Atada a tí
Encuentro inesperado
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Angelet Verini entró a la playa ese día con expresión plácida y serena, le encantaba Capri y su madre había alquilado una bonita casa cerca de la costa donde pasarían un mes. Su amiga de siempre Rosina la acompañaba y juntas fueron a caminar por la orilla. Era un día de sol que jamás olvidaría.
A los dieciocho años, la vida estaba llena de promesas y en ese momento jugaban en el agua y compartían risas y secretos.
La doctora Clara observó a su hija con gesto ceñudo. Era extraño que su hija menor no fuera una consentida, sin embargo debía reconocer que no lo era. A pesar de que ella la había malcriado y consentido bastante… Sonrió lentamente con orgullo. Su hija era un ángel y a veces temía que… La lastimaran. Los chicos de hoy día estaban muy locos y violentos, recalcitrantes y celosos.
Pero Angelet era sensata, inteligente y cerebral. Era su viva imagen y sería doctora como ella podía asegurarlo.
La doctora de abundantes carnes con su maya negra muy elegante se colocó los lentes de sol y se tumbó en una poltrona respirando el aire marítimo. Necesitaba esas vacaciones. El perro echado a sus pies y su marido eran parte del paisaje pero ella no les dirigió más que una mirada de reconocimiento, tenía cosas más importantes en que pensar, estaba atendiendo un caso cuando llegó su licencia, una chica anoréxica atrapada en una relación destructiva. ¡Pobres adolescentes! El modelo de delgadez era casi inhumano, y los hombres de esa tierra unos machistas consumados.
Y ellas con su baja autoestima parecían atraer a los peores de la especie.
Su celular sonó entonces, era imposible tomarse vacaciones, problemas con su última paciente: un nuevo intento de suicidio.
Dio órdenes precisas a su colega y pensó por qué no la dejaban ni un minuto tranquila. Bueno, en realidad era su culpa, pues antes de irse de vacaciones dijo como al pasar; “si ocurre algo con Chiara, me avisan, esa chica debe ser vigilada y nada de visitas conyugales, deben apartar a ese perro de la joven”. Visitas conyugales eran las visitas de los novios recalcitrantes que andaban como perros alzados merodeando las clínicas en un vano intento por rescatar a sus novias cautivas allí. No les importaba nada que ellas sufrieran esa enfermedad, solo quería recuperar a su
compañera de cama. ¡Malditos cerdos egoístas! Y por supuesto recomendó que mantuvieran a los perros afuera. No hacía falta explicar quiénes eran los perros, en la clínica manejaban bien esa jerga.
Angelet vio que su madre mantenía una conversación acalorada con alguien y suspiró. Nunca se desconectaba del trabajo, vivía estresada y ni siquiera en vacaciones podía dejar de dar consejos o preocuparse por alguna jovencita de la clínica.
Rosina le contó algo de su novio y ella asintió distraída, se pasaba hablado de Pietro, de que Pietro esto, Pietro, Pietro, su mundo entero era su novio y otro chico que la molestaba. Ella por suerte no tenía esa preocupación, no tenía novio ni le interesaba tenerlo, los de su colegio eran feos y unos pesados, y no había emoción alguna en verles pues siempre eran los mismos.
Fue entonces que él la vio riendo con su amiga. Apenas notó a la chica rubia bajita que la acompañaba y hablaba sin parar gesticulando nerviosa: sus ojos se detuvieron en la más alta, de cabellera enrulada castaña, su cabello espeso brillante era hermoso y esos ojos… Dios era una muñeca y tras recorrerla con la mirada pensó que era perfecta. No era delgada ni tampoco rolliza. Tenía encantos por supuesto, los pechos altos, voluptuosos disimulados por un traje de dos piezas, mostrando una cintura afinada y unas caderas redondas estupendas. Sus amigos silbaban por lo bajo. Era preciosa. Un ángel, eso fue lo primero que pensó cuando pasó frente a él sin mirarlo. Alta, de cabello castaño enrulado y con unos ojos inmensos, dulces, delicada y de cara redonda, mejillas llenas…
Parecía extranjera pero al verla pasar oyó que hablaba en italiano con su amiga.
—Preciosa principessa—murmuró.
Sus amigos la miraron rapaces, a ella y a la chica rubia bajita, habían ido a Capri hacía días y estaban a la pesca.
—¿Quién es, la conocen?—preguntó Alessandro a sus amigos.
Estos se miraron, no, ninguno la conocía.
—Bueno entonces deberé averiguarlo, la más alta es mía, ustedes peleen por la bajita—dijo mientras la seguía a distancia para ver a dónde iba.
De pronto vio que se dirigía a un grupo que había del otro lado, donde una mujer bajo una sombrilla roja le dirigió una mirada de advertencia. La jovencita debía ser su hija y ella era la feroz guardiana del tesoro. Había
cierto parecido, aunque la mujer era mucho más baja y de más edad. Mejor alejarse. El joven entró a darse un baño de mar.
La jovencita se le unió poco después y él pudo verla más de cerca. Era preciosa y cuando sus ojos lo miraron distraídos sintió un estremecimiento intenso.
Pero era más joven de lo que parecía de lejos y mucho más bella, dulce…
Delicada.
Sus ojos recorrieron el bikini con deseo, necesitaba una chica para salir en vacaciones, y esa le gustaba mucho.
