Aventuras de Solar Pons
La caja de taracea
(The Adventure of the Intarsia Box, 1964)
Solar Pons y yo estábamos desayunando una hermosa mañana sólo una semana después de nuestro regreso del país y del curioso asunto de los Caballeros Susurrantes, cuando la puerta de abajo se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera, que se detuvo cerca de nuestra entrada. Pons levantó la vista, con sus ojos grises atentos y su delgada figura en tensa espera.
—Una joven, muy inquieta —dijo, moviendo la cabeza y dando un vistazo al reloj—. Apenas son las siete. Debe ser un asunto de cierta urgencia para ella. Sólo ahora se ha dado cuenta de la hora que es. Duda. No, viene.
Ahora el sonido de pasos apenas era audible, pero subían las escaleras. Al cabo de un momento se oyeron unos golpes débiles y tímidos en la puerta de nuestra vivienda, así como una voz igualmente tímida que preguntaba al otro lado de la puerta.
—¿El señor Pons? ¿El señor Solar Pons?
Me levanté de un salto y abrí la puerta.
Una joven pelirroja, que no sobrepasaba en mucho la mitad de la veintena, estaba allí de pie, con un paquete envuelto en un chal apretado contra su pecho. Nos miró a ambos con sus ojos azules y cándidos, mientras su labio inferior temblaba indecisamente y un ligero rubor le invadía las mejillas hacia las pecas dispersas que salvaban su nariz y se extendían bajo sus ojos. Después, con aquella intuición infalible que parecen tener especialmente las mujeres, se fijó en Pons.
—¡Señor Pons! Espero que no les moleste. Tenía que venir. Tenía que hacer algo. Mi tío no haría nada, sólo esperar que sucediera cualquier cosa. ¡Oh, es terrible, señor Pons, terrible!
—Entre, señorita…
—Soy Flora Morland, de Morland Park, señor Pons. Debe haber oído hablar de mi tío, el coronel Burton Morland.
—Ministro residente de Malaca, retirado —dijo rápidamente Pons—. Pero tranquilícese, señorita Morland. Deje que tome esa caja que sostiene.
—¡No, no! —gritó, apretándola momentáneamente más cerca de su cuerpo. Luego se mordió el labio y sonrió ligeramente—. Para eso es para lo que he venido. Perdóneme, señor Pons. Lo verá por sí mismo… ahora.
Quitó el chal y descubrió una caja, apenas del tamaño de una caja de cigarros, hecha de madera de kamuning. Estaba bellamente grabada por arriba y por todos los lados con figuras curiosas, como un bajorrelieve. Su diseño parecía claramente oriental.
—¡Ábrala, señor Pons! —se estremeció un poco—. ¡No sé cómo la he podido traer de esta manera! ¡No puedo volver a mirar!
Pons tomó gentilmente la caja. Apartó los platos del desayuno a un lado y dejó la caja sobre la mesa. Permaneció un momento admirando su grabado mientras la señorita Morland esperaba con una aprensiva tirantez que casi se podía palpar. A continuación la abrió.
Temí dar un grito. No sé qué esperaba ver, acaso una valiosa joya o un tesoro de bibliófilo, algo adecuado a la exquisita caja que lo contenía. ¡Ciertamente no era nada que pudiera haber soñado en mis más descabelladas imaginaciones! En la caja descansaba una mano humana momificada, cortada por la muñeca y fijada al fondo de la caja mediante dos tiras de seda blanca.
La emoción de Pons sólo apareció en sus ojos, que se iluminaron con un vivo interés. Tocó la piel seca con los dedos de una mano mientras con la otra acariciaba la caja grabada.
—Taracea —murmuró Pons—. Un arte italiano, señorita Morland. Pero esta caja parece tener un origen oriental; los temas que la adornan son todos orientales. ¿Le importaría decirme ahora cómo la consiguió?
Cerró la caja casi con pesar y, como la señorita Morland se había sentado cerca de la chimenea, fue a situarse junto a la repisa mientras llenaba su pipa con la detestable picadura que fumaba.
La señorita Morland juntó las manos.
—Casi no sé cómo empezar, señor Pons —dijo.
—Empecemos con este objeto fascinante que nos ha traído —sugirió Pons.
—Se lo mandaron a mi tío hace tres días, señor Pons. Yo misma la recibí del cartero. Venía como correo de primera clase desde Kuala Lumpur. Aquella mañana mi tío estaba en el estudio, y yo se la llevé. Recuerdo que cuando vio el paquete su cara se oscureció, pero supuse que sólo se debía al preguntarse quién se la podría haber enviado. Abandonó Malaya hace diez años.
Buscó alguna pista para determinar su origen; el paquete no llevaba remitente. Empezó a quitar su envoltura. Yo me había alejado de él para devolver algunos libros a las estanterías cuando de repente le oí que profería un grito explosivo y en el mismo instante resbaló de la silla y cayó al suelo. Se había desmayado. Corrí hacia él, naturalmente, señor Pons, y así es como pude ver lo que había en la caja. También había una pequeña tarjeta, creo que de papel de lino. Señor Pons, imagino que estos detalles son importantes para usted. En ella estaba escrita con letra fluida la frase: Vendré a buscarle.
—La tarjeta no está ahora en la caja —dijo Pons.
—Supongo que mi tío la habrá quitado. Cerré la caja, señor Pons. No podía soportar la visión de lo que había en ella. Después hice volver en sí a mi tío. Esperaba que me dijera qué había en la caja y qué significaba, pero no dijo nada, ni una palabra. Al ver que la caja estaba cerrada supuso que la había cerrado él antes de desmayarse y que yo no sabía lo que había en ella.
Señor Pons, lo que había en la caja me conmovió profundamente, pero todavía me perturbó incluso más que mi tío no me dijera nada en absoluto. Además, desde el día que la recibió, ha estado muy ocupado, y todo lo que ha hecho ha sido en el sentido de poner sus asuntos en orden.
—¿Avisó su tío a la policía?
—Sí lo hizo, no sé nada de ello, señor Pons.
Pons chupó pensativamente su pipa durante un momento antes de preguntar:
—Supongo que usted es huérfana y ha estado viviendo con su tío. ¿Durante cuánto tiempo?
—Diez años —contestó—. Mi madre murió cuando yo era muy joven, y mi padre cinco años después de que tío Burton regresara de Malaya. Ha sido muy amable conmigo. Me ha tratado como si fuera su propia hija.
—¿No está casado su tío?
