
El árbol de la ciencia
Andrés Hurtado empieza Medicina en el Madrid de finales del XIX queriendo entender cómo funciona el mundo, y lo que se encuentra son catedráticos indiferentes, salas de hospital donde la miseria es rutina y una casa en la que su padre y él apenas se soportan. Baroja, que ejerció de médico, lo manda luego a Alcolea del Campo, un pueblo manchego de caciques y resignación donde la medicina no cambia nada, y después lo devuelve a Madrid. En mitad del libro se abre un paréntesis largo: la conversación con su tío Iturrioz sobre el árbol de la ciencia y el árbol de la vida, sobre si saber demasiado incapacita para vivir. La última palabra no la tiene Andrés, ni siquiera Iturrioz, sino otro médico que apenas ha asomado antes, y lo que dice da título al último capítulo.






