Ariel (El jefe nº 2)
Sinopsis
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Ariel lo había perdido todo. Nada le quedaba. Encerrada en sí misma, solo hay hueco en su vida para los malos pensamientos que la hacen caer y caer cada día un poco más en una rutina donde su única prioridad, es callar las voces que desde que Dmitriy la dejó, la asolan.
No quiere a sus amigos cerca...
No quiere ayuda...
Simplemente quiere que el dolor desaparezca...
CAPÍTULO UNO
- Ya está.
Se levantó de la cama. En un costado de esa pequeña habitación había un espejo.
Se acercó y miró su reflejo. Tendría esa marca de por vida para recordarle lo que había perdido por su imprudencia.
- Ariel.
Contuvo un sollozo en su garganta. El doctor particular que en su día Mijaíl puso a su disposición, acababa de quitarle los puntos. Suspiró. Había sido un mes demasiado largo, demasiado amargo y demasiado doloroso.
- Ariel.
Acarició la cicatriz. Sabía que la estaba llamando, pero no podía ignorar esa marca. Los ojos se le empañaron.
- No más, Ariel. — Dijo cogiéndola del brazo.
La giró hacia él. Consiguió dejar de mirar lo que tanto daño le estaba causando y pudo poner sus ojos en los del hombre que desde siempre la había tratado como a una hija.
- Ya hemos hablado sobre esto. No quiero que te encierres. Si veo una... Escucha bien. Si veo una sola herida producida por ti misma, pediré que te encierren hasta que no seas peligrosa para ti misma.
Percibió la tristeza y el dolor que le produjo al doctor amenazarla con esa contundente seguridad.
- Ya lo he hablado con Mijaíl. — Advirtió. - Sus padres llevan una asociación de este tipo de casos. Creo que sería muy bueno para ti conocer otras mujeres y compartir tu historia con ellas.
Se echó a reír. Se habría echado a llorar, pero ya no le quedaban lágrimas. Desde que salió de aquel hospital, había pasado horas y horas llorando. Se le habían agotado. Sus ojos estaban secos, apagados y tristes.
- Lo digo en serio, Ariel.
- ¿No me digas? Y yo que pensaba que te estabas burlando de mí. — Soltó sarcástica. - Matasanos, sabes que te aprecio, pero ya. No puedes pedirme que después de lo que ha ocurrido, haga como que todo está bien y me presente con mi cara dura donde los padres de... Dmitriy. — Le costó pronunciar su nombre.
La observó y observó. Tanto que sus manos empezaron a picar. Se llevó la mano a la boca para entretenerse mientras las insufribles ganas por hacerse daño menguaban.
- Te aprecian.
Lo miró como diciendo; "dime algo que no sepa".
- Ni siquiera lo vas a pensar, ¿verdad?
- Tú mismo lo has dicho.
Vio como de mala gana cogía su maletín negro. Se dirigió a la puerta y antes de cruzarla se detuvo. Negó con la cabeza y le dio la espalda. No estaba dispuesta a seguir escuchando.
- Que te haya dejado no es el final de tu vida. Reacciona de una vez.
- Adiós. — Cortó toda conversación.
De nuevo se encontró sola. Silencio era todo lo que la rodeaba. Volvió a girarse.
Alzó el jersey y sus ojos se volvieron a humedecer.
Le parecía todo una pesadilla. Un mes llevaba reviviendo todo lo que había acontecido y marcado su vida. Su sonrisa había desaparecido, sus ganas por vivir habían menguado y sus episodios se habían agravado hasta el punto que toda herida que se provocaba, le era insuficiente para callar las voces de dolor y culpa que se levantaban contra ella.
Apenas eran las diez cuando se sentó en la cocina con el portátil frente a ella y una taza de café en sus manos. Antes de abrirlo, tuvo que volver a mirar lo que la rodeaba. Lo odiaba. Todo. Incluso se odiaba y despreciaba a ella misma.
- Dmitriy. — Murmuró
Cerró los ojos con fuerza. ¿Cómo iba a afrontar su vida sin él? Todo el mundo creía que era tan fácil como mirar hacia adelante y dejar de pensar en lo pasado.
Claro. ¡Fácil para ellos! Ninguno sabía lo que pasaba. Simplemente se les había dicho que lo habían dejado. No sabían que Dmitriy aun estando apartado de ella, seguía dirigiendo su vida, controlando todos sus movimientos y ordenando lo que podía a hacer y que no.
Aún recordaba ese día. Al salir del hospital se encontró como siempre con la mirada de Travis. Él fue quien la recogió y quien la instaló en su nuevo domicilio. Para ser más explícita; ¡A dos calles del mandamás! Pero... ¡Cuidado!
No podía acercarse a su casa, ni a su empresa, ni a ningún lugar en el que él estuviera o perteneciera. Así iba su vida desde hacía un mes.
Terminó de abrir el portátil. Le dio un trago a su café y se puso a buscar empleo.
Ni siquiera le quedaba eso; su trabajo. Había sido despedida en el acto. Que por cierto se le había prohibido buscar uno. Dmitriy Novikov el jefe de Chicago se lo había dejado clarito como la espuma. Ya se podía ver que, como siempre, sus ordenes se las pasaba por un oído hasta llegar al otro.
Tras concertar una entrevista en un hotel. Se desplazó a la bandeja de mensajes y le dio a abrir encima del nombre de Dmitriy. Ese era su único contacto.
Quedaban prohibidas las llamadas o acercamientos. Nada de emoticonos, nada de palabras cariñosas y ni mucho menos se le ocurriera escribirle un te quiero.
Una vez se le ocurrió hacerlo y le costó una semana incomunicada totalmente con él; para cualquier cosa se ponía en contacto con Travis. Empezó a escribir: De Ariel Miller para:
Dmitriy Novikov:
Señor Novikov, ya que como dejó bien claro que en el momento que diera un paso sin usted saberlo, se desentendería de mi protección y devolvería el cargo a mi padre... Le comunico que tengo una entrevista de trabajo y me importa poco las represalias que quiera tomarse.
Un saludo de Ariel Miller su prisionera.
Apretó el botón de enviar. Se puso de pie sin haber acabado el café, se dirigió al comedor, se paró frente a la única puerta que había y se adentró en ella. Se apoyó
en la puerta y resopló.
Dmitriy había querido castigarla. Por eso había comprado el piso más pequeño que había en esa zona. Le había quitado los lujos y la mantenía con lo justo para su existencia. Tenía portátil y móvil porque casi se lo había comido como si fuera un dinosaurio.
Le daba igual, nunca necesitó cosas caras para subsistir, pero le dolía en el alma que se estuviera comportando de nuevo como el hombre de hielo que una vez conoció. Y ahora era el hombre de hielo en todo su fulgor. Incluso diría que peor.
Cogió el bolso y salió al salón. Tenía la cita a las once y media. Se acercó a la cocina y revisó el ordenador antes de dar un paso hacia la puerta de la calle. Ahí estaba su contestación y para nada agradable, si se paraba a mirar que comenzaba su correo con letras mayúsculas.
