Bacarrá
Capítulo III
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Haciendo visera con la mano y encogiendo los ojazos azules castigados por el humo del purito prendido en los labios, el comisario Subirats vigilaba la entrada de la Clínica de la Concepción. En el asiento de al lado el subinspector Belmonte fumaba y leía por tercera vez el Marca, que había desplegado sobre el volante. El sol picaba por los cuatro costados del Seat Ibiza, pero sus ocupantes no comentaban ya nada del calor, o solo lo hacían con interjecciones y resoplidos. Eran las doce, y llevaban casi dos horas esperando.
De pronto, una nube logró amordazar al sol y el aparcamiento se llenó de gris. Subirats bajó la mano. Un remolino de batas blancas se agitaba en la puerta principal moviéndose alrededor de algo que no podía divisar. La nube siguió su camino y otra vez el chorro amarillo anegó el edificio, haciendo refulgir mil cristales: en medio de ellos alcanzó Subirats a distinguir una silla de ruedas y un traje azul de un celeste intenso, como si un trozo de cielo se hubiera desprendido de las alturas.
—¡Ahí está! —dijo, dando un codazo al conductor —. Arranque, salga del aparcamiento y gire por la garita. Vamos a recogerlo antes de que lo metan en una ambulancia.
El Ibiza cumplió su trayecto sin prisa, pero frenó con convicción policíaca al pie de las escaleras. Al instante los dos hombres bajaron y Subirats hizo reír su placa al sol.
—Comisaría de Leganitos. Nosotros nos encargaremos del traslado de este enfermo.
Los médicos suspendieron su trajín y recularon. Dos forzudos celadores quedaron flanqueando la silla de ruedas, donde se hincaba un cuerpo anguloso enfundado en el estirado traje celeste presidido por una cabeza cadavérica, blanca, en la que sin embargo tremolaba de emoción un bigotillo perfectamente recto bajo la nariz grande, huesuda y gris como una hoja de cuchillo olvidada en mitad del rostro. Los ojos permanecían cerrados, y el pelo recio y encanecido adquiría un tono amarillento entre las dos soberanas patillas, simétricas hasta el último cabello. Aquella estampa terminaba en dos finos zapatos color corinto, y sobre las rodillas empitonadas descansaba un bastón color hueso.
Cuando los celadores se disponían a incorporarle, el hombre alzó súbitamente los brazos, sin abrir los ojos, con las manos engarfiadas como un vampiro que se desperezase. Los celadores dieron un salto atrás, y hasta las cabezas de Subirats y Belmonte respingaron. Entonces el subinspector Meléndez bajó lentamente los brazos y levantó los párpados y dejó que su mirada volara como una paloma libre y coja hacia cualquier punto de su ciudad recuperada. Quiso retener y retuvo dos lagrimones que se le perdieron garganta adentro y, ante el estupor general, incontinente, comenzó a erguirse sobre las rodillas que iniciaron un frenético intercambio de chasquidos. Logró Meléndez la hazaña de la verticalidad y, con el mentón puntiagudo señalando al horizonte y el liviano bastón clavado en cada peldaño, comenzó el descenso de las escaleras seguido por los doctores, que le acompañaban consternados entre exclamaciones sin atreverse a tocarle, conscientes tal vez de que su poder y sus consejos no pintaban ya nada en la nueva vida del paciente.
Triunfante al fin, a medio metro de Subirats se plantó Meléndez. Se estiró el traje, se ajustó la corbata y sacó un cigarrillo del bolsillo de su chaqueta. Lo encendió y señaló con una patilla al otro policía.
—¿Quién es este?
—Belmonte.
Los chupados carrillos dieron dos lentas caladas.
—Ya sé que es Belmonte. Pero es que le faltan cuarenta kilos.
—Los ha perdido durante estos meses: pero ha ganado un ascenso.
Meléndez miró a Belmonte y halló un rostro ensimismado con algo muy parecido a un trozo de hielo en el fondo de las pupilas. Escaleras arriba, el equipo médico se volvía con parsimonia hacia el interior de la clínica, camino de sus cafés y de sus quirófanos.
—Ya no soy un enfermo, jefe. Quiero reincorporarme cuanto antes.
El Comisario asintió.
—Y después me casaré. Este mismo otoño.
Subirats se encogió de hombros.
—Es tu problema. Pero antes tendrás que testificar por el caso Pandora.
—Diré toda la verdad al juez, jefe.
Subirats guiñó un ojo y abrió la puerta del Seat.
—Tampoco hay que pasarse: basta con testificar.
Subirats y Belmonte se metieron en el coche, y Meléndez comenzó la misma maniobra apretando los dientes. Al fin se instaló en la parte de atrás, y Belmonte encendió el motor.
Iba a arrancar cuando un gesto de Meléndez le detuvo.
—Un momentito.
Por el retrovisor contemplaron cómo Meléndez hizo asomar la mitad del bastón por la puerta abierta, cómo después tomó aire, y luego, con furia repentina, de qué manera comenzó a machacarlo abriendo y cerrando la puerta hasta que del bastón quedó solo un amasijo lacio de maderas astilladas que dejó caer afuera con repugnancia, como si fuera la piel mudada de una víbora pálida y pringosa.
Subirats y Belmonte esperaron con resignación a que se recuperara del esfuerzo. Les dio tiempo a terminarse sus respectivos puritos.
—A Leganitos, jefe. A mi despacho — tosió Meléndez, y añadió para sí —: a recoger mi armita reglamentaria.
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