Azaña

Carlos Rojas · Capítulo 3 de 4 · parte 1/3

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Azaña

Dos

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

EL HOMBRE DE LA CARNE en mí mira el futuro menguante. El hombre del espíritu contempla el pasado, que se prolonga, detalla, crece y nunca volveré a vivir. Es infinitamente más doloroso haber perdido el ayer que no alcanzar el mañana, en esta agonía y en este Hotel du Midi. Irónicamente, a mi otro yo, el del espíritu, fortificado por la indiferencia, apénalo menos su carga mayor. El de la carne, en cambio, desazónase ante el porvenir, que devora la muerte. Aquél, pese a su desapego, quisiera captar el ayer en palabras, cuando se siente escritor, o en eventos, cuando historia. Vano intento el primero: recrearé el sabor del pretérito, pero no su contextura. De tal defecto, duélese mi prosa en El jardín de los frailes y en La velada en Benicarló. Cada vez que entreabro estos libros, maravíllanme aún por lo bien escritos: por la vasta luz que cabe en su prosa. No obstante, carecen de articulada estructura. Puede uno releerlos por cualquier página. Cuenta en ellos una idea, una frase, un aroma, un matiz, no el todo perdido en las partes.

La velada en Benicarló no es para ser representada, ni mis diarios para ser publicados mientras viva, aunque páginas suyas contrabandearon e imprimieron en la otra zona, para malquistarme con quienes critico. Está bien así. Me eché el mundo a la espalda. Como le dije una vez a Lerroux en las Cortes, tengo el demonio de la soberbia y a un hombre soberbio nadie le estorba. En La velada, me desdoblo en cuanto dicen Morales, el escritor, y Garcés, el ex ministro de la República. No es nadería, a fe, el reconocerse en lo escrito: el poder decirme, como don Quijote, «yo sé quién soy».

Quizá sea el mío craso error, provocado precisamente por la soberbia, y «yo sé quién soy» signifique de veras y en el mejor de los casos «yo sé quién creo ser, aunque no sea nadie». La velada en Benicarló es una farsa, inspirada en la historia; pero la historia deviene drama, donde los papeles trascienden a los actores. Cada vez estoy más cierto de cuanto le aseguré al obispo: este mundo es el infierno de otro planeta. Guardamos vaga remembranza de nuestra realidad de espectros y, a falta de término más justo, llamamos a tal condición «destino».

Cobro plena conciencia de este infierno la noche del 18 de noviembre de 1937. Resido ahora en Valencia, en La Pobleta, desde que huí de Barcelona en mayo. Allí me llevarán de nuevo, mal mediado diciembre, porque nuestra suerte desmedra en la guerra y lentamente nos barren hacia la frontera. Esta anochecida vuelvo a La Pobleta, después de un viaje de seis días a Madrid y su frente. Al despuntar la tarde, comemos en una casita de la carretera de Vicálvaro, donde reside Miaja, jefe del Ejército del Centro, cabe su puesto de mando, en la Alameda de Osuna. Cuando nos sentamos a la mesa, el general pregunta muy serio: «¿Quién ha quitado el bando?». Los oficiales no atinan a dar razón. Comparece un capitán, de gesto impasible. «¿Mandó usted retirarlo?». «Yo no, mi general. No sé nada». «Búsquenlo en seguida». Vuélvese Miaja y me dice: «A lo mejor, se llevaron el bando para que no lo viese el señor Presidente». «¿Para que yo no lo vea? ¿Por qué harían tal cosa?». Trae el capitán una hoja grande, de papel de barba, con sellos y membretes del puesto de mando y la firma de Miaja. El bando tiene dos artículos. El primero prohíbe las conversaciones obscenas durante las comidas; el segundo castiga a los infractores con el pago de cinco pesetas, destinadas «a un fondo de fines benéficos, léase champagne», «Con esta gente joven no se puede», laméntase Miaja. «En un almuerzo, recaudé ciento cincuenta pesetas». «¿Lo multaron a usted alguna vez, general?». «A mí no, señor Presidente». «Mantienen ustedes el buen humor. Me parece admirable».

La comida es mucha y apetitosa. Resulta un auténtico reto a la voracidad, bajo la mirada complacida de Miaja. Hay hombres de buen diente; pero Negrín los supera a todos ¡Qué saque el suyo! ¡Nunca viera nada parecido! Para empezar, devora en un santiamén dos platos de sopa cartuja bien colmados. Hablase de nimiedades, eludiendo tácitamente política y guerra. A poco me hastío. Miaja nos dice que llama aquel puesto El mío rinconcín, a fuer de asturiano castizo. Insiste mucho sobre una vieja petición, que le desoye Prieto. A los postres, entre quesos y frutas, pliégase éste. Firma un papel y se lo entrega. «Vaya, tome usted, Miaja. Me ha sacado otro coche a punta de espada».

Nos levantamos y nos despedimos. Prieto se va a Barajas, para volver a Valencia en avión, aprovechando las últimas luces. Queríamos regresar por Cuenca pero el tiempo mengua y desistimos. Por Alcalá tomamos la carretera de Pastrana y luego, por Tielmes, la general hasta Valencia. Llevo en el coche a Negrín, a Giral y a Rojo, jefe del Estado Mayor Central. Se habla poco y paulatinamente me embebo en el recuerdo de los días pasados en Madrid. El viernes por la noche me alojaron en una de las primeras casas de la colonia del Viso, entre la prolongación de Serrano y el Paseo de Ronda. (No sé cómo puede satisfacer a nadie este tipo de edificio, sin apariencia de hogar, sin ningún muro lleno, sin un rincón donde guarecerse del exterior). Me durmió la fatiga; pero me despertó a las siete de la mañana el pateo de un centinela, que debía de tener los pies helados. Cesó la lluvia. Nieblas y, hacia poniente, lejanos cañonazos. A las nueve y media, vinieron a buscarme Negrín, los ministros y jefes militares. Fuimos al Palacio de Oriente y evoqué allí las angustias del 20 de julio del año pasado. La fábrica sufrió mucho desde entonces. En el patio principal, sobresalían los destrozos. Se hundió uno de los grandes pilares de la galería baja y dos arcos, apuntalados, amenazaban ruina. Desapareció la balaustrada que corría sobre los aleros y entraron proyectiles en el comedor de gala y en el antiguo salón del trono. Desde un ventanal, sobre el Campo del Moro, contemplé el frente entre la bruma. La estación del Norte parecía prodigiosamente intacta. Una máquina solitaria humeaba despaciosa por las vías. Verdecía aún parte del boscaje de la Casa de Campo, tan castigado. Dorábase bajo un solo rayo de sol, entre los jirones de la niebla. A la derecha, erguíase la mancha oscura del Garabitas. En el barro se agazaparían, tiritando, los pobres combatientes. Me sobrecogió el silencio. Nada quedaba del antiguo fragor del cañoneo. Ni un tiro, ni un grito, ni una explosión. Quietud de cementerio y de degolladero.

