Azúcar quemado

Avni Doshi · Capítulo 1 de 10

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Azúcar quemado

Azúcar quemado

Avni Doshi

ePub r1.1

Titivillus 15-04-2022

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Título original: Burnt Sugar

Avni Doshi, 2019

Traducción: Raquel Vicedo

Diseño de portada: Holly Ovenden

Corrección de estilo: Harrys Salswach

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

 

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Para Nishi, Naren y Pushpa la Valiente

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Ma, ami tumar kachchey aamar porisoi diti diti biakul oya

dzai.

Madre, estoy tan cansada, tan cansada de presentarme a ti.

REHNA SULTANA, Mother

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Mentiría si dijera que nunca he sentido placer cuando a mi madre le ocurre una desgracia.

Sufrí por su culpa siendo una niña, y todos los males que la asolaron después me parecieron una especie de redención, un reequilibrio del universo destinado a restaurar el orden racional de causa y efecto.

Pero ahora no puedo igualar el marcador entre nosotras.

La razón es simple: mi madre está perdiendo la memoria y no hay nada que yo pueda hacer para remediarlo. No hay forma de que se acuerde de todo lo que hizo en el pasado, no hay forma de ahogarla en la culpa. Antes, sacaba a colación ejemplos de su crueldad, como si nada, mientras tomábamos el té y veía contraerse su rostro. Ahora, casi no es capaz de recordar las cosas de las que le hablo; tiene la mirada perdida, perpetuamente alegre. Cualquiera que esté presente me aprieta la mano y susurra: «Déjalo ya. No se acuerda, pobrecilla».

La compasión que despierta en los demás me produce acidez.

Tuve mis primeras sospechas hace un año, cuando empezó a vagar por la casa de noche. Su criada, Kashta, me llamaba, asustada.

—Su madre está buscando fundas de plástico —dijo Kashta en una ocasión—. Por si moja usted la cama.

Alejé el teléfono de la oreja y busqué mis gafas en la mesita de noche. A mi lado, mi marido seguía dormido y sus tapones para los oídos relucían como neones en la oscuridad.

—Debe de estar soñando —repuse.

Kashta no parecía convencida.

—No sabía que mojaba usted la cama.

Colgué el teléfono y ya no pude conciliar el sueño. Incluso en su locura, mi madre había logrado humillarme.

Un día, la chica que se encarga de barrer tocó el timbre de su casa y mamá no la reconoció. Hubo otros incidentes: cuando se le olvidó cómo se pagaba la factura de la electricidad y cuando dejó el coche en una plaza que no era la suya en el aparcamiento que hay debajo de su casa. Eso fue hace seis meses.

A veces tengo la sensación de ver el final, cuando no sea más que un vegetal pudriéndose. Se le olvidará cómo hablar, cómo controlar la vejiga y, con el tiempo, se le olvidará cómo respirar. Puede que la degeneración humana se pare y renquee, pero no da marcha atrás.

Dilip, mi marido, comenta que es posible que necesite ejercitar la memoria de vez en cuando. Así que escribo historias del pasado de mi madre en pedacitos de papel y los escondo en rincones por todo su piso. De tanto en tanto los encuentra y me llama, riendo.

—Me parece increíble que una hija mía pueda tener tan mala letra.

El día en que se le olvidó el nombre de la calle en la que ha vivido durante dos décadas, mamá me llamó para decirme que había comprado un paquete de cuchillas de afeitar y que no dudaría en usarlas si las cosas empeoraban. Luego, se puso a llorar. A través del teléfono oía los lamentos de los cláxones, los gritos de la gente. Los sonidos de las calles de Pune. Mamá empezó a toser y perdió el hilo de lo que estaba diciendo. Prácticamente podía oler los gases del autorickshaw en el que viajaba, el humo negro que despedía, como si fuera sentada a su lado. Por un momento, me sentí mal. No se me ocurre un sufrimiento peor: la conciencia del propio derrumbe, la mortificación de ver cómo se desvanecen las cosas. Por otro lado, sabía que aquello era mentira. A mi madre no le gusta derrochar. ¿Un paquete entero de cuchillas de afeitar, cuando con una era más que suficiente? Mamá siempre tuvo afición a mostrar sus emociones en público. Decidí que lo mejor era no pecar de extremista ni por un lado ni por el otro: le dije a mi madre que no se pusiera dramática, pero tomé nota del incidente para buscar las cuchillas y deshacerme de ellas más tarde.

He anotado muchas cosas referentes a mi madre: la hora en la que se duerme por la noche, cuando las gafas de leer se le resbalan por el tobogán grasiento de la nariz, o el número de hojaldres de Marzorin que se come para desayunar. Llevo tiempo fijándome en esos detalles. Sé cuándo se han eludido responsabilidades y cuándo se ha sacado brillo a la superficie de la historia.

A veces, cuando voy a verla, me pide que llame a amigas que llevan muertas mucho tiempo.

Mi madre era una mujer capaz de recordar recetas que solo había leído una vez. Una mujer capaz de memorizar variaciones de té que había visto hacer en otras casas. Cuando cocinaba, trajinaba con botellas y masalas sin siquiera leer las etiquetas.

Mamá se acordaba de la técnica que empleaban los vecinos memones para matar cabras durante el Bakra Eid en la terraza que había encima del antiguo apartamento de sus padres, para espanto del casero jainista, y de que el sastre musulmán de pelo tieso una vez le dio una palangana oxidada para recoger la sangre. Me describió el sabor metálico y cómo se había chupado los dedos rojos.

—Era la primera vez que probaba algo que no fuera vegetariano —me dijo.

Estábamos sentadas junto al agua en Alandi. Los peregrinos se lavaban y los dolientes sumergían las cenizas. El río turbio, del color de la gangrena, fluía imperceptiblemente. Mamá había querido alejarse de la casa, de mi abuela, de la conversación sobre mi padre. Aquello ocurrió en un ínterin, después de que nos fuéramos del ashram y antes de que me mandaran al internado. Por un tiempo, entre mi madre y yo hubo una tregua durante la cual aún era posible creer que lo peor había quedado atrás. Ella no me dijo adónde íbamos en la oscuridad de la noche, y yo no alcancé a leer el letrero pegado en la parte delantera del autobús al que nos subimos. Mi estómago se quejó, aterrado por que volviéramos a desaparecer por otro capricho de mi madre, pero nos quedamos cerca del río donde el autobús nos había dejado y, cuando salió el sol, la luz dibujó un arcoíris en las piscinas de gasolina que se habían formado en la superficie del agua. En cuanto arreció el calor, volvimos a casa. Los abus estaban frenéticos, pero mamá les dijo que no habíamos salido del recinto en el que vivíamos. La creyeron porque querían creerla, aunque su historia era poco probable, ya que el recinto donde se encontraba su edificio no era lo suficientemente grande como para perderse. Mamá sonreía mientras hablaba: no le costaba mentir.

Me impresionó que fuera tan buena mintiendo. Durante un tiempo, quise emular este rasgo de su personalidad; parecía la única cualidad útil que tenía. Mis abuelos interrogaron al vigilante, pero este no pudo corroborar nada: a menudo dormía cuando debía estar trabajando. Así que nos quedamos en un impasse, como tantas veces pasaría después, todos reafirmándonos en nuestras falsedades, convencidos de que nuestro interés prevalecería. Cuando volvieron a interrogarme más tarde, repetí la historia de mi madre. Aún no había aprendido a disentir. Todavía era dócil como un perro.

A veces hablo de mamá en pasado, aunque todavía está viva. Eso le haría daño, si pudiera recordarlo durante el tiempo suficiente. Dilip es su persona favorita en este momento. Es un yerno ideal. Cuando se ven, no hay expectativas que enturbien el ambiente a su alrededor. Él no la recuerda tal y como era: la acepta tal y como es y no le importa volver a presentarse si a ella se le olvida cómo se llama.

Ojalá yo fuera así, pero la madre que recuerdo aparece y desaparece ante mis ojos, es una muñeca que funciona con pilas a la que le falla el mecanismo. La muñeca se convierte en un objeto inanimado. El hechizo se rompe. La niña no sabe qué es real o con qué puede contar. Tal vez no lo ha sabido nunca. La niña llora.

Ojalá la India permitiera el suicidio asistido como en los Países Bajos. No solo por la dignidad del paciente, sino por la de todos los involucrados.

Debería estar triste en lugar de enfadada.

A veces lloro cuando no hay nadie cerca. Estoy de luto, pero es demasiado pronto para quemar el cuerpo.

El reloj que hay en la pared de la consulta del médico me llama la atención. La manecilla de la hora está en el uno. El minutero se encuentra entre las ocho y las nueve. La disposición no cambia en los siguientes treinta minutos. El reloj es un vestigio deteriorado de otro tiempo, averiado, jamás reemplazado.

La parte más diabólica es el segundero que, como una varita mágica, es la única parte del reloj que se mueve. No solo hacia adelante, sino también hacia atrás, atrás y adelante de forma errática.

Me ruge el estómago.

Oigo un suspiro procedente de las demás personas en la sala de espera cuando el segundero por fin deja de moverse, pero solo juega a hacerse el muerto por un momento hasta que vuelve a ponerse en marcha. Decido no mirarlo, pero el sonido de la manecilla resuena por la habitación.

Miro a mi madre. Dormita en la silla.

Siento cómo el sonido del reloj se mueve por mi cuerpo, y altera mi ritmo cardíaco. No es un tictac. Un tictac es omnipresente, es un pulso, una respiración, una palabra. Un tictac tiene resonancia biológica, es algo que puedo internalizar e ignorar. Esto es un tic-tic-tic, seguido de un largo silencio, y un tac-tac-tac.

La boca de mamá se abre sin forma, como una bolsa de papel.

A través del panel de cristal ondulado veo a un grupo de asalariados reunidos en torno a un escritorio estrecho, escuchando la crónica de un partido de test críquet. Aplauden, disfrutan de la gloria que transmite el locutor. El sonido del reloj vuelve a cambiar.

