Aurora boreal

Asa Larsson · Capítulo 4 de 13 · parte 2/3

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Aurora boreal

Martes, 18 de febrero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Luchó contra el sentimiento de abandono que experimentó cuando desapareció la chaqueta roja de Sara tras la puerta. Un juego de imágenes del tiempo en que vivía con Sanna y Sara iluminaron una habitación en la oscuridad de su memoria. Estaba sentada con Sara en el regazo, leyendo un cuento, Pedrito y las cuatro cabras. La mejilla contra el pelo suave de la niña. El índice de Sara sobre los dibujos.

«Pero así son las cosas —pensó Rebecka—. Siempre lo recordaré. Ella ya lo ha olvidado».

De pronto vio que Sanna estaba a su lado. En sus azules mejillas habían florecido dos pálidas rosas por el esfuerzo de jugar con Chapi.

—Tendrás que subir y comer algo antes de irte.

—Mi avión sale dentro de media hora, así que… —Rebecka acabó su frase meneando la cabeza.

—Pero habrá más aviones —rogó Sanna—. Ni siquiera he tenido la oportunidad de darte las gracias por haber venido. No sé qué hubiera hecho si…

—No te preocupes —sonrió Rebecka—. De verdad que tengo que irme.

Seguía sonriendo y alargó la mano para despedirse.

Era una señal, y ella misma se dio cuenta en el momento en que se sacaba el guante de la mano. Sanna bajó la mirada y rechazó estrecharle la mano.

«Joder», pensó Rebecka.

—Tú y yo —dijo Sanna sin levantar la vista— éramos como hermanas.

Y ahora he perdido a mi hermano y a mi hermana a la vez.

Dejó salir una risa corta y sin alegría. Parecía más bien un sollozo.

—El Señor nos da y el Señor nos quita. Alabado sea el nombre del Señor.

Rebecka hizo un enorme esfuerzo contra el impulso de abrazar a Sanna y consolarla.

«No lo intentes conmigo —pensó airada bajando la mano—. Ciertas cosas no se pueden arreglar. No en tres minutos, pasando frío mientras nos despedimos».

Se le empezaban a enfriar los pies. Los zapatos que utilizaba en Estocolmo eran demasiado finos. Hacía un momento le dolían los dedos, ahora era como si hubieran desaparecido. Intentó doblarlos un poco.

—Te llamaré cuando llegue —dijo sentándose en el coche.

—Vale —respondió Sanna sin interés y fijando la vista en Chapi, que se agachaba junto a una esquina de la casa para responder a un mensaje dejado en la nieve.

«O el año que viene», pensó Rebecka girando la llave.

Cuando fijó la mirada en el retrovisor vio que Sara y Lova salían del edificio. Había algo en sus ojos que hizo que el suelo debajo del coche se balanceara.

«No, no —pensó—. Todo marcha bien. No pasa nada. Sal corriendo de aquí». Pero los pies no querían ni embragar ni pisar el acelerador. Miró a las niñas en la entrada. Vio sus ojos desesperados, sus labios moviéndose, gritándole algo a Sanna que Rebecka no podía oír. Vio que levantaban los brazos y sus manos señalaban su vivienda, y después vio que los bajaban rápidamente, a la vez que alguien salía de la casa.

Era un policía uniformado que, con rápidos pasos, llegó hasta Sanna.

No pudo oír lo que dijo.

Rebecka se miró el reloj de pulsera. Era absurdo pensar que llegaría a coger el avión. No podía irse ahora. Con un profundo suspiro salió del coche. Su cuerpo se movía despacio hacia Sanna y el policía. Las niñas seguían en la entrada, inclinándose sobre la barandilla cubierta de nieve. La mirada de Sara estaba fija en Sanna y el policía. Sanna se estaba comiendo la nieve que llevaba adherida a la gruesa manopla de lana.

—¿Cómo que registro domiciliario?

El tono de voz de Sanna hizo que Chapi se quedara parada e intranquila, y luego se fuera hacia su ama.

—No pueden entrar en mi casa sin permiso. ¿Pueden?

Lo último se lo dijo a Rebecka.

En ese momento salió el fiscal jefe en funciones, Carl von Post. Tras él, dos policías de paisano. Rebecka los reconoció. Era aquella mujer bajita con cara de caballo, cómo se llamaba, Mella. Y el hombre con bigote de

morsa. Dios mío, creía que aquellos bigotes habían desaparecido en los años setenta. Era como si le hubieran pegado una ardilla muerta debajo de la nariz.

El fiscal se dirigió a Sanna. Llevaba una bolsa en la mano y de ella sacó una bolsa de plástico transparente y más pequeña. Dentro había un cuchillo.

Mediría unos veinte centímetros. El mango era negro brillante y tenía la punta un poco levantada hacia arriba.

—Sanna Strandgård —dijo levantando la bolsa con el cuchillo un poco demasiado cerca de la cara de Sanna—. Acabamos de encontrar esto en su casa. ¿Lo reconoce?

—No —respondió Sanna—. Parece un cuchillo de caza y yo no cazo.

Sara y Lova fueron hasta Sanna. Lova tiró de la manga del abrigo de piel de oveja para llamar la atención de su madre.

—Mamá —se quejó.

—Espera un momento, hija —respondió Sanna, ausente.

Sara, de espaldas, se apretó contra su madre de tal manera que Sanna se vio obligada a dar un paso hacia atrás para no perder el equilibrio. La niña de once años seguía los movimientos del fiscal con los ojos, intentando entender qué les pasaba a aquellos adultos tan serios que rodeaban a su madre.

—¿Está completamente segura? —preguntó de nuevo Von Post—.

Mírelo bien —dijo dándole la vuelta a la bolsa con el cuchillo.

El frío hizo que la bolsa de plástico crujiera al enseñar las dos partes del arma, primero la hoja y después el mango.

—Sí, estoy segura —contestó Sanna, separándose del cuchillo. Evitó mirarlo de nuevo.

—Quizá las preguntas pueden esperar —le replicó Anna-Maria Mella a Von Post a la vez que señalaba con la cabeza a las dos niñas, que se habían colgado de Sanna.

