Aventuras de Solar Pons
La casita de porcelana
(The China Cottage, 1965)
—Mi apreciado hermano —dijo Solar Pons mientras entraba en nuestros aposentos a desayunar una mañana de otoño— posee una mente bastante más perceptiva que la mía, pero tiene poca paciencia con el proceso de raciocinio. Si bien no hay nada que lo indique, seguro que ha sido él quien ha enviado este paquete de papeles por mensajero mucho antes de que te despertaras.
Había apartado los platos del desayuno, sin casi haber probado bocado de la comida preparada por la señora Johnson, y estaba estudiando varias páginas de un manuscrito, al lado del cual yacía una tarjeta con el nombre de Randolph Curwen, y en la que alguien había garabateado en tinta roja un imperativo interrogante.
Observando la dirección de mi mirada, Pons continuó con sus explicaciones:
—La tarjeta venía sujeta a los papeles con un clip. Curwen es, o quizá debería decir «era», un experto en relaciones extranjeras, además de ser un conocido asesor en criptología del Ministerio de Asuntos Exteriores. Tenía sesenta y nueve años, estaba viudo, vivía solo en Cadogan Place, Belgravia, y era poco dado a las relaciones sociales desde la muerte de su esposa, hace ya nueve años. Sin hijos, tenía fama de poseer un considerable patrimonio.
—Entonces, ¿está muerto? —pregunté.
—No me sorprendería enterarme de que lo está —dijo Pons—. He hojeado los periódicos de la mañana, pero no se le menciona en ellos. Se ha hecho algún descubrimiento importante acerca de Curwen. Estos papeles son fotografías de cierta correspondencia confidencial entre miembros del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán y ruso. A primera vista podrían parecer singularmente inofensivos, y seguramente se los enviaron a Curwen para ver si detectaba en ellos algún código secreto.
—Supuse —dijo una voz gélida desde el umbral de la puerta situada detrás de mí — que llegarías a la conclusión correcta en lo referente a este material. Vine en cuanto pude.
Bancroft Pons había entrado silenciosamente en la habitación, una gran hazaña en vista de su peso. Sus ojos avizores se mantenían fijos en Pons y su rostro severo e impasible aumentaba lo impresionante de su aspecto.
—¿Sir Randolph? —preguntó Pons.
—Sí, está muerto —contestó Bancroft—. Todavía no sabemos cómo ha sido.
—¿Los papeles?
—Tenemos motivos para creer que un rapprochement entre Alemania y Rusia es inminente. Naturalmente estamos ansiosos por saber qué se traen entre manos. Recurrimos a Curwen, uno de nuestros más hábiles criptólogos. Un mensajero le entregó los documentos ayer al mediodía.
—Debo suponer que se le entregaron los originales.
Bancroft asintió lacónicamente.
—A Curwen siempre le gustaba trabajar con los originales. Tú has tenido la oportunidad de examinarlos.
—No parecen estar codificados —dijo Pons—. Sólo parece una correspondencia amistosa entre ambos ministerios de asuntos exteriores, si bien queda bien claro que se contempla un incremento de las relaciones comerciales.
—Curwen debía telefonearme a primera hora de esta mañana. Cuando pasaron las siete y aún no había recibido su llamada, fui yo quien llamó. No obtuve respuesta, de modo que mandamos a Danvers. La casa y el estudio estaban cerrados con llave. Por supuesto Danvers llevaba las llaves maestras, lo cual le permitió franquear la entrada. Encontró a Curwen muerto en el sillón de su escritorio, con los documentos delante de él. Las ventanas estaban todas cerradas, salvo una que sólo tenía bajada la persiana. A Danvers le pareció detectar un olor a algún producto químico; eso podría indicar que alguien había fotografiado los papeles.
Pero tendrás ocasión de ver a Curwen. No hemos tocado nada. Tengo un coche esperando abajo, y Cadogan Place no está lejos.
La casa de Cadogan Place tenía un mobiliario austero. Estaba ahora fuertemente custodiada por la policía; un guardia permanecía en la entrada del edificio, mientras otro vigilaba la puerta de la casa, y uno más la puerta del estudio, situado en una esquina de la parte delantera de la vivienda. Un par de ventanas daban a la calle y otra lindaba con un muro de piedra y un terreno de setos que separaba el edificio de la propiedad contigua. La casa era de estilo georgiano, al igual que los muebles que contenía.
Cuando se abrió la puerta del estudio, aparecieron unas paredes cubiertas de estanterías, los estantes sólo interrumpidos por las ventanas y una chimenea. Las paredes enmarcaban lo que habíamos venido a ver: el gran escritorio en el centro de la sala, la lámpara todavía encendida, el cuerpo inerte de sir Randolph Curwen, derrumbado en el sillón, los brazos colgando hacia el suelo, la cabeza hacia atrás y el rostro retorcido en una expresión de agonía. De pie a su lado, también vigilante, se veía un hombre a quien Bancroft Pons presentó como Hilary Danvers.
—No se ha tocado nada, señor.
Bancroft asintió y con un ademán señaló el cuerpo.
—Sir Randolph, Parker. Todo tuyo.
De inmediato me dirigí a examinar el cuerpo. Sir Randolph había sido un hombre delgado y larguirucho. Un bigote gris decoraba su labio superior y un ralo cabello cano le cubría escasamente la cabeza. Unos quevedos con un cristal roto le colgaban de un cordón de seda negra alrededor del cuello. Parecía haber tenido una agonía con convulsiones, pero no había ninguna herida visible en su cuerpo.
