Atada a tí

Erine Lowell · Capítulo 1 de 1 · parte 4/4

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Atada a tí

Encuentro inesperado

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

*************

Siempre se reconciliaban, él le pedía perdón o no lo hacía y simplemente la besaba.

Luego hacían el amor y volvían a estar unidos. Lo amaba, lo amaba tanto que estaba dispuesta a pasar esas pequeñeces por alto.

Roma era una ciudad bella pero distinta, y el colegio al que debió ir para terminar la secundaria no le agradaba. Debía madrugar pues no había lugar en el turno de la tarde. Eso ya le crispaba los nervios.

Luego la exigencia de algunos profesores era tremenda y ella se dormía en las clases y no podía estudiar porque le costaba concentrarse.

A veces lloraban sola en la casa mientras esperaba el regreso de Alessandro del trabajo.

Hacía semanas, meses que no veía a su madre, hablaban por teléfono pero no era lo mismo. El matrimonio no era ese cuento de hadas que le habían contado de niña: y se casaron y vivieron felices” patrañas.

Extrañaba a sus amigas, su casa, su vida, su escuela… Ir a ese colegio la deprimía horriblemente, no conocía a nadie y todas las chicas de su clase la miraban raro por ser casada. Como si fuera un extraterrestre. La dejaban de lado y rara vez la hablaban.

Estaba con Alessandro y eso la compensaba, lo amaba sí pero pensó que vivir juntos tal vez no fuera buena idea y casarse había sido prematuro.

Él siempre estaba de buen humor y no dejaba de hacerle el amor.

Cuando llegaron las primeras calificaciones lloró. Eran pésimas. No se atrevió ni a decirle a su madre.

Pero un día se durmió y no fue a la escuela, tampoco al siguiente. No quería volver y un día cuando Alessandro llegó del trabajo la encontró dormida en la cama.

La había notado algo desanimada y triste y no sabía por qué.

—Angelet bebé, ¿qué tienes? Despierta.

Cuando supo lo que le pasaba acarició su cabello y la besó.

—Te aceptarán, necesitan tiempo… No te conocen, bebé.

—No tengo amigos… Se burlan de mí porque soy casada. ¿No es absurdo?

Angelet estaba muy angustiada y a él le costó consolarla. Y esa noche cuando quiso hacerle el amor por primera vez lo rechazó…

Cuando quiso desnudarla ella dijo “no, hoy no me siento bien”. Nunca la había visto tan desanimada.

De pronto comprendió que eran muchos cambios para ella y además estaba cansada.

Se sirvió una cerveza y se metió en la cama, hacía frío y quería sentir al menos su calor… Aunque quisiera tener otro calor… se resignó. Bueno, no todo era sexo en esta vida…

Pero la crisis de Angelet continuó. No quería regresar a ese colegio ni quedarse el resto del día encerrada esperando que él regresara.

Lo amaba maldición, no podría volver a su casa y abandonarlo. Se moriría si lo hacía.

Al día siguiente faltó a la escuela, se sentía mal, cansada. Tenían tres meses de casados. Pronto llegaría el verano y entonces recordó con tristeza los consejos de su madre.

Se sentía acorralada y en crisis.

Y para peor débil y mareada, con ganas de llorar.

Todo le daba vueltas, y la comida de ese lugar le daba náuseas.

Desesperada cerró los ojos y trató de dormir un poco más.

—Despierta bebé. Debes ir a la escuela. ¿Por qué no te has levantado?

La joven despertó asustada y entonces vio que era Alessandro.

—No quiero ir… No iré más a ese horrible colegio.

Él se acercó y besó su cabeza, tenía prisa, estaba retrasado y debía ir a la empresa cuanto antes. Pero de pronto notó que le daba la espalda y lloraba.

—Está bien bebé, no vayas… Puedes retomar el próximo semestre. ¿Qué tienes? Escucha… Era tu madre quién quería que fueras… que estudies. No deja de molestarte con eso, no te da respiro.

Pero el asunto era más profundo, y cuando Alessandro se fue, Angelet lloró. Se sentía atascada, molesta, incómoda…

Había creído que vivía un sueño y ahora…

Llamó a su amiga Rosina, necesitaba hablar con una amiga. No podía llamar a su madre y contarle. No quería ni oír lo que le diría si se enteraba que no quería ir a la escuela secundaria de Roma.

Rosina estaba dormida pero la atendió.

—¡Angelet! ¡Qué alegría escucharte! ¿Cómo va tu luna de miel?

—¿Luna de miel?

La joven se desahogó y le contó aquello que sospechaba pero de lo que no quería ni hablar.

Estaba asustada. Por momentos quería escapar. Todo estaba mal…

—¿Pero tú lo amas, verdad?

—Sí, lo amo pero…No puedo… creo que no me siento cómoda, me paso sola todo el día o con gente que me detesta en la escuela. Antes le echaba de menos y sufría pero tenía mis amigos, mi familia ahora no tengo nada…

solo a él, es verdad. Pero ¿qué voy a hacer aquí? Sus amigos no dejan de llamarme esposa adolescente, y le dicen por qué no ha vuelto a irse de parranda…

—Oh, no prestes atención a eso Angelet, él te ama. Sabes que hizo todo por llevarte con él, hasta se casó contigo.

—Lo hizo sí, pero ahora… NO sé qué haré, quisiera estar en casa pero tampoco podría dejarlo. Lo amo, lo amo tanto… —Angelet lloró.

Rosina intentó calmarla.

