Aurora boreal

Asa Larsson · Capítulo 4 de 13 · parte 1/3

Páginas del PDF

Aurora boreal

Martes, 18 de febrero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Poco antes de las seis, Chapi despertó a Rebecka apretando el hocico contra su cara.

—Hola, pequeñita —susurró Rebecka—. ¿Qué quieres? ¿Tienes ganas de salir a hacer pis?

Buscó la lámpara de noche y la encendió. La perra corrió hacia la puerta de salida, gimoteó un poco y volvió hacia Rebecka, apretando de nuevo el hocico contra su cara.

—Ya voy, ya voy.

Se sentó en el borde de la cama y se envolvió en el edredón. En la cocina hacía frío.

«Todo lo de aquí dentro me recuerda a mi abuela —pensó—. Es como si acabara de dormir con ella en el sofá de la cocina y me pudiera quedar calentita en la cama mientras ella enciende el fuego y hace café».

Podía ver a Theresia Martinsson sentada junto a la mesa de alas abatibles, enrollando el cigarrillo de la mañana. La abuela usaba papel de periódico en lugar de papel de fumar, que era caro. De una página del ejemplar del día anterior del Norrbottenskuriren cortaba el margen con mucho cuidado. Era ancho y no tenía letras, muy adecuado para su propósito. Ponía un pellizco de tabaco y enrollaba un delgado cigarrillo entre los pulgares y los índices. Llevaba el pelo plateado muy recogido bajo un pañuelo e iba vestida con una bata de tela sintética a cuadros azules y negros. Las vacas la llamaban desde el establo. «Hola, pikku-piika —solía responderles con una sonrisa—. ¿Ya estáis despiertas?».

Todo el incidente fue grabado, pero en la versión de las noticias de la mañana prácticamente habían quitado el sonido, menos la palabra apagada de Rebecka: « Apártate». También dijeron que la reportera había denunciado a la abogada por maltrato, antes de que el periodista del estudio dijera unas palabras sobre el pronóstico del tiempo que ofrecerían después de la pausa.

Pikku-piika, en su idioma, significaba pequeña criada.

Chapi ladró impaciente.

—Vale, vale. Ya voy —respondió Rebecka—. Sólo voy a encender el fuego.

Con los calcetines de lana con los que había dormido y envuelta en el edredón fue hasta la vieja cocina y abrió la trampilla. Chapi se sentó junto a la puerta a esperar. De vez en cuando gemía ligeramente para que no se olvidaran de ella.

Rebecka cogió un cuchillo típico de la zona de Mora y con mano hábil cortó unas astillas de un leño que estaba al lado de la cocina. Puso dos troncos encima de unas cortezas de abedul y de las astillas, y encendió el fuego, que prendió con rapidez. Metió un poco de leña de abedul, que duraría más que la de pino, y cerró la portezuela.

«Debería dedicar más tiempo a pensar en mi abuela —se dijo—. ¿Quién ha decidido que es mejor concentrarse en el presente? Tengo muchos rincones en la memoria donde vive mi abuela, pero no paso ningún tiempo con ella allí. ¿Y qué puede ofrecerme el presente?».

Chapi volvió a ladrar haciendo una pirueta delante de la puerta.

Rebecka se puso la ropa. Estaba helada y eso hacía que sus movimientos fueran precipitados y torpes. Metió los pies en un par de botas de invierno que había en el recibidor.

—Tendrás que darte prisa —le dijo a Chapi.

Al salir encendió la luz de fuera y la del establo.

Hacía menos frío. El termómetro indicaba quince grados bajo cero y el cielo estaba pegado al suelo, no dejaba pasar la luz de los cuerpos celestes.

Chapi se agachó un poco alejada y Rebecka miró a su alrededor. La finca estaba limpia de nieve hasta la puerta del establo. También la habían

quitado de alrededor de la casa y la habían puesto contra las paredes para aislarla del frío.

«¿Quién la habrá quitado? —pensó Rebecka—. ¿Puede ser Sivving Fjällborg? ¿Es que sigue quitando la nieve de la finca a la abuela aunque ella ya no esté? Debe de tener unos setenta años».

Intentó mirar a través de la oscuridad, hacia la casa de Sivving, al otro lado del camino. Cuando se hiciera más claro iría a ver si todavía ponía

«Fjällborg» en el buzón.

Fue andando por el camino que iba al establo. La luz de fuera brillaba sobre las rosas que formaba el hielo en los cristales de las ventanas. Al otro lado estaba el invernadero de la abuela. Había varios cristales rotos que, con mirada tuerta, observaban a Rebecka como quejándose.

«Deberías estar aquí —le dijeron—. Deberías cuidar de la casa y del jardín. Mira, se ha caído la masilla. Imagina cómo estarán las tejas de la casa debajo de la nieve. Se han roto y han saltado. La abuela tenía mucho cuidado. Era muy trabajadora».

Como si Chapi hubiera leído sus tristes pensamientos, fue hacia Rebecka corriendo a través de la oscuridad y la saludó con un afectuoso ladrido.

—Shhhh. Vas a despertar a todo el pueblo —dijo Rebecka.

De inmediato se oyeron a lo lejos y como respuesta unos ladridos. La perra se quedó escuchando atentamente.

—Ni se te ocurra —le advirtió Rebecka.

«Quizá debería haber cogido la correa».

Chapi le echó una alegre mirada y decidió que Rebecka servía como compañera de juegos. Metió el hocico en la blanda nieve, lo sacó y luego sacudió la cabeza. Después invitó a Rebecka a jugar, primero dejando caer las patas anteriores en el suelo y luego agachando la parte delantera del cuerpo.

«Venga, vamos», decían sus brillantes ojos negros.

—Ahora verás —gritó alegre Rebecka, yendo hacia la perra.