De los recuerdos me distrae Rojo. En la oscuridad del automóvil y en tono de queja, habla de operaciones que se preveían. «Hoy deberíamos estar atacando Sevilla», dice. En el calendario de una ofensiva sobre Andalucía, propuesta por Rojo al Gobierno y celosamente oculta, señalábase esta fecha para la acción. «Los vi a ustedes tan unánimes al rechazarme la propuesta, que no pude ni quise insistir», prosigue dirigiéndose a Negrín y Giral. ¿Contará esto para que yo lo sepa? ¿Supondrá, con acierto, que nunca me informaron? No lo creo. El hombre del espíritu en mí encógese de hombros; pero es todo oídos. Aunque parco en juicios, concluye Rojo: «En la ofensiva que preparan los rebeldes, nos lo jugamos todo. Si rompen el frente y no conseguimos detenerlos, estamos perdidos. Si lo logramos, ganaremos tiempo para pertrechar el ejército. Con mi plan, también nos lo jugábamos todo; pero de salir bien, teníamos la guerra ganada». De pronto, advierto que sus palabras, mi desdén fingido, el silencio de Giral y Negrín, las memorias de aquella tarde y de los últimos días, los voces de Miaja y de Prieto, el pateo del centinela en la acera de la colonia del Viso, la locomotora de la estación del Norte, la paz de las trincheras, los soldados rebozados en el barro, los arcos apuntalados del Palacio, todo está vivo pero a la vez descasado en mi conciencia como en mis libros. Un demente baraja palabras, efigies, sabores y luces en mi interior, a imagen del caos que hoy llamamos presente y mañana historia. Otro mezcla y revuelve hombres, eventos, tiempos, lugares, a semblanza del espíritu. No es más consecuente el mundo que el alma y, por ende, mis escritos, verbosos, confusos y desordenados son perfectamente reales.

A las once de la noche llegamos a La Pobleta. Se despiden todos, menos Negrín, quien demórase un momento en mi despacho para que le firme unos papeles. Laméntase porque anteayer le prohibí radiar mi discurso en el Ayuntamiento de Madrid.

—Era sólo una alocución de circunstancias.

—No, señor. Era bastante más que eso y a mí me gustó mucho. Para otra vez, cuando me mande no difundirle las palabras, le haré caso omiso sin decírselo.

—Gane la guerra y le escribo una arenga que se podrá oír en todas partes. En Madrid pronuncié el sermón ministerial que otros omiten. Negrín, ¿cree usted que la tierra es el infierno de otro planeta?

—No, señor, aunque a veces me siento tentado a creerla el infierno de este mundo —responde sin titubeos.

—¿A veces?

—En algunas ocasiones. Cuando las cosas no pueden andar peor. Luego me sobrepongo y afirmo en la esperanza de que al final venceremos.

—No será cediendo ciudades, provincias y aun regiones enteras, como hacemos desde el año pasado.

—Pues, sí, señor, así será porque hoy por hoy no cabe otro modo.

—La guerra no empeora, porque desde el principio la tuvimos perdida. Lástima de gente que morirá aún, antes de que nos decidamos a admitirlo: hombres como los del hospital de Cuatro Caminos, que vimos el viernes. Les miraba los ojos mientras hablaban y nunca olvidaré la luz que les venía a las pupilas. Si a aquellos heridos los pudiésemos probar, como a una moneda contra el mármol, el sonido daría su ley. Morirán por demás, desdichadamente. En Barcelona se lo dije a Del Vayo, refiriéndome a otras bajas nuestras. «Si pensara como usted, me saltaría los sesos», atajó. «Puede intentarlo», repliqué. Y añadí: «No me culpen por tener un espíritu más crítico que los demás». Cuando usted, Negrín, sucedió a Largo, después de la crisis de mayo, me sentí aliviado. Por primera vez en muchos meses, no creía despachar con un muerto. Yo lo propuse para el cargo.

—Muchas gracias, señor Presidente.

—La gratitud no viene al caso. Fue un error inevitable. Me tocó ser agente del destino, y tanto valía proponerle a usted como a otro, porque de hecho estábamos derrotados. Desde mayo, hemos perdido Bilbao, Santander y Gijón. El enemigo cuenta ahora con el Norte y su industria pesada. Ni en Brunete ni en Belchite pudimos distraerle fuerzas para contener su ofensiva, aunque en Brunete perdimos veinticinco mil hombres y cien aviones. Contra lo que imaginan usted y Del Vayo, no predico una moral de derrota.

—Tampoco otra de victoria, que digamos.

—Tanto da una como la otra, Negrín. La de vencidos no sirve para triunfar, ni para sobreponerse al desastre. La fundada en la certeza de la victoria resulta por igual inútil si no se alcanza ésta. De hecho, relájase pronto en cobardía durante la espera. Por otra parte, aun la propia victoria corrompe tanto como la derrota. De hecho, no se puede mantener la zozobra del ánimo entre estos odiosos extremos. Vencer o ser vencido son quizá meros estados mentales. Voy a confesarle algo que no conté a nadie. El otro día estuvo aquí, muy de ocultis, Antonio Machado. Venía, cabizbajo y alicaído, a limosnearme una prebenda para un pariente. No se la concedí, claro, porque no estaba a mi alcance procurarla ni es deber mío sembrar mercedes. Vine a servir, no a regalar. Por lo demás, dicho sea entre nosotros, tampoco gusté nunca de sus poesías. Salvo en sus mejores muestras, trasvinan una cursilería que me exaspera. Al marcharse, sin embargo, me dijo algo difícil de olvidar: «Pronto, para los estrategas, los políticos y los historiadores todo estará claro: habremos perdido la guerra. Humanamente hablando, yo no estoy tan seguro. Quizá la hemos ganado».

—Usted no vino a conferir sinecuras; pero sí a juzgarnos a los vivos y a los muertos, como un dios.

—Algo parecido me dijo Prieto hace meses. Añadió que yo era un emigrado en un canuto. Disparatan los dos, Negrín. Sólo pretendo convencerlos de que la guerra está militarmente perdida, sobre todo después de la caída del Norte, y sólo cabe resistir, no para vencer, sino para entablar tratos que puedan acortarla.

—¿Con el enemigo?

—Con el enemigo, en cuanto resulte hacedero.

—En su arrogancia, señor Presidente, le place saberse aislado por su pesimismo, en vez de compartir la moral ajena. Consúmese usted en la soberbia del escritor solitario. No es éste el diagnóstico del político, que lo soy a la fuerza, sino del médico que soy por vocación. La soledad pudo afinarle el espíritu pero le reblandeció el ánimo. De tentaciones como las suyas, me curo yo siempre visitando el frente y huyendo de la charca de la retaguardia.

—Yo no persigo un placer estético sino una razón política. Por lo demás, resulta dudoso que esté solo en mi actitud. Si pudiese hablarle de veras al pueblo y exponerle mi criterio, algo naturalmente vedado por razón de mi cargo, más gente de la que usted presume compartiría mi parecer. Andando el tiempo, cuando seamos sólo nombres de un pasado triste, quizás otros acuerden que yo tenía razón, si mis opiniones, hoy secretas, me sobreviven para ser divulgadas.

