Azúcar quemado

Avni Doshi · Capítulo 4 de 10

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Azúcar quemado

Capítulo 1989

 

 

Supe que esa noche era distinta cuando mamá entró en la habitación que compartíamos Kali Mata y yo. Su rostro mostraba los primeros signos de moratones. No cerró la puerta con delicadeza.

—Despierta —dijo.

Metió una botella de agua y cien rupias atadas con una goma en una bolsa de tela. Habló con Kali Mata en voz baja.

Sabía que estaban hablando de ella, de la dorada, de la nueva favorita que ocuparía el lugar de mamá, que a partir de ahora viviría al otro lado de la puerta tallada con Baba. Estaba decidido. Kali Mata suspiró y negó con la cabeza.

—Esa no es razón para irse. ¿Me fui yo? ¿Se fue alguna de las otras? Todos te queremos. Eres uno de los nuestros. Aquí siempre habrá un lugar para ti.

Mamá se rio y lloró al mismo tiempo. Con la manga de la kurta se limpió la nariz, que le goteaba. Tenía los ojos muy abiertos, la boca tensa.

—La verdad es que odio estar aquí —dijo mamá—. Siempre lo he odiado.

Nunca antes la había visto así. Empecé a temblar. Kali Mata me estrechó entre sus brazos y me dijo que me quería.

Nos fuimos sin decirle nada a nadie más. Nadie vino a despedirse. Caminamos un rato. La noche vibraba con el intenso olor a combustible diésel y el ruido de los camiones. Mamá mascullaba, convenciéndose a sí misma de que no debía dar media vuelta. Se puso la mano en los labios para impedir que las palabras salieran de su boca.

Un vehículo decrépito se detuvo a nuestro lado. Era una Tempo Traveller y la cara del conductor estaba en sombras. Un paquete puntiagudo descansaba en la parte posterior, sujeto con una cuerda vieja.

—¿Qué es eso de ahí atrás? —preguntó mamá. Él la miró, pero no respondió—. ¿Muebles?

—Es posible —dijo—. ¿En qué dirección vas?

Llevaba una gorra de lana y una bufanda deshilachada, a pesar del calor. En la cara le crecía vello gris; en las orejas, un matorral. Detrás de las gafas, los ojos parecían el doble de grandes. Flores azules brotaban de sus pupilas.

—Al Club Poona —dijo mamá.

Él asintió.

—Al Club Pune.

Me senté en el regazo de mamá en el asiento del pasajero. Ella colocó sus brazos firmemente alrededor de mi cintura. Yo tenía la vejiga llena, pero no dije nada. Una pequeña Lakshmi de metal colgaba del retrovisor torcido. La diosa estaba sentada sobre una flor de loto. Tenía cuatro brazos. O seis. Trotaba con los renqueos del vehículo. Mamá suspiró y dejó que sus hombros descansaran contra el asiento de vinilo. Cuando el conductor se inclinó para asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada, percibí el olor de lo último que había comido y una bocanada de azufre. Su brazo se demoró, apretándose contra mí, contra los brazos de mamá alrededor de mi cuerpo, durante un instante.

—Llegará el día en que no te acordarás de este percance —me susurró mamá al oído—. Cuando seas mayor, todos estos momentos dejarán de existir.

El sol empezaba a salir cuando llegamos al club, y el vigilante reconoció a mamá a pesar de su aspecto desaliñado, así que nos dejó entrar. Mamá había pedido que la dejaran allí porque era el único sitio, además de la estación de tren, que estaba segura de que el conductor conocería. Además, era el único lugar en el que podríamos usar el teléfono. Yo no era consciente en ese momento, pero mamá no había hecho ningún plan antes de irnos del ashram. No tenía ni idea de adónde iríamos, de quién aceptaría acogernos ni bajo qué condiciones. Llevaba años sin hablar con su marido, y les había dicho a sus padres que no quería saber nada de ellos si seguían insistiendo en que le diera otra oportunidad a su matrimonio.

Mamá me dijo que esperara en el parque infantil junto a la entrada mientras ella iba a hacer una llamada. Me senté al final del tobogán de metal y me recosté, mirando el cielo. Observé cómo los pájaros se posaban en los cables de la luz que se extendían en zigzag entre los árboles para columpiarse como niños atrás y adelante. El parque estaba vacío y no había nadie más alrededor. Sabía que a los niños les gustaba jugar allí, pero yo nunca lo había hecho, y no estaba segura de qué tenía que hacer. Decidí que odiaba los parques infantiles, aquellos extraños paisajes de metal sin ningún propósito. Odiar el parque me sentó bien, encauzó mi inquietud, vinculándola a un objeto visible. Este desprecio sigue poniéndose de manifiesto cada vez que me siento incómoda. Reniego para que nunca renieguen de mí.

Cuando mamá regresó, tenía barro en las rodillas y tierra debajo de las uñas. ¿O ya los tenía de antes? Estaba clareando. Mamá no pareció darse cuenta. Sentí el latido de su corazón en la mano cuando me agarró por el brazo.

—No van a ayudarnos.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Tu asqueroso padre. Ni tus abus.

