Así nos ven

Dolia Estevez · Capítulo 3 de 19

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Así nos ven

Introducción

LA LLEGADA DE DONALD J. TRUMP a la presidencia de Estados Unidos marcó un giro en la forma de conducir las relaciones con el mundo. El Departamento de Estado, la institución a cargo de ejecutar la política exterior con base en la búsqueda de consensos, pasó a segundo plano. El trato con países y regiones clave se trasladó a neófitos de la Casa Blanca.

Las relaciones con el mundo se personificaron y los problemas se abordan a partir de instintos e impulsos impredecibles. Se rechazó la asesoría de los profesionales. El arte de la diplomacia se sustituyó por el artificio de las componendas. Se dejó de apoyar a las instituciones multinacionales necesarias para fortalecer los lazos con países afines en tiempos difíciles.

Complacer a dictadores y confrontar gobiernos aliados se volvió parte de la nueva diplomacia.

En el caso de México, el nuevo estilo se tradujo en una cofradía entre Jared Kushner y Luis Videgaray Caso. El yerno-asesor de Trump y el canciller mexicano actuaron por encima del titular del Departamento de Estado y de la embajada de Estados Unidos en México. Las atribuciones del embajador, históricamente el hilo conductor del trato con México, fueron relegadas. La interlocución extraoficial, conocida como backchannel, es un recurso válido en la diplomacia, pero no es común que desplace la relación institucional. Trump tardó más de dos años en nombrar a su propio embajador en México. Escogió a Christopher Landau, abogado conservador sin experiencia diplomática.

Videgaray visitó Washington para entrevistarse con Kushner con inusual frecuencia, muchas veces en violación del protocolo que establece que los cancilleres son el primer punto de contacto cuando viajan a otro país.

Videgaray pasó más tiempo en la capital estadounidense que cualquiera de sus contrapartes del mundo. Aun así, Kushner y Videgaray fracasaron en persuadir a Trump de dar a México el trato especial que le confirieron sus antecesores. La relación entre Trump y Peña Nieto fue tensa. Las diferencias sobre el pago del muro y la retórica antimexicana abortaron

cualquier intento de reunión bilateral en la capital estadounidense.

Trump desconoció los lineamientos que, al margen de la afiliación partidista del inquilino de la Casa Blanca, valoran la estabilidad interna y el bienestar económico de México como factores de seguridad nacional.

Renunció al entendido tácito de apostar por la convivencia, de maximizar coincidencias, de minimizar diferencias y de evitar que discrepancias en un tema contagiaran el resto de la agenda. Se rompió el tabú sobre el espectro del uso de la fuerza militar, tan arraigado en el código genético del mexicano. Le faltó el respeto a veneradas instituciones mexicanas, como la presidencia y las fuerzas armadas. Con el ascenso de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia, surgieron brotes de moderación. El arrollador triunfo del morenista, después de una perseverante carrera política, impresionó. El nuevo gobierno de México no quiere problemas con Trump.

Respeto y subordinación tácita son su lema.

Hace seis años, la meticulosa cobertura periodística que había realizado sobre la relación bilateral a lo largo de décadas, las discusiones con actores clave en ambos lados del río Bravo y la lectura de un acervo de despachos diplomáticos confidenciales despertaron mi interés por entrevistar a los ex embajadores de Estados Unidos en México y conocer de propia voz sus experiencias. Me intrigaba la idea de entender su versión de la historia. De esa curiosidad nació El embajador, la edición original de este libro. En sus páginas, los lectores vieron al país retratado por la lente de nueve embajadores que representaron a Estados Unidos en México de 1977 a 2011.

El éxito de esa obra —elogiada por analistas, diplomáticos, historiadores y estudiantes, discutida en aulas universitarias y comentada en redes sociales—, aunado a sucesos insólitos que cotidianamente alteran el orden del escenario diplomático binacional, hizo necesaria su actualización.