*******
Volvió a verla al día siguiente en un parador de la playa con su familia.De nuevo esa mujer mirando a su alrededor con torvo semblante. Su ángel llevaba un vestido solera floreado y sonreía, siempre sonreía. Debía buscar la forma de acercarse a ella y conversar. Le gustaba, le encantaba en realidad pero entonces solo se preguntó si tendría tiempo de dormir con ella antes de que las vacaciones terminaran.
Fue entonces que la chica notó la mirada del joven alto y atractivo, fue su amiga Rosina quien le avisó.
—Ese de ahí no deja de mirarte, tienes suerte es muy guapo.
Angelet lo miró con cierto disimulo y se sonrojó porque él también estaba mirándola desde su porche blanco, estacionado en la otra cuadra.
—Mira qué auto tiene, o es de su padre o es suyo… Debe ser muy rico para tener un auto así, ¿será modelo o futbolista? —opinó Rosina.
Pero su amiga era muy tímida, además su madre la vigilaba y no la dejaba tener novio, era ridículo, esas cosas no podían evitarse. Rosie suspiró, como rezaba el refrán: “Dios daba pan a quien no tenía dientes…”
Él notó que la jovencita castaña era tímida pero ya sabía su nombre, Angelet, lo oyó de casualidad cuando su madre la llamaba en la playa. ¡Qué nombre tan bello! Ángel, sí, parecía un ángel. Debía buscar la forma de acercarse, no tenía todo el tiempo del mundo y…
Una tarde mientras daba un paseo por las calles de la Piazzeta de Capri la vio tomando un helado con su amiga petisa, en una heladería artesanal, llevaba un vestido turquesa corto con volados y no dejaban de mirarla.
Silbó y la miró con fijeza. Ella lo vio y notó que parecía turbada, nerviosa.
Decidió acercarse despacio, no podía pasarse de miraditas, tenía veinticuatro años y sabía con claridad lo que quería de la vida. Manejaba un negocio familiar de autos y era rico, sin ser millonario ni mucho menos. No
tenía novia pero sí salía con varias chicas, pero desde que llegó a Capri pensó que la quería a ella, en su cama, muy pronto.
Cuando Angelet lo vio casi se escondió tras su helado, era muy tímida y ese joven la ponía muy nerviosa. Le gustaba, era alto, viril, apuesto y con un charme, una forma de caminar que la excitaba y la hacía temblar, todo a la vez.
—Mira, viene hacia aquí, el chico del porche—murmuró Rosina—Creo que no podrás escaparte esta vez.
Angelet tembló y miró al joven, nerviosa. Era muy guapo y sus ojos eran casi negros, de mirada profunda…
—Hola, preciosa. Me llamo Alessandro Ricardi, ¿puedo invitarte a tomar algo? Tu amiga puede acompañarnos.
Ella iba a negarse por timidez o por costumbre, pero su amiga le dio un codazo para que fuera.
—Claro que irá Alessandro, es que mira, ella es muy tímida, no ha salido con muchos chicos…—intervino Rosina. Angelet la miró furiosa, incómoda.
Él sonrió y al verla de cerca comprendió que era mucho más joven de lo que había notado, su cuerpo era el de una mujer pero sus ojos color miel y las mejillas redondas…
—¿Cómo te llamas?—cuando le hizo esa pregunta ella se sonrojó intensamente.
—Angelet Verini.
—Qué bonito nombre tienes. ¿Y qué edad tienes Angelet?—quiso saber.
—Dieciocho.
¿Dieciocho nada más? Bueno había conocido chicas de quince que parecían de veinte, y con la experiencia de una de veinticinco pero ella no era así, parecía tímida y reservada. Misteriosa.
—Ven, te invito a tomar un refresco en la otra cuadra, no voy a secuestrarte bebé, no me mires así, solo quiero que charlemos un rato.
Iba a negarse, no era correcto ir a tomar algo con un joven al que recién conocía sin embargo sintió algo extraño, una familiaridad rara… Estaba segura de que nunca lo había visto antes ni le conocía de nada.
Miró a su alrededor indecisa, la plaza estaba repleta de turistas y sus padres estaban a unas cuadras de allí almorzando así que… En realidad fue su amiga quien puso fin a su indecisión dándole un suave empujón.
—Vamos, ve, no seas boba—dijo—No eres un roba chicas o te dedicas a las tratas de blancas, ¿no? —le preguntó.
El joven rió por la sugerencia y se llevó a la adolescente a un restaurant muy pintoresco en plena calle, para que ella no pensara que iba a meterla en su auto y llevarla lejos de allí en un santiamén. Bueno, sí podía hacerlo en realidad, pero él no era un delincuente.
—Siéntate preciosa… siempre vienes a Capri? ¿Dónde te hospedas?—le preguntó.
Ella obedeció sentándose despacio sin perder de vista a Rosina que se reía de ella y a sus padres que conversaban sin haber notado que ella se había alejado con un desconocido.
—Estoy cerca de Casa Chiara, mi madre siempre alquila allí, bueno el año pasado no vinimos…
Él la escuchó observándola con fijeza, con curiosidad y admiración.
Estudiaba, estaba terminando el secundario y quería estudiar medicina, su madre era doctora y vivía en Módena. No podía creer su suerte, en poco tiempo había averiguado mucho y cada rato que pasaba se decía que era la chica de sus sueños, perfecta para él como pensó en el mismo instante en que la vio.
—Qué interesante, aunque si estudias medicina tendrás el consultorio atestado de admiradores. Eres preciosa, tan dulce.
Le dio un beso fugaz y ella se asustó.
—No—ella iba a irse asustada. ¡Qué tímida era! Vaya, al parecer la había dejado asustada.
