Asimetría

Lisa Halliday · Capítulo 1 de 3 · parte 1/4

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Asimetría

Asimetría

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

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A Theo.

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I

Insensatez

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Todos vivimos unas vidas bufonescas bajo

una inexplicable condena a muerte…

MARTIN GARDNER, Alicia anotada

Alice empezaba a hartarse de estar sentada sola sin nada que hacer. De vez en cuando intentaba volver a leer el libro que tenía sobre el regazo, pero casi todos los párrafos eran largos, no había comillas ni guiones de diálogo y ella se preguntaba qué sentido tenía un libro sin comillas ni guiones de diálogo. Se estaba planteando (un tanto en vano, porque no se le daba bien terminar las cosas) si podría llegar a escribir un libro, cuando un hombre con rizos del color de la ceniza y un helado de cucurucho del Mister Softee de la esquina se sentó a su lado.

—¿Qué estás leyendo?

Alice se lo enseñó.

—¿Es el de las sandías?

Alice aún no había leído nada sobre sandías, pero de todos modos asintió.

—¿Qué más lees?

—Cosas viejas.

Se quedaron sentados en silencio, el hombre comiéndose su helado y Alice fingiendo que leía. Dos corredores, uno detrás del otro, se les quedaron mirando al pasar. Alice sabía quién era aquel hombre, lo supo en cuanto se sentó, por eso se le pusieron las mejillas del color de la sandía, pero estaba tan asombrada que solo podía seguir mirando fijamente, como si fuera un aplicado enanito de jardín, las infranqueables páginas del libro abierto sobre su regazo. Era como si estuvieran hechas de hormigón.

—Dime, ¿cómo te llamas? —dijo el hombre, levantándose.

—Alice.

—Alice, a la que le gustan las cosas viejas. Nos vemos.

El domingo siguiente estaba sentada en el mismo lugar, intentando leer otro libro, esta vez acerca de un volcán colérico y un rey flatulento.

—Tú —dijo él.

—Alice.

—Alice. ¿Por qué estás leyendo eso? Pensé que querías ser escritora.

—¿Quién ha dicho eso?

—¿No fuiste tú?

Le tembló un poco la mano al partir una onza de chocolate y ofrecérsela.

—Gracias —dijo Alice.

—No se meguecen—contestó él.

Alice mordió el chocolate y lo miró perpleja.

—¿No conoces el chiste? Dos hombres van en avión por primera vez a Francia y uno le dice al otro: «Perdone, ¿cómo lo pronunciaría usted? ¿París o Paguís?». «Paguís», responde el otro pasajero. «Gracias», dice el primero, y el otro le contesta: «No se meguecen».

Alice, que seguía masticando, se rio.

—¿Es un chiste judío?

El escritor cruzó las piernas y juntó las manos sobre el regazo.

—¿Tú qué crees?

El tercer domingo, el hombre compró dos cucuruchos en Mister Softee y le ofreció uno. Alice lo aceptó, como había hecho con el chocolate, porque estaba empezando a gotear y porque, de todos modos, no es que los ganadores de varios premios Pulitzer vayan por ahí envenenando a la gente.

Se tomaron los helados y observaron a un par de palomas que picoteaban una pajita. Alice, cuyas sandalias azules hacían juego con los zigzags de su vestido, flexionó distraídamente un pie bajo el sol.

—¿Y bien, señorita Alice? ¿Te atreves?

Ella lo miró.

Él la miró.

Alice se rio.

—¿Te atreves? —repitió.

Alice le dio otro lametón al helado.

—Bueno, supongo que no hay ninguna razón para no hacerlo.

El escritor se levantó a tirar la servilleta y volvió a su lado.

—Hay un montón de razones para no hacerlo.

Alice lo miró con los ojos entornados y sonrió.

—¿Qué edad tienes?

—Veinticinco.

—¿Novio?

Ella negó con la cabeza.

—¿Trabajo?

—Asistente editorial. En Gryphon.

Él, con las manos metidas en los bolsillos, levantó un poco la barbilla y llegó a la conclusión de que aquello tenía sentido.

—Muy bien. ¿Damos un paseo el sábado que viene?

Alice asintió.

—¿Aquí a las cuatro?

Ella asintió de nuevo.

—Deberías darme tu número, por si surgiera algo.

Alice anotó su número de teléfono en el marcapáginas, mientras otro corredor reducía la velocidad para mirarlo a él.

—Has perdido la página —dijo el escritor.

—No importa —dijo Alice.

El sábado llovía. Alice estaba sentada en el suelo a cuadros del baño, tratando de atornillar bien el asiento del inodoro con un cuchillo de untar, cuando sonó el móvil: número oculto.

—¿Hola, Alice? Soy Mister Softee. ¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Dónde vives?

—En la Ochenta y cinco con Broadway.

—Anda, a la vuelta de la esquina. Podríamos comunicarnos con un par de latas unidas por un cordel.

Alice se imaginó que entre ellos había un cordel, arqueado como una comba gigante por encima de la avenida de Amsterdam, que temblaba cada vez que hablaban.

—Entonces, señorita Alice, ¿qué vamos a hacer? ¿Te gustaría venir y charlar un rato? ¿O prefieres que demos un paseo otro día?

—Voy.

—Vienes. Muy bien. ¿A las cuatro y media?

Alice anotó la dirección en un trozo de papel de propaganda. Se tapó la boca con la mano y esperó.

—La verdad, mejor a las cinco. ¿Nos vemos a las cinco?

La lluvia inundaba los pasos de peatones y le empapaba los pies. Los taxis, que salpicaban agua al subir por la avenida de Ámsterdam, parecían ir mucho más rápido que cuando la calzada estaba seca. El portero se colocó contra la pared en posición cruciforme a fin de hacerle sitio para que pasara y Alice entró resuelta, dando largas zancadas, resoplando y sacudiendo el paraguas. El ascensor estaba recubierto de arriba abajo de latón alabeado. O

bien los pisos eran muy altos o bien el ascensor se movía con mucha lentitud, porque tuvo tiempo de sobra para ponerle mala cara a esos infinitos reflejos, como de espejos de feria, y de preocuparse no poco por lo que iba a pasar.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, vio un pasillo con otras seis puertas grises. Estaba a punto de llamar a la primera cuando, al otro lado del ascensor, se entreabrió otra puerta y tras ella apareció una mano sosteniendo un vaso.

Alice aceptó el vaso, que estaba lleno de agua.

La puerta se cerró.

Alice dio un sorbo.

La vez siguiente la puerta pareció abrirse por sí sola, suavemente. Alice titubeó antes de avanzar con el vaso de agua por un pasillo corto que daba a una luminosa habitación blanca donde había, entre otras cosas, una mesa de dibujante y una cama de un tamaño fuera de lo normal.