De Dmitriy Novikov para;
Mi prisionera:
TE DI OPCIÓN DE REGRESAR A CASA DE ETHAN!! No me toques los cojones Ariel. Si quieres mi protección, las cosas se hacen a mi manera. ¿Qué parte de te quedas en casa no has captado? ¡Casa es casa! Me importa un pepino lo que tú quieras, si te aburres, si estás agobiada o si te sientes una prisionera. No te tengo con grilletes. Dime la palabra mágica y se acabará todo.
Directamente desconectó el correo y luego apagó el portátil. Era muy pronto y estaba muy agotada para meterse de nuevo en otra discusión con él. Si quería entenderlo que lo hiciera, si no quería... Era su problema.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón. Se dirigió a la puerta. El sonido de su móvil, hizo que apartara la mano del pomo. Lo volvió a sacar y miró la pantalla.
¡Debían llevárselo los demonios!
- ¿Sí? — Contestó con naturalidad.
- Si sales por esa puerta, irás andando. Desde ahora Luca deja de ser tu chófer.
— Colgó.
Escuchar su voz dura y fría, le encogió el corazón. Su autoestima cayó sin
remedio. Lo había perdido. No lograría nunca que la perdonara. Y en todo caso, si lo conseguía, ese abismo que se había abierto entre ellos, jamás desaparecería.
A las once y cuarto estaba en la puerta del hotel. Dmitriy no se había salido con la suya. Sí, estaba sin chófer y sin coche; el imbécil seguía teniendo sus llaves.
Pero él no contó con que ella disponía de dos buenas amigas que estaban dispuestas a ayudarla cuando lo necesitaba.
Se había acercado a casa de Claudia y muy amable, le había cedido las llaves de su moto. ¡De alucine! Amaba las motos, más si eran grandes como la de ella.
¿Cómo no amar una Ducati roja y blanca? Si tener una era el sueño de su vida.
Estaba claro, que a partir del momento que tuvo las llaves en su palma, ese pedazo de bestia, se iba a convertir en su bebé.
Se adentró en el edificio. Su boca se abrió en exceso. Aquel lugar era de película. Además de enorme, era despampanante; puertas giratorias, alfombra roja de pasarela hasta llegar al mostrador, sillones blancos de piel, bar de lujo con escenario, aparcacoches, botones, lámparas con estilo y mucha luz...
¡Y todavía estaba en la puerta! No quería imaginar lo que encontraría, si se ponía a deambular por allí como si fuera su casa.
Con pasos torpes y sin poder dejar de mirar de un lado a otro, se acercó hasta la chica del recibidor que estaba hablando por teléfono. Esperó. Mientras la chica acababa de apuntar una reserva, se entretuvo en mirar los folletos que había.
Puso el dedo sobre la imagen que decía "habitación dorada". ¡Quería una igual!
Como tonta, por lo que había leído, el papel decía que era la suite principal con paredes en tono beige, vestidura de cama blanca con bordados dorados, con dosel y fino raso blanco cayendo de arriba para a hacer la intimidad más... No sabía como denominarlo, simplemente se le ocurrió que le encantaría verse desnuda entre las sabanas, mientras pasaba la mano por el tórax desnudo de Dmitriy.
- ¿Puedo ayudarla?
Cabeceó un poco la cabeza para salir de la neblina en la que se había sumergido su mente.
- Sí... Sí... Disculpe, me he distraído. Tengo una entrevista a las once y media.
La chica sonrió de una manera extraña. Parecía como si la estuviera advirtiendo
de algo o invitando a echar a correr. Ladeó la cabeza y la contempló. Era muy bella. Su cabello rizado le recordó a los caracoles de su amigo Mijaíl. Tenía unos ojos verdes claros, pequeños, pero muy cautivadores. Una sonrisa perfecta. Con todos sus dientes bien situados y tan blancos que le supuso un problema, no pensar que se había comido todo el bote de pasta dental.
Se mordió los labios. Por costumbre, no pensaba estupideces, pero últimamente, era lo único que había encontrado para distraerse y olvidar su patética vida.
- ¿Le gusta la habitación?
Claro. ¡Si pudiera se quedaría en ella a vivir!
- Sí, es muy bonita. — Contestó con cortesía.
La chica murmuró algo inteligible por lo bajo. Frunció el ceño. La actitud de esa mujer, la confundía.
- Coja el ascensor que está al lado de las escaleras y pulse el último piso. Cuando salga, camine recto hasta llegar a la suite y toque tres veces.
- Pero...
- Sin rechistar. Yo solo cumplo ordenes. Y créame cuando le digo, que habría deseado nunca haber visto ese anuncio. ¿Por favor? — Dijo invitándola a dirigirse al elevador.
Confundida caminó hasta llegar a las puertas. Dos veces giró la cabeza. La chica tenía puestos sus ojos en ella. Se encogió de hombros. Cuando llegó el ascensor y las puertas se abrieron, la miró por última vez; seguía con los ojos fijos en ella.
Hizo todo lo que la muchacha le dijo.
Plantada estaba en la puerta tras haber tocado las tres veces seguidas con los nudillos en la madera blanca.
¡Ay, no! ¡Dios no! Se dio la vuelta y casi echó a correr. No. No. No. Ni de broma. Prefería seguir en guerra con Dmitriy.
- ¡Oye! ¡Espera!
La cogió por el brazo y la giró como si fuera una marioneta.
- ¿Por qué huyes?
Lo miró de arriba a abajo. Dos veces. Moreno, con el mismo estilo de corte de pelo que Dmitriy, de ojos grises y el mismo cuerpazo de pecado. ¡Al diablo con el destino!
- ¿Eres ruso? — Interrogó tras unos segundos.
El chico sin camiseta, con pantalones de pijama y un tatuaje en el pecho en forma de rosa, le sonrió. Una enorme sonrisa de las que te dejan aturdida.
- ¿Tanto se nota?
- Adiós.
Se soltó de su agarre e intentó de nuevo huir.
- ¡Oye!
Volvió a atraparla. La miró a los ojos con insistencia. Eso le recordó a Dmitriy.
Se mordió el labio. Quería rajarlo. Sentir la sangre en su boca.
- ¿Vienes por el trabajo?
- Sí... No... — Rectificó.
- ¿En qué quedamos? — La instó a que le diera una respuesta clara.
Sopló con fuerza hasta que sus pulmones se quedaron completamente vacíos.
Cerró los ojos. Ese tío, que la tenía sujeta en contra de su voluntad, no dejaba de asemejarse a Dmitriy.
¿Sería que estaba loca?
Abrió los ojos y con una resolución absoluta contestó:
- Venía, pero ya no lo quiero.
Esperó que la soltara. Nada. Su mano se adhería a su diminuta muñeca, como si
fuera algo normal, como si tuviera derecho a estar tocando su piel.