—Mamá —repetía Lova una y otra vez tirándole de la manga a Sanna

—. Mamá, tengo que hacer pipí.

—Tengo frío —gimió Sara—. Quiero ir a casa.

Chapi se movía intranquila e intentaba meterse entre las piernas de Sanna.

«Imagen dos del cuento —pensó Rebecka—. La ninfa del bosque ha sido apresada por la gente del pueblo. La han rodeado y algunos la tienen cogida por los brazos y la cola».

—Usted guarda las toallas y las sábanas en el cajón del sofá de la cocina, ¿no? —continuó Von Post—. ¿Suele guardar cuchillos entre las toallas?

—Espera un momento, hija —le dijo Sanna a Sara, que le estaba tirando del abrigo.

—Tengo que hacer pipí —se lamentó Lova—. Me lo voy a hacer encima.

—¿Va a responder a la pregunta? —presionó Von Post.

Anna-Maria Mella y Sven-Erik Stålnacke intercambiaron miradas a espaldas de Post.

—No —dijo Sanna con voz tensa—. No guardo ningún cuchillo en el sofá.

—Y esto, ¿qué? —insistió Von Post, a la vez que sacaba otra bolsa de plástico transparente de la bolsa grande—. ¿Reconoce esto?

Dentro de la bolsa había una Biblia. Era de piel marrón y estaba brillante por el uso. Los cantos de las hojas habían sido dorados, pero ya no quedaba mucho de aquel color y las hojas del libro estaban oscuras de tanto pasar las páginas con los dedos. Por todas partes había puntos de lectura que sobresalían de las páginas, tarjetas postales, cintas trenzadas y recortes de prensa.

Gimiendo y desvalida, Sanna se dejó caer en el montón de nieve.

—En la parte interior de la cubierta pone «Viktor Strandgård» —

continuó Carl von Post sin misericordia ninguna—. ¿Podría responder si es su Biblia y por qué estaba dentro del cajón del sofá de su cocina? ¿Es verdad que se la llevaba a todas partes y la tenía en la iglesia la última noche que estuvo con vida?

—No —susurró Sanna—, no.

Se cubría la cara con las manos.

Lova quiso separarle las manos en un intento de encontrarse con su mirada. Cuando vio que no podía, rompió a llorar desesperadamente.

—Mamá, me quiero ir —dijo sollozando.

—Levántese —ordenó Von Post con dureza—. Está detenida como sospechosa del asesinato de Viktor Strandgård.

Sara se volvió rápidamente hacia el fiscal.

—Déjala en paz —le gritó.

—Llévese a las niñas de aquí —le dijo Von Post con impaciencia al agente Tommy Rantakyrö.

Tommy Rantakyrö dio un paso decidido hacia Sanna. En ese momento Chapi salió corriendo y se puso delante de su ama. La perra agachó la cabeza, echó las orejas hacia atrás y enseñó sus afilados dientes con un gruñido sordo. Tommy Rantakyrö dio un paso atrás.

—De acuerdo, pero ya es suficiente —le dijo Rebecka a Carl von Post

—. Quiero hacer una denuncia.

Lo último se lo dijo a Anna-Maria Mella, que estaba a su lado, mirando las casas de alrededor. En todas las ventanas la curiosidad movía las cortinas.

—Quiere hacer… —dijo Von Post, pero se interrumpió con un movimiento brusco de cabeza—. Por mi parte no hay inconveniente en que nos acompañe a la comisaría para interrogarle respecto a la denuncia por maltrato que ha presentado una periodista de la redacción de Norrbotten de TV4.

Anna-Maria Mella le tocó ligeramente el brazo a Von Post.

—Empezamos a tener público —le dijo—. No quedaría bien si alguno de los vecinos llamara a la prensa y empezara a hablar de la brutalidad de la policía y todo ese rollo. Quizá estoy equivocada, pero creo que el viejo del piso de allí arriba a la izquierda nos está filmando con una cámara de vídeo.

Levantó el brazo para señalar una de las ventanas.

—Lo mejor sería que Sven-Erik y yo nos fuéramos de aquí para que no parezca que hemos mandado a todo el ejército —continuó—. Podríamos llamar a los de la científica, porque supongo que querrá que vean el piso.

El labio superior de Von Post se movió con desagrado. Intentaba ver la ventana que le había señalado Anna-Maria, pero el piso estaba completamente a oscuras. Así que pensó que quizá estaba mirando directamente al objetivo de una cámara y apartó la vista al momento. Lo último que quería era que lo asociaran con la brutalidad de la policía o salir en la prensa por badwill.

—No, quiero hablar personalmente con los de la científica —respondió

—. Usted y Sven-Erik se encargarán de Sanna Strandgård. Hagan que precinten la vivienda.

—Volveremos a vernos —le dijo a Sanna antes de subirse a su Volvo Cross Country.

Rebecka se dio cuenta de que Anna-Maria Mella se había quedado mirando el coche del fiscal mientras desaparecía de su vista.

«Joder —pensó asombrada—. Cara de Caballo lo ha engañado. Quería que se fuera y…, sí, joder, qué lista es».

En cuanto Carl von Post dejó el lugar se hizo silencio. Tommy Rantakyrö estaba perplejo, esperaba una señal de Anna-Maria o de Sven-Erik. Sara y Lova estaban de rodillas en la nieve; abrazaban a su madre, que seguía sentada en el suelo. Chapi estaba tumbada a su lado, comiendo un poco de nieve. Cuando Rebecka se agachó y le acarició el lomo, empezó a mover la cola como para demostrar que todo estaba bien.

Sven-Erik le lanzó una mirada interrogativa a Anna-Maria.

—Tommy —dijo Anna-Maria rompiendo el silencio—. ¿Puedes subir con Olsson y precintar la vivienda? Pon una marca extra en el grifo de la cocina para que nadie lo utilice antes de que vayan los de la científica.

—Eh —le dijo Sven-Erik cuidadosamente a Sanna—. Sentimos profundamente todo esto, pero la situación es la que es. Tiene que acompañarnos a la comisaría.

—¿Hay algún sitio donde podamos llevar a las niñas? —preguntó Anna-Maria.

