Azaña
Tres
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—SEÑOR OBISPO, me acabo y ya murió en mí el hombre de la carne. Sólo sobrevive el del espíritu; pero aun a éste lo aterra hoy la muerte. Monseñor, quiero confesarme. Temo una eternidad de tinieblas y de desmemoria: el olvido y la ceguera por siempre jamás.
—Rehúso confesarlo, señor Presidente, porque no puedo absolverlo. Motivada por el miedo, su confesión saldría del todo inválida. Debe creer primero en el mundo, antes de aceptar la vida perdurable sólo por terror al vacío.
—Usted no me absuelve porque envidia mi fe en la inmortalidad, aun entre mis dudas.
—Quizá, no lo sé de cierto. Pero usted tampoco está en su juicio al implorarme la absolución sólo por pánico. Así podría proceder el hombre de la carne; nunca el del espíritu, de hallarse en sus cabales.
—¿Por qué es usted tan francés, monseñor? ¿Por qué tiene tal fe supersticiosa en la razón?
—A través de usted, debe reconocerse a sí mismo, señor Presidente, y reconocer el mundo.
—¿Por qué iba a hacerlo, cuando ni siquiera recuerdo mi nombre o el de mi país? ¿Cómo me llamo, señor obispo? ¿Cómo llaman a mi tierra?
—No puedo decírselo. Debe esforzarse por precisarlo solo. Únicamente así, al precio de ese afán, conseguirá admitir su realidad y la del mundo. En cuanto sepa quién es y de dónde procede, sabrá a la tierra tan cierta como usted mismo. Sólo entonces creeré verdadera su fe en la vida eterna y quizá llegue a compartirla cuando lo absuelva de toda culpa.
—¿No pensó nunca que acaso yo estuve siempre loco, monseñor? Antes de la guerra, había un farmacéutico del Hospital Civil de Gerona, físicamente idéntico a mí. Pasábamos por más pariguales que los propios mellizos, y tales lenguas se hacían de nuestra semejanza, que un día, presidiendo yo el Gobierno, delegué en Cipriano para invitarlo a una audiencia privada. Volvió de Gerona muy contrariado. El farmacéutico era monárquico requeté, de lo más encastillado, con boina encarnadina en el perchero de la rebotica y un rencor implacable contra mi persona y mi política. Negábase en redondo a verme y casi despidió a Cipriano a cajas destempladas, resentido por su insistencia. El parecido, al decir de mi cuñado, era tan acabado como increíble. Nos espejábamos la figura, los rasgos y aun la voz, la palidez y las propias verrugas. Quise olvidarme del doble irascible, cuando un día vínome Cipriano con una carta suya, escrita, para mayor asombro, en letra chica, picuda y corrida, en todo igual a la mía. Disculpábase allí de mala gana por su encalabrinamiento y aveníase a verme cuando le cuadrase al «Presidente del Consejo». Lo recibí una noche, sobre las once y en el palacio de Buenavista, tan de ocultis como antes me viera allí con el capitán Rojas.
—¿El capitán Rojas?
—Ésa es otra historia, monseñor. Volvamos al boticario. Nos miramos largamente y mirándolo no podía dar crédito a cuanto viera: léase a mí mismo. En él repetíanse aun mis gestos y contemplábame yo con más cumplido detalle que en un espejo de luna. Tan acabado resultaba el parecido que, atisbándole los ojos, me decía: «no existes», sin saber a ciencia cierta si me refería a él o a mí mismo. «Yo seré tu caricatura —exclamó de pronto, al cabo de exasperante silencio, en tono idéntico al mío, sin que el tuteo me hiriese ni pasmara—; pero tú estás loco y yo no. Tu insania es el poder y el poder no existe». «Nada existe —asentí—, ni tú ni yo ni el poder. El universo entero es la pesadilla de un desconocido». «Tú sí eres —insistió—, y eres precisamente por estar enajenado. Sólo la insania es cierta. Siendo de veras, interpretas ficticios papeles en la farsa de la historia. Ahora te vistes de Presidente del Consejo, mañana acaso presidas la República: todo es burla y humo, quizá sueño ajeno como tú dices». «¿Por qué te hiciste carlista? Si en nada crees, ¿cómo reivindicas un pasado, que yo supongo muerto?». Se encogió de hombros. «Tanto me daba ser requeté como anarquista, restaurar el poder como destruirlo porque siempre lo supe inexistente. Entre la acracia y el carlismo, decidí mi fe política a cara y cruz. Ganó la tradición. Tal vez por envidiarte la locura, que a ti te llevó a la presidencia, opté por cualquiera de aquellos extremos que tu poder desmienten». «Te equivocaste al juzgarnos —lo atajé—. Quizá yo sea un comediante, como dices; pero tú eres el ido. Debieras sustituirme al frente del Consejo. Somos tan idénticos que nadie advertiría el trastrueco». Sacudió la cabeza. «No, no, cada cual debe ocupar su puesto en la farándula. A ti, y sólo a ti corresponde el poder, porque en los hondones de la conciencia lo crees aún cierto, si bien afirmas en vano que de raza te viene el desapego y que toda vanidad te la echaste a la espalda». Levantose de súbito y se fue sin despedirse. Nunca más volví a verlo.
—¿Cómo se llamaba el farmacéutico de Gerona, señor Presidente?
—Manuel Azaña.
—¿Está usted seguro?
—Por completo. Irónicamente olvidé mi nombre, pero no el suyo. Ignoro qué habrá sido de él.
Calla el obispo y mírame a los ojos, con tranquila dilación. Estúdiase luego las manos cruzadas en el regazo ensotanado. El sol, venido por el ventano, le enciende en destellos violetas la gorda amatista del anillo.
—No está usted loco, señor Presidente —bisbisea al fin—. Pedí a su esposa alguno de sus libros, para conocerlo mejor, y me prestó el volumen de sus cuatro discursos en la guerra civil.
—Dos pronuncié en Valencia, uno en Madrid y otro en Barcelona. Lo recuerdo muy bien, porque entonces negábame sistemáticamente a hablar. Hacerlo en tiempo de guerra es mentir, escribió Ortega, con toda razón en otra época. Me plegué a ello sólo en aquellas ocasiones, amén de otra más, a los pocos días de estallado el conflicto.
—Leí sus discursos con gran trabajo. Con todo, creo haberlos comprendido. Distan de ser la obra de un loco, aunque usted ahora apunte lo contrario. En el primero, el de Valencia en enero del 37, si no yerro, llamaba usted aborrecible y funesta toda guerra civil, incluso para quien la gana. Un cínico creería acaso tópico pacifista su declaración. A mí me parece muy sensata.
