Asimetría

Lisa Halliday · Capítulo 2 de 3 · parte 1/5

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Asimetría

II. Locura

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

II

Locura

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Nuestras ideas sobre la guerra eran la guerra.

WILL MACKIN, Kattekoppen

¿De dónde viene?

De Los Ángeles.

¿Viaja solo?

Sí.

¿Cuál es el propósito de su viaje?

Visitar a mi hermano.

¿Su hermano es británico?

No.

¿Entonces de quién es esta dirección?

De Alastair Blunt.

¿Alastair Blunt es británico?

Sí.

¿Y cuánto tiempo piensa quedarse en Reino Unido?

Hasta el domingo por la mañana.

¿Qué va a hacer durante su estancia?

Ver a mis amigos.

¿Solo durante dos noches?

Sí.

¿Y luego?

Vuelo a Estambul.

¿Su hermano vive en Estambul?

No.

¿Dónde vive?

En Iraq.

¿Y va a ir a Iraq a visitarlo?

Sí.

¿Cuándo?

El lunes.

¿Cómo?

En coche desde Diyarbakır.

¿Y cuánto tiempo va a estar usted allí?

¿En Diyarbakır?

No, en Iraq.

Hasta el día quince.

¿Y luego?

Volveré a Estados Unidos.

¿Qué hace allí?

¿En Estados Unidos?

Sí.

Acabo de terminar mi tesis.

¿Sobre?

Economía.

¿Y ahora está buscando trabajo?

Sí.

¿A qué se dedica el señor Blunt?

Es periodista.

¿Qué tipo de periodista?

Corresponsal extranjero.

¿Y se queda en su casa?

Sí.

¿En esta dirección?

Sí.

¿Solo durante dos noches?

Sí.

¿Ha estado antes en Reino Unido?

Sí.

Su pasaporte no tiene ningún sello.

Es nuevo.

¿Qué le pasó al anterior?

La lámina se despegó.

¿Cómo dice?

Esta parte se levantó.

¿Cuándo fue la última vez que estuvo aquí?

Hace diez años.

¿Con qué motivo?

Vine como becario de un consejo de bioética.

¿Tiene visado?

Sí.

¿De trabajo?

Sí.

¿Lo lleva encima?

No.

¿Lleva encima su billete a Estambul?

No.

¿Por qué no?

Es electrónico.

¿Itinerario?

No lo he impreso.

Muy bien, señor Yaafari. ¿Quiere hacer el favor de sentarse?

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Fui concebido en Karrada, pero nací en las alturas, por encima del codo del cabo Cod. El único médico a bordo era mi padre, hematólogo y oncólogo, que la última vez que había asistido a un parto fue en la Facultad de Medicina de Bagdad, en 1959. Para esterilizar las tijeras con las que cortó el cordón umbilical, utilizó un trago de whisky de una petaca. Para hacerme respirar, me golpeó las plantas de los pies. Alhamdulillah!, exclamó una de las azafatas, al ver que era varón. ¡Ojalá lleguen a ser siete!

Al llegar a este punto del relato, mi madre solía poner los ojos en blanco.

Durante muchos años, esto me lo tomé como desdén por el favoritismo hacia el género masculino que había en su país, si no como puro alivio por haberse librado de tener otros cinco hijos, del sexo que fuesen. Luego mi hermano, que cuando yo nací tenía nueve años, propuso una teoría diferente: ponía los ojos en blanco porque las azafatas se pasaron todo el vuelo inclinándose por encima de ella para encenderle los cigarrillos a Baba. Según la versión de Sami, también el whisky pertenecía a nuestro padre.

Respecto a la cuestión de mi nacionalidad, los funcionarios de inmigración le estuvieron dando vueltas durante tres semanas. Mis padres habían nacido en Bagdad (lo mismo que Sami, nacido el mismo día que Kusay Husein). El avión en cuestión pertenecía a las líneas aéreas iraquíes y, en opinión de Naciones Unidas, los nacidos durante un vuelo se consideran nacidos en el país en el que esté registrado el aparato. Por otro lado, nos estábamos mudando a Estados Unidos en una época de relativa cordialidad e incluso hoy un bebé que nace en espacio aéreo estadounidense tiene derecho a la ciudadanía, sea quien sea el propietario del aparato. Al final, me concedieron las dos: dos pasaportes con dos colores y tres lenguas, aunque mi árabe está muy oxidado y no aprendí ni una palabra de kurdo casi hasta los veintinueve.

Así que dos pasaportes, dos nacionalidades, ningún suelo natal. Una vez oí decir que, tal vez para compensar la falta de raíces, los bebés que nacen en aviones vuelan gratis en la línea aérea que los alumbró toda su vida. Y es una idea atractiva: la cigüeña que te trae al mundo sigue a tu disposición

para que vayas donde quieras, hasta que te llega la hora de volver a la gran marisma celeste. Pero, que yo sepa, a mí nunca me ofrecieron dichas ventajas. Tampoco es que me hubieran servido de mucho. Al principio desarrollamos todas nuestras actividades clandestinas sobre tierra, por Amán. Luego Iraq invadió Kuwait y a todo el que tenía pasaporte norteamericano se le prohibió montar en cigüeñas iraquíes durante un periodo que terminó siendo de trece años.

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¿Señor Yaafari?

Fui hacia ella.

Me gustaría volver a repasar con usted su itinerario. Viene de Los Ángeles, ¿verdad?

Sí.

Y ha reservado un vuelo a Estambul el domingo. ¿Correcto?

