Bajo bandera negra

David Cordingly · Capítulo 5 de 22

Páginas del PDF

Bajo bandera negra

Capítulo 3

 

SIR HENRY MORGAN

 

EL 25 DE AGOSTO DE 1688, el más grande de los bucaneros murió en su finca jamaicana. Cuando la noticia llegó a la residencia del gobernador, el duque de Albemarle ordenó inmediatamente la celebración de solemnes exequias. Al otro lado del puerto de Port-Royal, el capitán Wright, comandante del Assistance, de la Armada británica, anotó en su diario: «En el día de hoy, alrededor de las once de la

mañana, falleció sir Henry Morgan».[1] El cadáver de Morgan fue trasladado a la residencia real de Port-Royal, donde permaneció de cuerpo presente para que amigos, parientes y compañeros de borrachera le rindiesen su último homenaje. Colocaron el féretro sobre una cureña y el cortejo fúnebre se desplazó lentamente por las sofocantes y polvorientas calles hasta la iglesia de Saint Peters. Morgan había sido uno de los benefactores acaudalados que, años antes, había colaborado económicamente en la construcción del templo. El campanario de piedra era el edificio más alto de la población y servía de excelente atalaya para controlar la bocana del puerto. El doctor Longworth dirigió el oficio religioso y el cortejo, que volvió a recorrer las calles hasta el cementerio de Palisadoes, en las lindes de la ciudad. Cuando cubrieron el féretro de tierra, el capitán Wright dio a los encargados de los cañones del Assistance la orden de disparar una salva de veintiún cañonazos. Se sumaron a ella los cañones del Drake, de la Armada británica, el otro buque de guerra atracado en el puerto. Se produjo una pausa hasta que el estruendo cesó, momento en el cual la totalidad de los mercantes anclados y amarrados en los ajetreados muelles dispararon sus armas con una andanada ensordecedora.

Fue una despedida extraordinaria tratándose de un bucanero, aunque lo cierto es

que Henry Morgan no fue un bucanero cualquiera.[2] Recibió el título de «sir» y el rey inglés Carlos II lo nombró lugarteniente general de Jamaica. Adquirió varios miles de acres en la isla, y creó sus propias plantaciones de azúcar. Estuvo felizmente casado más de veinte años y en el testamento describió a su esposa como «mi muy

apreciada y amantísima esposa, la señora Mary Elizabeth Morgan».[3] Tuvo buenas conexiones y fue muy influyente: tras su captura y su traslado a Londres, después de la destrucción de Panamá, el general de división Bannister, comandante de las fuerzas de tierra de Jamaica, escribió en su nombre a lord Arlington y le explicó que Morgan había sido muy alabado por el gobernador y por el Consejo en virtud de sus actividades contra los españoles. «Espero no ofender a nadie si digo que es una persona muy meritoria y de gran valor que, con el beneplácito de Su Majestad, podría prestar buenos servicios públicos en nuestra tierra o resultar muy ventajoso en esta

isla en el caso de que estallase la guerra con los españoles».[4] Durante su estancia obligada en Londres, Morgan fue recibido con los brazos abiertos en los salones de la buena sociedad. El diarista John Evelyn lo conoció en casa de lord Berkeley, donde charlaron sobre sus valerosas hazañas; también frecuentó la casa londinense del duque de Albemarle, que era parlamentario y amigo del monarca.

Es una lástima que no existan descripciones detalladas del aspecto de Morgan como cabecilla bucanero, ya que debió de tener enorme carisma para imponer su voluntad a la mezcolanza de piratas, cazadores y aventureros que, bajo sus órdenes, realizaron los osados ataques a Portobelo, Maracaibo y Darién. Las únicas descripciones físicas de que disponemos corresponden a los últimos años de su vida, cuando ya había pasado los cincuenta y padecía los efectos acumulados de las fiebres tropicales, la hidropesía y el alcoholismo. El médico y naturalista Hans Sloane lo atendió en sus últimos meses y lo describió como un hombre «delgado, de color

cetrino, con los ojos un poco amarillentos y el vientre saliente o destacado».[5] Pese a su frágil salud, Morgan se negó a abandonar su disoluto estilo de vida. «No era capaz de abstenerse de tener compañía, permanecía despierto hasta altas horas de la noche y

bebía demasiado, razón por la cual volvió a sufrir los primeros síntomas…»[6]