—Tío Burton estuvo casado en un tiempo. Creo que sobre el matrimonio había alguna nube. Mi padre hablaba ocasionalmente de mi tía en términos despreciativos, la llamaba “la mujer euroasiática”. Mi primo Nicholas, que pasó los últimos cinco años de ocupación de tío Burton en Malaca con él, también se casó con una mujer euroasiática. Mi tía murió antes de que mi tío regresara a Inglaterra.
—¿Y su primo?
—Regresó con tío Burton. Es abogado con despacho en la City. Su esposa es la propietaria de un pequeño, pero creo que próspero, negocio de importación en el Strand.
—Su primo Nicholas Morland, ¿verdad?
—Eran tres hermanos, señor Pons; mi padre, el padre de Nick y tío Burton.
—Su primo, supongo, era el asistente de su tío en Malaca.
—Sí, señor Pons.
—¿Qué edad tiene su tío, señorita Morland?
—Setenta años.
—De manera que cuando se retiró tenía cincuenta y cinco —dijo distraídamente Pons—. ¿Cuánto tiempo había residido en Malaca?
—Quince años. Llegó allí cuanto tenía cuarenta. En realidad, señor Pons, no le conocí hasta su regreso. Yo no había nacido cuando partió. Pero tío Burton pareció tomarme mucho cariño desde que me vio, y parecía natural que cuando murió Padre me invitara a vivir con él. Tío Burton es muy rico, tiene muchos criados y, aunque muchos de ellos le consideran muy rígido, la mayor parte de ellos se quedan. Y posee una casa grande y apartada en Chipping Barnet.
Vivir con él parecía la cosa más natural que podía hacer. Me envió a la escuela y a un pequeño colegio privado. Por mi parte, se esperaba que hiciera de anfitriona cuando celebrara una de sus pequeñas fiestas, a las que asistían sobre todo mi primo y su mujer y algunos otros ex colonos con sus esposas. Ahora casi me gusta, aunque al principio no. Pero mi tío es un alma muy recta. No toleraba ninguna desviación de la conducta adecuada, de modo que nunca tengo que tratar con ningún problema social.
—¿Quiénes son los herederos de su tío?
Nuestra cliente pareció momentáneamente asombrada.
—Bueno, supongo que Nick y yo somos sus únicos herederos —dijo ella—. No sé nada de sus asuntos, señor Pons. Pero no hay nadie más. Todos nuestros parientes de la generación de mi tío están muertos, y Nick y yo somos los únicos de nuestra generación. Nick no tiene hijos, de manera que tampoco hay ninguna generación venidera —respiró profundamente y preguntó sin pensar—: Señor Pons, ¿puede llegar hasta el fondo de este misterio? Me trastorna mucho ver a tío Burton… bueno, preparándose para morir. Esto es lo que está haciendo, señor Pons, es realmente…
—¿Sabe su tío que ha venido usted aquí, señorita Morland?
—No. Salí de madrugada. Él se levanta pocas veces antes de las ocho.
—¿No ha desayunado entonces, señorita Morland?
—No, señor Pons.
—¡Permítame! —Pons avanzó a grandes pasos hacia la puerta, la abrió, sacó la cabeza fuera y llamó—. ¡Señora Johnson, por favor! —regresó hacia su cliente—. Le ruego que me dé unos minutos para sopesar su problema, señorita Morland. Mientras tanto, la señora Johnson se alegrará de prepararle el desayuno en sus habitaciones, ¿verdad, señora Johnson? —pidió a nuestra sufrida patrona, cuando apareció en la puerta.
—Claro, señor Pons. ¿Quiere venir conmigo, señorita?
La señorita Morland, demasiado sorprendida para protestar, dejó que la señora Johnson la guiara desde la habitación.
Apenas se había cerrado la puerta detrás de ellas antes de que Pons se acercara de nuevo a la caja y la abriera. Yo me puse a su lado.
—¿No es verdaderamente una advertencia única, Parker? —preguntó.
—Pocas veces he visto algo tan horripilante.
—Esta es su intención. Me permito decir que esta mano cortada debe tener un profundo significado para el tío de nuestra cliente. ¿Qué piensa de esto?
Me incliné y la miré de cerca, examinándola todo lo bien que pude sin tocarla ni quitarla de la caja.
—La mano derecha de un hombre —dije—. Probablemente de unos cuarenta años, no mucho mayor, ciertamente. Es de piel morena, y no se debe sólo a la edad. ¿Euroasiático?
—Nativo. ¡Mire qué bien conservados están los dedos! Este hombre trabajó poco. No hay callosidades visibles. La mano es suave incluso hasta la punta de los dedos. ¿Cuánto tiempo diría que hace que ha sido cortada esa mano?
—Sin aparatos científicos, pensaría que es imposible de decir.
—¿Podría ser tan antigua, digamos, como la estancia del coronel Morland en Malaca?
—Así lo creería. ¿Pero qué significará para Morland?
—Ah, Parker, cuando podamos contestar esta pregunta sabremos por qué se la enviaron —sonrió inexorable—. Imagino que se refiere a algún episodio oscuro de su pasado. Se retiró a los cincuenta y cinco. ¿No es muy pronto?
—Quizá su salud pedía el retiro.
—O su conducta.
—La señorita Morland habla de él como un modelo de rectitud.
—Y como una persona muy rígida. La conducta en busca de la rectitud puede ser tan censurable como su opuesta —tocó las tiras de seda—. ¿Qué piensa de ellas, Parker?
—Si puedo aventurar una suposición, en Oriente el blanco es el color del luto — dije.
—Las tiras son nuevas —observó Pons.
—Esto es verdaderamente elemental —no pude evitar de decir—. Puedo pensar en varias razones para ello. Lo que me deja perplejo más que nada es la razón de ser de la mano.
—Imagino que su propietario la conservó mientras vivía.
—Bueno, esto es razonable —asentí—. Ha sido momificada correctamente. ¿Hemos de suponer que el propietario no está todavía vivo?
—Si estuviera suficientemente unido a este apéndice mientras él vivía, ¿lo habría mandado por correo tan pronto?
—Es difícil.
—A no ser que tuviera que enviar un mensaje o realizar una misión.
—¡Es absurdo!
—Pero a pesar de eso envió un mensaje al coronel Morland. Puede ser horripilante, pero seguramente no tanto como para provocar que un hombre normal y saludable se desvanezca ante su visión. Me recuerda a aquella pequeña brujería conocida como “mano de la gloria”, la mano embrujada y animada de un hombre muerto enviada para llevar a cabo los deseos de su propietario, incluido el asesinato.