—Vuelve a devorarlo el orgullo. Yo, que nunca lo tuve, como no sea altivez el admitirlo, y disculpé las mayores pasiones propias y ajenas, me escandalizo ante su arrogancia. Nos batimos por la libertad y por la justicia, mientras usted piensa en editar sus memorias.

—¡Vayamos por partes, Negrín! —se eriza y grita en mí el hombre de la carne, antes que el del espíritu lo atempere—. Usted y yo no luchamos, a no ser con palabras, que no matan aunque a veces sobrevivan a los hombres. No imprimiré La velada en Benicarló mientras sea Presidente de la República, ni publicaré mis diarios sino a título póstumo. Muerto, sí me gustaría se difundiesen. No para transmitir mensajes, que yo no los tengo, sino para precisar mi patrimonio moral.

—¿La velada en Benicarló?

—Es un diálogo, con personajes reales, de nombres imaginarios. En dos de ellos me reparto yo, aunque éstos no siempre coincidan, como a veces desacuerdo conmigo mismo. Marón es Ossorio allí, y Pastrana, Prieto. Barcala tiene mucho de Largo Caballero, o, al menos, del Largo de entonces. Escribí La velada en Barcelona, poco antes de la insurrección de mayo. No es el fruto de un arrebato fatídico. No es un vaticinio. Es una demostración. Exhibe, de forma polémica, juicios muy pregonados y otros, como los míos, inaudibles hoy, pero de soterrada corriente.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, ésta es la lucha del hambre contra el miedo. Quizá sea mejor hambrear que temer, porque el hambre enflaquece y el miedo enloquece. Aquél puede incitar al delito, éste a todas las bajezas. Por otra parte, el odio engendra el miedo y el hambre engendra el odio. No cabe otra respuesta a la pregunta que me atormenta desde el principio de la guerra: ¿por qué nos perseguimos con tal saña? ¿Qué nos hicimos unos a otros para aborrecernos tanto?

—Degollarnos sin piedad.

—Esto ahora, pero ¿y antes? En otras palabras, ¿cómo llegamos a esta matanza? La respuesta está en el odio, en el hambre y quizá en el miedo.

—El señor Presidente lo sabrá con certeza.

—Posiblemente mejor que nadie, pues temí como pocos en este drama. En Barcelona, en mayo, y en Madrid, en julio del año pasado, creí que el pánico me baldaba la razón. Mi espanto personal carece, sin embargo, de importancia. De hecho, desdéñalo la mitad de mi ser. A los hombres como yo se nos acaba el mundo. Sobramos por doquiera y el proceso de nuestra ejecución no es relevante. En apariencia hacemos la historia; pero en verdad nos limitamos a padecerla, hasta que, hastiada del juego, nos destruya. De todos modos, quizá las palabras nos sobrevivan, como dije antes.

—Mucha fe tiene Su Excelencia en su comedia.

—En La velada muy poca; sólo en las verdades mías, que en ella enquisté. La pieza ni siquiera es representable. No hay actor que alcance a fingir allí su papel. Únicamente los auténticos protagonistas podríamos recitarlos. No sería mala idea hacerlo ante las Cortes en su próxima reunión.

—Lamento no tener parte en su farsa.

—La tiene, Negrín. Si no en aquélla en otra que ahora mismo estamos viviendo. A veces soñé que estos debates nuestros, a solas, no eran sino teatro: un drama representado por los dos ante la eternidad, donde usted repetía siempre: «Resistir es vencer», y yo replicaba: «Vencer es mentir».

—Muy ingenioso —replica despectivo. Ojea la estancia, como para cerciorarse de la soledad—. Casi me convenció usted de la inexistencia de todo, salvo nuestras voces. Bien, sólo lo opuesto resulta ser cierto, señor Presidente. Nuestras palabras son completamente irreales y, aunque le pese a su altivez, no están llamadas a sobrevivirnos. El mundo, en cambio, existe y dista de ser el infierno. Es la vida y la muerte: la realidad de espaldas a la cual escribe usted falso teatro, para no ser representado. Yo no garrapatearé jamás una cuartilla sobre estos años malditos. Me avergonzaría hacerlo por tratarse de una guerra civil en mi propio país. Por hombre, además, me colma el vivirlos, ¿comprende?, vivirlos de lleno en su horror y en su gloria. Esta tarde, en casa de Miaja, se escandalizaba usted al verme comer. Le atisbé el gesto de asco y desprecio ante mi voracidad. De hecho, estuve moderado. Puedo embocar más aún, vomitarlo todo y volver a engullir a dos carrillos, sin empacho ni reparo. Más se horrorizaría si me viese en la cama, con cualquiera de las mujeres que no dan abasto a otras hambres mías: la de la carne y la de la lengua. Mienten o se engañan, no obstante, quienes me juzgan sólo un hedonista. Por hombre y por médico, el dolor ajeno me conmueve tanto como el propio placer: más aún, si cabe. Nunca me siento más auténtico que en las visitas al frente. Hablo de las verdaderas, no del retablo que montamos para que Su Excelencia no se embarrase los pies. Hablo de viajes del todo inesperados, a la primera línea y a los hospitales de sangre, casi siempre improvisados. Hablo de mis ropas, que al regreso hieden aún a formol y gangrena. Mi mujer, que me aborrece, se apiadó de mí cuando me sorprendió sollozando a la vuelta de las trincheras. «Lloras —me dijo— como si lo hicieses por el mundo entero». Era cierto. A usted sólo puedo jurarle una cosa: tanto sufrimiento no será en vano. Quizá seamos el único pueblo que se clava a sí mismo el propio aguijón; pero del padecer común saldrá a la fuerza una nueva solidaridad.

—¿Dónde está la solidaridad? No la he visto en parte alguna. La casa prendió por el tejado y los vecinos, en vez de ayudarse a sofocar el incendio, empezaron a desvalijarse los unos a los otros, a llevarse cada cual cuanto podía. Vivimos la disociación general, el asalto al estado y la riña por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región. Nuestro cabilismo estalló con más fuerza que la misma rebeldía y nos partimos por todas las fisuras. Liberose un instinto de rapacidad egoísta, que asía cuanto representa un valor económico, político o simplemente una ostentación. Las patrullas que abren y saquean un piso no son de distinta calaña a la de quienes usurpan las funciones del Estado. Apetito rapaz el nuestro, azuzado por la petulancia de creerse superior, con más luces y mayores derechos. Todos quisieron llevarse su pedazo de queso, de un queso que tiene entre sus dientes el enemigo. Cuando empezó la guerra, cada provincia, cada ciudad, acudió a hacerla a su modo y manera. Barcelona pretendía conquistar las Baleares y Aragón. Vasconia reclamó Navarra, Oviedo, León. Málaga y Almería reivindicaban Granada. En el fondo, provincianismo y frivolidad inconscientes, mezclados muchas veces con la deslealtad y la doblez ante el Estado inerte. La Generalidad se alzó con todo. El improvisado gabinete vasco hacía política internacional. De mejunjes, comistrajos y enjuagues salieron los gobiernillos de Valencia y de Santander. Aragón tuvo su consejo. Cada cual pensaba en la salvación propia, sin reparar en la obra común. En Valencia, los pueblos montaban grandes guardias, detenían el tránsito, devoraban paellas, pero no iban al frente, cuando estaba a quinientos kilómetros. Los catalanes hicieron estragos en Aragón. La supuesta conquista de Mallorca fue una de las aberraciones peor improvisadas. Prieto ha hecho público que mientras en Madrid no había aviones de caza, los obreros del taller de reparaciones de Los Alcázares se negaban a prolongar la jornada y a trabajar los domingos. En Cartagena, después de los bombardeos, los operarios abandonaban el trabajo y la ciudad en hora temprana, para esquivarlos. Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno, porque temía que su presencia los atrajese. Nuestra desunión es inmensa. Usted pretende que la olvide y encima me apiade de sus lágrimas.