¿No iban a ayudarnos? Eso no me parecía propio de ellos, por lo poco que sabía: la mujer que me estrechaba contra su piel arrugada y el hombre que se sacaba la dentadura postiza de arriba como la bandeja de un cajón portamonedas porque me hacía reír. Y mi padre. Mi padre, sin ninguna duda, me ayudaría.

Padre. Padre. Padre. No recordaba nada de mi padre. Yo era un bebé cuando me fui de su casa. Y, por lo que yo sabía, nunca había venido a buscarme.

A veces soñaba con él cuando estaba en el ashram. A veces me imaginaba que un hombre de cuya cara no me acordaba me separaba de mi madre. (¿Aquello era algo que me había imaginado o me lo había metido mamá en la cabeza cuando me decía que yo siempre había querido abandonarla, que siempre había querido hacerle daño?).

Mi padre era un desconocido, y a veces me convencía de que era mejor así.

—Están tratando de someternos como tiranos, pero no los dejaré —dijo mamá. Tenía los ojos muy abiertos y rojos en los extremos, y el aliento le olía a plátano del día anterior—. Yo cuidaré de nosotras. Confías en mí, ¿verdad?

Quería asentir o responder algo, pero no lo hice. O tal vez no pude. Ahora incluso me pregunto si en ese momento entendí la pregunta. ¿Confiar en ella respecto de qué? ¿Qué opción tenía y qué sabía yo?

Vivíamos en el club. Algunas veces dentro de sus muros y otras, justo al otro lado. Conocí a un perro callejero al que llamé Vela porque la punta de su cola parecía una mecha quemada. Lo adopté para mantener alejadas a las ratas bandicotas que veía entrando y saliendo de sus madrigueras en los macizos de flores a altas horas de la noche.

Mamá se acostumbró a mendigar. Yo no era lo bastante pequeña para despertar compasión, así que me obligaba a quedarme cerca de la puerta. El primer día nos enteramos de que había normas para mendigar, que determinadas calles pertenecían a determinadas mujeres y niños, y que invadir su espacio suponía una declaración de guerra. Les faltaban dientes, tenían suciedad incrustada en el pelo y hablaban una especie de maratí que no había oído jamás. Eran rápidos con las manos y con los pies, de los que perseveran, mendigos con los que mamá me había dicho que nunca estableciera contacto visual. Su aspecto era diferente al nuestro; el olor que despedían, también. Pero, a medida que pasaron los días, las diferencias empezaron a reducirse.

Los miembros del club que nos conocían, y que conocían a mis abuelos, nos miraban desconcertados, inseguros de cómo reaccionar ante nuestras súplicas. Algunos les tapaban los ojos a sus hijos y seguían su camino. Otros se reían y me daban palmaditas en la cabeza, como si se tratara de una especie de broma. Todos pasaban por delante de nosotras con un poco de odio por lo que sabían de mamá y porque éramos la prueba de lo fácil que era caer. Una noche, mamá se colocó las manos delante de la cara y formó una pequeña caja. Fisgó en su interior.

—Mira aquí dentro.

Miré, pero frente a nosotras solo había una calle. Vela estaba tumbado de espaldas. Una señora con un sari magenta pasó a nuestro lado.

—El mundo existe solo hasta donde alcanza la vista —dijo mamá—. Lo que está arriba, lo que está abajo, no es asunto nuestro. Lo que nos han contado antes; nada de eso importa.

Miré hacia delante, a lo que había en mi línea de visión. Culos, manos. Una pareja sentada en un banco, esperando. Un poco de chatarra a un lado de la carretera. Una niña sentada en un coche con la mejilla apretada contra la ventanilla. Miré de nuevo a mamá, estaba llorando.

Recuerdo dormir sentada contra las puertas, escurrirme, despertarme con la cabeza en el regazo de mamá. Pero no recuerdo haber pasado hambre. El vigilante de seguridad nos traía platos de comida y agua a intervalos regulares. Más tarde descubrí que mi padre había estado llamando al gerente del club y le había pedido que me dieran de comer. No estoy segura de cuánto tiempo vivimos así. Yo estaba con mamá y ella estaba conmigo, y no había reglas ni quehaceres ni horarios que acatar. No me bañaba, y se me acumuló suciedad siguiendo la línea de las encías. Dormía con Vela, sesteaba sobre su pelaje tiñoso, observando cómo los bichos dibujaban pequeñas hileras en su pelo, apoyando la mano sobre las pústulas que mi madre llamaba sarna. Enseguida empecé a rascarme como él, a parecerme a él, a transformarme debido a su presencia, y supe que había conocido a un miembro de mi familia.

Una mañana, cuando aún era lo suficientemente temprano como para que el vigilante de seguridad del club pudiera dormir abiertamente en su silla, mi padre vino a recogernos en su Contessa color hueso.

Su aspecto era el mismo de ahora, el de un hombre adulto cuya barba comienza a crecer unas horas después de afeitarse, pero estaba más delgado y tenía la nariz más afilada. No se parecía en nada a Baba ni a ninguno de los hombres que había visto en el ashram. Tenía las orejas limpias y no le salían pelos de la nariz.

Sujetó la puerta. Mamá se levantó despacio y tiró de mi brazo. Nos subimos al asiento de atrás y cerramos la puerta.