—Afirmaba allí, para consumo de mi pueblo, que no transigiríamos nunca en poner en tela de juicio la autoridad de la República o la legitimidad del Régimen para limitar la guerra ni aun para extinguirla. En mi fuero íntimo, creía sin embargo que nada, absolutamente nada, justificaba tales estragos. También cerré el discurso manifestando mi fe en la victoria, como era de rigor. Estaba muy lejos de sentirla, convencido de antemano de nuestro desastre. En otras circunstancias, antes de la contienda, dije que alguien debía dejar de fusilar en nuestro desdichado país (aquel de cuyo nombre no puedo acordarme), y me ofrecí a hacerlo. Al cabo de la alocución, pensé que irónicamente fusilaba entonces todo el mundo menos yo. Lo hacían en nombre de creencias propias, que al ver de cada bando avalaban cualquier medio de imponerlas. Escribían la propia verdad con sangre ajena, mientras yo mentía, dando por ganada una guerra que siempre supuse perdida. No sé si dentro de muchos años cesarán de fusilarse los míos. Pero estoy seguro de que aun entonces les mentirán sus dirigentes respecto al porvenir como lo hacía yo.
—No mentía usted, señor Presidente, cuando aseguraba ajena la victoria porque, en el orden personal, no se triunfa nunca contra compatriotas.
—Es cierto, monseñor, así concluí aquel día. También dije, si mal no recuerdo, que con nuestra victoria consumiríase mi vida, porque nadie había sufrido más que yo por los míos. Ahora hemos perdido, y me muero de todos modos. Para el caso resulta lo mismo porque todo es nada.
—El 18 de julio del 37 volvió usted a hablar en Valencia.
—A requerimiento del Gobierno, por ser aquél día señalado. Yo no quería hacerlo. Me convenció Prieto. «Esto se va al carajo de todos modos —rezongaba—. Dígale usted al país que del odio y el pánico vienen todas sus desdichas». Asentí e insistió Prieto. «Proclámelo entonces en voz bien alta. Poco importa que nadie lo escuche, porque no es mejor callar inútilmente que hablar en vano».
—Algo dijo usted en aquel discurso que no puedo olvidar: su comparanza del rencor político y el teológico.
—En efecto, monseñor. Aseveré que el odio, el odio político, mucho más fuerte que el teológico o hermano gemelo suyo, trae el exterminio del adversario, para ahorrar quebraderos de cabeza en quienes pretenden gobernar.
—Es cierto. Por ser hombre de la Iglesia, debo admitirlo.
—Es cierto y no lo es, como razonaría cualquier enajenado. La verdad absoluta resulta siempre un absurdo, que supera las consideraciones morales de orden parcial. Observe, por ejemplo, nuestro caso. El miedo a una revolución lanzó a los rebeldes a un levantamiento, que provocó precisamente cuanto ellos querían impedir. La revolución, a su vez, fue incapaz de detentar el poder y sólo sirvió para hacernos perder la guerra. A la vista de tales contradicciones, la locura es la única sensatez, y el resto, el mundo todo, es burlería sangrienta. Por demente, sin duda, afirmé yo siempre que ninguna política podía fundarse en el exterminio del enemigo. No sólo porque moralmente es una abominación, sino porque además es del todo irrealizable. La sangre injustamente vertida por el odio, con propósito de exterminio, renace y retoña en frutos de maldición. Maldición no sobre quienes la derramaron, sino, absurda y desdichadamente, sobre el propio país que la ha absorbido para colmo de su desventura.
—Entre tanta sangre, cuente usted, señor Presidente, la de la Iglesia —replica en voz baja el obispo.
—No la ignoré cuando proclamaba la inutilidad del exterminio. Jamás quise disculparla alegando los fusilamientos del enemigo, nunca denunciados por la misma Iglesia. La sangre derramada por unos no lava precisamente la vertida por otros.
—¿Cuánto clero se asesinó en la zona republicana, señor Presidente?
—Sólo el tiempo lo dirá, monseñor. Quizá unos seis mil. En algunos casos, como el del obispo de Gerona, doctor Cartanyà, se le dio por muerto cuando la Generalidad lo había embarcado para Italia. Otros doce o trece obispos, sin embargo, fueron sacrificados.
—A veces me abochorno de serlo y estar vivo.
—¿Por qué, monseñor? ¿Cuándo admitirá que si en la conciencia somos responsables por todos los hombres, somos a la vez inocentes de cualquier delito, por ser el universo entero sueño de Dios o del demonio? El propio Cristo llegó acaso a presentirlo cuando pedía que los muertos sepultaran a los muertos.
—Aunque sea obispo de su Iglesia, no abono del todo ese precepto, señor Presidente. Si se trata de absolver a los asesinos, entonces estoy de completo acuerdo, pues no hay crimen más vano que la venganza. Si, por el contrario, se nos ordena olvidarnos de los muertos para desvivirnos sólo en vivir, yo difiero.
—Lo perderá el orgullo, monseñor. Arderá usted en el último círculo del infierno.
—Lo prefiero al limbo de la indiferencia. Olvidarse de los muertos es desentenderse de nosotros mismos. En otras palabras, señor Presidente, equivale a ignorar aposta por qué vivimos cuando pudieron sacrificarnos en su lugar.
—Vicariamente, yo he fenecido un poco con cada víctima, sin que por ello me sienta más inocente que los muertos o menos culpable que sus verdugos. Por lo demás, importa poco quién perezca o sobreviva. Si alentamos, o creemos alentar en sueño ajeno, sólo un azar absurdo, como el que gobierna toda pesadilla, determina las sombras que perduran o perecen.
—¡No! ¡No, y mil veces no! —exáltase ahora el obispo, apuñando los brazos de la poltrona—. Negar la realidad del mundo es desdecir la libertad, señor Presidente.
—¿Por qué no, monseñor? La libertad es el mayor descabello. No somos libres de rehusar el nacimiento ni la muerte. Unamuno quería eternizarse, con su chaleco puesto y su perro a la vera. «Yo —le dije una vez— sólo reclamaría el derecho a decidir mi concepción». Por cierto, monseñor, si me diesen a optar entre reencarnarme como fui, con idéntica vida e historia, o no volver a ser, ignoro de veras cómo determinaría mi sino. Supongo que muchos muertos se verían en parejo dilema. Lo cual prueba de forma incuestionable que la libertad no existe y es además del todo innecesaria.
—Nos ofuscamos en disputas bizantinas —protesta el obispo—. ¿A quién, si no a Dios, puede importarle nuestra resurrección en medio de tantas catástrofes colectivas? Como bien dijo Pío XI a monseñor Cardijn: «El mayor de los escándalos del siglo XIX es que la Iglesia ha perdido la clase obrera». En el XX, desde luego, no quiso encontrarla.