—¿El corazón? —preguntó Pons.
Cuando negué con la cabeza, dejó que continuara el reconocimiento y se paseó como un felino por la habitación. Examinó las ventanas, una tras otra, comprobó la persiana de la ventana semiabierta y se detuvo delante de la chimenea en cuclillas.
—Aquí se ha quemado algo —dijo—. ¿Parte del material original?
Bancroft contestó malhumorado:
—Un primer examen sugiere que alguien ha quemado papeles con cifras, como puedes ver. Recogeremos las cenizas y las estudiaremos, no temas.
Pons se puso de pie, se acercó al escritorio y lo escudriñó, sin tocar nada. Estaba casi totalmente cubierto por los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores, que se dividían en dos montones. Entre ambos había una hoja que, evidentemente, era la que estaba leyendo Curwen cuando cayó muerto. Junto a la hoja había un cuaderno sin notas. El perímetro del escritorio estaba cubierto por una variedad de objetos entre los que destacaban una pequeña casita de porcelana blanca decorada con rosas y, a su lado, una caja abierta que contenía pastillas de incienso. El sillón de Curwen se encontraba ligeramente apartado de la mesa y hacia un lado, como si estuviera intentando levantarse antes de que le alcanzara la muerte.
—¿Qué me dices, Parker? —preguntó Pons con impaciencia.
—Algún tipo de ataque —contesté—, pero me temo que sólo la autopsia podrá determinar con precisión las causas de la muerte. Si tuviera que adivinar, diría veneno.
Pons le lanzó una mirada a su hermano.
—Has mencionado un olor al entrar.
—Creemos que el olor emanaba del quemador de incienso —dijo el señor Danvers.
—Ah, esto —dijo Pons, tocando con la mano la casita de porcelana. Miró inquisitivamente a Danvers.
—Hemos buscado huellas dactilares, señor Pons. Sólo se han encontrado las de sir Randolph.
Pons levantó la casita donde, en una pequeña taza, se hallaban los restos de las pastillas quemadas. Inclinó la cara hacia la taza y olió. Levantó la vista con ojos entornados, cogió la base de la casita de porcelana y me la entregó.
—¿Qué clase de olor es éste, Parker?
Seguí su ejemplo y olisqueé.
—Almendras —dije—. Estas pastillas las fabrican con todo tipo de aromas.
Pons recompuso la casita de porcelana y cogió la caja de pastillas.
—Lilas —dijo secamente.
—La habitación estaba cerrada con llave, señor Pons —agregó Danvers—. Nadie pudo haber entrado, si lo que está insinuando es que alguien entró a envenenar a sir Randolph.
—Juego de niños —murmuró con impaciencia Bancroft—. ¿Qué encontró en los documentos que hizo que alguien quisiera matarlo? ¿O quemar lo que había descubierto?
—Estás irritable hoy —dijo Pons—. No hay nada aquí que demuestre que Curwen hubiera encontrado algo en los documentos.
—Al contrario, todo parece indicar que alguien consiguió entrar en esta habitación, mató a sir Randolph y quemó sus notas.
—¿Y por qué no llevárselas? Si era lo bastante listo como para entrar y salir de una habitación cerrada sin dejar pista alguna, es evidente que sabía que podría determinarse algo de las cenizas. Yo soy de la opinión de que fue sir Randolph quien quemó los documentos que hay en la chimenea. Arrancó las hojas usadas de su cuaderno y lo que había acumulado en la papelera debajo de la mesa, lo vació en la chimenea y prendió fuego al contenido. Hay una buena cantidad de cenizas. Entre ellas por lo menos una o dos páginas del Times, y no creo que ningún agente secreto tenga necesidad de quemar eso. Tú lo ves todo con los ojos del ministerio, intriga y espionaje.
—Así es —dijo Bancroft secamente.
Pons volvió a interesarse por la casita de porcelana.
—Si es posible, me gustaría llevármela a la calle Praed. —Cogió la caja de pastillas—. Y esto también.
Bancroft lo miró como si estuviera convencido de que Pons se había vuelto loco.
—Es porcelana blanca y translúcida —dijo Pons, con una pequeña sonrisa en los labios—. Originaria de Staffordshire, data, diría yo, de principios del siglo xix. Esta porcelana, aunque translúcida, tolera una sorprendente cantidad de calor.
—Te ruego que me ahorres este discurso —dijo gélidamente Bancroft—. Llévatela.
Pons le dio las gracias secamente, se metió la caja de pastillas en el bolsillo y me entregó la casita de porcelana.
—Manéjala con cuidado, Parker. La examinaremos con tranquilidad en el 7B. — Se volvió de nuevo hacia su herma— no—. Sir Randolph vivía solo. ¿No tenía servicio?
—Una tal señora Claudia Melton venía a limpiar dos veces por semana — contestó Bancroft—. Y durante el día había un mayordomo, Will Davinson. Preparaba las comidas de sir Randolph y contestaba las llamadas. Ha venido, en caso de que desees interrogarle. Si es así, hagámoslo cuanto antes.
Bancroft le hizo una señal al policía que estaba de pie en el umbral de la puerta, y éste nos condujo a la parte trasera de la casa. En un comedor-cocina esperaba un hombre de mediana edad que, en cuanto entramos, dio un taconazo y se cuadró.
—Señor Davinson —dijo el policía—, el señor Solar Pons desearía hacerle algunas preguntas.