—¡Pura superstición!
—El coronel Morland, al menos, está convencido de que su vida está en peligro y de que la amenaza proviene de Malaya. Miremos al menos el registro de buques antes de que regrese nuestra cliente, para determinar el número de barcos que han llegado de Malaya durante los últimos días.
Antes de que nuestra cliente regresara de las habitaciones de la señora Johnson, tuvimos tiempo de examinar hasta cinco días atrás; durante esos días no había fondeado en los puertos ingleses ningún barco procedente de Malaya, aunque estaba previsto que el mercante Alor Star lo hiciera en veinticuatro horas. Al entrar la señorita Morland, Pons apartó los papeles.
—Muchas gracias, señora Johnson —dijo Pons mientras nuestra patrona daba la vuelta junto a la puerta—. Y ahora, señorita Morland, se me ocurren dos o tres preguntas. Le ruego que se siente.
Nuestra cliente, ahora algo más sosegada y menos indecisa en sus maneras, se sentó en el mismo sitio de antes y esperó a ver qué decía.
—Señorita Morland, cuando su tío volvió en sí, ¿dijo o hizo algo significativo? — preguntó Pons.
—No dijo ni una palabra —contestó ella—. Estaba muy pálido. Buscó la caja y pareció aliviado al encontrarla cerrada. La tomó inmediatamente. Le pregunté, «¿Estás bien, tío?», y contestó, «Sólo un poquito mareado. Puedes irte». Le dejé, pero, naturalmente, miré para estar segura de que estaba bien. Corrió directamente a su dormitorio con esta caja. La escondió allí, pues cuando al cabo de unos momentos volvió a salir, ya no la llevaba. Después se encerró en su estudio y al cabo de dos horas llegó su abogado. Debía haber enviado a alguien a buscarle, porque de otra forma el señor Harris no hubiera venido llamando a aquella hora.
—Es evidente que usted encontró la caja de taracea, señorita Morland.
—En su habitación mi tío sólo tiene un armario, un escritorio y un viejo arcón marino del que se había encaprichado y que le había acompañado en sus viajes. De joven sirvió algún tiempo en la Marina Real antes de entrar en el servicio extranjero. En aquella época compró el arcón. Sabía que la caja tenía que estar en uno de estos tres sitios, y la encontré cuidadosamente tapada en el arcón mientras mi tío estaba encerrado con el señor Harris. Anoche, sobre las once, después de que se fuera a la cama, me deslicé en su habitación y tomé la caja para poder estar preparada para venir a verle sin correr el riesgo de despertarle esta mañana al tomarla.
—¿Mencionó su tío la caja a alguien?
—No lo sé, señor Pons. Pero pensaría que si le hubiera hablado de ella al señor Harris, se la habría enseñado. Pero tío Burton no abandonó el estudio mientras el señor Harris estuvo en casa. De manera que no puede haberlo hecho.
—Ya veo. Entonces, señorita Morland, creo que nuestro único recurso es preguntar a su tío las cuestiones que usted no puede responder.
Las manos de nuestra cliente corrieron a sus labios; en sus ojos apareció una expresión de consternación.
—Oh, señor Pons —exclamó—, tengo miedo de lo que pueda decir tío Burton.
—Señorita Morland, creo que la vida de su tío corre peligro. Él comparte evidentemente esta creencia. Lo único que puede hacer es rechazarnos, y está claro que, ante su intento de serle útil, no se ofenderá.
Su mano cayó de nuevo a su regazo.
—Bueno, eso es verdad —decidió.
Pons miró el reloj.
—Ahora son las nueve. Podemos tomar el metro en Baker Street y estar en Watford Junction dentro de una hora. Dejemos la caja, si le parece bien.
Nuestra cliente permaneció sentada durante un momento, sin decidirse. A continuación, apretando fuertemente sus labios, se levantó.
—Muy bien, señor Pons. ¡Mi tío no puede hacer nada peor que enfurecerse conmigo!
Mientras nos acercábamos a la casa del coronel Morland en el taxi que habíamos tomado en Watford Junction, el rostro de Pons se fue poniendo serio.
—Temo que llegamos demasiado tarde, señorita Morland —dijo al poco rato.
—¡Oh, señor Pons! ¿Por qué dice usted esto? —exclamó nuestra cliente.
Nos han pasado no menos de cuatro vehículos de la policía, dos de regreso y dos en nuestra dirección —contestó—. Me sorprendería mucho no encontrar la policía en Morland Park.
La señorita Morland apretó un pañuelo contra sus labios.
Pons no se había equivocado. Dos coches de policía estaban frente al alto seto que separaba al jardín que nuestra cliente indicó como la casa de su tío, y un policía hacía guardia en la puerta que había junto al seto.
—El joven Mecker —murmuró Pons al verle.
Al detenerse el taxi, Mecker dio unos pasos para indicarle que se marchara. Luego, con el brazo levantado, reconoció a Pons que salía. Su brazo volvió a bajar.
—¡Señor Pons! —exclamó—. ¿Cómo pudo enterarse? —entonces vio a nuestra cliente—. ¿Podría ser la señorita Flora Morland?
—Podría ser —dijo nuestra cliente—. ¡Por favor! ¡Díganme qué ha ocurrido!
—El inspector Jamison ha estado buscándola, señorita Morland. Venga conmigo, por favor.
—No te preocupes, Mecker —interrumpió Pons—. Entraremos con ella.
—Muy bien, señor. Gracias, señor. —Movió la cabeza frunciendo el ceño—. Terrible asunto, señor, terrible.
Nuestra cliente se quedó quieta un momento, temblando.
—Señorita Morland, tengo miedo —dijo Pons con desacostumbrada gentileza— de que lo que temía su tío ya ha ocurrido.
Recorrimos una avenida estrechamente cercada con setos y con árboles hasta una casa de campo de estilo clásico georgiano de dos pisos y medio. La puerta delantera estaba abierta a la tibia mañana de verano; dentro, junto a ella, estaba la gorda figura del inspector Seymour Jamison, de Scotland Yard, hablando con otro policía. Al entrar nosotros se giró bruscamente frunciendo el ceño.
—El señor Solar Pons, agente privado de investigación —dijo pesadamente—. ¿Huele usted estos asuntos, Pons? —a continuación sus ojos dieron sobre nuestra cliente—. ¡Ajá! La señorita Flora Morland. Hemos estado buscándola, señorita Morland.
—¡Por favor! ¿Qué ha ocurrido? —le suplicó ella.