Henry Morgan nació en el seno de una buena familia del condado galés de Monmouth y posteriormente aseguró que era hijo de un caballero. Vio la luz hacia 1635 y, pese a que tenemos pocos datos sobre sus padres, lo que sí sabemos es que dos de sus tíos fueron militares distinguidos: el general de división sir Thomas Morgan y el coronel Edward Morgan, que durante un breve período fue lugarteniente

general de Jamaica y murió mientras comandaba una expedición a Curaçao.[7] Siendo todavía muy joven, Morgan tomó la decisión de seguir los pasos de sus tíos y hacerse militar. Más adelante escribió: «Dejé los estudios demasiado pronto como para ser competente en esas o en otras leyes, y he estado más acostumbrado a la pica que al

libro».[8] Se unió al contingente expedicionario a las órdenes del general Venables y del almirante Penn, que en 1654 fue enviado al Caribe desde Gran Bretaña con el propósito de tomar la Hispaniola. Un ejército próximo a los siete mil efectivos desembarcó en Santo Domingo, en el lado sur de la isla, pero se vio obligado a replegarse, vencido por la combinación de encarnizada resistencia por parte de los españoles, mandos incompetentes y los efectos letales de las enfermedades tropicales.

Ante la imposibilidad de alcanzar el objetivo de la expedición, Penn y Venables decidieron atacar Jamaica, defendida únicamente por un pequeño destacamento de soldados españoles. En esta ocasión, la superioridad numérica garantizaba el éxito y capturaron la isla, que a partir de entonces se convirtió en asentamiento británico e importante base para las operaciones de la Marina real y de los corsarios. Morgan dedicó los años siguientes a participar en ataques a las ciudades españolas de América Central. Los archivos demuestran que, en dos de las incursiones emprendidas con éxito por el capitán Myngs, Morgan fue uno de los capitanes de barco a quien el gobernador de Jamaica encomendó una misión. En 1663, el propio Morgan comandó un ataque que dio por resultado el saqueo de Villahermosa, así como de la nicaragüense Gran Granada. Tras demostrar su valía como excelente jefe militar, en 1665 regresó a Jamaica. Edward Mansfield, el cabecilla de los corsarios, fue ajusticiado por los españoles en La Habana y Morgan se convirtió en su heredero natural. A los treinta y dos años, pasó a ser almirante de los hermanos de la costa, esa asociación de corsarios y piratas que conformaron el grueso de los hombres que acabaron por ser conocidos como bucaneros.

En los años posteriores al asalto a la recua de mulas, perpetrado por Drake en 1572, los españoles abandonaron Nombre de Dios como puerto del tesoro y trasladaron sus operaciones a Portobelo. Lionel Wafer, el médico bucanero que en 1680 visitó la ciudad, la describió como «un puerto muy amplio, grande y cómodo, que permite un buen fondeadero y protección para las naves, ya que la bocana es estrecha y una vez dentro se ensancha. Los galeones españoles hallan buen abrigo cuando tienen que realizar actividades en Portobelo, y aquí cargan los tesoros de

Perú, que son transportados por tierra desde Darién».[9] Los españoles construyeron castillos a ambos lados de la bahía, y había un tercero en plena edificación en el extremo interior del puerto. También contaba con dos iglesias, un hospital, cuadras, almacenes y ciento cincuenta casas destinadas a los comerciantes y los funcionarios. Pese a su aspecto impresionante, la ciudad padecía la misma atmósfera húmeda y las fiebres que Nombre de Dios. Durante la marea baja, el mar en retroceso dejaba ver un trozo de orilla que, «al ser de ese barro negro y sucio, huele muy mal y despide

vapores fétidos a causa del calor del clima».[10]

Morgan sabía que los castillos que defendían la ciudad de un asalto por mar estaban insuficientemente guarnecidos, y calculó que bastaría un ataque sorpresa desde tierra para tomarlos. En julio de 1668, navegó con una flota de doce naves pequeñas hasta la bahía del Almirante, en Bocas del Toro, al oeste de Portobelo. Una vez allí, trasladó el contingente de atacantes, formado por quinientos hombres, en veintitrés canoas que había requisado en Cuba. Los bucaneros bordearon la costa al amparo de la oscuridad hasta situarse a cinco kilómetros de la ciudad. Hacia medianoche, vararon las canoas en Estera Long Lemos, marcharon a campo traviesa y llegaron a las afueras de Portobelo una hora antes del alba del 11 de julio.

La primera tarea consistió en tomar la atalaya que se encontraba en las afueras de la ciudad. Estaba defendida por cinco hombres que dispararon valerosamente a los bucaneros que avanzaban hacia ellos. No tardaron en ser reducidos, pero el sonido de los disparos llegó hasta la ciudad y alertó a los centinelas de los castillos. También dio la voz de alarma un grupo de hombres que viajaba en una canoa; al reparar en la fuerza invasora de Morgan, entraron en el puerto a toda velocidad al grito de «¡A las