Se resbaló inmediatamente. Chapi fue corriendo hacia ella, le saltó por encima como un perro de circo, dio la vuelta sobre sí misma y medio

segundo más tarde estaba con su lengua rosada colgando de la sonriente boca, animando a Rebecka a que se levantara y a que lo intentara de nuevo.

Rebecka se echó a reír y volvió a lanzarse hacia la perra. Chapi voló por encima del montón de nieve y Rebecka trepó detrás. Se hundieron en la capa de un metro de nieve virgen que había allí.

—Me rindo —jadeó Rebecka al cabo de diez minutos.

Se sentó. Le ardían las mejillas y estaba cubierta de nieve.

Cuando regresaron vieron que Sanna se había levantado y estaba haciendo café. Rebecka se desnudó. La ropa de abrigo enseguida se mojaba con la nieve casi deshecha y la más cercana al cuerpo estaba empapada de sudor. En el cajón de una cómoda encontró una camiseta, un polar de la marca Helly-Hansen y un par de calzoncillos largos de su tío Affe.

—¡Qué guapa! —comentó Sanna riéndose—. Es divertido ver que enseguida te pones a la moda de aquí.

—Unos pantalones auténticos del norte no le sientan mal a nadie —

respondió Rebecka moviendo el trasero en los abolsados calzoncillos.

—Dios mío, qué delgada estás —exclamó Sanna.

Rebecka metió de inmediato el trasero y se sirvió el café, dándole la espalda.

—Es que parece que estés deshidratada —continuó Sanna—. Deberías comer y beber mejor.

Su voz era dulce y preocupada.

—Sí, sí —suspiró al ver que Rebecka seguía callada—. Una tiene suerte de que a la mayor parte de los chicos les guste un poco de culo y de pechera. Aunque naturalmente a mí me parece bonito ser así de plana.

«Qué suerte tengo —pensó Rebecka, sarcástica—. Que por lo menos a ti te parezca guapa».

Su silencio hizo que Sanna se sintiera insegura en su cháchara.

—Cómo soy —dijo—. Parezco una madraza. Dentro de poco te preguntaré qué vitaminas estás tomando.

—¿Te importa que ponga las noticias? —le dijo Rebecka.

Sin esperar respuesta fue hacia el televisor y lo encendió. La imagen era borrosa. Probablemente había nieve sobre la antena.

A una corta noticia sobre una malversación de fondos de la Unión Europea, le siguió la del asesinato de Viktor Strandgård. La voz del periodista explicó cómo iba el trabajo de búsqueda del asesino y luego continuó con la habitual investigación; añadió que la policía aún no tenía a ningún sospechoso del asesinato. Las imágenes se sucedían unas a otras.

Policías con perros registrando la zona alrededor de la Iglesia de Cristal, en busca del arma homicida; el fiscal jefe en funciones, Carl von Post, explicando que se estaba llamando a las puertas, interrogando a los miembros de la congregación y a los que habían asistido a los servicios religiosos. Después se vio en la imagen el Audi rojo que había alquilado Rebecka.

—Oh, no —exclamó Sanna, poniendo bruscamente la taza de café sobre la mesa.

«Esta noche también la hermana de Viktor Strandgård, que encontró el cuerpo en el lugar donde fue asesinado, entró en la comisaría de forma algo dramática para hacer una declaración».

—Pero no se ha visto lo pesada que se puso la reportera —dijo Sanna, sorprendida.

Rebecka sintió que el estómago le quemaba.

—¿Qué pasa? —preguntó Sanna.

«¿Qué le digo? —pensó Rebecka hundiéndose en la silla junto a la mesa de la cocina—. Que tengo miedo de perder el trabajo. Que me van a hacer el vacío hasta que me despida yo misma. Si ella acaba de perder a su hermano. Le debería preguntar de nuevo por Viktor. Preguntarle si quiere hablar de ello. Lo único que quiero es no involucrarme en su vida y volver a cargar con sus sufrimientos. Quiero irme a casa. Quiero sentarme delante del ordenador y escribir informes sobre impuestos especiales, sobre el beneficio conseguido rebajando los gastos de las pensiones».

—En realidad, ¿qué crees que pasó, Sanna? —le preguntó—. Quiero decir, con Viktor. Me dijiste que estaba completamente mutilado. ¿Quién pudo haber hecho una cosa así?

Sanna se revolvió en la silla, incómoda.

—No sé. Ya se lo dije a la policía. De verdad que no lo sé.

—¿No tuviste miedo cuando lo encontraste?

—No lo pensé.

—¿En qué pensaste?

—No sé —respondió Sanna, poniéndose las manos sobre la coronilla como para protegerse a sí misma—. Creo que grité, pero tampoco estoy segura.

—Le dijiste a la policía que Viktor te despertó, que por eso fuiste hasta allí.

Sanna levantó la mirada para observar directamente a Rebecka.

—¿De verdad te parece que sea una cosa rara? ¿Has empezado a creer que todo ha acabado sólo porque las funciones corporales se detengan?

Estaba al lado de mi cama, Rebecka. Parecía tremendamente triste y vi que no era sólo físicamente. Supe que algo había ocurrido.

«No, no me parece que sea tan raro —pensó Rebecka—. Siempre ha visto más que los demás. Un cuarto de hora antes de que llegara una visita inesperada, Sanna solía preparar el café. “Ya viene Viktor”, decía».

—Pero de todas formas… —continuó Rebecka.

—Por favor —rogó Sanna—. De verdad que no quiero hablar de eso.

No me atrevo. Aún no. Tengo que reponerme. Por las niñas. Gracias por haber venido. Y eso que tienes una carrera profesional. Quizás creas que hemos perdido el contacto, pero yo pienso en ti muy a menudo. Me da fuerza saber que estás, allí donde estés.

Ahora fue Rebecka la que se revolvió en la silla.

«Vale ya —pensó—. Antes significaba mucho saber lo que opinaba de mí. Que dijera que yo era importante en su vida. Pero ahora es como si estuviera tejiendo una tela de araña alrededor de mi cuerpo».