—Perdona, solo fue un beso. Es el destino ¿no crees?… Me hospedo en el hotel Place, estamos a millas de distancia y sin embargo te veo en la playa y en las calles de la ciudad. Es por algo, ¿no te parece? No has probado tu bebida… Come algo, no te asustes no soy un sátiro.
Angelet bebió su refresco, se había negado a beber cerveza por más que le encantara. Ese hombre la fascinaba y asustaba a la vez, era un extraño, apenas lo conocía y su forma atrevida de invitarla debió provocarle terror y rechazo, sin embargo él… Le gustaba. Le gustaba mucho.
—Yo no lo conozco, nunca lo había visto… ¿Vive usted aquí?
Ahora ella quería saber.
—No, soy de Roma, en realidad vine a cerrar un negocio por una venta de un auto, luego me quedé porque pensé que habría sido un crimen no
hacerlo, es un lugar hermoso… Y el viaje que hice fue muy largo, incómodo.
Angelet probó un trozo de pastel de pescado y lo miró, él pensó que esa joven era un completo enigma. Lo miraba y parecía lista para salir con él, sin embargo cuando la invitaba se mostraba tímida como una chicuela.
Asustada.
—Tengo una concesionaria en Roma, es de mi familia y te di mi nombre, no me dedico a raptar jovencitas ni las engaño con promesas. Eso ya no se estila y tampoco yo soy así. Es que detesto hablar de mí, me hace sentir como un tonto egocéntrico, háblame de ti—le pidió.
Por momentos parecía que la joven se inclinaba por él, parecía interesada, pero luego se retraía y de pronto comenzó a hablar de su vida en Módena, el colegio…
Hasta que apareció una mujer de lentes oscuros y labios apretados. Baja y regordeta con un vestido que la hacía parecer más baja y rolliza. La conocía, la había visto en la playa mirándolo con expresión ruda.
—Mi madre—murmuró la joven asustada como si viera al diablo.
La doctora Clara Verini se acercó a la mesa sin poder ver lo que estaba viendo. Su hija almorzando y coqueteando con un completo desconocido.
Capri era un lugar paradisíaco, de ensueño aunque debía que tener cuidado, porque los bandidos y abusadores de menores estaban a la orden del día.
—Mamá… él es Alessandro Ricardi—dijo la joven avergonzada.
Clara miró al extraño con soberbia, ese hombre debía tener más de treinta y a juzgar por el Rólex que llevaba y su aspecto debía ser o un proxeneta adinerado, un mafioso Napolitano en busca de una chica para embaucar o…
—Señora Verini, soy Alessandro Ricardi, y no creo que haya nada de malo en almorzar con su hija. Nos conocimos en la playa y charlamos.
La desenvoltura de ese donjuán también le resultó un completo descaro.
—¿Y cómo conoció a mi hija si llegamos hace una semana? Jamás la vi hablando con usted. Angelet, ven conmigo.
La doctora también estaba furiosa con su hija, no comprendía cómo se había atrevido no solo a hablar con ese joven que ni conocía, bueno las adolescentes a veces eran algo temerarias a veces, sino también a ir a almorzar con él, hablar, contarle cosas. ¿Es que no se daba cuenta que era un tipo peligroso y un sinvergüenza sureño?
El dandi observó cómo la jovencita palidecía y se alejaba de él, mientras su madre le advertía con desprecio: —Escuche señor Ricardi, tal vez le agraden las jovencitas solo que le aconsejo busque en otra parte, pues por si no lo sabe aún mi hija es una adolescente, una joven confiada, buena y si vuelve a acercarse a ella lo lamentará.
—¡Mamá!—estalló Angelet enrojeciendo. Odiaba que la tratara como a una débil mental, una joven a la que debía guardar bajo siete candados.
—Señora, solo invité a almorzar a su hija, si fuera un bandido la habría llevado a dar un paseo en mi auto—respondió el joven con insolencia mientras sus ojos negros se desviaban hacia su ángel. No le agradaba esa doctora, qué anticuada era, su hija era grande sabía cuidarse sola. Bueno sí, era una adolescente pero…
No tuvo tiempo de decir más, porque la doctora se llevó a su hija del restaurant y él quedó plantado allí como un tonto. ¡Qué mujer tan brava!
Pues se había equivocado, no lo conocía para nada, ignoraba que cuando le interesaba una mujer nada podía interponerse en su camino. Y esa chica le gustaba y no le agradaba que una doctorcita metida e impertinente lo tratara como si fuera un ampón de cuarta o algo por el estilo.
******
Su madre la había reprendido y le había prohibido volver a ver a ese desconocido, muchas chicas eran secuestradas y llevadas a prostíbulos de lujo. O eran encerradas por psicópatas y sometidas a toda clase de prácticas salvajes y violentas. Le advirtió.Pelearon.
Angelet lloró, discutió con su madre y quedó castigada dos días sin salir de casa Chiara a ningún lado, ni a la playa.
—Es que no puedo creer que te encapriches con un muchacho al que viste dos veces en la playa, eso no es normal—estalló su madre.
No, no lo era, pero era una adolescente y en el instante en que dijo eso se sintió culpable. Estaba creciendo y necesitaba reafirmarse, pues que lo hiciera sola, no teniendo una relación pasajera y abusiva que la dejaría con el corazón roto. Para esos hombres era muy sencillo enamorar a una chiquilla de su edad, llevarlas a la cama y luego decirles “yo fui claro contigo nena, sabías que solo duraría una semana, eres una cría”.