- Eres la primera mujer que en vez de saltarme encima, quiere perderme de vista.
Con timidez contempló sus ojos. Percibió su confusión. No dejaba de observarla.
Sus nervios crecieron y el nudo en el pecho que se le formó por poco le arrebata la vida al verse a falta de aire.
- Ni siquiera sabes cual es el trabajo. ¿Por qué no pasas y hablamos?
El pánico intensificó su ahogo. Cerró los ojos de nuevo. No quería seguir viendo a esa réplica de Dmitriy. No eran exactamente iguales, pero sí muy parecidos.
Recordó que la sonrisa de Dmitriy era hermosa, nacida del corazón y brillante como las estrellas en el cielo. Su pecho se saltaba latidos, incluso a veces, le costaba acordarse de como se respiraba cuando la miraba a los ojos y le dedicaba su sonrisa más grande y arrogante. En cambio, el tipo guapo y pesado que tenía delante, le mostraba una sonrisa divina, pero la típica y clásica mueca que le mostraría a cualquier mujer con tal de camelarla y llevarla a la cama.
Cuerpos parecidos... Estilos similares... Pero actitudes diferentes... Eso fue lo que la hizo darse cuenta, que el tipo que tenía delante, era muy distinto a él por mucho que le mirara y creyera estar viéndole.
- Suéltala.
Los dos giraron la cabeza en dirección a la voz autoritaria que dejaba a la vista que, quería que la orden se cumpliera.
Miró con curiosidad y pudo ver como sus ojos sorprendidos en un principio, pasaron a ser inquisitivos y poco después, rebosantes en diversión. Se llevó su mano a los labios. No dejaba de mirar a Travis. Le estaba provocando. Y lo consiguió... En el mismo momento que besó el dorso de su mano con sensualidad sin alejar sus ojos de su niñera, Travis se abalanzó sobre él y con agilidad y poco esfuerzo le dio un derechazo en la boca. En la misma acción, se giró, la cogió del brazo y la puso a su espalda.
Se mantuvo muy quieta. No sabía si el chico del tatuaje respondería al golpe.
Estaba harta de peleas.
¡Quería una vida normal! ¿Era tanto pedir?
El alivio inundó su pecho. Dejó de temer una confrontación cuando vio a la copia de Dmitriy, pasarse el dedo por el labio. Contuvo el aire al ver como se llevaba el dedo a la boca con un pequeño resto de sangre que le había provocado el puñetazo.
- Travis... Travis... — Canturreó. - No te devolveré la agresión porque tengo modales y no quiero asustar a esa preciosidad que escondes de mí.
- ¿Qué haces aquí? — Dijo poco amistoso.
- Ja, ja, ja. Ese no es vuestro problema.
¿Por qué le provocaba? Rápida tuvo que tirar del brazo de Travis. De nuevo se había abalanzado hacia él. Le dio una leve mirada. Cerró los puños con fuerza y se abstuvo de hacer movimiento. Se lo agradeció en silencio.
- Lo será si te atreves a acercarte a ella. — Amenazó.
- Ja, ja, ja. Sabes que lo que más me gusta es enfrentarme a vosotros.
Desvió la mirada hacia ella. Le sonrió. Aunque quiso tranquilizarla, no lo consiguió. Ese hombre le recordó al niño al que sus padres le han dicho hasta el cansancio que no se cogían caramelos de extraños y cuando el hombre lo ponía ante sus ojos, el niño goloso daba un paso tras otro hasta tener el caramelo en la mano. Lo mismo estaba a haciendo. La intentaba engatusar, mostrarle que era de fiar y que podía contar con él.
Pero... Y luego... ¿Qué precio debería pagar?
- El trabajo sigue en pie. Busco una asistente personal que esté al tanto de todo lo que necesito.
Se estremeció. Acababa de recorrerla de arriba a abajo con unos ojos lujuriosos muy descaradamente. No era experta, pero tampoco ingenua aunque Dmitriy hubiera tratado de que se lo grabara en la cabeza.
- Viajo mucho. Si aceptas lo que te ofrezco, te pagaré el doble, además de ofrecerte la posibilidad de conocer lugares increíbles.
Travis dio otro paso adelante. Tiró de su camiseta para recordarle que seguía a su espalda.
- Un placer haberte conocido... Eh...
- Miller para ti. — Contestó cortante Travis.
El tipo guapo, con cara de niño bueno, pero con corazón de demonio, le hizo una reverencia, alzo un poco la cabeza y cuando sus ojos estuvieron unidos dijo:
- Un placer, señorita Miller. Mi nombre es Diego Novikov y me encantaría que aceptara el empleo que le ofrezco.
Su mundo se tambaleó. Dio dos pasos hacia atrás. Travis la agarró de la cintura y la estabilizó. Su mirada estaba fija en ese hombre, el hermano de Dmitriy. No podía dejar de mirarlo. Su sonrisa chulesca y sus ojos insinuantes la pusieron muy nerviosa. Se avecinaban problemas. Muchos... Problemas.
Se recompuso lo más bien que pudo. Alejó las manos de Travis y le plantó cara con su típico carácter de "si me tocas los ovarios, por muy guapo, chulo y mamón que seas, me encontraras".
- Gracias, pero prefiero saltar de un coche en marcha a trabajar con un hombre como usted. — Soltó con toda su chulería renacida.
Ese hombre era un desgraciado. Si ya no le había gustado en un principio por ser ruso, menos en ese instante cuando había descubierto que era el maldito traidor.
- Ja, ja, ja. ¡Con carácter como a mí me gustan!
Esa vez no detuvo a Travis. Diego recibió un golpe rápido en el estómago. El loco se echó a reír en la cara de Travis. Lo cogió por el cuello de la camisa y le dio una mirada aterradora...
- Dile a mi querido hermano... Que de nuevo tenemos los mismos gustos...
Lo soltó con asco. La volvió a mirar y le dio la espalda para dirigirse a su suite.
¿Había amenazado a Dmitriy o eran imaginaciones suyas?
CAPÍTULO DOS
- Travis espera. — Repitió por cuarta vez.
La llevaba a arrastras por todo el camino. Temía que en los pocos tramos de escalones que había en la entrada del hotel, se le torciera el tobillo y cayera contra el asfalto. No podía seguir esa velocidad en tacones. Ya era suficiente haber tenido que bajar todas las escaleras desde el último piso, porque él había pensado que ese era el camino más rápido para llegar a la calle.
- ¡Para! — Gritó.
Enseguida dejó de tirar de ella. Miró de un lado a otro. Su cara se encendió.
Todo el mundo que estaba cerca de ellos, la miraban como si se le hubiera ido la pinza. No les quitaba la razón. Todos ellos estaban logrando que deseara nunca haber existido.
Se centró en observar al orangután que se había cruzado de brazos y la atravesaba con los ojos.