—No —respondió Sanna levantando la cabeza—. Quiero hablar con mi abogada, Rebecka Martinsson.

Rebecka suspiró.

—Sanna, yo no soy tu abogada…

—De todas formas quiero hablar contigo.

Sven-Erik Stålnacke le echó una mirada insegura a su compañera.

—No sé… —dijo un poco indeciso.

—Venga, vale ya —bufó Rebecka—. Está en arresto preventivo, así que aún no ha pasado a disposición judicial con restricciones. Tiene derecho a hablar conmigo. Quédese escuchando, no vamos a contarnos secretos.

Lova le gimió algo al oído a Sanna.

—¿Qué me has dicho, cariño?

—Me he hecho pipí encima —dijo Lova llorando.

Todas las miradas se dirigieron hacia la pequeña. Realmente tenía una mancha oscura en los viejos vaqueros.

—Tenemos que ponerle otros pantalones a Lova —le dijo Rebecka a Anna-Maria Mella.

—Oídme, niñas —anunció Anna-Maria a Sara y a Lova—. Vamos a hacer lo siguiente. Subís conmigo arriba y buscamos unos pantalones para Lova y después volvemos a bajar con vuestra madre. No se va a ir a ninguna parte. Os lo prometo.

—Venga, haced lo que dice la señora —añadió Sanna—. Mis maravillosas rositas de pitiminí. Bajadme algo de ropa a mí también. Y

traedle comida a Chapi.

—Lo siento —le dijo Anna-Maria a Sanna—. Su ropa, no. Y todo lo que lleva puesto, el fiscal lo querrá enviar a Linköping.

—De acuerdo —respondió Rebecka rápidamente—. Ya te llevaré ropa yo, Sanna. ¿Vale?

Las niñas desaparecieron dentro del edificio con Anna-Maria. Sven-Erik Stålnacke estaba de cuclillas, un poco alejado de Sanna y de Rebecka, hablando con Chapi. Parecía que tuvieran mucho en común.

—Yo no te puedo ayudar, Sanna —dijo Rebecka—. Soy especialista en derecho fiscal, no en derecho penal. Si necesitas un abogado defensor, te puedo ayudar a encontrar uno bueno.

—¿Es que no lo entiendes? —murmuró Sanna—. Tienes que ser tú. Si no me ayudas tú, no quiero a nadie. En ese caso, Dios se hará cargo de mí.

—Por favor, déjalo ya —suplicó Rebecka.

—No, déjalo tú —respondió Sanna bruscamente—. Te necesito, Rebecka. Y mis hijas te necesitan. No me importa lo que opines de mí, pero te lo suplico. ¿Qué quieres que haga? ¿Qué me ponga de rodillas? ¿Decirte que lo hagas por los viejos tiempos? Tienes que ser tú.

—¿Qué quieres decir con que las niñas me necesitan?

Sanna cogió a Rebecka de la chaqueta con las dos manos.

—Mis padres me las quitarán —dijo, afligida—. Y eso no lo puedo permitir. ¿Lo entiendes? No quiero que Sara y Lova estén con mis padres ni siquiera cinco minutos. Y ahora yo no lo puedo impedir. Pero tú sí. Hazlo por Sara.

Sus padres. Las imágenes y los pensamientos competían por salir a la superficie en el interior de Rebecka. El padre de Sanna. Bien vestido. Con prestancia. Con sus formas dulces y empáticas. Se había hecho muy popular como político local. Rebecka incluso lo había visto alguna vez en los medios de comunicación nacionales. Probablemente sería uno de los primeros candidatos de las listas de los democristianos en las próximas elecciones generales. Pero era un personaje duro como una piedra, que engañaba con su cálida fachada. Incluso el pastor Thomas Söderberg le había demostrado respeto y sumisión en muchas cuestiones de la comunidad. Y Rebecka recordaba con desagrado que Sanna, con la voz tranquila, como si todo le hubiera ocurrido a otra persona, le contaba cómo había matado a sus mascotas. Siempre sin avisar. Perros, gatos, pájaros. Ni siquiera pudo quedarse el acuario que le regaló la maestra cuando era pequeña. A veces, su sumisa madre le explicaba que era porque Sanna era alérgica. Otras veces, porque no se ocupaba lo suficiente de las tareas de la escuela. A menudo no le daban ninguna explicación. El silencio no permitía ni siquiera que se hiciera la pregunta. Y Rebecka recordaba a Sanna por las noches, con Sara en su regazo cuando la pequeña no podía dormir. «No pienso ser como ellos —le había dicho—. A mí, me encerraban con llave en la habitación».

—Tengo que hablar con mi jefe —dijo Rebecka.

—¿Te quedarás? —preguntó Sanna.

—Unos días —respondió Rebecka con un nudo en la garganta.

El rostro de Sanna se relajó.

—Es todo lo que te pido —añadió—. ¿De cuánto tiempo estamos hablando? Yo soy inocente. ¿No creerás que lo hice yo?

La imagen de Sanna andando en mitad de la noche bajo la luz de los faroles, con un cuchillo ensangrentado en su mano, tomó forma en la mente de Rebecka.

«Pero, en ese caso, ¿por qué volvió? ¿Por qué se iba a llevar a Lova y a Sara a la iglesia para “encontrarlo”?», pensó.

—Naturalmente que no —respondió.

Caso número tal, tantas horas. Caso número tal, tantas horas. Caso número tal, tantas horas.

Maria Taube estaba en el bufete de abogados Meijer & Ditzinger llenando los formularios de los horarios de la semana. Parecían bastante bien, constató cuando sumó la cantidad de horas a facturar en la casilla inferior. Cuarenta y dos. A Måns no se le tenía nunca contento, pero por lo menos no estaría insatisfecho. Había trabajado más de setenta horas la última semana para poder facturar cuarenta y dos. Cerró los ojos y se inclinó hacia atrás en el respaldo de la silla. La cinturilla de la falda le apretaba el estómago.

