
Autobiografía
Darío tenía cuarenta y cinco años cuando empezó a contar su vida por entregas en la bonaerense Caras y Caretas. Escribe deprisa, sin plan: la niñez en León de Nicaragua (leía a los tres años; niño aún, firmaba artículos de combate en La Verdad), el traslado a Managua, donde a los catorce anunció que se casaba y los amigos, muertos de risa, le arreglaron un baúl y lo embarcaron en Corinto hacia El Salvador. Después Valparaíso, Madrid, París. No esconde el alcohol, ni el suyo ni el ajeno. En el café D'Harcourt, con Verlaine ya bebido golpeando el mármol, Darío murmura en mal francés hasta la palabra gloria y recibe una grosería. Son sesenta y cinco capítulos de memorias comprimidas que prometió ampliar. El libro acaba en su casa de París, con un rapaz que se le parece y una sola palabra: «telón».