armas, a las armas!», mientras disparaban al aire.[11] La confusión y el terror camparon por sus respetos cuando los habitantes despertaron en plena oscuridad; algunos emprendieron la huida y otros se ocultaron en sus casas. Simultáneamente, los soldados se apresuraron a reunirse con la guarnición del castillo de Santiago de la Gloria. Aunque la sorpresa ya no era total, Morgan dio la orden de ataque. Sin dejar de gritar, sus hombres corrieron por la explanada del castillo. Suponían que quedarían a merced de las armas artilladas en las torretas, pero sólo hicieron un disparo y la bola de cañón voló inofensivamente por encima de sus cabezas y se hundió en el mar. Al cabo de unos minutos, un grupo de bucaneros quedó fuera del alcance de los cañones del castillo y corrió hacia la ciudad. Sin dejar de gritar, disparar y acuchillar a quien intentaba oponer resistencia, los asaltantes reunieron en una de las iglesias a los hombres, las mujeres y los niños aterrorizados. El otro grupo de bucaneros escaló la colina que daba a la población y, con sus mosquetes de cañón largo, se dedicó a abatir a los soldados apostados en los muros del castillo.

Cuando el sol de la mañana iluminó los tejados, los bucaneros se dieron cuenta de que Portobelo estaba en su poder. La siguiente tarea consistió en capturar los fuertes. El fortín de San Jerónimo, a medio construir, se alzaba en un islote cercano al puerto y, al principio, los soldados que lo guarnecían se negaron a entregarlo. Cambiaron de parecer en cuanto un grupo de bucaneros de aspecto feroz vadeó las aguas hacia ellos. El castillo de Santiago de la Gloria era un objetivo más difícil y Morgan tomó una decisión implacable: el alcalde, varias mujeres, ancianos y algunos frailes y monjas servirían de escudos humanos, obligados a caminar delante de los bucaneros. Los soldados del castillo lanzaron una bala de cadena, mataron a uno de los hombres de Morgan e hirieron a dos frailes. No hubo más disparos desde el castillo y los bucaneros llegaron a la puerta principal sin sufrir más bajas. Simultáneamente, otro grupo de asaltantes encontró unas escalas y logró trepar los muros del castillo desde el lado del mar. Izaron la bandera roja y, al verla, los bucaneros de la colina echaron a correr para sumarse al ataque. Pese a la abrumadora mayoría formada por los atacantes, muchos de los hombres que se encontraban en el castillo lucharon encarnizadamente y, de los ochenta soldados de la guarnición, cuarenta y cinco murieron antes de que los bucaneros capturasen la plaza. Humillado por su incapacidad para defender el castillo, el jefe de artillería suplicó que lo ajusticiaran. Uno de los bucaneros accedió y lo abatió de un tiro de pistola. Los bucaneros dedicaron el resto del día al saqueo y la bebida. Según el relato de Exquemelin, «trasladaron a todos los prisioneros a la ciudad, encerraron a los hombres y las mujeres por separado y encargaron a la guardia que los vigilase. Los piratas transportaron a sus heridos hasta una casa próxima. Después de dejar todo en su sitio,

se dedicaron a pasarlo bien, completándolo con vino y mujeres».[12]

A la mañana siguiente, Morgan envió dos hombres al castillo de San Felipe, situado al otro lado del puerto, para que exigiesen su rendición. El comandante de la guarnición contaba con cuarenta y nueve hombres y abundante munición, pero no había alimentos, ya que solían recibirlos diariamente desde la ciudad. Al principio se mostró decidido a resistir, pero vaciló al ver que doscientos bucaneros armados hasta los dientes avanzaban en canoa por el puerto. Desembarcaron al este del castillo y se desplegaron entre las rocas. Tras varias horas de fuego sin orden ni concierto por ambas partes, el comandante decidió parlamentar con los atacantes. Los oficiales se resistían a obedecer la orden y, mientras lo debatían, algunos bucaneros se colaron en el interior del castillo y abrieron las puertas principales. El resto de los bucaneros entró en tropel y la guarnición española rindió sus armas. Morgan ordenó que hiciesen ondear la enseña inglesa por encima de las murallas y, ante esa señal, su escuadra, que había esperado fuera de la bahía, puso rumbo a puerto. Los cuatro buques de guerra y las ocho naves más pequeñas entraron en la ensenada y echaron el ancla.

Una vez capturada la ciudad, Morgan envió una carta al presidente de la Real Audiencia de Panamá. Le comunicó que arrasaría Portobelo hasta los cimientos a menos que cobrase un rescate de 350 000 pesos. Don Agustín rechazó de plano la exigencia: «Lo tengo por un corsario y le respondo que los súbditos del rey de España

no establecen tratados con inferiores».[13] Morgan respondió con una carta que comenzaba así: «Aunque su carta no merece respuesta, ya que me llama corsario, le envío estas líneas para pedirle que no tarde en venir. Lo aguardamos con gran placer

y disponemos de pólvora y balas suficientes con las que recibirlo».[14] Los españoles enviaron desde Panamá un ejército de ochocientos efectivos, que se desgastaron en el trayecto a través de las marismas, debido a las lluvias torrenciales y la escasez de alimento y pólvora. La mayoría se sintió intimidada por el fuego de los mosquetes de los bucaneros y los cañonazos que las naves inglesas lanzaron cuando se acercaban a Portobelo.

