Bacarrá

Oscar Urra · Capítulo 24 de 33

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Bacarrá

Capítulo XXIV

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—Estás a tiempo de bajarte, si quieres.

Fue lo único que dijo, pero lo hizo tres veces: una en mitad de las obras de Virgen del Puerto, otra a la entrada de la Casa de Campo y otra cuando ya se sentían los clamores del Parque de Atracciones. En ninguna de las tres se dio Cabria por aludido, así que siguió mirando por la ventanilla, viendo aparecer árboles, prostitutas y terrazas veraniegas a medida que penetraban por el gran pulmón verde de Madrid.

Meléndez disfrutaba de su poder de convocatoria y hasta girando el volante le rebosaba la parsimonia de quien va seguro y sobrado. Pero cuando aparcó al fin y apagó el motor, cerca de las casetas de entrada, el rostro se le estiró y la sonrisa se le puso a media asta.

—El lugar, la hora, todo lo ha fijado el chalado del guardaespaldas: a las tres en punto, cagados de calor, con el recinto a rebosar de niños y de papis, dentro del Tren Fantasma.

—¿Dentro?

—Sí. Abre la guantera.

Cabria la abrió y una bolsa de plástico negra le cayó entre las piernas.

—¿Y esto?

—Tu disfraz. Unos bigotes postizos, una gorra, y unas gafas de sol estilo blues brothers.

El detective logró articular cuatro sílabas.

—No me jodas.

Meléndez dejó de mirar al retrovisor y giró la cabeza para hablarle.

—Jodidos estaremos si te reconocen. No me vengas con melindres.

—La gorra no.

La cabeza del policía se inclinó sobre el volante, como si lo quisiera morder.

—Son policías, Julio. Hay que hacer las cosas bien. No me pongas ner-vio-si-to.

Cabria suspiró. Se colocó el mostacho, la gorra y las gafas. Se miró en el espejito, no le entró la risa, a Meléndez tampoco y ambos bajaron del auto. En la caseta le preguntaron qué clase de entrada querían.

—«Diversión total» —respondió Meléndez, después de pensarlo un poco —: que es a lo que venimos, ¿no?

Guiñó un ojo, empujó el torniquete y un paso después ambos habían ingresado en el reino de la mecánica fantástica. Echando chispas de calor y velocidad caían los vagones de las montañas rusas; bullía la gente que sonreía entre el olor a plástico quemado, los gofres de chocolate y nata y los perritos calientes; se oían gritos, risas, aullidos, musiquillas alegres, el bufido de los pistones, el recogerse en las poleas de las cadenas de hierro, el quejido de las cuerdas al tensarse. A Cabria se le ocurrió que en los círculos del Infierno del Dante se debían de escuchar clamores semejantes. Se colocó un cigarrillo en los labios y cerró los ojos. Vio a su hermano en pantalón corto, animándole a entrar donde Julito aún no se atrevía: a las entrañas insospechadas de la atracción El Viaje al Centro de la Tierra. Le decía «ven, ven» con el brazo, le sonreía.

Un domingo cualquiera, muchos años atrás, cuando su hermano aún existía.

—¿Te ha dado un golpe de calor?

Meléndez preguntaba y encendía un mechero de plata en el que reventaban los rayos del sol, lanzando constelaciones de centellas a los ojos. Cabria dio una calada y arrugó la nariz. El bigote farsante le hacía cosquillas.

—¿Cuál es el plan?

—Muy sencillo. Nos dividimos: como somos dos, en dos. A las en punto nos acercamos por separado al Tren Fantasma y nos subimos en vagones distintos del tren. El guardaespaldas es grande y parece lento, pero no lo es. Los dos polis ya los conoces: no sé si irán juntos o separados. Tampoco sé cómo harán el intercambio, pero en todo caso cuando oigas mi silbato acude con la pistola en la mano gritando «¡policía!» y echándole un par de cojones.

—¿Has dicho silbato?

Con dos dedos rebuscó Meléndez en su garganta, hasta que consiguió extraer una cadenita con un silbato de metal reluciente.

—Con este silbato. Hala, suerte.

