Bajo bandera negra
Capítulo 2
EL SAQUEO DE LOS PUERTOS DEL TESORO
NOMBRE DE DIOS se encuentra en una punta de una bahía del istmo de Panamá. En los años setenta del siglo XVI, fue uno de los principales puertos del tesoro del Caribe español, el sector tropical y húmedo de la costa americana que traza una curva en el extremo meridional del mar Caribe. Dos veces al año, la flota de galeones españoles anclaba en la bahía y cargaba el oro y la plata que, desde las lejanas montañas de Perú y Bolivia, habían recorrido miles de kilómetros por mar y a lomos de recuas de mulas.
A diferencia de Panamá, Cartagena de Indias y otras ciudades españolas de América Central, Nombre de Dios carecía de buenos edificios. Era un lugar misérrimo. Alrededor de doscientas viviendas y cobertizos, toscamente erigidos con tablones de madera, se apiñaban en la fachada marítima, justo en los límites de la selva. Cuando llegaban las naves cargadas de tesoros, el pueblo se llenaba de marineros, esclavos y oficiales de marina. El resto del tiempo, la mayoría de las casas
permanecían vacías.[1] Durante la estación de las lluvias, las tormentas y los aguaceros tropicales se sucedían uno tras otro. Los mosquitos, las fiebres y las enfermedades tropicales prosperaban a causa del calor y la humedad.
En 1571, Francis Drake, que posteriormente se haría famoso como el más admirado marino británico de la época isabelina, había realizado una visita de reconocimiento a Nombre de Dios. Disfrazado de comerciante español, inspeccionó el puerto y estudió el emplazamiento del tesoro real. En las proximidades, había encontrado una ensenada protegida que serviría de fondeadero seguro para una expedición futura. También estableció contacto con varios esclavos negros fugados, a los que se conocía como cimarrones, que moraban en la selva circundante y estaban siempre dispuestos a vengarse de los odiados españoles. En julio de 1572, regresó a
Nombre de Dios.[2] Disponía de dos barcos pequeños, el Pasco y el Swan, y un total de setenta y tres hombres. Ancló las naves al abrigo del promontorio situado al este de la población. Durante la noche, trasladó a los hombres en pequeñas pinazas o canoas, a bordo de las cuales doblaron el promontorio y cruzaron la bahía. A las tres de la madrugada, vararon las canoas y se dirigieron a la batería de la playa, formada por 6 cañones y guarnecida por un solo hombre. Tras silenciar los cañones, Drake dividió sus efectivos. Un grupo, encabezado por su hermano John, se dirigió al oeste de la ciudad para llamar la atención del destacamento, mientras el propio Drake dirigía el ataque desde el este y entraba en la población al son de los tambores y las trompetas. Los habitantes fueron víctimas del pánico y supusieron que los atacaba una fuerza desmesurada.
A partir de ahí, la situación se torció. Un grupo de soldados españoles abrió fuego, mató a un trompeta inglés e hirió a Drake en el muslo. Éste hizo caso omiso de su herida y condujo a sus hombres hasta la casa del tesoro, en el puerto, pero de la herida manaba tanta sangre que, como recordaron más tarde sus compañeros, llenó la huella de sus pisadas y dejó rastros. Se disponían a abrir por la fuerza las puertas de la casa del tesoro, cuando estalló una tormenta; el aguacero tropical anegó las calles, y los atacantes no tuvieron más opción que buscar refugio. En cuanto el chubasco cesó, muchos efectivos de Drake descubrieron que sus pistolas y arcos habían quedado inutilizados porque la pólvora, las cerillas y las cuerdas estaban empapadas. Algunos de ellos quisieron darse por vencidos, pero Drake no tuvo dudas: «Os he traído a la casa del tesoro del mundo. Si os marcháis sin él no podréis culpar a nadie,
salvo a vosotros mismos».[3] Su arrojo no sirvió de nada. Cuando abrieron las puertas, comprobaron que el tesoro estaba vacío. La última flota había zarpado hacía sólo seis semanas y el siguiente envío de riquezas no sería trasladado desde Panamá hasta varios meses después. Drake estaba tan debilitado por la pérdida de sangre que se desplomó y tuvieron que cargar con él hasta las pinazas varadas en la playa. El ataque fue un fracaso sin paliativos.
Un hombre menos valeroso habría renunciado a la empresa, pero, fiel a las características de su espíritu indomable, decidió aguardar la llegada de la siguiente flota española y aprovechar las semanas intermedias. Tras recuperarse de la herida, organizó incursiones costeras y exploró la selva con la colaboración de guías autóctonos. El 11 de febrero de 1573, trepó a una loma, en lo alto de la cual los cimarrones habían construido una plataforma. Desde esa posición ventajosa, Drake contempló por primera vez el océano Pacífico. De viva voz pidió a Dios que le permitiese navegar en un barco inglés por ese mar de aguas brillantes.