—Enséñame el bolso —dijo él, tras ella.

Eso hizo.

—Ahora ábrelo, por favor. Cuestiones de seguridad.

Alice posó el bolso en la mesita de cristal que estaba entre ellos y lo abrió. Sacó su cartera, una cartera de hombre de cuero marrón, muy desgastada y rota. Una tarjeta de rasca y gana que le había costado un dólar, canjeable por la misma cantidad. Un protector labial. Un peine. Un llavero.

Una horquilla para el pelo. Un portaminas. Unas monedas sueltas y, por

último, tres tampones que sostuvo en la palma de la mano como si fuesen balas. Pelusa. Mugre.

—¿No tienes móvil?

—Lo he dejado en casa.

Él levantó la cartera y tiró de un pespunte que se había soltado.

—Esto es una vergüenza, Alice.

—Lo sé.

Él abrió la cartera y sacó una tarjeta de débito, otra de crédito, una tarjeta de regalo de Dunkin’ Donuts caducada, el permiso de conducir, el carné universitario y veintitrés dólares en billetes. Con una de las tarjetas en la mano, leyó:

— Mary-Alice.

Ella arrugó la nariz.

—Lo de Mary no te gusta.

—¿A ti sí?

Él miraba primero a la joven y luego la tarjeta, como intentando decidir qué versión de ella prefería. Luego asintió, dio unos golpecitos a las tarjetas para alinearlas, con una goma elástica de su escritorio sujetó las tarjetas y billetes y metió el taco en el bolso. Lanzó la cartera a una papelera de malla metálica que ya estaba forrada de un cono blanco de hojas mecanografiadas que había desechado. Durante un momento pareció irritarle lo que vio.

—Entonces, Mary-Alice… —Se sentó e hizo un gesto, invitándola a hacer lo mismo. El asiento de su sillón de lectura era de cuero negro y bajo hasta el suelo, como el de un Porsche—. ¿Qué más puedo hacer por ti?

Alice miró a su alrededor. Sobre la mesa de dibujo, un manuscrito nuevo esperaba a que él le prestara atención. Más allá, una puerta corredera de vidrio daba a un pequeño balcón resguardado de la lluvia por el del piso superior. Detrás de ella estaba la enorme cama, hecha con mucho esmero, como para guardar las apariencias.

—¿Quieres salir fuera?

—Vale.

—Nadie tira a nadie, ¿vale?

Alice sonrió y, todavía a metro y medio de él, le tendió la mano. El escritor bajó los ojos para mirarle la mano un momento largo e incierto, como si en la palma de la joven estuvieran detallados los pros y los contras de todos los apretones de manos que él hubiera dado.

—Pensándolo mejor —dijo entonces—, ven aquí.

Tenía la piel arrugada y fría.

Los labios eran suaves… pero luego, detrás, venían los dientes.

En la pared del vestíbulo de la oficina de Alice había no menos de tres certificados del Premio Nacional del Libro a nombre de él.

La segunda vez, cuando llamó a la puerta, pasaron unos cuantos segundos sin que nadie respondiese.

—Soy yo —le dijo Alice a la puerta.

La puerta se entreabrió y apareció una mano sosteniendo una caja.

Alice la cogió.

La puerta se cerró.

Lincoln, artículos de papelería, decía en la caja, con elegantes letras doradas. Dentro, bajo una sola hoja de papel de seda blanco, había una cartera de color burdeos con monedero y cierre.

—¡Dios mío! —dijo Alice—. Qué bonita es. Gracias.

—No se meguecen —dijo la puerta.

De nuevo, le dio un vaso de agua.

De nuevo, hicieron lo que hicieron sin deshacer la cama.

Él le puso una mano en cada seno por encima del jersey, como para silenciarla.

—Este es más grande.

—Vaya —dijo Alice, bajando los ojos con tristeza.

—No, no, no es una imperfección. No existen dos iguales.

—¿Como los copos de nieve? —sugirió Alice.

—Como los copos de nieve —convino él.

Desde su estómago hasta su esternón se extendía como una cremallera una cicatriz rosa. Otra cicatriz le bisecaba una pierna desde la ingle al tobillo. Por encima de la cadera otras dos formaban un acento circunflejo apenas visible. Y eso era solo por delante.

—¿Quién te hizo esto?

—Norman Mailer.

Mientras ella se ponía las medias, él se levantó para encender la tele y ver el partido de los Yankees.

—Me encanta el béisbol —dijo Alice.

—¿De verdad? ¿De qué equipo eres?

—De los Red Sox. Cuando era pequeña, mi abuela me llevaba todos los años al Fenway.

—¿Sigue viva tu abuela?

—Sí. ¿Quieres que te dé su número? Sois más o menos de la misma edad.

—Llevamos muy poco tiempo de relación como para que me ridiculices, Mary-Alice.

—Lo sé —se rio ella—. Perdona.

Vieron a Jason Giambi batear la sexta bola hacia el centro izquierda.

—Ah —dijo el escritor mientras se levantaba—. Casi se me olvidaba. Te he comprado una galleta.

Cuando se sentaban y se miraban el uno al otro, ante la mesita de comedor de cristal o ella en la cama y él en su sillón, Alice notaba que a él le latían las sienes muy levemente, como siguiendo el pulso del corazón.

Había pasado por tres operaciones de columna, lo que significaba que había cosas que podían hacer y otras que no podían hacer. Que no deberían hacer.

—No quiero que te hagas daño —le dijo Alice con el ceño fruncido.

—Es un poco tarde para eso.

Ahora usaban la cama. El colchón era de un material ortopédico especial que a ella le producía la sensación de estar hundiéndose lentamente en un trozo gigante de dulce de leche. Si volvía la cabeza, veía a través de unas ventanas de doble altura la silueta de los edificios del centro de la ciudad, abigarrados y solemnes bajo la lluvia.

—Ay, Dios. Ay, Jesús. Ay, Cristo bendito. Ay, por el amor de Cristo.

¿Qué estás haciendo? ¿Sabes… lo que… estás… haciendo?

Luego, mientras ella se comía otra galleta:

—¿Eso quién te lo ha enseñado, Mary-Alice? ¿Tú con quién has estado?

—Nadie. —Recogió una miga del regazo y se la comió—. Me imagino qué puede resultar agradable y lo hago.

—Desde luego, tienes mucha imaginación.

Él la llamaba sirena. Ella no sabía por qué.

Al lado del teclado había un papel blanco doblado en forma de tienda de campaña en el que había escrito:

Durante mucho tiempo eres un recipiente vacío, entonces crece algo que no quieres, algo se infiltra, algo que en realidad no eres capaz de hacer. El dios del azar crea en nosotros… Los empeños artísticos requieren mucha paciencia.