Sí.

¿Y sabe cuál es la compañía con la que vuela?

Turkish Airlines.

¿Y sabe a qué hora sale su vuelo?

A las siete cincuenta y cinco de la mañana.

¿Y qué pasa cuando llega a Estambul?

Hago una escala de unas cinco horas.

¿Y luego?

Vuelo a Diyarbakır.

¿Con qué compañía?

Con Turkish Airlines otra vez.

¿A qué hora?

No lo sé exactamente. Creo que sobre las seis.

¿Y luego?

Llego a Diyarbakır y me recoge un chófer.

¿Quién es ese chófer?

Un conocido de mi hermano.

¿De Iraq?

De Kurdistán, sí.

¿Y adónde le va a llevar el chófer?

A Solimania.

Donde vive su hermano.

Exacto.

¿Cuánto tiempo dura el viaje?

Unas trece horas.

¿Pero usted no ha visto a este hombre antes?

¿Al chófer? No.

¿No es peligroso?

Potencialmente.

Debe de tener usted muchas ganas de ver a su hermano.

Me reí.

¿Qué tiene tanta gracia?, preguntó la funcionaria.

Nada, dije. Sí, tengo muchas ganas.

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Nuestra primera casa en Estados Unidos estaba en el Upper East Side.

Era un apartamento de alquiler de un dormitorio en un quinto piso sin ascensor de un viejo edificio propiedad de la Facultad de Medicina de Cornell, para la que mi padre había empezado a trabajar. Sami dormía en el sofá. Yo dormía en una incubadora de un hospital neoyorquino. Cuando alcancé los dos kilos doscientos y mi madre se puso intratable con que la verticalidad proliferante de Manhattan no era lugar para criar niños, nos mudamos a Bay Ridge, donde el estipendio para vivienda que recibía mi padre daba para pagar la segunda planta entera de una casa de dos plantas, con gardenias en las jardineras y una terraza larga y soleada que acababan de cubrir con césped artificial. Mi primer recuerdo tiene lugar en esa terraza; me acababa de despertar de la siesta, alargué la mano para tocar a un gato que exhibía sus habilidades de funambulista en la barandilla de hierro y fui recompensado con un zarpazo sibilante en la cara. No menos de siete polaroids de mi mejilla rasgada atestiguan esa parte del recuerdo, aunque a veces me pregunto si he confundido despertarme de la siesta con el mero emerger de cuatro años de amnesia infantil. Mi madre dice que fue el mismo día en que Sami y ella me llevaron a la ciudad a ver Peter Pan. Lo único que recuerdo de aquello es a Sandy Duncan, que parecía estar crucificada a los cables que la sujetaban, lanzándose hacia nosotros, pero eso es todo, una sola diapositiva mental que desde luego no habría vinculado a la cicatriz de mi mejilla sin que me lo hubieran señalado.

Todo esto plantea una pregunta: ¿por qué mi madre me llevó a ver un espectáculo de Broadway si yo era demasiado pequeño para recordarlo luego?

La última vez que vi a mi hermano, a principios de 2005, me dijo que los padres no tienen modo de saber cuándo se despiertan los recuerdos de sus hijos. También me dijo que el olvido de nuestros primeros años nunca se cura del todo. Lo que recordamos de la vida son, si acaso, instantes.

¿Qué es lo que no recuerdas?, pregunté.

Más bien qué es lo que sí recuerdo. ¿Qué recuerdas tú del año pasado?

¿De 2002? ¿De 1994? No me refiero a los titulares. Todos recordamos

hitos, trabajos. El nombre del profesor de Lengua de primero. Tu primer beso. ¿Pero qué es lo que pensabas, día tras día? ¿Qué decías? ¿Con quién te encontrabas en la calle o en el gimnasio y de qué manera reafirmaban o afectaban esos encuentros la idea que tienes de ti mismo? En 1994, cuando seguía en Hay al-Yihad, yo me sentía solo, pero no estoy seguro de que entonces me diera cuenta. Me compré un cuaderno y empecé un diario; una entrada normal diría algo así: ‘Escuela. Kebabs con Nawfals. Bingo en el Club de Caza. Cama’. Ninguna sensación. Ninguna emoción. Ninguna idea.

Todos los días terminaba con ‘cama’, como si pudiera haber aspirado a otra forma de concluir el ciclo. Es probable que entonces me dijese: Mira, si vas a dedicarle tiempo a esto, hazlo bien. Escribe lo que sientes, lo que piensas, lo que de verdad distinga cada día, si no, ¿qué sentido tiene? Debí de decirme eso porque, al cabo de un tiempo, las entradas del diario se fueron alargando, se volvieron más detalladas y analíticas. La más larga contaba una discusión que al parecer tuve con Zaid acerca de Claudia Schiffer. Y

por lo menos una vez escribí unas líneas insufribles sobre cómo habría sido mi vida si no hubiese vuelto a Iraq. Pero hasta esos pasajes posteriores están acartonados, como si me preocupase por lo que le podrían parecer a otra persona. Y después de seis semanas más o menos lo dejé, metí el cuaderno en una caja y no volví a abrirlo en veinte años. Cuando lo hice, me tuve que obligar a leerlo. Mi caligrafía parecía tan infantil, tan estúpida. Mis ‘ideas’

daban vergüenza. Lo más desconcertante era cuánto de lo que había escrito me resultaba irreconocible. No recuerdo discutir con Zaid. No recuerdo pasar tantos viernes por la tarde en el Club de Caza. No recuerdo haber deseado nunca, y no digamos haberme planteado, una vida distinta en Estados Unidos. ¿Y quién es esa Leila que tomó té conmigo un martes

‘fresquito’ de abril? Es como si hubiera estado inconsciente durante semanas enteras.