En el transcurso de los seis años que median entre la primera y la segunda edición, dos han sido los embajadores de Estados Unidos en México: Earl Anthony Wayne (2011-2015) y Roberta S. Jacobson (2016-2018). Sus relatos, junto con el nuevo prólogo de Jorge Zepeda Patterson, enriquecen esta nueva edición.

México y Estados Unidos son un matrimonio sin opción de divorcio.

Están unidos para siempre. De ahí el interés en dar nueva vida a este libro con aportaciones que puedan contribuir a un mejor entendimiento de la

incierta coyuntura por la que atraviesa la relación.

LOS EMBAJADORES

A lo largo de la historia, los embajadores norteamericanos han sido los

«ojos y oídos» de Estados Unidos en el mundo. Sus funciones no se han limitado a las tareas diplomáticas tradicionales, también han desempeñado los papeles de espías, mensajeros y corresponsales de guerra. Aun hoy, en la era de internet, sus despachos confidenciales, con información de primera mano, tienen un enorme valor agregado e influyen en el proceso de toma de decisiones y en el diseño de las estrategias políticas de Estados Unidos hacia el mundo.

Pero si los embajadores norteamericanos son clave en las relaciones diplomáticas en general, en el caso de México cobran todavía mayor importancia. Debido a fuertes lazos históricos, geográficos, culturales y económicos, la agenda bilateral es intensa y compleja como pocas. México y Estados Unidos tienen más tratados, acuerdos, cartas de intención, intercambios, inversiones y flujos migratorios que cualesquiera otros dos países. México también es la nación que realiza el mayor número de visitas oficiales y no oficiales al vecino del norte.

Si bien, después de los ataques terroristas de 2001, la embajada de Estados Unidos en México fue remplazada como la mayor del mundo por las de Irak y Afganistán, todavía está entre las más grandes. Dentro de la sede diplomática sobre Paseo de la Reforma laboran 2 500 empleados, representantes de más de 27 secretarías y dependencias federales, incluidas la DEA, el FBI, la CIA, la Agencia de Inteligencia del Pentágono, el Buró de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego, Inmigración y Aduanas, la Agencia de Desarrollo Internacional, Aduanas y Protección Fronteriza, el Servicio de Alguaciles, así como el ejército, la marina y la guardia costera. Pero, como si esto fuera poco, la política —primero de Felipe Calderón y luego de Enrique Peña Nieto— de unir esfuerzos en materia de seguridad con la primera potencia militar produjo un auge sin precedente en la presencia y el involucramiento del personal de procuración de justicia y castrense de Estados Unidos en territorio mexicano.

Con un total de diez consulados —en Ciudad Juárez, Ciudad de México, Guadalajara, Hermosillo, Matamoros (el más antiguo), Mérida, Monterrey,

Nogales, Nuevo Laredo y Tijuana— y nueve agencias consulares —en Acapulco, Cancún, Los Cabos, Mazatlán, Oaxaca, Piedras Negras, Playa del Carmen, Puerto Vallarta y San Miguel de Allende—, México es el país con el mayor número de representaciones consulares estadounidenses.

Además, una treintena de estados de la Unión Americana operan oficinas con personal permanente en México. El hombre a cargo de supervisar este vasto ensamble de personas y operaciones es el embajador. Es su responsabilidad coordinar las actividades de todo el personal, proteger su integridad física y asegurar que opere dentro de las normas de la diplomacia. Asimismo, tiene la prerrogativa de retirar a cualquier funcionario bajo sus órdenes al cual considere incapaz de realizar una tarea o que represente un riesgo para la relación bilateral.

EL PESO DE LA HISTORIA

Estados Unidos reconoció a México como nación independiente el 12 de diciembre de 1822, cuando el presidente James Monroe aceptó la primera representación diplomática mexicana en Washington. Un año después, Monroe nombró a Andrew Jackson como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en México, lo que marcó el inicio de las relaciones diplomáticas entre los dos países. Al declinar Jackson el nombramiento, Joel R. Poinsett se convirtió en el primer enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en 1825, año en el que se abre la legación norteamericana en Ciudad de México. En las décadas subsecuentes, mismas que estuvieron dominadas por hostilidades, la intervención estadounidense y el rompimiento de relaciones diplomáticas, más de una veintena de chargé d’affaires pasaron por México. En 1897, el rango de jefe de misión fue elevado a embajador. Le correspondió a Powell Clayton estrenar la nueva jerarquía.