—¿No lo sabe?
—No.
—El coronel Morland fue hallado esta mañana asesinado en su cama —dijo Jamison fríamente—. La casa estaba cerrada con llave, no se había forzado ninguna ventana y faltaba usted. Señorita Morland, debo pedirle que entre en el estudio conmigo.
—Me gustaría mirar la habitación, Jamison —dijo Pons.
—Naturalmente. Ahora está allí el fotógrafo, pero terminará pronto. Al fondo del vestíbulo, la tercera puerta a la izquierda. Rodeando las escaleras.
Nuestra cliente miró a Pons suplicante; él sonrió tranquilizadoramente. Entonces ella se volvió y se marchó sumisa con el inspector Jamison hacia el estudio, que se encontraba a la derecha.
Pons pasó junto al fotógrafo de la policía y entró en el dormitorio del fallecido coronel Morland. Ante nosotros se extendía una horrible escena. El coronel Morland, un hombre alto y de amplio pecho, yacía extendido de espaldas sobre la cama con un ondulante kris malayo clavado casi hasta su empuñadura en el corazón. Lo más espantoso de todo era que su mano derecha había sido cortada por la muñeca y reposaba donde se había caído formando un charco de sangre sobre la alfombra, junto a la cama. Gotas de sangre salpicaban la cama; de los labios del muerto había manado una espuma de sangre que coloreaba su bigote; y los ojos abiertos y llenos de espanto parecían contener todavía una expresión de absoluto horror.
La habitación era una carnicería. Quienquiera que hubiera asesinado al tío de nuestra cliente, la había destrozado en busca de algo. El arcón marino del coronel estaba abierto y su contenido desparramado por todas partes. Los cajones del escritorio, excepto el muy pequeño que había en la parte superior, habían sido abiertos y vaciados, y el contenido del alto armario ropero, incluso el de los estantes más altos, estaba amontonado junto a un cojín que estaba enfrente del mismo. La visión casi bastaba para acobardar a un hombre más fuerte que yo, y me maravillé ante la fría y penetrante soltura con que examinaba la escena.
El fotógrafo terminó y salió.
—¿Cuánto tiempo diría que hace que está muerto, Parker? —preguntó Pons.
Me acerqué cautelosamente y realicé un rápido examen.
—Al menos ocho horas —dije al poco rato—. Lo fijaría entre medianoche y las dos, antes no, y tampoco mucho después.
—Antes de que nuestra cliente abandonara la casa —murmuró Pons.
Permaneció un momento donde estaba. A continuación caminó con pies de plomo hacia la cama y miró el cuerpo del coronel Morland.
—No parece que se haya tocado el kris —dijo—, lo que indica que el asesino llevaba una segunda arma únicamente con el propósito de cortar la mano de su víctima.
—¡Un arma ritual! —exclamé—. Y se la llevó con él.
Pons sonrió ligeramente.
—Cortada de un solo golpe, muy limpiamente —observó.
Se separó de la cama y empezó a caminar con cuidado entre los objetos esparcidos sin tocar nada. Fue directamente al escritorio, cuya parte superior estaba claro que no había sido tocada, en donde se encontraban lo que supuse que era el reloj y la cartera del muerto. La cartera fue el primer objeto que llamó la atención de Pons; la tomó y examinó su contenido.
—Veintisiete libras en billetes —murmuró.
—Así que el objeto que buscaba es difícil que fuera el dinero —dije.
Pons meneó la cabeza con impaciencia.
—No, no, Parker, el asesino buscaba la caja de taracea. La parte superior del escritorio no ha sido tocada debido a que, si hubiera estado allí, la caja habría sido descubierta inmediatamente; y los cajones superiores no han sido abiertos debido a que no son suficientemente profundos para guardar la caja.
Caminó cautelosamente hasta el lado de la cama, evitando el charco de sangre que había brotado de la muñeca limpiamente seccionada del coronel Morland.
—El asesino debe haber estado exactamente aquí —dijo, y se arrodilló para examinar atentamente la alfombra.
Las manchas de sangre le estorbaban un poco, pero por el brillo de sus ojos me di cuenta de que había visto algo importante, por invisible que fuera para mí, por lo que profirió un pequeño sonido de satisfacción mientras recogía algo de la alfombra, un poco más atrás del borde de la gran cama, y lo colocaba en dos de los pequeños sobres que siempre llevaba consigo.
Al acabar de levantarse de su posición, el inspector Jamison entró en la habitación con una notoria sensación de confianza.
—Asqueroso trabajo éste, Pons —dijo casi con alegría—. Sentirá saber que he enviado a la señorita Morland al Yard para que la interroguen.
—Claro —dijo Pons—. ¡Qué prisa tan admirable e inútilmente precipitada! ¿Tiene razones para pensar que está implicada?
—Querido amigo —dijo Jamison con aire protector—. Piense. Todas las puertas y ventanas de esta casa estaban cerradas. Sólo cuatro personas tenían llaves: el coronel Morland, cuya llave está en su llavero; su criado, que fue su ayudante en Malaca y que descubrió el cuerpo; el ama de llaves y la señorita Morland. Todas sus llaves están en su posesión. No se ha forzado nada. La señorita Morland me ha dicho el señor Harris tiene que heredar el sesenta por ciento de una fortuna considerable, incluso después de pagar los derechos reales.
—¿No le parece significativo que una noche tan cálida esta casa estuviera tan cerrada? —preguntó Pons.
—No me engañará con eso, Pons —replicó Jamison, sonriendo—. Sabemos todo lo que se refiere a la caja de taracea. Morland temía por su vida.
—¿Sugiere usted entonces que la señorita Morland se deslizó en la habitación, apuñaló a su tío, le cortó la mano derecha, revolvió la habitación hasta encontrar la caja y luego fue hasta el número 7B para solicitar mis servicios?
—Es difícil. No tiene la suficiente fortaleza para haberle clavado ese kris con tanta fuerza.
—Es difícil —asintió secamente Pons.
—Pero no hay nada que le impidiera haber contratado un cómplice.
—¿Y qué motivo podría tal vez haber tenido para cortar la mano de su tío? — insistió Pons.
—¿Qué mejor sistema podría inventarse para confundir la investigación de un crimen tan horripilante?
—¿Y le parece a usted la señorita Morland, después de la conversación con ella, la clase de joven que podría prestarse a un crimen de esta clase?
—Venga, Pons, venga. Usted tiene una debilidad por una cara bonita —dijo Jamison.