Casi podía escuchar a ese sinvergüenza, lo imaginaba así porque conocía muy bien a los de su tipo. Mujeriegos sinvergüenzas que usaban a las chicas y se divertían con ellas sin que les importara nada más que usarlas como
cosas. Su clínica estaba llena de chicas que habían sufrido abortos, que habían salido con esos hombres egoístas que las arrastraron a fiestas privadas, o que subieron videos íntimos a la web… Porque caramba, a todos les robaban el celular y el ladrón astuto subía los videos a un portal.
Clara se sentía enferma de que algo así le pasara a su hija. Ella debía apartarla de esos peligros y lograr que se enfocara en el estudio. Porque ella se preocupaba por sus hijos, los otros dos estaban encaminados, casados, con niños y con una carrera universitaria. Marina, la mayor era abogada (su orgullo) el menor Giacomo; arquitecto… Ahora solo quedaba su hija menor, la pequeña consentida: Angelet, encaminarla era su desvelo y nadie se interpondría.
Su marido al enterarse se puso a fumar nervioso.
—¿No crees que estás exagerando Clara? —dijo al fin mirándola con cautela. En ocasiones su esposa era muy brava y todo lo que se refería a su hija menor la ponía histérica. La pobre Angelet tenía buenas notas, era estudiosa, seria, no salía con chicos.
—Tú no sabes : eres hombre y para ustedes es usar y tirar—sí, su esposa estaba brava ese día—En la clínica veo a esas pobres chicas, algunas se hacen adictas, niñas de catorce años embarazadas, engañadas, tratadas como objetos por sinvergüenzas parecidos al que vi en la plaza el otro día.
No quiero que eso le pase a nuestra hija, Giulio.
—Angelet no es así, Clara. Es una chica seria, fuerte, estudiosa, responsable. Creo que exageras a veces, te dejas llevar…
—Pues yo creo que hago bien en exagerar, cuido a nuestra hija. Es adolescente y no hay nada peor que esos enamoramientos locos y fugaces, las chicas realmente se encaprichan con hombres que no son para ellas.
Mejor permanecer alerta, vi algo que no me gustó de ese hombre, ¿sabes?
Angelet debió quedarse en casa los días siguientes, daba paseos por la terraza y miraba el mar, su amiga fue a verla, sin embargo ella quería salir.
La oportunidad se dio el sábado cuando los padres de Rosina la invitaron a recorrer el centro en auto, la madre de la joven quería comprarse una cartera de marca a mitad de precio, alguien le avisó…
Era la excusa perfecta y su madre la dejó ir.
—Oye, si ves a ese chico ignórale ¿entiendes?
Angelet prometió ignorarle sabiendo que no podría cumplir esa promesa, le gustaba mucho Alessandro, no era como los tontos del secundario y si volvía a verle…
Algo le decía que ese día lo vería y mientras caminaban por las calles de piedra y buscaban pequeños suvenires de Capri con su amiga lo vio sentado en un restaurant con unos amigos mirando chicas. Eso le dio celos y por un momento no supo qué hacer.
—Oye, mira, está allí, tu enamorado de ojos negros—dijo Rosina.
Entonces él la vio y la miró con esa mirada intensa y profunda. Angelet sintió que todo desaparecía a su alrededor. Se acercó a ella olvidando a las otras chicas, a sus amigos que le silbaron y se burlaron a su espalda.
—Hola preciosa, ¿te han dejado salir de casa Chiara?—preguntó luego de besar fugazmente sus labios.
Ella tembló como una hoja, y su corazón palpitó, era tan guapo… Apenas le conocía y sin embargo tenía la rara sensación de conocerle de siempre.
—Sí… Pero mi madre… Perdónala, es que su trabajo… Ella trabaja con chicas anoréxicas y siempre cree que yo…
Alessandro sonrió, sí, maldita mujer, era una víbora, ya lo había notado.
Al diablo con ella, quería salir con ese ángel, le gustaba mucho.
—No te preocupes, entiendo… Todas las madres son así, un poco pesadas. Yo no soy un aprovechado y tampoco soy tan viejo, tengo veinticuatro. Me trató como si tuviera cuarenta…—dijo.
No, no entendía a esa doctora, era odiosa, qué mujer terrible, nunca lo habían increpado como si fuera un delincuente solo por invitar a almorzar a una chica, pero claro; debía disimular...
—¿Quieres dar una vuelta en mi auto?
La joven miró a su amiga rubia indecisa, parecía morirse por aceptar pero si su madre se enteraba… Volvería a encerrarla. Eso debía pensar.
—Escucha, me gustaría pero si mi madre se entera…
Él la miró con fijeza y acarició su mejilla.
—Preciosa ¿no crees que tienes edad suficiente para decidir con quién deseas salir? Además solo saldremos a recorrer la isla, hay lugares tan hermosos aquí.
Ella aceptó. La llevó a dar un paseo por la ciudad y tomaron un helado en una heladería del centro, charlaron bromearon y cuando la llevaba de regreso a su casa detuvo su auto y la miró.
—Eres un ángel ragazza, y no pareces de dieciocho por momento tengo la sensación de que tienes mucho menos, quince tal vez…
Angelet palideció pero él sonrió.
—Oye, no te ofendas, no tiene nada de malo, es que cuando te veía en la playa parecías de más edad. Te hacía como de veinte…Pero ahora que te he tratado un poco y hemos charlado tengo la sensación de que eres una niñita.
Tal vez por culpa de los cuidados excesivos de tu madre.
La joven tembló cuando él se acercó despacio y la atrajo para que quedara sentada en sus piernas y poder besarla, se moría por hacerlo, de quince o de veinte, la quería tener.