Mi padre no se volvió para mirarme, y contemplé su nuca. No le dijo ni una palabra a mamá. Encendió la radio. Mientras nos alejábamos llamé a Vela, que se levantó de donde estaba holgazaneando y dio un salto hacia delante, que hizo que los músculos de sus patas traseras tensaran el pelaje maltratado. El perro nos siguió durante unos instantes, pero luego se paró para rascarse.

Nadie hizo alusión al hecho de que pareciéramos mendigas. No hubo preguntas sobre el ashram. En casa de mis abuelos, eso lo aprendí pronto, el nombre de Baba estaba prohibido. Abu nos estaba esperando con el desayuno caliente en la mesa y una jarra de té humeante. La leche tenía encima una capa de nata y todo estaba cocinado con ghee.

Mi padre nos había traído hasta aquí y ahora se mantenía a distancia, merodeando en la entrada como un conductor, un porteador preparado para marcharse apresuradamente en cuanto hubiera terminado su trabajo.

Abu tenía el trasero desparramado sobre el sofá semicircular rojo y las manos cruzadas sobre el regazo, y los brazaletes le apretaban la abundante carne de los antebrazos.

—Espero que se te haya pasado la rabieta —dijo.

Su voz resonó por todo el apartamento. No sabía con quién estaba hablando hasta que vi la expresión malhumorada de mamá.

—Antara —dijo—. ¿Te acuerdas de tu abu? Ven aquí.

Caminé sobre las baldosas moteadas en su dirección, pero me detuve cuando se tapó la cara con las manos. Empezó a dar arcadas y los hombros le temblaron. Me di la vuelta hacia mi padre y mamá, que estaban en un segundo plano. Mamá me hizo un gesto con la mano, indicándome que avanzara. Cuando me volví, me fijé en el color de mis pies, cubiertos de polvo, de manchas, y en las huellas que había dejado a mi paso. Tenía una de las uñas de los pies negra y la lúnula ensangrentada.

Me llevaron a darme un baño y una criada que no había visto antes me frotó a conciencia. Tenía el pelo recogido en un moño en la parte superior de la cabeza, y llevaba el sari de algodón bastante alto, por lo que se le veían los tobillos y las pantorrillas. Olí sus manos mientras me lavaba la cara y el cuello. Ajos, chiles y espuma. No era muy distinta de Kali Mata. Después, me senté sin fuerzas entre sus piernas mientras ella me peinaba minuciosamente el pelo con los dedos, en busca de criaturas foráneas.

Abu pasó a hacernos una visita.

—Bai —le dijo a la sirvienta—, yeh amchi beti hai.

—Kasa hai —me dijo la mujer.

—Tesoro, esta es Vandana —dijo abu.

Vandana empezó a cuidarme porque mamá se pasaba la mayor parte del día durmiendo o encerrada en una habitación con los abus. Los oía gritarse a través de la puerta, pero dejaban de hacerlo cuando salían a comer o a cenar. Mamá miraba su plato y revolvía la comida, fingiendo que ninguno de nosotros existía.

Mi padre solía visitarnos por las noches, antes de volver a su casa con su madre. Él y mamá se sentaban juntos un rato, a veces sin hablarse. Otras veces susurraban, en ocasiones incluso gritaban. Yo me escondía debajo de la mesa del comedor, a pesar de ser demasiado mayor para hacer ese tipo de cosas. Intentaba leerle los labios a mi padre, pero una pata de la mesa me obstruía la visión.

Nunca nos pidió que volviéramos con él. A veces pensaba que me miraba con los mismos ojos con los que la miraba a ella. Un día, vino con otro hombre y un maletín lleno de documentos. Mamá les echó un vistazo y los firmó.

Tenía preguntas que nunca hice: ¿por qué estábamos en casa de los abus? ¿Volveríamos a vivir con mi padre otra vez? Pensaba que los padres y los hijos vivían juntos, que marido y mujer debían ser inseparables, incluso si se desagradaban mutuamente.

Por las tardes, Vandana me llevaba al club a jugar. Preparaba la merienda y la cargaba en una mano mientras con la otra me agarraba. En el autorickshaw, me enseñó a hablar un poco en maratí. Era de un pueblo que

simplemente llamábamos [1] gaon. Se rio de mi pronunciación, cosa que me hizo ponerme colorada y no querer volver a intentarlo, pero no se me ocurrió burlarme de ella cuando me dijo que no sabía leer ni escribir. Supongo que porque yo no sabía hacer ninguna de las dos cosas. Hicimos un pacto: ella me enseñaría más maratí y yo podría enseñarle el alfabeto inglés. En realidad, nunca me había divertido en el parque, pero cuando Vandana se subió a los columpios y empezó a impulsarse con las piernas adelante y atrás, volando cada vez más alto, me entraron ganas de hacerlo a mí también.

A veces, Vandana tiraba de su sari hacia atrás y se lo pasaba por entre las piernas. Se agachaba tanto cuando se ponía en cuclillas para barrer el suelo que estaba segura de que algún día acabaría tocando el pavimento con el culo. Nunca ocurrió. Era capaz de estar en esa posición durante lo que parecía una eternidad, y una vez traté de cronometrarla, pero pasó tanto tiempo que se me olvidó que estaba pendiente del reloj y no logré una lectura precisa. Le faltaban los dientes de delante, y enseñaba los huecos rosados de las encías cada vez que sonreía. Traía chiles verdes frescos todos los días y me hacía poha para desayunar.