—A sus órdenes, señor.
—Por favor, siéntese, señor Davinson.
El señor Davinson recuperó la silla y se sentó a la espera. Tenía una mirada alerta que daba una impresión de juventud que le negaba el resto del cuerpo.
—¿Fue el ordenanza de sir Randolph durante la guerra? —preguntó bruscamente Pons.
—Sí, señor.
—¿Conocía por tanto sus costumbres?
—Sí, señor.
—Por lo visto, era muy aficionado a quemar incienso.
—Ha quemado incienso desde que lo conozco.
—Habrá tenido la oportunidad de comprobar cuántas pastillas quemaba al día.
—Señor, liberaba el aromático humo sólo cuando se retiraba a su estudio. Esto era normalmente por la noche. Rara vez quemaba más de tres en una noche, utilizando por lo general dos.
—¿Su aroma preferido?
—Lilas. Pero también tenía pastillas con olor a rosa, almendra, tomillo y, creo, lavanda. Siempre estaba bien abastecido.
Pons recorrió la habitación de punta a punta. Se quedó unos momentos en silencio, los ojos cerrados, estirándose la oreja con la mano derecha.
—¿Era sir Randolph un hombre solitario?
—Recibía poco.
—¿A quién vio en los últimos quince días?
Davinson se quedó pensativo un momento.
—A su sobrina, la señorita Emily Curwen. Había venido a Londres desde su residencia de Edimburgo y vino a visitarlo. Eso ocurrió hace poco más de dos semanas.
—No tiene importancia —dijo Pons—. Siga.
—El señor Leonard Loveson de Loveson y Fitch, en High Holborn. Por un asunto de negocios. Sir Randolph tenía una hipoteca sobre su local.
—¿Tenía otras hipotecas similares sir Randolph?
—Sir Randolph no me hacía grandes confidencias, señor, pero creo que sí.
—Continúe, señor Davinson.
—Después vino su sobrino segundo, Ronald Lindall, el hijo de la hermana de la señorita Emily, también de Edimburgo; estuvo en la casa hace seis días, una visita de cortesía, me pareció a mí.
—¿Alguna otra persona?
—Sí —contestó dubitativo Davinson—. Vino un abogado hace dos días, y la situación fue ligeramente tensa. Intercambiaron unas palabras, pero brevemente. Sir Randolph lo tranquilizó y se deshizo de él. Creo que el asunto estaba relacionado con otra de las hipotecas de sir Randolph.
—¿Era un hombre duro?
—No, señor. Al contrario. Más de una vez aplazó los intereses que se le debían, o incluso los canceló. Y en una ocasión perdonó una pequeña hipoteca. No, señor, era fácil entenderse con él. Y algunas personas se aprovechaban de su bondad.
Pons dio otra vuelta a la habitación.
—De todas estas personas, ¿quién lo visitaba con mayor frecuencia?
—El señor Loveson.
—¿No había visto nunca antes a la señorita Emily?
—No, señor. Sir Randolph me había hablado de ella, pero no había visitado nunca la casa estando yo aquí.
—¿Le abrió usted la puerta?
—Sí, señor. Sir Randolph nunca contestaba a la puerta. Si yo me había marchado ya, nunca abría a no ser que tuviera una cita.
—¿Querría recordar la visita de la señorita Emily? ¿Qué le pareció a usted?
—No le comprendo, señor Pons.
—¿Cómo estaba? ¿Triste, alegre o cómo?
—Parecía ligeramente alterada, si me permite decirlo. Pero eso fue cuando se marchó, señor Pons. Cuando llegó estaba muy serena.
—¿Ella y su tío se pelearon?
—No podría decirle —dijo Davinson de pronto remilgado.
—¿Y el señor Lindall?
—Era un joven algo truculento, pero se disculpó por importunar a sir Randolph. La visita fue agradable. Sir Randolph le enseñó la casa y el jardín, y a continuación se marchó.
—Volvamos al señor Loveson. ¿Sabe si la hipoteca es grande, suponiendo que no se haya cancelado?
—No lo sé, pero tuve la impresión de que era bastante grande. —Davinson tragó saliva y se aclaró la voz—. Le repito, señor Pons, que si bien sir Randolph no me explicaba sus asuntos, pude llegar a ciertas conclusiones en lo referente a sus negocios.
—Es lo menos que se puede esperar de un compañero de tantos años.
Davinson inclinó la cabeza ligeramente como si aceptara con modestia los halagos.
—Los caballeros del ministerio —dijo entonces Pons—. ¿Les abrió usted la puerta?
—No, señor. Llegaron después de que yo me hubiera marchado.
—Contestó usted el teléfono mientras estaba aquí. ¿Recuerda que se concertara alguna cita después de su horario laboral en las dos últimas semanas?
—El caballero extranjero, hace tres noches.
—¿Dio su nombre?
—No, señor. Preguntó por sir Randolph. Tenía acento alemán. Sir Randolph estaba en su estudio. Le pasé la llamada y sir Randolph contestó. Yo mantuve la comunicación el tiempo suficiente como para asegurarme de que así lo hacía.
—¿Escuchó la conversación?
—Señor, sólo el tiempo suficiente para saber qué sir Randolph estaba muy sorprendido… Me dio la impresión de que agradablemente. Después, salió y me encargó que preparara unos bocadillos y que enfriara vino. Así fue como supe que esperaba a alguien aquella noche. Di por sentado que se trataba del caballero extranjero.