—No creo yo que tal sea el caso en mi país. En las llamas de las iglesias abrasadas establecen una extraña dialéctica incendiarios e incendiados. Sólo así se explican la destrucción, con sangre a veces, siempre sin lucro: la quema de las alhajas con los altares; los templos en ocasiones incendiados repetidamente. Mediaba en todo ello un paradójico, pero a mi ver evidente, afán purificador. Hace treinta años lo advirtió perfectamente Maragall. La Iglesia vive de la persecución porque nació en ella, escribía en 1909. Su mayor peligro radica en la paz, que la enerva y corrompe. Por eso es instinto del pueblo, de nuestro pueblo al menos, destruirla cuando la ve triunfante, precisamente para volverla a su estado natural. Cristo dijo a sus discípulos que serían siempre perseguidos. Cuando no lo son por la autoridad, con quien comparten el poder, degüéllalos el pueblo para rescatarlos en su pureza consustancial.
—¿Quién era Maragall, señor Presidente?
—Un poeta catalán y católico.
—A mí todo esto me parece terriblemente extraño. Du sang, de la volupté et de la mort! Resulta incluso razonable, de una forma bárbara y bella; pero poco plausible.
—A mí, por el contrario, se me antoja muy convincente y poco razonable. A la vista de tamañas contradicciones, sólo la demencia cobra sentido. Si usted estuviese ido, monseñor, creería en la eternidad, que es la vida verdadera y la última insania. Con la razón metódica y francesa, no conseguirá comprenderla jamás.
—¿Lo logró usted acaso en su locura?
—No por completo. Para desdicha mía, debo estar en parte cuerdo, pues no alcanzo a creer por entero en la eternidad, como no pude crear nunca una verdadera obra de arte.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Todo, monseñor. Sólo el arte y la enajenación existen. No me cansaré nunca de repetírselo.
—Está bien, dejemos esto. Usted se siente tentado a creer en la vida perdurable; yo a descreerla. Pero ¿qué ocurriría si la eternidad fuese algo por entero distinto a como la imaginamos o tememos?
—¿Algo por entero distinto a como la imaginamos o tememos?
—Precisamente, ¿no supuso nunca confundidas memoria e inmortalidad? Conciba por un momento la existencia eterna, reducida a un solo recuerdo. En su caso, el del 19 de julio en Madrid, o el del 3 de mayo en Barcelona. En el mío, el de la pesadilla, donde me sueño Papa.
—La perennidad sería entonces un interminable examen de conciencia. Existir muerto por siempre jamás, para evocar lo soñado o lo vivido.
—Por cuanto a usted atañe, señor Presidente, su inmortalidad se reduciría a hacer la historia eterna.
—No a hacerla, sino a observarla, monseñor. En aquellas ocasiones, en julio del 36, en Madrid, o en mayo del año siguiente en Barcelona, me limité a contemplarla y a sufrirla. Un papel desairado, si usted quiere, aunque corresponda al de las masas, siempre llamadas a padecerla: hambrientas, despavoridas, bombardeadas en la retaguardia, carne de cañón en las trincheras.
—¿A través de su martirio aprendió a aceptar el dolor como única realidad, señor Presidente?
—El dolor, sí; pero no las masas propiamente dichas. Éstas siguieron pareciéndome tan inexistentes como el mundo mismo. En La Bajol, pedí en vano a Negrín, para escándalo suyo, que apartase de mi camino a las multitudes fugitivas. No eran para mí sino sombras soñadas, como la propia tierra, aunque su suplicio estuviese paradójica y extrañamente vivo.
—¡Sí, sí, me lo contó usted en otras ocasiones! —ataja el obispo, impaciente y como turbado por mi inhumanidad—. Volvamos a la historia.
—La historia, monseñor, no existe porque el mundo no es. Se reduce a un punto de vista sobre la nada.
—¿Un punto de vista sobre la nada, señor Presidente?
—Dos, por mejor decirlo. Uno, propio de quienes la limitan a las vidas de sus dirigentes, que Negrín diría con razón exclusivismo capitalista. Otro, parejo a cuanto Unamuno dio en llamar «intrahistoria», fuera una versión colectiva de los aconteceres, según masas o pueblos, más cercana a la sociología o a la antropología que a la historia tradicional. Lógicamente los dos conceptos, el de la multiplicidad o la individualidad de la historia, no debieran excluirse. Al contrario, cabría fundirlos en una especie de experiencia total, donde cupieran multitudes y personalidades, arte y política, credos y precios, armas y letras, hechos y esperanzas. En otras palabras, nada, porque todo es sueño.
—¡Y si no lo fuese, señor Presidente! ¡Y si no lo fuese!
—Debe serlo, monseñor. Creo que puedo probárselo.
—¿Puede usted?
—Así lo imagino, al menos. Repare usted en que este concepto de la historia, como experiencia absoluta del pasado, equivale sencillamente a la literatura. Ésta, a su vez, no es ni más ni menos que la síntesis de idéntica experiencia en supuestos fingidos.
—¡Nos perdemos en un mar de palabras!
—De ningún modo. Nos aproximamos a las últimas verdades, las que prueban la inexistencia de todo. Tomémonos a nosotros dos, a modo de ejemplos. Usted, monseñor Pierre Marie Théas, obispo de Tarbes y de Lourdes. Yo, el doble del farmacéutico de Gerona, alguien de cuyo nombre no alcanzo a acordarme. En este Hotel du Midi y de Montauban, no dialogamos como dos seres vivos, que a la vez y por añadidura fuesen personajes históricos, sino como protagonistas de ficción. ¿Hacemos historia o hacemos literatura, monseñor? Quizá poco importe el distingo, si literatura e historia resultan crónicas, en distinto idioma, de la misma experiencia humana total. En otras palabras, como una vez se lo sugerí a Negrín, ¿no seremos meras criaturas de una fábula que trasciende? O, al revés, ¿no serán las criaturas de esta fábula monseñor Pierre Marie Théas, évêque de Tarbes et de Lourdes, y el doble de aquel farmacéutico de Gerona llamado Manuel Azaña?
—¡No! ¡No! —encalabrínase el obispo—. Existimos. ¡Somos reales! Por serlo, enloqueció usted de miedo, en su agonía, desesperándose por vivir. Por serlo, anhelo yo la inmortalidad, aunque tema condenarme por orgulloso… ¡Condenarme!… Bien, debo hacerle una confesión, señor Presidente.
—¿Una confesión? ¿Usted a mí? —pregúntele atónito. El obispo barre la ironía en el aire con un ademán. Nervioso, pasea la vista por las monterías de la pared.
—Prefiero la condena eterna a la nada —admite al cabo.
—¿La nada? Si no somos nadie, monseñor —sonrío.
—¡Sí, señor Presidente! ¡Sí lo somos y aún lo seríamos si estuviésemos destinados a no ser en la otra vida!
—Reniega usted, monseñor.
—No blasfema quien afirma la vida, sólo quien la niega. Si yo fuese Dios, el único pecado que no le absolvería en confesión a un muerto sería el suicidio. Usted, señor Presidente, en sus sufrimientos de estos últimos años, ¿pensó matarse alguna vez?
—Nunca se me ocurrió, a decir verdad. El hombre de la carne en mí temía demasiado para imaginarlo.
—El hombre de la carne murió ahora; pero el del espíritu sigue aferrándose a la vida como a un clavo ardiente, aunque no crea en el mundo.