Ira... Ira... Que mala era esa sensación. Cuando corría por las venas, el cuerpo se iba encendiendo poquito a poco. Las burbujitas bullían por la sangre como si se cocieran a fuego lento y se estuvieran propagando como si fuera un virus infectando todo el organismo. Se intensificaba, crecía... Hacía que la cabeza dejara de pensar y actuara el cuerpo en ese acto de furia.
- ¡Qué hacías! ¡Estás loca!
- ¡No me grites! ¿Quién te crees que eres?
Le puso el dedo en el pecho y con él le dio varios golpes de advertencia. Travis cogió su mano. Le hacía daño. Posiblemente se le quedaría una marca morada en la muñeca.
- ¿Qué no chille? No creo que el señor elija chillar cuando se entere de donde estaba y con quien.
El tono de burla que detectó en su voz, la cabreó. Se mordió el carrillo. Intentó contar. ¡A la porra! Le dio un pisotón en los dedos del pie con el tacón del zapato. Seguido cerró el puño y apuntó al ojo.
¡Diana!
Salió corriendo mientras Travis gritaba y maldecía. Metió las llaves en la ranura de la moto. Miró sobre su hombro. Se dirigía hacia ella... Arrancó y le dio a todo el gas y se incorporó a la carretera. Unas manzanas más adelante, cerca del Hog, giró a toda velocidad y bajó en dirección a la Torre. Tres calles más abajo, hizo un derrape poniendo la moto de lado y segundos después, la detuvo.
- ¡Wooow! — Gritó eufórica.
La adrenalina todavía corría por su piel. Se echó el pelo hacia atrás y aguardó sentada unos minutos en la moto. Temblaba y durante unos segundos no podría moverse. No, mejor que no se moviera, por lo menos hasta estar segura que podía desmontar. Si hacía movimiento en ese instante, se iría de boca al suelo porque sus piernas se habían convertido en gelatina.
¡Toma ya Dmitriy! Pensó con una sonrisa en los labios. Le habría gustado hablarle de su pasión por las motos. Compartir su afición por las bestias de dos ruedas.
¡Ja, y luego le acusaba de inconsciente cuando él hacía lo mismo con el coche!
Rió. Su voz retumbó en el aire. Para ella no era lo mismo acelerar con una moto que con un coche. Puede que las dos formas fueran imprudentes, peligrosas y poco inteligentes de hacer. Pero... Cuando se trataba de su fanática pasión, su mente no tenía mucho que pensar para argumentar una excusa a su acción; con una moto tenía margen de maniobra, con una moto se podía meter por donde un coche jamás podría, con una moto era ligera, arriesgada y se sentía viva. En pocas palabras... Le gustaba sentir que burlaba a la muerte. Además de poder escaparse de su niñera personal cada vez que le salía del chichi.
¡Qué se comiera con papas su chófer!
- Disculpe señorita. — Dijeron a su espalda.
¡Qué mala suerte!
Se giró muy despacio. Sonrió al hombre que la miró como diciéndole "pruebe de nuevo que ese truco ya me lo conozco".
- ¿Acaba de bajar la calle a una velocidad desmesurada y sin casco?
- Si me ha visto, ¿para qué pregunta?
El hombre asintió con la cabeza. ¡Cazurra! ¿Por qué le contestaba así? A lo tonto se veía pasando la noche en el calabozo.
- ¿Me va a multar? — Dijo en un chillido indignada.
El hombre con su traje de policía y unas gafas de sol, la ignoró. Mientras escribía en la libreta, se quedó pensativa; no tenía claro si darse a la fuga era lo mejor que podía a hacer. Por lo menos la adrenalina que se había evaporado de un porrazo por culpa de ese paleto con traje de oficial, regresaría.
- Tenga y de gracias que no le quito la moto.
¡Quéeeeee!
- ¿Gracias? Está de coña, ¿verdad?
El hombre que se había dado la vuelta para marcharse, de nuevo giró sobre su eje y con el ceño fruncido la observó.
- Señorita, contando con que por esta calle no se puede ir a más de cincuenta y usted iba al doble... Sin casco... Y habiéndose saltado un stop... Y finalizado con un derrape en plena carretera... Sí, me tiene que dar las gracias.
"Y una mierda" murmuró por lo bajo. O se callaba o empeoraba las cosas. Y por el tono del policía, estaba deseando que le dijera cualquier cosa para ponerle las esposas y dejarla una noche encerrada.
- ¿Algo qué decir? Tal vez, deba subir la multa a mil seiscientos, en vez de los mil doscientos que le he puesto.
Juntó los labios con ahínco. Su boca estaba muy dispuesta a hacerle el trabajo fácil, pero su cabeza que todavía guardaba algo de cordura, no estaba de acuerdo con pasar la noche encerrada en cuatro paredes con barrotes y con una colchoneta como única cama.
El paleto le dio la espalda. Le hizo una peineta con el dedo que rápida intercambió por una sonrisa cuando vio que de nuevo se giraba a mirarla.
Media hora después estaba sentada en su zona favorita. Su humor había cambiado. Aquel lugar llenaba su alma de paz. Respiró tranquila. Contempló el cielo y sonrió.
Allí arriba sus problemas no importaban, allí todo se veía de diferente manera.
Sentía tanta serenidad, que toda su angustia desaparecía. Sus ojos apagados, durante un rato recuperaban la chispa de vida que últimamente la tristeza se había tragado. Su tiempo se detenía y olvidaba que se había cargado la felicidad
que en escasos días había rozado. Nada existía allí. Eran ella, el cielo y el mundo a sus pies...
Cuando entró por la puerta de su piso, eran pasadas las diez de la noche. Le extrañó no ver a Travis o a Luca en la puerta. No le dio importancia. Siguió hasta su dormitorio y sin pararse a quitar la ropa, se tiró en la cama. Se hizo un ovillo.
¡Estaba agotada! ¡No podía más!
Había pasado todo el resto del día recorriendo las calles en busca de un empleo.
Nada. No había encontrado ninguna manera de que le dieran un puesto. Por no conseguir, no había logrado ni que el dueño de una cafetería la contratara como camarera.
Se abrazó a sí misma. Los pensamientos regresaron. Cada vez eran más fuertes que la anterior. Se tapó los oídos. Lloró. Gritó. Nada fue suficiente; los lloros de un bebé, unido a la voz acusadora de Dmitriy, la destrozaron.
Saltó de la cama. Corrió al baño y buscó por todos los cajones. ¡Tenían que estar! Se decía mientras tiraba cosas al suelo.
- ¡Vamos, joder!
Se arrodilló en el suelo. De picarle las manos, había pasado a sentir como si tuviera pulgas por todo el cuerpo. Rascó con saña. Daba igual el lugar. Primero probó en los muslos, luego en los brazos y al final pasó a la barriga; no hacía efecto. Necesitaba callar las voces...
- ¡Calla! ¡Calla! ¡Por favor!
Desesperada acabó de extraer todo lo que quedaba en el mueble. ¡Oh, sí, gracias!
Casi gritó aliviada.