En el despacho del médico, nos enfrentamos a otro tipo de reloj. Uno que él dibuja en un papel en blanco, sin números.

—Rellene esto, señora Lamba —le dice a mi madre.

Ella coge el portaminas que el médico le ofrece y empieza por el uno. Cuando llega al quince, él le pide que pare.

—¿Puede decirme qué día es hoy?

Mamá me mira y luego vuelve a mirar al médico. Levanta los hombros en respuesta, y un lado sube más que el otro, en un gesto a medio camino entre un encogimiento de hombros y un tic. Cada síntoma de su degradación física me repugna. Miro las paredes color crema. Las titulaciones del médico cuelgan torcidas.

—¿O el año?

Mi madre asiente sin prisa.

—Primero el siglo y luego el año —dice él.

Ella abre la boca y las comisuras de sus labios apuntan hacia abajo, como un pez.

—Mil novecientos… —empieza a decir, y mira al vacío.

El doctor inclina la cabeza.

—Creo que quiere decir dos mil, ¿no?

Ella accede y le sonríe como si estuviera orgullosa de algún logro. El médico y yo nos miramos el uno al otro buscando una respuesta.

Dice que en casos especiales extraen líquido de la columna vertebral, pero que aún no ha decidido si mamá es un caso especial. En cambio, le hace escáneres, le saca sangre, revisa los orificios y las glándulas, y coloca el mapa de su cerebro sobre una caja de luz. Analiza sombras y patrones, y busca agujeros negros. Insiste en que mamá tiene el cerebro de una mujer joven, un cerebro que hace lo que se supone que debe hacer.

Pregunto qué se supone que debe hacer un cerebro. ¿Encender neuronas y chisporrotear con corrientes eléctricas?

Él entorna los ojos y no responde. Los músculos de la mandíbula hacen que parezca que tiene la cabeza cuadrada y una ligera sobremordida.

—Pero a mi madre se le olvidan cosas —digo.

—Sí, es cierto —responde, y empiezo a discernir un ceceo.

El médico hace un dibujo en una hoja de papel en blanco, una nube esponjosa que se supone que es un cerebro. Levanta el bolígrafo de la hoja demasiado pronto y las líneas curvas no se tocan por los extremos, como si la nube goteara.

—Es de esperar un deterioro cognitivo que se manifestará en pérdida de la memoria y cambios de personalidad. No diferirá mucho de lo que ya hemos notado. Lo que ya ha notado usted —aclara—. Lo que nota su madre todavía no está claro.

Con un lápiz, resalta las áreas donde la función sináptica está disminuyendo, donde las neuronas están muriendo. La prístina nube blanca empieza a parecer abarrotada. Ahora, la abertura que quedó al no completar la forma parece una bendición, un modo de dejar que entre algo de aire. Esboza el neocórtex, el sistema límbico y las regiones subcorticales con trazos desordenados. Me siento sobre las manos.

El hipocampo es el banco de la memoria y, en esta enfermedad, la cámara acorazada se vacía. La memoria a largo plazo no puede crearse y la memoria a corto plazo se desvanece en el éter. El presente se convierte en algo frágil que, un instante después, parece no haber sucedido nunca. A medida que el hipocampo se debilita, el espacio puede parecer distinto, distorsionado.

—¿Sabe si ha tenido alguna vez alguna lesión grave en la cabeza? ¿Ha estado, que usted sepa, expuesta alguna vez de forma prolongada a alguna toxina? ¿Tal vez a algún metal pesado? ¿Alguien más en la familia ha tenido antes algún problema de memoria? ¿Y algún problema inmunitario? Lo siento, pero es nuestra obligación preguntar por el VIH y el sida.

Las preguntas salen de su boca antes de que tenga tiempo de responder, y me doy cuenta de que al final lo que yo diga importa poco. La diligencia debida no cambiará lo que hemos hablado en este despacho, y el historial de mamá no será relevante para su diagnóstico.

Dentro de las curvas de la nube dibuja un asterisco. Junto a él, escribe «placa amiloide». Las placas son formaciones de proteínas que generalmente aparecen en los cerebros de los pacientes con alzhéimer.

—¿Ha visto alguna en el escáner? —pregunto.

—No —dice—. Por lo menos, todavía no. Pero a su madre se le olvidan cosas.

Le digo que no entiendo cómo puede ser eso, y en respuesta enumera algunos medicamentos. El donepezilo es el más popular. Lo rodea con un círculo tres veces.

—¿Cuáles son los efectos secundarios?

—Hipertensión, dolor de cabeza, problemas estomacales, depresión.

Mira hacia el techo y entorna los ojos, tratando de recordar algo más. En el dibujo, la placa amiloide no tiene tan mala pinta. Es casi mágica, una maraña solitaria de hilos. Digo esto en voz alta y enseguida me arrepiento.

—¿Su madre teje? —pregunta.

—No. Odia todo lo que suene a doméstico. Salvo cocinar. Es una cocinera maravillosa.

—Bueno, eso no le servirá de mucho. Las recetas, ya se sabe, es difícil seguirlas al pie de la letra. Tejer, una vez que se incorpora a la memoria muscular, puede conectar de otros modos determinadas partes del cerebro.

Me encojo de hombros.

—Supongo que puedo intentarlo. Aunque odiará la idea.

—Ya no hay nada escrito en piedra —dice—. Puede que mañana su madre sea una persona completamente distinta.

Al salir, el médico me pregunta si somos parientes de un tal doctor Vinay Lamba, un médico veterano de un hospital importante de Bombay. Le digo que no, y parece decepcionado, como si lo sintiera por nosotras. Me pregunto si habernos inventado un parentesco habría ayudado en algo.

—¿Vive su madre con alguien, un marido, hijos? —pregunta.

—No —respondo—. Vive sola. Por ahora.

—No te muerdas las uñas —dice mamá en el camino de vuelta a casa.

Vuelvo a colocar la mano derecha sobre el volante y trato de no cerrar el puño, pero mi mano izquierda se mueve automáticamente hacia mi boca.

—En realidad no es la uña lo que me estoy mordiendo, es la cutícula.

Mamá dice que no ve la diferencia y cree que es una lástima que mis dedos tengan ese aspecto, teniendo en cuenta que siempre estoy haciendo cosas con las manos. No deja de hablar durante todo el viaje y yo me quedo callada, aunque no escucho lo que dice sino más bien cómo lo dice, el ritmo y la duda de su voz cuando no dice lo que quiere decir, cuando se expresa mal, cuando intercala una reprimenda para enmascarar su propia inseguridad. Pide perdón, dice que la culpa de mis errores la tengo yo, me da las gracias y suspira mientras se masajea las sienes. Sus labios se hunden en la zona de la comisura donde le faltan dos dientes, y parece como si acabara de comerse algo amargo.

Le pregunto a mi madre con quién está hablando, pero no responde. Echo un vistazo al asiento de atrás, por si acaso.

En su apartamento tomamos té con galletas Digestive, porque son las favoritas de mamá y ha sido un día difícil. Le digo a Kashta que prepare una pasta de miel y jengibre porque me pica la garganta. Mi madre no dice ni mu cuando le doy estas instrucciones.

—Añádele un poco de cúrcuma fresca —suelta un momento después—. Con una rodajita del tamaño del prepucio de un bebé basta —dice apretando la uña del pulgar contra la punta del dedo corazón, midiendo la cantidad exacta. Luego baja los ojos hacia la taza de té y dibuja una elíptica en su firmamento con la cuchara.

—Por favor, no hables de prepucios —digo, y parto las galletas por la mitad.

—¿Qué tiene de malo un pequeño prepucio? No seas tan mojigata. — De cómo insultarme se acuerda perfectamente.

Su apartamento es un caos apacible. Junto el contenido de tres saleros en uno. Una colección de periódicos intactos descansa sobre la mesa del comedor de cuatro plazas. Mamá insiste en conservarlos, dice que algún día los leerá.

Vuelco una bolsita de judías mungo del mercado en un thali de acero y empiezo a separar las legumbres de las piedras. Kashta intenta quitarme el plato, pero la echo. Cuando termino, comienzo a separar las mungo por tonos: verde militar, gris pardo, beis. Mi madre mira los distintos montoncitos y niega con la cabeza. Me crujo los nudillos y sigo separando. Sé que no habrá ninguna diferencia cuando estén todas en la olla, pero ahora que he empezado ya no puedo parar, no puedo parar de buscar diferencias hasta que cada una esté donde debe, codificada, rodeada de sus familiares.

Mamá duerme la siesta en el sofá, y por un momento soy capaz de imaginar su aspecto cuando muera, cuando su rostro se afloje y el aire abandone sus pulmones. A su alrededor hay objetos, papeles, marcos de fotos llenos de caras que no ha visto en años. Entre estas cosas, su cuerpo parece inerte y solo, y me pregunto si actuar para el mundo hace circular la vitalidad, si la presión del público es lo que obliga a la sangre a bombear. Es fácil que a uno se le abran las costuras cuando nadie lo mira.

Mi antigua habitación se distingue del resto del piso, como un injerto de piel ajena. Al irme dejé un orden, una simetría que ella no ha sido capaz de descomponer. Sobre la pared, en marcos idénticos, los bocetos de unas caras en blanco y negro cuelgan separados por una distancia de cinco centímetros. La cama está hecha y paso las manos sobre las sábanas para quitar las arrugas, pero están planchadas en la tela.

Desde las últimas elecciones, mamá le grita a la televisión cada vez que aparece el nuevo primer ministro. Lleva su manto azafrán como el atributo de una deidad hindú: con pliegues estilizados siempre fruncidos por el mismo sitio. Él es el motivo, dice, por el que ella nunca ha conocido el verdadero amor.

Me despierto en la oscuridad. Mi teléfono está iluminado y tengo una docena de llamadas perdidas de Dilip. Luces centellean en la sala de estar. Mi madre debe de estar viendo bocas mudas moviéndose en la televisión.