Pons asintió.
—¿Ha sido usted quien ha elegido no vivir en la casa, señor Davinson?
—No, señor. Así es como lo quería sir Randolph. Nunca quiso tener un ayuda de cámara, no le gustaba. Pero necesitaba que alguien se ocupara de los asuntos domésticos durante el día.
—¿Tiene sus propias llaves?
—Sí, señor Pons.
—¿Era sir Randolph un hombre reservado?
—Sólo en lo que se refería a su trabajo. Era un caballero que, debo decir, prefería estar solo que con cualquier otra persona. Me trataba muy bien. De hecho, si me permite decirlo, no me sorprendería aparecer mencionado en su testamento. En más de una ocasión me lo insinuó, y eso debería ser prueba suficiente de que no era un hombre excesivamente reservado.
—Gracias, señor Davinson. Puede que vuelva a llamarle.
—Haré lo que pueda para ayudarle, señor. Apreciaba mucho a sir Randolph. Éramos, si me permite decirlo, casi como medio hermanos.
—¿No te parece una forma extraña de decirlo? —preguntó Bancroft, cuando nos alejamos de la cocina—. Uno dice «éramos como hermanos». ¡Pero medio hermanos!
—Seguramente no para Davinson —contestó Pons—. Me imagino que es su forma de decir que eran como hermanos con una cierta diferencia en la escala social, estando sir Randolph unos peldaños más arriba.
Bancroft gruñó de forma explosiva.
—Acabas de desperdiciar media hora. ¿A qué conclusión has llegado?
—Me atrevería a decir que es un poco pronto para estar seguro de cualquier cosa. Sin embargo te puedo adelantar que a sir Randolph lo asesinó alguien del que no tenía motivos para temer. Parece haber sido un hombre cauteloso, no muy dado a descuidos en sus relaciones públicas.
—Debes de tener alguna ingeniosa teoría acerca de cómo se las arregló el asesino para entrar y salir de una habitación cerrada a cal y canto —dijo Bancroft irritado.
—Yo no iría tan lejos. Sir Randolph le dejó entrar, y sir Randolph lo acompañó a la puerta, cerrándola a su espalda. Hasta que no tengamos el informe de la autopsia no puedo precisar cómo murió sir Randolph.
—Estamos examinando de nuevo los papeles.
—Una pérdida de tiempo. La gente de tu ministerio tiene una forma muy convencional de pensar. Te adelanto que los documentos no tienen nada que ver con el asesinato.
Bancroft protestó:
—No me digas que crees que el hecho de que sir Randolph estuviera en posesión de estos documentos a la hora de su muerte es mera coincidencia.
—Es ciertamente una terrible coincidencia —dijo Pons—. Pero me veo obligado a pensar que así es.
—¿Algo más? —preguntó Bancroft.
—Si es posible, me gustaría que me mandaras cuanto antes una copia del testamento de sir Randolph a 7B.
—Así lo haré.
De regreso a nuestros aposentos, Pons se retiró con la casita de porcelana y la caja de pastillas a un rincón donde guardaba sus productos químicos, mientras yo me preparaba para salir a visitar a mis pacientes. Cuando abandoné 7B, lo dejé ocupado en triturar una de las pastillas aromáticas; al regresar dos horas más tarde, las había desmenuzado todas y estaba finalizando su examen, los ojos resplandecientes por el descubrimiento.
—Sir Randolph murió por su propia mano.
—¡Suicidio!
—No he dicho eso. No, una de las pastillas contenía cianuro. Se había preparado y colocado entre las pastillas de la caja que tenía sobre el escritorio, sin que él lo supiera. Dado que utilizaba no menos de dos pastillas al día y no más de tres, y la caja contiene normalmente dos docenas de pastillas, podemos asumir que la pastilla envenenada se colocó allí hace no más de doce días. Por las cenizas depositadas en la casita de porcelana es posible determinar que el cianuro estaba envuelto en una capa de cera inflamable, y todo esto recubierto de la fórmula habitual. Sir Randolph fue víctima de una trampa planeada por alguien que conocía sus hábitos y que tenía acceso a su estudio.
—A mí también me pareció que era veneno. ¿Cuál fue el móvil?
—Evidentemente no los documentos, como quedó claro en el momento en el que comprendí que el quemador de incienso era la fuente del fallecimiento de sir Randolph. El sutil olor a almendra, recordarás, resultó decisivo.
—¿Entonces la herencia?
—Veremos. Unos minutos antes de que regresaras, he recibido una copia del testamento de sir Randolph. Me disponía a leerlo.
Se dirigió a la mesa, cogió el sobre sellado que allí descansaba y lo abrió. Se quedó unos minutos de pie estudiando el escrito.
—Un documento admirablemente claro —murmuró—. A su fiel criado, Will Davinson, dos mil quinientas libras. A la señorita Emily, «que no carece de nada», la suma de quinientas libras. A la señora Claudia Melton, doscientas libras. La mayor parte de su fortuna distribuida en partes iguales entre cinco instituciones benéficas. ¡Y todas las hipotecas perdonadas!
—No es que quede muy claro el móvil —dije.
—Se han cometido asesinatos por tan sólo diez libras —repuso Pons—. Y menos. Pero nunca con tanto cuidado y premeditación. Apuesto a que había en juego mucho más de doscientas o quinientas libras.
—Davinson tiene un móvil y la oportunidad de llevarlo a cabo.
—Difícilmente podría negarlo —observó Pons con una sonrisa torcida.