Y debajo de eso:

Creo que un artista no es más que una memoria poderosa que puede moverse a voluntad mediante ciertas experiencias laterales…

Cuando abrió el frigorífico, la medalla de oro de la Casa Blanca de él, colgada del tirador, hizo un ruido metálico al chocar contra la puerta. Alice volvió a la cama.

—No puedo ponerme un condón, cariño —dijo él—. Nadie puede.

—Está bien.

—¿Qué vamos a hacer entonces con las enfermedades?

—Bueno, confío en ti, si tú…

—No deberías confiar en nadie. ¿Y si te quedas embarazada?

—Por eso no te preocupes. Abortaría.

Más tarde, mientras ella se lavaba en el baño, él le acercó una copa de vino blanco.

Las galletas se llamaban Blackout y eran de la pastelería Columbus, por la que el escritor pasaba a diario durante su paseo. Él procuraba no comerlas. Tampoco bebía; había uno de los medicamentos que tomaba con el que no podía mezclar alcohol. Sin embargo, para Alice compraba botellas de Sancerre o de Puilly-Fuissé y, tras servirle lo que ella quería, volvía a

ponerle el corcho a la botella y la botella la ponía en el suelo, junto a la puerta, para que ella se la llevara a casa.

Una noche, después de darle algún mordisco a la galleta, Alice bebió un sorbo e hizo una delicada mueca de desagrado.

—¿Qué?

—Lo siento —dijo ella—. No quiero parecer una desagradecida. Pero es que, bueno, estas dos cosas no pegan mucho.

Él se quedó pensando un momento y entonces se levantó, fue a la cocina a por un vaso y una botella de Knob Creek.

—Prueba esto.

La miró con ansias mientras daba un bocado, luego un sorbo. El bourbon bajó por su garganta como una llamarada.

Alice tosió.

—Esto es el paraíso —dijo.

Otros regalos:

Un reloj de un precio muy razonable, analógico, sumergible.

Eau de parfum Allure de Chanel.

Una hoja de sellos de treinta y dos centavos de la serie Leyendas de la música norteamericana, en conmemoración de Harold Arlen, Johnny Mercer, Dorothy Fields y Hoagy Carmichael.

Una portada del New York Post de marzo de 1992, con el titular

«Inusitado acto sexual en la zona de calentamiento del estadio (Última edición)».

La octava vez, mientras estaban haciendo una de las cosas que se suponía que él no debía hacer, dijo:

—Te quiero. Te quiero por esto.

Luego, mientras ella se comía una galleta sentada a la mesa, él la contempló en silencio.

A la mañana siguiente:

NÚMERO OCULTO.

—Solo quería decirte que te habrá resultado extraño oírme decir eso, debes de haberte sentido confundida. Con- fun- di-da, no com- pun- gi-da, que tampoco es una mala palabra. Lo que te quiero decir es que te hablaba en serio en ese momento, pero eso no significa que tenga que cambiar nada.

No quiero que cambie nada. Tú haz lo que quieras y yo haré lo mismo.

—Por supuesto.

—Buena chica.

Cuando Alice colgó, estaba sonriendo.

Entonces lo pensó mejor y frunció el ceño.

Estaba leyendo las instrucciones que venían con el reloj cuando llamó su padre para informarle, por segunda vez aquella semana, de que ni un solo judío había ido a trabajar a las torres gemelas el día que se vinieron abajo.

Pero pasaron muchos días sin que el escritor la llamara. Alice dormía con el móvil al lado de la almohada y, cuando no estaba en la cama, lo llevaba consigo a todas partes: a la cocina cuando se servía una copa, al baño cuando iba al baño. Lo que también la sacaba de quicio era el asiento del inodoro, la manera en que se deslizaba hacia un lado cada vez que se sentaba.

Pensó en volver a su banco del parque, pero, en vez de eso, decidió dar un paseo. Era el Día de los Caídos y habían cerrado Broadway para poner una feria callejera. A las once de la mañana el barrio ya estaba lleno de humo y el aire chisporroteante de falafel, fajitas, patatas fritas, sándwiches de carne picada, mazorcas de maíz, salchichas al hinojo, buñuelos y masa frita del diámetro de un frisbee. Limonada helada. Exámenes gratuitos de columna. Nosotros, el Pueblo: administración de documentos jurídicos (divorcios, 399 dólares; quiebras, 199). En uno de los tenderetes de ropa bohemia de ninguna marca había un bonito vestido sin mangas de color amapola mecido por la brisa. Costaba solo diez dólares. El vendedor indio lo descolgó para que Alice se lo probase en la parte de atrás de la furgoneta, donde un pastor alemán de ojos húmedos la observaba con el morro sobre las patas.

Aquella noche, cuando ya se había puesto el pijama: NÚMERO OCULTO.

—¿Diga?

—Hola, Mary-Alice. ¿Has visto el partido?

—¿Qué partido?

—El de los Red Sox contra los Yankees. Los Red Sox han ganado catorce a cinco.

—No tengo televisor. ¿Quién lanzaba?

—Quién lanzaba. Todo el mundo lanzaba. Hasta tu abuela lanzó unas cuantas entradas. ¿Qué estás haciendo?

—Nada.

—¿Quieres venir?

Alice se quitó el pijama y se puso el vestido nuevo. Ya le había tenido que cortar un hilo con los dientes.

Cuando llegó al piso, solo estaba encendida la lámpara de la mesilla de noche y él estaba recostado en la cama con un libro y un vaso de leche de soja con chocolate.

—¡Es primavera! —exclamó Alice, quitándose el vestido por la cabeza.

—Es primavera —dijo él con un suspiro cansado.

Ella gateó como un lince hacia él por encima del edredón blanco como la nieve.

—Mary-Alice, a veces parece que tienes dieciséis años.

—Asaltacunas.

—Asaltatumbas. Cuidado con mi espalda.

A veces era como jugar a Operación, como si su nariz fuese a encenderse y su circuito a zumbar si ella no acertaba a extraer limpiamente el hueso del codo.

—Ay, Mary-Alice, estás loca, ¿lo sabes? Estás loca y lo sabes y por eso te quiero.

Alice sonrió.

Cuando volvió a su casa, solo había pasado una hora y cuarenta minutos desde que salió y todo estaba tal como lo había dejado, pero de algún modo el dormitorio le parecía demasiado luminoso y desconocido, como si perteneciera a otra persona.

NÚMERO OCULTO.

NÚMERO OCULTO.

NÚMERO OCULTO.

Le había dejado un mensaje:

«¿Quién disfruta más llevando al otro por el mal camino?»

Otro mensaje:

«¿No nota nadie el olor a sirena?»

NÚMERO OCULTO.

—¿Mary-Alice?

—¿Sí?