El cielo está oscuro, pero el complejo industrial a quince kilómetros de distancia emana una luz rosada como preludio del sol. Mamá no está en el sofá cuando aparezco, sino de pie detrás de las finas cortinas, con su cuerpo presionado contra la ventana, y al principio no la veo. Las cortinas, con estampado de cachemir gris y blanco, la cubren en parte, dibujando sombras en su cuerpo. A través de la tela, veo su oscura marca de nacimiento, un disco oblongo que interrumpe su omóplato, una diana en su espalda. Su pecho no se mueve, como si no respirara.

Está desnuda y da un paso atrás para mirar su reflejo en el cristal. Mira mi reflejo cuando aparece junto al suyo y repasa los dos varias veces, como si no fuera capaz de ver la diferencia. A menudo los opuestos se parecen entre sí.

Le toco el codo y ella se estremece. Luego señala la pantalla del televisor, al hombre que ha silenciado con el mando a distancia.

—Estáis compinchados —susurra.

—Mamá.

Intento calmarla, alejarla del cristal, pero ella retrocede con una mirada salvaje, y no estoy segura de que reconozca mi rostro. Se recupera rápidamente, pero esa mirada basta para dejarme sin respiración. Durante un momento no ha sabido quién soy y durante ese momento no he sido nadie.

La convenzo de que vuelva a la cama y llamo al médico. Tiene la voz ronca. Quiere saber cómo he conseguido ese número. Nuestra llamada de repente parece íntima, como si hubiera cruzado una línea. Su mujer debe de estar a su lado, he interrumpido su sueño. Imagino qué se ponen para dormir, cómo se mueve esa ropa durante la noche. Noto que se me humedece la entrepierna.

—Mi madre no me ha reconocido durante un segundo —le digo.

—No es algo raro. Debe familiarizarse con el proceso.

La lengua parece grande dentro de su boca, su voz revela cierto fastidio y tengo la sensación de haber suspendido un examen.

Me paso el día dándole vueltas a ideas. La ciencia nunca me ha interesado, pero me entrego a la jerga sin mesura.

Busco la composición química de la medicina de mi madre, una serie de elegantes hexágonos y una molécula de cloruro de hidrógeno que cuelga como una cola. Desentierro los estudios con animales, diagramas de cerebros de ratas abiertos para representar su actividad mediante gráficos. Los pequeños comprimidos que debe tomar inhiben la colinesterasa, una enzima que descompone el neurotransmisor acetilcolina. Esto favorece reacciones que deberían mejorar determinados síntomas de la enfermedad.

La acumulación de acetilcolina en el cuerpo puede ser tóxica.

La acetilcolina se encuentra en pesticidas y en agentes de guerra química, comúnmente llamados gases nerviosos.

Una dosis baja de algo puede ser la panacea. Una dosis alta puede ser fatal.

Abro otra ventana. La Helicobacter pylori provoca úlceras estomacales y cáncer si se multiplica sin control, pero cuando está ausente por completo de los cuerpos de los niños, las tasas de asma aumentan.

Ojalá la moderación fuera un estado cómodo.

La lista de efectos secundarios es más larga de lo que sugirió el médico. Quiero volver a llamarlo, pero tengo miedo. Mi relación con él es tensa. ¿Puede llamarse a esto relación? Me resisto a dedicar demasiado tiempo a pensar en ello.

Hay grupos de chat dedicados a la retirada del donepezilo del mercado, en los que, entre otras cosas, se quejan de su ineficacia. En todas partes recomiendan el aceite de krill para la salud cerebral. Hay algo completo en la composición de este crustáceo minúsculo, esta criatura que mueve su cuerpo mediante patas que no son más que filamentos. El krill es mejor que el pescado, y un diagrama explica por qué: el cerebro prefiere la forma de fosfolípido que adopta el aceite de krill.

Copio las estructuras y las fórmulas químicas del aceite en un bloc de notas, pero mis dibujos difieren de los originales y parecen más krill que moléculas. El exoesqueleto es un éster etílico delicado, y tres ácidos grasos forman sus extremidades, que no dejan de moverse. Cuando intento proseguir con la compra del aceite, me llega una advertencia de que la compañía no se responsabiliza de los retrasos en la aduana india.

Me recuerdan que el aceite es fotosensible y que se estropea a altas temperaturas.

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Mi marido, Dilip, se crio en Estados Unidos y parte el roti con las dos manos. Lo conocí hace un par de años, después de que se mudara a Pune por trabajo. El traslado fue un descenso de categoría, pero no mencionó este dato cuando empezó a darme conversación en el German Bakery de North Main Road. No esperaba ver a nadie allí, ya que era domingo por la mañana y la gente no va mucho al café desde que estalló una bomba dentro en 2010.

Me instalé en una silla roja de plástico con mi ordenador portátil y él se deslizó en el asiento que había a mi lado. Sonrió. Sus dientes eran baldosas blancas y rectas. Me preguntó si sabía la contraseña del wifi y si podía invitarme a un café. Le dije que el café me ponía nerviosa, a veces charlatana. Me preguntó en qué estaba trabajando y, aunque no quería hablarle de mis dibujos, acabé por pensar que los artistas no podían tener miedo de compartir secretos con extraños.

Engulló su desayuno mientras me escuchaba y se echó hacia delante. La silla roja de plástico se tensó bajo su peso y su rodilla se cerró en un ángulo agudo. Nos miramos fijamente el uno al otro durante un rato y luego me preguntó si quería salir a comer ese fin de semana. La palabra comer me dejó descolocada, hasta que me di cuenta de que se refería a cenar. (Desde entonces, he aprendido muchas de sus expresiones).

Me preguntó si conocía algún restaurante en la calle del ashram.

—Sí, viví parte de mi infancia en el ashram. Conozco bien esa zona — respondí.

La cita fue agradable. Compartimos espaguetis, cocinados y emplatados como si fueran niditos. Las hojas verdes de albahaca estaban metidas en los bordes y los tomatitos asados rojos y amarillos en el centro, colocados como si fueran huevos sin eclosionar. Los altos banianos arrojaban sombras alrededor del patio iluminado con focos y las caras de los comensales estaban oscurecidas. Teníamos una mesa escondida en el rincón, una que habría sido perfecta para una pareja que tuviera una aventura, tan perfecta que podrían haberse enviado mensajes de un solo carácter —un número que indicara la hora de la cita—, porque la ubicación no cambiaría.

Dije esto en voz alta sin censurarme y él lo encontró divertido, incluso creativo, y me preguntó si me gustaba inventar historias. «Comunicarme de la manera más eficiente posible siempre me ha interesado», dije. Quería preguntarle si aquello era una cita. Por lo general, me acostaba con hombres que eran amigos o que había conocido a través de amigos, y seguíamos siendo algo entre amigos y amantes, pero nunca había de por medio un plato lleno de comida ni el pago de una cuenta.

Dilip cuenta la historia de manera diferente. O puede que la historia suene diferente en su voz estadounidense, con sus vocales redondeadas y su articulación exagerada. Describe la sensación que tuvo cuando me vio, dice que parecía una artista bohemia y recuerda que la camisa que llevaba puesta estaba manchada de pintura. Eso se lo inventó: nunca llevo la ropa con la que trabajo fuera de mi estudio. Y no soy pintora.

Dilip tiene tendencia a exagerar. Dice que su hermana es guapa, cuando sin duda no lo es. Se refiere a mucha gente que no lo merece como amable. Yo atribuyo este hecho a que él es guapo y amable. Dilip también habla de los millones de amigos que tiene en Estados Unidos, pero solo cuatro vinieron a Pune para nuestra boda. No es que me importara. La boda duró solo dos días, por insistencia mía, y su madre dijo que no era lo bastante larga para que el viaje valiera la pena. Sus padres y su hermana vinieron de Estados Unidos con media docena de parientes. Mi abuela dijo que los gujaratis de Estados Unidos no dan empaque a una procesión de boda.

Antes de casarnos, la madre de Dilip le dio a su astrólogo mi fecha y mi hora de nacimiento para asegurarse de que mis estrellas estuvieran alineadas con las de su hijo. Lo cierto es que mi madre perdió mi partida de nacimiento hace años, en la época en la que vivíamos en la calle y, como investigar en el registro oficial habría sido un engorro, nos inventamos lo que parecía una aproximación justa.

—Sé que estaba oscuro —dijo mamá.

—Eso reduce las posibilidades a temprano por la mañana o tarde por la noche —respondí.

Le dijimos a la madre de Dilip que nací a las 8:23 de la noche, 20:23 en hora militar, y nos decidimos por el 23 porque cualquier cosa que terminara en cero o en cinco podría parecer inventada. Cuatro meses antes de la boda, la madre de Dilip me llamó a casa:

—El pandit ha hablado conmigo —dijo—. Está muy preocupado.

Me habían hecho una carta astral, una carta que representaba el cielo en el momento de mi nacimiento. Descubrieron que Mangala, el planeta rojo, se encontraba en una posición peligrosa y ocupaba de lleno la casa del matrimonio.

—Eres una manglik, así es como llaman a los que son como tú —dijo.

Había interferencias, y me perdí el resto de la acusación. Me explicó que si me casaba con su hijo mi energía tempestuosa podría matarlo. Guardé silencio durante un rato, preguntándome si aquella era su forma de escaquearse: ¿le había pedido Dilip a su madre que me llamara y rompiera nuestro compromiso? Oía su respiración, sus labios húmedos abriéndose y cerrándose cerca del auricular. Tal vez esperaba una disculpa. No se la ofrecí.

—No te preocupes —dijo, cuando el silencio se volvió incómodo—. El pandit tiene un remedio.

Al día siguiente apareció un pandit en nuestra puerta. No era el sacerdote de mi suegra, sino un embajador local elegido para solucionar el problema.

—¿Qué es esto? —dijo mamá mientras lo veíamos colocar una estera tejida en el suelo del apartamento.