—Es usted injusto. Antes me dijo que el odio engendra el miedo; pero en su caso ocurre lo opuesto. El pánico lo lleva al rencor absoluto. Un encono tan grande desconoce la justicia. Mucho de cuanto dijo no dejó de ser cierto en su momento; pero el actual Gobierno lo ha corregido. Conseguimos la unificación del ejército y salvamos a Madrid, donde el frente se halla estabilizado. Si detenemos la próxima ofensiva, o mejor aún nos adelantamos a ella, puede ganarse la guerra. En su pesimismo total, descarta usted aposta nuestro espíritu de sacrificio. Mayores y más abnegados esfuerzos serán aún precisos, lo reconozco; pero la capacidad de desprendimiento del pueblo es infinita.

—Palabras, palabras, palabras. Habla usted como si tuviera la omnipotencia en la mano y la eternidad por delante. Olvida que todo es limitado y temporal a la medida del hombre. Nada lo es tanto como el poder. Ésta es la lección de Segismundo, quien se decide por la prudencia en el mando para no despertar otra vez en la cueva. Quisiera creer que el mismo ideario gobernó mis actos en negocios políticos. Prefiero esta prudencia a las nociones cristianas de expiación y renuncia que viene usted a imponerme.

—No hablaba de mi sacrificio, sino del desprendimiento del pueblo para aceptar el suyo.

—Es cierto. De usted me contaba sólo sus vomitonas y los refocilos. Gula y rijo por un lado, entrega e inmolación por otro. Me consta la existencia de aquéllos en usted y la presteza del pueblo, de cualquier pueblo, para asumir éstas en tiempo de prueba. Todo muy ardiente y visceral. Lo que usted llama realidad sólo puede ser pensado, medido y ordenado por la razón. La moderación, la cordura, la prudencia, intrínsecamente razonables, derivan del conocimiento de la realidad, no de un proceso inhibitorio ante la misma. Por lo demás, predico en desierto. Estoy convencido de que tanto su caletre como el de nuestro pueblo malcasan con la evidencia.

—¿Qué evidencia, señor Presidente? ¿La de la infalibilidad de su juicio?

—La de estar militarmente perdidos. Retuvimos a Madrid el otoño pasado; pero una guerra no se gana sólo resistiendo, aunque usted proclame lo contrario. Carecemos de capacidad ofensiva, Negrín. Se ha comprobado una y otra vez, en nuestros ataques mayores, que empiezan siempre bien para empantanarse en seguida. Así ocurrió en junio, en la batalla de La Granja y en Huesca; en julio, en Brunete; en agosto, en Belchite. Por falta de conocimientos, de experiencia y de decisión, siempre a cargo de los mismos mandos, se desaprovecha la sorpresa y pierde un triunfo. Ahora, caído el Norte, los rusos siguen retirando ayuda y personal. El pacto de no intervención nos veda otras fuentes. ¿Cómo podemos proseguir su política de resistencia?

Encógese de hombros y pónese en pie. Como de costumbre, esquiva lo incontrovertible. El reloj de caja da las horas en un rincón. Medianoche es sonada con campanilleos precisos. La lámpara arranca reflejos de la lenteja del péndulo. Toma el Caín, de Byron, de mi escribanía. Lo sostiene un momento en la palma y déjalo luego junto a la luz.

—Leí este libro cuando me doctoraba, en Alemania —me dice en tono de quien se abisma en viejas memorias, largos años olvidadas—. Me aburrió entonces y sólo recuerdo una idea, entre tanto verso blanco. Con Cuvier, suponía el mundo Byron creado varias veces, para renacer siempre de su destrucción. Quizá sea cierto, aunque científica y filosóficamente resulte rebatible. Si bien mi preparación médica me hizo materialista, concedo una importancia primordial, decisiva, al factor sicológico. Tentado me siento a creer vivimos ya estas horas en un remoto ayer. También entonces, como ahora, parecían perdidas República y guerra; pero al fin triunfamos.

—¿Cuándo y cómo?

—No lo sé todavía. No revivimos aún la victoria. Entre tanto, sólo cabe resistir y esperar.

Se marcha sin decir más, sin despedirse. Estoy rendido; pero no encuentro ánimo en mí para acostarme. La noche es alta, toda sosiego y profundo silencio. He vuelto a anteayer y al Palacio de Oriente. Visito más dependencias. Negrín se empeñó en que firmase unos decretos. No sé qué importancia atribuirá el quimerista a la circunstancia. Hallo un instante inesperado para hablar con Giral a solas. Desde hace tiempo, ensayo en vano la mediación de las democracias en esta guerra. Con tal propósito despaché a Bosch Gimpera, el rector de la universidad de Barcelona, para otorgar poderes reservadísimos a Ossorio y a Azcárate, nuestros embajadores en Bruselas y en Londres. Un año escolose desde entonces, perdido en inútiles secreteos. Más no obtuvo tampoco Besteiro de Eden, cuando habló con él, por encomienda mía, en la coronación de Jorge VI. Azcárate, llamado por el Consejo, me había pedido audiencia para el día 12. No compareció. Giral me cuenta que Negrín le aconsejaba demorase la visita y desplazarse a París, exigido allí por el tránsito de materiales. «Creí traía cosas importantes. ¿Ocurre algo?». «No, señor, nada».. «¿Y de las gestiones sobre el alto el fuego?». «No ha encontrado el menor resquicio para ello», susurra Giral. De pronto, piérdese en ramosa disquisición acerca del daño que nos causan, en el extranjero, los rumores de cercano armisticio. «Lo del armisticio sé muy bien que es una patraña. Pero ni en eso, ni en nada, podemos guiarnos del propósito de no desanimar a los amigos del exterior. Peor sería que hubiesen ustedes de solicitarlo y no lo obtuvieran. Debemos avivar esas gestiones antes que todos nos abandonen. Inglaterra nombró ya enviado comercial cerca del Gobierno de Franco».