—¿Eres tú?

—Sí.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Qué haces?

—Leer.

—¿Qué lees?

—Nada interesante.

—¿Tienes aire acondicionado?

—No.

—Tendrás calor.

—Sí.

—Este fin de semana va a hacer todavía más calor.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé. Derretirme.

—Vuelvo a la ciudad el sábado. ¿Te gustaría verme entonces?

—Sí.

—¿A las seis?

—Sip.

—Perdona. ¿A las seis y media?

—Está bien.

—Puede que hasta te haga la cena.

—Eso estaría bien.

Se olvidó de la cena, o tal vez decidió no hacerla. En vez de eso, cuando llegó Alice la sentó al borde de la cama y le regaló dos bolsas grandes de Barnes & Noble llenas hasta arriba de libros. Huckleberry Finn. Suave es la noche. Viaje al fin de la noche. Diario del ladrón. La gente de July. Trópico de Cáncer. El castillo de Axel. Jardín del Edén. La broma. El amante.

Muerte en Venecia y otros relatos. Primer amor y otros relatos. Enemigos, una historia de amor… Alice cogió uno de un escritor cuyo nombre había visto pero jamás oído.

—¡Ah, Camus! —exclamó, rimándolo con «champús».

A lo que siguió un rato largo durante el que el escritor no dijo nada y Alice leyó el texto de la contracubierta de El primer hombre. Cuando ella le miró, él aún tenía una expresión de leve asombro.

—Se pronuncia Camí, cariño. Es francés. Camí.

El apartamento de Alice estaba en el último piso de un edificio viejo de piedra rojiza, donde daba el sol y se acumulaba el calor. En su planta solo había otra inquilina, una señora mayor que se llamaba Anna, para quien subir cuatro tramos de escalera tan empinados suponía una dura prueba que le llevaba veinte minutos. Peldaño, descanso. Peldaño, descanso. Una vez, Alice se cruzó con ella cuando iba a comprar bagels al H&H y cuando volvió la pobre mujer todavía estaba subiendo. A juzgar por las bolsas de la compra que llevaba, se diría que desayunaba bolas de la bolera.

—¿La ayudo, Anna?

—No, no, querida. Llevo haciendo esto cincuenta años. Me mantiene viva.

Peldaño, descanso.

—¿Está segura?

—Ay, sí. Qué chica tan guapa. Dime, ¿tú tienes novio?

—Ahora mismo no.

—Pues no esperes mucho, querida.

—No lo haré —se rio Alice y subió corriendo la escalera.

— ¡Capitana! [1]

El portero del edificio la trataba ya con toda confianza. Avisó al escritor para que bajara y les hizo una reverencia cuando salieron a dar un paseo.

Mientras balanceaba una bolsa de ciruelas de la frutería Zingone, el escritor le preguntó a Alice si se había enterado del plan municipal de cambiar el nombre a varias residencias de lujo por nombres de jugadores de béisbol.

La Posada, la Ribera, la Soriano.

—La Garciaparra —dijo Alice.

—No, no —dijo él, interrumpiéndola con aires de importancia—. Solo jugadores de los Yankees.

Entraron en el parquecito que está detrás del Museo de Historia Natural, donde, mientras mordía una ciruela, Alice fingió que cincelaba el nombre de él debajo del de Joseph Stiglitz en el monumento a los premios Nobel norteamericanos. Pero la mayoría de las veces se quedaban en casa. Él le leía lo que había escrito. Ella le preguntaba por los significados de posadera. Veían partidos de béisbol y los fines de semana por la tarde escuchaban al locutor Jonathan Schwartz derretirse por las cantantes Tierney Sutton y Nancy LaMott. «Come Rain or Come Shine.» «Just You, Just Me.» Doris Day cantando «The Party’s Over» con unos gorgoritos melancólicos. Una tarde, Alice se echó a reír y dijo:

—Qué remilgado es este tipo.

—Remilgado —repitió el escritor, que se estaba comiendo una nectarina

—. Esa sí que es una palabra chapada a la antigua.

—Supongo que es que yo también soy una chica chapada a la antigua —

dijo Alice mientras buscaba sus bragas por el suelo.

— The party’s over… —cantaba él cuando quería que ella se fuera a su casa—. It’s time to call it a daaaay…[2]

Entonces recorría alegremente la habitación, apagaba el teléfono, el fax, las luces, se servía un vaso de leche de soja con chocolate y contaba un montoncito de píldoras.

—Cuanto mayor te vuelves —explicaba—, más cosas tienes que hacer antes de acostarte. Yo tengo que hacer un centenar de cosas.

Se había acabado la fiesta. Se había acabado el aire acondicionado. Alice se tambaleaba un poco, iba a casa caminando por las calles calurosas, con el estómago lleno de bourbon y chocolate y las bragas en el bolsillo. Una vez subidos los cuatro tramos de escalera, cada vez más cargados de un calor húmedo, hacía siempre lo mismo, que era llevar las almohadas por el pasillo hasta la habitación delantera, donde, en el suelo de al lado de la

salida de incendios, existía al menos la posibilidad de que soplara un poco de aire.

—Escucha, cariño. Me voy fuera durante un tiempo.

Alice dejó la galleta y se limpió la boca.

—Me vuelvo al campo una temporada. Tengo que terminar este borrador.

—Vale.

—Pero eso no significa que no podamos hablar. Lo haremos con regularidad y, cuando termine, nos podemos ver otra vez, si quieres. ¿Está bien?

Alice asintió.

—Está bien.

—Mientras tanto… —Deslizó un sobre encima de la mesa—. Esto es para ti.

Alice lo cogió. En el anverso ponía «Banco Nacional de Bridgehampton», al lado de un logotipo con veleros. Sacó seis billetes de cien dólares.

—Para el aire acondicionado.

Alice negó con la cabeza.

—No puedo…

—Sí puedes. Me haría feliz.

Cuando se fue a casa fuera aún había luz. El cielo parecía estancado, como si se esperase una tormenta pero esta se hubiese perdido. Para los jóvenes que bebían en la acera la noche acababa de empezar. Alice se acercó despacio y de mala gana a la escalinata de entrada de su casa, con una mano en el sobre que llevaba dentro del bolso, mientras intentaba decidir qué hacer. Tenía en el estómago la sensación de estar otra vez en el ascensor de él y que alguien hubiera quitado la suspensión.

A una manzana de distancia, al norte, había un restaurante con una barra larga de madera y una clientela en su mayor parte de aspecto civilizado.

Alice encontró un taburete libre en el extremo, al lado del carrito de los manteles de papel, y se acomodó como si se hubiera sentado allí sobre todo por el televisor, fijado a cierta altura en aquel rincón. Nueva York ganaba a Kansas City por cuatro carreras en la segunda parte de la tercera entrada.