Chapi fue la primera en reconocer el ruido de la moto e interrumpió con un ladrido. Levantó las orejas y dirigió la mirada hacia la ventana.

—¿Esperas a alguien? —preguntó Rebecka.

No estaba segura de dónde procedía el ruido, pero le pareció que sonaba como si alguien hubiera parado la moto y la dejara con el motor en marcha, un poco alejada de la casa. Sanna inclinó la frente contra el cristal de la

ventana y ahuecó las manos a los lados de los ojos para poder ver algo más que su propia cara reflejada.

—Oh, no —exclamó con una sonrisa molesta—. Es Curt Bäckström.

Fue el que nos trajo hasta aquí. Creo que le gusto un poco y es bastante guapo. Se parece a Elvis, de alguna manera. Quizá te podría interesar, Rebecka.

—Vale ya —respondió Rebecka, tensa.

—¿Qué pasa? ¿Qué he dicho?

—Desde que te conozco has hecho siempre lo mismo. Te pasas la vida atrayendo a los chiflados y después opinas que pueden ser para mí. Gracias, pero no.

—Perdona —respondió Sanna, ofendida—. Siento que la gente que yo conozco y con la que salgo no tenga la clase o el nivel adecuado para ti. Y

¿cómo le puedes llamar chiflado si no lo conoces?

Rebecka fue hasta la ventana para poder ver el patio.

—Ahí está con su moto, casi en mitad de la noche, guardando la casa donde vives, sin subir —dijo—. I rest my case.

—Pues no es culpa mía si le gusto a ciertos hombres —continuó Sanna

—. ¿O quizá crees, como Thomas, que soy una puta?

—No, sólo quiero que hagas el puto favor de no comentar mi aspecto ni me ofrezcas a tus admiradores.

Rebecka cogió de mal talante su maleta y se metió en el baño. Cerró la puerta con un golpe de manera que el pequeño cartelito con el texto «Aquí es» se quedó balanceándose.

—Dile que suba —gritó desde dentro—. No se puede quedar ahí fuera como un perro abandonado con el frío que hace.

«Dios mío —pensó mientras cerraba la puerta—. Los chiflados admiradores de Sanna y el libertino estilo de vestirse que tiene. Ya no son problema mío. Pero eso hacía que Thomas Söderberg se indignara. Y

entonces, cuando Sanna y yo compartíamos piso, de alguna extraña manera era mi responsabilidad».

—Me gustaría que hablaras con Sanna sobre su forma de vestir —le dice Thomas Söderberg a Rebecka.

Está insatisfecho con ella. Lo nota en cada poro de su cuerpo y es como si la presionaran contra el suelo. Cuando él sonríe, el cielo se abre y puede sentir el amor de Dios a pesar de que no pueda oír su voz. Pero cuando a Thomas se le pone esa expresión de decepción en los ojos es como si todo se apagara para ella. Se queda como una habitación vacía.

—Ya lo he intentado —se defiende—. Le he dicho que debe pensar en cómo se viste. Que no se ponga esos jerséis tan escotados. Que utilice sujetador y que lleve faldas más largas. Y lo entiende pero…, bueno, es como si por la mañana no se diera cuenta de lo que se pone. Y yo no estoy allí para vigilarla cuando se viste. Así que es como si se olvidara de todo.

Después se encuentra una con ella en la ciudad y parece…

Duda y rechaza la palabra «puta». A Thomas no le gustaría que pronunciara esa palabra.

—… y parece no sé qué —continúa—. Si se le pregunta qué es lo que se ha puesto, se mira a sí misma sorprendida. No lo hace a propósito.

—No me importa si lo hace a propósito —responde Thomas Söderberg duramente—. Mientras no se vista de forma decente no puedo dejar que tenga un papel importante en nuestra congregación. ¿Cómo voy a dejarla testimoniar, cantar en el coro o dirigir la oración cuando sé que el noventa por ciento de los hombres que están escuchando, van a estar mirándole los pezones que le sobresalen por debajo del jersey y que en lo único que estarán pensando es en meterle la mano entre las piernas?

Se queda callado, mirando a través de la ventana. Están sentados en la sala de oraciones, detrás de la nave de la iglesia de la Misión. La luz nítida del sol de finales de invierno entra a través de las ventanas, altas y estrechas. La iglesia está en un bloque de viviendas proyectada por el arquitecto Ralph Erskine. Los que viven en Kiruna la llaman La Tabaquera, porque el hormigón es de color marrón. Y a la iglesia, para ser consecuentes, la llaman La Hebra del Señor. A Rebecka le parece que la nave antes era más bonita. Más sobria y espartana. Como un claustro con paredes y suelo de hormigón, y duros bancos de madera. Pero Thomas Söderberg hizo quitar el púlpito, que estaba fijo, y lo sustituyó por uno de madera que se podía trasladar. También hizo poner suelo de madera en la

parte delantera. Para que no fuera tan deprimente. Ahora la nave de la iglesia se parece a cualquier otra iglesia libre.

Thomas mira hacia el techo, donde hay una gran mancha de humedad.

Siempre sale a finales del invierno, cuando la nieve se deshace en el tejado.

Es su forma de quedarse callado y no querer encontrarse con la mirada de ella lo que hace que Rebecka lo entienda. Thomas Söderberg está enojado con Sanna porque también lo tienta a él. Él es uno de los hombres que quiere meterle la mano en las bragas y…

La ira le sale como una rosa ardiente en su pecho.

«Maldita Sanna —dice para sí misma—. Serás puta».

Sabe que no es fácil ser pastor. Thomas se ve tentado de todas las maneras posibles. Qué más quisiera el enemigo que pecara. Y él tiene una debilidad en cuanto al sexo. Lo ha explicado abiertamente a los jóvenes del grupo de estudios de la Biblia.