Cogió el bote de las pastillas. Se las había recetado por un tiempo el médico de Mijaíl, pero cuando se dio cuenta de que se estaba haciendo dependiente de ellas, dejó de hacerle las recetas. Abrió el pequeño frasco y tras coger dos pastillas, se las llevó a la boca. Se incorporó y bebió un poco de agua. Pronto empezó a sentir los efectos de adormecimiento. Caminó como una zombie y se dejó caer en la cama.
- Las necesito. — Sollozó, tapándose con la colcha.
Gruñó al oír varios golpes. Todavía estaba agotada. Quería seguir durmiendo.
Ignoró lo que fuera que la estaba perturbando y mantuvo sus ojos cerrados.
- ¡Ariel! ¡Ariel, abre la puerta!
- ¿Claudia? — Dijo todavía aturdida.
No podía, su cuerpo se negaba a cooperar para ponerse en pie. Hizo el esfuerzo y tras varios minutos, consiguió que sus ojos acataran la orden de abrirse. El sol entraba por la ventana; debían ser más de las once.
- ¡Ariel!
¡Joder con su amiga! Iba a poner en alerta a todo el vecindario.
- ¡Ya voy!
Tambaleante llegó hasta la puerta. Los ojos se le cerraban. Abrió e intentó cerrar.
Como no tenía todos sus sentidos despiertos, no logró evitar que entraran.
- ¡Fuera! ¡Iros!
Se puso la mano en la cabeza. Le dolía mucho. ¡No las quería allí!
- Llevas días sin coger el teléfono. ¿Qué te pasa?
Ignoró la voz de su amiga, se le clavaba en el cerebro. Empezó a creer que sus chillidos infundados, eran muy molestos a la par que cansados e insoportables.
- Nada. — Trató de sonar calmada.
Su amiga le dio una de sus miradas conocidas. Era una de esas que decían; "eso de nada se lo cuentas a tu abuela".
Se sentó, su amiga había ido con ganas de pelea y ella no tenía fuerzas. Menos cuando Penélope con su pequeña barriga de tres meses, no dejaba de mirarla apenada.
- Ariel, entiendo que sufrir un atraco y casi perder la vida, puede ocasionar que
no quieras relación con nadie. — Se calló unos segundos. - ¡La hostia! Somos tus amigas, no puedes hacernos a un lado. — Explotó.
Sus ojos se empañaron. Creían saber y nada de lo que sabían se asimilaba a la verdad. Dmitriy les había dicho que había sufrido un atraco, que le habían disparado y a consecuencia de esa agresión había perdido el bebé que estaba esperando. Hasta ahí sabían de lo que nada era realidad. Por otro lado, ella les había dicho a sus amigas que, se había cambiado el nombre porque tuvo una relación que no era sana y por temor tomó esa medida.
Mentiras... Mentiras... Y más mentiras...
¿En qué clase de amiga la convertía eso? ¿Cómo se le explicaba a alguien de donde venías y los traumas y miedos que esa vida te provocaban? Ella no sabía como, pero tantas mentiras también le pasaban factura.
- Has adelgazado otra vez. — Musitó, Penélope con amargura en la voz.
Se encogió de hombros. ¿Qué más daba? No quería seguir viviendo. Esa era su forma de castigarse.
Desde hacía varias semanas, comer para ella era una tortura. Bebía algún que otro zumo, batido o pasaba el día a base de agua. Y las pastillas... No le podían faltar. Se ponía muy nerviosa y le daban ataques de ansiedad si veía que no le quedaban. Por eso había tenido que buscar a alguien que sí, estuviera dispuesto a hacerle cuantas recetas quisiera. Pero claro, todo tenía un precio. Y su serenidad tenía un coste muy elevado, tanto que necesitaba un trabajo o Dmitriy empezaría a indagar. Y por nada del mundo podía enterarse de que el dinero que Travis le daba para comida, ella lo gastaba en botes de pastillas.
- Vístete, te vienes con nosotras.
Negó con la cabeza.
- Vale, si no me dejas opción...
Se encogió de hombros y se dirigió a la puerta. Arrugó el ceño. Su amiga abrió la puerta. Su mal humor creció, a poco estuvo de levantarse y matar a su amiga por perra manipuladora.
- Vamos. — Dijo cabreado Mijaíl.
No le había pasado por alto que la había mirado dos veces, desde los pies a la cabeza.
¿Tanto peso había dejado? Inconscientemente, se revisó. Cuando se dio cuenta de lo demacrada que se veía, abrió los ojos con sorpresa. A pesar de que cada día se miraba al espejo, aquella fue la primera vez que comprendió porque sus amigos estaban preocupados por ella.
- Dejadme en paz. — Dijo muy despacio.
Se levantó y acercó a la ventana. ¡Qué se fueran! ¿Por qué no lo hacían? ¿Por qué no respetaban su decisión? ¿No veían que quería morirse?
Se tapó la boca con la mano. Fue un intento nefasto por acallar los sollozos. Se quebró. Sus amigos estaban allí, querían ayudarla, buscar soluciones a sus problemas... No entendían que estaba tan rota, tan destruida, tan cansada... Que no tenía energías para querer continuar viviendo.
Unos brazos la cogieron del brazo, la giraron y pegaron a su pecho. Se aferró a la cintura de Mijaíl mientras las lágrimas corrían sin cesar por su rostro. Gimoteó como una niña pequeña. Tembló en sus brazos repetidamente mientras los gemidos angustiosos llenaban la estancia. Lo apretó con más fuerza.
Necesitaba esa ternura... Sentir que no estaba sola... Que había gente que la quería... Que la apreciaban... Que querían cuidarla...
- Lo vamos a solucionar. No sigas queriendo apartarnos. — Le susurró con cariño.
Las caricias de Mijaíl en su nuca, lograron que su alma se sosegara y el llanto remitiera. Con timidez y algo avergonzada por su repentino derrumbe, observó los ojos de su amigo. Como siempre, le transmitieron miles de sensaciones hermosas. Ver como en sus ojos estaba implantada la determinación, era lo que ella necesitaba para empezar a entender; no estaba sola, no lo había perdido todo. Tenía buenos amigos que la amaban y que no estaban dispuestos a verla derrotada.
- Lo siento.
Le dio una pequeña sonrisa. Miró a su alrededor y el pecho se le rebotó;
Penélope y Claudia lloraban a moco tendido mientras se limpiaban cada dos por tres con un pañuelo.
- Lo siento. — Repitió en dirección a ellas.
Mijaíl captó su atención al acariciar su mejilla y llevarse con su mano la humedad que quedaba en su piel. Sus ojos se encontraron con los suyos. Los cerró. Le dolió verificar en los de él, que estaba muy enojado con ella.
- Ahora vas a ir arreglarte y me vas a seguir sin abrir la boca.