—Es cierto…
—Tan cierto como el propio mundo, como nosotros, alentando en éste. Comemos, defecamos, soñamos, amamos, desesperamos y esperamos. Somos una pizca de materia viva: una caña pensante, acaso con si alma inmortal.
—¿A quién habla usted, monseñor? ¿A mí?
—¿A quién si no a usted? —mírame asombrado.
—¿No habrá alguien más en esta alcoba?
—¿Quién?
—Digamos alguien que nos sueña.
—No. Alguien a quien soñamos todos y por eso debe existir y habernos creado — replica el obispo—; Dios, por crearnos, y hombre, a nuestra imagen y semejanza, por soñarlo nosotros, seres de hueso y alma.
—O acaso hombre a su vez soñado. Hombre así a nuestra semejanza e imagen, por ser nosotros criaturas de ficción.
—¿Por qué se obstina en llamarnos de este modo?
—Porque tales son nuestras señas de identidad, monseñor. No tenemos otras. Estoy convencido de que esta tarde de otoño, y nosotros enquistados en sus horas, somos parte de una novela, pergeñada dentro de muchos años, como en otra ocasión me persuadí de que mis disputas con Negrín eran sólo escenas de un drama aún no escrito.
—¿Se burla usted de mí?
—De ningún modo, monseñor. Dentro de mucho tiempo, casi medio siglo, alguien a quien desconoceremos escribe, muy lejos de aquí, nuestros debates. Somos los personajes de su conseja: una fábula titulada con mi nombre, si no yerro, aquel nombre que olvidé para siempre.
—¿Y no tenemos otra existencia, señor Presidente?
—Tampoco la tiene él, nuestro hacedor o cronista. Es a su vez parte del sueño interminable, ya sea de Dios o del demonio, que en el espacio decimos mundo y en el tiempo historia. Nos resurge las vidas, quizá con la inútil esperanza de detener ilusoriamente el gran sueño en nuestros días.
—¿Por qué escogería tiempos tan trágicos como éstos?
—No tiene opción, monseñor. Es hombre de mi habla y de mi tierra. La gente de mi sangre vivirá muchos, muchísimos años con la cabeza vuelta hacia atrás y la mirada fija en esta guerra, tratando en vano de explicársela.
—¿Por qué nos recrearía en una obra literaria y no en otra histórica?
—Desde dentro de la historia, advirtió acaso cuán trágicamente real era la ficción y cuán ficticios devenían hechos y credos.
—Aunque fuésemos meros personajes de novela, reclamaríamos la auténtica existencia, en nuestro fuero interno —córtame el obispo, mal domeñado un arrebato de exaltación—. ¡Querríamos vivir, ser reales!
—Pero no lo somos, monseñor. No tenemos más entidad que la de lo soñado en el sueño.
—Un sueño donde el sufrimiento seguiría siendo cierto, según su propia admisión.
—Eso, sí. El dolor nos es común a todos y estoy seguro de que trasciende el sueño.
—Casi me convenció usted en su desvarío.
—¿De veras?
—Sí; pero todavía me niego a creerlo. No somos caracteres ficticios, señor Presidente, sino criaturas de barro y de esperanza.
—No parece usted muy convencido.
—Lo estoy, amigo mío. Si fuésemos personajes de novela, ¿cómo terminaría nuestro soñador esta trágica farsa?
—El final me parece evidente e irrevocable. Yo muero bien pronto. Usted me sobrevive.
—¿Nada más?
—Sí, sí lo hay; pero esto basta en nuestro pleito.
—¿Y usted se resigna, señor Presidente?
—No, no me resigno. Se lo dije esta misma tarde. Ahora que feneció en mí el hombre de la carne, el del espíritu teme a su vez la nada y su vacío. Por eso le suplico que me confiese y me absuelva. Me culparé contrito de ser un sueño en un sueño.
—No disparate. Le repito, señor Presidente, que no puedo absolverlo si sólo por miedo se confiesa. Antes de poner en tela de juicio la vida eterna, debe aceptar la realidad del mundo.
—Apeemos toda hipocresía, monseñor, o terminaremos jurando sinceramente las mayores mentiras. Se le da un ardite que yo no crea en el mundo. Casi me atrevería a asegurarle que su fe en la tierra es pareja a la mía. Usted no me absuelve porque no me perdona el temor a la nada. ¡Quiere que crea en la inmortalidad para ayudarle a creer a usted! Para no sentirse tan aislado y perdido en su condición de parido perecedero y destinado a morir solo. Para que no vuelva a torturarlo su sueño de ser Papa: aquel que por arrogancia quizá lo condene al infierno de la nada, si existe la inmortalidad. ¿No es cierto todo eso, monseñor?
—¡No, señor! ¡No lo es, y usted no tiene derecho a perseguirme de este modo!
—¿Perseguirlo? ¿Qué daño puede hacerle un moribundo, que incluso olvidó su nombre, señor obispo de Tarbes y de Lourdes? ¿Acaso va a abandonarme ahora?
—No, señor Presidente, no lo abandono, pero le ruego que cambiemos de conversación.
—Perfectamente, hablemos de mí entonces. ¿Cómo me llamo? ¿Cómo llaman a la tierra donde presidí la República?
Vacila, restriégase las manos que palidecen y crujen, para sonrosarse en seguida por los nudillos. Levántase de pronto, con mucho runrún de ropas talares y párase, de espaldas a mí, ante la ventana.
—No —bisbisea—. No puedo decírselo todavía.
—¿Cómo me llamo? —repito casi en un grito—. ¿Cómo dicen a la tierra donde presidí la República?
—No puedo decírselo.
—Claro que no puede. Se lo impide un pavor supersticioso, que inútilmente trata de acallarse entrañas adentro.
—Acaso.
—Cierto sin duda alguna. Por razones que la razón no alcanza, teme que muera en cuanto recuerde mi nombre o el de mi país. Sería un buen final para nuestra novela. Bueno; pero poco convincente. Las cosas no ocurren así en la ficción, monseñor, sólo en la realidad: en la vida misma.
—Quizá —admite en voz aún más baja.
—Si usted calla, hablaré yo entonces. De hecho, sólo empecé a resumirme la postura. No creo en el mundo; pero temo el no ser, después de la muerte: el no ser soñado, o como le plazca llamarlo. Me aterra de hecho, y este dolor, que siento bien cierto, trasciende y confúndese con el sufrimiento universal.
—El dolor de un sueño.
—Exactamente. Esto es la historia por otro nombre: el dolor de un sueño. Un padecer tan real como la propia existencia del soñador de todo, sea éste Dios o el diablo. Ayúdeme a arrastrar mi congoja en estas últimas horas. Socórrame en esta soledad, en nombre de nuestra aflicción común, aunque usted sea sólo una sombra como yo mismo.
—Pero ¿cómo auxiliarlo? ¿Cómo?