Recuerda cuando les contó a ellos la visita que recibió de dos ángeles.

Sin poder hacer nada, él se sintió atraído por uno de ellos. Y ella lo sabía.

«Es lo peor que podía pasar —había dicho el ángel—. Sería todo lo contrario. Tendría tanta oscuridad como luz tengo ahora».

Sanna llamó con cuidado a la puerta del baño.

—Rebecka —dijo—. Voy abajo a pedirle a Curt que suba. Supongo que saldrás de ahí. No quisiera quedarme a solas con él, y las niñas están durmiendo…

Cuando Rebecka salió del baño, Curt Bäckström estaba sentado junto a la mesa. Para beber, sujetaba la taza de café con las dos manos. Con cuidado, la levantaba de la mesa a la vez que agachaba la cabeza para no tener que alzar la taza demasiado. Llevaba puestas las botas y sólo se había quitado la parte superior del mono de invierno, que le colgaba hacia atrás, desde la cintura. Miró a Rebecka de reojo y la saludó sin buscar su mirada.

«¿Dónde cojones está el parecido con Elvis? —se preguntó Rebecka—.

¿Dos ojos y la nariz en medio de la cara? Sí, el pelo. Y la expresión triste».

Curt tenía el pelo oscuro y ondulado. Se calaba tanto el grueso gorro de piel que se le pegaba a la frente. Los rabillos de los ojos le colgaban un poco hacia abajo.

—¡Jo! —exclamó Sanna observando a Rebecka de arriba abajo—. Qué guapa estás. Es que es raro, porque sólo son unos vaqueros y un jersey, y parece que te hayas puesto lo primero que has encontrado en el armario. De todas formas te das cuenta enseguida de que es ropa de lo más cara.

Perdona —dijo seguidamente poniéndose la mano sobre una sonrisa avergonzada—. Me acabas de decir que no comentara tu aspecto.

—Sí, como te he dicho, sólo quería saber cómo estabas —le dijo Curt a Sanna.

Apartó la taza un poco para indicar que se iba a ir.

—Estoy bien —respondió Sanna—. Bueno, relativamente. Pero Rebecka ha sido una ayuda tremenda. Si no hubiera venido y me hubiera acompañado a la comisaría, no sé cómo lo habría superado.

Su mano voló para rozar el brazo de Rebecka.

Rebecka notó cómo se ponían rígidos los músculos bajo la piel alrededor de la boca de Curt. Éste echó la silla hacia atrás para levantarse.

«Muy bien, Sanna —pensó Rebecka—. Dile lo bien vestida que voy. La gran ayuda que he sido. Y tócame para que se dé cuenta de lo mucho que nos queremos. De esa manera te distancias de él y él se enoja sólo conmigo.

Como si fuera el peón que ponen delante de la reina en peligro en el tablero de ajedrez. Pero yo no soy tu jodida carabina. El peón se despide».

Rápidamente puso la mano sobre la espalda de Curt.

—Por favor, quédate —dijo—. Hazle compañía a Sanna. Puede sacar pan y algo para picar y así almorzáis un poco. Yo tengo que ir al coche a buscar el teléfono y el ordenador. Me quedaré en el piso de abajo para llamar y mandar unos cuantos correos.

Sanna la siguió con una mirada difícil de descifrar cuando ella salió hacia el recibidor para ponerse las botas. Estaban mojadas pero sólo iba a ir hasta el coche y volver. Oyó que Sanna y Curt conversaban en voz baja junto a la mesa de la cocina.

—Pareces cansado —dijo Sanna.

—He estado despierto toda la noche, rezando en la iglesia —respondió Curt—. Hemos puesto en marcha una cadena de oración, de manera que siempre hay alguien rezando. Deberías ir. Apúntate para media hora sólo.

Thomas Söderberg ha preguntado por ti.

—Pero ¿no le dirías dónde estoy?

—No, claro que no. Pero, de verdad, no deberías apartarte ahora de la congregación sino acudir a ella. Y deberías irte a tu casa.

Sanna suspiró.

—En estos momentos no sé en quién confiar. Así que no le digas a nadie dónde estoy.

—No lo haré. Y si hay alguien en quien puedas confiar, Sanna, ése soy yo.

Rebecka se puso en el vano de la puerta justo cuando las manos de Curt, por encima de la mesa, buscaban las de Sanna.

—Mis llaves —dijo Rebecka—. No encuentro ni las llaves del coche ni las de la casa. Tengo que haberlas perdido en la nieve cuando jugaba con Chapi.

Rebecka, Sanna y Curt buscaban las llaves en la nieve con linternas.

Aún era noche cerrada y con la ayuda de los haces de luz, miraron por todas partes, tras las huellas que había en la espesa capa.

—Es imposible —suspiró Sanna quitando nieve de allí por donde pasaba—. Si la nieve no está apelmazada, las llaves pueden hundirse muchísimo.

Chapi se puso al lado de Sanna buscando como una posesa. Encontró una ramita y se fue como un cohete.

—Y en ésa tampoco se puede confiar —dijo Sanna mientras seguía con la mirada a Chapi, que desapareció en la oscuridad al cabo de unos pocos metros—. Las puede haber cogido y dejado caer si se ha encontrado con algo más interesante.

—Lo mejor será que tú y Curt os vayáis adentro con la perra —dijo Rebecka intentando esconder su irritación—. Igual se despiertan las niñas y dentro de poco no sabré cuáles son mis huellas y cuáles son las vuestras.

Sentía los pies helados y húmedos.

—No, yo no quiero entrar —se quejó Sanna—. Te quiero ayudar a buscar las llaves. Las encontraremos. Tienen que estar en alguna parte.

Curt era el único que parecía estar de buen humor. Era como si la oscuridad lo protegiera de su timidez. Además, el movimiento y el aire fresco hicieron que se despejara.