«Tengo que empezar a hacer ejercicio —pensó—. No puedo quedarme aquí con el culo pegado delante del ordenador. Es martes por la mañana…

Martes, miércoles, jueves y viernes. Cuatro días hasta el sábado. Entonces iré a hacer ejercicio. Y dormiré. Desconectaré el teléfono y me acostaré pronto».

La lluvia tamborileaba monótona contra los cristales. En el mismo instante en que su cuerpo decidía tomarse un segundo de descanso y sus músculos se relajaban, sonó el teléfono. Fue como despertarse de un sueño de una patada en la cabeza. Se irguió en la silla con un movimiento brusco y cogió el auricular. Era Rebecka Martinsson.

—Hola, bonita —exclamó Maria con su clara voz—. Espera un momento. —Tomó impulso para separarse del escritorio y, sentada en la silla con ruedas, llegó hasta la puerta que daba al pasillo y la cerró con el pie—. Por fin llamas —dijo cuando volvió a coger el auricular—. He estado llamándote como una loca.

—Ya lo sé —respondió Rebecka—. Tengo cien mensajes en el teléfono, pero aún no los he escuchado. Me lo dejé en el coche y…, bueno, no me apetece quejarme más. Supongo que más de uno es de Måns Wenngren, que debe de estar con un enfado de cojones.

—Mmm, no te puedo mentir. Los socios se han reunido a primera hora por lo que se vio en las noticias. No están muy contentos de que saliera el bufete en TV4 y que se hablara de nuestros coléricos abogados. Y hoy esto parece una colmena.

Rebecka se inclinó sobre el volante respirando profundamente. Un nudo en la garganta le impedía hablar. En el patio estaban jugando Chapi, Sara y Lova con una alfombra que estaba colgada en el tendedor de delante de la casa. Esperaba que fuera de Sanna y no de algún vecino.

—De acuerdo —dijo al cabo de un instante—. ¿Vale la pena que hable con Måns o sólo quiere que le presente mi dimisión?

—No, qué va. Tienes que hablar con él. Según he oído, los demás socios estaban más que dispuestos a discutir la manera de despedirte, pero esa alternativa no estaba en absoluto en la lista de Måns. Así que todavía tienes trabajo.

—¿Limpiar los lavabos y servir café?

—Y en tanga. No, en serio. Måns parece que se ha puesto de tu lado de verdad; cree que debe de ser un malentendido eso de que actuaras como la abogada de la hermana del Chico del Paraíso. Estabas con ella como amiga,

¿no?

—Sí, pero es que acaba de ocurrir una cosa, así que…

Rebecka limpió con la mano el vaho que se había formado en el cristal de su ventanilla. Sara y Lova estaban hablando, subidas a un montón de nieve. No se veía a Chapi. ¿Adónde se habría ido la perra?

—No tengo mucho tiempo ahora, ¿me podrías pasar con Måns?

—De acuerdo, pero haz como que no sabes nada de la reunión.

—Vale. ¿Cómo te has enterado de todo?

—Me lo ha contado Sonja. Ella estaba allí.

Sonja Berg era una de las secretarias más antiguas de Meijer & Ditzinger. Su virtud más apreciada era su capacidad de callar como una tumba respecto a los asuntos del bufete. Eran muchos los que habían intentado sonsacarle información y se habían encontrado con su mezcla especial de falta de voluntad, irritación y fingida incapacidad para entender lo que la persona en cuestión quería. En reuniones secretas, por ejemplo, antes de la fusión de varias empresas, siempre era ella la que redactaba el acta.

—Eres increíble —dijo Rebecka, impresionada—. Eres capaz de sacar agua de las piedras.

—Sacar agua de las piedras forma parte del curso básico. Hacer que Sonja hable es el curso avanzado. Pero no me hables tú de cosas imposibles.

En realidad, ¿qué has hecho con Måns? ¿Vudú con un muñeco o qué? Si yo hubiera salido en la tele dándole una patada a una periodista, ahora estaría atada en su cámara de torturas, viviendo las últimas veinticuatro horas más dolorosas de mi vida.

Rebecka se rió sin ganas.

—Algo así me espera cuando vuelva al trabajo. ¿Me pasas?

—Sí, aunque te lo advierto. Es verdad que se ha puesto a tu favor, pero contento no está.

Rebecka bajó la ventanilla y llamó a Sara y a Lova.

—¿Dónde está Chapi? Sara, búscala, pero estad siempre por donde yo os pueda ver. Enseguida nos vamos a ir. ¿Es que alguna vez está contento?

—añadió al teléfono.

—¿Quién no está nunca contento?

La fría voz de Måns se oyó al otro lado de la línea.

—Ah, hola —respondió Rebecka, intentando concentrarse—. Soy Rebecka.

—Vaya —respondió él sin decir nada más.

Podía imaginarse la respiración irritada y profunda de él. No pensaba facilitarle las cosas, eso estaba claro.

—Quería explicarte que ha sido un malentendido lo de que creyeran que yo era la abogada de Sanna Strandgård.

No hubo respuesta en la línea.

—Vaya —respondió Måns al cabo de un momento—. ¿Eso es todo?

—No…

«Venga, Rebecka —pensó dándose ánimos—. No lo pienses. Di lo que hay que decir y cuelga. Nada puede empeorar las cosas».

—La policía ha encontrado un cuchillo y la Biblia de Viktor Strandgård en el piso de Sanna Strandgård —dijo—. Han detenido a Sanna como sospechosa del asesinato, acaban de llevársela. Yo en estos momentos estoy delante de su casa. Van a precintarla y voy a llevar a una de sus hijas al colegio y a la otra a la guardería.

La irritada respiración al otro lado de la línea se interrumpió. Rebecka se permitió hacer una pausa antes de continuar:

—Quiere que sea su defensora y se niega a que sea otro abogado. Así que me quedaré aquí arriba de momento.

—Joder, mira que tienes poca vergüenza —exclamó Måns Wenngren—.

Estás actuando a mis espaldas. Ofendes al bufete delante de los medios y ahora piensas hacerte cargo de un caso que no tiene nada que ver con tu empleo. Es actividad desleal, y suficiente para el despido, ¿lo entiendes?