Salimos de Palacio. Corriose la voz de mi llegada y se agolpan los curiosos. Me llaman por mi nombre, aquel que ahora olvidé para siempre. Por la calle de Bailén vamos al barrio de Argüelles, que parece allanado por un terremoto. A la izquierda de la calle de la Princesa hay manzanas enteras destruidas. Entre sus ruinas, púdrense cadáveres y en las pocas casas indemnes, entre los escombros, vive aún la gente. Pasada la Ronda del Conde Duque, la calle recobra apariencia normal. Mucho tránsito, quizá más que en el centro, tranvías, tiendas abiertas, vendedores ambulantes. ¿Qué demonios venderán? Giral me cuenta que ciertas delegaciones extranjeras preguntan si es posible comprar aún castañuelas, mantillas, estoques y panderetas. Se puede. Alguien asegura entonces que los calamares fritos son platos de moda en toda Europa. «¿Por dónde se abastece Madrid?», pregunto. Lo hacen por ferrocarril hasta Aranjuez y desde allí por carretera, en camiones. Miro, remiro, recuerdo, me entristezco. Transita por las calles un reguero gris, desaliñado.

Los recuerdos rompen como olas en mi fatiga. Aquiétanse poco a poco. Piérdense en escurriduras. Resuelvo no confiar a mi diario el debate de esta noche con Negrín. ¡Habrá tantas entradas con nuestros pleitos! Ignoraba que hubiese leído Caín y se sintiera tentado por los renuevos del mundo. Hay en él un fondo infantil que me irrita y asusta. Hay también un pesimismo oculto, del cual ni se percata en su inconsciencia. Esa creación, siempre repetida e igual a sí misma, es el perfecto determinismo: la ausencia de todo albedrío. No obstante, me siento ahora desplazado a un porvenir que me sobrevive. Parte de mí se mantiene en el presente, como en un estribo roto; el resto contempla, entre sobrecogido y embeleñado, un mañana que no alcanzaré.

Dentro de treinta y cinco o cuarenta años, alguien escoge mi vida como una existencia que fuese un mundo, y escribe un libro con mi nombre, visto y sentido desde mi interior. Ese alguien, a quien nunca conoceré, toma incluso retazos de mis diarios, de La velada en Benicarló, de mis discursos, y los reproduce como si fuesen calcomanías: trasiegos de la realidad vivida a la ficción. Mi cronista no está siempre de acuerdo conmigo. A veces acordará con mis interlocutores (quizá lo haga esta noche con Negrín); a veces discrepará de ellos y de mí, como yo disiento en ocasiones de mí mismo. Es el lector paciente que yo reclamaba en lo futuro para mis papeles. Pero acaso sea bastante más: mi hermano y mi verdugo. Por hermano, comparte conmigo la existencia revivida. Por verdugo, centra su libro en mi agonía. Su perspectiva me parece tan obvia como justa. Con la vida, padreando en el mundo o en los libros, damos la muerte. Hacerme renacer, aunque sea en una fábula, es obligarme a morir de nuevo. El hombre del espíritu se resigna despectivo. Estremécese, en cambio, el de la carne. Tiembla como si esta muerte novelada fuese otra, bien real por cierto, que quizá me aguarde en Barcelona. Muy pronto, en cuanto mi residencia esté dispuesta, allá regreso con el Gobierno. Cambio de decoración, creo que para el último acto. ¿Estará también escrito por mi cronista que esta tragedia mía se desenlace precisamente donde más sufrí, en Barcelona? Quizá no; pero a quien de alacrán está picado, la sombra le espanta. Si tal fuere el caso, sólo cabe callar y conformarse. Punto final, hermano, que el resto es silencio.

EVITO LOS OJOS QUIETOS DE JULIÁN BORDERAS y miro la calle, donde llueve de nuevo. Camino de la catedral, pasan presurosas dos monjas, cogidas del brazo bajo uno de esos paraguas grandes, de hortelano francés. Les sonará la lluvia en las cofias almidonadas, como repica en la ventana. Suenan también los yunques de la herrería; pero más bajo que antes, como humedecidos y ablandados, Dijérase que la lluvia traspasa el mundo en estas tardes grises. La siento en los mismos huesos, astillados y estremecidos; en el hongo y el añublo del alma, que crece con el musgo de los muros: musgo verdino, de un matiz casi luciente en la atardecida. Contemplándola, callamos Borderas y yo. Fuma él su pipa, despacioso, reflexivo. Yo entrecruzo las manos sobre la frazada que me abriga las piernas.

—Me equivoqué —le digo—. Creí mi destino sucumbir en Barcelona, pero vine a acabar en este hotel de provincias. Casi lo prefiero, si lo inevitable no se demora, pues el Gobierno de Vichy se desvive por sepultarme. En la espera, me encierra en esta alcoba, con la esperanza de que tenga la delicadeza de morirme de hastío.

—Luis Rodríguez, el enviado mejicano, prosigue las gestiones para trasladarlo a su embajada. Me lo atestiguaron por diversas fuentes, señor Presidente.

—También le contarían entonces por qué registro saliose Pétain la última vez. «No se preocupe usted tanto por estos republicanos españoles —propuso a Rodríguez Monsieur le Maréchal—. Su suerte es justa. Cuando el barco se hunde, las ratas se ahogan». Me lo contó Negrín en Pyla y atestiguó luego el propio embajador.

—¿Qué repuso Rodríguez?

—A su decir, replicó que en México la mayoría de sus compatriotas tenían sangre de tales ratas. El mariscal quedose perplejo. Se le había olvidado la circunstancia. En fin, dejemos esto. No critico a quienes me albergaron, aunque no puedan aguardar la muerte de un anciano, como diría Aníbal. ¿Quiere usted encender la luz, Borderas? Con la mollizna, se anticipó la noche.

Obedece a la chiticalla. Ni aun los pasos se le oyen en la estancia. Muy alto y fornido, un perfil preciso, como acuñado en doblas. Es socialista y terminó la guerra de comisario de ingenieros, según creo. El año 30 estuvo con Galán en su intentona fallida para traer la República. Habla quedo y mira alto, siempre a los ojos, Negrín, en cambio, me rehuía el encaro, como si en las niñas tuviese yo púas. En La Bajol, la tarde que fui a la mina de talco con Rojo y Cipriano, nos cruzamos de pronto con Borderas en un recodo del sendero, apenas emboscados. Andaba solo, las manos a la espalda, entre endrinos y zarzales. Nos miró de hito en hito, inclinose un poco, prosiguió la paseata sin despegar los labios. Rojo me dijo quién era, y añadió que tenía la mujer presa en la otra zona. Yo lo conocía sólo de nombre. Cipriano citó leyendas, según las cuales había creado Borderas, que es sastre, la enseña de la República.

Al dar la luz, repara en la bandera del batallón presidencial, que en La Bajol me entregaron al despedirlo. Ayer la mandé clavar en la pared, sobre las monterías inglesas y bajo la lámpara.