—Bueno, no te angusties, ya pasará… Estás en un lugar extraño, lejano, y echas de menos tu ciudad, tu familia, eso es natural y…

Angelet la escuchó y luego se quedó en la cama triste y abatida.

Odiaba sentirse así, imaginaba el sermón de su madre “te lo dije”, y su tristeza al regresar a su casa, porque de pronto comprendió que no quería regresar, que no podría hacerlo…

Tal vez era normal en todos los matrimonios… Pero ¿qué sabía ella de matrimonio? Era una adolescente y echaba de menos su ciudad, sus amigas, a sus padres…

A media mañana cuando tuvo fuerzas llamó a su madre. Esta notó que algo pasaba.

—¿Angelet, estás resfriada?—quiso saber—¿Por qué no fuiste a la escuela?

—No me sentía bien mamá…

Hizo un esfuerzo por dominarse, no podía echarse a llorar y correr a su lado. Ya no era una niñita, debía sobreponerse y… enfrentar esa crisis…

No regresaría a la escuela de ese lugar, no lo haría…

Pero debía buscar algo para hacer que la entretuviera, pasaba demasiadas horas encerrada, se cansaba de dar vueltas en la casa no tenía nada para hacer.

Alessandro llegó antes de la hora y corrió a abrazarla, la echaba de menos y estaba algo preocupado de verla triste por lo de la escuela.

Le sorprendió verla profundamente dormida.

—Despierta bebé, Angelet… Escucha, iremos a dar un paseo ¿quieres?

Ella abrió los ojos y sonrió. Era él, había regresado. “Alessandro”

murmuró.

Él la miró con intensidad y la besó… se moría por hacerle el amor, la echaba tanto de menos que salió antes del trabajo para verla. Para besarla, y estrecharla.

Angelet lloró cuando la desnudó y comenzó a besarla, a llenarla de caricias. Lo amaba tanto pero lo extrañaba y sabía que al día siguiente su dolor regresaría.

Él la poseyó ferozmente, como un demonio rozándola una y otra vez… y luego de hacerla estallar notó que estaba llorando y se preocupó.

—¿Qué tienes preciosa? ¿Por qué lloras?

Ella no pudo hablar, era extraño, como si al llegar al placer también sintiera dolor, como si el pensamiento de “quiero abandonarte, no soy feliz aquí” fuera tan doloroso que estuviera sofocándola y necesitara llorar para sentirse mejor.

—Dime preciosa, ¿qué tienes? ¿Acaso extrañas tu casa y a tus amigos?

Ella secó sus lágrimas y asintió…

—Y te extraño a ti, en el día… Sin esa horrible escuela miro tele y no sé qué hacer para que las horas pasen rápido.

Él la abrazó su acarició su cabello, estaba serio, parecía disgustado. Pero de pronto dijo.

—No te diré que regreses a la escuela si no te sientes cómoda pero… eres tan joven bebé, tal vez debí esperar pero no quise hacerlo, quería tenerte aquí en casa conmigo. Te amo bebé, te amo tanto… No soportaría perderte… Nunca había traído una chica aquí ni había sentido estas cosas…

Me moría por estar contigo, me entristece que riñamos…

Ten paciencia, aguarda, luego… Debes adaptarte a Roma, a vivir aquí conmigo. Luego todo mejorará, podrás estudiar si lo deseas… No es necesario que trabajes.

Ella asintió en silencio y lo besó, sabía que tenía razón, que debía adaptarse. Eran muchos cambios. Y su madre presionándola para que no dejara los estudios.

Angelet se acercó y lo besó, llenó su cuerpo de besos y él la atrapó cuando los besos se hicieron muy ardientes.

—Aguarda preciosa, quiero entrar en ti—le dijo y la tendió con suavidad.

El sexo con ella era tan dulce, tan tierno, por momentos creía enloquecer porque la necesidad de tomarla era tan fuerte que… oh, se sentía en la gloria cuando entraba en su sexo apretado y tibio, cuando la besaba y apretaba contra su boca. La amaba, la adoraba y si algo saliera mal no podría soportarlo… ella lo era todo para él en este mundo, nunca pensó que… se enamoraría tanto de la chiquilla. Pero la necesitaba tanto, la adoraba y de pronto tuvo terror de perderla.

No era tonto, la había visto callada y pensativa. Debía extrañar, era tan joven… una chicuela, le faltaba crecer, madurar, pero la amaba como era y no quería dejarla ir.

Y mirando sus ojos con intensidad le dijo : —Te amo preciosa…

Ella lo besó.

—Te amo Alessandro—le respondió ella temblando.

Sabía que él lo era todo y que su sola presencia la calmaba y reconfortaba.

—Vístete preciosa, quiero llevarte a cenar al mejor restaurant de Roma.

Pero ella no quiso ir, y como otras veces prefirió quedarse con él mirando una película, abrazados… En ocasiones salían y lo que debía ser una cena romántica y perfecta se volvía nefasta. Celos de Alessandro porque alguien la miraba, celos de ella porque una chica rubia se acercaba a saludarlo con demasiada familiaridad…

—Quiero que estemos solos por favor… ¡Te extrañé tanto!—dijo ella acurrucándose en su pecho.

Él acarició su cabello y la miró con tanto amor.

—Está bien, nos quedaremos, pero pediré que nos traigan la cena, me muero de hambre Principessa.

Angelet sonrió y pensó que el tiempo que pasaban juntos era tan poco, ese día él había llegado antes pero sabía que en ocasiones debía quedarse fuera de hora. Esa empresa familiar era un incordio, pero todos los trabajos lo eran, su madre también… Ahora comprendía que el trabajo de su madre era un tormento, una deuda kármica y que todos los trabajos eran así.