—¡Esta noche ha sido increíble! —le dijo a Sanna de buen humor—.

Dios me estuvo recordando su poder todo el tiempo. Me llenó por completo. Deberías ir a la iglesia, Sanna. Cuando estaba rezando, sentí cómo me invadía su fuerza. Hablaba sin parar. Como una máquina. Y dancé espiritualmente. A veces me sentaba y dejaba que la Biblia se abriera donde Dios quería que leyera. Y siempre había promesas de futuro. Una y otra vez. No hacía más que animarme con promesas.

—Podrías pedirle que encontráramos las llaves —murmuró Rebecka.

—Fue como si me grabara con láser en los ojos una parte de las palabras de la Biblia —continuó Curt—. Para que yo las divulgara. Isaías 43:19: «Mirad, voy a hacer algo nuevo: ya aparece, ¿no lo notáis? Sí, en el desierto trazaré un camino, senderos en la estepa».

—Puedes pedírselo tú misma, a ver si encuentras las llaves —le respondió Sanna a Rebecka.

Rebecka se echó a reír de forma sarcástica.

—O Isaías 48:6 —salmodió Curt—: «Oíste el contenido de esta visión

¿y acaso no lo contarás? Pues desde ahora te cuento novedades, secretos que no conocías».

Sanna se levantó y alumbró con la linterna directamente los ojos de Rebecka.

—¿Has oído lo que te he dicho? —le preguntó, seria—. ¿Por qué no le pides tú lo de las llaves?

Rebecka levantó la mano para protegerse de la deslumbrante luz.

—¡Vale ya! —dijo.

—Y creo que Dios me ha enseñado todos los lugares del Nuevo Testamento que dicen que no se puede echar vino nuevo en odres viejos —

le dijo Curt a Chapi, que estaba a sus pies y parecía ser la única que lo escuchaba—. Porque en ese caso, explotan. Y todos los lugares donde se

dice que no se puede poner un trozo de tela nueva en una ropa vieja porque entonces la tela nueva rompe la vieja y se hace una rasgadura mayor.

—Si quieres que recemos para que encuentres las llaves, lo hacemos —

dijo Sanna sin quitar el haz de luz de la cara de Rebecka—. Pero no estés ahí como si Dios fuera a escuchar más mis plegarias o las de Curt que las tuyas. No pisotees la sangre de Jesús bajo tus pies.

—¡Vale ya! —bufó Rebecka, dirigiendo su linterna encendida hacia la cara de Sanna.

Curt se quedó callado mientras las observaba.

—Curt —dijo Rebecka mirando directamente a la luz deslumbrante de la linterna de Sanna—. ¿Crees que Dios escucha igual las plegarias de todas las personas?

—Claro que sí. Nunca tiene problemas de oído, pero puede haber impedimentos para que su voluntad se cumpla e impedimentos para que responda a las plegarias.

—Si, por ejemplo, no se cumple su voluntad. En ese caso Dios no puede influir en tu vida de la misma manera, ¿no?

—Exacto.

—Entonces sería otra doctrina —exclamó Sanna, confusa—. En esa doctrina, ¿dónde está la misericordia? Y el mismo Dios, ¿qué crees que opina de esa doctrina de «oraciones y lectura de la Biblia una hora al día para conseguir la fe»? Yo rezo y leo la Biblia cuando lo echo de menos. Yo misma quisiera ser amada así. ¿Por qué tiene Dios que ser diferente? Y eso de vivir según su voluntad. Ése debería ser uno de los fines de la vida, no un medio para hacerse con el premio si rezas.

Curt no respondió.

—Perdona, Sanna —dijo Rebecka, bajando la linterna—. No quiero pelearme contigo por la fe cristiana. Contigo no.

—Porque sabes que te gano —dijo Sanna con una sonrisa mientras bajaba también su linterna.

Se quedaron todos callados un momento mirando los haces de luz sobre la nieve.

—Esto de las llaves me está volviendo loca —exclamó Rebecka después—. Perra idiota. Todo es culpa tuya.

Chapi ladró a modo de asentimiento.

—No le hagas caso —dijo Sanna, abrazando a Chapi—. No eres idiota.

Eres la perra más bonita y más maravillosa que hay. Y te quiero hasta el infinito. —Volvió a abrazar a Chapi, que le devolvió las muestras de cariño intentando lamerle la comisura de los labios.

Curt las observaba celoso.

—¿Verdad que es un coche de alquiler? —preguntó—. Puedo ir hasta la ciudad a buscar una llave de reserva.

Le hablaba a Sanna pero parecía que ésta no lo oía. Estaba completamente absorta en Chapi.

—Te lo agradecería enormemente —le dijo Rebecka a Curt.

«Como si te preocupara si te lo agradezco o no —pensó observando los hombros caídos de Sanna y esperando mientras permanecía detrás de ella a que le prestara atención—. Sivving Fjällborg tiene una llave de la casa. Por lo menos la tenía antes. Iré a verlo».

A las siete y cuarto Rebecka entró en la casa de Sivving Fjällborg sin llamar a la puerta, como tenían por costumbre ella y su abuela. A través de las ventanas sólo se veía oscuridad, así que seguramente él estaría durmiendo.

Encendió la luz del pequeño recibidor. Sobre el suelo de linóleo marrón había una alfombra de trapo en la que se secó las botas. Las llevaba llenas de nieve, y no podía tener los pies más mojados. Una escalera subía hasta el piso de arriba y al lado había una puerta de color verde oscuro que bajaba al sótano, donde estaba la caldera. La puerta que daba a la cocina estaba cerrada. Todo estaba a oscuras pero llamó a ver si había alguien en el piso de arriba.

—¡Hola!

De inmediato se oyó un ladrido sordo desde el sótano seguido de la fuerte voz de Sivving.

— Bellai, ¡cállate! ¡Siéntate! ¡Espera!