La joven respondió a su beso pero parecía algo desconcertada, casi asustada.
—¿Qué tienes muñeca? No soy un diablo, puedes tocarme si lo deseas—
tomó sus manos y las llevó a su pecho mientras volvía a besarla. La tomó de la cintura y acarició ese trasero redondo perfecto.
Ese acercamiento lo excitó demasiado, pero no iba a hacerlo allí, quería ir a un lugar cómodo y ver… Lo maravilloso que sería hacerle el amor a esa joven…
Y mientras besaba su cuello se acercó a su oído preguntándole si quería ir con él a su hotel.
Angelet no era tonta, la habían besado antes pero nunca había llegado más lejos que unos besos y caricias.
—No… No voy adormir contigo, esto es… ¿Tú crees que lo haré contigo sin siquiera conocerte? ¿Que vine aquí para eso? Acepté pasear contigo no algo más.
Esas palabras lo sorprendieron y disgustaron. No podía creerlo.
—Disculpa, pensé que tu madre exageraba pero ahora veo por qué, eres una niñita. Pero no soy un sátiro ni un aprovechado.
Él la dejó en el asiento y le ordenó que se ajustara el cinturón pues pensaba ir a mucha velocidad.
Angelet obedeció y cuando llegaron a casa Chiara lloró. Al parecer su madre tenía razón, los hombres de hoy día solo querían sexo, nada más les quitaba el sueño. Y ella había creído que había algo entre ambos, que podrían empezar algo… Le gustaba sí, estaba boba por él, pero en esos momentos se sintió desilusionada. Él no estaba interesado en ninguna relación romántica ni a distancia ni de cerca. No quería conocerla, solo había la hecho creer lo contrario…
Pero no dijo nada. Y cuando quiso quitarse el cinturón no pudo hacerlo y lo miró desesperada.
Él sostuvo su mirada y rió y lentamente le desabrochó y al sentir su olor suspiró.
Ella lo miraba furiosa como una niñita consentida y ofendida.
—Chiquita tienes quince en vez de dieciocho, hueles como bebé… pero me gusta. Mañana te espero en la playa muñeca, a las nueve.
Ella sintió deseos de darle una bofetada, ¿acaso se estaba burlando?
—No iré.
—Sí, lo harás preciosa, vamos, quiero verte. Me gustas.
—Tú solo quieres dormir conmigo antes de regresar a Roma.
—Y lo haré… Pero te daré un tiempo más para que te decidas. Yo podría enseñarte muchas cosas, bebé.
No pensaba ir, no lo haría, no quería volver a verlo y se alejó furiosa.
Al día siguiente no fue a la playa, se quedó en la terraza mirando el mar sintiéndose triste y deprimida. Su madre no quería que tuviera novio, no es que le pusiera un cinturón de castidad o algo parecido, decía que esas cosas eran perjudiciales y distraían. Pero le había dicho cómo debía cuidarse si un día se iba a la cama con algún chico.
Ella soñaba con enamorarse, con encontrar un joven para enamorarse y tener una relación estable y duradera, todas sus amigas tenían novio y lo hacían, excepto ella. En ocasiones se sentía sola, nada le faltaba, sus padres le daban todo pero Angelet quería tener un novio para enamorarse y ser feliz, vivir ese amor que solo había leído en las novelas o escuchado a una de sus amigas de la secundaria. Qué pena que siempre le pasaba a alguien más…
En realidad no le atraían los chicos de su edad, eran muy tontos y ni siquiera sabían besar. Mucho menos sabrían hacer lo demás.
“Debes encontrar uno que sepa y sea delicado porque la primera vez te dolerá y por momentos querrás salir corriendo” le había dicho su mejor amiga Rosina. “Sobre todo si la tiene muy grande”, había agregado con picardía.
Sonrió al recordar esas conversaciones privadas, secretas. Ella iba por el tercer novio y le contaba muchas cosas… lo que hacían y lo que no hacían, lo más placentero y…
Al pensar en el sexo pensó en Alessandro, sabía besar y cuando estuvo en el auto con él deseó hacerlo.
Pero él la había llamado niñita, y tal vez quiso decir novata, así que no quería verlo más.
********
A media tarde fueron a cenar a un restaurant del centro con sus padres, y durante días no lo vio y pensó, “seguramente no lo vea más y lo tengo bien empleado por ilusionarme con desconocidos”.
Hasta que una semana después lo vio charlando con una chica rubia muy pintada de vestido negro cortísimo, larga, esbelta, parecía una modelo.
Verlo así de repente y con compañía la dejó enferma, y casi salió corriendo, bueno mejor así… cuando las cosas no eran, mejor no insistir.
Una mañana sin embargo cuando iba a darse un baño lo vio con sus amigos, sin la chica rubia, y la saludó de lejos. Ella respondió al saludo y se fue a caminar con Rosina.
De pronto esta le dijo;
—Es muy guapo amiga, deberías probar… Seguro que tiene experiencia y no te irá mal.
Angelet miró a su amiga furiosa. No quería. No porque quisiera casarse virgen o algo así pero…
—No seas tonta, hazlo y cuídate, luego te quedará un estupendo recuerdo de Capri… el verano que perdiste la virginidad.
De pronto Angelet se quedó pálida, él había estado escuchando toda la conversación y la miraba con fijeza, pero había un dejo de burla en esos ojos.
Ambas chicas se apartaron y fue Angelet quien se alejó primero. Rosina la siguió mientras el joven de Roma la miraba a ella, la chica que parecía un ángel y olía como bebé. Virgen. No podía creerlo. Por eso cuando estuvo en su auto no quiso hacerlo a pesar de estar excitada. Ahora lo entendía.