Meléndez, pantalón vaquero y camisa a rayas, se puso a caminar alegremente, sin mirar atrás, como si de verdad se tratase de pasar una divertida tarde de verano: Cabria lo vio incluso comprarse un helado, mezclarse con los pasajeros de una lancha para un paseo en La Jungla y señalar alborozado arriba, entre las lianas, donde Tarzán colgaba como un jamón.

El detective decidió alienarse entre el gentío. Dio un paseo, mató el tiempo tomando un café en un tenderete y miró su reloj: quedaban menos de diez minutos. Compró una nube de algodón dulce, agarró el palito pringoso como si sujetara una máscara veneciana y así camuflado buscó el Tren Fantasma convencido de que iba a participar en la madre de todas las astracanadas.

O tal vez no, y por eso brincaba la pistola en el bolsillo de su chaqueta.

El Tren Fantasma estaba igual que Cabría lo dejó en su memoria: un gran frontón de cartón piedra parecido a un siniestro castillo y un trenecito con vagones pintados semejando bocas dentadas muy abiertas. El imaginario que ambientaba la atracción se anticipó en varias décadas al triunfo del gore: dibujos de cuerpos mutilados; una mujer con las piernas amputadas a la altura de las rodillas atada a los grillos de una mazmorra; un carcelero sádico y enloquecido; prisioneros con las cuencas de los ojos vacías; pirotecnia de carne y sangre y gritos de horror y muerte. En lo alto del decorado, sentado como un gran Buda grotesco y borracho, un pirata gordo y tuerto al que se le salían los michelines bajo el chaleco jugaba a levantar con calma macabra las tapas de dos grandes barriles. A veces, de manera imprevisible, pegada a la tapa emergía la cabeza de alguna desdichada víctima de la filibustería cuyo cuerpo al parecer se fermentaba dentro del barril. Esta aparición aleatoria de la cabeza era algo que le fascinaba al Cabria niño y que seguía intrigando al Cabria detective mientras esperaba a que dieran las tres. A una distancia razonable, el detective espiaba a los adolescentes que hacían cola y subían llenos de excitación a los vagones; los niños mostraban el susto en la cara incluso antes de subirse y los abuelos subían y bajaban con la alegre indiferencia del que sabe que los verdaderos terrores de la vida están siempre fuera del Parque de Atracciones.

Cabria levantó la vista del minutero y localizó a un tipo grandote y vestido de turista, americano, para más señas. Llevaba chanclas, bermudas tropicales, camiseta sin mangas, gafas de sol, una riñonera hortera como todas las riñoneras y una gorra roja. También una bolsa negra de tela colgando de las manazas. A pasos lentos se colocó en la fila de los que esperaban para subir a los vagones del Tren Fantasma, y en ese momento el detective descubrió que justo delante del turista americano esperaba su turno un metro noventa de individuo que bien podría ser Emilio Pérez, más conocido por Cabria como el Chulo de Corrala. Vestía un polo blanco y unos pantalones color crema, y parecía ensimismado mirando su móvil. Si allí estaba Pérez, José Antonio Hebilla, alias Ojos Grises, no debía de andar muy lejos. Buscándolo con la vista estaba cuando la doble hoja de una de las puertas de la atracción se abrió de golpe escupiendo a un convoy rebosante de gritos, risas y alguna lágrima de grandes y chicos. El tren avanzó un poco y se detuvo en seco. Sus aturdidos ocupantes comenzaron a bajar de los vagones y a desfilar hacia la salida por donde les indicó un operario con un mono azul y una gorra puesta, que esperó a que todos hubieran salido para levantar una cadenita que colgaba entre dos barrotes de hierro e indicar con la mano que por allí podían circular los nuevos visitantes del Tren Fantasma.

Eran las tres y dos minutos. Cabria miró alrededor y no vio a Meléndez. Tampoco a Ojos Grises. Calculó que no había mucha gente en la cola y que el convoy se llenaría. Sacó el móvil, buscó el teléfono de Meléndez y llamó mientras arrojaba a una papelera la nube de algodón y echaba a andar. Se colocó detrás del turista. Le salió el buzón de voz. Se bajó un poco las gafas de sol y volvió a mirar. Siguió sin ver ni a Meléndez ni a Ojos Grises, y la fila comenzaba ya a moverse. Con diligencia, el operario iba picando tiques y distribuyendo a la gente en sus vagones. El sudor que a Cabria le corría por la cara le torcía el falso bigote. Delante tenía la espalda del turista americano, y el lento movimiento de aquel valladar, con piel suficiente para forrar tres butacones, le indicaba que la fila seguía avanzando. Tragó saliva, miró su reloj, como si en su breve esfera pudiera encontrar una solución. Preparó su pulsera «Diversión total» para mostrársela al operario, que acababa de instalar en el penúltimo vagón a Pérez, al lado mismo del turista americano.