—Sabía que aparecía en el testamento. Nos lo dijo él mismo.
—Intenta aducir una sola razón en contra de que haya planeado la muerte de sir Randolph.
—Recuerdo que en ocasiones has dicho que cuando se han eliminado todas las soluciones imposibles, entonces lo que queda, por muy improbable que sea, debe ser la verdad. —Parker continuó—: Davinson nos mencionó un extranjero, un alemán que visitó a sir Randolph tan sólo unos días antes de su muerte.
—Sólo tenemos la palabra de Davinson —dijo Pons.
—Si no se trata de los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores, parece que el único móvil es la fortuna de sir Randolph —señalé, con cierta aspereza.
—Su fortuna parece estar bien repartida.
—¡Los que debían pagar la hipoteca! —exclamé.
—He pensado en ellos. Incluso antes de ver este documento, sugerí que se les investigara. Pero me atrevo a decir que descubriremos que sir Randolph no tenía muchas hipotecas impagadas, y que la suma total no es tan grande como en principio parecía creer Davinson.
—¿Y ese hombre, Loveson?
—No lo he olvidado. Probablemente comprobaremos que es él quien tiene la mayor hipoteca pendiente. Puede que además del móvil haya tenido la oportunidad. Las probabilidades, de nuevo, son remotas, ya que con toda seguridad se le ha ocurrido (si es que se le ha pasado por la cabeza la idea de asesinar a sir Randolph) que su móvil quedaría de inmediato en evidencia. Además, por las declaraciones de Davinson sabemos que sir Randolph era clemente con sus deudores, y esto queda claro por los términos en que está redactado su testamento, al perdonar las hipotecas. No, hay algo más aquí que todavía no adivinamos, algo que indujo al asesino a tomarse muchas molestias para preparar la mortal pastilla, ocultarla entre las que estaban sobre el escritorio durante su visita a sir Randolph (o entrar a escondidas en la casa, si es que así fue) y después asegurarse de estar bien lejos cuando su víctima por casualidad eligiera la pastilla. Todo se ha preparado con mucho cuidado; no ha sido un acto impulsivo. Por eso parece claro que los documentos no tienen nada que ver con el asunto, porque quien fuera que puso la pastilla en la caja lo hizo mucho antes de que sir Randolph supiera que iba a recibir los papeles. Por el mismo sistema deductivo, el visitante extranjero carecía de motivo… si es que se realizó dicha visita.
—¿Y si no hubo visita?
—Entonces, me temo que tendremos que interrogar duramente a Davinson. Pero existen pocos motivos para dudar de la declaración de Davinson. No es inverosímil que sir Randolph recibiera la visita de un extranjero. Y Davinson no me parece capaz de llevar a cabo un plan tan elaborado.
—¿Quién entonces?
—Debemos tener en cuenta que Davinson no residía en la casa por la noche. Sir Randolph estaba solo. Podría haberle abierto la puerta a quien quisiera, a pesar de lo que piensa Davinson.
—Bueno, entonces nos queda el móvil.
—Así es. —Y diciendo esto Pons se hundió en un estado de reflexión del que sólo despertó para ingerir, con aire preocupado, el almuerzo que le envió la señora Johnson. Seguía sentado, fumando pipa tras pipa de su abominable tabaco, cuando por fin me retiré a mi habitación.
La mano de Pons sobre mi hombro me despertó cuando todavía estaba oscuro.
—¿Puedes tomarte el día libre, Parker? —preguntó, mientras me incorporaba—. Tenemos el tiempo justo para coger el tren de las cuatro de la madrugada que sale de King’s Cross con destino a Edimburgo.
—¿Edimburgo? —pregunté, levantándome de la cama.
—Tengo un inquebrantable deseo de saber qué llevó a sir Randolph y a su sobrina a intercambiar unas palabras. Perderemos todo un día si salimos más tarde. El tren de las cuatro nos deja en Edimburgo a la una y media. Tendremos tiempo de sobra para interrogar a la señorita Emily Curwen, y tú tendrás muchas horas para dormir en el tren.
—¡La señorita Emily! —exclamé—. ¿Por quinientas libras? ¡Eso es absurdo!
—Improbable, quizá, pero de ninguna manera absurdo —respondió Pons—. Al fin y al cabo, el veneno es ante todo un arma de mujer, de modo que también es sospechosa.
Pons había llamado ya un taxi, que esperaba abajo. En cuanto me hube vestido y pedido a mi sustituto que visitara a mis pacientes durante los próximos dos días, partimos hacia la estación de King’s Cross a la que llegamos justo a tiempo para coger el tren de Escocia.
Una vez acomodados en nuestro compartimiento y dirigiéndonos al norte, Pons volvió a sus meditaciones, y yo intenté reanudar el sueño que él había interrumpido.
Cuando desperté, bien entrada la mañana, Pons observaba el bello paisaje. Habíamos cruzado la frontera escocesa, y pronto aparecerían las familiares alturas de Arthur’s Seat, el despeñadero de Salisbury, las colinas de Braid y la colina de Cortsorphine. Aquí y allá se veían pequeñas brumas, pero brillaba el sol, y el día prometía ser bueno.
La tranquila expresión del rostro de Pons no me transmitió nada.
—No hablabas en serio al insinuar que la señorita Curwen envenenó a su tío — dije.