Le pregunté por qué había empezado a escribir un diario.

Tal vez, dijo, mi sentimiento de soledad era demasiado profundo. Tal vez pensé que, si dejaba algo por escrito, un registro en tinta de mi existencia, contrarrestaría mi…, mi desaparición. Mi supresión. Ya sabes lo que dicen: deja tu huella en el mundo. Pero en serio te lo digo, hermanito, ese cuaderno es una huella muy penosa.

En todo caso, desde entonces has dejado otras huellas.

Sami asintió.

Sí, huellas pequeñas.

Y ahora tienes a Zahra.

Esto fue hace cuatro años en el patio trasero de mi hermano en Solimania, donde, aunque estábamos a principios de enero, hacía casi 16

grados centígrados. Comíamos dátiles de un cuenco que nos íbamos pasando y tirábamos los huesos a los parterres de azafrán, que estaba empezando a brotar. Dos semanas después, Sami y Zahra se casaron. Ahora tienen una hija pequeña, Yasmine, que según Zahra tiene la misma boca que Sami, pero los mismos ojos que yo. Estoy de acuerdo en lo de la boca. Es una boca ancha que se alza un poco en las comisuras, incluso cuando no sonríe. Sin embargo, mis ojos tienen poco en común con los suyos más allá de un caprichoso tono verde. Los míos suelen tener una expresión escéptica, con el ceño fruncido, mientras que los de Yasmine parecen estar constantemente inmersos en una melancolía prodigiosa. Entre la boca respingona y el arco quejumbroso de los ojos, es como si llevara puestas al mismo tiempo las dos máscaras del teatro. Hace poco puse una foto de ella de salvapantallas en el portátil y, todas las mañanas, cuando me siento y lo abro, creo detectar que de la noche a la mañana se ha producido en el rostro de mi sobrina un ligero ajuste de la proporción entre la comedia y la tragedia. Parece poder expresar un espectro de emociones amplísimo, unas emociones que parecerían imposibles si no fuese tras muchos años de observación y experiencia… y, sin embargo, solo tiene tres años, lo que hace que me pregunte si, de vez en cuando, no hay alguien que nace con la memoria ya encendida y nunca olvida nada.

¿Qué es lo que yo no recuerdo? Un montón. Contemplar en su conjunto las lagunas que tengo me corta la respiración. Aunque, según mi experiencia, tampoco funciona escribir las cosas, excepto quizá desde el punto de vista de que cuanto más tiempo pasas escribiendo, menos tiempo dedicas a hacer aquello de lo que no te quieres olvidar.

Se podría pensar que no hay nadie más difícil de borrar que mi hermano.

Un hombre alto y fornido, de aspecto todavía más alto y robusto cuando lleva la bata blanca, que habla con una voz sonora, da voz a opiniones rotundas y necesita unas cuatro comidas completas al día. Cuando me habló de lo de impedir su desaparición, me reí. Le dije que me recordaba a El increíble hombre menguante, cuando Grant Williams sale por uno de los agujeros del bastidor metálico de la ventana y le suelta su monólogo final a

una imagen fija de la Vía Láctea que poco a poco va invadiendo la pantalla: Tan cerca, lo infinitesimal y lo finito… El más pequeño entre los pequeños.

¡Para Dios el cero no existe! ¡Yo sigo existiendo! Pero ¿quién desaparece?

No un hombre que se ríe a carcajadas. No un hombre cuyas manos, cuando toca el piano, hacen que una octava parezca un centímetro. La última vez que vi a mi hermano, recostado como un gigante en una silla de plástico de jardín, sonrió y se sacudió de los bíceps unas partículas invisibles, luego alzó la vista y oteó las nubes, que se dirigían fugazmente hacia el oeste como un éxodo a través del cielo kurdo. En aquel momento se parecía tanto a una criatura que ejercía su propio poder sobre el mundo, y no al revés, que me pareció ridícula la idea de que si no conseguía apuntar la hora a la que se acostaba ni lo que ganaba en el bingo pudiera desaparecer. Pero entonces desapareció.

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Cuando llevaba sentado otros veinticinco minutos, me levanté y le pregunté a una de las funcionarias si podía ir al lavabo. Era una mujer joven con un hiyab lavanda y máscara de pestañas negra y espesa que les daba a los ojos, por lo demás agradables, aspecto de arañas. Con escepticismo, trajo a un colega varón para que me acompañara. El hombre era bastante más bajo que yo y, por alguna razón, me siguió como a un metro de distancia, así que tuve la sensación de estar llevando a un niño pequeño al lavabo, en lugar de ser yo el escoltado.

Mi acompañante apretó el paso cuando pasamos por un control que estaba desprotegido. La verdad, habría que estar realmente desesperado para intentar saltarse un control de pasaportes sin pasaporte. Y aunque uno se colase sin que lo detuviesen, ¿qué haría entonces, atrapado en Inglaterra sin pasaporte? ¿Pasar contrabando o estar tirando pintas de cerveza en algún lugar de provincias hasta que muriese? Me habían quitado el mío y a cambio me habían dado media hoja de papel que confirmaba mi condición de retenido. Ahora iba al lavabo con aquella hoja entre las manos, como si contuviera las instrucciones que necesitaba para orinar y tirar de la cadena.