México nunca ha sido un lugar de trato dócil para la diplomacia estadounidense. Poinsett, quien fue retirado por petición del gobierno mexicano en 1829, y Henry Lane Wilson, que sirvió durante la Revolución de 1910, son considerados los enviados más detestados de todos. El recuerdo de las intervenciones armadas y de la traumática pérdida de la mitad del territorio nacional a manos de Estados Unidos sigue vivo en la conciencia colectiva de los mexicanos. Debido a su enorme poder y

proximidad, Estados Unidos es el blanco idóneo al que puede culparse —ya sea con justificación o sin ella— de buena parte de los problemas que aquejan al país. Ejemplo ilustrativo de esto fueron los años más álgidos de la Guerra Fría, cuando los presidentes mexicanos jugaban la carta antiamericana y pro Cuba para tratar de ganar adeptos entre la izquierda y evitar que la oposición pro comunista desestabilizara sus gobiernos.

En Estados Unidos, el presidente nombra a los embajadores y el Senado ratifica sus nombramientos. Decidir en cuanto a quién enviar a México puede ser un ejercicio particularmente complejo y delicado. Los desafíos y las sensibilidades de la relación aconsejan que el elegido sea diplomáticamente astuto y políticamente hábil. Dominar el español y conocer la cultura mexicana son atributos extra, importantes pero no decisivos. Escoger entre miembros del Servicio Exterior de carrera o políticos allegados al presidente puede ser un factor secundario frente a consideraciones de otra índole. Debido a la incidencia que tienen México y los mexicanos en el debate político interno en Estados Unidos, en el proceso de selección de embajador para el vecino del sur, quizá más que con otros países, intervienen intereses rivales de orden político, económico, electoral y racial.

Así lo corroboran las selecciones de los últimos 42 años. Cuando Washington buscaba desesperadamente que México aumentara su producción de petróleo, debido a la inestabilidad en Medio Oriente y el auge del antiamericanismo en Irán, Jimmy Carter escogió a Patrick J.

Lucey, gobernador de Wisconsin, para complacer a José López Portillo, quien había pedido que le enviaran a un político puramente anglosajón (no quería hispanos); el segundo representante de Carter fue Julián Nava, profesor mexicano-americano de California, quien, pese a su gris presencia, creyó que podía atraer votos hispanos para el infructuoso intento de reelección del demócrata. En medio de la intervención en Centroamérica, Ronald Reagan designó al ex actor de cine John A. Gavin, un viejo conocido del medio cinematográfico de Hollywood cuya arrogancia chocó con la cancillería, la cual frenó sus intentos de dictarle los términos de la política exterior; con el interés de aminorar las tensiones y cambiar la narrativa al tema económico, Reagan seleccionó como su segundo representante a Charles J. Pilliod, un empresario sin trayectoria diplomática, pero de estilo conciliador y discreto. La llegada al poder del tecnócrata

Carlos Salinas de Gortari se interpretó como la oportunidad dorada para que México pasara del nacionalismo parroquial al pragmatismo globalizador, por lo que George H. W. Bush mandó a John D. Negroponte, un astuto diplomático con tentáculos en los servicios de inteligencia, quien —en contubernio con José Córdoba Montoya— llevó a buen puerto la negociación del TLCAN. Ante las dudas sobre la ratificación del TLCAN, William J. Clinton designó a James R. Jones, un ex congresista con habilidades de negociador político y conexiones con el mundo empresarial, para que vendiera al escéptico Congreso el polémico convenio con México y Canadá; los pronósticos sobre el fin de la era del PRI y el amago de inestabilidad social llevaron a Clinton a nombrar como su segundo representante a Jeffrey Davidow, embajador de carrera que cultivó canales de comunicación con los principales actores políticos y monitoreó con discreción la alternancia partidista en Los Pinos. En señal de reconocimiento al primer presidente del PAN, órgano ideológicamente afín al Partido Republicano, George W. Bush seleccionó al texano Antonio O.