«Vamos, Royal», pensó.

El camarero le puso un mantel delante y le preguntó qué quería tomar.

—Voy a tomar un vaso de…

—¿Leche?

—De hecho… ¿Tenéis Knob Creek?

La cuenta ascendió a veinticuatro dólares. Sacó la tarjeta de crédito y luego la guardó y sacó uno de los billetes de cien que le había dado el escritor. El camarero le devolvió tres de veinte, uno de diez y seis de un dólar.

—Estos son para ti —dijo Alice, deslizando hacia él los billetes de un dólar.

Ganaron los Yankees.

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Bajo la corriente renuente con olor a moho de un aire acondicionado Frigidaire de segunda mano:

… Yo no creía que pudiéramos vencer a semejante montón de españoles y árabes, pero quería ver los elefantes y camellos, de modo que no falté al día siguiente, sábado, a la emboscada. Y, cuando se dio la voz, salimos corriendo del bosque y bajamos la colina. Pero no había españoles ni árabes, y no había elefantes ni camellos. No era nada más que una merienda de la escuela dominical, y aun de la clase de párvulos. La deshicimos y perseguimos a los chicos cuenca arriba; pero solo conseguimos unos bollos y una mermelada, aunque Ben Rogers se hizo con una muñeca de trapo y Joe Harper con un libro de himnos y un folleto religioso. Entonces cargó el maestro contra nosotros y nos hizo soltarlo todo y poner pies en polvorosa…

Por la noche, la lluvia caía sobre la parte del aire acondicionado que se introducía en el conducto de ventilación con el sonido de puntas de flecha metálicas disparadas contra la tierra. Los truenos iban y venían, su tamborileo in crescendo desembocaba en estallidos nítidos y relámpagos que atravesaban los párpados. El agua brotaba de las alcantarillas como el agua de manantial de las rocas de una montaña. Cuando amainó la tormenta, lo que quedaba de ella contó los minutos del amanecer con un goteo lento, como de metrónomo…

También me tocaba la guardia de madrugada, ¿sabéis?, pero para entonces tenía bastante sueño, de modo que Jim dijo que haría la primera mitad por mí; en eso siempre era muy bueno Jim. Me metí en el cobertizo, pero el rey y el duque estaban tan a sus anchas que no había sitio para mí.

De modo que salí fuera. No me importaba la lluvia porque era cálida y las olas ya no eran altas. Sin embargo, volvieron a crecer a eso de las dos, y Jim iba a llamarme; pero mudó de idea porque calculó que aún no eran lo bastante altas para hacer daño. Se equivocó en eso, a pesar de todo,

porque al poco rato se estrelló contra la balsa una ola gigantesca y me tiró al agua. Jim por poco se muere de risa. En mi vida he visto a un negro reírse con tanta facilidad.

Con el dinero que le quedaba, compró un asiento nuevo para el inodoro, una tetera, un destornillador y una pequeña cómoda de madera en el mercado de antigüedades de Columbus. La tetera era lisa, toda de metal y de diseño escandinavo. Atornilló el asiento del inodoro con gran satisfacción mientras escuchaba a Jonathan Schwartz.

Su trabajo le parecía más aburrido e intrascendente que nunca. Envía esto por fax, archiva esto, copia esto. Una tarde, cuando se habían ido todos y ella estaba mirando fijamente el número de teléfono del escritor en el Rolodex de su jefe, uno de sus compañeros asomó la cabeza por la puerta del despacho y le dijo:

—Eh, Alice, à demain.

—¿Cómo?

— À demain.

Alice negó con la cabeza.

—¿Hasta mañana?

—Ah, claro.

Primero hizo más calor, luego hizo más fresco. Se pasó tres fines de semana seguidos tumbada en la cama, con la puerta del dormitorio cerrada, el Frigidaire zumbando y vibrando a toda potencia. Pensó en el escritor, allá en su isla, entre la piscina y el estudio y su casa rural del siglo XIX con vistas panorámicas del puerto.

Ella podía esperar muchísimo tiempo si hacía falta.

En este diario no quiero camuflar las demás razones que me hicieron ladrón, siendo la más simple la necesidad de comer; sin embargo, en mi elección no intervinieron jamás la rebeldía, la amargura, la cólera ni cualquier otro sentimiento parecido. Con un cuidado maníaco, «un cuidado celoso», preparé mi aventura como se prepara un lecho, una habitación para el amor: el crimen me ha encelado.

Malan parecía un chino, con su cara lunar, su nariz un poco chata, las cejas ausentes o casi, el pelo recortado como una gorra y un gran bigote que no alcanzaba a cubrir la boca espesa y sensual. El cuerpo mismo, blando y redondo, la mano regordeta de dedos amorcillados, hacían pensar en un mandarín enemigo de la carrera pedestre. Cuando entrecerraba los ojos mientras comía con apetito, era imposible no imaginarlo vestido de seda y con palillos entre los dedos. Pero su mirada lo cambiaba todo. Los ojos castaño oscuro, febriles, inquietos o repentinamente fijos, como si la inteligencia trabajara rápidamente sobre un punto preciso, eran los de un occidental de gran sensibilidad y cultura.

El olor que despide la mantequilla rancia al freír no es apetitoso precisamente, sobre todo cuando se cocina en una habitación en que no hay la menor forma de ventilación. Tan pronto como abro la puerta, me siento enfermo. Pero Eugène, en cuanto me oye llegar, suele abrir los postigos y retirar la sábana colgada como una red de pescar para que no entre el sol.

¡Pobre Eugène! Mira por la habitación los cuatro trastos que componen su mobiliario, las sábanas sucias y la palangana de lavar la ropa todavía con agua sucia y dice: «¡Soy un esclavo!».

Alice cogió el teléfono.

NOKIA, era todo lo que ponía.

Pero volviendo al olor de la mantequilla rancia…

Una noche hubo una fiesta por la jubilación de uno de los editores y luego Alice se acostó con un asistente del departamento de derechos subsidiarios. Usaron condón, pero a Alice se le quedó dentro, aunque tenía que haber salido.

—Mierda —dijo el muchacho.

—¿Dónde ha ido? —preguntó Alice, escudriñando el sombrío desfiladero que los separaba. Su voz sonaba infantil e ingenua, como si aquello fuese un truco de magia y en cualquier momento él pudiera sacarle de la oreja un preservativo nuevo.

Pero fue ella quien completó el truco, sola en el baño, con un pie encima del asiento nuevo del inodoro y aguantando la respiración. No era fácil tantear con un dedo doblado entre esas ondulaciones profundas y resbaladizas. Luego, y aunque sabía que eso no iba a impedir ninguna de las indeseables consecuencias, se metió en la bañera y se enjuagó con el agua a la máxima temperatura que pudo soportar.