En lugar de esperar fuera, mi escolta me siguió y, tras ofrecerse a sujetarme el papel, permaneció al lado de los lavabos, haciendo tintinear las monedas que llevaba en el bolsillo mientras yo vaciaba la vejiga y luego me tomaba mi tiempo para enjabonarme, aclararme y secarme las manos. Era un entretenimiento. Mirar los mensajes del móvil habría sido también un entretenimiento, pero no tenía señal. Cuando volvimos a mi asiento, mi escolta asintió sin decir palabra y volvió a su puesto junto a la cola de ciudadanos de la Unión Europea. Delante de mí, no dejaban de presentar, desplegar, examinar, sellar y devolver pasaportes, después de verificar su autenticidad, y los propietarios ya iban pensando en la logística de la recogida de equipajes y en la continuación de su viaje. Entretanto, a la mujer que me había quitado el pasaporte no se la veía por ninguna parte.

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Para acceder a la terraza de césped artificial, había que apretarse y pasar por el estrecho espacio que había en una habitación que contenía una sola cama individual y un piano vertical. La cama era de Sami. El piano estaba allí cuando nos mudamos. El hueco que había entre los dos era tan estrecho que mi hermano podía tocar la octava más alta del teclado solo con alargar el brazo mientras estaba acostado.

El piano tenía una forma sencilla de caja y estaba hecho de una madera oscura llena de muescas que el sol de media mañana había vuelto rojiza.

Era un Weser Bros. antiguo, rehabilitado en la Segunda Guerra Mundial, cuando no bastaban para satisfacer la demanda los pianos nuevos que se construían y los fabricantes tuvieron la idea de restaurar modelos usados con brazos, patas, placas de teclas y rodillos nuevos; también ocultaron las clavijas de afinación en la parte superior con una larga tapa espejada para que el instrumento pareciese más pequeño. El espejo del nuestro tenía una raja en diagonal en una de las esquinas y gran parte de la superficie se había ido moteando con el tiempo. Creo que fue Saul Bellow quien dijo que la muerte es el reverso oscuro que un espejo necesita para que podamos vernos en él; ¿qué se hace entonces con toda la oscuridad que ya va trasluciendo?

Digo que era el piano de Sami, pero, en sentido estricto, era de nuestros caseros, Marty Fish y Max Fischer, que vivían abajo.

Fischer era el primer violín de la Filarmónica de Nueva York. Fish tocaba el piano en un bar musical del West Village frecuentado por gente que disfrutaba escuchando temas populares destrozados por borrachos que los coreaban. Los Yaafari nos referíamos a los dos hombres como los Peces[12]

y a Marty solo como Barbo, porque a mi hermano su extraordinaria forma ovoide le recordaba a las carpas que los pescadores de Bagdad abrían por la mitad y asaban en el Tigris. Maxwell Fischer, por su parte, era, de forma incontestable, demasiado distinguido como para tener mote. Era bávaro y titulado por el Conservatorio de París, se acicalaba con devoción y daba sus paseos matutinos con unas corbatas con estampado de cachemira que en las calles de Bay Ridge resultaban tan exóticas como liarse al cuello una cobra

india. Tenía la voz aguda y suave y un acento alemán marcado que le daba a todas sus conversaciones un aura filosófica. Siempre sabíamos cuándo estaba en casa porque, en lugar de los sonidos apagados de Stephen Sondheim o Marvin Hamlisch, que indicaban que Barbo estaba luchando contra un bajón anímico, llegaban flotando los compases virtuosos de Elgar o de Janáček, cuyo sonido venía o bien de un par de altavoces de alta fidelidad que apreciaba mucho o bien del Stradivarius de Fischer en manos del propio Fischer, un violín del que alardeaba y que pulía como si fuera un instrumento quirúrgico. Barría el vestíbulo del edificio una vez al día y los sábados dedicaba tanto tiempo a pasar el aspirador que media hora después el silencio seguía resonando en los oídos. Me acabó resultando natural quitarme los zapatos cada vez que entraba en el piso de los Peces, mucho antes de que, cada vez que entraba en una mezquita, ya no tuvieran que decirme que me los quitara. Pero toda aquella pulcritud doméstica era cosa de Fischer. De haber vivido solo, Barbo habría dejado que el polvo se amontonase y que la ropa que había que planchar formara un montículo de colores pastel sobre el suelo del dormitorio. Lo único que Barbo limpiaba de manera voluntaria era su réplica al violín de Fischer: un Steinway de ébano de Makassar que con sus dos metros de longitud hacía que el salón pareciera más pequeño y que fue el motivo por el que relegaron el viejo Weser Bros. al piso de arriba.