Sin embargo a ella le habría gustado acompañarle al trabajo pero él no quería ni oír hablar del asunto. Era muy celoso, y lo era hasta de sus

amigos. No podía evitarlo, ella era suya y nadie más debía acercarse, ni mirarla ni tocarle un solo cabello.

***********

Pasaron los días, las semanas y Angelet pudo adaptarse a Roma y él le compró un cachorro para que le hiciera compañía. Uno de esos perritos minúsculos y peludos de la raza cocker. Lo llamaron Bruno y muy pronto se hizo inseparable de la jovencita, y era casi como un bebé de la raza perruna, lo consentía y mimaba y dormía subido a su cama.

Esto no le agradaba demasiado a Alessandro pero lo toleró, sabía que su ángel necesitaba algo que la consolara de su ausencia, de sus amigas y de su recalcitrante madre. ¿Y qué mejor que un tierno cachorrito? Ella mejoró mucho luego de su llegada.

Su madre fue a visitarla una semana después y la notó cambiada y se asustó.

—Angelet estás pálida. ¿Acaso te alimentas bien?—quiso saber luego de inspeccionar esa mansión palaciega del sur de Roma.

La joven sonrió con Bruno en brazos. Tenía adoración por ese perro peludo.

—¿Y qué pasó con la escuela? ¿Lograste adaptarte?—insistió la doctora Clara perspicaz.

Notó a su hija muy cambiada, más delgada y pálida, y muy pendiente de que su marido la llamara ochenta veces al día.

—No mamá, tuve que dejar, esa escuela era espantosa—declaró ella.

Su madre la miró alarmada, disgustada y furiosa. No podía creerlo.

¡Claro! Esperaba algo así.

—Bueno, pero el año próximo deberás anotarte, no puedes perder tiempo, luego vendrán los bebés y… ¿Tú no estarás embarazada Angelet?

Su hija se sonrojó molesta ¿por qué siempre le preguntaba lo mismo?

Cuando quiso casarse lo sospechó, cuando recién se casaron y sufrió vómitos por los mariscos de un restaurant también y ahora, la veía pálida y pensaba “es un embarazo”.

—No mamá, no estoy embarazada, si lo estuviera serías la primera en enterarte.

La doctora respiró aliviada.

—Pero si llego a quedar embarazada por un descuido lo tendré, y al diablo con lo demás—estalló. Empezaba a hartarse de que la tratara como

una niña, ya no lo era y se trataba de su vida—Y si quieres saber, sueño con tener un hijo suyo, ¡lo amo tanto! Pero él quiere esperar.

Clara se acercó a su hija y la abrazó.

—Te entiendo Angelet, yo jamás te aconsejaría lo contrario, sabes cómo pienso. Pero no descuides tus estudios, no abandones todo por quedarte en casa encerrada teniendo hijos. Eso es maravilloso al principio, luego los hijos crecen y tú te quedas vacía porque se van.

—No quiero hacer planes mamá, no puedo estudiar ahora, he perdido la concentración, sólo quiero estar con él y disfrutar cada momento que estamos juntos, como si fuera el último. ¡Todo es tan efímero en este mundo! A veces temo que algo pase, y que la vida me lo arrebate y yo me quede aquí sola, sin nada. No me gusta esta ciudad, el tránsito, los turistas…

Su madre se acercó y la abrazó, toda su vida la había aconsejado y guiado, y al ser la menor también la había sobreprotegido. Pero eso de nada había servido cuando ese demonio de ojos negros se propuso robársela.

Ahora era su esposa y ella lo adoraba, su vida era él.

—No pienses esas cosas Angelet, dejaste todo para venir aquí, habría deseado que no te casaras porque eres tan joven pero tú lo elegiste.

Supongo que es difícil para ti adaptarte, pensé que correrías a casa antes del mes pero no lo hiciste. Sé cuánto lo quieres hija. Y no deseo que creas…

Pero si algún día él cambia y te trata mal no dudes en volver a casa.

Angelet lloró emocionada. Por momentos había querido irse, se aburría, se deprimía mucho al estar sola esperando su regreso pero ahora tenía a Bruno y él siempre la llevaba a cenar y los fines de semana viajaban a su casa en Capri. Todavía estaban de luna de miel…

—Mamá, yo nunca voy a abandonarlo, lo amo tanto y él también.

Entiéndelo, él me ama y sé que cambió por mí, que dejó a sus amigos y a las chicas con las que salía. Cuando recién nos casamos fuimos a cenar y una chica rubia se le acercó, era muy hermosa y sentí celos pero él la ignoró… Sé que soy la única mamá y que me ama y quiere estar conmigo.

Y no peleamos, sólo me siento un poco sola a veces. Pero él no es malo, nunca me haría daño, deja de pensar que es una especie de monstruo mamá, porque no es verdad.

Ella la miró con fijeza.

—Sé que no es malvado hija, pero tú eres tan joven y estás muy sola aquí, lejos de casa por eso me preocupo. Cuando seas madre lo entenderás,

cuando tengas en tus brazos a tu bebé sentirás que querrás cuidarlo toda su vida, aunque crezca y sea ya adulto… Las madres somos así y siempre he querido lo mejor para ti y tus hermanos también.

Angelet no veía mucho a sus hermanos, en ocasiones la llamaba Marina, la mayor, y viajaba a Ferrara para el cumpleaños de Giacomo. Pero este siempre le había gastado bromas pesadas por celos y no eran muy unidos.

Ellos sí eran unidos, se veían con frecuencia pero Angelet siempre había quedado a un lado.