—Era la insignia de mi batallón, Borderas. La guardo deplegada, hasta que me sirva de mortaja. Es fama que usted le inventó los colores.

—Quizá, señor Presidente —sonríe y me pide licencia para prender la pipa. Se la doy con un gesto. Aun en la guerra exigía a los militares guantes blancos en las audiencias. Todo ello es historia, agua pasada por los ojos ciegos de los puentes, de cuyo runruneo me distrae Borderas—. A mediados de octubre de 1930, Fermín Galán me pidió en Jaca tres banderas republicanas, bajo las cuales pensaba alzarse contra el rey. Nadie conocía los colores. La enseña de la primera República era la bicolor, sin la corona ni la flor de lis en el escudo. Alfonso Rodríguez, a quien todos en Jaca llamábamos Alfonso Relojero, conjurado con nosotros, tenía una medalla conmemorativa de la República, acuñada en Cartagena. La cinta era roja, blanca y morada. Averigüé entonces que la banda de los ediles de Madrid llevaba precisamente los mismos colores; pero uno de ellos, también en tiempos de la primera República, propuso sustituir el blanco de los Borbones por el amarillo. No pude investigar más, porque el tiempo urgía, y escogí el rojo, amarillo y morado. Encargué las banderas de algodón y seda, y con ellas sublevose Galán, en diciembre. A los dos días del fracaso, El Debate preguntábase escandalizado de dónde había salido la absurda enseña. El artículo, de hecho, vino a popularizarla.

Calla de nuevo y cada cual enciérrase en su silencio. Él, sumido en no sé qué rumias; yo pensando todavía en la bandera. Me asalta el presagio supitaño de que, en fin de cuentas, no podrán enterrarme arropado en sus pliegues. Lo prohibirá el Gobierno de Vichy, estoy cierto de ello. Aun este último afán me será negado. Para el caso poco importa. Pronto me encararé con la eterna tiniebla. Se me antoja más cierta que todos los colores del mundo, incluido el de la sangre. No comprendo por qué el obispo se empeña en creer en la otra vida, cuando es tan fácil descreer en ésta. El hombre del espíritu no lo alcanza, al menos. El de la carne acaso lo entienda demasiado bien y de ahí su angustia y su pánico. De pronto, me sobresaltan la sirena de una fábrica y el concierto de la lluvia en los cristales.

—Borderas, nos vimos una tarde, en invierno del 39 y en un camino de La Bajol. ¿Lo recuerda?

—Perfectamente, señor Presidente. Iba usted con Rojo y con su cuñado.

—A los pocos días, el 5 de febrero, que era domingo, entramos en Francia de madrugada. Negrín nos acompañó hasta Las Illas. Allí, de súbito, me abrazó inesperadamente al separarnos. Lo sentí temblar debajo del abrigo, sin enternecerme. La idea de no volverlo a ver era el único alivio en aquellas circunstancias. De todos modos, me equivocaba. La antevíspera de mi venida a Montauban, compareció en Pyla–sur–Mer, cuando los alemanes ya estaban a las puertas del pueblo. Venía a ofrecerme un puesto en un bote, para huir a Dover aquella noche. Sólo uno para mí, pues más no cabía en el lanchón. Rehusé, para no separarme de mi mujer; pero me conmovió su desvelo. Al despedirnos, sin embargo, me espetó en voz baja: «Debes saber que te he detestado siempre. Nunca aborrecí a nadie como a ti, porque nos has perdido. Espero se salven los tuyos, pero a ti te fusilen». Estoy convencido de que decía la verdad.

—También la decía cuando se ofreció a llevarlo a Inglaterra.

—No me cabe duda. Negrín era un ser dostoievskiano: capaz de entregarse a las pasiones más dispares, a la vez y con igual sinceridad. «Es un Karamazov», afirmaba Besteiro, indignado con él, poco antes de la caída de Cataluña. Le pregunté cuál, y ya no supo responderme. Me contó, sin embargo, que, pocos días antes él, Besteiro, había dicho ante la Ejecutiva del partido socialista que Negrín era un comunista, introducido en sus filas como el caballo de Troya. Luego lo sostuvo ante el propio Negrín. Éste se rio y mostrose la mar de afectuoso.

—Negrín y Besteiro se abominaban. De hecho, Negrín, que en el fondo era incapaz de odiar, sólo tenía dos fobias: Besteiro y Jiménez de Asúa —pausa la voz, de suyo tan queda, y dícese a modo de inciso—: Es extraño, señor Presidente, hablo de todos ellos en el pasado, como si hubiesen muerto. Por otra parte, sus recuerdos permanecen tan diáfanos como si cobrasen vida. ¿Le ocurre a usted algo parecido con las memorias?

—No me sucede otra cosa, Borderas.

—A fines de abril del 38, visité la División 43, cercada en el valle del Alto Cinca, de espaldas a Francia. Beltrán, el Esquinazado, su comandante, era paisano y amigo mío. Estuvimos juntos en la revuelta de Galán, y juntos escapamos de Jaca, en julio del 36. Iban conmigo a verlo Negrín, Rojo y Máximo de Gracia, el comisario de la división. El viaje nos llevó por los Pirineos franceses, ya muy nevados, a pie y a caballo. Negrín devoraba como un energúmeno y cada mañana, desnudo de cintura para arriba, se hacía arrojar cubos de nieve helada al pecho descubierto, para vigorizarse. Nunca olvidaré la escena: De Gracia tirándole la nieve con todas sus fuerzas, a cubos llenos y Negrín, los puños en la riñonada, riéndose a voz en grito, en aquellos riscos y bajo aquel cielo, que desojaba de azul y de ancho. Había algo de estremecedoramente bárbaro y puro en la estampa: de inocencia animal anterior a la propia existencia del hombre.

—Su inocencia no le impidió urdir mi secuestro en la retirada de Cataluña. Me consta, aunque no pueda ni me importe probarlo. El miércoles, primero de febrero, llegué a La Bajol desde el castillo de Perelada. Antes, Martínez Barrio, quien aún presidía muy orondo las Cortes errantes, me aconsejó refugiarme en Massanet, un pueblecito de aquellos andurriales. Mandé al coronel Parra, jefe entonces de mi batallón presidencial, a reconocerlo. Volvió indignado aquel mismo miércoles, de madrugada. «Allí no puede estar usted de ninguna manera —me dijo—. La casa que le ofrecen es un gran corral, con dos habitaciones y al que se llega por un sendero de fango. El pueblo, a catorce kilómetros de la frontera, no tiene salida. Su destacamento de carabineros es todo un batallón, mandado por un hombre de íntima confianza del doctor Negrín. No vaya usted».

—Para entonces, ya estaban Negrín y Rojo aposentados en Agullana, debajo de La Bajol.