Era una locura, ninguna chica era virgen a esa edad a menos que fuera muy fea o… estuviera estudiando para ser monja. Bueno, al parecer los chicos de Módena eran todos unos estúpidos. Virgen. Claro esa chica quería un novio para perder la virginidad y luego tal vez llevarlo de narices al altar.
Sí, no parecía una futura doctora, había algo familiar y hogareño en ella. La imaginaba en una casa llena de niños, con un bebé en brazos y muchos corriendo a su alrededor.
La palabra matrimonio lo asustó tanto como que fuera virgen.
¿Quién creía en la fábula de la virgen ardiente? Pero lo más triste no era eso. Ahora entendía por qué parecía asustada. No lo haría con él, esperaría a tener un novio formal, un joven serio, tranquilo y estudiante de medicina.
Alguien que su imponente y loca madre aprobara.
Meneó la cabeza y regresó con sus amigos. Divertirse y tener sexo era su lema, ahora tenía una chica rubia que lo hacía en su auto y era muy buena y fogosa. Le gustaban las mujeres que se convertían en verdaderas hembras en la cama. Nada de niñitas sin experiencia que olían como bebés y todavía mojaban la cama.
Eso no era para él.
**********
Las vacaciones llegaban a su fin, Capri había dejado de ser un paraíso para Angelet, y ahora en vez de quedarse una semana más quiso irse antes.Estaba algo deprimida por culpa de ese joven, no quería volver a verlo y no entendía por qué la afectaba tanto verlo con esa chica rubia. Lo había visto en varias ocasiones, siempre tenía que verlo y él la miraba con esos ojos oscuros y ella sentía una alegría tan extraña. Nunca le había pasado algo así, no podía dominarlo, pensaba en él todo el día como si se hubiera aferrado a una ilusión… era una locura, nadie se enamoraba, debía ser una obsesión. Algo que de todas formas no podía ser.
Por eso sería mejor alejarse, regresar a casa y ponerse a estudiar. Sacarse de la cabeza a ese joven guapo, seductor pero que no la quería para nada. Ni siquiera para tener sexo, pues luego de oír esa conversación debió sentirse desilusionado...
Cuando su amigo supo que se iría antes de tiempo se desesperó.
—No Angelet, no te vayas. Solo porque ese idiota te molesta. Ignóralo.
Hay otros chicos aquí, hay otro que no deja de mirarte, lo vi el otro día.
—No me interesa, no es por él, apenas le conozco.
Estaba deprimida, no quería marcharse pero necesitaba hacerlo. Así que aceptó ese día ir de compras por la ciudad y llevarse alguna cartera o suvenir de recuerdo.
Llevaba un vestido largo blanco de algodón que le sentaba muy bien y resaltaba mucho su larga cabellera enrulada y sus ojos color miel, brillantes, pero algo inquietos.
Mientras recorrían las tiendas y regateaban con los vendedores pidiendo rebaja ella se olvidó de ese joven y guardó un jarroncito muy mono en su cartera de cuero blanca. Unos chicos la miraron y Rosina les guiñó un ojo, en ocasiones hacía esas cosas que la enfurecían.
—Hola preciosa, pareces un angelito de blanco—dijo uno de los chicos con marcado acento sureño.
El más alto y cetrino rió.
—Es una novia, una novia virgen—opinó.
Angelet vio que esos tontos las rodeaban y se asustó. Miró a su alrededor pero no vio más que a turistas indiferentes.
—¿Cómo te llamas dulce ángel?—insistió el morocho alto.
Esos chicos sureños eran unos pesados, atrevidos algunos, muchos eran del jet-set del sur, algunos directamente de la mafia y como tenían autos caros se creían los reyes del verano y no solo de Capri, el mundo entero.
Los había visto otras veces molestando en la playa pero los había ignorado pero ahora no las dejaron tranquilas, las rodearon, eran tres y uno de ellos le robó un beso a Rosina haciendo que los otros aplaudieran su hazaña.
—Vamos a dar un paseo chica sin nombre, ¿es que no me dirás cómo te llamas, novia virgen?—los ojos negros la miraban ardientes, quería darle un beso y ella correr, correr lo más lejos posible.
Pero otro de los sureños: amigo del de ojos negros le cerró el paso y sonrió, tenían unas caras desagradables, iban bien vestidos pero no le gustaba nada esas miradas.
—Hey tú: apártate de mi novia, no la toques o te cortaré la mano—
intervino el cetrino.
Angelet gritó al ver que uno de ellos besaba a su amiga mientras otro la empujaba para el líder.
—¡Cretinos desgraciados, suelten a las chicas o llamaré a la policía!—
intervino Alessandro furioso, salido de la nada, parecía un ángel vengador.
Una visión…
—¡Y tú suelta a mi novia ahora si no quieres que te parta la cara!—
insistió dirigiéndose al cetrino que parecía ser el más bravucón del grupo.
Angelet lo miró con una expresión de alivio y ansiedad.
El chico sureño cetrino le hizo frente y avanzó hacia Alessandro nada impresionado por sus amenazas.
—Cuiden a mi ángel, volveré por ella en un momento—dijo y de pronto sacó una navaja y Angelet chilló desesperada pidiendo ayuda.