—No estoy todavía en posición de hacer tal insinuación —contestó Pons, apartando la vista de la ventanilla—. Sin embargo, una curiosa cadena de acontecimientos se ofrece a nuestra consideración. No existe nada que demuestre que la señorita Emily visitara a su tío antes de ese reciente encuentro. Entonces viene, se pelean y se marcha rápidamente, turbada. ¿No te sugiere algo esto?
—Está claro que se enfadaron.
—Pero ¿por qué? Dos personas que, por lo que sabemos, no se han visto desde hace muchos años, no pueden en tan poco tiempo tener mucho de qué enfadarse.
—A no ser que el asunto venga de lejos.
—¡Estupendo! Estupendo, Parker —dijo Pons con los ojos chispeantes—. Pero ¿qué antiguo desacuerdo podía existir entre tío y sobrina?
—¿Una desavenencia familiar?
—Siempre existe esa posibilidad —concedió Pons—. Sin embargo, la señorita Emily no habría venido, en ese caso, sin anunciarse y sin una invitación a hacerlo.
—Quizá, sin que lo supiera Davinson, la había invitado a venir —dije.
—Quizás. Aunque lo dudo. La señorita Emily cedió al impulso de enfrentarse a su tío para pedirle algún favor. La negativa de éste a concedérselo la irritó y se marchó.
—Esto difícilmente casa con la premeditación tan evidente en la cuidadosa preparación de una pastilla envenenada —señalé. Como de costumbre, resultó superfluo.
—De acuerdo, Parker. Pero no hay nada que impida tal premeditación en el caso de que su tío no le concediera el favor solicitado.
—¿Cuál podría ser el favor que, si él no se lo concedía, sólo podía recurrir al asesinato? —protesté—. Si se trataba de un viejo asunto, ¿por qué no podía seguir esperando? No, Pons, no se sostiene, no se sostiene en absoluto. Me temo que has permitido que tu desconfianza latente hacia el sexo opuesto oscurezca tu opinión de la señorita Emily Curwen.
Pons soltó una fuerte carcajada.
—¿Adónde nos dirigimos? ¿Lo sabes?
—La señorita Emily vive en casa de su padre en la calle Northumberland, en la Ciudad Nueva. Dediqué un tiempo ayer a comprobar éste y otros datos. Ella y su hermana eran los únicos hijos del hermano de sir Randolph, Andrew. Su hermana se casó con un hombre que dilapidó su considerable fortuna. Los dos Lindall mayores están ahora muertos. Los sobrevive un hijo, Ronald, que trabaja en una librería en la calle Torphichen. Pero ya estamos llegando a Edimburgo.
En menos de una hora nos encontrábamos en el pórtico de la casa de la calle Northumberland. Pons presionó el timbre tres veces antes de que se abriera la puerta, sólo un poco, y apareciera un rostro inquisitivo.
—¿La señorita Emily Curwen?
—¿Sí?
—El señor Solar Pons, de Londres, para servirla. El doctor Parker y yo hemos venido por el asunto de la muerte de su tío.
Se produjo un silencio cáustico. A continuación se abrió la puerta de par en par y la señorita Curwen permaneció en el umbral inconfundiblemente aturdida y sorprendida.
—¿Muerto el tío Randolph? Lo vi hace menos de un mes. ¡La salud personificada! —exclamó—. Pero perdonen. Entren, caballeros.
La señorita Emily nos condujo al salón de la antigua casa, que con toda seguridad había sido en otro tiempo una residencia señorial. Era una mujer de unos cincuenta años, que conservaba una buena figura; se notaban los cuidados que había prodigado a su cabello castaño y al maquillaje intentando retener en todo lo posible su aspecto juvenil.
—Por favor, siéntense —dijo—. Háblenme de la muerte de mi tío. ¿Qué ocurrió? ¿Fue un accidente?
—Quizá, en cierto sentido, lo fue —dijo Pons—. Lo encontraron muerto en su estudio.
—¡Pobre tío! —exclamó con poco sentimiento.
Parecía incapaz de mirarnos directamente a los ojos ni a Pons ni a mí. Tenía las manos ocupadas jugueteando con el vestido, entrelazando los dedos o cubriéndose los labios.
—¿Quizás no sabía que le ha dejado quinientas libras?
—No, no lo sabía. —De pronto se le animó la mirada—. ¡Pobre, querido tío! No hacía falta que hiciera eso. Ahora que ha muerto, lo tendré todo. ¡Todo!
—Hace poco más de quince días visitó usted a su tío, señorita Curwen.
—Así es. —Hizo una mueca.
—¿Lo encontró bien de salud?
—Creo que ya se lo he dicho, señor.
—Usted abandonó la casa enfadada. ¿La trató mal?
—Señor, se trataba de un viejo asunto. Ya está resuelto.
—¿Le importaría hablarnos de ello?
—No es ningún secreto, se lo aseguro. Todo el mundo lo sabe aquí en Edimburgo. —Echó la cabeza hacia atrás y se encogió de hombros, compadeciéndose brevemente —. El tío Randolph era un hombre tan severo como mi padre. Mi hermana mayor, Cicely, no se casó adecuadamente según nuestro padre. Él le había dado toda su parte de la herencia, y cuando vio cómo la malgastaba Arthur, quiso asegurarse de que yo nunca pudiera hacer lo mismo. De modo que colocó mi herencia, cincuenta mil libras, en fideicomiso, y nombró al tío Randolph guardián de dicho fideicomiso. Sólo me daba una cantidad fija al año para mis gastos, una miseria. Pero el mundo ha cambiado, y todos saben que ya no es tan fácil vivir de rentas restringidas como lo era hace veinticinco años cuando murió mi padre. Pero se acabó. Ahora que ha muerto el tío Randolph, lo que es mío me llegará libre de cualquier control.