—Absolviéndome de toda culpa, para librarme del terror de las tinieblas sin fin, de la nada inacabable.
Se encoge de hombros y le suena por la espalda la seda de la sotana. Sin volverse, replica:
—¿Cómo iba a hacerlo, si yo mismo dudo de la inmortalidad? Crea usted en este mundo y acaso así me ayude a creer en el otro.
—Estamos donde empezamos.
—Exactamente, señor Presidente.
Se hace un silencio de tarde decantada, mientras llega espaciosa la noche. Luego un reloj da horas y repican los martillos en la herrería. Siéntase de nuevo el obispo a mi cabecera, y saca de la bocamanga un pañuelo aromado a espliego de cómoda provinciana, donde las sábanas de hilo perfúmanse con membrillos. Suénase con la cabeza vuelta hacia el muro, y pregunta en un murmurio:
—Usted dijo antes que dentro del sueño de Dios o del diablo, éramos nosotros la pesadilla de un novelista.
—En efecto.
—¿Cómo lo dedujo, señor Presidente?
—No lo deduje. Lo soñé anoche.
Tose. Acariciase la frente sonrosada con las puntas de las uñas sin padrastros. Ensimismado, sacude la cabeza, con un gesto de mal sufrido escepticismo.
—Es todo muy extraño —admite al fin.
—¿Por qué, monseñor?
—Casi no sé cómo explicárselo. Parece un trabalenguas que de pronto se convierte en laberinto —antes de que prosiga, adivino cuanto va a decirme. Lo presagio casi palabra por palabra, con la certeza que se prevé la caída de la piedra en el aire y las ondas abiertas a su paso en el agua—. Yo soñé que usted soñaba que alguien nos convertía en personajes de su novela. ¿Qué significa todo esto, señor Presidente? ¿Quiénes somos y dónde estamos?
ME VISITAN EN PEDRALBES, cariacontecidos y circunspectos, Diego Abad de Santillán y Vicente Guarner.
Los tiempos, a no dudarlo, les justifican la adustez, pues el desastre se avecina por doquiera. Se hundió el frente de Aragón en marzo. El 4 de abril caía Lérida y el 15 el enemigo alcanzaba el Mediterráneo, por Vinaroz. Partieron la zona oriental y penetraron en Cataluña. Suyas son ya las centrales eléctricas de Tremp, que proveen de energía a esta zona. Un contraataque en aquel sector terminó, como todos, con nuestras fuerzas diezmadas en nuevo fracaso. En junio, perdimos Castellón y frustrose otra ofensiva en Extremadura. Burgos dijo que sólo avalaría la rendición incondicional, y el Nuncio presentó credenciales a Franco. El 18 de julio, hablé yo en el Ayuntamiento de Barcelona: «El daño ya está causado; ya no tiene remedio. Todos los intereses nacionales son solidarios, y, donde uno se quiebra los demás se precipitan en pos de la ruina, y lo mismo le alcanza al proletario que al burgués; al republicano que al fascista; a todos igual». Concluí pidiendo Paz, Piedad y Perdón. Por entonces, y en las fortificaciones de la Sierra de Espadán, detuvimos su ataque en el sector de Viver, cuando ya daban por caída a Valencia. Ahora vocéase por los cafés otro «sigiloso» empellón nuestro en el Ebro. Santos, mi secretario, me dice que en las Ramblas vio camiones cargados de barcas, camino de la estación de Francia. Será de nuevo la historia de siempre: un suceso jaleado que pronto acusa otra retirada. Entre tanto: más sangre, más dolor, más muerte.
Santillán es el teórico de la FAI, leonés, creo, aunque trasplantado mucho tiempo a Argentina. Le conozco el libro El organismo económico de la revolución, los expedientes policíacos y los años de cárcel que le enguijarran el camino. Fue consejero de la Generalidad en el 36, cuando los libertarios eran amos de Cataluña. Con Federica Montseny y García Oliver, medió en los sucesos de mayo, en pro de un alto el fuego. Desde entonces vive retraído y, según me dicen, insatisfecho con nuestra política de guerra. En septiembre de 1936, lo recibí con Sandino, uno de los militares que nos fueron fieles, en Madrid y en aquella terrible sala blanca que veía a la Puerta de Oriente. Compareció vestido de miliciano con la pistola al cinto; pero no dijo casi nada. Sandino tuvo salidas inesperadas en hombre de suyo tímido. Afirmó que cuatro mil milicianos de la CNT apercibían su marcha a Madrid para llevarse el oro del Banco. «¿Por cuenta de la Generalidad?». No; pero el oro tenía que depositarse en Barcelona. Vista la gravedad de las circunstancias y como solo remedio al desastre, debía yo hacerme dictador absoluto, para gobernar guerra y política. Traté de probarle que el plan era una insensatez.
A Guarner lo conozco desde hace más de veinte años. Sería por la otoñada del 16 cuando coincidimos en la cacharrería del Ateneo. Mílite y catalán, aunque nacido en Mahón o en Palma, me dijo que el rey lo exhortó una vez a ser buen oficial. De cadete y en Toledo, almorzaba los domingos con Barroso, Luis Serrano, Puente Bahamonde y su primo Francisco Franco. Estuvo en África y habla el árabe. Cuando yo era ministro de la Guerra, me propuso un ejército, remedo del suizo, con instrucción militar sin abandono de las propias ocupaciones, formando la infantería en los pueblos, y la artillería, tanques, zapadores, transmisiones y aviación en las capitales. Pedía también el reemplazo de la guardia civil por fuerzas motorizadas y blindadas, que fuesen a la vez elementos de exploración de las grandes unidades. «¡Qué horror!», recuerdo le dije. «¡Suprimir la guardia civil! Esto es un dislate». Desde entonces y hasta hoy, cuando se presenta con guantes blancos, no volví a verlo. Al comienzo de la guerra, era jefe superior de Orden Público en Barcelona. Fue luego subsecretario de Defensa de la Generalidad, en la conselleria de Sandino, y jefe de operaciones del Estado Mayor central. Dimitido por malquerencia de los comunistas, con quienes llévase a matar, dirige ahora la Escuela de Estado Mayor, en el antiguo casón de los escolapios de Sarriá. Después de breves deferencias con estos dos hombres que me desprecian o detestan, decido embregarme sin otro preámbulo.
—¿Por qué está con nosotros? —le espeto a Santillán—. Es anarquista, no republicano. La República no le debe nada ni usted a ella.
—Las cárceles de la monarquía eran más acogedoras que las de la República — replica con delgada sonrisa, los ojos acerados tras las gruesas gafas—. No creo en la bondad de ningún Gobierno; pero el civil es menos dispendioso que el militar. Por añadidura, estaba en juego la instauración de un régimen totalitario. Para los anarquistas no cupo alternativa. Por otra parte, es cierto que nada debo a la República. La única ley que usted no pudo aplicarme, señor Presidente, fue la de vagos y maleantes.