—Me permito decir que esto habría sido llevar a cabo un fantástico galimatías simplemente para heredar las riquezas de un hombre que, por todo lo que sabemos, le concedía todos sus caprichos. No, Jamison, es inaceptable.
—La caja de taracea; me dijo que la tiene usted. Tendrá que dármela.
—Envíe a alguien a buscarla al 7B. Pero déjeme al menos un día con ella, ¿lo hará?
—Enviaré a alguien mañana.
—Dígame, ¿supongo que habrá interrogado a los criados? ¿Oyó algo alguno de ellos por la noche?
—Nada en absoluto. Y puedo decir que no se oyó ladrar ni una sola vez al perro, que generalmente duerme junto a la puerta delantera de la casa, fuera. No es preciso que le diga lo que eso significa.
—Esto indica que el asesino entró…
—O que le dejaron entrar.
—Por la puerta trasera.
El rostro de Jamison enrojeció. Alzó la voz.
—Esto quiere decir que, puesto que el perro no hizo nada por la noche, conocía al asesino.
Pons cloqueó benévolamente.
—Debería olvidarse de las historias de Sir Arthur, mi querido amigo. Tiene una tendencia a viciar su estilo.
—Supongo que nos dirá que busquemos a un gigante que puede encantar a los perros —dijo Jamison con gran sarcasmo.
—Todo lo contrario. Busque a un hombre bajo y ágil que, al menos en este caso, iba probablemente descalzo —se giró y señaló el casi invisible cojín—. Sólo un hombre más bajo que la media habría tenido que utilizar ese cojín para mirar las estanterías más altas del armario. Las señales que hay en la alfombra indican que la posición usual del cojín es al lado del armario y contra la pared.
La vista de Jamison se dirigió rápidamente al cojín y regresó, frunciendo el ceño, hasta Pons.
—Si no le importa, Jamison, me gustaría dar un vistazo a la parte trasera. Después quizá pueda llevarnos a Watford Junction en uno de los coches de la policía.
—Claro, Pons. Venga.
Jamison mostró el camino, rodeando las escaleras, hasta un pequeño espacio en el que se abrían puertas que iban a la cocina, a la derecha, a una pequeña despensa, a la izquierda, y al patio trasero. Una doncella y una mujer mayor, evidentemente el ama de llaves, estaban sentadas junto a una mesa de la cocina con los ojos inyectados en sangre. Jamison dudó, pensando obviamente que Pons deseaba hablar con ellas, pero el interés de éste estaba en la puerta trasera, junto a la que se agachó para mirar el cerrojo. En realidad lo examinó.
—Ya hemos inspeccionado eso, Pons —dijo Jamison con un punto de impaciencia en su voz.
Pons le ignoró. Abrió la puerta, se agachó para examinar el umbral, después se arrodilló y, a cuatro patas, se arrastró hacia el camino de losas recientemente arreglado que se extendía más allá. De un lugar tomó un pellizco de tierra y lo echó en uno de sus sobres. En otro señaló sin decir una palabra, llamando al inspector Jamison, que fue y vio las inconfundibles huellas de pies humanos.
A continuación Pons se incorporó y regresó a la casa, y Jamison y yo le seguimos pisándole los talones. Encontró una guía telefónica, la consultó brevemente y anunció que estaba listo para partir si Jamison tenía la suficiente amabilidad de dejarnos un coche de la policía con su conductor.
De nuevo en el metro, pregunté a Pons.
—¿No regresamos al 7B?
—No, Parker. Me satisface observar lo bien que puedes leer en mí. Me atrevería a decir que no deberíamos perder tiempo en descubrir el secreto de la caja de taracea. Puesto que el coronel Morland está muerto, tendremos que preguntarle a Nicholas Morland si puede explicárnoslo. Recordará que pasó los cinco últimos años de residencia de su tío con él. Tiene un despacho en el Temple. Me molesté en averiguarlo en la guía antes de abandonar Morland Park.
—Comprendí bastante rápidamente la cuestión de la altura del asesino, pero ¿cómo llegó a saber que iba descalzo?
—En la alfombra, al lado de la cama, exactamente en donde debería haber estado un hombre para dar el golpe mortal, había tres diminutas hileras de partículas de tierra situadas de tal manera que sugerían la huella de unos pies. La tierra fue recogida probablemente entre las losas.
—Pero, ya sabe, Pons… Jamison tiene el argumento del perro.
Pons sonrió enigmáticamente.
—El perro no hizo nada. Muy bien. O bien conocía al asesino… o no le oyó, que es casi igual de probable. Un hombre descalzo puede desplazarse muy silenciosamente. ¡Y Morland Park es un paraíso para los ladrones! —me miró con ojos que le bailaban—. Considere la mano seccionada. Puesto que ha estado tan ocupado haciendo deducciones, quizá ya sepa la explicación.
—Ahora que insiste —admití—, me parece el detalle más elemental de todos. Creo que al fallecido coronel Morland le han devuelto un ultraje que cometiera en el pasado.
—¡Magnífico! ¡Magnífico! —exclamó Pons—. Sólo tiene que mantener este nivel y puedo empezar a pensar en retirarme.
—¡Se está burlando de mí! —protesté.
—Al contrario. No podría estar más de acuerdo con usted. Hay una o dos cuestiones del asunto que me preocupan, pero no tengo duda alguna de que se resolverán a su debido tiempo.
Durante el resto del trayecto, Pons permaneció en silenciosa contemplación, con los ojos cerrados y acariciándose sin cesar el lóbulo de la oreja derecha con los dedos pulgar e índice. No volvió a abrir los ojos hasta que llegamos a la estación de Temple.
Nicholas Morland demostró ser un hombre bastante glacial en sus primeros cuarenta. Iba vestido de modo conservador, pero con ropas ajustadas a su posición social. A no ser por la diferencia en años, su apariencia no era muy distinta de la de su tío muerto, con el mismo tipo de bigote, los mismos labios hacia fuera, las mismas cejas pobladas. Su porte glacial era superficial, pues al oír el conciso resumen de los hechos que le hizo Pons se derrumbó, y en sus sienes aparecieron pequeñas gotas de sudor.
—Tenemos que confiar en usted, señor Morland —concluyó Pons—, para que nos explique el significado de la caja de taracea y de su contenido.
Morland se levantó temblando y se puso a caminar arriba y abajo por su despacho, mordiéndose el labio.
—Es algo que tenía la esperanza de no tener que contar nunca a nadie —dijo al fin—. ¿Es realmente necesario, señor Pons?