—¿Tienes algún plan? —le preguntó al chico por la mañana, mientras él se abrochaba el cinturón de los pantalones de pana.

—No sé. Puede que vaya un rato a la oficina. ¿Y tú?

—Esta tarde los Red Sox juegan contra los Blue Jays.

—Odio el béisbol —dijo el muchacho.

Le agradecemos su próxima visita a RiverMed. La siguiente información le será de utilidad. Si alguna de sus preguntas quedase sin respuesta, le rogamos que las plantee durante la reunión de asesoramiento.

La intervención suele durar entre cinco y diez minutos. Una vez en el consultorio, conocerá a su enfermera personal, a su médico y al anestesiólogo o a la enfermera anestesista, que le insertará un catéter en una vena del brazo o de la mano para administrarle la anestesia. Se sentará en la mesa de examen, se recostará y colocará las piernas en los estribos. Su médico le realizará un examen bimanual (es decir, introducirá dos dedos en la vagina y palpará el útero). Luego introducirá un instrumento (espéculo) dentro de la vagina y lo ajustará para que los lados se mantengan separados, de modo que el doctor pueda ver el cérvix (cuello uterino). Es necesario abrir el cérvix para que el doctor ponga fin al embarazo.

Cuando la vagina se haya ensanchado lo suficiente mediante unos instrumentos en forma de varilla o tubo llamados dilatadores, el médico le insertará en el útero un tubo o cánula de aspiración quirúrgica. Este tubo está conectado a un aparato de succión. Al poner el aparato en marcha, el contenido del útero será extraído a través del tubo y se depositará en una botella. Luego se extraerá el tubo y se insertará un instrumento largo y delgado, en forma de cuchara, que recorrerá la superficie interior del útero para comprobar que no ha quedado ningún resto.

Una vez finalizada la intervención, se extrae el espéculo, se bajan las piernas y la paciente permanecerá tendida boca arriba mientras la trasladan a la sala de recuperación, donde será supervisada. Si la recuperación es satisfactoria, lo que suele requerir entre veinte minutos y una hora, se la transferirá a una habitación donde podrá descansar y vestirse. Antes de marcharse, una enfermera le asesorará y le dará las últimas instrucciones personalmente.

Pueden presentarse hemorragias intermitentes durante tres semanas.

Por favor, díganos lo que necesite para que su estancia sea lo más agradable posible. Confiamos en que el tiempo que pase con nosotros resulte ser una experiencia positiva.

El segundo martes de octubre, mientras se cepillaba el cabello, húmedo y enmarañado, oyó por la radio que le habían dado el premio Nobel a Imre Kertész «por una escritura que confirma la frágil experiencia del individuo contra la bárbara arbitrariedad de la historia».

NÚMERO OCULTO.

Con ansiedad, desoyendo sus propios consejos, Alice le habló de todas las cosas que había comprado, incluidos el asiento del inodoro, la tetera y la cómoda que el vendedor de antigüedades le había asegurado que era «un mueble de época de los años treinta».

—Como yo —dijo él.

—Tengo la regla —se disculpó Alice.

Tres noches después, mientras estaba tumbada con el sujetador alrededor de la cintura y los brazos rodeando la cabeza de él, se maravilló al pensar que el cerebro estaba allí, bajo su propio mentón, abarcado con tanta sencillez en el estrecho espacio que había entre sus codos. Comenzó como un pensamiento tontorrón, pero de repente desconfió de que pudiera resistir las ganas de aplastar aquella cabeza, de apagar aquel cerebro.

Hasta cierto punto, el sentimiento debía de ser recíproco, porque de repente, un momento después, él la mordió mientras la besaba.

Ahora se veían con menos frecuencia. Él parecía más precavido con ella y, además, tenía molestias en la espalda.

—¿Es por algo que hayamos hecho?

—No, cariño. Tú no has hecho nada.

—¿Quieres que…?

—Esta noche no, querida. Esta noche solo tendresse.

A veces, cuando estaban tumbados uno mirando al otro, o cuando él se sentaba frente a ella en la mesita de comedor y le latían las sienes, había en su expresión una especie de perplejidad triste, como si comprendiera que en aquel momento ella era el mayor placer de su vida, ¿y acaso no era esa una situación lamentable?

—Eres la mejor, ¿lo sabes?

Alice contuvo la respiración.

—La mejor —suspiró.

—Ezra —dijo ella, apretándose el estómago—. Lo siento mucho, pero de repente no me encuentro muy bien.

—¿Qué te pasa?

—Creo que la galleta no estaba buena.

—¿Vas a vomitar?

Alice se dio la vuelta, se alzó apoyándose sobre las manos y las rodillas y hundió la cara en el edredón, fresco y blanco. Aspiró hondo.

—No lo sé.

—Vamos al baño.

—Vale. —Pero no se movió.

—Vamos, cariño.

De repente, Alice se cubrió la boca con la mano y echó a correr. Ezra salió de la cama, la siguió con calma y en silencio y cerró la puerta haciendo un chasquido suave y solemne. Cuando terminó, tiró de la cadena, se enjuagó la cara y la boca y se apoyó temblando en el tocador. Al otro lado de la puerta oía al escritor, que seguía con su velada: abría el frigorífico, los platos chocaban en el fregadero, pisaba el pedal que levantaba la tapa del cubo de basura. Alice volvió a tirar de la cadena.

Luego desenrolló un trozo de papel higiénico y limpió la taza, el asiento, la tapa, el borde de la bañera, el dispensador de papel, el suelo. Había trozos de galleta por todas partes. Bajó la tapa del asiento y se sentó. En la papelera estaban las galeradas de una novela escrita por un muchacho con quien ella había ido a la universidad, con la carta del agente que solicitaba una nota publicitaria todavía sujeta a la cubierta con un clip.

Cuando salió del baño, Ezra estaba en su sillón, con las piernas cruzadas y un libro sobre el New Deal en las manos. Con el ceño fruncido, observó a Alice cruzar la habitación desnuda y de puntillas y colocarse lentamente sobre el suelo entre el armario y la cama.

—¿Qué haces, cariño?

—Perdona, necesito tumbarme, pero no quiero estropearte el edredón.

—Mary-Alice, métete en la cama.

Fue a sentarse a su lado y durante un buen rato le pasó con suavidad la mano por la espalda, arriba y abajo, como solía hacerle a ella su madre.

Luego le subió el edredón hasta los hombros y se retiró en silencio para empezar con su centenar de tareas: silenciar teléfonos, apagar luces, separar pastillas. En el baño puso la radio, muy baja.

Cuando salió, llevaba una camiseta azul claro de Calvin Klein y pantalones cortos. Puso un vaso de agua en la mesilla de noche. Fue a buscar el libro. Cambió la posición de las almohadas.

—Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve… —Se metió en la cama y suspiró de manera teatral—. ¡Cien!

Alice estaba en silencio, inmóvil. Él abrió el libro.

—Cariño —dijo él por fin, con valor, con vehemencia—. ¿Por qué no te quedas aquí? Solo esta vez. No puedes irte a casa en este estado. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —murmuró Alice—. Gracias.

—No se meguecen.

Ella se despertó tres veces durante la noche. La primera vez, él estaba tendido boca arriba y, más allá, el paisaje urbano seguía destellando y la parte de arriba del Empire State Building estaba iluminada de rojo y oro.

La segunda vez, él estaba de costado, dándole la espalda. A Alice le dolía la cabeza, así que se levantó y fue al baño en busca de una aspirina. Alguien había apagado las luces del Empire State Building.

La tercera vez que se despertó, él la estaba rodeando con los brazos por detrás y se aferraba a ella con fuerza.

La cuarta vez ya era de día. Sus caras estaban muy cerca, casi se tocaban, y él, con los ojos ya abiertos, miraba a los suyos a Alice.

—Esto —dijo en tono sombrío— ha sido muy mala idea.

Él se volvió a ir a su isla a la mañana siguiente. Cuando la llamó para decírselo, Alice colgó, arrojó el teléfono al cesto de la ropa sucia y chilló.

El mismo día su padre la llamó para explicarle que el agua fluorada es un mal propagado por el Nuevo Orden Mundial; la llamó de nuevo una hora después para aseverar que el hombre no había puesto nunca un pie en la Luna. Alice respondió a estas noticias de última hora como llevaba haciéndolo una o dos veces por semana todas la semanas desde hacía ocho años: con una alegre reticencia con la que ir posponiendo sus objeciones para el día en que se le ocurriera cómo expresarlas sin herir a nadie.

Entretanto, descubrió que su preciosa tetera nueva tenía un defecto indignante: si pasaba más de treinta segundos sobre el fuego, el asa metálica se calentaba demasiado para poder agarrarla. «¿Qué clase de asa es esta que no se la puede asir?», pensó Alice. Mientras ponía la mano escaldada bajo el grifo, también culpó de aquello al escritor. Pero esta vez, al cabo de solo tres días él llamó desde una caseta con mosquitera que tenía y le habló de los árboles cambiantes, de los pavos salvajes que anadeaban por el camino de entrada y del brillo del sol del color de la mandarina cuando se ponía detrás de sus casi dos hectáreas y media de bosque. Luego la llamó otra vez, solo dos días después, y sostuvo en alto el teléfono para que ella pudiera escuchar el graznido de un cuervo, el temblor de las hojas agitadas por el viento y luego… nada.

—No oigo nada —dijo Alice, riendo.

—Exacto —respondió él—. Está todo en silencio, felizmente en silencio.

Pero hacía demasiado frío como para usar la piscina y había que hacer unas molestas reparaciones de fontanería, así que se iba a quedar allí solo una semana o así y luego regresaría a la ciudad de manera definitiva.

Se trajo una vieja Polaroid SX-70.

—A ver si me acuerdo de cómo se usa —dijo mientras le daba vueltas a la cámara.

Hicieron diez fotos, incluida una de él, la única de él, tendido de costado con una de sus camisetas de Calvin Klein y su propio reloj, el de precio razonable, y nada más. A su lado, dispuestas en abanico, estaban las nueve fotografías ya tomadas, colocadas en dos arcos concéntricos para que él las examinara: unas formas de un turbio color marrón iban apareciendo en la superficie con un aire de opalescencia, como si emergieran de un río iluminado por el sol. De hecho, cuanto más vívidas iban haciéndose las

fotografías, más se disipaba el placer de tomarlas y, mientras Alice se levantaba para ir al baño, Ezra metió las diez fotos en el bolsillo de su bolso. Luego vieron Sombrero de copa, con Ginger Rogers y Fred Astaire, y Ezra se cepilló los dientes con ligereza, tarareando «Cheek to Cheek».

Hasta la mañana siguiente, cuando estaba en el ascensor buscando las llaves, no encontró Alice el taco cuadrado de sus fotos sujeto firmemente con una de sus gomas del pelo.

Una vez en casa, colocó las polaroid sobre la cama en varias columnas dispuestas en capas, como en un solitario. En algunas, la piel parecía leche aguada, demasiado fina para ocultar las venas que le corrían por los brazos y el pecho. En otra, un rubor carmesí se le extendía por las mejillas y hasta las orejas, mientras que, por encima de la inclinación como de porcelana de su hombro, el edificio Chrysler parecía una llamita de oro blanco. En otra, la cabeza descansaba en el muslo de él, tenía cerrado el único ojo que se le veía y los dedos de Ezra le sujetaban el pelo a un lado. En otra, ella misma se levantaba los pechos, que aparecían altos, suaves y redondos. Esa foto la había hecho él desde abajo, así que, para mirar a la cámara, había tenido que seguir la línea de la nariz. El pelo, sujeto detrás de las orejas, le colgaba por delante en pesadas cortinas rubias a los dos lados de la mandíbula. El flequillo, demasiado largo, separado un poco a la izquierda del centro, le caía espeso sobre las pestañas. Una fotografía que era casi bonita. Desde luego, la más difícil de romper en pedazos. El problema, pensó, era su Alicidad: una persistente cualidad juvenil en las fotos que nunca dejaba de sorprenderla e irritarla.

Minúsculas, como semáforos lejanos, sus pupilas tenían un brillo rojo.

NÚMERO OCULTO.

—Ay, perdona, cariño, me he equivocado de número.

NÚMERO OCULTO.

NÚMERO OCULTO.

NÚMERO OCULTO.

—Mary-Alice, sigo teniendo ganas de verte esta noche, ¿pero te importaría ir primero a Zabar’s, la tienda de delicatessen, y traer un tarro de mermelada marca Tiptree, es conservas Tiptree, conservas T-I-P-T-R-E-E, como la jalea, y no de cualquier sabor, de fresa pequeña escarlata, que es la más cara que tienen? Cuesta como cien dólares el tarro porque está hecha de niñitas como tú. Bueno, un tarro de mermelada Tiptree de fresa pequeña escarlata, un tarro de la mejor mantequilla de cacahuete que encuentres y una hogaza de pan integral ruso de centeno sin cortar. ¡Y tráelo aquí!

— ¡Capitana! [3]

Más regalos:

Una hoja de sellos de treinta y siete centavos, uno de cada estado norteamericano, diseñados para que parecieran postales antiguas de

«Recuerdos de».

Un CD del concierto para violoncelo de Elgar, interpretado por Yo-Yo Ma y la Orquesta Sinfónica de Londres.