—Måns, quiero hacerme cargo del caso, pero como un caso del bufete,

¿te das cuenta? —dijo Rebecka irritada—. No estoy pidiendo permiso. No me puedo echar atrás ahora. Y lo voy a solucionar. Quiero decir, ¿qué dificultades hay? Estaré presente en algunos interrogatorios, que parece que no serán muchos. Ella no sabe nada ni tampoco recuerda nada. Han encontrado el arma homicida, si es que era ese cuchillo, y la Biblia de Viktor en su piso. Ella estaba en la iglesia justo cuando acababa de pasar. Ni siquiera el famoso periodista Peter Althin conseguiría que la dejaran libre si es que dictan que pase a disposición judicial. Si, contra lo que yo deseo, hay una acusación, espero que alguno de nuestros abogados de derecho penal me respalde, Bengt-Olov Falk o Göran Carlström, por ejemplo. Va a haber

mucho revuelo mediático y sería beneficioso para el bufete un poco de publicidad en temas penales, lo sabes bien. Aunque sea el derecho mercantil y tributario lo que dé dinero, los casos penales importantes son los que hacen que un bufete se haga famoso a través de la prensa y la televisión.

—Gracias —respondió Måns, tenso—. Eso de la publicidad para el bufete ya lo has empezado a trabajar. ¿Por qué cojones no te pusiste en contacto conmigo cuando le diste la patada a aquella periodista?

—No le di una patada —se defendió Rebecka—. Intenté pasar y ella se resbaló…

—¡No he acabado! —gritó Måns—. He perdido una hora y media de la mañana en una reunión para hablar sobre ti. Si hubiera prevalecido mi voluntad, te pediría ahora mismo la dimisión. Tienes suerte de que hubiera otros socios que fueran más misericordiosos.

Rebecka hizo como que no oía su comentario y prosiguió:

—Necesito que me ayudes con lo de esa periodista. ¿Puedes ponerte en contacto con la redacción y pedirle que retire la denuncia?

Måns se echó a reír, sorprendido.

—¿Quién coño te crees que soy? ¿Don Corleone?

Rebecka volvió a frotar la ventanilla.

—Sólo era una pregunta —respondió—. Tengo que dejarte. Estoy cuidando a las dos hijas de Sanna y la pequeña se está quitando la ropa.

—Deja que se la quite —contestó Måns, irritado—. Aún no hemos acabado.

—Te llamo luego o te envío un correo. Las niñas están en la calle y hace un frío tremendo. Lo último que me haría falta en estos momentos es que una cría de cuatro años cogiera una pulmonía. Adiós.

Colgó el teléfono antes de que a él le diera tiempo de decir nada más.

«No me lo ha prohibido —pensó aliviada—. No me ha prohibido que continúe y no me he quedado sin trabajo. ¿Cómo ha podido ser tan fácil?».

Entonces se acordó de las niñas y puso el coche en marcha.

—¿Qué estáis haciendo? —les gritó a Sara y a Lova.

Lova se había quitado la chaqueta, las manoplas y los dos jerséis.

Estaba de pie sobre la nieve con el gorro en la cabeza y la parte superior de

su cuerpo la cubría sólo una fina camiseta blanca de algodón. Estaba llorando. Chapi la miraba preocupada.

—Sara me ha dicho que parezco una idiota con el jersey que me has dejado —se quejaba Lova llorando—. Me dijo que en la guardería me tomarían el pelo.

—Ponte la ropa inmediatamente —ordenó Rebecka, impaciente.

Cogió a Lova por el brazo y le volvió a poner los jerséis a la fuerza. La niña lloraba desconsolada.

—Es verdad —respondió Sara con malicia—. Parece una loca. En la escuela había una niña que llevaba un jersey de ésos. Los chicos la cogieron, le metieron la cabeza en el váter y tiraron de la cadena hasta que casi la ahogan.

—¡No quiero! —gritaba Lova mientras Rebecka la vestía a la fuerza.

—Entrad en el coche —dijo Rebecka con la voz tensa—. Vais a ir a la guardería y al colegio.

—No nos puedes obligar —le gritó Sara—. No eres nuestra madre.

—¿Qué nos apostamos? —gruñó Rebecka. Y levantó a las dos niñas y las sentó en el coche, mientras ellas no dejaban de gritar. Chapi las siguió.

Entró de un salto en el coche y dio unas vueltas, intranquila, antes de acomodarse en el asiento.

—Y tengo hambre —siguió gritando Lova.

—Exacto —chilló Sara—. No hemos desayunado y eso es desamparo.

Dame el móvil, voy a llamar a mi abuelo —dijo quitándole el teléfono a Rebecka.

—¡Qué diablos! —rugió Rebecka, y le cogió el teléfono bruscamente.

Salió del coche y abrió la puerta de atrás.

—¡Fuera! —ordenó.

Sacó a Sara y a Lova del coche y las dejó en la nieve.

Las dos niñas se callaron de inmediato mientras las miraba con los ojos como platos.

—Es verdad —dijo Rebecka intentando dominar su voz—. No soy vuestra madre pero Sanna me ha pedido que os cuide, así que ni vosotras ni yo podemos elegir. Hagamos un trato. Primero vamos a la cafetería de la

estación de autobuses a desayunar. Después vamos a comprarle ropa nueva a Lova. Y a Sanna también. Tenéis que ayudarme a elegir algo bonito para ella. Venga, entrad en el coche.

Sara se quedó callada, mirándose los pies. Luego, se encogió de hombros y se sentó en el coche. Lova entró detrás de ella y la hermana mayor ayudó a la pequeña a ponerse el cinturón de seguridad. Chapi lamió las lágrimas saladas que Lova aún tenía en las mejillas.

Rebecka Martinsson puso el coche en marcha y salió de allí.

«Dios mío —pensó por primera vez desde hacía muchos años—. Dios mío, ayúdame».

Las casas residenciales de obra vista de la avenida Gasell eran como piezas de Lego puestas en filas, bien ordenadas, a lo largo de toda la calle. Había nieve por todas partes, cubriendo hasta los setos de los jardines. En las ventanas de la cocina las cortinas tapaban la parte inferior para proteger la intimidad de los que vivían dentro.