Garza, un viejo amigo personal y ex colaborador. Barack Obama aceptó la sugerencia de su influyente secretaria de Estado, Hillary Clinton, de enviar a Carlos Pascual, especialista en temas de seguridad, con probada experiencia en el manejo y la coordinación del tipo de asistencia que Washington empezaba a canalizar por medio de la Iniciativa Mérida; tras la renuncia imprevista de Pascual, a quien Calderón le retiró su confianza, Obama envió a Earl Anthony Wayne, embajador de carrera también con probada experiencia en la implementación de programas de seguridad y fomento económico, cuya discreción y tacto diplomático garantizaban limar asperezas con Los Pinos. Cuando faltaba poco tiempo para concluir su mandato, Obama hizo historia al nombrar a la primera mujer a cargo de la legación mexicana. Roberta S. Jacobson, una conocedora de México con trayectoria impecable, cerró con broche de oro la diplomacia del presidente demócrata y atestiguó, con frustración y sin mucho campo de maniobra, el daño infligido por las posturas de Trump en los primeros 15 meses de su presidencia. Finalmente, tras más de dos años en el poder, Trump escogió a Christopher Landau, un abogado sin trayectoria diplomática pero cercano al círculo del poder, para que defienda sus políticas en México. Landau reconoció que será un gran reto ser embajador, pero que confía en lograrlo debido al enorme cariño que siente por México y a su devoción por la

Virgen de Guadalupe. “Trataré de poner un poco de amor en ese matrimonio”, señaló al describir la relación bilateral. El tiempo dirá si su retórica, diferente a la de Trump, tiene éxito.

AJUSTE DE PRIORIDADES

Entre la segunda Guerra Mundial y 1990, la política exterior de Estados Unidos se enmarcó por el conflicto Este-Oeste. Todo se veía a través de esa lente. Contener la expansión comunista y asegurar que Latinoamérica y México se mantuvieran fuera de la órbita de influencia de la Unión Soviética guiaron la diplomacia estadounidense hacia la región. Preservar la estabilidad interna de México y garantizar su no alineamiento eran dos de las grandes metas geopolíticas de la potencia occidental. Durante gran parte de los 71 años que el PRI monopolizó la presidencia de México, Washington se hizo de la vista gorda ante la corrupción, la violación de los derechos humanos y el fraude electoral, pues consideraba más importante proteger la estabilidad del sistema político mexicano que promover su democratización.

En las décadas posteriores al fin de la Guerra Fría, las relaciones entre México y Estados Unidos atravesaron un proceso de maduración. Si bien cuidar la estabilidad interna siguió como una prioridad, el fin de las guerras proxy (subsidiarias) en Centroamérica cambió el enfoque político y amplió el menú de interlocutores de los enviados de Washington. Cuando México tomó el camino de las reformas económicas de libre mercado y de apertura comercial hacia el mundo, primero al ingresar al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) y después negociando el TLCAN, los embajadores dejaron de limitar sus tratos a la rama ejecutiva.

Fortalecieron y ampliaron sus relaciones con la oposición política, la sociedad civil, la comunidad empresarial, los intelectuales y la prensa. El respeto a los derechos humanos, la celebración de elecciones justas y transparentes, y el fortalecimiento del régimen de derecho cobraron importancia en la agenda de Estados Unidos con México. En la década de 1990, lejos de lamentar el fin del dominio electoral del PRI, los embajadores alentaron la participación electoral, la apertura del sistema de partidos y hasta advirtieron a los gobiernos del PRI contra el uso de la fuerza para reprimir la disidencia pacífica o armada.