Drake y sus hombres recorrieron la selva y los pantanos hasta avistar la ciudad de Panamá. Fueron testigos de la llegada de los barcos llenos de tesoros procedentes de Perú y aguardaron mientras descargaban las riquezas, las revisaban y las colocaban en los lomos de las mulas. Drake preparó una emboscada a la recua de mulas, pero también esta vez las cosas salieron mal. Uno de sus hombres se emborrachó y atacó alocadamente sin previo aviso a unos burros que portaban bienes sin valor, lo que puso sobre aviso a las mulas que transportaban el tesoro. Cinco meses de espera acabaron en agua de borrajas.
Drake no renunció a sus intenciones y tomó por asalto Cruces, situada a orillas del río Chagres. Por fin cambió su suerte. En marzo se cruzó con un grupo de hugonotes franceses, encabezados por el capitán Le Testu, corsario de Le Havre, quien le informó de que tres caravanas de ciento noventa mulas se dirigían a Nombre de Dios. A unos 30 kilómetros de la población, las fuerzas combinadas de ingleses, franceses y negros surgieron de la selva y se abalanzaron sobre la recua. Descubrieron que cada animal de carga transportaba 135 kilos de plata. El botín era impresionante, exactamente lo que Drake necesitaba para recuperar la moral de sus hombres y justificar los meses de esfuerzo en la selva y las batallas de supervivencia, tanto terrestres como navales. Drake escapó de las garras de la flotilla española que recorría la costa y emprendió el regreso a Inglaterra con el botín. El tesoro que capturó a la recua de mulas y en otras incursiones ascendió a cerca de 15 toneladas de lingotes de plata y monedas de oro por un valor aproximado de 100 000 libras.
Drake no fue un pirata a la usanza de Barbanegra o Bartholomew Roberts, aunque cometió numerosos actos de piratería. Al igual que Nelson, fue patriota hasta la médula y su odio por los enemigos de Inglaterra resultó tan apasionado como el del almirante. En el caso de Nelson, el enemigo fue Francia y, en el de Drake, España. Cada vez que atacó una nave o una ciudad española, Drake lo hizo en nombre de la reina Isabel y en el calcés de sus barcos ondeaba la bandera inglesa de san Jorge. Ambicioso y pirata por naturaleza, saqueó cuantas naves españolas se pusieron a su alcance y se convirtió en un hombre rico. Fue osado y decidido a la hora de actuar y, al mismo tiempo, demostró una extraordinaria sensibilidad en el trato con sus subalternos, que lo adoraron, y con los enemigos capturados, que lo admiraron. Procedente de una familia de marinos y campesinos de Devon, inevitablemente pareció un tosco provinciano entre los pisaverdes cortesanos que rodeaban a la soberana, pero superó sus orígenes humildes gracias a sus aptitudes inigualables en tanto marino y navegante y a sus hazañas extraordinarias en el Caribe.
Drake navegó con su primo John Hawkins en las travesías por África y las Antillas, por lo que compartieron éxitos y fracasos, pero fue el asalto a la recua de mulas lo que le dio fama. Tres años después del regreso de Nombre de Dios, Drake emprendió una travesía que lo llevó a dar la vuelta al mundo. El 13 de diciembre de 1577, embarcó en el Pelican, que posteriormente sería rebautizado como Golden Hind. Se trataba de un pequeño galeón, de sólo 100 pies de eslora total y 18 de manga, pero el piloto lo describió como bueno para navegar y, «en gran medida,
resistente y fuerte».[4] Cuatros naves más componían la flota que, a punto de iniciarse el invierno, zarpó de Plymouth. Tardaron dos meses en llegar a la costa de América del Sur cercana al río de la Plata. En septiembre de 1578, fecha en la que cruzaron el estrecho de Magallanes, tres de los barcos que acompañaban al Golden Hind habían abandonado o se habían perdido, y el cuarto perdió el contacto con Drake durante una tormenta y emprendió el regreso a Inglaterra.
Drake continuó y, a medida que avanzaba hacia el norte siguiendo el litoral de Chile, llevó a cabo una serie de ataques a asentamientos y transportes españoles. En las proximidades del puerto de Valparaíso, se apoderó de un barco español cuya carga incluía oro por valor de 8000 libras y 1770 botellas de vino. Otros botines incluyeron 4000 ducados de plata, un cofre con lingotes y un crucifijo tachonado de esmeraldas. El 1 de marzo de 1579, interceptó el Nuestra Señora de la Concepción, barco del tesoro que iba de Lima a ciudad de Panamá. Gracias a las incursiones costeras, sabía que la gran nave era un cofre del tesoro flotante, ya que estaba cargado con plata y oro de Perú. Iba tan artillado que le habían puesto el sobrenombre de Cacafuego.