La tendencia de nuestra madre a mitificar nuestra infancia podría hacer creer que Sami, que nunca había tocado un instrumento musical hasta entonces, se había sentado delante de aquel piano por primera vez en su vida y al atardecer ya sabía tocar alguna bagatela. Yo no creo que fuera exactamente así. Es probable que una versión más exacta tuviese que empezar con un hecho que ha desconcertado mucho a mis padres, y hasta cierto punto a mí también, y es que a mi hermano no le gustaba vivir en Estados Unidos. Casi desde el principio se quejaba de que echaba de menos a sus amigos de Bagdad y con toda intención se quedaba atrasado en los estudios, aunque no fuera menos inteligente que sus compañeros y desde que tenía tres años hablase inglés tan bien como hablaba árabe. En casa se mostraba taciturno y perezoso, se levantaba del sofá solo para comer o fumar marihuana en las pistas de baloncesto del parque con una chica de Trinidad que vivía detrás de la sinagoga de la calle contigua. Entonces, una tarde que Barbo había subido a arreglar una cañería, se entretuvo con el

Weser Bros. el tiempo suficiente para sacar los primeros compases de Bohemian Rhapsody y Sami se levantó del sofá y le pidió que lo hiciera otra vez. Media hora después, el desagüe de la cocina seguía goteando mientras Sami y Barbo estaban sentados al piano, cadera con cadera. Sami se mordía el labio y Barbo tarareaba sus correcciones, le colocaba bien los dedos a Sami y golpeaba con indignación la pegajosa tecla blanca del re central. Así nos los encontraríamos casi todos los miércoles por la tarde a partir de entonces, en verano sus siluetas contra la terraza, en invierno con sendas tazas de té que empañaban el espejo picado. En teoría no se podía ensayar pasadas las diez y media de la noche, pero Sami solía esperar a que el otro extremo del piso quedase del todo a oscuras y entonces volvía a tocar con un pie en el pedal de sordina y la cabeza agachada muy cerca del teclado, como si pudiera aspirar el sonido con la oreja. Naturalmente, tocar el piano sin hacer demasiado ruido solo es posible hasta cierto punto. Lo mismo sucede al intentar susurrar una canción. Pero nadie se atrevía a desanimar a mi hermano; él no era feliz y mis padres se sentían culpables.

Por lo menos al tocar el piano no era un perezoso.

Él tampoco era ambicioso en el sentido más convencional. No daba recitales. No actuaba. Para Sami, el objetivo de tocar era sencillamente tocar, reunir los dedos con las teclas, uno tras otro o arracimados como cerezas, y disfrutar del resultado como quien disfruta escuchando un cuento. En su minúsculo dormitorio, que más que un lugar al que llegar era un lugar de paso, mi hermano se encorvaba sobre el piano con algo que se parecía a la necesidad sofocante que atrapa a los fumadores empedernidos, a los glotones o a las personas que mueven nerviosas las rodillas. Quizá le absorbiera alguna energía nerviosa. Quizá amortiguase algún dolor. No lo sé. La forma en que recorría las partituras podía parecer incluso un despilfarro, casi nunca tocaba una melodía más de dos veces y prefería seguir adelante: otra sonata, otro concierto, otra mazurca, nocturno o vals.

Como si las notas formaran parte de una corriente infinita y Sami fuera el alambre de cobre por el que estas deseasen fluir. Por supuesto, de vez en cuando tropezaba con un pasaje difícil y lo tocaba de nuevo, pero esto sucedía menos de lo que cabría esperar. Y nunca, ni una sola vez (no puedo ni llegar a imaginármelo), gritó o le dio puñetazos a las teclas por haber perdido la paciencia. Siempre le he envidiado a mi hermano su relación con

aquel piano. Es fácil reconocer a alguien que ha sido depurado por el tiempo.

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Cuando llevaba sentado cuarenta minutos con el impreso en la mano, me levanté y le pregunté a la mujer del hiyab lavanda si se me permitía hacer una llamada.

¿Quién se encarga de usted?

No me he quedado con el nombre. Es rubia, con el pelo por aquí…

Denise. Déjeme ver si la encuentro.

Mi asiento seguía caliente.

Llevaba conmigo algo de material de lectura extracurricular sobre la teoría poskeynesiana de los precios, pero en lugar de abrirlo observaba a otros pasajeros llegar al final del laberinto metálico. Al final del recorrido, un hombre con turbante y una insignia colgada por una cinta al cuello dirigía hacia un mostrador a cada grupo nuevo o a cada viajero solitario. La gente avanzaba arrastrando los pies, con trajes y saris, tacones de aguja y pantalones de chándal, empujando cochecitos de bebé o cargando con almohadillas para el cuello, maletines, ositos de peluche y bolsas de compras festoneadas con acebo y lazos navideños en dos dimensiones. A veces solo sellaban un pasaporte, otras veces se oía una rápida sucesión en la que se sellaban dos o tres o cuatro pasaportes; como en las bibliotecas, hace ya mucho. El ritmo general de la gente que avanzaba y de los sellos que se estampaban tenía una especie de cadencia prolongada, como una improvisación de jazz que, pese a sus desviaciones, nunca perdiese el compás.

Entonces una mujer menuda que iba sola no pudo seguir avanzando. El cabello negro le llegaba por los hombros. Se quedó de pie delante del mostrador al que la habían mandado, con timidez, como si intentara volverse invisible. Asentía a todo lo que decía el funcionario de extranjería.

Asentía incluso cuando, a juzgar por la cara del funcionario, no había entendido la pregunta. No llevaba equipaje, solo un pequeño bolso de satén bordado que sujetaba con las dos manos delante de sus caderas como si fuese una hoja de parra. El funcionario la miraba con amabilidad, aunque también con intensidad, como si intentase sostenerla con los ojos.

Cuando el funcionario le dio a la chica media hoja de papel como la mía, ella se dio la vuelta para sentarse y vi que era china.

No habían pasado ni cinco minutos cuando su funcionario volvió. Me sentó mal que aquello sucediese tan rápido, mientras que mi funcionaria se estaba tomando su tiempo.

El primer funcionario le dijo a una segunda:

Dile que estás aquí para traducir.