Algunos turistas corrieron al ver que el chico alto tenía una sevillana y acababa de atacar a otro joven cortando su brazo. Pero Alessandro no iba a rendirse y avanzó hacia él gritándole:—Maldito perro africano sureño, me las pagarás—bramó y le dio un puñetazo y otro hasta dejarlo tumbado. Pero los amiguitos del cetrino fueron a defenderlo y los amigos de Alessandro también y se armó una batalla campal donde volaron golpes, e insultos por doquier.
De pronto Alessandro vio a Angelet asustada y sola, la chica rubia había desaparecido y separó a sus amigos porque lo más importante era ella.
—Dejen a esos estúpidos o terminaremos todos en la jefatura. Vamos—
dijo y corrió a buscarla.
—¿Estás bien Angelet, esos africanos te hicieron algo?
Ella dijo que estaba bien.
—Ven conmigo preciosa, te llevaré a tu casa—le dijo abrazándola despacio.
—Pero Rosina… Mi amiga desapareció, no sé dónde está—le respondió mirándolo con intensidad. Él pensó que parecía un ángel con ese vestido blanco y suspiró, bueno, debían buscar a la chica bajita...
Silbó a sus amigos mientras los perros sureños corrían al escuchar la sirena de la policía, esos bribones tendrían mucho que perder también por provocar disturbios en un lugar público.
—¿Han visto a la chica rubia bajita que estaba con Angelet?—les preguntó.
Sus amigos la buscaron y uno de ellos fue quién le avisó que la joven estaba a salvo y había corrido calles arriba.
—Tu amiga se fue y te dejó sola, ¡qué bien!… Ahora salva tú tu pellejo
¿o quieres ser el festín de los chicos sureños?—dijo él enojado y nervioso.
Ella entró en su auto pero él no pensaba llevarla a casa Chiara. No la había salvado para devolverla a su casa. Se sintió inquieto y la llevó a su hotel.
—¿Por qué me trajiste aquí? No…
Él la miró con torva expresión.
—Tranquila preciosa no voy violarte como querían hacer esos chicos sureños. Son unos salvajes, creen que pueden hacer lo que deseen porque la mafia los defiende. Ven aquí, te llevaré a un lugar donde estés a salvo.
Ella lo siguió y al entrar en su apartamento miró a su alrededor nerviosa.
Era una habitación preciosa y lujosa. Él corrió a vendarse el brazo, la herida no era profunda pero le ardía. Angelet se acercó para curarle.
—Debes atenderte, esa herida puede infestarse. Déjame verla.
Él suspiró al sentir sus manos blancas en su piel y ese olor de bebé que tanto le gustaba. Suave, delicado, era un olor muy especial.
Observó cómo limpiaba su herida y la vendaba con mucha delicadeza, concentrada en la tarea de curarlo como si fuera su enfermera o... Su novia.
Esa idea lo hizo sonreír.
—¡Pero qué doctora tan bonita me ha curado! Gracias preciosa. ¿No crees que merezco algo más que una caricia en el brazo?—le preguntó.
Ella parpadeó nerviosa y cuando iba a alejarse él la atrapó y le robó un beso ardiente y desesperado. Angelet se resistió pero era un juego, cuánto más se resistía más la besaba y retenía entre sus brazos.
—No, no suélteme o gritaré—dijo ella muy agitada.
Él sonrió.
—Los ampones sureños mueren por las chicas vírgenes, ¿lo sabías?
Deben haberte seguido el rastro desde la playa.
Ella se puso seria.
—No te burles de mí, ese hombre quería meterme en su auto y casi muero del susto, no es algo para hacer bromas—la joven se sonrojó al sentir su mirada intensa.
—Yo te salvé, no lo olvides, ¿no crees que merezco recibir el premio mayor?—dijo mirándola con creciente deseo. No bromeaba, estaba reclamando su virtud.
—No te daré mi virginidad, la reservo para un hombre que realmente me quiera y sea mi novio. Y en algunos años tal vez mi futuro esposo. No quiero ser como esas chicas que tienen varios hombres, quiero encontrarlo todo en uno solo. Tú solo quieres sexo, para ti solo sería una experiencia nueva, nada más—le respondió con calor dando un paso hacia atrás.
Él la miraba embelesado, la deseaba y se moría por hacerle el amor, por disfrutar ese momento tan especial con ella. Que su primera vez fuera con él, como si fuera un ampón sureño, católico, mafioso y buscando una virgen para casarse.
—Me gustas preciosa y si quieres que sea tu novio acepto. Seré tu novio y tu futuro esposo…—dijo y la besó con suavidad, sus labios, su cuello… Y
la tendió despacio en la cama.
—Te burlas de mí, dices esto para tener lo que deseas, tú no pareces serio ni formal, ni siquiera tienes una novia.
Él sonrió.—Es verdad, ni siquiera tengo novia, pero ya tengo una. Mi preciosa novia virgen Angelet Verini.
Pero ella no quería hacerlo en esos momentos. No estaba preparada ni se fiaba de él y de pronto lloró cuando sintió que él la arrastraba con un deseo desesperado.
—No quiero hacerlo ahora, tengo miedo…
Él se apartó despacio, ardía de deseo por esa chiquilla, estaba involucrándose como un tonto, no podía evitarlo… Era una chica dulce, preciosa y no quería dejarla ir. Temía que otro ampón sureño se la robara.
—Ven conmigo a Roma muñeca, vamos, anímate. Tengo un casa espaciosa y nada te faltará—le dijo de pronto.
Ella abrió la boca sorprendida, no podía creer lo que estaba escuchando.
—Pero yo no te conozco demasiado, ni tú tampoco. ¿Esto parece una broma, verdad? Apenas nos conocemos…
Él sonrió y la besó despacio.
