Aspectos militares de la anexión de Navarra

Jesus Maria Ruiz Vidondo · Capítulo 4 de 17

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Aspectos militares de la anexión de Navarra

Historia angelical

ESTE año de 2012 se cumplirán quinientos años de la conquista de Navarra y es seguro que tendremos -ya tenemos— actos, libros, exposiciones y todo lo imaginable hablando de ella.

Además algunos con sesgos extraños que quieren equiparar a las gentes de hace quinientos años con nosotros, habitantes del siglo XXI, o a los reinos de entonces con los estados modernos que nacieron con posterioridad a la Revolución Francesa.

Ver hechos antiguos con los ojos actuales es absurdo, cuando no ridículo, y usar los anales de hace siglos como munición política es hacer historia sin objetividad.

Que lo que se produjo fue una conquista nadie lo pone en duda, en cuanto que supuso una intervención armada de las tropas castellanas, dirigidas por el Duque de Alba.

Decir que la conquista de Navarra pivotó fundamentalmente en tropas castellanas y aragonesas tiene parte de verdad, pero aún es más cierto que aragoneses hubo muy pocos y castellanos, muchos.

Pero todos sabemos de dónde eran la mayoría de los castellanos de los que hablan las crónicas de la época: guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos.

Nada más y nada menos que siete mil de ellos participaron en la invasión de Navarra. Esto no es de extrañar, todos ellos eran súbditos de los reyes de Castilla y lucharon en el bando que les correspondía.

Pintar a los nobles beamonteses (los que se aliaron con Castilla) como los traidores y a los agramonteses (los que se aliaron con Francia y los

legítimos reyes de Navarra, Juan de Albret y Catalina de Foix) como los patriotas es hacer historia angelical.

Se llega a la ridiculez aún mayor de pensar y decir que los agramonteses, eran los que hablaban en vasco y los beamonteses, en castellano.

Ya rizando el rizo se insinúa que los agramonteses estaban a favor de Euskadi y los beamonteses a favor de España; y eso a comienzos del siglo XVI, cuando entonces el concepto de España aún era nebuloso y el de Euzkadi tendría que esperar unos cuantos siglos más.

Los linajes beamonteses estaban muy implantados en la montaña de Navarra y muy emparentados con linajes guipuzcoanos y alaveses. Tudela siempre fue agramontesa y la única ciudad importante del reino que plantó cara a los invasores. Los beamonteses de la montaña navarra es seguro que no sabrían hablar otro idioma que el vasco y los agramonteses de Tudela sólo sabrían hablar castellano. Por otro lado, es seguro que la mayoría de los guipuzcoanos que actuaban como invasores no sabrían ni una palabra de castellano.

Y esto, guste o no guste, fue así.

La conquista y posterior anexión de Navarra, más que un tema local, fue una cuestión internacional, en la que se involucraron el papado, el Rey de Francia y Fernando el Católico en la pugna entre ellos, por el dominio de la península italiana y la hegemonía en el tablero europeo. A todo esto se añadió Inglaterra y sus aspiraciones sobre Aquitania.

Los indefensos reyes navarros poco pudieron hacer frente a semejantes tensiones y enemigos tan poderosos.

No fue el pueblo llano, mayoritario, el que decidió y llevó a cabo la guerra; fueron los poderosos y las élites de Navarra y de fuera los que la provocaron y los que decidieron el resultado. Los campesinos, como siempre, bastante tenían con subsistir.

La conquista de Navarra está ampliamente estudiada y publicada. Desde su primera crónica, la de Luis Correa, editada en Toledo en 1513, hasta la monumental “Historia de la incorporación de Navarra a Castilla” de Prosper Boissonnade, o la publicación recientemente aparecida “Fernando el

Católico y la empresa de Navarra (1512-1516)” de Mª Isabel Ostolaza, Juan Ignacio Panizo y Mª Jesús Berzal.

Pero es posible que la historia militar de la conquista no esté estudiada ni investigada en su totalidad y tampoco el tema de los preparativos y la intendencia. Todo esto es lo que hace Jesús María Ruiz Vidondo en las siguientes páginas, como experto en historia militar, referido a lo primero, y basándose en los estudios exhaustivos sobre el tema del padre Tarsicio de Azcona, en lo segundo.

Todo esto -los preparativos, la intendencia y la cuestión militar— habrá que tenerlo en cuenta y valorarlo en lo que es, y es lo que, creemos, justifica la aparición de este nuevo libro sobre el tema.

Fernando el Católico preparó la campaña de Navarra concienzudamente y esto ya tiempo antes de que ésta se llevara a cabo.

Los planes y la gestación de la conquista, tan vital en las guerras antiguas como en las modernas, pivotaron en su mayor parte en lo que se denominaba entonces la Provincia de Guipúzcoa, el Señorío de Vizcaya y las Hermandades de Álava.

En estos tres territorios comentados hubo un trajín constante, de preparación de lo que se denominaba entonces como "bastimentos y vituallas".

A los puertos vascos, San Sebastián, Fuenterrabía, Pasajes, y sobre todo al de Bilbao, llegaron cañones y grandes cantidades de cereales y otros alimentos trasportados por factores vascos.

Arribaron miles de fanegas de trigo y los molinos no daban abasto.

Guipúzcoa se convirtió en el principal mercado cerealista de la Península.

Las ferrerías vascas trabajaron a marchas forzadas en la fabricación de artillería pesada y todo tipo de armas ligeras. Fuenterrabía quedó convertida en el principal centro de fundición de todo el norte peninsular.

Tal fue eso así que los preparativos de la conquista de Navarra fueron un revulsivo económico para toda la zona.

Y esto también, guste o no guste, fue así.

Desde Santa María de la Oliveta, S. Napal Lecumberri

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