La intérprete se tiró de los pantalones y se agachó para hablar con la chica con unos sonidos breves y nasales que a mí me habrían sonado igual si hubiesen sido ese mismo idioma pero reproducido al revés. La chica asentía.

Dile que no se ha metido en ningún problemas, que solo nos preocupa su bienestar y que tenemos que hacerle unas preguntas antes de dejarla pasar.

La segunda funcionaria volvió a hablar y la chica asintió.

¿Cómo se llama su escuela aquí en Reino Unido?

La joven sacó un papel del bolso.

El funcionario señaló y dijo: ¿De quién es este número?

De su profesor.

¿Quién es su profesor?

‘El profesor Ken.’

¿El profesor Ken la ha ayudado a conseguir el visado?

Sí.

¿No sabe el nombre de la escuela del profesor Ken?

‘La escuela Ken.’

¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

Seis meses.

¿Tiene vuelo de vuelta?

No, pero comprará un billete.

¿Dónde va a vivir?

El profesor Ken tiene una casa.

¿Dónde?

No lo sabe.

¿Cuánto dinero tiene?

El profesor Ken le ha dado una beca.

¿Saben sus padres que está aquí?

La chica asintió.

¿Tienen número de teléfono? ¿Un número al que podamos llamar?

La chica sacó un Nokia rosa y se lo mostró a la intérprete, que anotó algo.

Dile que no se ha metido en ningún problema. Que lo único que nos preocupa es que parece haber venido sin tener dónde quedarse y sin apenas hablar inglés.

Después de que la intérprete se lo tradujera, la chica habló de corrido por primera vez, en un tono agudo y apresurado, como para evitar el pánico.

Luego se calló de repente y los dos funcionarios parecían no saber si había terminado.

Dice que ha venido a estudiar inglés, dijo la intérprete. Su familia sabe que está aquí. Tiene una beca del profesor Ken, que le ha tramitado el visado, y cuando haya recogido el equipaje se supone que tiene que llamar a este número y el profesor Ken vendrá a recogerla.

El primer funcionario frunció el ceño. Dile que va a tener que esperar un poco. Dile que no se preocupe por nada, que no se ha metido en ningún problema, que solo nos preocupa su seguridad y que tenemos que hacer unas comprobaciones generales. Queremos asegurarnos de que está en buenas manos.

Cuando la intérprete terminó de hablar, la chica gimoteó.

Dile que no se ha metido en ningún problema, repitió el funcionario, con más amabilidad que antes, pero esta vez la chica, que seguía gimoteando, no pareció haberle oído.

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Según Calvin Coolidge, la economía es el único método mediante el cual nos preparamos hoy para conseguir las mejoras de mañana. Se piense lo que piense de Coolidge, esa afirmación parece más o menos acertada. Cuando me topé con ella por primera vez, poco después de empezar el curso de posgrado, pensé: Por fin voy a dedicarme a una profesión que encaja con mi neurosis.

Esto es porque siempre le estoy dando vueltas a la cuestión de cómo me voy a sentir más adelante en función de lo que esté haciendo ahora. Más adelante hoy. Más adelante esta semana. Más adelante en esta vida que se empieza a parecer a una serie de actividades diseñadas para hacerme sentir bien más adelante, no ahora. Saber que me voy a sentir bien más adelante hace que me sienta bastante bien ahora. Calvin Coolidge me daría su aprobación, pero, según mi madre, existe otro término para una manera de vivir tan superregulada, cuya traducción aproximada sería no saber vivir como un perro.

Serías más feliz, ha dicho alguna vez, si te parecieras más a tu hermano.

Sami vive en el presente, como un perro.

A propósito, el nombre de mi hermano significa alto, noble o elevado, rasgos que uno difícilmente asociaría a un animal que va oliendo culos y que caga a la vista de todo el mundo. Pero supongo que mis padres, cuando le pusieron el nombre, no podrían haber predicho su espontaneidad canina, ni podrían haber sabido que al que nombraron formar un hogar cuando se hiciera mayor no tendría en su frigorífico más que siete sobres de salsa de soja y un cartón de huevos caducados.

En diciembre de 1988, en un vuelo de Bagdad a Amán, hubo dos temas que nuestros padres nos prohibieron sacar con los interlocutores iraquíes: Sadam Husein y el piano de Sami, por no hablar de los diez años de clases de música que le había dado el casero homosexual que vivía debajo. El tema del que mis tías y tíos preferían tratar en la mesa de la cocina de casa de mi abuela era, con diferencia, la exótica vastedad de mi condición de estadounidense: mi acento de Brooklyn, mi camiseta de Don Mattingly, mi inmaculado pasaporte azul marino y mi partida de nacimiento en relieve

expedida por la ciudad de Nueva York. Esta última implicaba, por supuesto, que tenía derecho a presentarme algún día a la presidencia de Estados Unidos. Mientras Sami y yo practicábamos malabares con naranjas en el jardín con nuestros primos, nuestros mayores hablaban de esa posibilidad con la sobriedad y la trascendencia de una reunión del G7. Presidente Yaafari. Presidente Amar Alá Yaafari. Presidente Barack Hussein Obama.