Asintió. Para ella Mijaíl era como su hermano mayor. Siempre la protegía. Sus amigas, que aun habiendo hecho lo correcto, seguían siendo unas jodidas manipuladoras; habían optado por utilizar todo el armamento del que disponían, al haber tirado de Mijaíl como último recurso para a hacerla despertar del mundo caótico en el que se había sumergido.
Allí estaba, ante ella, al pie del cañón... Dispuesto a todo para traerla de vuelta.
Para revivir a la leona que el dolor y sufrimiento habían derrocado haciéndola esconder en el fondo más oculto de su ser.
Los dejó en el salón para ir arreglarse. Se puso unos vaqueros y una camiseta fina. Aquel día aunque no era caluroso, tampoco era frío. Igualmente cogió una chaqueta por si las moscas. No podía fiarse, estaban todavía a finales de enero y el tiempo era inestable.
Se colgó el bolso y caminó hacia la puerta. No pudo evitar que sus ojos se desviaran a la mesita de noche. Ahí reposaba el frasco que la noche anterior había dejado al tumbarse en la cama. Dudó. Mucho. Miró el bolso y tras unos segundos, decidió no meterlas en él.
- No.
Se dio la vuelta dispuesta a irse. Mijaíl la agarró del brazo...
- No empieces. — Advirtió. - Necesitas ayuda.
- No estoy loca. — Afirmó.
Mijaíl rió. Le dio un manotazo en el estómago que hizo que sus dos amigas se echaran a reír. No tenía gracia. Quería irse a casa. No estar en una puñetera sala
de espera en la que no quería estar.
- Ariel, ninguno pensamos que estés loca. Ese no es únicamente el caso que llevan los psicólogos. Ahora siéntate.
Se cruzó de brazos. En desacuerdo hizo lo que le había dicho. Las manos le picaban. Disimuladamente, arañó sus palmas. Mijaíl atento como siempre sujetó sus manos y la reprendió con la mirada. Minutos después, dijeron su nombre y al poco estaba sentada en una silla frente a una mujer mayor, de pelo castaño, corto, de ojos marrones, algo rellenita y una sonrisa espectacular en los labios.
- Hola Ariel. Me llamo Carla y me gustaría que habláramos un poco sobre tu día a día. Que es lo que sientes, que es lo que sucede y que es lo que te provoca cada suceso que vives.
Dejó de escucharla. Tenía una voz suave, relajante y le transmitía confianza. Y
ella no quería confiar en nadie y menos en una desconocida.
Observó detenidamente el lugar. Cuadros y diplomas adornaban las paredes blancas. En el costado derecho había un sillón que se reclinaba. Quedaba al lado de los ventanales y se veía el cielo en primera plana.
En sus labios nació una pequeña sonrisa.
¿Qué había mejor que contemplar el cielo y las nubes para traer la paz al corazón?
- ¿Ariel?
No le hizo ni caso. Siguió mirando el hermoso cielo.
- ¿Prefieres sentarte allí?
Confundida la miró. Al mirarla vio que su mano estaba extendida y señalaba el sillón. Asintió despacio. La mujer se puso de pie y la guió. Se sentó y su sonrisa se hizo más amplía; amaba pasar las horas mirando el inmenso cielo.
- Vamos a hacer una cosa. Vamos a seguir observando las nubes y cuando quieras hablar, te escucharé. Yo no juzgo, simplemente busco como ayudar.
Asintió perdida en el cielo. Pasaron segundos, minutos y siguió con su fijeza. La
mujer nada más la contemplaba, sentía su respiración, como sus ojos seguían cada gesto que hacía...
- Dmitriy. — Soltó de pronto.
¡Bravo! Ahora no se callaría ni tapándole la boca con piedras. Se reprendió su imprudencia. Pensó que esa mujer empezaría a hacerle preguntas, que escarbaría y examinaría cada palabra que saliera de su boca. La descolocó que no pronunciara frase alguna.
- ¿No va a preguntar? — Dijo mirándola.
La mujer sonrió. Su confusión se acrecentó. Volvió a mirar el cielo.
- No quieres que pregunte, Ariel. Y yo solamente quiero escuchar lo que tú me quieras contar.
¿Y si no quería hablar? ¿Y si no quería compartir su dolor? ¿Debía a hacerlo?
¿Era bueno dejar que otros evaluaran sus miedos? ¿Sus acciones?
Suspiró con fuerza.
- Estuve dos años trabajando para él y nunca creí que fuera un buen hombre. Le critiqué con mis amigas, sola cada vez que cortaba una llamada e incluso con su amigo le apodamos el hombre de hielo.
Se asustó y abrió los ojos cuando su boca se desató y empezó a soltar todo lo que se le pasaba por la mente. Su mirada se entristeció y el habla le empezó a faltar cuando llegó casi al final de la historia. Sintió con cada palabra su pecho abrirse en canal. Dolía. Revivir cada momento, cada palabra, cada sonrisa, cada gesto, cada regalo, cada sorpresa...
Se puso de pie y se cubrió la cara con las dos manos. Agradeció que la mujer le diera el espacio que necesitaba. Ni siquiera entendía porque se estaba desahogando con esa desconocida, cuando con sus amigos, no había sido capaz de hacerlo.
Se limpió y regresó a su lugar. Lo peor había sido relatar su despertar en el hospital, la frialdad de Dmitriy, la dureza de su voz, la rabia que cargaban sus palabras.
- Y ahora no quiere verme. No deja que me acerque a él. Me odia y yo le... Amo.
— Soltó un sollozo. - Nunca imaginé que ese hombre se apoderaría de mi corazón. Yo... Yo le despreciaba por ser como era y ahora... Me duele, me hiere y me mata ver que no quiere saber nada de mí.
Cogió aire con pesadez. Respirar a menudo le suponía un problema.
- ¿No va a decir nada?
¡Quién la entendía! No quería su opinión, pero le molestaba que no dijera nada.
- ¿Quieres mi opinión? ¿Qué te aconseje? ¿Me quieres escuchar?
¿En serio? ¿Desde cuando un comecocos pedía permiso para decir lo que pensaba?
No supo porque, pero asintió. Necesitaba que alguien, le diera una perspectiva diferente a la que ella tenía.
- Muy bien. Creo que te has rendido. Sabes que ese hombre te quiere, igual que tienes presente que le hiciste daño al no pensar en las consecuencias a las que te podías enfrentar. Para ti, lo primero era el bienestar de él por encima del tuyo y el de tu bebé. — Apuntó algo en la libreta y volvió a mirarla. - Te he escuchado durante más de una hora y en ningún momento has mencionado que hayas tratado de arreglar las cosas. Te has conformado con lo que él determinó. En ningún momento le has buscado o hecho algo para recuperarle. ¿Por qué? Te pregunto yo ahora.
La observó fijamente. ¿No lo había dejado claro? Él no quería verla, la despreciaba, la odiaba, no quería tenerla cerca. ¿Qué podía a hacer contra eso?
La mujer arqueó una ceja. Esperaba su respuesta. Pensó durante unos segundos en todo lo que la mujer había dicho. Desvió la mirada al suelo...