—Demasiado Marte —dijo el pandit—. Es malo para su marido.

—Supersticiones absurdas.

Mamá le quitó una barrita de incienso de la mano y empezó a agitarla alrededor de su cabeza. El hombre continuó su trabajo, imperturbable. Puso fruta en bandejas de acero. Luego flores. Leche. Había saris y telas bordadas de color rojo. Se sentó frente a una olla de barro y encendió un fuego con ghee, astillas de madera y papel de periódico.

El sopor del verano lo invadía todo y el interior del apartamento parecía una olla a presión. Estornudé y una bola de moco oscuro aterrizó en mi palma, espesa y sangrienta como un tumor. Estaba segura de que aquello era un mal presagio y deslicé la mano por debajo de la túnica para limpiármela en la piel. El pandit colocó distintas capas de tela roja y naranja sobre varios bloques de madera. Movió las manos rápidamente, haciendo esvásticas con granos de arroz crudos y colocó nueces de betel aquí y allá que representaban los planetas en el cosmos, y consagró todo con una bendición que no logré identificar.

Me senté frente a cuatro ídolos de bronce. No medían más de diez centímetros de alto y estaban envueltos en telas y guirnaldas.

—Hoy, este es su marido —dijo el pandit.

Miré a los dioses. Todos tenían casi la misma cara, salvo por Ganesh, cuyo colmillo se curvaba en una sonrisa.

—¿Cómo? ¿Todos?

—No, solo este. Vishnu. —El pandit sonrió—. Él absorberá sus malas energías, se casará con usted primero, para que su próximo marido no sufra.

Vishnu parecía delicado, con su nariz aguileña y su mentón corto.

—¿De verdad tengo que hacerlo? —le pregunté al hombre santo—. ¿No podemos simplemente decirles a todos que lo he hecho?

El pandit no respondió.

La ceremonia fue larga, más larga de lo que sería mi boda con Dilip unos meses más tarde, y hubo muchos cánticos. Di vueltas alrededor del fuego, sosteniendo la pequeña deidad en mis brazos, observando su rostro inmóvil. Un sencillo mangalsutra en el cuello y una línea carmesí de sindoor en la raya del pelo simbolizaron mi casamiento. Después de la ceremonia, me arrancaron el collar y la pasta roja se me corrió por toda la frente.

—Casada y divorciada —dijo el pandit.

Me miré en el espejo. El cierre del collar me había dejado una marca en la piel. Tenía la cara manchada de rojo. Aquel era un acto violento. El sacerdote me estrechó la mano. Luego pidió una donación y una taza de té.

Un mes antes de nuestra boda, acompañé a Dilip en el trayecto de cuatro horas hasta el aeropuerto de Bombay para recoger a su madre. Contrató a un conductor y alquiló un Innova enorme con aire acondicionado para que cupiera todo el equipaje. Cuando llegamos, su madre estaba de pie fuera acompañada de un botones, abanicándose con un folleto y ahuyentando a los taxistas. No era una mujer alta, pero llenaba el espacio que ocupaba, golpeaba a los transeúntes con los codos y bloqueaba el paso con su actitud avasalladora. La pamela, las sandalias, los pantalones y la camiseta eran todos del mismo tono de rosa. Me pareció detectar que tenía el ceño fruncido hasta que vio a su hijo. La pamela se le ladeó un poco cuando saludó con desmedido entusiasmo en nuestra dirección.

—¡No había vuelto en diez años! —dijo a modo de saludo.

No se durmió ni un segundo mientras conducíamos por la impresionante cadena montañosa de las Ghats occidentales, señalaba cada montón de basura que había a ambos lados de la autopista y hacía un gesto de desaprobación con la cabeza. Le dije que las colinas estaban preciosas durante el monzón, brumosas y húmedas por la lluvia, a pesar de que el cielo de verano era ahora una mediocre sábana brillante de color blanco. Su incredulidad se disparaba cada vez que pasábamos por las cabinas de peaje pues, recalcaba, se habían construido sin tener en cuenta la altura media de un vehículo o la longitud de un brazo humano, y hacían falta dos hombres como intermediarios para entregarle el dinero al empleado del peaje.

—Qué país —suspiró—. Supongo que es una forma de darles trabajo a todos. Contrata a tres donde solo hace falta uno.

Cuando llegamos a Pune, la amplia autopista decorada con vallas publicitarias de vivos colores dio paso a calles estrechas de pequeños negocios: moteles, restaurantes y tiendas de bicicletas salpicaban la carretera. Mientras esperábamos en un semáforo, dos chiquillos salieron de un suburbio improvisado cercano. Ambos se pusieron en cuclillas, frotándose los ojos y bostezando.

—Dios mío —dijo la madre de Dilip—, mira a esos. ¿Es que no pueden ir detrás de su casa? Hay un letrero de aseo justo allí.

Supuse que los aseos dejarían bastante que desear, pero no dije nada, con la esperanza de que el coche que teníamos delante se moviera. Pero no lo hizo, y a los dos chiquillos se les unió un tercer amigo, que se colocó más cerca de la acera.

—Esto es una locura —exclamó la madre de Dilip.

—No les hagas caso —dijo él, riendo.

—Sinvergüenzas —dijo. Y sacando su teléfono del bolso, empezó a grabarlos.

Me crucé de brazos, con la esperanza de que no se dieran cuenta, pero comprobé que sí lo habían hecho cuando los tres se pusieron de pie y miraron hacia nuestro coche al mismo tiempo.

Por suerte, el semáforo cambió. La madre de Dilip se echó a reír mientras nos alejábamos, y vio el vídeo varias veces durante el resto del viaje. Traté de desviar su atención —aquella era su primera vez en Pune— señalando la gran extensión verde de la base militar o la profunda sombra que nos envolvió al pasar por debajo de unos viejos banianos. Pune estaba en el interior y el aire era seco, frío en invierno y polvoriento en verano, pero nunca húmedo y pútrido como el que se sufre en Bombay. Sugerí una lista de lugares que podríamos visitar: la histórica fortaleza de Shaniwar Wada que había sido la sede de la dinastía local Peshwa, un templo de Shiva pequeño pero hermoso y mi confitería favorita en Main Street, por si le apetecía darse un capricho. Pasamos por el Pune Club, donde se celebrarían nuestra boda y el banquete, e hice lo posible por explicarle cuánto significaba para mí casarme allí, le conté que mis abuelos habían sido miembros del club durante más de cuarenta años y que, aunque mi madre nunca había mostrado interés por él, Dilip y yo pronto seríamos miembros. También había sido el sitio en el que Dilip y yo habíamos hablado de casarnos por primera vez, mientras tomábamos una cerveza después de darnos un baño un domingo por la noche. No mencioné otros recuerdos que tenía del lugar, como el de estar sentada mendigando al otro lado de aquellas puertas sagradas. Algunas cosas prefería guardármelas para después de la boda.

La madre de Dilip se asomó, asintiendo, y una leve sonrisa apareció en su boca. «Los británicos construyeron algunos edificios preciosos».

Las semanas previas a la boda fueron las más calurosas del verano. Solo los valientes se aventuraban a salir. Vacas, perros y humanos caían muertos por las calles. Las cucarachas pasaban a presentarnos sus respetos. El día en que mi suegra y Dilip vinieron a casa a comer era particularmente caluroso. Odié Pune por dar tan mala impresión. Me sentía responsable de todo lo aborrecible de la ciudad, cosas en las que antes no había reparado. No es que el calor fuera sofocante, es que era insoportable. No es que el aire fuera abrasador, es que era irrespirable. Creía que me había vuelto sensible a las carencias normales y la disfunción de nuestras vidas debido a los estándares y preferencias de Dilip, pero cuando llegó su madre me di cuenta de que con el tiempo él se había vuelto inmune a algunas molestias. Estaba nerviosa por cada fallo a la vez que era hiperconsciente de que algunos fallos quizá aumentaran el encanto de la ciudad. ¿Hasta qué punto quería tergiversar dónde vivía —y quién era yo—, y sobre todo, era capaz de identificar qué valía la pena enmascarar y qué no?

Dilip y su madre bebían agua de coco y nimbu pani ácido, ajenos al hecho de que me había pasado la semana anterior arreglando el desastre de casa que compartía con mi madre, pintando las paredes llenas de desconchones, descolgando espejos rajados y remendando fundas de sofá rotas.

A mi suegra le gustaban las prendas de colores inusuales y no había duda, los sombreros. Mamá ocultó una sonrisa con la mano cuando entraron, y yo tampoco fui capaz de ignorar lo absurdo del atuendo de la señora. Sabía que no se trataba de una mujer de excepcional gusto o agudeza y, sin embargo, el hecho de que desaprobara Pune me dolía.

Después de comer, nos sentamos en nuestra pequeña terraza y comentamos la lista de cosas pendientes para la boda. Era el momento del día en que los vecinos se apiñaban en sus balcones, que estaban diseñados para parecer cajitas apiladas unas encima de otras. Agitaban los brazos para ahuyentar a las palomas y a los cuervos, y toqueteaban la ropa que habían colgado para que se secara al sol de la tarde.

El sudor apareció en nuestros rostros. Tres pisos más abajo, veía la parte superior de una cabeza, la cabeza de una mujer, con el pelo ralo en la coronilla y una gruesa trenza entrecana que se envolvía sobre sí misma. Oía el ruido de su escoba, hecha de juncos atados, arañando el suelo mientras las hojas y el polvo crujían y caían, crujían y caían, en una especie de versión del orden previo. En el aire flotaba un humo que arrastraba el olor de combustible y basura quemándose, pero no hicimos ademán de entrar. Los sonidos del recinto eran suaves en comparación con el silbido grave que se elevaba procedente de las cercanas vías férreas cada vez que pasaba un tren.