—Le aseguro que sí lo es. Scotland Yard espera saber algo antes de que termine el día. Me he adelantado porque estoy actuando en favor de su prima.
—Naturalmente. Lo comprendo perfectamente.
Dio una o dos vueltas más alrededor de su oficina y luego se sentó de nuevo, llevándose repetidas veces un pañuelo a su frente.
—Bueno, señor Pons, es un asunto que no prestigia demasiado a mí tío muerto — empezó—. Como quizá pueda haberle dicho Flora, tío Burton se casó con una mujer euroasiática, una mujer muy hermosa y elegante unos diez años más joven que él, quizá quince como mucho, no estoy seguro, aunque supongo que mi mujer debe saberlo. Estoy seguro que usted sabe que las normas inglesas consideran que las cuestiones de conducta moral entre las gentes étnicamente mezcladas de los Estados Federados de Malaya son laxas, y quizá fue cierto que mi tía se portó incorrectamente con Bendarloh Ali, un tío de mi esposa, que pertenecía a una de las mejores familias nativas de Malaca. Mi tío pensó que perdería prestigio y se propuso impedirlo. Mi tía murió; hay alguna razón para creer que fue envenenada a manos de mí tío. Fue detenido su amante. En su casa se encontraron algunos objetos valiosos pertenecientes a mi tío. Fue acusado de haberlos robado, sin evidencia mayor que la de su presencia en su casa, y sufrió la indignidad de que le cortaran la mano derecha por la muñeca. Éste es el resumen del asunto, señor.
—¿Cuánto tiempo hace que ocurrió esto, señor Morland?
—Sólo un mes o dos antes de que regresara. El sultán de Malaca fue ultrajado — aunque había aprobado el castigo, más tarde llegó a repudiarlo— y solicitó la destitución del ministro residente. En realidad, el gobernador no tuvo otra alternativa que relevar a mi tío de su destino.
—Entonces hace unos quince años. ¿Le parece lógico que esperara tanto tiempo para vengarse?
—No él, señor Pons. La víctima de mi tío murió hace tres meses. No creo que sea inconsecuente del carácter malayo que su hijo creyera que le incumbía vengar el honor de su casa y la indignidad cometida a su padre.
—Me permito decir que sería propio de un hijo muy antinatural el separar la mano de su padre de sus restos —dijo Pons.
Morland movió la cabeza pensativamente.
—Señor Pons, me inclinaría a pensar como usted. Hay que considerar este punto. La mano enviada a mi tío puede no ser la de Bendarloh Ali. Pero aunque lo fuera, supongo que la familia representa aquella mezcla étnica tan común en Malaca a la que no puede atribuirse ninguna norma de conducta consecuente con las antiguas costumbres malayas.
Pons permaneció sentado algunos momentos en contemplativo silencio y luego dijo:
—Muy probablemente debe saber que usted y su prima compartirán la fortuna de su tío.
—Oh, sí. No hay nadie más. Somos una familia pequeña, y a menos que Flora se case, es muy probable que se extinga por completo. Bueno, hay primos lejanos, pero hace muchos años que no estamos en contacto —se encogió de hombros—. Pero es una cuestión que me deja indiferente.
El ejercicio de mi profesión es completamente suficiente para nuestras necesidades, aunque supongo que mi esposa puede encontrar una manera de utilizar lo que tío Burton pueda dejarnos, entre las constantes innovaciones de su tienda.
Súbitamente sonó el teléfono junto al hombro de Morland. Se lo llevó a su oreja y dijo:
—Aquí Morland —y escuchó.
Al colgarlo después de un breve período, dijo:
—Caballeros, la policía está en camino.
Pons se levantó con presteza.
—Una pregunta más, señor Morland. Sus relaciones con su tío, ¿eran amistosas, tolerantes, distantes?
—Nosotros tres cenábamos en Morland Park una vez al mes, señor Pons —dijo Morland algo rígidamente.
—¿Tres?
—El primo de mi mujer vive con nosotros. Naturalmente, tío Burton no iba a excluirle.
—Gracias, señor.
Y partimos.
Fuera, Pons avanzó a grandes zancadas con resolución, con algún destino en mente y con los ojos fijos en un paisaje interior. Al cabo de pocos minutos estábamos una vez más en el metro y rodamos en silencio no interrumpido por ninguna palabra de Pons hasta que alcanzamos la estación de Trafalgar y salimos a caminar al Strand.
—Pons —exclamé finalmente, exasperado ante su silencio—. Es mediodía. ¿Qué hacemos aquí?
—Ah, paciencia. Parker, paciencia. El Strand es una de las zonas más fascinantes del mundo.
Tengo la intención de haraganear un poco y hacer algunas compras.
Al cabo de media hora, Pons había cambiado su gorro de cazador por un conservador sombrero de verano, haciendo que mandaran su gorro por correo a nuestro domicilio; se había comprado un abrigo ligero de verano, que llevaba suelto sobre su brazo; y había añadido a su conjunto un bastón, todo ante mi boquiabierto asombro. Tenía un aspecto muy diferente de aquel al que me había acostumbrado durante los años en que había compartido su alojamiento, y no dio explicación alguna de sus compras.
Continuamos en el Strand hasta que llegamos a una pequeña tienda que anunciaba modestamente que tenían antigüedades y objetos de importación.
—Ah, ya hemos llegado —dijo Pons—. Parker, le ruego que mantenga su rostro congelado. Usted tiene una desgraciada tendencia a mostrar en él sus sentimientos.
Tras decir esto, entró en la tienda.
Una campana que sonó en una habitación trasera hizo venir a un hombre pulcro y de piel morena, de edad indeterminada. Parecía poco mayor que un muchacho, pero no era un muchacho. Sonrió, mostrando sus blancos dientes, y dijo:
—Con su permiso, caballeros, estoy aquí para servirles.
—¿Es usted el propietario? —preguntó bruscamente Pons.
—No, señor. Yo soy Ahmad. Trabajo para la señora Morland.
—Estoy buscando una caja de taracea —dijo Pons.
—Ah. ¿De algún tamaño especial?
—Oh, así… y así —dijo Pons, haciendo una descripción del tamaño de la caja de taracea que la señorita Morland había traído a nuestra casa.
—Exactamente así. Un momento, por favor.
Desapareció en la habitación trasera, pero salió a los pocos momentos con una caja de taracea que ofreció a Pons.
—Siglo diecisiete italiana, señor. Genuina. Creo que es la caja que busca.