—Ustedes intentaron destruir la República apenas proclamada, sin concederle tiempo ni opción para realizar sus reformas. En enero de 1933, cuando la desdicha de Casas Viejas, preparaban una revuelta por todo el país. El porvenir, Santillán, no se abre con bombas de mano. Así sólo se arruina el presente. Entre tanto, pedía yo que alguien dejase de fusilar en esta tierra, y decidí empezar yo mismo.
—Por usted lo hizo la guardia de asalto en Casas Viejas.
—No por mí, sino a pesar mío —me embravezco y domeño—. No creerá lo de «los tiros a la barriga».
—No, no lo creo; pero el problema trasciende a las palabras. El miedo trae la injusticia y donde hay injusticia existe violencia. Ustedes lo sabían todo acerca de la revolución francesa; pero sentían un pánico cerval a la revolución. Su terror sólo valió para fomentarla. Su Gobierno, señor Presidente, fue extremista en los tratos con la Iglesia y reaccionario en la supuesta reforma agraria.
—Su revolución no salió menos ficticia cuando creyeron realizarla. Aquí, en Barcelona, nos remató una causa, perdida de antemano. No consiguieron hacerse de lleno con el poder y reemplazar un orden por otro. Limitáronse, por impotencia endémica y nacional, a subvertir el viejo, mientras delincuentes por vocación les pringaban el nombre con sus crímenes. Como es costumbre de la tierra, todo se redujo a fusilar de nuevo en nombre de la propia justicia.
—A la semana de empezada la contienda, pronuncié una conferencia en el local de la CNT–FAI. La titulé «No quería la prisión para mí y no la quiero para mis enemigos», para que nadie se llamase a engaño. Condenaría siempre a quien atentara contra la sociedad, dije allí, pero ¿puede pagar su falta este delincuente encarcelado o ejecutado? Pedí a aquellos anarquistas, compañeros míos, que suprimiesen las prisiones, tan innecesarias antes como entonces, cuando los perseguidos de ayer nos convertíamos, sin empacho, en jueces y carceleros. Les supliqué sin rebozo que no implantasen la pena de muerte si no deseaban perpetuarla como sistema. No quise cuartel para el enemigo, pero repudié todas las ejecuciones como fruto de repugnante crueldad. No obstante, repliqué a las denuncias comunistas cuando cargaban toda la sangre inocente a cuenta de la CNT y el POUM. Cualquier partido antifascista, para desdicha de todos, desde el Estat Català al POUM, incluidos el PSUC y la Esquerra, tenían entre los suyos asesinos y bandidos como los nuestros.
—Eso es cierto. Hace cerca de un año me visitó en la Pobleta Bosch Gimpera, el conseller de Justicia de la Generalidad y rector de la Universidad de Barcelona. Del patronato de ésta, dijo querer hablarme con urgente empeño; pero adiviné en él otro propósito. No tardó en manifestarlo cumplidamente. En Barcelona se había instituido un juzgado especial para investigar los crímenes del principio de la guerra. Recibiéronse denuncias, descubriéronse fosas clandestinas, practicáronse detenciones. «Mientras ello recaía en gentes de la FAI, todos felices —confesome Bosch—. Pero en varios casos encausaron también a miembros del Partido Socialista Unificado de Cataluña. Vidiella, el conseller de Trabajo que allí milita, puso el grito en el cielo. Tronó en el Consejo y dijo que los sumarios no podían proseguir, porque encarroñaban y procesaban la propia revolución. No se adoptó acuerdo alguno; pero Vidiella, en una nota para la prensa, pronunciose, por su cuenta, en nombre del Gabinete. La censura consultó al delegado de Orden Público, éste a Companys. Companys desautorizó la publicación; pero el delegado, a apremios e instancias de Vidiella, avaló el escrito e imprimiose en la prensa. Allí, y en nombre del Consejo, manifestaba Vidiella a «los familiares de algunos revolucionarios y antifascistas detenidos» que sus deudos, presos en virtud de los sumarios, serían pronto liberados.
—Para entonces escribía yo: «lo mismo que no se alcanza vivir sin pan y sin sal, no se puede vivir sin libertad y sin justicia» —replica Santillán—. Por justicia afirmo aún al hombre y creo en el prójimo, aunque sea mi enemigo. Para mí no es una entidad abstracta ni un monstruo vivo, sino imagen de mi propia carne.
—En eso estaríamos de acuerdo. En parecidas palabras lo aseveraba yo en mi discurso del 18 de julio, quizá el último que pronunciaré en mi vida: en una guerra civil no se triunfa sobre compatriotas.
—El exterminio de los vencidos es siempre imposible. Tarde o temprano resurgen entre los vencedores al compartir la sangre y la lengua. Esto es lo que el marxismo no comprende al proclamar la lucha de clases. Las revoluciones han sido en toda época combates fratricidas entre unos esclavos que querían quebrar sus cadenas y otros pagados para remarcharlas. Un proletariado revolucionario por naturaleza es mero mito. De ser cierto, desdeciría de los obreros y campesinos vueltos verdugos. Sobre la clase como ideal, se cimientan las cárceles de toda dictadura, incluida la del proletariado. Del pánico, en última instancia, deriva tal exclusivismo, eterno terror del prójimo, en defensa de los propios privilegios.
—Y de todo ello ¿qué resuelve usted?
—Los problemas nacionales exigen soluciones también de índole nacional — responde Santillán—. La tolerancia es el solo medio de convivencia entre «los dos países» ahora enfrentados dentro del nuestro. De la beligerancia de este par de herencias históricas, brotaron ciertos intelectuales que pretendieron situarse en limbos equidistantes de ambos extremos: un Martínez de la Rosa, con su Estatuto Real, en el siglo pasado, o usted, señor Presidente, con su Constitución de 1931. Tanto hoy como en días de Martínez de la Rosa, esos intentos están de antemano condenados a no satisfacer a nadie, ni a los unos ni a los otros. A mayor abundancia, sólo sirven para promover la guerra civil que pretendían evitar.
—Nadie se esforzó más que yo por cancelarla, una vez empezada —replico enojado—. Si bien cuanto hice resultó vano, lo admito. Aunque mi malogro fuese absoluto, como acaso lo sea bien pronto, mayor sería el fracaso de su revolución abortada. De ustedes es la campaña contra la formación de un ejército regular, sometido a la disciplina del Estado, porque tal ejército, decían, iba a ser el instrumento de la contrarrevolución. En el territorio dependiente del Gobierno, caían frailes, curas, patronos, militares culpados de «fascismo» y políticos de significación derechista. Juzgamos la licitud o la ilicitud de una guerra según los designios que persigue; pero las atrocidades cometidas por el resentimiento homicida no pueden someterse a tal criterio. No es menester apelar a él para reprobarlas ni es válido invocarlo para absolverlas. Como le dije una vez a Negrín, ese primitivismo de los instintos desdice la política, la suprime, la expulsa. No es dudoso que tales crímenes y desmanes causaron un quebranto irreparable a la confianza que el Gobierno tuviese en el extranjero, para una gestión útil en pro de la paz.