Miré el cielo brumoso y traté de sentirme feliz, feliz de saber que, a pesar de haber pasado tantos años allí, por fin iba a marcharme. Miré a Dilip. Era guapo y alto de una manera que dejaba claro que había crecido en el extranjero. Gorras de béisbol, buenos modales y años de consumir productos lácteos estadounidenses. Me estaba salvando, aunque él no lo supiera. Su boca se abrió en una sonrisa por algo que dijo mi madre y vi sus treinta y dos dientes al completo, disciplinados por años de aparato en la adolescencia.

Más tarde, mientras comía un bol de rabri dulce y cremoso, mi suegra se volvió hacia mamá.

—Tara —dijo—, el pandit quiere hablar de la ceremonia. Me ha preguntado si tienes algún familiar, tal vez una pareja, que pueda sentarse en el mandap y entregar a la novia en tu nombre.

—No —respondió mamá—. Algún primo, tal vez. Pero yo puedo hacerlo perfectamente.

La madre de Dilip abrió y cerró la boca, cogiendo y soltando aire varias veces, antes de proseguir. Era un tic que tenía, como si necesitara reanimar las palabras antes de poder lanzarlas.

—Normalmente, cuando la madre es viuda, otros familiares se ocupan de esa parte de la ceremonia.

—Pero yo no soy viuda —dijo mamá.

La madre de Dilip dejó la cuchara. Su boca se abrió y volvió a cerrarse. Luego empezó a soplar ruidosamente, como si algo frente a ella estuviera ardiendo. Las tres miramos a Dilip, que estaba sirviéndose más postre, dejando un rastro de crema sobre la mesa.

—Me pareció que así sería menos controvertido —repuso después, cuando estuvimos solos—. Los indios en Estados Unidos a veces son conservadores. No quería contarles que tus padres están divorciados.

Desde el balcón del piso de mamá solía observar a los perros callejeros cuando volvía a casa del colegio. Por lo general holgazaneaban, con las patas mutiladas y las orejas mordidas, despatarrados con sus jaurías, moviéndose solo para esquivar los coches y los autorickshaws o para montar a sus madres y a sus hermanas. Supongo que esa fue la segunda vez que presencié el acto sexual, sentada con mi uniforme azul marino, observando la escena que se desarrollaba debajo, pero era difícil distinguir si se trataba de perros peleándose o fornicando. A veces había disputas cuando otros perros parias entraban en su territorio. Un gruñido de alta frecuencia o una rama que se rompía al pisarla los espoleaba y por la noche, ya tarde, cuando se suponía que estaba dormida debajo de mi mosquitera, los oía a ellos y sus gritos de guerra. Recuerdo que una mañana, de camino al colegio, vi una cachorrita sentada cerca de la entrada: la panza le palpitaba llena de gusanos y multitud de pulgas cruzaban el puente de su hocico. Donde debía estar la cola había un agujero sanguinolento.

Cuando me casé con Dilip heredé su familia, sus muebles y un nuevo clan de animales callejeros. Los perros que hay cerca de su casa son más tranquilos, están sobrealimentados y castrados gracias a la labor de un grupo de amas de casa de Pune. Olfatean el aire y la lengua les cuelga, ocultando sus colmillos. De vez en cuando, se mordisquean los genitales los unos a los otros y gimen pidiendo comida.

Me mudé al apartamento de Dilip en junio, antes del monzón. Las lluvias llegaron tarde. Mala señal. Aquel sería un mal año. Los periódicos informaron de que los granjeros culpaban a los sacerdotes de no inspirar a los dioses, y los sacerdotes culpaban a los granjeros de no ser devotos. En la ciudad no se hablaba mucho de estas cosas, sí de la crisis climática. El río que fluye cerca sube y baja con cierta regularidad, pero el monzón arroja un aluvión de agua marrón atronador.

Cuando Dilip me lo come, restriega la nariz contra mis labios e inspira.

—No huele a nada —dice.

Está orgulloso de esta cualidad, dice que es inusual y que puede que sea una de las razones por las que podía imaginarnos estando juntos. Su vida ahora está llena de olores intensos, en el trabajo e incluso cuando coge un ascensor, y para él es un alivio que yo no huela después de hacer ejercicio y en situaciones de alto estrés. Creció en Milwaukee, y allí sus oídos no conocían más que los bastoncillos suaves y la quietud suburbana. Pune, dice, es muy ruidoso, muy penetrante, pero sus sentidos pueden lidiar con la arremetida siempre y cuando nuestro hogar lo devuelva a lo neutro. Le dice a todo el mundo que no hubo cambios significativos cuando me mudé a su apartamento, que mi vida se fusionó con la suya impecablemente.

Consciente de su miedo a los cambios, introduje modificaciones con mucho cuidado: primero, me deshice de cualquier sábana o toalla que pudieran haber usado otras mujeres; después, de libros o prendas de vestir que estas pudieran haberle regalado. Los libros generalmente adoptaban la forma de poemas de amor no correspondido y podían detectarse por una nota escrita en la primera página. Poco a poco fui eliminando cualquier huella de su existencia: fotografías antiguas, cartas, tazas, bolígrafos de habitaciones de hotel, camisetas con los nombres de las ciudades a las que habían viajado juntos, imanes en forma de monumentos, hojas conservadas entre páginas, colecciones de conchas pálidas guardadas en frascos y procedentes de vacaciones en la playa. Estas medidas fueron extremas, pero quería un hogar y un matrimonio sin bordes grises y difusos.

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Mi madre coloca una berenjena en el fuego y vemos las llamas alimentarse de su piel púrpura. La carne beis del interior se ahúma. Mamá separa las semillas y las tira a la basura. Me maravilla que no se queme los dedos. Sobre una tabla de plástico blanco, corta chiles y cebolletas frescas. La tabla está manchada de cúrcuma y todavía queda un poco de tierra entre las capas del tallo de la cebolla, pero me dice que no sea tiquismiquis. Fríe semillas de comino en aceite y las echa sobre la berenjena humeante; después, hojas de cilantro en pedazos. El aceite salpica a los lados. Toso mientras mezclo el contenido del bol. Mi criada, Ila, se ajusta el sari y suspira. Se pone a limpiar el desorden que hemos creado mientras nosotras llevamos los platos hasta la mesa del comedor, a la que está sentado Dilip.

Mamá no viene a casa a menudo. Dice que el salón la perturba, especialmente los espejos que tapizan las paredes, que reflejan todo en múltiples direcciones. Para Dilip, los espejos fueron un punto a favor cuando estaba buscando casa, una señal de que había triunfado y la culminación de todas sus fantasías con los espejos y el porno. Para mi madre la habitación está demasiado viva, con cada objeto y cada cuerpo replicándose cuatro veces, con cada réplica repitiéndose a su vez en el reflejo. Se sienta a la mesa y sus pies se agitan inquietos, trepan uno sobre el otro como ratones escapando del calor del mediodía. Por mi parte, me he acostumbrado a los espejos, incluso he comenzado a depender de ellos cuando Dilip y yo nos peleamos, porque ver a un reflejo gritar es como ver la televisión.

—Bueno, mami —dice Dilip—, ¿cómo te sientes?

Llama a mi madre «mami», igual que a la suya. Al principio me rebelé, pero llamar a dos mujeres «mami» y a dos lugares «casa» se le hacía más fácil.

Mi madre intenta hablar con acento americano cuando Dilip anda cerca. Cree que si no, él no la entenderá, y si él intenta hablar en hindi ella le responde en inglés. Mamá trata de imitar sus vocales del Medio Oeste y sus pausas, la prueba fehaciente de que da por hecho que el resto del mundo esperará con paciencia a que termine la frase.

—Francamente, hijo, cuando el doctor me dio la noticia, empecé a temer lo peor. Hasta hice planes para quitarme la vida; pregúntale a ella, ¿no es verdad? Perdóname, no quiero que te siente mal la comida, come primero, come primero, ya hablaremos después. ¿Cómo está el aamti? No demasiado picante, espero. Bueno, respondiendo a tu pregunta, al principio tenía miedo, pero ahora no creo que esté realmente enferma. Me siento muy bien.

Dilip asiente y mira al espejo que tiene delante.

—Me alegra mucho oír eso.

—Mamá, el médico dice que se te olvidan cosas.

—Los escáneres eran normales.

—Sí, puede que los escáneres fueran normales, pero…

—¿Por qué sigues insistiendo en que estoy enferma? —Sostiene una rodaja de cebolla cruda en la mano, que vuelve a caer en el plato mientras habla.

—Se te olvidan cosas. Se te olvida cómo se hacen algunas cosas, cosas básicas, como usar el móvil y pagar la factura de la electricidad.

—Bueno, en realidad nunca he sabido cómo se pagaba la factura de la electricidad. Estas cosas por internet son demasiado complicadas.

Apoyo las manos en la mesa. Eso no se lo dijo al médico.

—¿Y qué hay de lo de llamar a Kali Mata? Me pediste que marcara el número de una persona que lleva diez años muerta.

—Siete años —dice, y se vuelve hacia Dilip—. ¿Ves cómo miente?

Dilip desplaza la mirada de una a la otra. Cuando frunce el ceño, la cicatriz de una vieja lesión de lacrosse le brilla en la sien.

—No estoy mintiendo.

—Sí estás mintiendo. Lo haces todo el tiempo. Eres una mentirosa profesional.

Dejamos a mamá en su casa después de cenar y Dilip tararea bajito. No identifico la melodía, así que lo interrumpo.

—¿Qué te parece lo que ha dicho?

Hace una pausa y luego responde:

—Puede que no crea que está enferma.

—No hay duda.

—No eres una autoridad en la materia.

Duele que mi carencia sea tan visible.

—No he dicho que sea una autoridad. El médico dijo que está enferma.

—Creía que el médico había dicho que tiene el cerebro de una mujer joven.

—Pero se le olvidan cosas, cosas importantes.

—¿Importantes para quién? Tal vez quiera olvidar, tal vez no quiera recordar que su amiga está muerta.

—De cualquier forma, se le olvidan cosas.

Noto que mi tono se ha vuelto agudo.

—Olvidar algo voluntariamente no es lo mismo que tener demencia, Antara.

—Eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué querría olvidarme?

Dilip respira hondo y niega con la cabeza.

—Tú eres la artista, abre la mente.

—Me ha llamado mentirosa.

—Bueno, ¿tu arte no va de eso? ¿De cómo no se puede confiar en la gente?

Le ha cambiado la expresión. Parece decepcionado. Trato de poner la misma cara que él, pero no me sale, así que me muerdo la uña del dedo corazón o, más exactamente, la zona de la cutícula. Dilip alarga la mano y me baja el brazo.

Mi arte no va de mentir. Va de recopilar datos, información, de encontrar anomalías. Mi arte va de mirar en ese lugar en el que los patrones dejan de existir.

Antes de casarme, mi abuela me dejaba usar una habitación de su casa como estudio. El cuarto era acogedor, oscuro y luminoso en la proporción justa, el lugar en el que había nacido mi interés por coleccionar siendo niña, rodeada de los objetos que habían dejado a su paso los habitantes fallecidos del bungaló en el que ahora vivían los abus. Bombillas de tungsteno, pilas, cordones, bolígrafos, sellos, monedas. Comenzaba buscando las fechas y los diseños de estos objetos, perdiéndome en enciclopedias de energía y patentes en la biblioteca, y siempre terminaba lejos del punto de partida. Para evitar estas digresiones, empecé a dibujar los objetos yo misma, detallándolos tal y como los veía, copiándolos con la mayor fidelidad posible. Puede que tenga mala letra, que mi caligrafía sea demasiado mecánica, que carezca de florituras, pero tengo la mano firme y precisa. Empecé a coleccionar insectos muertos, que son sorprendentemente difíciles de encontrar enteros e incorruptos. Una de mis posesiones más preciadas es una serie de polillas fosilizadas en cera que guardo en un frasco de vidrio.

Los museos reúnen objetos que fueron un hito —el primer teléfono móvil, el primer ordenador—, supuestamente para exhibirlos en el futuro (dando por hecho que los museos tengan cabida en el futuro). Crecí en una época de teléfonos fijos y relojes Swatch y tengo mis propias colecciones: botellas de vidrio con los rótulos de Thums Up y Gold Spot para cuando estas marcas ya no existan, pero también limpiadores linguales antiguos y libros de autógrafos en colores pastel en los que les pedí a desconocidos que me firmaran por la calle siendo una niña.

Dilip dice que si los volcanes de todo el planeta empezaran a entrar en erupción, cubriendo la corteza terrestre de kilómetros de escombros, y nuestro piso fuera lo único que se desenterrara en el futuro, los arqueólogos se preguntarían por las extrañas preocupaciones de sus antepasados. Le digo que los estadounidenses inventaron el concepto de acumulación y lo convirtieron en una forma de arte.

Dilip me dijo una vez que en Estados Unidos ya nadie usa limpiadores linguales, porque utilizan los cepillos de dientes para retirar la babilla blanca. Dice que debería probarlo, que es más fácil tener un utensilio para la boca que dos. La idea me perturba y le pregunto por la contaminación cruzada. Se encoge de hombros. La boca es un agujero, una habitación, una ciudad. Lo que pase en un lado repercutirá en el otro. Le digo que si ese es el caso, no le importará que le vacíe el contenido de un vaso de agua en el regazo.

Cuando me mudé a su piso, Dilip me dijo que usara la habitación de invitados como estudio. De todos modos, casi nunca tenía invitados.

—Además, me gusta la idea de que estés todo el día en casa —añadió.

La habitación es sobria, soleada, no es lo que uno podría esperar de un lugar donde se hace arte. El armario se ha transformado en mi gabinete de curiosidades, el sitio en el que almaceno y guardo mis objetos, algunos en cajas, otros en recipientes de plástico estériles. Hay carpetas llenas de fotos, divididas por tema, categoría y fecha en la que se hicieron. La habitación en sí tiene un escritorio de madera y una silla que Dilip se trajo a casa del trabajo. En la pared hay un calendario donde tacho el día una vez que termino la jornada.

Llevo trabajando en un proyecto los últimos tres años, y no tengo ni idea de cuánto se prolongará. Comenzó por accidente, después de dibujar la cara de un hombre a partir de una foto que encontré; pero al día siguiente, cuando fui a comparar mi obra con el original, no había ni rastro de la foto. La busqué durante todo el día, sin éxito. Cuando llegó la noche me di por vencida. Cogí otro papel —el único en el que trabajo, nada lujoso, hecho en China, pero que aguanta bien el grafito— y dibujé la cara a partir de mi propio dibujo, copiando mi obra tan fielmente como pude, el sombreado minucioso, el grosor exacto de la línea. Este ejercicio se ha convertido en una práctica cotidiana. Cojo el dibujo del día anterior y lo copio lo mejor que puedo, lo fecho, devuelvo los dos al cajón y hago una cruz en el calendario. Hay días en que tardo una hora, y hay días en que tardo varias.

Cuando ya llevaba un año con el proyecto me invitaron a exponer las obras en una pequeña galería en Bombay. La comisaria, que también es amiga, comparó las dinámicas del tiempo y la duración de mi trabajo con On Kawara, y dijo que se trataba del diario de una artista, frase que usó para el título de la muestra. Pensé que la conexión con On Kawara era errónea. Su trabajo es mecánico, sin que la mano humana se implique de ningún modo. Mi trabajo celebra la falibilidad humana. Si On Kawara habla de contar, yo hablo de perder la cuenta. La comisaria no quiso entrar en eso: el ensayo para el catálogo ya había sido corregido, y dijo que hacer el tema más complicado no ayudaría a vender en aquel ambiente. Un coleccionista mostró interés antes de que la exposición se inaugurase: dijo que ese tipo de obra que se construye gradualmente era muy importante en ese momento.

La serie no se vendió.

Yo le echo la culpa al título. Un diario. ¿Qué narices significa eso? Un diario suena insignificante, ridículamente infantil. ¿Quién quiere gastarse dinero en un diario? En serio. Ni siquiera consideré nunca la obra como un diario. Confieso que solo estaba pensando en lo imposible que es para la mano y el ojo humanos conservar cualquier tipo de objetividad. Pero ¿no es eso lo que ocurre siempre? Cómo se concibe algo y cómo lo recibe el otro casi nunca coincide.

Me vestí cuidadosamente para la inauguración, traté de estar seductora sin enseñar piel, y no me sentía en absoluto preparada a pesar de saber que aquel era el día más importante de mi vida adulta. No le dije a nadie nada, pero mamá se enteró. Vino a la inauguración, se paseó por todas las salas y se paró frente a las trescientas sesenta y cinco caras. La primera y la última imagen se encontraban en la parte delantera de la galería, colgaban a ambos lados de la entrada y establecían un diálogo sobre la diferencia. Podrían haber sido las representaciones de dos hombres diferentes, de dos caras diferentes, hechas por las manos de artistas diferentes. Mi proyecto de copiar perfectamente había sido un fracaso, y precisamente porque era — tenía que serlo— un fracaso, la escena artística local lo consideró un éxito tremendo. Unos cuantos periódicos publicaron críticas breves, lo calificaron de emocionante y compulsivo, comentando que era tan perturbador como fascinante, preguntándose durante cuánto tiempo se prolongaría.

Mamá lo llamó mi juego del teléfono escacharrado.

Cuando regresé a Pune casi una semana después, mamá empezó a gritarme y me atacó con un rodillo. Llorando, me dijo que yo era una traidora y una mentirosa. Quería saber por qué había montado una exposición como aquella.

Sosteniendo el rodillo que le había arrebatado a la fuerza, me senté en el borde de la mesa del comedor, tratando de recobrar el aliento. ¿Qué problema había?, le pregunté. ¿Por qué no podía hacer el tipo de arte que quería?

Aquel día me dijo que me marchara de su casa, y no volvimos a vernos hasta que una tarde llegué acompañada de Dilip para decirle que estaba comprometida.

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Decido ir a ver a mi padre para contarle el diagnóstico de mamá. Su bungaló en Aundh, al otro lado de Pune, está rodeado de árboles y unas ardillas muy molestas, y los simulacros de las fuerzas aéreas que suenan por encima de nuestras cabezas hacen temblar las ventanas. En la sala de estar un gran reloj de pie escupe un pájaro y una canción de cuna alemana cada hora en punto.

Las cejas de mi padre están cosidas a su frente con un hilo grueso y oscuro.

—Ayer llamé cinco o seis veces.

Asiento. Estoy acostumbrada a ese tipo de reprimenda por su parte, y cinco o seis es una aproximación a cualquier número. No escucho con atención los detalles de lo que dice. Estoy acostumbrada a compartimentar a mi padre en estas breves visitas y a relegar su rostro a un rincón de mi psique.

No se hace ninguna pregunta explícita. Al reproche de su voz, respondo:

—Estaba en el médico con mamá.

Los sofás del salón están dispuestos como en la sala de espera de una estación de tren, y estamos sentados uno frente al otro. Golpetea los dedos entre sí, esperando a que añada algo, y yo me inclino hacia delante y le entrego el informe del médico. Lo abre con lentitud y dedica un tiempo innecesario a la funda de plástico, despegando con cuidado el lateral encolado del sobre. Cuando el papel se rasga ligeramente aguanta la respiración durante un segundo, como si se hubiera cortado él, y examina el desgarrón con pena. Luego lee las hojas de dentro, sosteniendo el papel a distancia y moviendo los labios.

—Triste, muy triste —dice cuando ha terminado—. Dime si hay algo que pueda hacer, o si hay alguien a quien pueda llamar.

Lanza los papeles a la mesa que hay a su lado y me pregunta si quiero más té. Niego con la cabeza y rompo la película color caramelo que se está formando en mi taza con una cuchara.

—Es una lástima —continúa—. Me gustaría implicarme. Pero nada de esto fue idea mía.