—Es realmente un trabajo exquisito —dijo Pons—. Pero, no, no es exactamente lo que deseo. El tamaño es correcto. Pero me gustaría algo con adornos orientales.
—Señor, no hay cajas antiguas de taracea de construcción oriental —dijo Ahmad —. Lo siento.
—No estoy buscando una antigüedad —dijo Pons—. Naturalmente, sé que antes del siglo dieciocho no se hacían en Oriente cajas de taracea.
La agradable cara de Ahmad se iluminó.
—Ah, en este caso, señor, es posible que tenga algo para usted.
Desapareció una vez más en las habitaciones de la parte trasera de la tienda.
Cuando salió esta vez, llevaba otra caja de taracea. Se la dio a Pons con sonrisa triunfante y luego retrocedió para esperar el veredicto de Pons.
Pons le dio la vuelta y la examinó críticamente. La abrió, la olió, la acarició con sus dedos y sonrió.
—¡Excelente! —exclamó—. Esta irá perfectamente. ¿Cuál es su precio?
—Diez libras, señor.
Pons pagó sin dudar.
—Le ruego que me la envuelva con cuidado. No me gustaría que este grabado tan bellamente trabajado se dañara, y ni siquiera que sufriera un rasguño.
Ahmad miró con agradecimiento.
—Señor, ¿le gusta la taracea?
—Joven. Conozco un poco de estas cosas —dijo Pons casi pontificando—. Este es uno de los trabajos más hermosos de esta clase que he visto.
Ahmad se apartó de Pons inclinándose y con el rostro reluciente. Se retiró una vez más a la habitación posterior, de la que poco después llegó el crujido de papel. En poco menos de cinco minutos, Ahmad reapareció y colocó la caja de taracea cuidadosamente envuelta en manos de Pons. Todavía rebosaba agradecimiento. Además, tenía el aire de estar ardiendo de ganas de decir algo, ya que sólo el decoro le impedía hablar.
Pons salió pausadamente de la tienda y se alejó calle abajo. Pero, una vez fuera de la vista de la tienda, avanzó con presteza para detener un taxi y darle al conductor nuestra dirección de Praed Street.
—¿No tuvo la impresión de que Ahmad deseaba decimos algo? —pregunté cuando ya estábamos en camino.
—Ah, nos lo dijo todo —dijo Pons, con los ojos chispeantes de buen humor—. Ahmad es un artista de la taracea. Confío en que observó las costosas antigüedades que se ofrecen en la tienda de la señora Morland.
—Naturalmente.
—¿No le sugirió nada?
—Que su negocio es próspero, como nos dijo la señorita Morland —alargué la mano y di un golpecito en el paquete que sostenía Pons—. ¿No le pareció a usted que esta caja se asemeja mucho a la de la señorita Morland?
Pons sonrió.
—Una vez que está fabricada la primera caja, ya está hecho el modelo. El resto es comparativamente fácil. Probablemente son idénticas, no sólo entre sí, sino con una veintena o más.
De regreso en nuestro domicilio, Pons desenvolvió cuidadosamente la caja de taracea que había comprado y la colocó al lado de la de nuestra cliente. Excepto por el hecho de que entre ellas había alguna diferencia en su edad, eran virtualmente idénticas. Pons examinó las cajas con singular atención al detalle, encontrando hasta la más pequeña variación entre ellas.
—¿Son idénticas o no? —pregunté finalmente.
—No exactamente. La caja que nos trajo la señorita Morland tiene al menos setenta y cinco años, quizá cien. Está hecha con la misma hermosa madera de kamuning con la que los malayos adornan las empuñaduras de sus armas. Confío en que observara que el mango del kris que mató al coronel Morland era de la misma madera. Ha sido pulida muchas veces y encerada; en realidad la madera tiene algún desgaste visible. La otra es una copia de una caja como ésta, realizada por un artista hábil. Supongo que hay una demanda de objetos de esta clase y no tengo la menor duda de que deben encontrarse en todas las tiendas que tengan en venta piezas importadas de Oriente. Las cajas chinas de esta clase son más frecuentemente de metal o de cerámica; la madera se utiliza más generalmente desde el Japón costa abajo a través de Polinesia y Melanesia, al sur del Pacífico —apartó con un gesto las cajas de taracea—. Pero ahora veamos lo que tenemos del dormitorio del fallecido coronel Morland.
Fue hasta la esquina en donde guardaba sus aparatos químicos y se puso a examinar el contenido de los sobres que había utilizado en Morland Park. No había más que tres de ellos y no era probable que le ocuparan mucho rato. Como tenía que efectuar una llamada profesional a las dos, me disculpé.
Cuando al cabo de una hora regresé, encontré a Pons esperando con impaciencia.
—Ah, Parker —exclamó—. Confío en que esté libre el resto de la tarde. Estoy esperando a Jamison y juntos podemos ser capaces de poner fin al acoso de nuestra cliente por parte de Scotland Yard.
—¿Descubrió algo con el microscopio? —pregunté.
—Sólo la confirmación de lo que suponía. Las partículas de tierra que encontré en la alfombra junto a la cama eran idénticas a la tierra que hay alrededor de las losas, incluso con granos de caliza, de la que están hechas las losas. No parece haber ninguna duda de que la tierra fue introducida en la casa por los pies desnudos del asesino. Además, justo bajo el borde de la cama había también unas pequeñísimas virutas de madera de alcanfor, que también es utilizada comúnmente por los malayos que trabajan los productos de la selva de aquel país.
—Todavía estamos unidos al pasado del coronel Morland —dije.
—Nunca hemos salido de él —dijo secamente Pons—. Pero hasta ahora en el curso de la investigación sólo poseemos evidencias presuntas, no condenatorias, a no ser que Scotland Yard haya encontrado huellas en el mango del kris. Está muy bien conocer la identidad del asesino; la habilidad está en condenarle. Ah, oigo un motor que se detiene. Debe tratarse de Jamison.
Al cabo de un momento, abajo se cerró una puerta de automóvil y oímos los pesados pasos de Jamison en la escalera.
El inspector entró en nuestra casa llevando con cautela un pequeño paquete, que entregó a Pons con cierto alivio.
—Aquí está, Pons —dijo—. Tuve algunos problemas para que me lo prestaran.
—¡Magnífico! —exclamó Pons. Tomó el paquete y lo llevó a la caja de taracea que había comprado en la tienda del Strand—. ¿No llevará arma, Jamison?
—La tradición del Yard —empezó Jamison lentamente y con énfasis.
—Sí, sí, lo sé —dijo Pons—. Parker, deme mi revólver.