Una bolsa de manzanas Honeycrisp («Vas a necesitar un babero»).

Él necesitaba un stent. Un tubo de malla minúsculo que le iban a insertar en una arteria coronaria que se le había estrechado para mantenerla abierta y restaurar así el flujo sanguíneo. Una operación sencilla. Ya se la habían hecho siete veces. No te ponen anestesia general, solo te sedan, te anestesian la zona alrededor del punto de inserción, lo introducen por medio de un catéter y lo colocan dentro. Luego inflan un globito, que hace que el stent se expanda como una pluma de bádminton y… voilà. Tardan una hora más o menos. Un amigo le iba a acompañar al hospital. Si ella quería, él le pediría a su amigo que, cuando terminaran, la llamara.

—Sí, por favor.

Pese a todas las garantías que él le daba, él mismo se ensombreció. No sin placer, Alice tenía la sensación de que se la estaba poniendo a prueba con esas circunstancias dramáticas.

—Por supuesto, todos tenemos motivos para preocuparnos —le dijo ella

—. Yo misma podría enfermar de cáncer. O mañana, en la calle, te podría…

Él cerró los ojos y levantó una mano.

—Ya me sé lo del autobús.

El día de la operación, Alice volvió a casa después del trabajo y puso el disco de Elgar. Era una música de una belleza extraordinaria, quejumbrosa y apremiante y, por lo menos al principio, armonizaba perfectamente con su estado de ánimo. Sin embargo, al cabo de veinte minutos, aunque el sonido del chelo seguía siendo sublime, parecía haber avanzado sin ella, indiferente a su incertidumbre. Por fin, a las 9:40, sonó el móvil, y en la pantalla apareció un número desconocido. Un hombre que hablaba con tono formal, con un acento que ella no podía ubicar, le dijo que, después de haber sufrido una demora, la operación había ido bien. Ezra iba a pasar la noche ingresado para que pudieran supervisar algunas cosas, pero por lo demás todo había salido bien, todo bien.

—Muchísimas gracias —dijo Alice.

—No se meguecen —respondió el amigo.

El amigo se había referido a ella como «la niña». «He llamado a la niña», había dicho. A Ezra le pareció muy divertido. Alice negó con la cabeza.

Durante un tiempo, él estuvo de buen humor. El stent había funcionado.

La Paramount iba a hacer una película basada en uno de sus libros. Le habían dado el papel principal a una actriz premiada y habían contratado los servicios de Ezra como asesor durante el rodaje. Una mañana la llamó un poco más tarde que de costumbre, cuando Alice ya se había duchado y se estaba vistiendo para ir al trabajo.

—Adivina quién estuvo en casa anoche —le dijo.

Alice lo adivinó.

—¿Cómo lo has sabido?

—¿Quién más podría haber sido?

—De todos modos, no me la tiré.

—Gracias.

—No creo que la impresionara demasiado mi bandeja antigua para la calderilla.

—Ni tu humidificador.

Hicieron más fotos.

—En esta me parezco a mi padre —dijo Alice, y se rio—. Solo me falta un Colt 45.

—¿Tu padre tiene un arma?

—Tiene muchas armas.

—¿Por qué?

—Por si hay una revolución.

Ezra frunció el ceño.

—Cariño —le dijo luego, mientras ella untaba una rebanada de pan con mermelada de fresa pequeña escarlata—, cuando vas a visitar a tu padre, esas armas… ¿están tiradas por ahí?

Alice lamió la jalea que le había quedado en el pulgar.

—No —contestó—. Las tiene guardadas en una caja fuerte, pero de vez en cuando sacamos una y practicamos en el patio trasero, le disparamos a una calabaza puesta encima de un lavavajillas viejo.

Ella le estaba leyendo cartas de admiradores que le había mandado su agente, cuando él, de cara al armario, dijo algo que ella no oyó.

—¿Qué?

—Digo —dijo Ezra, dándose la vuelta— que si no tienes una chaqueta que abrigue más. No puedes ir por ahí con esto todo el invierno. Necesitas algo con forro, con plumas de ganso. Y capucha.

Unas cuantas noches después, deslizó otro sobre a través de la mesa.

—Searle —dijo—. S-E-A-R-L-E. En la Setenta y nueve con Madison. Ahí tienen justo el que necesitas.

El nailon hacía un ruido suntuoso y la capucha le enmarcaba la cara con un halo negro de pieles. Era como andar dentro de un saco de dormir ribeteado de visón. Mientras esperaba el autobús que cruzaba la ciudad, Alice se sentía mimada e invencible, loca de alegría por vivir en aquella ciudad en la que cada día era como un bote de la lotería que se iba acumulando, a la espera de que lo ganase alguien. Luego se resbaló al subir corriendo los escalones de su edificio, agitó los brazos para mantener el equilibrio y golpeó la barandilla de hierro de la escalinata con el dorso de la mano, lo que le produjo una descarga de dolor agudo. De todas formas, fue a casa de Ezra y durante el resto de la noche ocultó en el regazo la mano, en la que sentía un dolor punzante, y cuando se fueron a la cama la dejó fuera, como si protegiera la laca de uñas sin secar.

Por la mañana tenía la palma de la mano azul.

Esperó en casa durante todo el día a que se redujera la hinchazón y luego se dio por vencida, bajó a la calle y paró un taxi para ir al servicio de

urgencias más cercano. El taxista la llevó a Hell’s Kitchen, donde pasó dos horas en una sala de espera llena de borrachines e indigentes que fingían sufrir psicosis para quedarse allí, donde se estaba caliente. Hacia las diez, un interno pronunció el nombre de Alice y la condujo a una camilla, le quitó del hinchado dedo anular el anillo de su bisabuelo y le dio golpecitos en cada nudillo para comprobar dónde le dolía.

—Ahí —dijo Alice entre dientes—. ¡Ahí!

Cuando estuvo lista la radiografía, el interno la levantó para mirarla al trasluz y señaló algo.

—Está roto. El metacarpo del dedo anular…

Alice asintió. Puso los ojos en blanco y, después de tambalearse un momento, se inclinó lentamente adelante y a un lado, como una marioneta abandonada. Desde allí viajó muchos kilómetros hasta países remotos de costumbres bárbaras y lógica desesperante; encontró compañeros y los perdió, habló lenguas que antes desconocía, aprendió y desaprendió verdades difíciles. Cuando volvió en sí unos minutos después, luchando contra una resaca de náusea que parecía querer arrastrarla a través del centro de la tierra, fue vagamente consciente de la presencia de unas máquinas que pitaban y de unos tubos que le raspaban las fosas nasales por dentro y de los muchos segundos que pasaban entre las preguntas que se le hacían y las respuestas que ella daba.

Seguir: parte 2 de 4