“No puedo creer que te vayas a casar con dieciocho años, debes estar loca niña” le había dicho Marina.

Su madre en cambio le había advertido:

—Bueno, espero que siempre sea así pero las personas cambian, y si ese hombre te hace el más mínimo daño…

A lo que respondió furiosa:

—Lo sé mamá, si me hace daño yo misma lo dejaré, nunca permitiría que fuera diferente. Yo lo amo pero si descubro que me engaña o que ya no me ama… Sé que será doloroso pero tengo amor propio sabes y orgullo.

La doctora sonrió emocionada.

—Me gusta oírte hablar así hija. Pero busca hacer cosas, no te dejes atrapar ni acaparar por una relación tan absorbente. Él es todo en tu vida, y si algo pasa en el futuro te sentirás muy mal. No descuides tus sueños, tus proyectos. No lo hagas. Ahora todo es nuevo para ti, no has podido estudiar pero antes de tener un bebé busca hacer cosas, y si luego tienes un bebé y pasa el tiempo… No te quedes atada en casa, defiende tu espacio, intenta hacer nuevas amigas.

—Lo haré mamá, te lo prometo.

Alessandro miró a su suegra con expresión alerta. Había escuchado toda la conversación escondido como un espía y pensó que esa bruja no perdía ocasión de hablarle pestes a su hija, de decirle que estudiara y que si algo salía mal pues regresara a casa.

Bueno, no esperaba menos. Sin embargo su ángel lo había defendido, siempre lo hacía, lo amaba y quería tener un hijo suyo. Sabía cuánto lo deseaba pero quería esperar y disfrutar ese noviazgo y luna de miel. Solos.

Sin bebés llorando todo el día estresando a su ángel. Además era muy joven para ser madre, una adolescente, tenían tiempo, podían esperar un poco más.

Cuando la doctora se marchó se sintió molesto, furioso y de pronto mientras estaba abrazado a su ángel deseó que el auto de esa mujer se estrellara para que no volviera a molestar o a meterse en la vida de su hija.

Luego se sintió culpable, estaba exagerando…

Abrazó a su bebé con fuerza y de regreso a la casa le hizo el amor, con ternura, con suavidad disfrutando cada instante de entrega, de sentir que eran uno y que ella era más que parte de su cuerpo era parte de su alma. Su vida entera. Y también sabía que se volvería loco si la perdiera.

Y mientras estallaba de placer la abrazó con fuerza y le preguntó

“¿quieres un bebé, quieres que te haga un bebé?

Ella sonrió pensando que era una broma, en ocasiones le decía esas cosas.

—Me encantaría sí… Muchos bebés, uno, dos… Tres… Sueño con tener una familia grande contigo.

Él acarició su cabello y la vio tan dulce, tan tierna.

—¿Por qué quieres tanto tener un bebé preciosa? Eres una adolescente y lo serás hasta los veintiuno ¿sabías? Te quedan algunos años.

Ella sonrió.

—Un hijo tuyo, un varón que se parezca a ti, no sabes cuánto lo deseo mi amor. Es un sueño para mí pero sé que quieres esperar y…

Él la besó apretándola contra su cuerpo.

—Te haré un bebé ahora para que nunca me olvides preciosa—dijo él.

“Sabes cuánto lo quiero Alessandro, sería maravilloso, un hijo tuyo…” le susurró.

Él la besó y apretó contra su pecho y pensó ¿“por qué no? Uno solo… no molestará y la haré feliz…

—Muy bien, buscaremos al bebé… Tenemos toda la noche para hacerlo.

—Oh Alessandro, pero tú no querías ahora sino en unos años…

Tenía razón pero al oírla hablar con su madre, ella jamás le había pedido nada pero quería tener un hijo suyo, soñaba con eso y él quería dárselo.

—Si tú quieres un bebé yo te lo daré ángel—le respondió él—Solo que creo que eres tan joven, ¿realmente quieres tener un bebé ahora?

Ella asintió sin vacilar, cada vez que tenía un retraso tenía la esperanza de que fuera un bebé, algo improbable porque siempre se cuidaba pero sabía que las pastillas fallaban. Sin embargo no quería reñir ni disgustarle, sabía que él no quería ser padre al principio y que luego había cambiado de idea.

Se había vuelto un hombre hogareño, tierno, y fiel… en pocos meses había cambiado y lo sabía.

—Eres tan joven bebé, ¿estás segura que quieres esto? Tal vez no sea sencillo para ti.

—La vida es efímera Alessandro, siempre me han dicho lo que debo hacer, que debo esperar, estudiar y no casarme antes de los treinta años.

Pero ahora es distinto, es mi vida y no quiero ser madre a los treinta, quiero un bebé ahora.

Él sonrió.

—Es una locura ángel, lo sabes ¿verdad? Tu madre querrá matarme si lo hago.

Esas palabras eran una provocación.

—¡Al diablo con eso! Quiero un bebé tuyo ahora, no es un capricho, Bruno no es suficiente para mí, me casé contigo para tener hijos y es mi vida, no la de mi madre.

Él sonrió y la besó.

—Esperemos un tiempo bebé, no por tu madre, sino por ti… No estás madura para convertirte en madre.

Sus palabras la hirieron y él no imaginó cuánto. La estaba llamando niña inmadura y no entendía por qué estaba pidiéndole un hijo.

Se apartó de él furiosa y lloró.

—Si me considerabas una joven inmadura ¿por qué te casaste conmigo?

—estalló.

Él se puso serio.

—Yo no he dicho eso, bebé.

—Entonces deja de llamarme así, no soy una bebé, soy una mujer.