Una noche vi a Vandana atarse las llaves a una cuerda que llevaba en la cintura y ponerse las chappals en la puerta.

—Adiós —dijo, enseñándome las encías desdentadas.

Oí a mamá tararear en su habitación. Esperé a que Vandana cerrara la puerta y luego salí tras ella, deslizándome por las escaleras, segura de que no me vería, y entonces se volvió y dijo:

—Ey, ¿qué haces?

—Voy contigo —dije, poniéndome a la defensiva.

—¿Adónde?

—A tu casa. A conocer a tu marido.

Ella ladeó la cabeza y me miró.

—No puedes venir conmigo. Vuelve arriba. Tu mamá te estará buscando.

Murli, el ascensorista, presenció nuestra pelea y se rio.

—Llévala a su casa —le ordenó Vandana en maratí.

—No —dije yo. Sentí que algo subía raspándome las paredes del estómago y lo empujé hacia abajo—. Quiero ir contigo. Tienes que hacerme caso, eres una bai. Soy tu jefa.

Cuatro líneas aparecieron en la frente de Vandana y sus ojos se transformaron en hendiduras negras.

—No eres nadie. Tu propia madre apenas te mira.

Me cogió por la nuca y me metió de un empujón en el ascensor. Levanté la mano y le di una bofetada, y ella me la devolvió.

Arriba, abu abrió la puerta y nos encontró a mí llorando y a Vandana enfurruñada, con la blusa lila manchada de sudor.

—¿Qué ha pasado? —dijo abu.

—Quería seguirme hasta mi casa.

Vandana me soltó la mano y me dio un empujoncito hacia delante. Mamá apareció detrás de abu en la puerta.

—¿Que quería seguirte hasta tu casa? —Mamá me miró. Su tez se volvió del color de una quemadura. Me encogí de miedo, esperando una nueva bofetada, pero en vez de eso oí a mamá gritarle a Vandana—: ¡Deberías tener más cuidado!

Mamá tiró de mí hacia el interior de la casa, pero siguieron gritándose la una a la otra, aunque sus palabras eran cada vez menos inteligibles. Vandana se dio un golpe en la frente con la mano y señaló a mamá. No volvió a venir a trabajar, y mamá le pidió a abu que a partir de ese momento contratara solo a hombres.

Después de eso, mamá y yo dormíamos en la misma cama, y me invitaba a salir con ella a la terraza para vigilar mientras fumaba en la oscuridad. Fue entonces cuando me di cuenta de lo hermosa que era mi madre. Cuando terminaba, me daba la colilla y me enseñó a lanzarla lejos de un capirotazo, en dirección al tráfico que había cerca de la estación.

A veces bajábamos a fumar. Pasábamos junto al hotel en ruinas del que el abuelo había sido dueño y que había dirigido, con su fachada art déco y su pintura descascarillada. Había familias sentadas en el suelo sobre esteras de paja. Una vez, vimos a un hombre borracho tendido, murmurando en sueños, y nos quedamos merodeando a su alrededor, tratando de entender lo que decía. Los vendedores ambulantes de té arrastraban su mercancía o cabeceaban apoyados en los postes de acero, esperando a que llegaran las multitudes. Rostros húmedos, mandíbulas apretadas y ojos inyectados en sangre, todos nos miraban sin vernos, y la cálida noche nos atontaba. Un flujo constante de ratas abotargadas recorría las vías apresuradamente, olisqueando los restos del largo día. Un humo con olor a hachís subió arrastrado por el viento hasta nuestras narices, cortesía de un drogadicto

descalzo que se manoseó los testículos mirando a mi madre. Una hijra [2] solitaria que deambulaba por la estación de tren le dio a mamá un golpecito en el hombro y le tendió su mano tatuada. Mamá se mordió los labios secos. No era supersticiosa, pero decían que las hijras tenían poderes inexplicables. Se les podía dar dinero a cambio de protección, pero no teníamos nada. Mamá sacó un pintalabios rojo que casualmente llevaba en la kurta y se lo dio. La hijra cogió la barra de labios, nos bendijo y siguió su camino. El enorme tablero donde repiqueteaban los horarios diarios de los trenes, una ráfaga de símbolos cambiantes, se me antojó indescifrable.

No soy capaz de recordar lo que sentía por mamá en aquella época, porque el sentimiento no se correspondía con ningún nombre que conociera. En el ashram había vivido sin ella añorándola al mismo tiempo, pero ahora que estábamos juntas avanzaba desorientada hacia el terror, sentía que me había equivocado, que tal vez no la quería ni la necesitaba, solo para acabar volviendo a la idea con la que había vivido toda mi vida, que estar sin ella era el infierno, la desgracia. E incluso ahora, cuando estoy sin ella, cuando quiero estar sin ella, cuando sé que su presencia es la fuente de mi infelicidad, esa añoranza aprendida, ese anhelo de algodón blanco y suave que se ha deshilachado por los bordes, sigue creciendo.

Mamá no estaba bien después del ashram. Era innegable, pero nadie podía decirme qué significaba aquello. Sus ojos estaban anclados al techo, conversaban con él cuando estaba despierta, pero durante la mayor parte del día, dormía. Dormía como si no hubiera dormido en años.