«Y esta familia va a necesitar mucha intimidad», pensó Anna-Maria Mella cuando ella y Sven-Erik Stålnacke salían del coche delante del número 35 de la avenida Gasell.

—Se siente la mirada de los vecinos en la nuca —dijo Sven-Erik como si le hubiera leído el pensamiento—. ¿Qué crees que nos pueden contar los padres de Sanna y de Viktor Strandgård?

—Ya veremos. Ayer no quisieron recibirnos, pero ahora que han oído que su hija ha sido detenida nos han llamado para pedirnos que vengamos.

Se quitaron la nieve de los zapatos y llamaron.

Olof Strandgård abrió la puerta. Iba arreglado, y con voz muy bien modulada les pidió que entrasen. Les dio la mano, los ayudó con las chaquetas y las colgó en un perchero. Era un hombre de mediana edad, pero sin el sobrepeso habitual de los hombres de esa edad.

«Tendrá el aparato de remo y las pesas en el sótano», pensó Anna-Maria

.

—No, no se los quite, por favor —le pidió Olof Strandgård a Sven-Erik cuando éste se agachó para quitarse los zapatos.

Anna-Maria se dio cuenta de que Olof Strandgård llevaba un calzado impoluto.

Los condujo hasta la sala de estar. Un lado de la sala estaba dominado por unos muebles de comedor de estilo gustaviano. Candelabros de plata y un florero de la artista Ulrika Hydman-Vallien se reflejaban sobre el laminado de caoba oscuro de la mesa. Del techo colgaba una pequeña lámpara de cristal de fabricación moderna. En el otro lado de la sala había un pomposo sofá rinconera de piel de color claro y un sillón a juego. La mesa era de cristal ahumado con patas de metal. Todo muy limpio y ordenado.

En el sillón, muy hundida, estaba Kristina Strandgård. De forma ausente, saludó a los dos policías que aparecieron en su sala de estar.

Tenía el mismo pelo grueso y rubio que sus hijos. Pero Kristina Strandgård lo llevaba más corto, con un peinado a lo paje.

«Tiene que haber sido muy guapa —pensó Anna-Maria—. Antes de que el cansancio le clavara las garras. Y eso no ocurrió ayer. Debe de hacer mucho tiempo».

Olof Strandgård se inclinó hacia su esposa. Su voz era dulce, pero la sonrisa de sus labios no se reflejaba en los ojos.

—Quizá deberíamos dejarle a la inspectora Mella el sillón, que es más cómodo —dijo a modo de orden.

Kristina Strandgård se levantó como si la hubiesen pinchado con una aguja.

—Oh, perdón; naturalmente.

Sonrió sofocada a Anna-Maria y por un segundo se quedó de pie, como si hubiera olvidado dónde se encontraba y qué debía hacer. De pronto, pareció aterrizar en el presente y se hundió en el sofá, al lado de Sven-Erik.

Anna-Maria se sentó con esfuerzos en el sillón. Era demasiado hondo y el respaldo estaba tan inclinado que le resultaba incómodo. Hizo un gesto en un intento de sonreír agradecida. El niño le presionaba el diafragma y notó de inmediato acidez en el estómago y dolor en la rabadilla.

—¿Quieren tomar algo? —preguntó Olof Strandgård—. ¿Café, té, agua?

Como si hubiera recibido una señal, su mujer se levantó de nuevo.

—Claro que sí —dijo echándole una rápida mirada a su marido—.

Debería haberles preguntado…

Tanto Sven-Erik como Anna-Maria negaron con la mano. Kristina Strandgård se volvió a sentar pero esta vez al borde del sofá, dispuesta a ponerse en pie en el momento que fuera necesario.

Anna-Maria se quedó observándola. No parecía una mujer que acababa de perder a su hijo. Llevaba el pelo recién lavado y peinado con secador.

Vestía un polo, chaqueta y pantalones, de color arena y beige, a juego. Se había pintado los ojos y los labios. Sus manos no se entrelazaban de desesperación. No había sobre la mesa ni un solo pañuelo de papel arrugado frente a ella. Por el contrario, era como si se hubiera cerrado al mundo.

«No, no es eso —pensó Anna-Maria, sintiéndose de pronto muy incómoda—. No se ha cerrado al mundo. Se encierra en sí misma».

—Agradecemos que pudieran venir enseguida —dijo Olof Strandgård

—. Hace un momento hemos oído que han detenido a Sanna. Entenderán que eso es un error. Mi mujer y yo estamos muy preocupados.

—Naturalmente —respondió Sven-Erik—. Pero quizá deberíamos ir por partes. Primero les haremos unas preguntas relativas a Viktor y después podremos hablar de su hija.

—De acuerdo —dijo Olof Strandgård sonriendo.

«Bien, Sven-Erik —pensó Anna-Maria—. Coge el mando ahora porque, si no, esta visita se habrá acabado y no nos habrán dicho nada».

—¿Podrían explicarnos cosas de Viktor? —inquirió Sven-Erik—. ¿Qué clase de persona era?

—¿En qué sentido les puede ayudar esa información en su trabajo? —

preguntó Olof Strandgård.

—Es una pregunta que siempre se hace —insistió Sven-Erik sin dejarse provocar—. Tenemos que intentar hacernos una idea de su hijo, ya que no lo conocimos en vida.

—Tenía talento —dijo el padre, muy serio—. Mucho talento. Imagino que todos los padres dicen lo mismo de sus hijos, pero pregúntenles a sus antiguos maestros y confirmarán lo que les digo. Tenía excelentes notas en todas las asignaturas y estaba dotado para la música. Sabía concentrarse.

Los deberes del colegio, las lecciones de guitarra… Y después del accidente se concentró en Dios al cien por cien.

Se echó hacia atrás en el sofá y se cogió ligeramente la pernera derecha del pantalón antes de cruzar la pierna sobre la izquierda.

—No es una empresa fácil lo que Dios le pidió al muchacho —continuó

—. Lo dejó todo de lado. Dejó los estudios de bachiller y la música.