Al verla tan enfurruñada sonrió y quiso besarla pero ella se resistió ofendida y molesta.

—Está bien, perdóname. Estamos recién casados, luego te haré un bebé, lo prometo. Pero necesitamos tiempo para nosotros, para estar solos y lo sabes. Acabas de cumplir dieciocho años muñeca, eres tan joven, tú no lo crees pero es así y embarcarte en la aventura de la maternidad sería una locura ahora. Si quedas encinta por accidente lo tendremos y sabes que tendrás todo mi apoyo pero buscarlo… Buscarlo, todavía no.

Fue su última palabra y no hubo cambios en los meses siguientes.

*********

Angelet cumplió veinte años y comenzó a estudiar medicina dejando en suspenso el sueño de tener un bebé suyo.

Le gustaba y tenía una memoria estupenda. Hizo nuevas amistades en la universidad y algunos chicos se le acercaron sin importarles que fuera casada. Pero ella los ignoró.

Sacó excelentes calificaciones y su madre le regaló libros, y no dejaba de felicitarla y darle todo su apoyo.

Alessandro también le dio su apoyo, pero estaba algo celoso de sus nuevos amigos.

Invitó a un par a su casa y pensé que no le agradaban los médicos, ni los recibidos ni los que estudiaban la profesión. Tenían una conversación tan aburrida hablando de diagnósticos, enfermedades y vacunas… o sobre la disertación de un profesor muy famoso de la cátedra llamado Scarelli.

Pero le alegraba que ella hiciera amistades nuevas, las chicas eran agradables cuando no hablaban de medicina y siguió dándole todo su apoyo a Angelet preguntándose qué ocurriría cuando se recibiera de doctora y lo dejara abandonado por una guardia. Era una chica inteligente y con una memoria prodigiosa, pero sufría al pensar en esos atrevidos merodeando su consulta solo para verla.

Quería seguir la especialidad de Pediatría, adoraba a los niños y las prácticas en el hospital la tenían muy entusiasmada. Ella siempre le contaba todo y al menos había dejado de estar triste o extrañar su casa, pero los estudios en ocasiones la absorbían y él sentía que por momentos perdía a su esposa y comenzó a extrañarla.

Pero él se había robado a su novia adolescente y quería que hiciera cosas, que no se sintiera atrapada o aburrida en la vida doméstica, él odiaba la rutina y sabía que esta podía alcanzarlos si dejaba a su esposa todo el día encerrada en la casa. Había ocurrido antes cuando él no quiso darle un bebé, Angelet cayó en una melancolía y tristeza que los afectó a ambos. Odiaba verla así pero era una adolescente, no podía hacerle eso, un hijo era un asunto serio, debía ser deseado y sus padres debían estar maduros para cuidarlo.

Ella lo superó, salió adelante, la llevaba a pasear, salía antes del trabajo y pudieron disfrutar su luna de miel y estar solos. Tenerla solo para él hasta que comenzó a estudiar. Sentía su ausencia pero la toleraba, no quería ser como esos tipos retrógradas que ataban a su mujer a la cama y no la dejaban hacer nada. Él quería que fuera feliz, que hiciera cosas. No la dejaba

trabajar es verdad pero es que eso no era necesario y ella ya no se quejaba al respecto, lo había aceptado.

Odiaba llegar a casa y no encontrarla, y esperarla por horas, no siempre podía ir a buscarla a la facultad o llevarla a las prácticas y eso le molestaba, un poco… Le echaba de menos, era feliz cuando dejaba atrás el estrés y los problemas de la empresa y la veía en casa, sonriente, contenta de verlo.

Un día se sirvió una cerveza fría de la nevera pensando que ella no estaba y sin embargo… tuvo un extraño presentimiento. En ocasiones intuía cosas, sentía su presencia y también pensaban lo mismo y dejando la lata fue a su habitación y la vio tendida en la cama, inmóvil.

—¡Ángel! Estabas aquí mi amor. Pensé que… ¿No tenías clase hoy? ¿O

prácticas?

Ella lo miró sin decir palabra, había tal tristeza en sus ojos que se alarmó y estaban hinchados de haber llorado.

—¿Qué te pasó preciosa? Estuviste llorando.

Ella asintió y se incorporó confesándole que uno de los niños que había estado cuidando en la clínica había tenido una muerte repentina y nadie sabía la razón. Sufría una cardiopatía congénita y había estado hospitalizado por una afección respiratoria. Tenía un año y ella se había encariñado mucho con él y ahora estaba desconsolada.

Él se acercó y la abrazó con fuerza y Angelet lloró y estuvo muy deprimida durante días. Las prácticas estaban tirándola abajo, su madre le había dicho que ocurría, que debía sobreponerse, porque su misión no era angustiarse por las muertes sino curar y evitar que estas ocurrieran.

—Tal vez no sirva para esto—le dijo un día durante la cena en un restaurant de comida china.

Él la miró.

—Ángel, a todos debe pasarle, son humanos ¿no? Luego lo superan y se convierten en médicos rudos y no les pasan ni las balas.—respondió y de inmediato pensó en su suegra, no había mejor ejemplo que ese.

Ella estaba triste, afectada y de pronto dijo.

—No lo sé, me gusta la medicina pero he visto cosas que no me agradan.

Angelet se sentía triste y desilusionada, debía cursar cinco años para recibirse de médico y luego podría tener la especialización en otra universidad privada, le quedaban tres y luego para hacer la especialización debía tener prácticas en centros hospitalarios.

No estaba segura de poder seguir adelante.