—¡Tique, po favó!

Era su cantinela. La repetía con voz de pito y con un extraño matiz familiar para Cabria, que se sentó solo en el último vagón. En el preciso momento de hacerlo, levantó la vista y se topó con el rostro de Meléndez, casi sepultado entre la gorra y el mono azul, que le quedaba demasiado grande.

—¡Tique, tique, po favó!

Repitió con los dientes apretados, como si sonriera. Luego se dio la vuelta, colocó la cadena en su sitio, se acercó al panel de mandos, bajó una palanca y apretó un botón.

Con un estallido de jolgorios y chillidos, el tren arrancó y enfiló la puerta de entrada. Al pasar por delante de Meléndez, el ocupante del último vagón tuvo tiempo de quitarse las gafas, mirarle un instante, menear la cabeza y musitar.

—La madre que te parió…

La oscuridad de la atracción olía a caucho, aceite y cables quemados. Cabria tiró las gafas macarras y se colocó las suyas de ver, y comprobó que delante tenía aún las dos cabezotas muy quietas y muy serias. El convoy giró bruscamente y los aullidos en los primeros vagones anunciaron al detective algún terror significativo. En efecto, segundos después las paredes se llenaron de sombras azules y violetas que resbalaban sobre nichos y tumbas en donde rebullían los miembros de los muertos vivientes. Nueva curva cerrada, nuevo clamor y el convoy abandonó el cementerio para descender a un paraje de ciénagas y vegetación retorcida en cuyo aire insano flotaban como luciérnagas los ojos centelleantes de inquietantes criaturas no identificadas. Se oían desagradables risas y gemidos por los altavoces, pero Cabria también percibía un jadeo que le pareció más cercano. Comprendió que los dos de adelante forcejeaban, agarró su Glock en el momento en que pasó el tren por una sala oscura y fría, y al ingresar en la siguiente, algo más iluminada, Cabria descubrió que ni Pérez ni el turista estaban ya en su vagón. Se agarró al pasamanos, se lo pensó un instante, y cogiendo aire saltó fuera del tren, que se alejó por el túnel envuelto en su feliz algarabía.

No fue el aterrizaje tan severo como Cabria suponía, pero algún trozo de vía se le clavó en el costado combándole las costillas hasta hacerle sacar el último aliento de sus pulmones. Necesitó unos minutos para recuperarse y, cuando lo hizo, se descubrió boca abajo, rodeado de ataúdes y de antorchas espectrales. La gorra había salido volando y se había quedado atrapada en la gran telaraña que como una gasa vaporosa recorría la sala. Se levantó e intentó penetrar en la semioscuridad del recinto. Lo lógico, si es que había algo a lo que se le pudiera asociar este calificativo aquella tarde, era que Pérez y el turista americano se hubieran bajado en la ciénaga de la sala de al lado: bastaba entonces con seguir el raíl y atravesar la doble hoja de plástico de su entrada para llegar a ella. Se levantó, dio un paso, tropezó con algo, fue a dar otro y sintió tras él un alarido atroz, el grito primigenio del cazador antes de echarse a la yugular de su presa. Se giró con la Glock centelleando en la mano y vislumbró cerca de su hombro un cuerpo alargado y un rostro descompuesto con la boca muy abierta. Disparó dos veces, y otras tantas pequeñas explosiones envueltas en polvo blanco le indicaron que había acertado en la garganta y en el pecho del agresor, que recibió los impactos con absoluta perplejidad, a juzgar por el espanto petrificado de sus facciones y por la desmesura de sus ojos enrojecidos. El boquete en el corazón le pareció a Cabria excesivo, y demasiada la sangre que salpicaba la pechera. Dio un paso atrás y comprendió que nada podían sus balas contra el Señor de la Noche, que sin pestañear se retrotrajo lentamente de vuelta a la seguridad de su ataúd, y se encajó en su capa y en su acolchada certidumbre de tinieblas dispuesto a dormir su sueño secular lejos de la maldad del hombre del siglo XXI.