- Por miedo. — Contestó con sinceridad.
La mujer sonrió y cogió sus manos.
- Has dejado que el miedo dirija tu vida. Estás acostumbrada a huir. Por una vez, haz lo contrario. Lucha. Si él corre hacia otro lado... Insiste. Si él te da la espalda... Vuelve a ponerte delante de su cara. Si él te grita... Repítele cien veces
que le amas. Si él te aparta, tú acércate más...
- Pero... Él no quiere...
- ¿Le importó a él lo que tu querías las veces que le alejaste de tu vida?
No. Esa pregunta era fácil de responder. Él siempre la había buscado y en todas había hecho que volviera con él.
Abrió los ojos dándose cuenta de lo equivocada que estaba. Esa mujer tenía razón. No había hecho nada. Simplemente se había quedado encerrada, llorando y rezando para que Dmitriy regresara a su lado.
La sonrisa nació en sus labios como desde hacía semanas no lo había hecho.
Impaciente se puso de pie. Sintió como unas nuevas energías se apoderaban de ella. Ya no podía estar sentada. Tenía mucho que a hacer y prisa por empezar.
- Gracias. — Dijo de corazón.
- No, de eso nada.
La miró perdida con la frente arrugada.
- Me tienes que prometer que empezaras a venir una vez a la semana. — Dijo ocultando una sonrisa.
- Delo por hecho.
CAPÍTULO TRES
Abrió la puerta de la consulta con ímpetu. Era el momento de tomar las riendas de su vida. Como había dicho la comecocos tenía que hacer algo. No podía rendirse sin siquiera haber empezado la guerra.
Sus amigos al verla se pusieron de pie. Los ignoró. Corrió hacia la calle. Se detuvo en medio de la calzada y miró a su alrededor. Se encontró con las miradas descolocadas de sus amigos. Sonrió.
- ¿Me prestas tu coche?
Mijaíl achicó los ojos. Le dedicó la sonrisa más angelical que tenía y varias caídas de párpados.
¡Ya era suyo! El resoplido sonoro de su amigo, lo había delatado; no le negaría nada.
- Ariel. — Dijo su nombre en tono de advertencia.
- Seré buena. — Dijo con voz de niña que nunca rompe un plato.
- Lo dudo.
Le tendió las llaves.
- ¿Qué pasa? ¿Dónde va? — Interrogó Penélope mientras les daba la espalda.
- A hacer que mi hermano desee colgarse de la ventana de su oficina.
Una sonrisa se le dibujó en la boca al oír la veracidad que llevaban las palabras de su amigo. Dmitriy la iba a conocer. Algo debía de tener a su favor el haberse criado entre hombres de la organización.
Los conocía, sabía como pensaban, como actuaban y ella tenía muchas formas para conseguir que Dmitriy, tuviera que acarrear con su presencia.
No creía que fuera a ser un camino de rosas. Ni mucho menos. Estaba bastante cantado que Dmitriy utilizaría todos sus medios para a hacerla a un lado de su camino. ¡Ojo! Que ella también iba a usar todo lo que tuviera en su mano para boicotear cada acción que él diera.
Aceleró subiendo por el Lincoln Park. Todavía le quedaban dos calles. Un semáforo en rojo importuno su trayecto. Esperó. Se miró en el espejo.
¡Dios que pelos! ¡Qué cara! Parecía una muñeca de esas feas que se vendían más que para gustar a las niñas, para que salieran huyendo y traumatizadas de por vida.
- Ni maquillaje. ¡Olé yo y mis planes suicidas! — Dijo a su reflejo.
Arrancó y enfiló a su destino. Detuvo el coche en la entrada. Buscó en su bolso.
¿Dónde estaba? Miró y miró. ¡Joder! Hasta para encontrar una puñeta tarjeta tenía mala pata. Volvió a revisar con más calma...
- ¡Por fin!
Cogió la tarjeta del parking que estaba escondida en el bolsillo pequeño detrás de una cantidad desbordante de papeles. La introdujo en la máquina y la barra ascendió dándole el paso. Aparcó.
- ¿Y ahora quién burla las cámaras?
Posiblemente en ese momento Dmitriy estuviera mirando cada una de ellas con su ojo de halcón. Ese hombre era demasiado controlador, como para no revisar a cada media hora lo que sucedía en su empresa.
Restregó una mano con la otra mientras le daba vueltas a la cabeza; tenía que haber alguna forma de despistarle y sorprenderle. No podía ser que él siempre fuera un paso por delante de ella. En alguna ocasión tenía que pillarle la vez.
La puerta se abrió de sopetón. Pegó un salto y gritó asustada.
¡Al carajo!
- ¿Señorita?
Lo observó con su mirada más descuartizadora. ¡Aaaah qué mal!
Le dio un puñetazo al volante y luego se cruzó de brazos en él y escondió su cabeza.
¡Empezaba de maravilla!
- Paolo. — Dijo con voz suplicante.
- No. A mí no me meta en sus problemas, señorita.
- Por favor... — Soltó como último recurso.
El chófer negó con la cabeza. Sus ojos empezaron a apagarse. Miró por la ventana. Si él no la ayudaba, no habría forma de que pudiera subir y empezar a dejar claro lo que pensaba a ese capullo, controlador, maniático, obseso de la seguridad.
- Señorita, le aseguro que quiero ayudarla. Si dejo que suba... Entre los dos son capaces de echar a abajo el edificio. Y mire que es decir.
Sus palabras la hicieron sonreír. En muchos días, era la primera sonrisa que le salía sin tener que a hacer ningún esfuerzo. Mira por donde, le pareció chistoso, que ese hombre al que cada vez que podía burlaba su vigilancia, resultara ser el que mejor los conocía.
- Tengo que intentarlo.
Echó la cabeza hacia atrás. ¿Por qué esa mujer conseguía con unas palabras apelar a su corazón humanitario?
- Vale. Pero solamente por esta vez. Se acabó el jugármela.
Eufórica lo abrazó. Luego besó su cara. Sonrió al ver la cara trastocada del chófer por su momentánea efusividad.
- No haga eso. — Amonestó quitando las manos de su cuello.
- ¿Por qué? ¿Es que nunca te han mostrado cariño?
- Su cariño prefiero que me lo demuestre a distancia, señorita. Aprecio mi vida,
¿sabe?
- Ja, ja, ja. Eres muy raro, pero me caes genial.
- Dígame que a hacer para cambiar esa visión. En serio, sería un gesto muy generoso por su parte y yo podría dejar de ser el idiota que utiliza para sus tretas saca casillas.
- Paolo, no tengo tiempo. Recuerda, me tienes que ayudar. — Sonrió con picardía. - Ahora dime como entro.
Resopló fastidiado. Podía intuir lo mal que lo estaba pasando por acceder de nuevo a su petición. ¡Era un sol! Si estaba casado, su esposa debía amarlo con locura. Quizás, le preguntaría algún día por su vida.