Llegó el verano y Alessandro le propuso regresar a Capri, eran sus vacaciones y ella no podía ir, tenía mucho que estudiar pero finalmente aceptó. Había pasado un año de demasiada exigencia y quería tomarse un descanso, un paréntesis para saber qué haría luego.

Además su esposo acababa de comprar un pequeño apartamento frente al mar y querían estrenarlo.

Fue toda una sorpresa y lo estrenaron encerrándose durante más de una semana. Al principio Angelet quería decorarlo y pasó horas escogiendo jarrones, cuadros y demás hasta que él la llevó a almorzar, al mismo lugar donde una vez un sureño había querido llevársela. Capri era muy especial para ambos y lejos de Roma y su carrera se sintió tan distinta.

—Tú no me querías al principio, solo querías sexo—le reprochó.

Él sonrió.

—El amor lleva tiempo bebé, me gustabas mucho y quería llevarte a la cama, ¿qué había de malo en ello? Me casé contigo para poder dormir contigo sin que tu madre me metiera preso.

Ella se enojó.

—Yo no quería que mi boda fuera así, algo forzado.

—No lo fue, bebé.

—Deja de decirme bebé, soy una mujer, tengo veintiún años y algún día seré tu doctora y deberás obedecerme.

Él rió y recordó ese verano en que la conoció, con solo verla en la playa con su amiga bajita supo que quería tenerla y lo había conseguido. Era suya.

Tomó su mano posesivamente y la besó.

Al regresar al apartamento no pudo esperar a desnudarla para llenar su cuerpo de besos y caricias y cuando rodaron por la cama le dijo: —

Preciosa, quiero que tengamos un bebé ahora, que lo hagamos aquí, en el lugar donde nos conocimos hace tiempo.

Angelet lo miró sorprendida, hacía tanto que quería un bebé pero él había dicho de esperar y luego sus estudios… Ahora no podía…

—Me encantaría Alessandro, pero cuando yo quise tú dijiste que era muy joven y ahora estoy estudiando, quiero recibirme antes.

—Si te recibes no tendremos un bebé, te dedicarás al trabajo—le reprochó.

—Puedo hacer ambas cosas, todas las mujeres lo hacen.

—Pensé que querías un hijo mío, soñabas con eso, hace tiempo… ven aquí…

Ella se dejó convencer por sus besos y se desesperó cuando sintió que la inundaba con su placer y la llenaba provocándole un orgasmo intenso. Un hijo, un bebé, hacía tanto que lo deseaba… Pero era la primera vez que se lo pedía.

Nunca había podido negarle nada y en sus brazos le preguntó:—¿De veras quieres que tengamos un bebé?

Él asintió sin vacilar. —No te lo pediría si no lo quisiera, tengo veintinueve años preciosa no soy un nene y quiero jugar con mi hijo, no ser su abuelo… Si tú quieres…

Su corazón palpitó, estaba emocionada, tanto tiempo había esperado que quisiera hacerle un bebé, no quería quedar embarazada si él… Había algunos hombres que no querían ser padres, y su esposo había sido uno de ellos hasta ese momento.

—Oh, Alessandro…—balbuceó.

—Bueno, pero si quieres esperar a terminar la carrera y encontrar un trabajo como doctora…

Ella se puso seria. —No, no voy a esperar, no quiero hacerlo si luego cambias de opinión… ¿Estás seguro de que quieres tener un hijo, que lo amarás y no te quejarás cuando llore?

—Bueno, tú lo cuidarás, y cuando nazca te quedarás con él. Sabes lo que eso significa ¿verdad? Que deberás escoger, puedes seguir estudiando y recibirte o tener a nuestro bebé…

—No hay nada que escoger, siempre quise un hijo nuestro, tuyo Alessandro y todo este tiempo tú me lo negaste.

Él la besó despacio, se sentía muy orgulloso de su esposa y del amor que los unía.

—No era por mí preciosa—le dijo y besó su mejilla—Es que eras una adolescente entonces mi amor, solo tenías dieciocho años, era muy pronto pero si quieres, si estás segura… ¿Qué me dices? Tenemos toda la noche y todos estos días para buscar a nuestro bambino.

—Sí, sí quiero, por favor… Quiero un bebé, ahora, esta semana… Y no me importa dejar mi carrera para más adelante.

Él la besó y volvió a entrar en ella, a rozarla con fuerza, a llenarla de besos y caricias. No había ocasión más romántica que celebrar otro año juntos en Capri haciendo un bebé. Era maravilloso, ella deseaba tenerlo, no lo había olvidado.

Y días después le preguntó por qué no había vuelto a pedirle un hijo antes de anotarse en la facultad.

—Tú no querías Alessandro y pensé que necesitabas tiempo. Yo siempre quise un bebé tuyo y cuando tenía atrasos pensaba… Era una locura porque nunca dejé de cuidarme pero tenía la esperanza de que tal vez…

Él sonrió y la sentó en sus piernas. Acababa de almorzar y tenían todo el día para hacer el amor y salir a dar un paseo por la playa.

—Te amo Angelet, mi preciosa, te adoro…—le susurró.

Esas palabras la emocionaron. No había sido sencillo al comienzo, había extrañado tanto pero ahora solo soñaba con tener muchos bebés y estar a su lado.

Cuando dos meses después supo que estaba embarazada aguardó la llegada de Alessandro para darle la noticia. Él la abrazó con fuerza y la besó.

Sin embargo tardó un poco en darle la noticia a su madre. Porque había dejado la facultad y había hecho todo lo contrario.

Rosie se enteró mucho antes.

—¡Angelet, estás loca! ¡Eres muy joven para tener un bebé!—protestó.