Un resorte chascó y el autómata fue absorbido por el ataúd, cuya tapa se cerró de golpe apartando de la vista del detective a su víctima, que ni sepultada en una atracción de feria se había podido sustraer a la insaciable persecución de los humanos amantes de la luz. Corrió entonces Cabria hacia la ciénaga, apartó de un manotazo las puertas de plástico y avanzó entre pequeños cráteres de tierra parduzca, de los que salía un humo lechoso y denso. La sala estaba peor iluminada aún que la de los vampiros, pero algo rebullía en una esquina enredado entre los pámpanos de una enfermiza vegetación. Forzó la vista y descubrió a un tipo que abultaba tanto como Pérez y que llevaba sus mismas ropas sombreadas por lamparones oscuros, que tal vez podrían ser manchas de sangre. Bufaba y se arrastraba con lastimosa dificultad, sin levantar la vista del suelo, por el que restregaba los labios entreabiertos como un caracol esparcidor de brillante baba.

Los dedos de Cabria se hincaron en la culata de la Glock. Dio dos pasos y su zapato rozó la nariz de Pérez, que se quedó quieto un momento, levantó la vista y se encontró un agujerito negro temblando cerca de su frente, como un siniestro moscardón. Y detrás de él, en la lejanía, la silueta borrosa de unas gafas torcidas y un bigote descompuesto.

—¿Dónde está el otro?

La pregunta de Cabria sonó metálica en el frescor de la sala. El brazo le daba sacudidas, de pronto la Glock era un bicho difícil de controlar con una mano y tuvo que pedir refuerzos a la otra para domeñarla.

Pérez miró al suelo, tragó saliva, y levantando otra vez la cabeza apuntó con la barbilla a una pared, en la que, medio camuflada entre el follaje de plástico, se intuía una puertecita entreabierta, junto a la que colgaba un extintor.

—¿Dónde está Hebilla?

Esta vez Pérez no se movió, y su silueta en el suelo pareció achicarse, como si quisiera desaparecer; no iba a decir dónde estaba su compañero, bien porque no lo supiera, bien porque no quisiera y por tanto esperaba resignado su balazo: pero su maltrecho metro noventa de cuerpo, en un último golpe del instinto, se encogía, se replegaba sobre su propio centro, como cualquier animal del mundo antes de ser aplastado. Cabria decidió que si seguía pensando mucho nunca apretaría el gatillo, así que dio órdenes a su dedo índice de cerrarse y este, hasta ese momento un garfio de palo, obedeció al fin con la suavidad y determinación que exige el gatillo de una Glock 19.

Un estallido sacudió la sala y a Cabria se le atravesó un remolino de aire en la garganta. El estrépito era nuevamente a sus espaldas, giró su cuerpo y levantó las manos asombradas: el convoy volvía a la entraña de la atracción, abatía las puertas de la sala y penetraba en ella llenándola de gritos, risas y ojos muy abiertos que no eran capaces de distinguir bien al goyesco espantapájaros con un bigote atravesado en la boca y los brazos alzados que sin embargo asustó poco, al parecer, porque algún niño le tiró una pelota de papel y algunos cortes de manga restallaron delante de la cara misma del detective.