—Debe de haber recibido alguna ayuda, señorita Curwen —dijo Pons amablemente.
—Ah, sí. Mi querido sobrino. Es todo lo que tengo, caballeros. Ha cuidado de su vieja tía como si fuera su propia madre. He estado muy sola aquí. ¿Qué podía hacer, qué compañía podía tener, con unos ingresos tan limitados? Ahora todo ha cambiado. Siento la muerte del tío Randolph, pero no siento que hayan desaparecido las restricciones sobre mi herencia.
Pons recorrió con la mirada la habitación que no parecía haber entrado todavía en el siglo xx.
—Un salón muy bonito, señorita Curwen —observó.
—Lo amuebló mi abuelo. Yo lo odio —dijo con sencillez—. No tardaré en vender la casa. Imaginen tener cincuenta mil libras que podría haber disfrutado cuando tenía veinte años. ¡Oh, señor Pons, no sabe lo cruel que ha sido! Mi padre pensaba que haría lo mismo que mi hermana, incluso después de haber visto lo que les había pasado a ellos.
—Veo que a usted también le gusta el incienso, señorita Curwen —dijo Pons, la mirada fija en un castillo de porcelana.
—Cualquier aroma sirve para disimular el moho y la humedad, caballeros.
—¿Puedo examinar ese quemador de incienso? —insistió Pons.
—Adelante.
Pons se acercó a la repisa de la chimenea, cogió el castillo de porcelana y volvió con él a su silla. Era un diseño elaborado en porcelana translúcida, en la que se veían tres torreones cubiertos de liquen y evidentemente tres quemadores. Estaba decorado con claveles, una parra de hojas verdes y campanillas. Las ventanas quedaban esbozadas en un color marrón claro.
—Esta marca de Colebrook Dale sitúa los orígenes del castillo en una época anterior a 1850 —dijo Pons.
La señorita Curwen arqueó las cejas.
—¿Es usted coleccionista, señor?
—Sólo de las rarezas de la vida —dijo Pons—. Pero también me interesan algunas antigüedades. —Levantó la vista—. ¿Y qué aroma prefiere, señorita Curwen?
—Rosas.
—Uno podría haber adivinado que elegiría una fragancia tan complementaria, señorita Curwen.
La señorita Curwen se sonrojó tímidamente mientras Pons se levantaba a devolver el castillo a la repisa, se quedó unos instantes con la caja abierta de pastillas en la mano, inhalando profundamente el aroma que emanaba de allí. Pareció tener alguna dificultad a la hora de cerrar la caja antes de regresar al lugar en el que había estado sentado. No volvió a ocupar la silla.
—Me temo que ya la hemos molestado bastante, señorita Curwen —dijo Pons.
La señorita Emily se puso de pie.
—Me imagino, caballeros, que se ocuparán de todos los asuntos legales que puedan surgir.
—Supongo que eso lo harán los abogados de sir Randolph a su debido tiempo, señorita Curwen —dijo Pons.
—¡Oh! Pensé…
—Siento haberla confundido. Yo soy un investigador privado, señorita Curwen. Existen algunas dudas sobre la forma en que su tío encontró la muerte; yo estoy encargado de responder a las preguntas.
Se quedó visiblemente perpleja.
—Bueno, no puedo aclararles nada acerca de eso. Diría que gozaba de lo que parecía una salud perfecta la última vez que lo vi.
No parecía sospechar lo más mínimo de las intenciones de Pons, y nos acompañó a la puerta, donde nos despidió. Desde el pórtico oímos cómo volvía a colocar la cadena.
—Tengo que felicitarte, Pons —dije—. Realmente tiene un buen móvil.
—¡Pobre mujer! Me apuesto algo a que está bailando por la casa a modo de celebración —dijo mientras volvíamos a la calle—. Existen algunas personas patéticas en el mundo para quienes la posesión de dinero lo es todo. Saben poco de la vida y nada de cómo vivirla. Debo suponer que Andrew Curwen era uno de ellos; y me temo que la señorita Emily sea otra. Se puede vivir bien con las rentas de cincuenta mil libras si uno quiere, pero la señorita Emily ha preferido quejarse y compadecerse de sí misma, una mujer solitaria y desengañada. Lamentaré aumentar su soledad, aunque quizá le consuele la riqueza. Pero vamos, Parker, no tenemos tiempo que perder. Debemos ir a la policía. Con un poco de suerte, podremos coger un tren nocturno de regreso a Londres.
El inspector Brian McGavick se unió a nosotros cuando Pons le explicó la situación. Iba vestido de paisano, y parecía mucho más un actor que un miembro de la policía.
—Me han hablado de usted, señor Pons —dijo McGavick—. Esta mañana, siguiendo instrucciones del Ministerio de Asuntos Exteriores. Estoy a su disposición.
—Inspector, usted es quien manda aquí. Yo no tengo autoridad. Espero que tome todas las medidas que requieran los acontecimientos de las próximas horas. — Describió brevemente las circunstancias que rodeaban el asesinato de sir Randolph Curwen. Cuando finalizó habíamos llegado a la calle Torphichen.
—Aparquemos aquí —dijo Pons— y vayamos andando el resto del camino.