Un día sin embargo, cuando fue a visitar a sus padres ella la notó cambiada, distinta. Y cuando estuvieron a solas le preguntó si se sentía bien.

—Estás muy pálida Angelet, como si… Has adelgazado.

No se había sentido bien por semanas, pero ahora al menos las náuseas habían pasado.

Ella la miró y supo que había llegado el momento de decirle la verdad.

—Estoy embarazada, mamá. Tengo casi tres meses.

A la doctora Clara casi le da un infarto.

Era su bebé, su hija menor, eso no podía haber pasado. Su futuro, su carrera. Sin embargo se trataba de un hijo, su nieto y al menos ya no era una adolescente, los embarazos de adolescentes le provocaban espanto, en la clínica…

No estaba en la clínica maldita sea, estaba en la vida cotidiana. Su hija esperaba un abrazo, que la felicitara, pero solo pudo preguntar.

—Pero fue un accidente ¿verdad? ¿Cómo estás? ¿Te has estado haciendo exámenes?

Angelet asintió.

—Lo buscamos mamá, en las vacaciones de verano, queríamos un bebé… Yo siempre quise tener un hijo de Alessandro. Lo sabes.

—¿Y quién te lo cuidará cuando debas ir a estudiar?

—No quiero pensar en ser doctora ahora mamá. Quiero tener hijos, disfrutar de la vida sin hacer planes, tú vives en esa clínica, parece que tu vida fuera estar allí ayudando a todo el mundo renunciando a tus vacaciones, a las cosas que te gusta hacer. Yo no quiero esa vida, temo que soy egoísta, amo a Alessandro y no podría estar horas afuera sin estar con él o con mis hijos. Quiero disfrutar cada minuto, cada día, porque hoy estamos aquí y mañana no sabemos… siempre dijiste que tenía prisa por vivir, que el amor que sentía por Alessandro había arruinado mis planes de convertirme en doctora como tú. Pero yo no quiero ser como tú mamá, quiero vivir mi vida ¿entiendes? Seguir mi camino.

A su madre le costó entenderlo, pero no riñeron. Algo en ella estaba cambiando, las palabras de su hija le llegaron. Era doctora y vivía para sus pacientes, para ayudar, para dar todo olvidando el mundo entero. Y había pasado mucho tiempo inculcándole principios, dándole consejos, ¿y para qué? Angelet había crecido y quería vivir su vida, tomar sus decisiones. No quería estudiar ahora, quería quedarse en casa teniendo bebés.

¿Sería una reencarnación de una dama del siglo pasado? Siempre había tenido la sensación de que era demasiado doméstica y poco ambiciosa. No era una mujer de esos tiempos, ¿o sí lo era?

Bueno, lo había intentado. Había hecho todo lo que había podido y ahora solo le quedaba apoyarla, estar allí y cuidar a ese bebé que nacería en seis meses.

La doctora sintió deseos de llorar. ¡Su bebé había crecido, iba a tener un hijo! ¡No podía creerlo! ¡Cuando había empezado a estudiar medicina!

Secó sus lágrimas y entró en la clínica, las exigencias del día la distrajeron bastante del shock que estaba sufriendo.

Cuando su hija mayor lo supo comenzó a reírse.

—Bueno mami, no hagas un drama de esto, se salió con la suya. Es muy aburrido quedarse en la casa, Angelet quedó embarazada para tener algo en qué distraerse, además ella nunca tuvo demasiadas ambiciones. Decía que quería ser doctora sí, jugaba a eso de niña pero lo hacía porque te admiraba, nada más. Yo no le veo fibra de doctora a decir verdad. Demasiado emocional y … Se necesita gente fría y cerebral con vocación para dedicarse a tu profesión mamá, no digo que tú seas así pero… Bien, ya

sabes. Angelet siempre fue tu consentida, no maduró, y se casó joven con el primer seductor astuto que se la llevó a la cama… Su vida será así, ni siquiera piensa en la gran responsabilidad que significa tener un hijo es como si quisiera una muñeca nueva para jugar en su casa.

—¡Marina por favor, no hables así de tu hermana!—la señora Clara estaba furiosa. Nunca había entendido los celos enfermizos de la mayor hacia la más pequeña de sus hijas.

—Bueno mami, perdona… Es la verdad. La verdad, es inmadura por Dios. Pero hay mujeres así, nada ambiciosas y como victorianas ¿no?

Agradece que no se dedique a tener hijos con todos los chicos que sale como hacen otras con menos cerebro. Además es tu culpa, siempre la consentiste en todo, la sobre protegiste, no querías que tuviera novio para que estudiara y bueno, ese fue tu error mamá, no puedes prohibirle a una chica de dieciocho años que tenga sexo, a esa edad las hormonas colapsan.

Cuando Clara cortó su esposo la miraba muy serio.

—¡Marina es tan cerebral! ¡Tan insensible! Parece contenta de la desgracia ajena, sobre todo de Angelet.

Él se acercó y la abrazó. Era su marido, su compañero de toda la vida y sostén, su refugio.

—Calma Clara, no es el fin del mundo, es solo un bebé y ella quiso tenerlo. Está enamorada de ese joven, y sabes, no es tan malo como creímos. No es malo en realidad. Nos robó a nuestra niña, es cierto y eso fue imperdonable pero la hace feliz y la quiere, cuida de ella y la respeta.

Hoy día esas cosas escasean y bueno, quieren formar una familia, debemos darle nuestro apoyo, Angelet lo necesita.