—Negrín en aquel manso, monte arriba. Rojo, con su estado mayor, en una casa que parecía el desvarío modernista de un nuevo rico. Brindose a desalojarla para mí, no sin reservas: «No se lo aconsejo a usted. El enemigo ya sabe que estamos aquí. La casa se ve demasiado, y no tardarán en bombardearla». Negrín sugirió La Bajol, la última aldehuela antes de entrar en Francia. A Rojo se le ocurrió ofrecerme los furgones del estado mayor. Eran tres y bastante buenos: uno para cocina, otro para despacho y el último un vagón con literas. De anochecida, subimos al pueblo. Parra encontró una casa de dos pisos y ocho metros de lado, donde se cobijaban dos médicos y un oficial de carabineros. Canjeamos casa por furgones, con buen agrado por su parte, y allí estuvimos hasta el domingo.

—La casa era a la salida de la aldea, junto al sendero donde me cruce con Su Excelencia.

—Exactamente. Cerca de allí y en un repecho del monte, había una gran masía, llamada Can Barris, donde alojábase una fuerza de carabineros. Custodiaban, según me dijeron, los cuadros ocultos en la mina de talco. Otro destacamento, con servicio y mando independientes, ocupaba La Bajol. El miércoles por la noche recabé del jefe del Gobierno la orden de que desalojasen pueblo y masado, para instalar allí mi guardia presidencial. El jueves por la mañana, además de seguir en su sitio los carabineros, se les unía el batallón de Massanet, recién llegado. Su comandante no se presentó como debía y Parra dio con él, dormido a pierna suelta en una casa. Llamé a Negrín a La Agullana. No sabía nada. «Pero usted es el jefe de esas fuerzas. ¿Quién y por qué las ha enviado aquí?». Repuso que les ordenaron abandonar Massanet; pero no trasladarse a La Bajol. «¿Quiere usted hacerme creer que a una unidad militar le mandan evacuar un pueblo sin señalarle destino?». Prometió enterarse. «¡No basta que se vayan inmediatamente! No los necesito aquí. Lo que debe usted hacer con sus guardias es poner retenes en los caminos que parten de la carretera, para evitar que la riada de fugitivos se desvíe hacia aquí».

—Con los fugitivos nadie sabía qué hacer —dice en voz baja Borderas—. En una reunión que tuvimos en La Agullana, el 8 de febrero, cuando usted, señor Presidente, ya estaba en Francia, Negrín contó las gestiones de Del Vayo, para acoger cincuenta mil hombres. Francia no esperaba más y de ahí los campos de concentración, en las playas alambradas.

—El viernes, al levantarme, supe llegado al pueblo otro destacamento: cincuenta guardias de asalto, esta vez con su teniente. Lo interpelé a gritos. «¿Qué hace usted aquí?». «Me ordenaron ocupar la aldea». Negrín, como de costumbre, nada sabía. Harto de querellarme con él por teléfono, mandé un ayudante a Figueras. En el ínterin, la misma mañana, subieron a La Bajol Martínez Barrio y don Mariano Gómez, Presidente del Supremo. «Usted como eventual sucesor mío y usted como alto dignatario del Estado deben enterarse de mi situación. Estoy a merced de estas gentes. El verdadero Presidente de la República o, mejor dicho, el dueño del Presidente de la República es el comandante de este batallón de carabineros». Los dos se impresionaron mucho. Ignoro qué gestiones llevarían a cabo; pero por la tarde empezó el relevo de aquellas fuerzas por las mías. Al anochecer había concluido y a la tardecica me visitó Rojo, en un respiro de sus agobios. Concerté un paseo con él y Cipriano. En la senda que lleva a la mina, nos cruzamos con usted. Rojo me dijo quién era.

—El señor Presidente parecía más contrariado que afligido.

—Lo estaba. Rojo me dijo que pronto tendría que huir por el puertecito de la montaña. La carretera de Francia iba obstruyéndose poco a poco. Al éxodo contribuía entonces el repliegue del ejército, pues dábase por inminente la caída de Gerona. Aquella oleada humana me hubiera expuesto a serios peligros, al decir e insistir de Rojo. Por otra parte, me desagradaba escapar por el monte. Prefería marcharme, en el coche oficial, con mi séquito. No me concedieron este modesto deseo.

—¿Aquél día se decidió su salida?

—Al siguiente, por la mañana. Fueron a La Bajol a anunciármela, para el alba, Rojo y Negrín. A la vuelta de la masía, donde por la tarde despedí a mi tropa, los hallé en la casa, sentados en un banco de pino ante la lumbre. Invité a Rojo a exponer la situación y habló más de una hora. Había caído Gerona. No teníamos más línea de contención que la establecida ante Figueras, desaparecida a trechos, con anchos boquetes en la defensa. Estábamos sin industria, sin aviación, sin red hospitalaria, sin zona de maniobras posible, a merced de la aviación adversaria. El enemigo podía alcanzar Figueras cuando le apeteciera, según la rapidez de su avance. Quizá lo demorara un tanto, para dar tiempo de entrar en Francia a los huidos. Conseguiríamos defendernos cuatro, ocho, acaso veinte días extremando los sacrificios; pero la derrota era inevitable.

—¿Qué dijo Negrín a todo ello, señor Presidente?

—Negrín callaba. Arrebujado en su impermeable con ferreruelo, de codos en la rodillas, la cabeza humillada y como entelerido, miraba el fuego y arrancábase, en el sobo de las manos, un seco y desagradable crujir de huesos. Deduje yo entonces un argumento al alcance de un niño. Acumulado el poder ofensivo del adversario en Cataluña, la Zona Centro Sur no pudo realizar ninguna operación para distraerlo, salvo el ataque a Extremadura, falto incluso de municiones. Concluida la campaña de Cataluña, poco tardaría en caer aquella zona en cuanto se revolviesen contra ella las fuerzas aquí concentradas. Rojo estuvo de acuerdo conmigo.

—¿Y Negrín?…

—Habló por último sin mirarnos, siempre de cara al fuego, que aromaba la casa con resinas sangradas. «Todavía tenemos recursos para resistir —protestó—, pero cuando un pueblo no quiere defenderse, no hay nada que hacer, como afirman ustedes», Le aconsejé que reuniera al día siguiente, allí o en Francia, al Consejo de ministros y los altos mandos del ejército, para que Rojo les expusiese el mismo informe. Rojo se avino a repetirlo y el propio Negrín asentía a cabezadas. Recuerdo aún, sílaba por sílaba, las reconvenciones que le hice entonces. Después de escuchar al general, el Gobierno adoptaría una resolución y él, Negrín, me la comunicaría. Yo podía conformar con lo dispuesto o rechazarlo. Tal era mi prerrogativa oficial. No obstante, aconsejaba pedir los buenos oficios de Francia e Inglaterra, para obtener la suspensión de las hostilidades y concertar condiciones de paz, de carácter estrictamente humanitario, que avalasen la salida de los jefes y oficiales del ejército, de los políticos y los funcionarios más comprometidos y amenazados. Lo recuerdo muy bien, pues lo repetí muchas veces, aun después de irse Rojo, en la otra hora larga que Negrín pasó conmigo para ultimar el salvamento del tesoro artístico. Prometió cumplir mis consejos, pero todo quedó en agua de borrajas.