Esto no es nada nuevo, y siempre va acompañado de un reproche de su parte: se exonera de responsabilidad o elección en todas las situaciones pasadas, presentes o futuras al principio de cualquier conversación que podamos tener. Pretende desviar cualquier culpa que yo pueda querer achacarle. No sabe que siempre me vacío los bolsillos de esas cosas antes de cruzar el umbral de su casa, que incluso una vez que estoy dentro sé que sigue habiendo una puerta cerrada frente a mí.

Me pregunto si realmente cree que no puede elegir, si asumirá la responsabilidad de alguna decisión de su vida. La historia contada desde un único punto de vista, la individualidad de la voz con la que me habla, siempre me ha resultado dolorosa e interesante. Me pregunto qué voz habla en su cabeza.

La mujer de mi padre entra en la habitación en ese momento y él se calla. Ella me abraza y me da una palmadita en la espalda. Su hijo también aparece, y se sienta frente a mí.

Los brazos de la mujer le cuelgan a los lados como alfileres. El niño ya no es el bebé que siempre pienso que es, sino un adolescente de esa edad en la que es difícil estar segura de qué edad tiene. No nos parecemos, salvo quizás en el tono de la piel. Siempre he pensado que mi padre y su nueva mujer se parecen, ambos son delgados y lanudos como jerséis tejidos con delicadeza. Sonrío a los tres rostros intercambiables.

Le pregunto a mi hermano por la universidad y, cuando responde, me doy cuenta de que le está creciendo vello en la barbilla. Rara vez me fijo en él, pues por lo general estoy centrada en mi padre. Y en su mujer. Las gruesas gafas bifocales apenas dejan verle los ojos.

Cuando me levanto para irme, mi padre se lamenta una vez más de la triste situación de mi madre y me dice que vaya a visitarlo con más frecuencia. Me lo repite cada vez que nos despedimos, aunque inevitablemente pasan seis meses antes de que volvamos a vernos.

De camino a casa me paro en Boat Club Road. El timbre suena como el trino de unos pájaros y oigo los zapatos Bata de la vieja Chanda graznar como patos de goma mientras viene hacia la puerta. Sonríe con la mandíbula inferior temblorosa y me pone la mano en la mejilla.

—Parece usted agotada —dice.

Voy al baño y me lavo la cara en el pequeño lavabo. Está inclinado, conectado a una tubería errática: una pequeña ocurrencia de porcelana de última hora. El grifo salpica hacia todos los lados, mojándome los pies. La pared de azulejos florales está descolorida, sucia y húmeda. El agua gris dibuja círculos alrededor del desagüe.

Abu está sentada en un charpai con las piernas cruzadas, con tres teléfonos inalámbricos frente a ella. Me ve y levanta la mano a modo de saludo. Las tres nos parecemos, mi madre, mi abuela y yo, salvo por las marcas que ha ido dejando el paso del tiempo. Hay sutiles variaciones: mi abuela tiene los tobillos gruesos y lleva el pelo engominado hacia atrás, la raya le brilla como un afluente grasiento. Mi madre tiene la piel clara y la parte de atrás de las pantorrillas poblada de pelos encarnados tan negros como semillas de mostaza. Yo soy la más oscura, y mis rizos solo se aflojan cuando están mojados.

Cuando me siento, abu se queja de que están levantando la calle para pasar un cableado. Dice que se trata de un chanchullo de la autoridad municipal. Cuando le pido que me explique de qué tipo de corrupción es culpable el gobierno local, niega con la cabeza y mira hacia otro lado.

—Crecí respirando el mismo aire que Gandhi —dice—. Soy incapaz de concebir cómo es la mente de un mafioso.

Habla inglés a trompicones, esa clase de inglés que se aprende viendo la televisión en vez de leyendo libros.

Sigo su mirada por la ventana. La estrecha calle está llena de bungalós baratos de dos pisos y de framboyanes de Madagascar en flor. El sol penetra, como lo hace la mayoría de los días, y absorbe el color del suelo de cerámica azul.

Ella y mi abuelo le compraron esta casa hace veinte años a una solterona parsi con brazos de malvavisco. La solterona no quería vendérsela a unos hindúes, pero no había más ofertas. Mis abuelos llegaron con sus muebles viejos: las sillas de mi abuela hechas de madera de sisu y unos armarios enormes de la marca Godrej a prueba de ladrones (ella todavía lleva colgadas las llaves de una cuerda en la cintura).

Los abus estaban deseando mudarse; su viejo piso todavía estaba habitado por los espectros de los líos de mi abuelo y de los numerosos niños nacidos muertos de abu, y los cortes planificados del suministro eléctrico eran el pan de cada día. Irónicamente, se mudaron a una casa que parecía ser víctima del hechizo de los antepasados muertos de la última propietaria: mi madre dijo que habían cambiado sus malos recuerdos por los de una extraña.

El día en que tomaron posesión de la casa, vi como los mozos —un grupo de una docena de hombres que vinieron con una Tempo Traveler para transportar las cajas— hacían una bola con los manteles de encaje y los empaquetaban. Los armarios abiertos dejaron al descubierto el contenido de muchas generaciones: bombillas viejas que ya no servían, adornos de plata sin pulir, juegos de té de porcelana en sus cajas originales. Las lámparas de cristal estaban cubiertas de una neblina de telarañas. Los hombres levantaron un sofá de chintz con los cojines hundidos que me recordó a la camiseta interior de calicó gris que llevaba debajo del uniforme del colegio. Dejaron tras de sí el olor de sus cuerpos al envolver los muebles en mantas viejas, mientras la dueña parsi descansaba olvidada en su silla de ruedas junto a la ventana, esperando a su enfermera.

Eso fue hace muchos años, pero la casa sigue despertando las mismas sensaciones, con ese tufo a almizcle extraño y una capa de polvo.

—Tengo que hablar contigo de mamá —le digo.

—¿Qué le pasa? —pregunta abu.

—Hemos ido al médico. Se le olvidan cosas.

—Eso es porque no está casada. A las mujeres se les olvidan cosas cuando no están casadas. —Luego añade—: De todos modos, lo de olvidar le viene de familia. Su padre era olvidadizo.

Me encojo de hombros sin estar conforme, aunque recuerdo que mi abuelo, a veces, le ofrecía distraídamente a abu el periódico, olvidando que no sabía leer, y ella, convencida de que se estaba burlando, respondía apartándolo de un manotazo y saliendo de la habitación.

—Esto es distinto —le digo—. El otro día se le olvidó quién era yo.

Ella asiente y yo asiento también, y juntas parece que insinuamos que algo ha quedado claro, aunque no estoy segura de qué es. La falta de comunicación aparece cuando se pierden las certezas. Sopeso si he dicho toda la verdad o si le he dado a algo un significado que nunca tuvo; si, con un par de palabras y un movimiento de la cabeza, he hecho que mi madre esté más enferma de lo que realmente está. Puede que eso no sea algo malo. Puede que todos necesitemos tener cuidado, estar alerta.

Sopeso si compartir con ella lo que pasó en la consulta del médico, si dibujar la imagen de la nube y la placa amiloide.

Abu se pone la mano en la mejilla.

—Tu madre se ha puesto tan gorda… Tiene los nudillos hinchados, son el doble de lo que eran. ¿Cómo vamos a quitarle las sortijas de los dedos cuando se muera?

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La mañana es el momento perfecto para respirar profundamente, para redescubrirnos en nuestros cuerpos.

Leo esto en una revista mientras mamá se tiñe las canas en la peluquería. He empezado a acompañarla a todos los sitios que puedo. Compruebo las facturas antes de que las pague y me cercioro de que se pone el cinturón de seguridad. A veces, cuando los demás están lo bastante cerca como para oírla, grita que la estoy torturando, que quiere que la deje en paz.

En el caso de algunas parejas, un sueño profundo puede borrar la discordia de la noche anterior, continúa la revista. ¿Se deduce de eso que la felicidad conyugal debe evitar a los insomnes o a los que tienen patrones circadianos irregulares?

Por la mañana me estiro y siento que mis brazos y mis piernas tiran en direcciones opuestas, y que mi torso es el intersticio entre mis pesadas extremidades. El agujero que tengo en el centro me roe. Siempre me despierto con hambre y la boca, seca y cálida, un oscuro pozo arenoso, me ocupa toda la cara. Dilip está a mi lado y las sábanas bajo su cuerpo están húmedas y frescas. Sufre de sudores nocturnos, pero nunca recuerda con qué ha soñado.

Lavo las sábanas todos los días después de que él se vaya a trabajar y las pongo a secar en el pasillo exterior del edificio, donde el sol da a mediodía. Los vecinos le han dicho a Ila que no les gusta ver nuestra ropa de cama mientras esperan el ascensor. La placa de su puerta, hecha de azulejo pintado de azul oscuro y blanco, dice «Los Gobernador». Ambos están jubilados, ella exmaestra de escuela, él exmarino, y cuando ella va a visitar a su hermana en Bombay, Dilip y yo vemos al señor Gobernador sentado en el balcón, fumando y llorando.

—Debe de echarla de menos —dice Dilip.

—Puede que en realidad no visite a su hermana durante esos viajes. Puede que él lo sepa.

Dilip me mira sorprendido, como si a él nunca se le hubiera podido ocurrir algo así, y luego con atención, como si fuera algo que hubiera hecho yo. En otro tiempo, esto tal vez le habría divertido.

—No creo que estés siendo generoso ni compasivo —le digo.

La revista de la peluquería mencionaba que estas cualidades eran vitales para que cualquier relación prosperara. Dilip mira a lo lejos mientras le hablo, hipnotizado por lo que sea que esté viendo, como si mirando hacia otro lado pudiera entenderme mejor.

—No he dicho nada —responde.

Por la noche, vamos al gimnasio del edificio. Dilip lleva una camiseta de poliéster sin mangas que hay que lavar dos veces después de entrenar. Levanta mancuernas a un metro del espejo y exhala rápidamente con cada conteo. Encuentro su ruidosa respiración vergonzosa, como tirarse un pedo o enseñar las tripas. Nunca me ha gustado la idea de que alguien me oiga roncar.