Clara lloró sintiéndose mal. Su esposo tenía razón, debía dejar de preocuparse y lamentarse y ayudar a su pequeña. Hacía tiempo que sufría al tenerla tan lejos, debía tomar una decisión.

—Dejaré la clínica Giacomo. Lo haré… Quiero que nos mudemos a Roma, debo estar cerca de Angelet ahora, ella me necesita. Es su primer hijo y estoy preocupada, quiero que todo salga bien.

Su esposo la miró sorprendido, no podía creerlo. Pero ella estaba decidida, comenzaría una nueva vida, dejaría la clínica. Podía conseguir otro trabajo, tenía ahorros, comprarían otra casa. Estaba desesperada de pensar que su hija estaba embarazada y sola, porque su esposo trabajaba, además Alessandro no la convencía como esposo y quería estar cerca por si acaso se separaba o…

No podía quitarse la sensación de que su hija había sido secuestrada por ese joven años atrás, y que este la mantenía prisionera en su castillo de Roma como en tiempos remotos. Es cierto que veía a su hija sí, y que ella la había ido a visitar a su casa en Roma pero…

Esa decisión no era apresurada, la había pensado tiempo atrás, sabía que le llevaría algún tiempo organizar todo y programar el cambio, pero la última conversación la había decidido.

**********

Alessandro esbozó una sonrisa forzada al enterarse de la novedad. En realidad en esos momentos sintió deseos de que la tierra se lo tragara. ¿Su suegra en Roma, mudada a un barrio cerca del coliseo?… Era una pesadilla.

Su esposa estaba contenta por supuesto, el primer día se fueron a comprar ropa de bebé y almorzaron juntas, ella los visitó días después y él la invitó a almorzar, a ambos por supuesto, aunque su marido era una especie de sombra. Un tipo sereno, no parecía un suegro sino un tío lejano. Pero ella era otro cantar. Ella la doctora era su enemiga. Y estaba allí porque planeaba su ruina, estaba seguro de ello.

Alessandro estaba muy alerta, no dejó de mostrarse alegre, cordial y risueño pero pensó que el día que se había recibido la noticia de que su suegra se había mudado a Roma, había sido el peor de su vida. Bueno, al menos no estaban en Pratti, estaban más lejos… en… Pero más cerca que antes. Ese era el problema.

Esa bruja lo espiaba, con sutileza pero parecía observar sus pensamientos, esperando que cometiera algún error para luego convencer a su hija de que lo dejara. Eso era imposible por supuesto, jamás lo permitiría. ¿No comprendía esa mujer que se amaban?

Angelet recibió a su madre y él debió soportar sus visitas a diario casi al comienzo, luego… Lo más extraordinario fue que la doctora dejó la clínica de chicas adolescentes problemáticas para dedicarse a la terapia de adultos.

Consiguió un trabajo rápidamente y se mostró conciliadora con Alessandro.

Y cuando el bebé nació a término fue de gran ayuda para su hija y comprendió que todo lo que había ocurrido había sido una lección que necesitaba aprender.

Su nieto Giacomo era la cosita más tierna y bella del mundo y se desvivía por cuidarlo.

Angelet lloraba con frecuencia luego del nacimiento de su hijo. A veces estaba ansiosa y temerosa pero su madre fue un gran apoyo.

Un día al verla frente a la cuna sonriéndole a su hijo lloró emocionada.

—Gracias mamá por ayudarme y por entenderme—dijo entonces.

—Oh, no llores, se te irá la leche Angelet, olvida este asunto. No tienes nada que agradecer, es tu vida y no debí meterme como lo hice. Una madre es feliz cuando sus hijos son felices y yo sé que tú eres muy feliz con Alessandro Y que él te ama hija, eso es un tesoro, no te culpes por postergar tu carrera y lo demás, ahora tienes un hijo y debes mirar por él, cuidarle, estar, no hagas como yo que pasaba el día entero trabajando y tú me extrañabas… Te casaste con Alessandro porque te enamoraste, es verdad pero también porque querías tener un hogar con niños, siempre lo quisiste, desde que eras una pequeñita, eras distinta a tus hermanas y no te sientas mal por eso. La familia, el afecto, el amor no solo mueve el mundo, nos hace sentir vivos, nos convierte en seres humanos plenos y completos, si eso nos falta, ya sabes qué triste puede ser nuestra existencia…

—No mamá, no tengo nada que perdonarte, sé que siempre quisiste lo mejor para mí…

Angelet la abrazó y ambas lloraron.

—No hija, no quería lo mejor para ti, quería hacerte a mi medida, que no sufrieras como yo sufrí, y no tenía derecho a intentar cambiarte, era tu vida y no había nada de malo en enamorarse y soñar… Perdóname.

Alessandro, que había presenciado la escena se sintió conmovido, jamás creyó que escucharía a la doctora Clara hablando así, era un milagro, ¿qué le había pasado?

Y ella lo vio escondido y secó sus lágrimas.

—Bueno, ¿y tú que espías allí? Habrías pagado por verme llorar ¿no es así? Pues cuida bien a mi hija y a mi nieto o lo lamentarás.

Alessandro rió y su hija también. El pequeño Giacomo lanzó un berrido para recordarles que era la hora de comer y ella lo tomó en brazos. Era un bebé tan bueno, tan hermoso, sabía que tendría otros con el tiempo, ser madre la había hecho sentirse plena, e inmensamente feliz.

Él observó a su esposa alimentando al pequeñín y se quedó allí disfrutando de esa visión que le daba tanta paz.

—¡Te amo preciosa!—susurró.

Ella lo miró emocionada, no había nada más dulce que escucharlo decir eso, lo amaba tanto…

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