Predicaba y rezaba. Y estaba obsesionado por su convicción de que la fe volvería a Kiruna, pero también estaba convencido de que era imprescindible que las iglesias libres se unieran. La unión hace la fuerza, como se dice. En aquellos tiempos no había ninguna hermandad entre la Iglesia de Pentecostés, la de la Misión y la Baptista, pero él era terco. Sólo tenía diecisiete años cuando recibió la llamada de la fe. Casi obligó a los pastores a que se encontraran y rezaran juntos: Thomas Söderberg, de la Iglesia de la Misión; Vesa Larsson, de la de Pentecostés; y Gunnar Isaksson, de la Baptista.

Anna-Maria se revolvió en el sillón. Estaba incómoda y el niño boxeaba con su vejiga.

—¿Recibió la llamada de la fe cuando sufrió el accidente? —preguntó.

—Sí. El chico iba en bicicleta, era invierno, y lo atropellaron. Bueno, son de Kiruna, así que conocen el resto. La congregación no dejaba de crecer y pudimos construir la Iglesia de Cristal. Es tan conocida como nuestro muchacho. La popular Carola, la de Eurovisión, dio un concierto de Navidad en diciembre pasado.

—¿Cómo era su relación con él? —preguntó Sven-Erik—. ¿Se veían a menudo?

Anna-Maria vio que Sven-Erik se esforzaba en llamar la atención de Kristina Strandgård con sus preguntas, pero su mirada sin voluntad se había fijado en el dibujo de medallones de las cortinas.

—Entre mis familiares hay muy buena relación —respondió Olof Strandgård.

—Aparte de la iglesia, ¿tenía contacto con alguien o algún otro interés?

—No, como ya le he dicho, decidió apartarse de todo y sólo trabajar para Dios.

—Pero ¿no les inquietaba? Quiero decir, que se apartara de las chicas y de los otros intereses que tenía.

—No, lo cierto es que no.

El padre se rió como si considerara que lo que Sven-Erik acababa de decir fuera ridículo.

—¿Quiénes eran sus mejores amigos?

Sven-Erik miró las fotografías que había en las paredes. Encima del televisor había una gran fotografía de Sanna y de Viktor. Dos niños con el pelo largo, y rubios como el sol. Sanna con rizos de ángel. El pelo de Viktor liso como una cascada. Sanna tenía que estar al principio de la pubertad. Se podía ver que no quería sonreír al fotógrafo. Había algo de rebeldía en la expresión de su boca. Viktor también estaba serio, pero más natural. Como si estuviera pensando en otra cosa y hubiera olvidado dónde se encontraba.

—Sanna tenía trece años y el chico diez —dijo Olof, que vio a Sven-Erik mirando la fotografía—. Se ve claramente cómo admiraba a su hermana. Quería llevar el pelo largo como ella y, desde que era muy pequeño, gritaba como un cochinillo cada vez que su madre se le acercaba con las tijeras. Al principio, en el colegio se burlaban de él, pero insistió en llevar el pelo largo.

—¿Y sus amigos? —recordó Anna-Maria.

—Yo creo que sus familiares éramos sus mejores amigos. Tenía mucha relación con nosotros y con Sanna. Y adoraba a las niñas.

—¿Las hijas de Sanna?

—Sí.

—Kristina —dijo Sven-Erik.

Kristina Strandgård dio un respingo.

—¿Hay algo más que quiera añadir? Sobre Viktor —aclaró Sven-Erik cuando la miró con gesto interrogante.

—¿Qué puedo decir? —respondió insegura y mirando de reojo a su marido—. No tengo nada que añadir. Olof lo ha descrito muy bien, creo yo.

—¿Tienen algún álbum con recortes de prensa de Viktor? —preguntó Anna-Maria—. Quiero decir que como salía a menudo en los periódicos…

—Ahí —respondió Kristina Strandgård señalando un mueble—. Es el álbum grande y marrón, en el estante de abajo.

—¿Me lo pueden prestar? —preguntó Anna-Maria mientras se levantaba para cogerlo de la estantería—. Se lo devolveremos en cuanto nos sea posible.

Mantuvo cogido el álbum un instante y luego lo dejó sobre la mesa, delante de ella. Le gustaría tener otras imágenes de Viktor en su cabeza que aquel cuerpo destrozado y los ojos arrancados.

—Necesitaríamos que escribieran los nombres de las personas que lo conocían —pidió Sven-Erik—. Queremos hablar con ellos.

—Será una lista muy larga —respondió Olof Strandgård—. Toda Suecia, y aún me quedo corto.

—Quiero decir los que lo conocían personalmente —respondió Sven-Erik, paciente—. Enviaremos a alguien a buscar la lista esta tarde.

¿Cuándo fue la última vez que vieron a su hijo con vida?

—El domingo por la noche, en el canto de salmos de la iglesia.

—El domingo por la noche antes de que lo asesinaran, claro. ¿Hablaron con él?

Olof Strandgård movió la cabeza con pena.

—No, estaba con el grupo de oración y totalmente ocupado.

—¿Cuándo fue la última vez que se vieron y tuvieron tiempo de hablar?

—El viernes por la tarde, dos días antes de que…

El padre se interrumpió y miró a su mujer.

—Le habías preparado comida, Kristina. ¿Verdad que fue el viernes?

—Sí, así es. La Conferencia de los Milagros empezaba entonces y yo sé que se olvida hasta de comer. Siempre antepone a los demás. Así que fuimos a su casa y le llenamos el congelador. Me dijo que era como una gallina con sus polluelos.

—¿Parecía preocupado por algo? —les preguntó Sven-Erik—. ¿Había algo por lo que estuviera intranquilo?

—No —respondió Olof.

—Al parecer no había comido desde hacía tiempo cuando murió —

añadió Anna-Maria—. ¿Saben ustedes por qué? ¿Puede ser porque lo hubiera olvidado?

—Seguramente ayunaba —respondió el padre.

«Voy a tener que preguntar dónde está el baño», pensó Anna-Maria.

—¿Ayunar? —preguntó, aguantándose sus necesidades—. ¿Por qué?