Supongo que no hay uno que suene mucho más improbable que el otro. Y, sin embargo, a los doce años yo sabía de sobra que la verdadera esperanza de mis padres era que hiciera lo que hicieron ellos y lo que se esperaba que casi seguro fuera a hacer mi hermano, es decir, ser médico. A un médico se le respeta. Un médico nunca se queda sin trabajo. Ser médico te abre puertas. A mis padres la economía también les parece respetable, pero

¿digna de confianza? No. Incomprensible, según mi padre. Y aunque es más probable alcanzar el despacho presidencial con un doctorado en Económicas que con una licenciatura en Medicina, mi madre ya no menciona mi elegibilidad, tal vez porque cree que ese cargo no le conviene a un hombre que es en gran medida incapaz, excepto de manera ocasional y por casualidad, de evadirse de una conciencia entrenada para saber cómo le va a hacer sentir más adelante cada acción que emprenda.

Tío Zaid y tía Alia vinieron por Navidad con sus cuatro hijas, las cuales, en fila y con los hiyabs rojos conjuntados, parecían un juego de muñecas rusas. Diez años antes me había sentado en el regazo de la mayor, Rania, con un pañal puesto, y ella me había dado de comer uno a uno los granos de color rubí de una granada. Ahora era mayor, demasiado bonita para mirarla directamente, igual que uno evita mirar al sol. Cuando entró en la cocina, se fue directa a mi hermano y le dijo: BeAmrika el dunya maqluba! Amrika es América. Maqluba significa ‘al revés’, y por eso también es el nombre de un plato de carne y arroz que se hornea en una fuente y al que se le da la vuelta antes de servirlo. El dunya maqluba significa ‘el mundo está del revés, expresión que suele usarse para describir a personas o lugares en un estado de gran excitación, rayano en el caos. Mi hermano se echó a reír. Así es América en Navidad. ¡Hoy en día en América el mundo está del revés!

Lo que esto traía a la memoria era una de aquellas ilustraciones sobre la paz mundial o sobre la armonía a pesar de la diversidad: gente de distinto color dándose la mano como una cadena de muñecos de papel y dando la vuelta

al mundo. Solo en este caso, por una vez, era a los que estaban en América a quienes se les subía la sangre a la cabeza.

Según la cartografía moderna, las antípodas de mi dormitorio de Bay Ridge están en una ola del océano Índico a varios kilómetros al sudoeste de Perth, pero para un niño de doce años que viaja al extranjero por primera vez desde que era un bebé, bien podrían haber estado en el cuarto que tenía en casa de mis abuelos en Hai al-Yiha y que compartía con tres primos cuyos padres habían emigrado poco después de que nacieran sus hijos. (Mi padre y Zaid eran los mayores de doce hermanos: cinco se han ido de Iraq, cuatro se han quedado y tres han muerto.) Si alguien nos hubiera escuchado mientras estábamos acostados en las literas y nos quejábamos de lo que echábamos de menos de casa, se habría creído que éramos unos casanovas de altos vuelos cumpliendo diez años de cárcel. Sabah y Ali, que vivían en Londres, estaban preocupados por si algún hombre con la edad legal para conducir les usurpaba a la novia. Husein, que vivía en Columbus, estaba atormentado porque no podía ver a los Bengals jugar contra los 49ers en la Super Bowl y porque íbamos a tardar diez días en enterarnos del resultado.

(Perdieron los Bengals.) Hoy ya puedes estar en la plaza Firdos de Bagdad y buscar en Google cómo van en ese preciso momento los Red Sox o los Yankees o el Manchester United o los Mongolia Blue Wolves; puedes mirar la temperatura que hace en Bay Ridge o en Helsinki, saber a qué hora es la pleamar en Santa Mónica o en Suazilandia o cuándo se va a poner el sol en Poggibonsi. Siempre está pasando algo, siempre hay algo de lo que estar al tanto, no hay horas suficientes para sentirse lo bastante al día. Mucho menos si también albergamos alguna ambición más noble. Hace veinte años, en cambio, en aquella Bagdad incomunicada, el tiempo pasaba muy despacio.

Una vez le oí decir a un director de cine que, para ser realmente creativo, hay que disponer de cuatro cosas: ironía, melancolía, sentido de la competitividad y aburrimiento. Al margen de mis deficiencias en las tres primeras áreas, aquel invierno en Iraq disfruté de tal abundancia de la cuarta que cuando volvimos a Nueva York había escrito mal que bien mi primer y único ciclo poético. ¿Qué más hice? Pasé horas y horas haciendo malabares, es decir, dejar caer y luego recoger naranjas en el patio trasero hasta que al anochecer ya no las veía. Con mi padre y Zaid visité las tumbas de los familiares enterrados en las afueras de Nayaf y por las noches nos

sentábamos en la cocina y yo hacía garabatos en los márgenes de la cantidad desmesurada de deberes que tenía para compensar los días lectivos que me estaba perdiendo, mientras el abuelo se sentaba a mi lado y pasaba muy despacio las páginas de Al-Thawra. Una noche me vio mientras le añadía detalles a un buque de guerra que se iba a pique. Si vas a ser presidente de Amrika, dijo, tendrás que hacerlo mejor.