Fui al dormitorio y encontré el arma de Pons en donde la había dejado cuidadosamente la última vez sobre el despacho.
—Désela a Jamison, ¿querrá?
—No sé qué está tramando, Pons —dijo Jamison con cierto recelo en su rojizo rostro—. Acaso aquella joven le hizo perder la cabeza.
El contenido del paquete del inspector había desaparecido dentro de la caja de taracea, que ahora Pons, recobrando la apariencia que había adquirido en las tiendas del Strand, tomó.
—Salgamos. Quiero hacer un experimento, Jamison. Francamente, no se trata más que de eso.
Puede que tenga éxito, puede que no. Ya veremos.
Nuestro destino fue la tienda de antigüedades y objetos de importación del Strand, y durante todo el trayecto Pons no dijo nada, sólo escuchaba con una irónica sonrisa en sus facciones como de halcón el pesado discurso de Jamison sobre las irrecusables circunstancias que hacían que nuestra cliente pareciera culpable de haber preparado la muerte de su tío.
Cuando el coche de la policía se acercó a la tienda, Pons habló por primera vez al policía Mecker, que estaba al volante.
—Párese antes de la tienda o pase de largo, Mecker.
Mecker se detuvo obedientemente más allá de la tienda.
—Ahora, Jamison —dijo bruscamente Pons cuando salimos del coche—, la mano en el arma y le ruego que esté preparado. Intente parecer menos un policía, ése es un buen tipo.
Pons entró el primero en la tienda, llevando la caja de taracea cuidadosamente envuelta que había comprado hacía sólo pocas horas. Una mujer euroasiática extraordinariamente hermosa se adelantó a servirles. Tenía una edad indeterminada. Podía haber tenido entre veinte y cuarenta años, pero en realidad no parecía pasar de los treinta.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, caballeros?
—¿Está aquí el joven que me sirvió este mediodía? —dijo Pons, desenvolviendo la caja de taracea mientras hablaba.
Ella asintió y elevó la voz para llamarle.
—¡Ahmad! —y retrocedió.
Ahmad salió con una educada mirada interrogativa.
Reconoció a Pons como su cliente del mediodía. Sus ojos se dirigieron a la caja.
—¡Señor! ¿Está usted decepcionado?
—Por la belleza de la caja, no —dijo Pons—. ¡Pero el interior…!
Ahmad se adelantó ligeramente y tomó la caja, rechazando la envoltura.
—Veremos —dijo, inclinándose casi servilmente.
A continuación abrió la caja de taracea.
Instantáneamente ocurrió una metamorfosis dramática y aterradora. La sonriente cara de Ahmad se alteró grotescamente. Desapareció su máscara de educación para dar paso a unas facciones asesinas inundadas de rabia y temor repentinos. Echó al suelo la caja de taracea… ¡y de ella salió rodando la mano cortada del coronel Burton Morland! Simultáneamente, saltó hacia atrás con un movimiento felino, arrancó de la pared que tenía detrás una chenangka parecida a una cimitarra y se giró amenazadoramente hacia Pons.
La escena duró apenas un momento. Luego la señora Morland empezó a tambalearse y corrí a agarrarla cuando se desmayaba. En el mismo momento, el inspector Jamison apuntó su revólver hacia Ahmad.
—Felicidades, inspector —dijo Pons—. Acaba de detener al asesino del coronel Morland. Creo —añadió—, que, si yo fuera usted, me llevaría a la señora Morgan y la interrogaría acerca de los beneficios que le reportará la muerte del tío de su marido. Creo que es casi seguro que ella fue el cerebro en el que fue concebido este diabólico crimen. ¿Vuelve en sí la señora, Parker?
—Dentro de unos momentos —dije.
—Llame a Mecker —dijo Jamison, recuperando el habla.
Pons salió a la calle y llamó al policía.
—No fue sólo el hecho de que no había fondeado recientemente ningún buque procedente de Malaya lo que hacía improbable un vengador de Oriente —dijo Pons cuando regresábamos a Praed Street en el metro—, sino el mismo aspecto del asunto que tanto impresionó a Jamison. Estaba claro que el asesino tenía un conocimiento previo de Morland Park, algo que no podía haber tenido ningún recién llegado, y debía haber sido alguien que tuviera grandes oportunidades de hacer una copia de la llave de la puerta trasera, puesto que preferiría entrar por esa puerta que el perro no vigila. En la casa no se tocó nada excepto la habitación del coronel Morland. Ni un sonido despertó a nadie durante la entrada en la casa y la comisión del crimen.
»También era evidente que el asesino tenía un conocimiento previo de la indignidad causada a Bendarloh Ali. La señorita Morland no lo tenía. Su primo Nicholas sí. Presumiblemente, puesto que su esposa era de la familia de Bendarloh Ali, y había estado en Malaca cuando Ali fue castigado de manera tan brutal, ella sabía tanto como su marido. No es demasiado difícil sacar la conclusión de que su primo, que por consiguiente también era de la familia de Bendarloh Ali, también conocía las circunstancias. Ahmad había sido un visitante tan frecuente de Morland Park como su patrona. Conocía el jardín y la casa. Las virutas de madera de alcanfor, un producto de Malaya al igual que la de kamuningh, sitúa sin discusión a Ahmad en el dormitorio del fallecido coronel Morland.
»Evidentemente, los preparativos se hicieron con gran cuidado. La señora Morland ordenó a sus parientes que mandaran la mano de Bendarloh Ali al coronel Morland dentro de la caja de taracea que ella les envió a Malaya para este fin. Que la caja haya servido como modelo para las perfectamente trabajadas imitaciones de Ahmad no le pareció importante a ella, puesto que Ahmad tenía instrucciones de llevarse de nuevo la caja de Morland Park. Es indudable que Ahmad asesinó al coronel Morland para vengar el honor de la familia después de la muerte de Bendarloh Ali, pero creo que es ineludible que su deseo de venganza fue inculcado y alimentado cuidadosamente por la señora de Nicholas Morland, cuyo motivo real no fue la venganza, sino el control de los ilimitados fondos que estarían a su disposición cuando su marido tomara posesión de su parte de la fortuna de su tío.
»Uno de nuestros casos más sanguinarios, Parker. Y aunque hemos detenido al asesino, sospecho que el verdadero criminal quedará en libertad para disfrutar de la expansión de su tienda de acuerdo con su plan. Es una de las pequeñas ironías de la vida.
Terminaste Aventuras de Solar Pons
August Derleth
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