La relación se volvió pragmática y más tolerante. Los gobiernos mexicanos buscaron abiertamente la ayuda de Estados Unidos. En 2008, la Iniciativa Mérida, el multimillonario paquete de asistencia antinarcóticos y de seguridad para México y Centroamérica, marcó un hito. Por primera vez, Estados Unidos y México reconocieron que comparten problemas comunes y, por lo tanto, tienen la responsabilidad de afrontarlos de forma conjunta.

El cambio de actitud hacia Estados Unidos fue más notable en los círculos oficiales y oficialistas. En el sexenio de Calderón no hubo resistencia a aceptar ayuda material y al entrenamiento de policías y militares por parte de las agencias de seguridad estadounidenses, incluido el Pentágono. En el pasado, ese tipo de apoyo se habría considerado violatorio de la soberanía nacional y la jurisdicción territorial. La actitud de condescendencia inaugurada por Calderón continuó tras el regreso del PRI a la presidencia.

El gobierno de Peña Nieto refrendó la asociación con Estados Unidos en temas de seguridad y combate al narcotráfico. Con Trump, la Iniciativa Mérida dejó de ser una prioridad.

PERSONAJES EMBLEMÁTICOS

El linchamiento público del primer emisario de Barack Obama en torno a la revelación de cables confidenciales de la embajada en México, divulgados por Wikileaks, lo que derivó en su abrupta renuncia en 2011, mostró que, pese a la gastada retórica sobre una nueva era de responsabilidad compartida y confianza mutua, la actitud de una parte de la clase política nacional no ha cambiado gran cosa desde que México acusó a Henry Lane Wilson de intervención y rompió relaciones con Estados Unidos. El embajador norteamericano, quienquiera que sea, por definición, casi siempre es un personaje polémico, poco querido, y el blanco más cercano y directo para desahogar frustraciones acumuladas a lo largo de 200 años de conflictiva historia. Cualquier mexicano, o casi cualquiera, lleva en los genes el fantasma de 1848 y quién mejor que la personificación viva de ese tormento para desquitarse. Los embajadores de Estados Unidos exacerban sentimientos antinorteamericanos y nutren populares teorías conspiratorias sobre amenazas —reales o virtuales— de intervención. Son personajes emblemáticos de la cultura nacional antiyanqui. Su arribo a México, con escasas excepciones, es precedido por un «bautizo de fuego», como un ex

embajador caracterizó el bombardeo mediático al que son sometidos.

De manera paradójica, todos terminan siendo aceptados y la mayoría hasta condecorados con la medalla del Orden Mexicana del Águila Azteca, como es el caso de ocho de los 11 ex embajadores tema de esta obra. A la postre, el éxito o el fracaso de un embajador depende de la eficacia con que representó los intereses de su país y de la confianza que inspiró en sus anfitriones.

SOBRE ESTE LIBRO

El eje central de la primera edición de este libro fue una colección de entrevistas exclusivas, realizadas en persona, con los siguientes ex embajadores: Patrick J. Lucey (1977-1979), Julián Nava (1980-1981), John A. Gavin (1981-1986), John D. Negroponte (1989-1993), James R. Jones (1993-1997), Jeffrey Davidow (1998-2002), Antonio O. Garza Jr. (2002-2009) y Carlos Pascual (2009-2011). No me fue posible entrevistar, por motivos de salud, a Charles J. Pilliod Jr., embajador de 1986 a 1989. En el capítulo correspondiente relato lo más sobresaliente de su misión. En los seis años transcurridos desde la primera edición han muerto tres embajadores: Lucey, en 2014; Pilliod, en 2016; y Gavin, en 2018. La presente edición contiene dos nuevos capítulos que recogen las experiencias de Earl Anthony Wayne y Roberta S. Jacobson, embajadores de 2011 a 2015 y de 2016 a 2018, respectivamente.

El texto que el lector tiene en sus manos no es un ejercicio académico.

Tampoco pretende ser una evaluación de la actuación de los embajadores, mucho menos un análisis de la política exterior estadounidense hacia México. Más bien es un trabajo periodístico original, serio y profesional, que cuenta la historia bilateral de los últimos ocho lustros desde la perspectiva de estos protagonistas privilegiados. El libro es un foro para escuchar sus voces y ver a México a partir de su mirada. Las conversaciones ofrecen anécdotas inéditas de acontecimientos que definieron el intercambio entre los dos países, en los periodos que a los embajadores les tocó vivir en México. También revelan diálogos y arreglos convenidos con sigilo.