Se oyeron unos pasos por la escalera, se abrió la puerta del sótano y apareció Sivving. Tenía el pelo completamente cano y quizá tuviera un poco menos que antes en la parte de arriba, pero por lo demás estaba igual. Las cejas muy separadas de los ojos, como si siempre estuviera dispuesto a descubrir algo inesperado o a oír una buena noticia. Apenas se podía abrochar la camisa de franela a cuadros blancos y azules por la enorme barriga, e iba bien abrigado con unos pantalones militares. La correa de piel marrón que le aguantaba los pantalones brillaba de tan vieja.

—¡Pero si es Rebecka! —exclamó con una gran sonrisa—. ¡ Bellai, ven!

—gritó volviendo la cara. En dos segundos apareció una hembra de braco alemán subiendo las escaleras a toda velocidad.

—Hola —exclamó Rebecka, saludando a la perra—. ¿Eres tú la que tiene ese vozarrón?

—Sí, ladra como un macho hecho y derecho —dijo Sivving—. Como mantiene a raya a los vendedores de rifas, no me quejo. ¡Entra!

Abrió la puerta que daba a la cocina y encendió la luz. Estaba limpio, rayando en la obsesión, y no olía a cerrado.

—Siéntate —dijo haciendo un gesto hacia el banco de madera.

Rebecka le explicó lo que pasaba y, mientras Sivving iba a buscar la llave, se dio una vuelta por la casa. La recién lavada alfombra de trapo, verde a rayas, quedaba perfectamente sobre el suelo de madera. En la mesa no había hule ninguno, sino un mantel blanco muy bien planchado, adornado con un pequeño florero de cobre martillado, con flores secas, ranúnculos y siemprevivas. Las ventanas daban a tres vientos y a través de ellas, a su espalda, se podía ver la casa de su abuela. Si era de día, claro.

Ahora sólo veía reflejada la imagen de la lámpara de madera que colgaba del techo.

Cuando Sivving le dio la llave, éste se sentó al otro lado de la mesa. A pesar de que era su propia cocina no parecía estar a gusto. Estaba sentado casi en el canto de la silla barnizada de rojo. Bellai tampoco parecía estar demasiado tranquila, iba de un lado a otro como alma en pena.

—¡Cuánto tiempo! —dijo Sivving sonriendo y observando a Rebecka de arriba abajo—. Estaba a punto de hacer café, ¿quieres?

—Sí, gracias —respondió Rebecka a la vez que preparaba mentalmente un programa de horarios.

«En hacer la maleta no tardaría más de cinco minutos. Recoger y limpiar una media hora. Me daría tiempo de coger el avión de las diez y media, si es que Curt vuelve con la llave».

—Ven —dijo Sivving levantándose.

Salió de la cocina y bajó la escalera que llevaba al sótano con Bellai pegada a los talones. Rebecka bajó detrás.

En el cuarto de la caldera había un ambiente de lo más acogedor. Contra una de las paredes había una cama hecha. Bellai se tumbó de inmediato en su sitio, al lado de la cama. El recipiente para agua brillaba de lo limpio que estaba. Había una cómoda debajo del calentador de agua y, sobre una mesa abatible, una placa eléctrica.

—Puedes coger el banco de ahí —dijo Sivving señalando el asiento.

Cogió una pequeña cafetera de campaña y dos tazas de un estante que había en la pared. El aroma del tarro del café se mezcló con el olor a perro, sótano y jabón. En una cuerda estaban tendidos unos calzoncillos, dos camisas de franela y una camiseta con el texto «Kiruna Truck».

—Tienes que perdonarme —dijo Sivving mirando los calzoncillos—, pero es que no sabía que iba a tener una visita tan importante.

—No lo entiendo —confesó Rebecka, confundida—. ¿Duermes aquí abajo?

—Bueno —se excusó Sivving, pasándose la mano por la barba incipiente y luego se concentró en contar las cucharadas de café que ponía en la cafetera—. Maj-Lis murió hace dos años.

Rebecka murmuró unas condolencias como respuesta.

—Cáncer de estómago. La abrieron pero no pudieron hacer nada más que volver a cerrar. De todas maneras, la casa era demasiado grande para mí. Dios mío, los críos se habían ido hacía tiempo y, cuando murió Maj-Lis, pues… Bueno, primero dejé de utilizar el piso de arriba. Era suficiente con la cocina y la pequeña habitación de la planta baja. Después Bellai y yo descubrimos que sólo usábamos la cocina, así que trasladé el televisor y

empecé a dormir en el banco que hay allí, o sea, que ni usaba la habitación pequeña.

—Y al final pasaste a vivir aquí abajo.

—Sí, así hay que limpiar menos. Aquí abajo hay lavadora y ducha, y compré esa nevera pequeña. Es suficiente para mí.

Señaló una nevera que estaba en la esquina. Encima había un escurreplatos.

—Pero ¿qué dicen Lena y…? —Rebecka no recordaba el nombre del hijo de Sivving.

—… Mats. ¡Huy, que sale el café! Bueno, Lena se pelea conmigo, arma jaleo y cree que su padre se ha vuelto loco. Cuando viene a verme con los críos, están por toda la casa. Y, de alguna manera, es bueno, porque si no, igual se podría vender. Se ha ido a vivir a Gällivare y tiene tres niños, pero ya se están haciendo mayores, así que hacen su vida. Aunque les gusta la pesca, de manera que en primavera vienen bastante a echar la caña. ¿Leche y azúcar?

—Solo.

—Mats está separado pero tiene dos críos. Robin y Julia. También suelen venir en vacaciones. Y tú, Rebecka, ¿qué? ¿Marido y niños?

Rebecka dio un sorbo al café caliente. Le sentó bien para sus fríos pies.

—No, nada.

—Bueno, me imagino que no se atreven a acercarse.

—¿Por qué? —preguntó Rebecka riéndose.