Como recompensa, Drake había ofrecido una cadena de oro al primero que avistara un galeón español. Se alzó con el premio su joven sobrino John, que estaba de vigía en la cofa mayor o atalaya del Golden Hind. Drake decidió urdir una táctica muy utilizada por los piratas de todas las épocas: disfrazar su nave de mercante lento e inofensivo. Ordenó a los tripulantes que ocupasen sus puestos, arrumbaron las velas y redujeron la velocidad remolcando a popa cables, colchones y una sucesión de ollas pesadas. Así fue como engañó a Juan de San Antón, el capitán del Cacafuego. Cuando los navíos quedaron al alcance de la voz, posición tradicional cuando dos bajeles se encontraban en el mar, el español preguntó el nombre y el destino del barco de Drake. «¡Arriad la vela u os hundimos!», fue el grito que resonó por encima de la superficie del agua. Como era previsible, el capitán Juan de San Antón se negó a obedecer y ordenó al inglés que subiera a bordo de su nave y se entregara. En el Golden Hind sonó la trompeta y una fila de hombres armados hizo acto de presencia por encima del galón de la cubierta. La primera salva de cañonazos derribó el palo de mesana de la nave española y fue seguida por una fulminante descarga de flechas y mosquetazos que permitieron que la pinaza del barco inglés se acercara al Cacafuego con el grupo de abordaje. El capitán español fue apresado y entregó el barco. Drake lo trató cortésmente y le aconsejó que no se afligiese, ya que ése era el sino de la guerra.
Trasladaron el botín hasta una zona costera protegida, en la que con ayuda de sus hombres hizo el inventario de la carga del Cacafuego. La bodega del barco estaba atiborrada de tesoros. Según un informe de la época, había «gran cantidad de joyas y piedras preciosas, 13 cofres con reales de plata, 80 libras de oro y 26 toneladas de
plata sin acuñar».[5] Según la matrícula de la nave, el oro y la plata que figuraban a nombre del rey de España y de otros individuos ascendían a un valor de 362 000 pesos. También había una gran cantidad de tesoros sin registrar, que el capitán español tasó en 400 000 pesos. Esos 762 000 pesos equivaldrían a cerca de 12 millones de libras actuales (unos 18 millones de euros). Drake acababa de capturar uno de los botines más jugosos de todos los tiempos. Su dotación tardó seis días en trasladar el tesoro al Golden Hind y, mientras la operación se llevaba a cabo, invitó a Juan de San Antón y a los pasajeros a comer con él, les mostró la nave y, con profundo orgullo, les presentó las cartas marinas y los dibujos que tanto él como sus oficiales habían realizado de las costas por las que habían navegado. Comunicó a Juan de San Antón que había ido «a robar por orden de la reina de Inglaterra y portaba las armas que la soberana le había entregado, así como la misión que le había
encomendado».[6]
Antes de despedirse del Cacafuego, Drake entregó un salvoconducto al capitán y repartió regalos entre éste y la tripulación. Fue un gesto de generosidad hacia el enemigo vencido, lo cual no amortiguó la ira y la alarma de las autoridades españolas cuando se enteraron de la magnitud de los daños producidos por el pirata inglés. Los barcos españoles lo buscaron por toda la costa de América, pero Drake tuvo la sensatez de poner fin a los saqueos y se dirigió al oeste, a la inmensidad del océano Pacífico. Sobrevivió milagrosamente a las tormentas, los ataques de isleños hostiles y al encallamiento del navío en un arrecife de coral de las islas de Indonesia y, el 26 de septiembre de 1580, regresó a Plymouth, tras una travesía que se prolongó durante dos años y nueve meses.
El Golden Hind fue el segundo barco de la historia que dio la vuelta al mundo y, dado que Magallanes murió durante la travesía pionera, fue Drake el primer comandante que completó la circunnavegación del planeta. Se trata de un logro épico, por lo que Drake se convirtió en héroe nacional. El embajador de España exigió la compensación por «los saqueos cometidos por este corsario infame», pero nadie hizo caso de sus reivindicaciones. Drake compartió seis horas con la reina Isabel en el palacio de Richmond, durante las cuales le refirió los pormenores de la travesía, y posteriormente la soberana lo nombró «sir» en la cubierta de su barco, atracado en Deptford. Aunque se llevó a cabo el inventario oficial del botín de Drake y en la torre de Londres se depositaron alrededor de cinco toneladas de plata, resulta difícil calcular el valor total de los tesoros saqueados durante esos meses en la costa de América del Sur. La soberana autorizó a Drake a quedarse con libras y a distribuir 8000 entre los miembros de su dotación. Los accionistas que financiaron la travesía (la reina incluida) obtuvieron pingües beneficios de la inversión. En 1580, el valor total del tesoro probablemente rondaba las 500 000 libras, equivalente a más de 68 millones de libras actuales (unos 100 millones de euros).