Algunos de los entrevistados hablaron con mayor soltura, transparencia y capacidad de memoria que otros. Con todos toqué aspectos concretos de

sus respectivas gestiones. Con Lucey, su sui géneris designación, el interés en el petróleo mexicano y las torpezas de Carter; con Nava, las presiones para que México abasteciera de petróleo barato la reserva energética estratégica, los planes secretos de la armada estadounidense para realizar ejercicios de tiro intimidatorios en las costas de Veracruz y las maniobras subrepticias para introducir ilegalmente en California un caballo de pura raza que López Portillo quería regalarle a Reagan; con Gavin, su ríspida conversación con De la Madrid sobre una lista de presuntos narcopolíticos, la crisis derivada del asesinato de un agente de la DEA, sus pretensiones injerencistas que derivaron en tensiones con Bernardo Sepúlveda y su empatía con Manuel Bartlett; con Negroponte, la indiferencia de Washington ante la corrupción durante el sexenio de Salinas y el respaldo tácito a los gobiernos autoritarios y no democráticos del PRI; con Jones, la desconfianza que Salinas le tenía, sus advertencias contra la represión en Chiapas, los entretelones del rescate del peso y su consejo a Zedillo de dinamitar la PGR para librarla de la corrupción; con Davidow, las filtraciones de la DEA, los intentos de manipular políticamente el tema de la corrupción y la arrogancia intelectual de Jorge G. Castañeda; con Pascual, su escaso conocimiento de México, el doble discurso estadounidense y los ataques personales de Calderón en su contra; con Wayne, las crisis por la fuga de El Chapo y la emboscada a agentes de la CIA, la fijación de Calderón en los detalles y la propensión de Peña Nieto a delegar funciones; con Jacobson, la visita de Trump a México en 2016, la petulancia de Kushner y la prepotencia de Videgaray, las sospechas de corrupción de altos funcionarios, la “infinita amabilidad” de Peña Nieto y las dudas sobre López Obrador.

Los testimonios muestran que la influencia que ejercieron sobre la toma de decisiones en Washington y el campo de maniobra que tuvieron fueron determinados por su cercanía al presidente, el interés particular en México o la ignorancia sobre la importancia de la cooperación por parte del inquilino de la Casa Blanca; la coyuntura política que les tocó vivir, así como la personalidad y el peso de cada uno de ellos; también indican que la Casa Blanca se ocupa más de México en tiempos de crisis (levantamiento zapatista, descalabro del peso y auge de los carteles) o de oportunidades (descubrimiento de reservas petroleras y TLCAN). Sus opiniones corroboran que México no es un país fácil para ser embajador. De hecho, la

mayoría admitió que ha sido el mayor desafío de sus carreras. Una actuación de alto perfil o actitudes vociferantes no es aconsejable, pero tampoco lo es pasar inadvertido o permanecer callado. Algunos afirmaron que trataron de desmitificar la percepción del embajador como procónsul: enviado para dictar políticas e imponer la agenda de la nación más poderosa del globo.

Las entrevistas de la primera edición las realicé a lo largo de nueve meses, de abril de 2011 a enero de 2012, en Milwaukee, Los Ángeles, La Jolla, Washington, D.C., y Ciudad de México. Las nuevas entrevistas para la presente edición las hice en octubre y noviembre de 2018, en la capital estadounidense. Cada una constituye un capítulo, con una introducción del contexto, un breve perfil y los hechos más sobresalientes de sus respectivos periodos. Muchos de los documentos oficiales confidenciales que desclasifiqué durante varios años se utilizan como referencias en los pies de página. El texto concluye con la lista cronológica de los nombramientos de enviados y embajadores a México desde 1823.

DOLIA ESTÉVEZ

Julio, 2019

OceanofPDF.com