Más tarde descubrimos que esto se debía a que mamá se quedaba despierta para comunicarse con mi padre a altas horas de la noche. Había oído que él iba a volver a casarse y telefoneaba a su casa para insultarlo. Si contestaba otra persona, mamá colgaba y volvía a llamar. A veces me sentaba en su regazo mientras lo hacía, y al final me dejaba marcar el número mientras ella sostenía el auricular cerca de su oído. Todavía me sé ese número de memoria, aunque he llamado a mi padre muy pocas veces. Cuando abu se enteró, me llevó aparte y me dijo que fuera a su habitación cada vez que mi madre se comportara de un modo extraño. Le pregunté a mi abuela a qué se refería con «extraño».

Abu suspiró.

—No sé qué espera conseguir.

Obtuvo su respuesta dos días después, cuando mi padre vino al apartamento y le dio a mi madre un grueso sobre de dinero. Nunca sabré si lo hizo por un sentido de responsabilidad o si mamá había encontrado el modo de extorsionarlo, pero esa fue la primera vez que quise irme con mi padre y olvidarme de mamá. Contemplé a esa figura alta y larguirucha de pelo rizado, que me echó un breve vistazo desde el umbral de la puerta. No sonrió, y su mirada era de preocupación.

Le pregunté a abu si mamá y yo nos iríamos a casa de mi padre.

—Tu madre se ausentó de esa casa durante mucho tiempo —respondió —. Las cosas cambian a medida que el tiempo pasa. Ahora otra mujer va a vivir allí.

Aunque en ese momento no era capaz de entender lo que pasaba, pude discernir dos hechos: mis padres ya no estaban casados y mi padre había encontrado una nueva mujer. Igual que Baba. Recordé que Kali Mata le había dicho a mamá que no se fuera, le había explicado que ella era parte de la familia. Kali Mata pensaba que mamá podía quedarse y ser como ella, una mujer repudiada y respetada. Me pregunté si ahora tendría esa opción con mi padre, pero al recordar su rostro el día en que nos fuimos del ashram, lleno de tristeza y de asco, supe que mamá no aceptaba la llegada de otras mujeres.

Empecé a reconocer el caos de mi madre, a ver lo distintas que éramos. Sí, de vez en cuando yo goteaba igual que ella, pero siempre era capaz de volver a sellarme.

Le pregunté a abu qué era el divorcio. Le costaba expresarse cuando se trataba de cosas así, pero intentó explicármelo.

—Si un marido y una mujer ya no son marido y mujer —dije—, ¿eso significa que un padre deja de ser padre?

Abu me sostuvo la mirada durante un rato antes de permitir que sus labios se curvaran en una sonrisa.

—No —dijo—. Para nada.

Esperé debajo del piso de mis abuelos con una maleta azul. Llevaba el pelo en una pulcra trenza que me tiraba de la piel bajo las patillas. Abu me había peinado las descuidadas cejas con vaselina. Abajo, de pie a mi lado, abu me dijo que me portara bien.

—Hazte querer —dijo. Sus palabras parecían advertirme de que solo tenía una oportunidad.

Mamá apenas se había despedido de mí.

Mi padre llegó en su Contessa de siempre. Era un hombre limpio y prudente con el dinero. Su coche, aunque viejo, estaba impecable y bien mantenido.

—Espero que hayas metido en la maleta lo suficiente para una semana —dijo. Había metido un poco más, todas las cosas que no quería dejar atrás.

No recuerdo cuántos pasos había hasta la casa, pero arrastré la maleta azul detrás de mi padre. La puerta era negra y la manilla era una barra dorada tallada igual que la columna de un templo cuyo relieve las manos hubieran borrado con el paso de los años. El timbre era tan débil que tuve la tentación de presionarlo otra vez después de que lo hubiera hecho mi padre, pero me abstuve y esperé sorprendida cuando la puerta se abrió de par en par. Allí estaba ella, con los brazaletes de su reciente boda en ambas muñecas. Debían de haber pertenecido a mi abuela, pues le estaban demasiado grandes. Los cristales de sus gafas estaban partidos por la mitad y llenos de huellas de dedos. Mi padre no pareció darse cuenta. Entró para saludarla y yo los observé desde fuera. Apoyé la mano en la pared de la casa, arrastrando el pie atrás y adelante hasta que ambos me miraron. Un criado apareció y me quitó la maleta que yo sujetaba con fuerza.

La nueva mujer se inclinó y me abrazó, metiéndome la cara en el pelo. Sonreí en la niebla de sus rizos. Parecían de lana y olían a aceite de coco. En el vestíbulo, detrás de ella, las criadas se asomaron para no perderse ningún detalle de nuestro momento.

Me llevaron a una habitación que por lo general ocupaba mi abuela. Me quedaría allí porque ella estaba en Delhi, visitando a una de sus hijas. La habitación era húmeda y olía a sudor y a piel, pero no parecía que lo notasen. Mi maleta ya estaba allí, abierta, y el criado separaba mi ropa interior en montoncitos que colocó dentro del oscuro armario. Me apoyé contra los pies de la cama y estudié la cara del ventilador que estaba frente a mí como una boca abierta.