* * *
Cuando Drake llevó a cabo su primera incursión en el Caribe, hacía cerca de medio siglo que los españoles enviaban oro y plata a Europa. La saga de la conquista del Nuevo Mundo por parte de España se inició con Cristóbal Colón. El 12 de octubre de 1492, desembarcó en una isla de las Bahamas, tras setenta días de travesía por aguas del océano Atlántico. De las Bahamas navegó hacia el sur, hasta Cuba, y hacia el este, hasta la Hispaniola (las actuales Haití y la República Dominicana), antes de emprender el regreso a España y comunicar sus descubrimientos. El segundo viaje lo llevó a Dominica y, siguiendo la cadena de islas antillanas, hasta Puerto Rico, la Hispaniola y Jamaica, en cuya bahía de Saint Ann desembarcó el 5 de mayo de 1494. Las montañosas islas de Jamaica y la Hispaniola se convirtieron en las bases principales de las incursiones de los bucaneros, y desempeñan un papel decisivo en la historia de la piratería.
Durante el tercer y cuarto viajes, Colón recorrió la costa de América del Sur y llegó al golfo del Darién, en su búsqueda incesante de un paso por mar a la India y Oriente. Aunque fracasó en la misión que se había propuesto, lo cierto es que sus viajes modificaron el mapa del mundo conocido. Las autoridades españolas no tardaron en aprovechar sus descubrimientos. En 1502, se fundó en la Hispaniola un asentamiento permanente, y Balboa estableció otra colonia española cerca de Panamá, en territorio continental americano. Fue la expedición siguiente la que transformó la visión europea del Nuevo Mundo y desembocó en dos siglos de saqueos, corsarios y piratería en el Caribe español.
En 1519, un pequeño contingente de seiscientos soldados desembarcó en la costa de México, cerca del emplazamiento de lo que actualmente es la ciudad de Veracruz. Portaban espadas, picas y ballestas y habían transportado 16 caballos, un puñado de cañones pequeños y 13 mosquetes. Dirigidos por Hernán Cortés, los efectivos se adentraron en el territorio a través de las húmedas selvas de la costa y, por los escabrosos desfiladeros de montaña, llegaron a la altiplanicie del centro de México. Durante el trayecto, Cortés aplicó una mezcla de diplomacia y fuerza a fin de obtener alimentos y ayuda en las aldeas por las que pasaron. Se enteró de que el país estaba gobernado por los aztecas, pueblo belicoso que cobraba tributos a los aldeanos y los
obligaba a trabajar.[7] Los aztecas no conocían la rueda ni empleaban caballos o bueyes, aunque crearon una civilización extraordinaria por su sistema agrícola altamente desarrollado, su escultura, sus jeroglíficos y sus impresionantes edificios, concretamente los templos que aún hoy inspiran respeto. Dichos templos fueron el escenario de sacrificios humanos que ejercieron un horrible interés pagano en el ejército invasor. Cortés y sus hombres quedaron más fascinados si cabe al descubrir que el país era rico en oro y plata, con los que los artistas aztecas creaban espectaculares joyas y adornos.
Dos años después de desembarcar en México, Cortés había conquistado el país. Asedió y tomó Tenochtitlán, la capital azteca construida en islas situadas a lo largo de la orilla de un lago interior. Redujo las casas a ruinas e inició la construcción de lo que se convertiría en la actual ciudad de México. El gobernante azteca Moctezuma fue apedreado por su propio pueblo y en su lugar se instauró el virreinato de Nueva España, que cobró tributos a los súbditos prácticamente de la misma forma que lo habían hecho los aztecas. En los años veinte del siglo XVI, el rey de España recibió cantidades cada vez mayores de cofres llenos de oro y joyas aztecas.
Entretanto, los rumores de otro rico imperio en el territorio que se extendía al sur de México llegaron a los exploradores y los colonos españoles de Panamá, que por entonces se llamaba Darién. El país regido por los incas se extendía poco más de 3000 mil kilómetros a través de las montañas y los valles de la cordillera de los Andes. Los centros religiosos y políticos se encontraban en emplazamientos aislados, a más de 3000 mil metros de altura, pero los incas crearon una sorprendente red de caminos de montaña y puentes de cuerdas que les permitieron controlar a la dispersa población de campesinos. En muchos aspectos, la civilización inca se parece a la azteca: pese a carecer de vehículos de ruedas y a tener a las llamas como únicas bestias de carga, los incas contaron con un eficaz sistema político que les permitía cobrar tributos al pueblo, y fueron también hábiles constructores y artesanos. Al igual que los aztecas, trabajaban el oro y la plata y realizaban magníficos adornos personales e imágenes de sus dioses. En 1532, un grupo de españoles encabezados por Francisco Pizarro partió de Darién a la conquista de Perú y los incas. El reducido
contingente estaba compuesto por ciento ochenta soldados y 27 caballos. Mapa 1.
