mujeres que la miraban, pero que mantenían la distancia. Suspiró aliviada.

Una por una vio como se iban sentando en el suelo de piernas cruzadas. Keith la instó con un apretón de manos a hacer lo mismo. Claudia las siguió. Se fijó en que había mujeres de toda clases de edades, incluso muchachas que todavía no eran mayores de edad. En silencio observó el círculo. No sabía lo que pensaban a hacer. Lo que si tenía claro es que ella no abriría la boca.

- Bueno, quien quiere empezar. — Dijo Keith divertida.

La miró como diciendo: "¿Dónde está la gracia?".

- Yo.

Se puso de pie una muchacha que no rondaría ni los dieciocho.

- Y yo.

La siguió otra más o menos de la misma edad. Se sonrieron y colocaron en el centro. Todas las miradas estaban puestas en ellas.

- ¿Qué van a hacer? — Cuchicheó intrigada.

Las chicas se habían puesto un guante... De boxeo y en la otra llevaban una especie de escudo.

- Ah, les encanta estos encuentros. — Comentó. - Las chicas sueltan lo que les atormenta y si lo que dicen les duele dan un puñetazo.

- ¿Y eso de qué les sirve?

Levantó el dedo en dirección a las muchachas. La miró... Miró... Miró... Acarició su mejilla con delicadeza.

- Canalización de ira. Lo que aquí dejan ir, aquí se queda. Salen por la puerta y ya no puede hacerles daño. Escuchan y son escuchadas y son conscientes de que no están solas. Que hay gente que sufre como ellas y que juntas y con esfuerzo se supera todo.

Asintió y miró al frente. Emocionada prestó atención. Quería llenarse de la fuerza que veía en esas chicas, de su insistencia en volver a levantarse cuando caían, de su perseverancia en decir no cuando querían provocarse dolor. Eran valientes. Aguantar un día y otro. Ver como ha salido de nuevo el sol por la mañana y has conseguido que en tu cuerpo no haya otra herida, otra cicatriz para recordar que eres débil, para sentir que no puedes seguir y que lo necesitas para estar bien.

- Mi padre apareció anoche en casa, borracho... Le dio varias patadas a la puerta y consiguió entrar.

La chica rubia asestó un puñetazo que la morena de ojos azules detuvo con el escudo.

- Mi madre como cada vez que él está así, salió a esconderse. Como siempre preocupada por su seguridad... Pero no por la de su hija...

Los ojos pequeños de la muchacha se empañaron a la vez que daba otro puñetazo.

- ¿Por qué? Quise gritarle. ¿Por qué no me defiendes? Mamá, ¿Por qué no me proteges?

La angustia se clavó en su pecho. La chica dio dos puñetazos más. Unas ganas por ir y abrazarla se abrieron en su alma. Ver como se quebraba y seguía dando puñetazos con rabia, le enseñó el dolor que había en su corazón. Sin cansancio arremetió hasta que minutos más tarde se quedó muy quieta. Se limpió las lágrimas y miró a su compañera.

Seguir: parte 2 de 3