—Tu talante, niña —respondió Sivving mientras se levantaba para ir al congelador a buscar una bolsa de bollos de canela—. Porque siempre has tenido poca correa. Toma, coge un bollo. Dios mío, recuerdo aquella vez que hiciste fuego en la cuneta. No levantabas dos palmos del suelo y estabas como un agente de policía con la mano alzada cuando llegamos corriendo, tu abuela y yo. «Stop. No se puede pasar», rugiste con voz de adulta y, caramba, cómo te enfadaste cuando lo apagamos. Tenías pensado asar pescado en aquel fuego.

Sivving se echó a reír con aquellos recuerdos hasta que tuvo que secarse las lágrimas. Desde donde estaba tumbada Bellai levantó la cabeza y ladró

de alegría.

—O aquella vez, cuando le tiraste una piedra a la cabeza a Erik porque no te dejaban que fueras en la balsa de los chicos. —Sivving continuó riendo tan fuerte que la barriga le brincaba.

—Todo prescrito —dijo Rebecka sonriendo y dándole a Bellai un trozo de su bollo—. ¿Eres tú quien ha quitado la nieve del patio?

—Es cómodo para Inga-Lili y Affe poder hacer otras cosas cuando vienen. Y yo necesito hacer ejercicio —comentó dándose unas palmadas en el vientre.

—¡Hola!

Se oyó la voz de Sanna en la escalera. Bellai salió ladrando.

—Estamos aquí abajo —gritó Rebecka.

—Hola —dijo Sanna mientras bajaba—. No pasa nada, me gustan los perros.

Lo último iba dirigido a Sivving, que tenía cogida a Bellai por el collar.

Se agachó y dejó que la perra se familiarizara con la nueva cara. Sivving parecía serio.

—Sanna Strandgård —dijo—. Me he enterado de lo de tu hermano. Ha sido horrible. Lo siento.

—Gracias —contestó Sanna abrazando a la perra, que estaba encantada

—. Rebecka, ha llamado Curt. Viene de camino con la llave.

Sivving se levantó.

—¿Café? —preguntó.

Sanna asintió con la cabeza y cogió la taza que le ofrecían, de loza, con un ribete de flores marrones y amarillas. Sivving la animó a que mojara un bollo en el café.

—Qué bollos tan buenos —exclamó Rebecka—. ¿Quién los ha hecho?

¿Has sido tú?

Sivving, vergonzoso, dio un pequeño gruñido como respuesta y aclaró:

—No, los ha hecho Mary Kuoppa. No soporta saber que hay un congelador que no esté hasta arriba de bollos para el café.

Rebecka sonrió por su forma de pronunciar «Mary». Lo decía de tal forma que rimaba con Harry.

—Se llama «Maarry», la pobre —dijo Sanna echándose a reír.

—Sí, es verdad, eso es lo que decía el maestro —dijo Sivving sacudiendo unas migas del mantel, que Bellai, inmediatamente, lamió—.

Pero Mary se limitaba a mirar por la ventana como si no entendiera que le estaba hablando a ella cuando él decía «Maarry».

Esta última palabra la dijo como si balara una oveja. Rebecka y Sanna se echaron a reír mirándose como dos niñas. Parecía que de pronto las asperezas que había habido entre ellas se hubieran desvanecido.

«De todas formas le tengo cariño», pensó Rebecka.

—¿No había alguien en el pueblo que se llamaba Slark? —preguntó—.

Que se lo pusieron porque el ídolo de sus padres era Slark Gabble.

—No, aquí no —se rió Sivving—. Tiene que haber sido en otro lugar.

En este pueblo nunca ha habido nadie que se llamara Slark. Sin embargo, tu abuela, en su juventud, conoció a una chica que le daba mucha pena. Nació muy débil y, dado que creían que no sobreviviría, dejaron que el maestro de la escuela la bautizara con toda urgencia. El maestro se llamaba Fredrik no sé qué. De cualquier forma, la chiquilla sobrevivió y, claro, la fueron a bautizar de verdad. El maestro sólo sabía sueco, naturalmente, y los padres sólo hablaban finlandés de Tornedal. Así que el cura cogió a la niña y les preguntó a los padres cómo la querían llamar. Los padres, que creían que le preguntaban quién había bautizado a la cría, respondieron: «Feki se kasti», que quería decir «La bautizó Fredrik». Muy bien, dijo el cura y escribió

«Fekisekasti» en el registro de la iglesia. Y ya sabéis el respeto que se tenía por los curas en aquellos tiempos. La niña se llamó Fekisekasti el resto de su vida.

Rebecka miró el reloj. Seguro que Curt ya habría llegado. Podría coger el avión, aunque no le sobraba mucho tiempo.

—Gracias por el café —dijo levantándose.

—¿Ya te vas? —preguntó Sivving—. Ha sido una visita bien corta.

—Llegué ayer y me voy hoy —respondió Rebecka con una sonrisa.

—Ya sabes cómo son las mujeres con carrera —le explicó Sanna a Sivving—. Se van volando.

Rebecka se puso los guantes con movimientos bruscos.

—Lo que pasa es que éste no ha sido un viaje de placer, que digamos —

aclaró Rebecka.

—Colgaré la llave en el sitio de siempre —añadió mirando a Sivving.

—Tienes que volver en primavera —le pidió Sivving—. Vuelve a tu cabaña de siempre en Jiekajärvi. ¿Recuerdas cuando íbamos todos? Tu abuelo y yo íbamos en la moto de nieve; y tú, tu abuela, Maj-Lis y los críos ibais en esquís hasta allí.

—Sí que me gustaría —dijo Rebecka, que se dio cuenta de la sinceridad de sus propias palabras.

«La cabaña —pensó—. Era el único lugar donde la abuela se permitía estar sin hacer nada. Cuando habían limpiado las bayas o las aves de caza que habían conseguido a lo largo del día, claro».