—Tres días después de marcharse usted, señor Presidente, la mañana del 8 de febrero, que era muy soleada por cierto. Negrín juntó algunos mandos y comisarios de los ejércitos, en su casa de La Agullana. Allí estaba Rojo, jefe del estado mayor central; Jurado, que acababa de sustituir a Sarabia, al frente de los ejércitos de la región oriental; el coronel Perea, del ejército del Este; Modesto, de los ejércitos del Ebro; Hidalgo de Cisneros, de la aviación; el coronel Fuentes, de artillería; Patricio Azcárate, de ingenieros y de los comisarios, Delage y yo, que lo era también de ingenieros. Negrín abrió la reunión para conceder en seguida la palabra a Rojo, quien expuso el desastre, sin repulgos. A su juicio, carentes los mandos políticos y sindicales de conocimiento militar para resistir cuando aún era posible, abandonaban a sus soldados. La batalla de Cataluña, sin embargo, estaba irremediablemente perdida. Él, Rojo, ofrecíase para irse a donde lo mandaran; pero consideraba al Centro falto de aviación, artillería y vituallas. Si el enemigo atacaba, lo detendríamos allí ocho días escasos.

—¿Cómo acogieron su informe?

—Cada vecino cobijaba en su silencio, como el mochuelo en su olivo. Pregunté entonces a Rojo si había revelado al Gobierno la magnitud de la catástrofe. Repuso que sí, con aire de destemplanza que le alumbraba los anteojos. Terció Negrín, afirmando no era aquél momento para disquisiciones de tal naturaleza. Modesto se arrancó entonces con su dejillo de Andalucía la Baja: Cuando hazta lo niño de doz año, ce llaman hijo de Negrín, hay que extremá la reziztencia en la Zona Centrá, que puede modificá aún la situación generá. Más no hubo, pues en aquel instante telefonearon a Rojo que el enemigo estaba entrando en Figueras. De haber tenido un revólver (no lo llevé nunca en la guerra), imagino que mato a Negrín, injustamente quizá, pero lo mato. Aquella misma tarde, por consejo de Rojo, entró él en Francia por Le Perthus. Modesto y yo lo hicimos al día siguiente por Cerbère. En una revuelta de la carretera de Port–Bou, que repecha sobre el mar y una sima abierta a pico, detenía el tránsito un camión averiado, que un mozo como de dieciocho años se desesperaba en reparar. En su impaciencia, Modesto lo asesinó de un pistoletazo. Quedó allí tendido, las piernas abiertas y la cabeza partida, bajo unas gaviotas que aleteaban.

Amaina la lluvia y despídese Borderas. Alguien toca el piano con un solo dedo en la anochecida. A esta hora solía venir a verme Pallete. Una gota, una única gota de lluvia cae insistente, una y otra vez, en el alféizar de la ventana. Estoy en la cocina de La Bajol, con Negrín, en otra anochecida, la del 4 de febrero del año pasado. Rojo acaba de regresar a La Agullana. Negrín sigue en el banco de madera, vencido sobre el lar. Nunca lo vi tan derrocado, contemplando abstraído el fuego, como si en aquellas encendajas de brezo y ginesta seca se le consumiera la razón.

—Sé perfectamente que no hará usted nada de lo convenido. Resolvimos en vano como de costumbre.

—Lo que yo haré, señor Presidente, no se lo cuento ni al cuello de mi camisa. Nada se ha perdido aunque perdamos Cataluña. La segunda guerra mundial puede estallar en cualquier momento: en cuanto los alemanes invadan Polonia.

—La contienda en Europa se avecina y Francia será su próxima víctima. Lo tengo escrito, aunque sea obvio el presagio. No obstante, me repugnaría el desearla como precio de nuestra victoria y de nuestra paz.

—A mí, no. ¡Ojalá se desangre el mundo entero mientras nuestro pueblo y la República sobrevivan! No abrigo deseo más ferviente. Será un patriotismo aberrante el mío, pero no concibo otro en estas circunstancias. En fin de cuentas, Europa nos abandonó antes. Sólo le debemos el pacto de no intervención.

—¿Quién se cree ser usted, Negrín? ¿El hombre del destino?

—¿Yo? No, señor, de ninguna manera. Ni siquiera soy político Me eligieron diputado a Cortes, sin haber pronunciado un solo discurso en pro de mi candidatura. En septiembre del 36, Prieto tuvo que desvivirse para que aceptase la cartera de Hacienda en el gabinete de Largo. Dimitido Caballero, fue usted quien me escogió como jefe de Gobierno, para asombro mío. Recordará muy bien cuánto se esforzó por convencerme. Lamento lo consiguiese; pero no dimitiré mi cargo antes del triunfo de mi causa. Nuestra victoria, señor Presidente, nunca estuvo más cerca. La guerra mundial la hará posible.

—¡Desvaría usted! ¿No acaba de oír el informe de Rojo? Cataluña está perdida, y en la zona central no resistiremos una semana la próxima ofensiva.

—Rojo se moderó por deferencia a usted. Estuvo recatado y prudente. Le he conocido peores informes. Ayer, por cierto, me proponía la inmediata renuncia a proseguir la lucha, sin pacto ni consulta: una cesión terminante e irrevocable, por impotencia. «Cuando las guerras se pierden, se busca la paz por el camino más digno —insistí—. Carece de objeto sacrificar más hombres, en el cumplimiento de un deber tan ineficaz como salvaje». De no aceptarse su consejo, auguraba una contienda armada, en nuestras propias filas, entre unidades aún dispuestas a batirse y otras inclinadas a someterse.

—Es una posibilidad muy cierta, aunque usted la desestime. Prieto la predijo hace tiempo.

—Sí, señor, la desestimo, porque de hecho no tiene nada de nueva. La zona republicana ha sido una perenne lucha civil, entre intereses políticos, desde julio del 36. Si no nos partimos antes como una granada, si el enemigo no aprovechó nuestros disensos para aplastarnos, no nos resquebrajaremos ni claudicaremos ahora. ¡Qué se quiebre antes el mundo por sus propias rajas, a beneficio nuestro!

—Si no se cree el hombre del destino, Negrín, será el hombre de Moscú, como dice Besteiro. No concibo otra explicación a su monstruosa inconsciencia.

—Vuelve a equivocarse de medio a medio. Como Marx, yo también puedo decir que no soy marxista. Llegué al socialismo por médico, no por político. No tengo mayor afecto por la Unión Soviética que por las democracias. Estuve a punto de expulsar una vez a su embajador. Las armas que nos procuró, las pagamos en oro cuando nadie quería vendérnoslas. El último pedido fue a cursarlo, en febrero, Hidalgo de Cisneros a Moscú. Para entonces decían que nuestro crédito estaba agotado. Dudo que sea cierto; pero no me importa. Me apoyo en los comunistas porque necesito la capacidad de sacrificio de sus masas. Ellos y yo somos los únicos dispuestos a defendernos hasta que empiece la guerra en Europa. ¿Comprende usted, señor Presidente? ¡Los únicos!

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