Fui con Sami al zoo de Zawra y les tiramos cigarrillos encendidos a los chimpancés y nos reímos de lo humanos que parecían cuando fumaban. Mi hermano acababa de licenciarse en Georgetown, donde había sido presidente de la Asociación Premédica y había escrito una tesis sobre cómo contener la tuberculosis entre las personas sin hogar. Un poco en contra de aquellos cimientos, menos de una semana después de que llegásemos a Bagdad y sin reparo aparente adoptó el pasatiempo nacional no oficial iraquí de fumar Marlboro Reds como un carretero. Desde la azotea de la casa de mi abuela se veía el Tigris a lo lejos y mi hermano, mientras fumaba y miraba Karrada de reojo, me contó que, en las noches calurosas de verano de los años setenta, mis padres y él subían allí los colchones para dormir con el alivio de la brisa del río. No hacía calor la noche que oí la historia; tampoco había ningún colchón en la azotea, solo una vieja manta afgana que Sami se había echado al hombro y se había traído de la sala de estar. Mi hermano se tumbó tranquilamente a la luz de la luna, acarició el espacio que tenía a su lado y, mientras contemplábamos las estrellas, predijo que no faltaba mucho para que Iraq recuperase su gloria. Carreteras sin baches; puentes colgantes relucientes; hoteles de cinco estrellas; las ruinas de Babilonia, Hatra y las estelas de Nínive con su majestuosidad restituida y abiertas a las visitas sin la supervisión de guardias armados. Los recién casados pasarían su luna de miel en Basora en lugar de en Hawái. Se quedarían extasiados con las dolma y el chai y no con los gelato . Los escolares posarían ante el zigurat de Ur, los mochileros mandarían postales de la mezquita Al Askari, los jubilados meterían en su equipaje tarros de miel de Yusufiya protegidos con plástico de burbujas. Bagdad acogería los Juegos Olímpicos. Los Lions de Mesopotamia ganarían el Mundial. Espera y verás, hermanito. Tú espera. Olvídate de Disneylandia. Olvídate de Venecia. Olvídate de los sacapuntas con forma de Big Ben y del carísimo café crème junto al Sena. Ahora le toca a Iraq. Iraq ha terminado con la

guerra y vendrán de todas partes a ver su belleza y su historia por sí mismos.

Una vez me enamoré de una chica cuyos padres se habían divorciado cuando era muy pequeña. Me contó que, cuando su madre le dijo lo que iba a pasar (ellas dos y su hermana, entonces un bebé, se iban a mudar a otra casa al otro lado de la ciudad), le empezaron a preocupar cuestiones como qué te puedes llevar y qué no cuando te mudas. Una y otra vez le iba a pedir aclaraciones a su madre. ¿Puedo llevarme el escritorio? ¿El perro? ¿Los libros? ¿Los lápices de colores? Años después, un psicólogo le sugirió que aquella fijación con lo que podía y no podía llevarse quizá surgió porque ya le habían dicho lo que no podía llevarse: a su padre. ¿Y a qué podía aferrarse una niña pequeña si no era a su padre? Entonces no estaba preparado para evaluar la hipótesis, pero tenía mis dudas sobre la veracidad del propio recuerdo. Le pregunté a Maddie si no era posible que en realidad no recordara el momento real en el que preguntó aquellas cosas sino que, más bien, su madre le había contado la historia tantas veces que había adquirido el estatus de recuerdo de manera retroactiva. Al final, Maddie admitió que quizá el recuerdo había nacido en realidad del relato de su madre, aunque también me dijo que no veía la diferencia, ya que en ambos casos formaba parte de su vida y no iba a tomarse tantas molestias para engañarse a sí misma. También dijo que le sorprendía no recordar nada del momento real de separarse de su padre, a pesar de que fuese uno de los acontecimientos más críticos de su vida. Le pregunté qué edad tenía entonces. Cuatro, dijo. Cuatro para cinco. Como me parecía que mi memoria era superior y no se habría desprendido nunca de algo así, insinué que quizá Maddie fuese una de esas personas que no recuerdan nada de antes de los seis años. Yo por entonces era muy arrogante. No me sorprendería saber que cuando Maddie piensa en el tiempo que pasamos juntos, no recuerde haberme querido nada.

Años después volví a Bay Ridge después de licenciarme y mientras cenaba con mis padres, mi padre se puso a hablar de Schiphol, el aeropuerto de Ámsterdam. En concreto nos contó que, en neerlandés, schiphol significa cementerio de barcos, porque habían construido el aeropuerto en terreno ganado a un lago poco profundo célebre por sus muchos naufragios. Ya lo sé, papá, le dije, me lo contaste cuando tenía doce años. Me lo contaste cuando estábamos allí esperando el vuelo a Amán. No puede ser, dijo él. Lo

he leído esta misma tarde. Bueno, puede que te hayas olvidado de que ya lo sabías, dije, porque recuerdo con toda claridad que estábamos sentados en la terminal esperando para embarcar, mirábamos la pista y pensábamos en los barcos enterrados debajo. Recuerdo que me imaginé los barcos como esqueletos, con huesos iguales a los humanos: fémures, peronés y las gigantescas cajas torácicas que eran los cascos.

Mmm, dijo mi padre.

Poco después añadí:

O puede que fuera Sami. A lo mejor fue Sami quien me contó lo de los barcos. En ese momento, mi madre levantó la mano y dijo que era la primera vez que oía hablar de un cementerio de barcos. También nos recordó que en diciembre de 1988, cuando yo tenía doce años, Sami estaba convaleciente de una mononucleosis y se pasó las escalas del vuelo a Bagdad despatarrado sobre el equipaje o postrado en un asiento. Bueno, dije. Incluso así me lo podría haber dicho. O tal vez me lo dijo al volver, cuando pasamos por Schiphol camino a casa. Entonces mi madre me miró con una expresión dolida que un momento después se ablandó con algo parecido a la lástima por mí y por mi amnesia selectiva. Tu hermano, Amar, dijo muy tranquila, no estaba con nosotros cuando volvimos a casa.

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