—Vives lejos, preciosa. Los novios deben verse a menudo ¿no crees?
—¿Tú eres mi novio?—Angelet vaciló.
—Lo seré si quieres. ¿Te agrada la idea?
—Tú no quieres una novia, solo quieres que sea tu novia para que duerma contigo.
Él rió divertido al escuchar sus palabras, ¡qué tierna era!
—Preciosa, los novios lo hacen, desean estar juntos, verse y hacer el amor sin parar, ¿qué hay de malo en eso? ¿Acaso tu mami no te deja tener novio? ¡No puedo creerlo!
—Eso no es verdad, mi madre solo quiere que estudie y que no me involucre con chicos inconvenientes. Nunca me ha prohibido nada.
—Y sin embargo no te deja acercarte a mí…
El celular de la joven comenzó a sonar. Era su madre, debía estar preocupada.
—¿Dónde estás?—la voz de la doctora sonaba histérica.
—Estoy con… Alessandro, él me rescató de unos chicos sureños… estoy bien mamá.
Sí, iré enseguida.
Cuando cortó el teléfono lo miró.
—¿Puedes llevarme a casa Chiara? Si no llego en media hora mi madre llamará a la policía, está histérica.
—Está bien, te llevaré pero un día me pedirás que te lleve conmigo a Roma.
Mientras iban en su auto él le preguntó hasta cuándo se quedaría.
—Me iré el lunes, pero puedo quedarme unos días más… ¿Tú estarás aquí?
Él detuvo el auto, habían llegado.
—Yo debería estar en la empresa, no estoy de vacaciones, estoy trabajando pero aproveché para quedarme… Pero si te vas el lunes yo también me iré.
La besó apretándola contra su pecho. Se moría por llevarla a su hotel y hacerle el amor, era una mezcla de deseo, pasión y locura. Es que había querido tenerla desde el primer instante en que la había visto y no contaba con que la joven se le negaría envolviéndole en su magia. Era preciosa, y le gustaba ese olor suave, y el sabor de su boca…
Hacía años que no tenía una novia y no creía demasiado en los compromisos, la palabra matrimonio lo asustaba y no le gustaban los niños ni quería tener hijos.
No era el indicado para Angelet, ella era tan distinta, fiel, tranquila y estudiosa… Pero el amor es así… Los hombres que nos atraen y enamoran no siempre son los indicados para nosotras, excepto si llegan a hacernos felices, entonces…
**********
Se vieron algunas veces antes de despedirse pero al regresar cada uno a su cuidad, solo uno de ellos tuvo la certeza de que el romance continuaría.Alessandro. Alessandro planeaba ir a verla a Módena, y conocerse un poco más.
Angelet en cambio pensó que él la olvidaría y los primeros días se sintió triste y vacía. Lo extrañaba, era una locura sí pero se moría por verlo, por oír su voz… quiso llamarlo pero pensó “tal vez me haya olvidado”.
Él en cambio tuvo la certeza de que la vería. Tenía su dirección su teléfono celular, solo debía llamarla pero los primeros días estuvo atareado en la empresa, imposible. Y luego… Decidió ir a espiarla.
Tal vez la chica le hubiera mentido, su madre era tan pesada, nunca había conocido algo igual a esa mujer, hasta último momento, cuando salieron a tomar un helado estuvo allí molestando, vigilando…
Era viernes y tenía la sensación de que había pasado un siglo, pero hacía poco… Mejor ir a investigar.
Tomó su auto y partió temprano. Sabía que ella iba al secundario de tarde porque no podía levantarse temprano. Sonrió, podía imaginarla con las sábanas pegadas y las mejillas redondas, en su cama… En sus brazos.
Se moría por verla y cuando llegó a la vía Emilia notó las casas residenciales tan pintorescas. Una ciudad antigua, con palacios, iglesias…
Tenía un encanto especial, tal vez porque era la ciudad donde vivía su ángel…
Dio vueltas en su automóvil azul y llegó a la plaza Grande y entonces la vio salir del colegio con su uniforme. La falda oscura, las medias y los zapatos, y la bincha blanca en el cabello, ahora sí que era una colegiala. No le había mentido, algo le decía que esa jovencita no sabía mentir. Y allí estaba charlando con sus amigas mientras unos tontos la seguían a distancia. Uno de ellos un pelirrojo alto y pecoso se acercó y le tiró del cabello. Ella lo miró furiosa mientras su amiga Rosina reía y caminaba abrazada de un adolescente con cara de tonto. Supuso que era su novio.
Se acercó lentamente y cuando vio que el chico no la dejaba en paz decidió intervenir.
Al verlo aparecer Angelet se detuvo y lo miró sorprendida, embelesada, con su traje de colegiala, la bincha y unas caravanas en forma de aro, estaba preciosa.
—Alessandro—murmuró y corrió a su encuentro emocionada.
Los otros chicos lo miraron con rabia y él la tomó entre sus brazos y la besó frente a todos. Luego la invitó almorzar. Llevaba horas manejando y solo quería sentarse en un restaurant y comer un buen plato de quesos y pastas.
Angelet sonrió encantada, era como un sueño verle de nuevo, había pensado que él no la llamaría ni…
Luego de sentarse en una mesa con vista a la calle del restaurant él le preguntó cómo le había ido en la escuela.
—Bien, este año terminaré y luego… Creo que estudiaré medicina.
Él sonrió y sin poder evitarlo quiso saber quién era el chico pelirrojo que había estado molestándola.
A ella le agradó saber que él estaba celoso de Giancarlo.