Aunque carecía de las habilidades diplomáticas de Cortés, Pizarro, analfabeto y proveniente del seno de una modesta familia campesina, era astuto, ambicioso y, como soldado, arrojado e implacable. En Cajamarca, en el norte de Perú, se encontró con Atahualpa, gobernante del Imperio inca. Lo traicionó, organizó un ataque por sorpresa con asombroso descaro, lo capturó, y asesinó a casi todo su séquito. Poco después se le sumaron refuerzos, por lo que su ejército aumentó hasta rondar los seiscientos efectivos, y se dirigió al sur, rumbo a Cuzco, la capital de los incas. Privados de dirigente, los incas no pudieron rechazar la acometida de los conquistadores españoles. En noviembre de 1533, los hombres de Pizarro saquearon la antigua ciudad de Cuzco. Fundieron una habitación llena de joyas y adornos de oro, reunida en todo el imperio como rescate para pagar la liberación de Atahualpa y, junto a los tesoros saqueados a los habitantes, los repartieron entre los soldados españoles. Retuvieron la quinta parte del oro para enviarla al rey de España. Como último acto de brutalidad, Pizarro ordenó la ejecución de Atahualpa.
Una década después, España controlaba eficazmente casi toda América Central y del Sur, lo que suponía una de las principales fuentes mundiales de metales preciosos. Además de los tesoros azteca e inca, en 1545 descubrieron otra fuente de riquezas. En Potosí, en la actual Bolivia, se alza una montaña que albergaba impresionantes cantidades de plata. Medía 4688 metros y, a los pocos años del hallazgo del tesoro escondido, ya estaba llena de numerosos pozos de extracción. Al pie de la montaña, se construyó la ciudad colonial y los españoles reclutaron a cientos de indios para extraer el mineral y trabajar en los molinos construidos para procesar la plata. Las recuas de mulas se cargaban de plata y, a través de los desfiladeros de montaña y los caminos de la selva, se enviaban hasta los puertos de Cartagena de Indias y Portobelo. Al principio, el oro azteca procedente de México y la plata de la montaña de Potosí llegaban a España con forma de barras y toscos lingotes, pero los gobernantes españoles no tardaron en crear casas de la moneda en las que convertir los metales preciosos en piezas acuñadas. La de la ciudad de México se creó en 1536, la de Lima en 1565 y la de Potosí en 1574.
El valor total del oro y la plata producidos por dichas casas de la moneda y enviados a España resulta sorprendente. Entre 1596 y 1600, España importó tesoros
del Nuevo Mundo por valor de 34 428 500 pesos.[8] Hoy equivalen a 516 millones de libras o 764 millones de euros.
Las monedas más famosas relacionadas con el Nuevo Mundo son las «piezas de a ocho» o pesos. Enviaron ingentes cantidades a España a fin de financiar las operaciones del Imperio español, cada vez más pujante, y se convirtieron en la moneda de uso comercial en América Central y del Sur y las Antillas. Durante más de un siglo, las piezas de a ocho que circularon por el Nuevo Mundo fueron monedas
de plata toscamente batida, a las que denominaron «pesos duros o fuertes».[9] Tenían aproximadamente el tamaño de la pieza de cincuenta peniques que actualmente circula en Gran Bretaña y, en ocasiones, estaban tan mal hechas que eran casi cuadradas en lugar de redondas. Las piezas de a ocho realizadas en España y las acuñadas en México a partir de 1732 estuvieron mejor realizadas y fueron más redondas y uniformes. Ambas solían tener el escudo de armas de España en una cara y, en la otra, un dibujo que representaba las columnas de Hércules. Los pilares gemelos simbolizaban los confines del mundo antiguo, en el estrecho de Gibraltar, y en los primeros diseños se los representaba surgiendo del mar. En los posteriores, en el espacio existente entre las columnas incorporaron dos hemisferios que representaban el Viejo y el Nuevo Mundo. Las piezas de a ocho resultaron tan conocidas y se difundieron tanto que, con el paso del tiempo, las columnas gemelas se convirtieron en el símbolo del dólar que hoy utilizamos. En 1644, en Inglaterra una pieza de a ocho valía 4 chelines y 6 peniques, lo que actualmente equivale a 15 libras o 23 dólares.