Nos bajamos del coche patrulla y paseamos tranquilamente por la calle hasta el establecimiento que llevaba el nombre de librería Laidlaw. Allí entramos.
Un hombre pequeño pero corpulento vestido formalmente, a excepción de su chaleco a cuadros, se acercó apresuradamente a atendernos.
—Sólo estaba mirando —dijo Pons.
El pequeño hombre inclinó la cabeza y regresó a ocupar de nuevo su lugar sobre un alto taburete ante un escritorio antiguo en un rincón de la tienda. Los tres empezamos a hojear libros de los estantes, imitando a Pons. Éste pronto se decidió por una pequeña estantería que contenía novelas de sir Walter Scott y Dickens, estudiando un volumen tras otro con aquel irritante aire de disponer de toda la tarde para hacerlo.
Al cabo de un cuarto de hora, se abrió la puerta de la librería dando paso a un apuesto joven que se dirigió directamente a la parte trasera de la tienda, se quitó el sombrero y el abrigo, y animadamente vino a atendernos. Como Pons era quien estaba más cerca, se dirigió a él e inició una conversación que no pude oír hasta no acercarme más.
—Hay mérito en ambos —decía Pons—. Scott por su inigualable reconstrucción del pasado de Escocia, Dickens por su amplia gama de personajes, si bien algunos de ellos pueden parecer caricaturas. Tengo pensado designar estantes especiales para cada uno de ellos cuando abra mi propio local.
—¿Es usted librero, señor? ¿Dónde?
—En Londres. Sólo me falta un socio.
—Me gustaría estar en Londres. ¿Qué necesita exactamente?
—Necesito un joven, conocedor de libros y autores, capaz de invertir un poco de capital en el negocio. ¿Le interesa?
—Puede que sí.
Pons tendió la mano.
—Me llamo Holmes —dijo.
—Lindall —dijo el joven, saludándolo.
—¿Tiene capital? —preguntó Pons.
—Espero tenerlo pronto.
—¿Cuándo?
—En los próximos meses.
—¡Tiempo suficiente! Dígame, señor Lindall, ya que necesito otro pequeño favor, ¿sabe algo de química?
—No, señor.
—Lo preguntaba porque he visto una droguería aquí al lado. Quizá tenga un amigo allí que pueda prepararme una fórmula especial.
—Pues da la casualidad de que sí tengo un amigo. Un joven de nombre Ardley. Pregunte por él y dígale que lo mando yo.
—Gracias, gracias. Se lo agradezco. En asuntos tan delicados como éstos, nunca se peca por demasiado cuidado.
Estas palabras aumentaron el interés de Lindall, que se pasó la punta de la lengua por los labios y preguntó:
—¿Qué tipo de fórmula quiere que le preparen, señor?
Pons hundió la mano en el bolsillo del abrigo, la sacó y desdobló los dedos.
—Necesito una pequeña pastilla como ésta, que contenga cianuro para deshacerme de hombres viejos y señoras de mediana edad.
La reacción de Lindall fue extraordinaria. Levantó los brazos como si quisiera empujar a Pons, se tambaleó hacia atrás y derrumbó un estante lleno de libros. Lindall y los libros cayeron al suelo con gran estruendo.
—¡Cuidado! ¡Cuidado! —exclamó el propietario, abandonando su taburete.
—Inspector McGavick, detenga a este hombre por el asesinato de sir Randolph Curwen, y por el planeado asesinato de su tía, la señorita Emily Curwen —dijo Pons.
McGavick ya había rodeado a Lindall y estaba ayudándolo a ponerse de pie.
—Necesitará esta pastilla envenenada, inspector. La encontré en una caja de pastillas con aroma a rosas en la casa de la señorita Emily. Creo que no le resultará difícil demostrar que ésta y la que mató a sir Randolph se fabricaron según las órdenes de Lindall. —Dirigiéndose a Lindall, Pons añadió—: Es una lástima que no me preguntara mi nombre de pila, señor Lindall. Sherlock. Un nombre que asumo en aquellas ocasiones especiales en las que me siento poco modesto.
En nuestro compartimiento del expreso de las diez y cuarto a Londres, Pons contestó todas las preguntas que le formulé.
—Era un asunto elemental, Parker —dijo—, que se complicó con la coincidencia de que Randolph estuviera en posesión de los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores. La trampa mortal se había preparado mucho antes de que nadie supiera que iba a ver los documentos en cuestión. Una vez eliminado ese móvil, fue necesario encontrar otro. Nadie parecía odiar a Randolph, y no existían móviles en sus disposiciones testamentarias.
»Nos quedaba, entonces, la curiosa visita de la señorita Emily que acabó en pelea. Vino a Londres a rogarle a su tío que pusiera fin al fideicomiso. Regresó a casa y se quejó, a su sobrino (su “querido chico” que es “todo” lo que tiene), su heredero, como podrá verse al examinar el testamento. Al cabo de quince días el sobrino, familiarizado con las costumbres de sir Randolph gracias a las confidencias de la señorita Emily, le hizo una visita, consiguió colocar una pastilla envenenada en la caja y se marchó a esperar. Hizo que le prepararan otra para su tía, que colocó también en la caja de pastillas de ésta. Hubiera sido mejor que esperara, pero estaba seguro de que la policía consideraría la muerte de sir Randolph un ataque de algún tipo. Infravaloró a la policía, me temo, y la avaricia le perdió. “El amor por el dinero”, Parker, “es realmente la raíz de todos los males”.