—Bueno —respondió Olof Strandgård—. En la Biblia pone que Jesús ayunó cuarenta días en el desierto y fue tentado por el diablo antes de que apareciera en Galilea y escogiera a sus primeros discípulos. Y pone que los apóstoles rezaron y ayunaron cuando nombró a los primeros consejos de ancianos de las primeras congregaciones y los consagró a Dios. En el Antiguo Testamento Moisés y Elias ayunaron antes de que se les apareciera Dios. Probablemente Viktor sintió que le esperaba un arduo trabajo durante la Conferencia de los Milagros y quería concentrarse con ayuda del ayuno y la oración.

—¿Qué es eso de la Conferencia de los Milagros? —preguntó Sven-Erik.

—Empezaba el viernes por la noche y acabará el próximo domingo por la noche. Durante el día, cursillos; y por la noche, encuentros. Trata de los milagros. Curaciones, milagros, atención de ruegos, regalos espirituales.

Esperen un momento.

Olof Strandgård se levantó y desapareció en dirección al recibidor. Al cabo de un rato volvió con una cartulina de color brillante en las manos. Se la dio a Sven-Erik. Éste se inclinó hacia Anna-Maria para que ella también pudiera ver de qué se trataba.

Era una invitación doblada, tamaño A4. Había una fotografía de gente alegre con las manos levantadas. En otra foto una mujer riendo alzaba a su hijo pequeño. En otra se veía a Viktor Strandgård rezando por un hombre que estaba de rodillas, con las manos alzadas hacia el cielo. Viktor tenía puestos los dedos índice y corazón en la frente del hombre y éste cerraba

los ojos. En el texto ponía que los cursillos tratarían, entre otros temas, de

«Tienes poder para pedir misericordia», «Dios ya ha vencido tu enfermedad» y «Deja salir tu misericordia espiritual». Y añadía que en los encuentros de la noche se podría bailar, cantar y reír espiritualmente, y ver cómo Dios hacía milagros en uno mismo y en los demás. Todo al precio de cuatro mil doscientas coronas, comida y alojamiento aparte.

—¿Cuánta gente participará en la conferencia? —cuestionó Sven-Erik.

—No sé exactamente —respondió Olof, dejando entrever cierto orgullo

—, pero más de dos mil.

Anna-Maria vio cómo Sven-Erik contaba mentalmente los importantes ingresos que la congregación habría obtenido con la conferencia.

—Queremos una lista de los participantes —dijo Anna-Maria—. ¿A quién nos hemos de dirigir?

Olof Strandgård le dio un nombre y ella lo escribió en su cuaderno de notas. Sven-Erik tendría que poner a alguien a comparar la lista con el registro de la policía.

—¿Cómo era la relación con Sanna? —preguntó Anna-Maria.

—¿Perdone? —contestó Olof Strandgård.

—Sí, ¿podrían describir su relación?

—Eran hermanos.

—Pero eso no significa que, por definición, tuvieran una buena relación

—insistió Anna-Maria.

El padre respiró hondo.

—Eran muy buenos amigos, aunque Sanna es una persona frágil.

Sensible. Tanto yo como mi mujer y nuestro hijo la hemos tenido que cuidar más de una vez, a ella y a las niñas.

«Qué pesadez con lo de lo frágil que es», pensó Anna-Maria.

—¿Qué quiere decir con lo de que es sensible? —preguntó. Vio que Kristina se revolvía en su asiento.

—No es fácil hablar de eso —dijo Olof—. Es que hay períodos en los que tiene dificultades para portarse como una persona adulta. Le es difícil ponerles límites a las niñas. Y a veces le ha sido difícil cuidar de sí misma y de ellas. ¿No es verdad, Kristina?

—Sí —respondió su esposa, sumisa.

—En alguna ocasión se ha quedado tumbada en una habitación a oscuras durante una semana entera —continuó Olof Strandgård—. Sin contestar cuando le hablaban. En esos casos, hemos cuidado de las niñas, y el chico le daba de comer a Sanna con una cuchara, como si fuera una niña.

Hizo una pausa mirando fijamente a Anna-Maria.

—No hubiera podido quedarse con las niñas si no hubiera sido por la ayuda de la familia —añadió.

«De acuerdo —pensó Anna-Maria—. Realmente quieres convencernos de lo frágil y débil que es. ¿Por qué? Una familia de bien como vosotros debería silenciar esos temas».

—¿Las niñas no tienen padre?

Olof Strandgård suspiró.

—Claro que sí —respondió—. Sanna sólo tenía diecisiete años cuando tuvo a Sara. Y yo… —sacudió la cabeza al recordar lo pasado—… yo insistí en que se casaran, aunque fueran tan jóvenes. Pero la promesa ante Dios no le impidió al marido abandonar a la esposa y a la niña cuando Sara sólo tenía un año. El padre de Lova fue una debilidad esporádica.

—¿Cómo se llaman? Queremos ponernos en contacto con ellos —

inquirió Sven-Erik.

—Claro que sí. Ronny Björnström, el padre de Sara, vive en Narvik.

Creemos. No tiene contacto con su hija. Sammy Andersson, el padre de Lova, murió en un trágico accidente de moto hace unos dos años. Iba por un lago a finales de invierno y el hielo se rompió. Una historia horrible.

«Si no quiero hacérmelo en este bonito sillón…», pensó Anna-Maria levantándose trabajosamente.

—Disculpen, pero tengo que ir al… —dijo.

—En el recibidor, a la derecha —respondió Olof Strandgård, levantándose mientras ella dejaba la sala.

El baño estaba igual de limpio que el resto de la casa. Había un aroma artificial a flores. Seguramente sería el perfume que había en alguno de los sprays encima del armario. Dentro de la taza había un colgante con algo azul que coloreaba el agua cuando se tiraba de la cadena.

—Estamos muy preocupados porque Rebecka Martinsson se haga cargo de las niñas —dijo Olof Strandgård cuando ella volvió a sentarse en el sillón—. Probablemente estén impresionadas y asustadas por todo lo que ha sucedido. Necesitan seguridad y tranquilidad a su alrededor.

—La policía no puede hacer nada al respecto —respondió Anna-Maria

—. Su hija es su madre y si las ha dejado con Rebecka Martinsson…

Seguir: parte 3 de 3