—Al dominarse el movimiento militar en las grandes ciudades, sobre todo en Barcelona, los partidos y organizaciones imaginaron la lucha ganada o poco menos —tercia Vicente Guarner—. Empezó entonces una política suicida en la retaguardia. Olvidando la guerra, nuestro fin primordial, cada bandería se apresuró a ocultar armas para prevalecer en la paz, que creía inmediata, con grave deterioro de los frentes desguarnecidos, donde todo fusil resultaría imprescindible.
—Todo esto, por desdicha, es de sobra sabido —le atajo.
—Desde luego, señor Presidente —prosigue Guarner—. Pero tales errores estaban en parte corregidos cuando ulcerose la salud militar con otro mal irreparable. Un partido, el comunista, antes de escasa fuerza, amparado por la política de la Unión Soviética inició una intensa propaganda, en las trincheras y en las instituciones de orden público, con el cebo de ascensos y cargos, para procurarse neófitos de poco limpios antecedentes y escasa valía. En resumen, pretendíase y preténdese convertir el ejército en hechura del partido.
—Tampoco ahora me descubre usted nada nuevo.
—Posiblemente; pero puedo ratificárselo con lastimosos ejemplos. En Sariñena, y en el frente de Aragón, en junio del año pasado, un comisario político me propuso el generalato a cambio de mi ingreso en el comunismo. Al mes, y en la batalla de Brunete, volvió a ofrecérmelo el propio José Díaz, secretario general del PC. «Comunistizaron», como se dice hoy, el entero frente de Aragón, prescindiendo de quienes desacatábamos el partido. Poco consiguieron a la vista de batallas como la de Belchite y de desastres como el de esta primavera. Por cierto que, llegados a Manresa los soldados fugitivos de aquel descalabro, les daban quince días de permiso en Barcelona, si se hacían comunistas. Como la pertenencia al partido no proporciona patente de aptitud, dotose al ejército, a ciencia y paciencia de sus dirigentes, de buen número de mandos incapaces de dirigir, como a veces se les confiaron, grandes unidades. En algunas, pese a la existencia de tribunales militares adecuados, llegose a fusilamientos clandestinos contra toda ley de guerra.
—Algún día se explicará la tragedia del militar profesional afecto a la República.
—Esa tragedia empieza por el comisariato —me interrumpe Guarner—. Un oficial ha de ser a la vez jefe, administrador y maestro de la tropa. Debe excluirse de las filas a quien no cumpla tales condiciones; pero nada se gana con ponerle de espolique un comisario, para que las realice, o deje de realizarlas, a su vez. El comisariato sólo empece la campaña con su proselitismo. Crea además una gigantesca maquinaria burocrática, sin manifiesta utilidad. Nos quejábamos antes de un efectivo de 22 000 oficiales. Contamos ahora con 45 000 más otros tantos comisarios. Entre comisarios, auxiliares, personal dedicado a servicios supuestamente industriales, afectos a administración civil o industrias de guerra, carabineros y Servicio de Investigación Militar, quedan fuera de filas más de un treinta por ciento de las levas. Después de Brunete, me encargaron Prieto y Rojo un informe sobre los efectivos de las brigadas internacionales. Acredité la existencia de 21 500 hombres, de los cuales menos de 9000 estaban en los frentes de batalla. Los demás se repartían entre sanatorios en las playas, talleres de vestuario y de granadas, redacciones de periódicos en diversos idiomas y varios centros políticos y administrativos en Albacete.
Por otra parte, la ayuda soviética no debería hipotecarnos la personalidad nacional. Sus técnicos son de mayor o menor valía y discreción; pero algunos exigen obediencia a nuestros oficiales e influyen abiertamente a la hora de dotar mandos y estados mayores con afiliados al comunismo. En prueba de ello, señor Presidente, existen, como usted sabe, divisiones enteras de esta ideología, con superior armamento, hospitales y equipos quirúrgicos propios y, sobre todo, manos libres entre los jefes para procurarse elementos de toda índole. Ése es el secreto de que resistan más que otras unidades análogas. Operaciones militares, traducidas luego en desastres, corrieron a cargo de los consejeros rusos, a quienes debe solicitarse apoyo material o moral, pero nunca confiarles la dirección de las compañas.
—Perfectamente, Guarner, ¿qué remedios aconseja usted, a sabiendas de mi incapacidad para procurárselos?
—Ante todo, señor Presidente, un cambio radical en las operaciones militares y en la política de guerra. Mientras no se proceda a la retirada de voluntarios, que propicia el Comité de No Intervención, deberán nombrarse jefes nacionales en las brigadas extranjeras. Los consejeros soviéticos pasarán a ser miembros de los estados mayores, bajo nuestra dirección, y los intérpretes los facilitará el Gobierno.
—Todo me parece consecuente aunque tardío. Mucho me temo hayamos entrado en un proceso de desvirtuación nacional, por completo irrevocable en lo militar y en lo político. Prosiga, por favor.
—Resulta imperativo el restablecimiento de la disciplina en toda su pureza, emparejada al castigo de la ineptitud de los mandos, sea cual fuere el partido que los ampare. Sanciónese a quien pistola en mano obligue a un grupo de artillería a tirar a cadencia superior a la permitida por el material, inutilizando varias piezas; a quien robe o saquee; a quien fusile ilegalmente, y a quien rehúse capacitarse para el mando que desempeñe.
—O para el caso, detente.
—O para el caso, detente, sí, señor. Urge también precisar las funciones del comisariato, para que no mermen nunca las responsabilidades propias del mando. Exigimos a la vez la reforma inmediata del servicio de investigación militar. Cúlpanlo con razón de inútil crueldad, mientras el espionaje enemigo campa por sus respetos en nuestra zona. El terror es siempre un oprobio y una arma desfavorable. La elección de agentes ignorantes sólo conduce a justificar sueldos por mero chismorreo. Por último, señor Presidente, la política militar tiene que ser de carácter exclusivamente técnico. Debe establecerse unidad de acción y de voluntad, para mayor eficiencia. Me refiero concretamente al empleo de fuerzas, elección de sistemas de guerra y teatros de operaciones, con independencia de idearios partidistas y aspiraciones de clase.
—¿Y todo esto, amigo Guarner, para perder igualmente la guerra?
Tarda lo suyo en contestarme. Presintió el replicato y sopesa la respuesta. Habla ahora despacio, como midiendo cada palabra con pie de rey, al cabo de larga pausa.
—Señor Presidente, una solución victoriosa, estrictamente militar, no se divisa hoy por hoy. No es dable imaginarla teniendo en cuenta medios, dificultades, errores y haciendo la guerra con padres de familia o verdaderos niños. Con todo, mientras quepa en la frontera el espacio de un pañuelo por donde pueda pasar una pistola para el ejército, soy partidario de proseguir la lucha.