- No se mueva.
Asintió. Paolo salió del coche. Caminó hacia el ascensor y se detuvo. Lo vio dudar. Su inseguridad le hacia dar un paso adelante, llevarse las manos a la cabeza y de nuevo darlo hacia atrás.
Mordió su carrillo.
- Vamos Paolo. — Susurró pasados unos segundos.
Minutos después, el chófer regresaba al coche con las manos en los bolsillos.
Tocó a la ventanilla. Enseguida la bajó. Le hizo gestos con las manos para que se apurara en hablar. Los nervios la dominaban.
- ¿Y?
Estaba por bajar y sacarle las palabras a golpes.
Una música sonó. Bufó. Paolo rápido descolgó y se lo llevó a la oreja.
- Sí, señor. Ya me ha llegado el aviso.
Escuchó atenta. Si era más agudiza, podría oír claramente su voz de mando. Su voz ronca e imperturbable. Esa que tan bien conocía y que le hacía vibrar zonas que solamente el conseguía alterar.
- Sí, señor. Parece que dos cables han hecho cortocircuito y he tenido que desconectar las cámaras.
Cuando escuchó la luz verde que le había otorgado el chófer, su sonrisa se hizo
enorme. Salió del coche sin hacer ruido y se apoyó en el lateral. Se aupó un poco y contempló a Paolo que seguía al celular.
- Sí, el electricista viene en camino.
Se calló durante unos breves segundos. Se le estaban haciendo eternos. No veía el momento de volver a tener a Dmitriy en frente, de ver su hermoso rostro, de sentir sus ojos sobre ella...
- Sí, estará arreglado lo antes posible.
Paolo cortó la llamada. Agachó la cabeza y perdido en sus pensamientos miró al suelo.
- Gracias.
Se encogió de hombros. La lástima golpeó con dureza su pecho. No se había dado cuenta que había arriesgado su pellejo hasta verlo abatido mirando a la nada.
- Te despedirá. — Afirmó.
Paolo levantó la cabeza. Sus ojos preocupados, se suavizaron al encontrar los suyos llenos de remordimientos.
Se sintió miserable. No quería que perdiera su empleo, tampoco quería causarle problemas, pero ¿qué otra alternativa le quedaba? Dmitriy confiaba en Paolo, era al único que siempre llevaba con él. Era su fiel hombre...
- Espera... Espera... No eres un simple chófer.
- Señorita, debería subir antes de que él decida bajar.
¡Se iba a caer muerta! ¡Qué ingenua! Al final tenía que darle la razón a ese prepotente; se la había metido doblada no solo con su mundo perfecto de buen empresario, si no también con los hombres que la rodeaban.
- ¿Me puedes decir cual es tu verdadero oficio? Porque me queda claro que el de chófer veinticuatro horas no es el único. — Le soltó molesta.
- Aseguro los perímetros y soy podemos decir que un investigador.
- ¿Y eso qué significa? ¿No puedes hablar en una lengua que entienda?
Le dio una sonrisa que le dieron ganas de quitársela de la cara con sus propias uñas.
- Que soy el que se encarga de tener los lugares despejados, las cámaras desactivadas y ojos indiscretos alejados del encargo.
Se puso blanca... Muy blanca... Creyó que en cualquier minuto la meterían en un ataúd. Debía estar muerta. No podía ser que ese imbécil que tenía delante, le estuviera hablando de algo tan serio como si hablara de como se hacía un estofado.
- Además de ser el que averigua cada nombre, domicilio, edad, secretos...
- ¡Te quieres callar!
Se tapó los oídos.
- Usted ha preguntado.
- ¡No te he pedido que me des un puto informe!
Paolo ladeó la cabeza. Le dio la espalda y puso sus manos en su cintura.
Necesitaba dejar de verlo para poder pensar y medir la magnitud de sus palabras.
- ¿Tú sabes dónde están Luca y Travis? — Interrogó, decidiendo a hacer de oídos sordos a su última conversación.
Negó con un movimiento de cabeza. Su confusión creció. Era muy extraño. Los dos hombres que la solían vigilar, habían desaparecido desde el día anterior.
No era la primera vez. En las dos últimas semanas, los dos en contadas ocasiones se habían evaporado de su presencia. A ella le había venido como anillo al dedo.
Sin esas desapariciones divinas que le habían dado un poco de espacio para respirar, no habría podido encontrar su contacto y conseguir lo que necesitaba para poder dormir.
- Tengo que cogerlo.
- Eh... Sí, vale... Yo iré subiendo...
Se alejó sin volver a echar la vista atrás. Se adentró en el ascensor. Cogió aire y lo volvió a soltar. Los nervios se la comían. No podía dejar de dar vueltas dentro del espacio reducido. De forma inesperada le nació una sensación parecida a la de la claustrofobia.
No. No era por estar encerrada, ni tampoco porque el ascensor se acabara de detener. Tampoco porque las puertas se abrieran dejando a la vista a la secretaria, ni porque ya estaba andando hacia la puerta del despacho; todo lo que sentía se lo provocaba el volver a tener a Dmitriy Novikov, cara a cara, después de un mes.
- Señorita no puede...
Dejó a la mujer con la frase a medio pronunciar; había abierto la puerta sin ser anunciada.
- Novikov. — Pronunció su nombre con seguridad. - ¿Melisa?
Sus ojos se entrecerraron en dirección a su amiga. Estaba sentada, de piernas cruzadas, con el codo reposando en la mesa y la cabeza apoyada en la palma de su mano. A una velocidad extraordinaria se puso de pie y se acercó a ella.
Dmitriy se negaba a mirarla. La cabreó que no fuera capaz de siquiera levantar la cabeza de los papeles que tenía en la mano.
- Esto no es lo que crees...
Observó a su amiga. Le costó un buen esfuerzo poder dejar de mirar al hombre de traje gris, que se mantenía impasible, como si ninguna de las dos estuviera presente.
- ¿Qué crees que estoy pensando?
Su amiga palideció. Los ojos se le llenaron de ira y se cegó. Se abalanzó sobre su amiga como si fuera una rata que había que aplastar. Corrió detrás de ella. No conseguía alcanzarla, daba vueltas alrededor de la mesa y de Dmitriy.
- ¡Ariel para! Deja que hable... — Intentó apelar a su juicio.
- ¡Qué te den! ¡Maldita traidora!
Siguió detrás de ella. ¡Qué esperara que la cogiera! Le iba a enseñar la fiera leona que había en ella si se atrevían a tocar lo que le pertenecía.
Cogió un portarretrato que había en la mesa y se lo lanzó.
¡La iba a mandar al hospital! Como que se llamaba Ariel Miller que la mandaba a una cama de hospital.
Su cuerpo se paralizó cuando vio estrellarse el artilugio contra el suelo. El sonido retumbó en la sala. Sus ojos se quedaron fijos en los cristales y la foto que había debajo; ¡Era ella sonriendo!