Aunque habitualmente conocidas como piezas de a ocho o pesos, la denominación correcta de estas monedas es la de «ocho reales». La totalidad de las monedas de plata acuñadas por las casas de la moneda, tanto en España como en su imperio de ultramar, se denominaron reales, mientras que las de oro fueron «escudos». Aunque acuñaron escudos y reales de diversos valores, son la pieza de a ocho y el doblón los que están específicamente relacionados con los tesoros y los piratas españoles. El doblón, la moneda de oro que valía 8 escudos, fue la moneda española de mayor valor que circuló. Era poco mayor que la actual pieza inglesa de 50 peniques; de un lado tenía la efigie del rey de España y, del otro, el escudo de armas. Para cualquier pirata un puñado de doblones hubiera representado una fortuna. Los ducados, piezas a las que a menudo se hace referencia en la literatura pirata, fueron en sus orígenes venecianos y la principal moneda de cambio del Mediterráneo en tiempos de los corsarios berberiscos. Acuñaron ducados de oro y de plata; los de oro equivalían a aproximadamente 7 chelines del dinero inglés de la época y los de plata a 5 chelines.
Los rivales y enemigos de España conocieron la magnitud de la riqueza procedente del Nuevo Mundo gracias a las actividades de los corsarios franceses que acecharon en las rutas marítimas de las entradas a los puertos europeos. En 1523, Jean Fleury navegaba por los alrededores del cabo San Vicente, en la costa sur de Portugal, cuando avistó tres carabelas españolas cargadas hasta los topes. Las naves estaban al mando del capitán Quiñones, y la larga travesía desde México se acercaba a su fin. Fleury y sus hombres capturaron dos naves y quedaron boquiabiertos ante lo que hallaron a bordo. Se toparon con varias toneladas de tesoros saqueados por Cortés: tres cajas inmensas de lingotes de oro; alrededor de 250 kilos de polvo de oro ensacado; perlas aztecas que pesaban cerca de 340 kilos, así como esmeraldas, topacios, máscaras de oro con gemas engastadas, anillos y cascos aztecas y capas
emplumadas.[10] Jean Fleury trabajaba para el vizconde de Dieppe y la noticia de esas riquezas no tardó en propagarse por las cortes de Europa occidental. El soberano francés Francisco I encomendó misiones a los capitanes de mar y, durante los cuarenta años siguientes, fueron los corsarios y los bucaneros franceses los que encabezaron los ataques contra los barcos y los puertos del tesoro españoles.
Uno de los primeros en aparecer en escena fue el capitán François le Clerc, pintorescamente apodado Jambe de bois o Pata de palo por la pierna de madera que llevaba. En 1553, se hizo a la mar con una escuadra de tres naves reales y diversos corsarios. Bordeó las costas de la Hispaniola y de Puerto Rico y capturó diversos mercantes. En 1554, lanzó un ataque contra Santiago de Cuba, por aquel entonces el principal asentamiento español en la isla grande de Cuba. Con ocho barcos y trescientos efectivos, ocupó el puerto y dedicó un mes a saquear la población; causó tanta destrucción que hicieron falta varios años para recuperarla. Al año siguiente, Jaques de Sores, que había zarpado de Francia con Le Clerc, capturó la ciudad de La Habana, en la costa septentrional de Cuba. Como no consiguió el rescate exigido, a continuación la quemó hasta los cimientos. Luego prendió fuego a todas las naves que se encontraban en el puerto y devastó la zona rural que rodeaba la ciudad. Como último acto de vandalismo, sus soldados profanaron la iglesia y robaron las vestiduras sacerdotales, que utilizaron como capas.
Había llegado el momento de que los ingleses pusieran en cuestión la reivindicación española de las riquezas del Nuevo Mundo. Sir Francis Drake fue el más célebre de los «perros de mar» ingleses y, sin lugar a dudas, el más temido, aunque fue John Hawkins el que allanó el terreno y enseñó a Drake el oficio. Hawkins pertenecía a una familia marinera de Plymouth y se convirtió en uno de los
hombres más ricos de Inglaterra gracias al éxito de sus travesías comerciales.[11] Era un hombre aguerrido e ingenioso y, a pesar de que sus actividades desataron las iras de los españoles, más que pirata fue comerciante y corsario. La tripulación de un buque pirata se habría reído a carcajadas de las instrucciones que daba a sus marineros: «Que cada hombre sirva diariamente a Dios, que os améis los unos a los
otros, cuidad vuestras vituallas, atención con el fuego y haceos buena compañía».[12]
El primer viaje que realizó tuvo lugar en 1562 y lo llevó de Plymouth a la costa africana de Guinea, donde cargó sus tres naves con trescientos esclavos negros. Cruzó el Atlántico y vendió los esclavos a los dueños de plantaciones de la Hispaniola, con lo cual obtuvo rentables beneficios. El éxito de la empresa le garantizó apoyos al más alto nivel para el segundo viaje. La reina Isabel I lo autorizó a utilizar el Jesus of Lubeck, barco de guerra de 700 toneladas, como buque insignia de la escuadra, y entre los inversores se contaron tanto la junta de la Marina como los comerciantes de la ciudad de Londres.