Por la mañana, mi padre se fue a trabajar después de comerse un plátano en dos bocados y de beberse un vaso grande de leche. Me puse la alarma como me había enseñado abu para poder despertarme cuando se despertara él. Comí lo mismo que él e intenté decir algo, pero tuve que acostarme en cuanto se fue porque me dolía el estómago. Me quedé en casa en todo el día, con los criados y el perro guardián, que salía disparado hacia la entrada ladrando cada vez que pasaban un coche o un ciclista.

A su casa había llevado solo mis mejores galas, me terminé toda la comida que me sirvió el cocinero y no pedí shakkar-roti dulce de postre. Después de bañarme, intenté peinarme yo sola, hacerme una trenza, aunque no podía verme por detrás, y no pedí ayuda cuando no fui capaz de encontrar el interruptor de la ducha. No había jabón en el baño y la pasta de dientes me abrasó la lengua, pero no dije ni una palabra. Tras mi paso por el ashram, tenía recursos; sabía hacer cosas que nadie más sabía hacer.

La mayor parte de la semana la pasé sentada en la parte de arriba de las escaleras, mirando hacia abajo. La escalera se curvaba dos veces y me recordaba a una serpiente que habían capturado en el ashram. El olor a ajo siempre subía flotando desde la cocina, que estaba en el piso de abajo. El suelo era de un mármol oscuro y frío, y cuando empezaba a dormírseme el culo, recorría el pasillo de un extremo a otro hasta que notaba que se me distendía. Se me habían olvidado las zapatillas de estar por casa, así que llevaba puestos los calcetines todo el día para calentarme los pies, pero el suelo era resbaladizo y frío, y caminaba a pasitos hasta que descubrí que era más placentero deslizarme de un lado a otro. Se me ocurrió que patinar sobre hielo sería algo parecido. Cuando me cansaba de patinar, volvía a los escalones, pero mi campo visual abarcaba solo el rellano y de vez en cuando veía la parte superior de unas cabezas moverse de acá para allá: las cabezas de las sirvientas, la del criado y, a veces, la de la nueva mujer, que pasaban ajetreados, aunque a menudo estaban desaparecidos durante la mayor parte del día.

Quería complacerla. Me hacía la cama y mataba las cucarachas que encontraba en el botiquín para que ella no las encontrara.

En mi quinto día en la casa, vi la parte superior de la cabeza de la nueva mujer y sus delgados brazos tensos por el esfuerzo de arrastrar tres maletas enormes por el pasillo. Sin aliento, llamó a los sirvientes, y entonces me descubrió en su línea de visión. Abrió los ojos de par en par, como si se le hubiera olvidado que yo estaba en la casa.

—Tu papá y yo nos vamos a Estados Unidos —dijo—. Tres años por lo menos. Me ha pedido que te lo dijera.

El decantador de cristal de mi padre, lleno de whisky escocés de color ámbar, descansaba en un carrito para bebidas que había junto a la pared a su espalda. La luz lo atravesaba, adornándolo como una corona.

Por la noche un amigo de mi padre vino a casa para conocer a la nueva mujer y a la hija. Se llamaba tío Kaushal, y sus ojos fueron de la una a la otra, las dos mujeres de la habitación, sin saber a quién saludar primero. Se decidió por la mujer, juntando las manos y diciéndole cuánto se alegraba de conocerla. Luego me abrazó, pellizcándome la mejilla y la punta de la barbilla.

Nos sentamos en el salón y mi padre sacó el whisky escocés y los vasos. La mesa estaba cubierta de cuencos de plata y objetos que brillaban como joyas. Los hombres brindaron por ellos mientras la nueva mujer y yo bebíamos ponche de tutifruti. El vaso tenía un aspecto extraño en la mano de mi padre. Tenía las muñecas débiles, delgadas, y parecían doblarse por el peso de la bebida.

Samosas, koftas y pakoras fritas salieron de la cocina. El criado le ofreció una bandeja al tío Kaushal, pero mi padre me hizo una señal.

—Ofréceles comida a todos —dijo.

La bandeja era más pesada de lo que el criado dejaba ver, y las manos me temblaron un poco. La tendí hacia el tío Kaushal. Él se rio e hizo un gesto de asentimiento. Cogió la bandeja, la colocó sobre la mesa cerca de su vaso y me envolvió en un abrazo. El hombro le olía a sudor y a friegasuelos. Me dio un golpecito en la parte de atrás de la cabeza y dijo:

—¡Qué hijita tan encantadora tienes!

Luego me dio la vuelta y me sentó en su regazo. Su brazo se deslizó alrededor de mi cintura. Me quedé allí el resto de la noche, mientras mi padre hablaba de sus planes para Estados Unidos, del piso que pensaban alquilar, y bromeaba sobre cómo podía uno adaptarse al clima extremo.

Ahora me pregunto por qué mi padre no me dijo que se iban, por qué hizo que su mujer me lo dijera. ¿Sabían abu y mamá que se marchaba? En mi cuaderno he incluido este hecho en el mismo grupo que no conocer los detalles del divorcio de mis padres y no hablar nunca de su matrimonio. Debió de surgir del mismo impulso. Es posible que, como estoy casada con un estadounidense, se me haya olvidado que hay ciertos temas de los que no se habla. Pero en aquella época no me preguntaba por ninguna de estas cosas. Estaba triste, pero que mi padre no me lo hubiera contado parecía lo correcto. Que se fuera parecía admisible.