Arrastrando su alboroto el tren se precipitó hacia la siguiente puerta y por allí desapareció, dejando a Cabria con los brazos en alto y el corazón centrifugándose en alguna parte del pecho. Solo le faltaba ya hacer de fantoche de feria, y encima hacerlo sin oficio, delante de uno de los asesinos de su hermano. Tomó aire y levantó el cañón del arma de nuevo hacia la cabeza de Pérez, que le miró un momento, cerró los ojos, suspiró y depositó con suavidad su engominado perfil de guapo en el suelo. Esta vez no se encogió. Seguramente quería acabar de una vez, como el propio Cabria, que se mordía el labio inferior mientras volvía a apuntar al cráneo de pelo corto y ensortijado, con grandes entradas y finas patillas cortadas con esmero y precisión. En una de ellas se enredaba una luciente cadenita de oro con una medalla de la Virgen María que se había desprendido del cuello. Cabria siempre había pensado que un hombre que lleva colgando en el pecho una medalla de cualquier Virgen lleva también a la madre en el corazón, y es por tanto un enmadrado sentimental y viceversa, además de un buen hijo, aunque sea un asesino; por eso le asaltó la idea de que disparando no mataba sino a un niño gigantón y peligroso, pero un niño al cabo que en la última agonía estaría recordando a la madre cuyo seguro regazo nunca debió abandonar. Cabria no contemplaba el infanticidio entre sus posibles realidades, y la Virgen era un argumento suficiente para contener por un momento sus más violentas ansias de venganza. Como adivinando este escrúpulo, Pérez movió de pronto un brazo, atrapó la medalla con una mano y la sepultó entre sus dedos. A Cabria le entraron ganas de santiguarse, pero sus manos estaban ocupadas estrujando la Glock.

—Hazlo, y eres huelebraguetas muerto.

Era imposible decirlo con más tranquilidad ni claridad. Cabria miró hacia la entrada de la sala, donde aparecía ya Meléndez, aún con el mono puesto. Sus ojos y sus dientes brillaban tanto que parecían flotar en el aire a medida que se acercaba, envuelto en el efecto eco que la acústica del túnel regalaba a sus palabras. En su mano una cosa oscura recordaba mucho a un pistolón.

—Te lo juro por mis muertos, por los tuyos, por los que han sido y serán. Si disparas, te mato.

Overbooking en el cementerio, y aún no he pegado un tiro, pensó Cabria, bajando el arma.

—¿Este era tu plan brillante, Gregorio?

Meléndez se encogió de hombros.

—Pensé que con mi disfraz de operario les cogería por sorpresa: pero la sorpresa ha sido que Hebilla no se ha presentado, y el polaco se ha escapado como un ratón, no sé por dónde.

Cabria señaló a la puerta entreabierta. Meléndez asintió y se rascó la barbilla.

—Ya veo. Qué cabrón: qué listos que son los guardaespaldas.

Pérez rebulló en el suelo.

—Ese hombre necesita un médico, Julio. Y tú una ducha: ¿por qué no te vas a casa?

Cabria se había apoyado en la pared. No era el momento más oportuno, pero sus piernas comenzaban a desjarretarse. También le hacían cosquillas en la lengua algunas preguntas y curiosidades insatisfechas.

—¿Y si me explicas antes algunas cosas? Por ejemplo, por qué un diputado de la Comunidad de Madrid me ha aconsejado que deje este asunto, antes de que lea mi misteriosa muerte en los periódicos.

—¿Eso te dijo?

—No me lo dijo así, pero esa era la idea.

—Qué imaginación tienes.

Meléndez sonreía mientras se guardaba el arma en el bolsillo. Cabria hizo lo mismo, pero sin sonreír.

—Por dónde salgo, Gregorio.

Meléndez sacó un móvil y marcó un número.

—Por donde quieras. La atracción está cerrada: el operario sabe que somos de la policía. Ah, y otra cosita: sé que me siguen, lo noto, lo siento, tengo una sensación en la entrepierna que así me lo indica. Te lo dije en tu casa, te lo recordé en El Portón y te lo advierto aquí, en el culo del mundo: déjalo ya, antes de que me entre el nervio.

Cabria se arrancó el bigote y lo lanzó con asco al suelo. Cayó junto al puño de Pérez con medalla salvadora dentro. Luego caminó procurando no tropezar con las lápidas polvorientas que erizaban el suelo. Eran de cartón piedra, y antes de dejar atrás a Meléndez, que pedía por móvil una ambulancia, le dio tiempo de arrancar un par de ellas a puntapiés. Cuando ya casi salía de la sala, en busca de la luz que se intuía tras unas negras cortinas de plástico, oyó un chistido que le hizo volver la cabeza. Al fondo del túnel, la manchita blanca en que se había convertido la cabeza de Meléndez emitió un chillido agudo y lejano.

—¡Eh, Julio!

Fuera, en plena canícula veraniega, refulgían ya los gritos, los cláxones, los hipidos de las primeras sirenas.

—Pero vendrás a la boda, ¿no?

Y el eco se desparramó por las paredes de escayola.

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