La escuadra partió de Portsmouth en octubre de 1564 y llevó a cabo una serie de incursiones en la costa africana, lo que dio por resultado la reunión de aproximadamente cuatrocientos esclavos. Cuando arribó a América del Sur, Hawkins descubrió que las autoridades españolas habían aconsejado a sus asentamientos que no negociasen con él. Sin darse por vencido, navegó de puerto en puerto y, mediante una combinación de muestras de fuerza y regateo, finalmente vendió su carga humana, así como la de vino, harina, paños e hilo a cambio de oro, plata y perlas. Emprendió el regreso a través de la Hispaniola y el estrecho de Florida y, en septiembre de 1565, llegó a Inglaterra. La expedición costó alrededor de 7000 libras y los beneficios totales del desembolso inicial rondaron el 60%. Hawkins demostró que era posible romper el monopolio español en el comercio con el Nuevo Mundo. El embajador español en Londres mostró su desagrado y, cuando se enteró de que Hawkins organizaba una tercera expedición, envió un mensaje urgente a Felipe II de España.
El tercer cuerpo expedicionario de Hawkins constaba de seis barcos y zarpó de Plymouth en octubre de 1567. Lo acompañaba su joven primo Francis Drake, que posteriormente asumiría el mando de una de las naves. Estuvieron varios meses en la costa africana y tuvieron muchísimas dificultades para conseguir esclavos. Cuando cruzaron el océano, se enteraron de que las instrucciones del soberano español se les habían adelantado: «Bordeamos la costa de un punto a otro y traficamos con los españoles lo mejor que pudimos, en ocasiones con muchas dificultades, ya que el monarca había ordenado tajantemente a los gobernadores de esos parajes que en
modo alguno realizaran transacciones con nosotros».[13] Una vez más, Hawkins apeló a una combinación de fuerza y diplomacia para vender su cargamento, pero, tras un temporal en el golfo de México, se vio obligado a refugiarse en San Juan de Ulúa, el puerto del tesoro de Veracruz. No tardó en capturar el fuerte que defendía el puerto. Al día siguiente, llegó la flota española del tesoro, en compañía de dos buques de guerra, y en lugar de negociar con funcionarios locales, Hawkins acabó tratando con el recién nombrado virrey de Nueva España.
En medio de las negociaciones y sin anuncio previo, el virrey español ordenó a sus hombres que atacasen las naves británicas, por lo que se desencadenó una encarnizada batalla. Hawkins y Drake tuvieron suerte y escaparon con vida. El viaje de regreso de Drake transcurrió sin incidentes, pero el de Hawkins se convirtió en una pesadilla, y cuando llegó a Plymouth sólo quedaban quince hombres con vida. La escasez de alimentos y agua llevó a que cien tripulantes suplicaran a Hawkins que los desembarcase en la costa de México. Muchos de ellos murieron de hambre y desnutrición, y algunos se entregaron a las autoridades españolas: dos fueron ejecutados y los restantes recibieron doscientos latigazos y fueron condenados a cumplir ocho años como esclavos en galeras.
La batalla de San Juan de Ulúa y sus consecuencias demostraron a Hawkins y a sus compatriotas la imposibilidad de comerciar pacíficamente con los españoles en las Antillas. Drake jamás olvidó la traición del virrey español y, a partir de ese momento, se entregó al saqueo y la guerra con España.
Exasperados por los ataques de los corsarios ingleses y franceses, los españoles tomaron múltiples medidas para proteger sus tesoros de oro y plata. En los puertos de Veracruz, Cartagena de Indias, Portobelo y La Habana construyeron impresionantes fuertes a fin de defender las ciudades de los ataques por mar. Desde España, enviaron soldados para guarnecer los fuertes y las baterías de cañones. A fin de protegerlos de los ataques, organizaron convoyes de barcos cargados de tesoros. Dos veces por año, de España llegaba una flota de hasta treinta naves que transportaba productos para los colonos. Anclados bajo los cañones de los fuertes, los barcos descargaban los bienes y los equipos y, a renglón seguido, colocaban a bordo los cofres sellados de oro y plata, tras lo cual emprendían el regreso a Sevilla escoltados por buques de guerra firmemente artillados.