Exactamente una semana después de mi llegada mi abuelo vino a recogerme. Ese fue el día en el que encerré todos los pensamientos de mi padre en un espacio periférico, uno que ocupa poco espacio, uno que no requiere atención.

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—¿De verdad te pones el sujetador así?

Purvi me observa mientras me visto. Ha llegado antes de que yo estuviera lista y se ha metido en mi habitación.

Todavía no es tarde y el cielo es de un púrpura pálido. Me doy la vuelta. Estoy cansada y mi cara no oculta lo que pienso.

Cuando estoy vestida nos reunimos con nuestros maridos en la sala de estar.

Su marido es cortés cuando nos vemos, y nos abrazamos de lado mientras me da una palmadita en la espalda. Le gusta beber whisky cuando ve el críquet, que ha puesto en la tele, y deja un rastro a gel desinfectante para manos cuando entra en la casa.

Pasamos a la mesa. Me he asegurado de que haya un buen surtido de cosas: al marido de Purvi le gusta que haya donde elegir para cenar. Papdi, kantola, moringa, repollo. En el centro de la mesa hay muslos de pollo gorditos, asados y humeantes, marinados en cilantro, ajo y chile. Junto a Dilip hay una montaña de dahi aloo. Aparta la vista de las patatas y de mí.

El marido de Purvi creció en Pune, fue a la universidad en Bombay y volvió para trabajar en el negocio de su padre. Su compañía diseñó el primer centro comercial de la ciudad, un edificio de color rojo brillante, su color característico. Ahora tienen centros comerciales por toda la India, todos parte de la misma empresa, que albergan algunas de las mejores marcas del país. Así es como se presenta, con la historia de su trayectoria, su familia y su considerable riqueza. Sienta las bases para que lo juzguen y lo recuerden como él quiere, y hace tintinear un enorme cubito de hielo en el vaso al final de cada frase.

Le pregunta a Dilip si alguna vez nos hemos fijado en el mecanismo de cierre de su coche. Cuando Dilip responde que no, el marido de Purvi insiste en que lo veamos después de cenar.

—Tenía diamantes —dice—. Eran de verdad, ¿sabes? Pero resultó ser un poco inseguro. Con tantos conductores…

Purvi rompe su chapati en pedacitos y los esparce por su plato.

El marido de Purvi sugiere que una noche de la siguiente semana vayamos todos a cenar a un nuevo hotel de cinco estrellas.

—La comida es excelente —dice.

—Ya hemos ido juntos —le recuerdo.

Levanta el vaso en mi dirección y me felicita por el pollo. Le digo que no lo he hecho yo.

Luego me habla de la última propiedad que ha adquirido su padre. Está en una carretera no muy lejos de la casa de mis abuelos. Su padre compró una parcela en una pequeña cooperativa preciosa y empezó a construir la casa de sus sueños. Pero la cooperativa se quejó de la altura y del tamaño de la estructura, alegando que bloqueaba la luz a las demás casas. Hubo que paralizar la obra.

—Mi padre estaba desconsolado —dice dejando caer la cabeza. Purvi tose.

Digo que espero que al final pueda construir algo que le guste.

El marido de Purvi se ríe y le pasa el vaso a Dilip, haciéndole un gesto para que vuelva a llenárselo.

—No hace falta que te preocupes por mi padre —dice.

Quiero explicarle que solo estaba siendo educada, que mi interés por su padre es una mera formalidad, una sonrisa en los labios que no llega a los ojos. Pero percibo que a él no le importan mucho estos detalles, que me está utilizando para darle fuelle a su historia.

Dice que su padre se relaciona de tú a tú con los políticos locales y con las juntas que conceden las licencias. Los empleados lo llaman «señor». El jefe de la policía cena en su casa habitualmente. Ya han obligado a la sociedad de préstamo inmobiliario que se atrevió a pararlo a pagar. No revela a cuánto asciende la sanción, pero sonríe pensando en lo ingenioso que es su padre, algo que espera aprender de él.

No digo nada más, pero veo que tenía razón, que mi aportación no era más que un bache en el relato.

De repente tengo la impresión de que la vida es corta, de que soy capaz de sentir el paso de los minutos, de que no me queda mucho tiempo. Estoy cansada de ellos, de Purvi y de su marido. No cansada exactamente, siento otra cosa, algo nervioso y frenético. Quiero que se vayan, quiero que su tufo desaparezca de mi casa, que sus cuerpos multiplicados salgan de mis espejos. Hace un año, discutimos después de beber demasiada ginebra y la noche terminó con el marido de Purvi amenazando con apagarme un puro en la cara. Al día siguiente fingimos que aquello no había sucedido.

Me pregunto qué pasaría si les pidiera que se fueran, ¿qué nuevo giro darían los acontecimientos? ¿Cómo reaccionarían? ¿Recurrirían a Dilip para que intercediera en su nombre? ¿Qué conversaciones tendrían después en el coche de vuelta a casa? ¿Y cómo contarían la historia en otras cenas?

Una risa histérica bulle en mi interior, pero me la trago y balbuceo. Me miran con los ojos muy abiertos y preocupados, nerviosos ante la posibilidad de que vomite, con miedo a ver la comida que estamos comiendo masticada y parcialmente digerida.