Me subo al stepmill y sintonizo mis auriculares con uno de los canales de música de los televisores que hay colgados en las paredes. Siempre hay gente en las máquinas de glúteos y a veces tengo que esperar a que se quede libre una. Cuando era más joven nunca entrenaba, pero desde que cumplí treinta años mi cuerpo ha empezado a parecerse a una pera demasiado madura.

Dilip dice que desde que hago ejercicio se nota la diferencia, pero yo no la veo y le digo que no me gusta entrenar con él.

No entiende por qué me ofendo, por qué me siento insegura cuando me hace un cumplido y por qué, de todas formas, nunca le creo. A veces me pregunto qué caminos hay en su mente, cómo se mueven sus pensamientos, tan disciplinados y lineales. Su mundo es limitado, finito. Entiende lo que digo literalmente: una palabra corresponde a un significado y un significado corresponde a una palabra. Pero yo imagino otras posibilidades y veo el peso que tiene lo que decimos. Si dibujo una línea desde el punto «X» hasta todas sus demás conexiones, me encuentro en el centro de algo de lo que no puedo salir. Hay tantas cosas susceptibles de malinterpretarse…

Dilip cree que un único pensamiento refleja todo un paisaje de la mente. Dice que ser yo debe de ser agotador.

—Tu madre tiene esto del revés —dice abu, dándose un golpecito en un lado de la cabeza. Está sentada en su charpai con las piernas cruzadas mientras yo miro fotos antiguas. De vez en cuando, comprueba si sus teléfonos inalámbricos dan tono.

Hay fotografías de mamá cuando era una niña con el pelo largo y rebelde. Se pasaba horas alisándoselo todas las semanas, recostada sobre una tabla de planchar con el pelo entre hojas de periódico. Todavía se rumorea cómo era a los catorce y quince años, cuando desaparecía del colegio todas las tardes para ir a un restaurante de carretera cerca de la antigua autopista Bombay-Pune. El local tenía un cartel que decía «Punjabi Rasoi». Una vez allí, pedía una cerveza grande que se bebía directa de la botella. De la mochila del colegio sacaba un paquete de cigarrillos Gold Flake y fumaba uno tras otro. Los viajeros, que llegaban en taxis y en motocicletas, se tomaban un descanso en el restaurante para hacer pis o para comer —sobre todo extranjeros, con poco equipaje y casi sin dinero, camino del ashram—. Mamá se presentaba, entablaba conversación con ellos, a veces conseguía que la llevaran de vuelta a la ciudad. Abu cree que aquellos días sin supervisión despertaron el interés de mi madre por el ashram, pero yo me pregunto si su tendencia a la autodestrucción no era solo otro síntoma de algo que siempre estuvo allí.

Fue por esa época cuando mi madre empezó a vestirse de blanco. De blanco de arriba abajo todo el tiempo, como los seguidores del ashram. Siempre de algodón. Un algodón fino, casi transparente, aunque no es fácil apreciar la textura de la tela en estas fotos descoloridas.

—Es raro, quería vestir de blanco y no conocía a nadie que hubiera muerto —dice abu—. Otras chicas llevaban minifaldas, pantalones de campana. Tara, no. Parecía la típica señora chapada a la antigua. Salvo porque nunca usó dupatta.

Entre el montón de fotos hay algunas de abu en el día de su boda, donde parece inocente y pequeña, no tendría más de quince años. Es una novia vestida de rojo, o eso supongo, porque la foto es en blanco y negro, y su sari tiene únicamente una cenefa de bordado. Es tan austero, que hoy día ni siquiera se lo pondría una invitada. El anillo que lleva en la nariz lanza destellos a la cámara. Detrás de ella está su padre con la tripa embutida en una camisa de safari. A su alrededor hay otros parientes, copias de personas que conozco, sus hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos.

—Pero ¿a quién le importa la dupatta? —pregunto.

La dupatta siempre me ha parecido inútil, un pedazo extra de tela, ni para la parte de arriba ni para la de abajo, sin más propósito que cubrir lo que ya está cubierto.

—La dupatta es tu honor —dice abu.

Me quita la foto de la mano, y trato de imaginar qué honor es ese que una puede dejarse en casa tan fácilmente.

Abu tiene otras fotos que no guarda con estas, fotos escondidas, en las que mamá tiene unos dieciocho años. Tiene el pelo más corto, manejable, y lleva sombra de ojos azul y pintalabios rosa. También una blusa de seda, estampada con una especie de pájaro tropical híbrido, metida en unos vaqueros de cintura alta. Las hombreras le llegan hasta los lóbulos de las orejas. Tiene la boca abierta, y no sabría decir si está sonriendo o gritando.

No llegué a conocerla así, pero así era cuando se enamoró de mi padre.

Fue una época dorada, un período en el que se habían enmendado todos los errores del pasado y el futuro era prometedor: así es como abu describe la época en que mamá conoció a mi padre.

El emparejamiento se acordó después de que mi padre y su madre fueran invitados a casa de abu a tomar el té, y mamá apareció tarde, sudando, con los pezones marrones transparentándosele a través del vestido.

Él era flaco, desgarbado, todavía estaba aprendiendo a moverse en su nuevo cuerpo. Una capa de polvo oscuro parecía cubrir su labio superior y sus cejas correteaban de acá para allá antes de encontrarse en el medio. Hasta sus articulaciones se movían lentamente las unas hacia las otras como por efecto de alguna atracción magnética, el codo hacia el codo, la rodilla hacia la rodilla, el torso doblándose sobre sí mismo. Su madre tenía que darle un golpe de vez en cuando para que se enderezara. Miraba al suelo mientras mamá hablaba fuerte, con los pies clavados en el suelo.

Durante un tiempo pareció que los deseos de mamá habían cambiado, que su rebeldía adolescente se había apaciguado y que aceptaría lo que sus padres llamaban «un buen futuro».

Se cortó el pelo, se compró ropa colorida y empezó a pasar tiempo en el Club. Expresó su deseo de seguir estudiando, e incluso anunció que haría gestión hotelera o restauración mientras mi padre terminaba su licenciatura de ingeniería.

Un año después de la boda, nací yo.

Cinco años después mi padre presentó una demanda de divorcio. Mi madre no estuvo presente.

Poco después, él puso rumbo a Estados Unidos con una nueva mujer.

—¿Qué vas a hacer con todo eso? —me pregunta abu mientras guardo las fotografías en un sobre.

—Voy a enseñárselo a mamá —le digo—. Tenemos que hacer que recuerde.

—¿Por qué no pasamos más tiempo con él? —dice Dilip.

Se refiere a mi padre. No levanto los ojos.

Estamos en el Club, esperando a unos amigos. Él bebe una cerveza y yo estoy tomándome un ron Old Monk con Coca-Cola Light. Pedimos dosas y tostadas de queso con chile.

Dilip nunca entendió lo importante que era ser miembro del Club hasta que se mudó a la India. Hasta entonces, siempre que venía era de visita, se quedaba en casa de amigos y familiares y se desplazaba en coches con aire acondicionado y conductor. Pero para muchos de los que hemos crecido aquí, nuestras vidas siempre han girado en torno al Club. ¿Dónde más se puede encontrar en el centro de la ciudad un espacio verde tan extenso? El edificio es un punto de referencia, todos los taxistas saben dónde está. Mi abuelo solía decir en broma que, en su opinión, lo único que habían dejado los británicos que valía la pena no eran los trenes: eran los clubes, el lugar al que veníamos a hacer deporte después del colegio, donde nuestros padres y abuelos socializaban, donde aprendimos a nadar. Para muchos, el Club era el lugar en el que nos habíamos dado nuestros primeros besos detrás de las buganvillas silvestres que crecen a lo largo de los muros que rodean el recinto, donde habíamos asistido a nuestros primeros conciertos o fiestas de Año Nuevo.

Durante muchos años dejé de tener interés por el Club, prefería ir a los nuevos bares, cafeterías y restaurantes que surgían por toda la ciudad. Me parecía aburrido y anticuado. Algo que hacían mis abuelos. Pero en los últimos años he vuelto, y he encontrado consuelo en el hecho de saludar a las mismas personas año tras año, de ver los mismos escalones rotos, las mismas grietas en las paredes que nunca se reparan del todo. Para mí, el Club ha sido una constante cuando nada en la vida lo era. A Dilip también ha llegado a gustarle.

Le gusta decir en broma que ser socio del Club fue la dote que recibió al casarse conmigo.

En las mesas hay campanas para llamar al servicio. El alcohol es el más barato de toda la ciudad. Los jueves por la noche las familias se reúnen en el césped para jugar a tambola, y en la sala de juegos hay ocho mesas solo para el rummy.

—Podríamos invitar a tu padre a venir aquí —dice Dilip—. Vernos en el Club. Para que todo el mundo se sienta cómodo.

—Tengo miedo —simplifico para mi marido.

Dilip solo entiende algunas de las muchas repercusiones que, como por efecto dominó, siguen existiendo a día de hoy, como cuando su madre insistió en que continuáramos con la farsa de que mi padre está muerto para nuestra boda, porque explicar la verdad resultaría complicado. Y luego, por supuesto, está el hecho de que a Dilip le gusta arreglar cosas. Cree que cada problema tiene una solución. Buscará, cavará, rascará hasta que la encuentre.

—No tienes por qué tener miedo —dice.

Me doy cuenta de que está intentando ser amable conmigo, así que yo también soy amable con él. Sonrío y asiento, y Dilip me devuelve la sonrisa convencido de que ha hecho lo que tenía que hacer, pero yo solo trato de poner punto final, de cambiar de tema, de pasar a otra cosa antes de que lleguen nuestros amigos, porque durante treinta y dos años esta paz de espíritu se me ha escapado entre los dedos, y unos cuantos gestos cariñosos en esta noche clemente no pueden aliviar una enfermedad que nos precede a los dos y que no tiene remedio.

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