Vio ante sí a su abuela, ensimismada con una novela por entregas de la revista Hemmets Journal, mientras Rebecka jugaba al parchís o a la brisca con su abuelo. Como en la cabaña había humedad cuando no vivía nadie, la baraja se había hinchado al doble de su tamaño. El parchís se había doblado y las fichas no paraban quietas en su sitio. Pero daba lo mismo.

Y la seguridad de quedarse dormida cuando los mayores seguían hablando junto a la mesa. O cuando empezaba el ruido de los cacharros al fregarlos la abuela en el barreño rojo; el calor que emanaba de la chimenea.

—Pero ha sido agradable verte —dijo Sivving—. Muy agradable.

¿Verdad, Bellai?

Rebecka llevó a casa a Sanna y a las niñas, y se detuvo delante de la puerta.

Hubiera preferido una corta despedida desde el coche y después seguir su camino. Las cortas despedidas en los coches están muy bien. Sentado ahí era difícil abrazarse, especialmente si se llevaba puesto el cinturón de seguridad. Así que nada de abrazos. Y en un coche había siempre algo de qué hablar además de lo de que «nos veremos pronto» y «a ver si no pasa tanto tiempo». Unas palabras más sobre lo de no olvidarse la maleta en el asiento de atrás o en el portaequipajes y lo de «no te dejes nada». Después, cuando la puerta ha truncado el resto de frases no pronunciadas, se puede

decir adiós con la mano y pisar el acelerador sin mal sabor de boca. No hay necesidad de quedarse allí como un idiota mientras las frases adecuadas aparecen como una confusa nube de mosquitos. No, se quería quedar sentada en el coche sin quitarse el cinturón de seguridad.

Pero cuando paró el coche, Sanna salió sin decir ni una palabra. Chapi la siguió al instante. Rebecka se sintió obligada a salir también. Se subió el cuello para taparse las orejas, pero no la protegió del frío que inmediatamente se filtró por debajo de la tela y se fijó como dos pinzas de tender en sus lóbulos. Miró hacia la casa de Sanna. Un pequeño edificio de viviendas de alquiler con fachada de madera de color verde oscuro y tejado de planchas de color rojo. Hacía tiempo que no quitaban la nieve del patio.

Los pocos coches que había aparcados habían dejado unas profundas huellas en la nieve. Un viejo Dodge hibernaba bajo un grueso manto blanco. Esperaba no quedarse atrapada cuando saliera de allí. El edificio era propiedad de la empresa LKAB, pero como la gente que vivía allí era normal y corriente, LKAB se ahorraba dinero quitando la nieve menos frecuentemente de lo que debiera. Si querías salir con el coche por la mañana, tenías que sacar la nieve tú mismo.

Sara y Lova seguían sentadas en el asiento de atrás. Sus manos y sus codos se juntaban al son de una canción que Sara dominaba a la perfección y que Lova, con gran esfuerzo, intentaba aprender. Cuando la pequeña se equivocaba, se echaban a reír a carcajada limpia y volvían a empezar desde el principio.

Chapi daba vueltas como un torbellino mientras descubría los últimos olores en el suelo con su pequeño y negro hocico. Dio una vuelta alrededor de dos coches desconocidos que había en el patio. Descubrió con interés una oferta que el perro del vecino había dibujado en amarillo sobre el montón de nieve. Siguió una huella molesta de un ratón que desaparecía debajo de una alcantarilla y por donde ella no podía pasar.

Sanna echó la cabeza hacia atrás y olfateó el aire.

—Huele a nieve. Va a nevar. Mucho —dijo volviéndose hacia Rebecka.

«¡Cómo se parece a Viktor!», pensó Rebecka e inspiró hondo.

La piel azul transparente, estirada sobre los pómulos. Aunque las mejillas de Sanna eran un poco más redondeadas, como de niña.

«Y el porte —siguió cavilando Rebecka—. Igual que Viktor. La cabeza siempre un poco inclinada, a un lado o al otro, como si no la pudiera mantener recta».

—Bueno, pues me voy —dijo Rebecka amagando una despedida, pero Sanna se había agachado para llamar a Chapi.

—Ven aquí, bonita. Ven aquí, preciosa.

Chapi corrió hacia ella como una manopla negra a través de la nieve.

«Es como la imagen de un cuento —pensó Rebecka—. La bonita perra negra con pequeñas estrellas de nieve por todo el pelo. Sanna como una ninfa del bosque con el abrigo de piel de oveja, que le llega hasta las rodillas, y el gorro de la misma piel sobre su pelo rubio rizado».

Había algo en Sanna que hacía que tuviera mucha mano izquierda con los animales. De alguna manera eran iguales, ella y la perra. Aquella pequeña hembra que había sido desatendida e incluso maltratada durante años, ¿adónde se habían ido sus penas? Le habían resbalado y habían sido sustituidas por la alegría de poder meter el hocico en la nieve recién caída o ladrarle a una ardilla asustada en un pino. Y Sanna. Acababa de encontrar a su hermano descuartizado en la iglesia. Y ahí estaba, jugando con la perra en la nieve.

«No he visto ni una lágrima en sus ojos —pensó Rebecka—. Nada le deja huella. Ni las penas ni las personas. Probablemente, ni siquiera sus propias hijas. Pero lo cierto es que ya no es asunto mío. No tengo deudas con ella. Ahora me voy y no volveré a pensar nunca más ni en ella, ni en sus hijas, ni en su hermano, ni en este agujero de ciudad».

Fue hasta el coche y abrió la puerta de atrás.

—Tenéis que bajaros, chicas —les dijo a Sara y a Lova—, porque tengo que llegar al avión.

—Adiós —les gritó cuando desaparecían escaleras arriba hacia la puerta de la casa.

Lova se dio la vuelta y la saludó con la mano. Sara hizo como que no la oía.

Seguir: parte 2 de 3