Después de cenar, los hombres vuelven a poner el críquet. Purvi se queda merodeando frente al televisor y aplaude cada vez que un bateador indio hace una centena. Levanta el puño y se gira, con los ojos puestos en su marido, y veo que comparten algo profundo, lo que nadie ve.

El marido de Purvi se sirve otro whisky y le da una palmada a Dilip en el brazo.

—Hay un nuevo negocio en el que quiero meterme.

Se inclina hacia mi marido hablando en voz baja. Le dice que, en su opinión, las compañías farmacéuticas están de capa caída. Hay nuevos estudios que demuestran que todo puede curarse con cúrcuma o, si no, con cannabis. Hace poco que ha viajado a China y ha visitado laboratorios donde se producen hongos medicinales.

—Creo que va a ser un gran negocio.

Se echa hacia delante y me pregunta si alguna vez he estado en Bután. Le digo que no.

Me dice que tengo que ir, que allí ocurren cosas misteriosas, que en las montañas, por encima de la línea de los árboles, donde el oxígeno es escaso y las plantas son las más robustas de la Tierra, suceden milagros.

Dice que nos llevará, que una tribu de nómadas lo ha invitado. Hombres, más pequeños que los enanos, que pastorean yaks. Si tenemos suerte, nos llevarán a través de las montañas en busca de un hongo, una astuta criatura que parasita las orugas. Las orugas, una vez infectadas, comen de modo insaciable, alimentándose de todo lo que encuentran a su paso, alimentando al hongo, construyendo capullos y ocultándose en su interior. Pero el hongo acaba ganando, apoderándose del cuerpo de su presa. Lo que queda es el hongo más difícil de conseguir de todos, el cordyceps.

Sonríe a Purvi y vuelve a mirar a Dilip.

Los chinos han descubierto la forma de hacerlos en laboratorios, creando los efectos de la altitud en tanques, haciendo supercordyceps de los que solo se encuentran en el monte Kailash, no, en la Luna. Dice que podemos ganar mucho dinero juntos.

Purvi aplaude.

—¿Qué opinas, Dilip?

Dilip hace un gesto afirmativo con la cabeza y otro negativo de inmediato.

—No estoy seguro. No me suena a vegetariano.

El marido de Purvi tropieza mientras atraviesa la habitación. Se inclina hacia mí. Aparto la cara para evitar la arremetida de su aliento.

—Hay una especie de trucha —empieza a decir— oriunda de América, con el vientre rojo, que nada en aguas profundas. Cuando ese pez se convierte en huésped de un parásito determinado, deja su oscuro hogar y sube a la superficie. Allí, se mece bajo la luz del sol, y la luz se refleja en sus escamas rojas, atrayendo a los pájaros. El pez se convierte en el almuerzo de las aves, y el inteligente parásito llega a la tierra en los excrementos de las aves, donde puede reproducirse y comenzar su ciclo de nuevo. Es posible que los parásitos sean el arma más poderosa de la Tierra. Si los modificas genéticamente, tal vez puedan convertir a sus huéspedes en zombis.

Esa noche, en la cama, estoy petrificada. Como una muerta. Dilip se da una larga ducha y se pasea por la habitación con los pies mojados. Las ventanas están cerradas para que no entren los mosquitos, que despertarán al amanecer. Se acuesta a mi lado. Llevamos sin hablarnos varios días.

Hoy, el silencio parece estar vivo. No estoy segura de si fui yo quien empezó, pero es algo que podría hacer yo. Las dudas me asaltan de repente, y siento que me ahogo; tal vez Dilip y yo nunca hemos sido exactamente lo que yo pensaba. Creo que si no retomamos la conversación, si nunca más volvemos a referirnos a ella, desaparecerá.

Si no volvemos a hablar de mamá, dejará de existir.

Lo mismo podría decirse de la pequeña fotografía que encontró, y de la mentira asociada a ella.

Tengo esperanza, aunque también tengo miedo.

Pero algo más está creciendo en la habitación, en la cama. Un sentimiento que no soy capaz de identificar. Trato de imaginar lo que está pensando, lo que quiere expresar.

Al día siguiente llama la madre de Dilip. Casi no contesto.

—Estoy preocupada por vosotros —dice—. ¿Y ahora quieres que tu madre viva en vuestra casa? ¿Crees que es una buena idea? ¿No debería quedarse en su propia casa, tal vez con una enfermera interna? Tú trabajas en casa, ¿tenerla allí no complicará las cosas?

Unos días más tarde, cuando ya nos hablamos y el pasado parece manejable y asequible, me pregunto en voz alta qué ha supuesto este trastorno para Dilip y qué ha supuesto para mí, y cómo nos vengaremos y haremos que el otro lo lamente en el futuro.

Él guarda silencio.

Digo que estas cosas no siempre son conscientes, que a veces la forma en que actuamos viene determinada por ecuaciones que no somos capaces de resolver, aunque lo intentemos una y otra vez. Por simple que sea el problema, y por clara que sea la solución, siempre queda un resto, una fracción de algo que se ha dicho y se ha malinterpretado.

Se restriega los ojos y dice que él nunca se obstinaría en mantener una enemistad como esa.

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