Aunque impedían el saqueo por parte de ladrones de poca monta, estas precauciones no siempre resultaron eficaces ante los ataques de los corsarios más decididos y, sobre todo, de las bandas de corsarios y aventureros que llegaron a ser conocidos como bucaneros. Expulsados de sus territorios interiores de caza por los soldados españoles, esos hombres rústicos que habían vivido de las vacas y los cerdos salvajes se desplazaron a la costa norte de la Hispaniola. A ellos se sumó una mezcolanza de esclavos huidos, desertores, criminales fugados y refugiados religiosos. Hacia 1630, diversos bucaneros se asentaron en la pequeña isla rocosa cercana a la costa norte de la Hispaniola, que Colón había descubierto y que bautizó con el nombre de Tortuga porque por su forma se parece a la de ese animal. Disponía de un buen puerto y permitía vigilar las rutas navieras que atraviesan el paso de los Vientos. Uno de los primeros jefes bucaneros en la isla de la Tortuga fue Jean le Vasseur, refugiado hugonote francés que había sido ingeniero militar. Construyó un fuerte en la saliente rocosa situada a la salida del puerto y lo artilló con 24 cañones. Durante varios años, el fuerte de Rocher defendió la fortaleza bucanera de los intentos españoles de tomar la isla.
El relato más convincente de las actividades de los bucaneros se incluye en un extraordinario libro de Alexander Exquemelin, titulado The Buccaneers of America. La obra alberga sangrientos relatos de incursiones, torturas y saqueos bucaneros, así como descripciones evocadoras de los paisajes, la fauna y la flora de las Antillas. En 1666, Exquemelin se trasladó a la isla de la Tortuga en una nave de la Compañía francesa de las Indias Occidentales y, poco más tarde, se unió a los bucaneros en su condición de médico. Durante más de doce años, convivió con ellos y fue testigo de numerosas incursiones. La minuciosa comparación de sus relatos con los acontecimientos descritos en los documentos españoles de la época ha demostrado que atina en cuanto a los hechos, aunque con frecuencia se equivoca en lo referente a
los nombres geográficos y las fechas.[14] Algunas de sus narraciones más desaforadas parecen relatos procedentes de lo que probablemente oyó en las tabernas, aunque es evidente que participó en varias expediciones bucaneras, incluido el saqueo y la destrucción de la ciudad de Panamá, que Henry Morgan llevó a cabo en 1671.
El recibimiento de la obra clásica de Exquemelin nos permite hacernos una idea de su influencia. Lo escribió en holandés y se publicó por primera vez en Ámsterdam en 1678, con el título De Americaensche Zee-Rovers. En 1681, salió la edición española y luego se sucedieron las traducciones a otras lenguas europeas. La primera versión inglesa se publicó en Londres en 1684 y, al cabo de tres meses, se realizó la segunda. El editor escribió: «La primera edición de esta historia de los bucaneros fue recibida con aplausos generales por la mayor parte de la gente, aunque especialmente
de los eruditos, lo que me lleva a agasajar al público con la segunda edición».[15]
El texto de Exquemelin abunda tanto en detalles sobre la vida y costumbre de los bucaneros que no sorprende que resultase popular. Ha servido de base para todas las historias serias de los bucaneros y, pese a algunas inexactitudes, sigue siendo la obra de referencia sobre el tema. Exquemelin dedicó la primera parte del libro a las hazañas de los bucaneros más pintorescos: Bartholomew Portugués, que capturó un barco español con tesoros, fue tomado prisionero y escapó utilizando vasijas de cerámica para mantenerse a flote; Roche Brasiliano, bucanero holandés célebre por sus borracheras y por asar vivos a los españoles en espetones de madera, y al bucanero francés Francis L’Ollonais, que saqueó Maracaibo, capturó una nave española, se llevó 40 000 piezas de a ocho y joyas por valor de 10 000 piezas de a ocho. L’Ollonais también se especializó en crueldades bárbaras. Según Exquemelin: «Después de atormentarlas y de que no confesasen, L’Ollonais tenía la costumbre de
encolerizarse, cortar en trozos a esas personas y arrancarles la lengua».[16]
Exquemelin dedicó casi la mitad del libro a la vida de Henry Morgan, galés cuyas hazañas en el Caribe se volvieron legendarias. Aún está en duda si Morgan fue pirata, corsario, o bucanero. Los españoles lo consideraron corsario, aunque, dado que algunas de sus incursiones más espectaculares tuvieron lugar en un período en el que Inglaterra y España estaban en paz, sus actividades, lo mismo que las de Francis Drake, fueron actos de piratería. Sin embargo, Morgan siempre aseguró que había recibido la patente de corso por parte del gobernador de Jamaica, razón por la cual, técnicamente, fue corsario. Sin duda está considerado como un soldado que combatió a los enemigos de su país en nombre del rey de Inglaterra. La única etiqueta que podemos colgarle es la de bucanero, esa palabra de resonancias románticas que se aplica a varias generaciones de cazadores de fortuna que recorrieron el Caribe en busca de tesoros de los que apoderarse. Los bucaneros incluyen soldados, marinos, desertores, esclavos huidos, asesinos, delincuentes, refugiados religiosos y una cantidad considerable de piratas acérrimos.