—Perfectamente, le agradezco la franqueza y aun la comparto en los medios. Creo, no obstante, que discrepamos en los fines. A mi entender, sólo cabe resistir para concertar una paz justa. Cuando la realidad se vuelva del todo inexorable, debemos entregarnos y sucumbir.
No replica; pero tampoco apea la mirada ante mi encaro, erguido el ancho torso bajo la ajustada guerrera, las manos, enguantadas, inmóviles en los brazos de la silla poltrona, tapizada de rojo cereza. Quiebra el silencio Santillán:
—Recurrimos a la Presidencia de la República porque no podemos apelar al Gobierno, donde los sindicalistas carecen ahora de ministros. No cabe tampoco dirigirse al Parlamento, o a los partidos, dominados todos por la política del doctor Negrín. Queremos que nos sepa tan ajenos al servilismo, como inhibidos de responsabilidad en el desastre.
—Todos somos culpables de todo en esta guerra, Santillán. ¿Qué reformas propone usted en nombre de su organización?
—En el orden político, un Gobierno de significación nacional, no sambenitado como éste por su dependencia de la Unión Soviética, y compuesto de ministros ajenos a las presentes irresponsabilidades. Reclamamos también una política de solvencia financiera, opuesta al despotismo y la clandestinidad hoy imperantes. En el orden militar, nombramiento de un general jefe de los ejércitos de la República, previa remoción de los altos mandos actuales, a los dos años de derrotas; cese inmediato de todo proselitismo partidista entre la tropa, y empleo adecuado de oficiales postergados y perseguidos por su independencia ante el comunismo; llamada a filas, en los cuadros del ejército regular, de cuantos miembros de las fuerzas de orden público estén comprendidos en edad de levas y saneamiento administrativo de las industrias de guerra, para su mejor rendimiento.
—Perfectamente —acorto—. ¿Qué me aconsejan hacer ustedes?
—Asuma poderes absolutos, señor Presidente, como se lo propuso Sandino en 1936 —responde Santillán.
—Como a Sandino entonces, le diré que desvaría. A efectos prácticos y notorios, tales facultades se las arrogó ya Negrín. «Usted no me destituye —me dijo hace poco —. Si lo intenta, lo mandaré apresar, porque el país entero me apoya y sólo ante el país respondo». Soy un Presidente nominal y desvalido. Si no lo fuese, también rehusaría convertirme en dictador. Para mí la República era un régimen válido porque exigía sólo una entrega parcial del hombre a la realidad política. En otras palabras, permitía un sano fondo de escepticismo en las propias creencias: una duda perenne y metódica ante las realizaciones, donde poner a prueba los idearios. Ustedes requieren ahora que asuma poderes totalitarios. Eso es para mí del todo irrealizable, porque no puedo dejar de ser quien soy.
—Entonces —afirma Guarner en voz queda—, tenemos la guerra irremediablemente perdida.
—Vencer o ser vencidos son meros estados de ánimo —arguyo—. En otra ocasión, también se lo expuse a Negrín. Creo fue Francisco Manuel de Melo quien escribió que de todas las desdichas de la contienda civil la peor es, con mucho, la victoria.
—Desde entonces pasaron tres siglos —dice Santillán.
—Pasaron tres siglos, pero su verdad es todavía cierta, porque el futuro en este país suele parecerse al pasado —murmuro súbitamente exhausto—. Vivir aquí es volverse a bañar en la misma agua vieja que no mueve molino. Los del 98 repitiéronlo hasta la saciedad y, de joven, me sublevaba su pesimismo. Ahora lo comparto con creces.
—También escribió Bernal Díaz del Castillo: matarás y matarte han y matarán a quien te matase —asiente Guarner—. Lo cual, de hecho, viene a ser lo dicho por Francisco Manuel de Melo, a escala universal. El propio señor Presidente me descubrió el aforismo hace muchos años, en la biblioteca del Ateneo.
—Precisamente, precisamente —corroboro fatigado—. En otras palabras, víctimas y verdugos son intercambiables. Todo depende de quien detente el poder y las armas. Goya, un sifilítico y nuestro moralista más alto, lo advirtió a las claras. En el segundo grabado de Los desastres de la guerra, un pelotón de infantes franceses, bayoneta calada, cierra contra dos guerrilleros, de los cuales uno agoniza vomitando sangre. El título de la plancha es bien sabido: Con razón o sin ella. En la siguiente, los guerrilleros apuñalan y despedazan a hachazos los franceses caídos. Lo mismo, aclara Goya impaciente.
—El terror no puede reducirse a tan fáciles esquemas, al menos en nuestra época —protesta Santillán—. Si Goya tuviese razón, en su pesimismo tan parecido por cierto al de usted, señor Presidente, yo preferiría estar con las víctimas, quienesquiera que fuesen.
—Un egoísmo del todo inaceptable —opongo—. Ser víctima únicamente, en un mundo maniqueo como el nuestro, resulta fácil en exceso. Sin contar, claro está, con la manifiesta tendencia de los crucificados a convertirse en perseguidores, si sobreviven su sacrificio. Goya, en cambio, alienta y muere por igual en los inmolados y en sus asesinos. Todos en él son culpados y absueltos a la vez por su ira y su piedad.
—Es tan fácil morir sin haber muerto como matar sólo de pensamiento — interviene Guarner, sombrío—. Goya el hombre desmerece al lado del artista. Pintó sin reparos el retrato de Palafox y el de José I, el rey invasor. Cualquiera de los dos bandos tenía razones para encarcelarlo al menos.
—Quizá sea mérito de los dos el no haberlo hecho —desdigo—. Por otra parte, no admito al artista superior al hombre en el caso de Goya, pese a su grandeza creadora. En Los fusilamientos del 3 de mayo, políticamente está con el pelotón; como pintor, sin embargo, identifícase con los ejecutados y sobre todo con el descamisado que aúlla su verdad, ante la muerte; humanamente, sin embargo, comparte a un tiempo la suerte moral de los muertos y la de sus verdugos. En el horror de la guerra, aprende que es un asesino: su propio asesino. Con los invasores, Goya se fusila, degüella y viola. Con los invadidos, se ejecuta a la piedra, a la pica. Como todas las ideologías, la Ilustración, la clarté rayonnante, acaba en los patíbulos de los guerrilleros y Goya es allí el húsar que, abrazado a las piernas de un ahorcado, en la plancha más bestial de toda la serie, tira del muerto para regocijo de sus compañeros.
—Si la Ilustración, aquel fruto del despotismo ilustrado y del optimismo aristócrata del XVIII, concluye en las horcas de los guerrilleros —prosigue Santillán —, el pueblo le proporciona un epílogo no menos sarcástico, al final de la guerra. Gritará «¡Vivan las cadenas!» y aceptará sin chistar a los Cien mil hijos de San Luis, cuando Fernando VII los importe de la misma Francia, para defensa de su absolutismo. Sin embargo, ésta no es razón para renegar de él.