Las negociaciones se prolongaron durante tres semanas y, al final, don Agustín capituló. El 3 de agosto, dos recuas de mulas partieron de Panamá con el rescate. Morgan y sus hombres no tardaron en hacerse con 40 000 pesos en monedas de plata, 4000 pesos en monedas de oro, varios cofres con láminas de plata y 27 barras de plata cuyo valor ascendió a 43 000 pesos. Sumado a lo saqueado en la ciudad, el botín de los bucaneros rondó los 250 000 pesos. Morgan puso rumbo a Jamaica y, cuando llegó a Port-Royal, fue recibido como un héroe. Durante las semanas siguientes, la ciudad se convirtió en centro de espectaculares juergas con bebida, apuestas y libertinaje, ya que los bucaneros gastaron su dinero en las tabernas y los burdeles.

La toma de Portobelo es una de las operaciones anfibias con más éxito del siglo XVII. Por su osadía, es comparable al ataque que De Ruyter había lanzado el verano anterior contra la flota británica anclada en el Medway. Éste había quemado varios barcos de guerra, remolcado el buque insignia británico Royal Charles hasta los Países Bajos y desatado el pánico en las ciudades y aldeas del bajo Támesis y el Medway. Esa derrota humillante tuvo lugar inmediatamente después del incendio de Londres y de la gran peste, por lo que la noticia de la hazaña de Morgan encantó a los apremiados londinenses. El hecho de que pocos meses antes Gran Bretaña y España hubieran firmado un tratado de paz, apenas tuvo importancia. El rey Carlos escuchó amablemente las protestas del embajador de España, pero se negó a retirar al gobernador de Jamaica, que había autorizado el ataque, y a devolver el botín del saqueo de Morgan y los suyos.

Los bucaneros no tardaron en quedarse sin dinero y exigieron a sus capitanes que se hiciesen nuevamente a la mar. En octubre de 1668, Morgan comunicó que planeaba otra incursión y navegó hasta la isla Vaca, situada en la costa suroccidental de la Hispaniola. Se unieron a él varios bucaneros franceses procedentes de Tortuga, así como el Oxford, barco de guerra de 34 cañones, de la Armada británica, enviado a Jamaica para colaborar en la defensa de la isla. En enero de 1669, se encontraron en el punto de reunión diez barcos y ochocientos hombres. Morgan trasladó su bandera al Oxford y celebró un consejo de guerra para analizar el siguiente objetivo. Acordaron que la primera expedición consistiría en una incursión a la ciudad de Cartagena de Indias, uno de los puertos del tesoro caribeños. La noche siguiente a la toma de la decisión, en el camarote del buque insignia tuvo lugar una alborozada cena. Como solía ocurrir en las fiestas de los bucaneros, las copas y los brindis quedaron intercalados con los cañonazos. En algún momento de la borrachera general, la pólvora del pañol de municiones se encendió y la nave voló por los aires. Morgan, que al parecer tuvo una vida muy afortunada, fue rescatado del agua y se convirtió en uno de los diez únicos embarcados que sobrevivieron a la explosión.

La pérdida del Oxford y de aproximadamente doscientos efectivos puso fin al ambicioso plan de atacar Cartagena de Indias. Morgan optó por navegar hasta Maracaibo, en la costa de Venezuela. Ni los fuertes ni las poblaciones de la orilla del gran lago de Maracaibo estaban adecuadamente defendidos, por lo que los bucaneros tuvieron una agradable semana de saqueos y juergas. Por otro lado, la noticia de su presencia llegó a oídos de don Alonso de Campos y Espinosa, almirante de la flota española en las Indias Occidentales. Trasladó tres buques de guerra a la entrada del lago y tendió una trampa a Morgan. Reparó los cañones del fuerte, que los hombres de Morgan habían clavado, y desplegó los buques de tal manera que bloquearon el canal. Cuando se enteró de lo que ocurría, Morgan organizó una ingeniosa sucesión de engaños. Convirtió un mercante cubano, capturado en el lago, en un aparentemente poderoso barco de guerra. En los lados abrieron cañoneras adicionales, en las que introdujeron troncos para simular los cañones. Colocaron más troncos en las cubiertas de la nave, los pintaron y los vistieron como si fueran marineros; también cargaron el barco con barriles de pólvora con espoletas. En compañía de dos fragatas pequeñas, el mercante encabezó el ataque con la bandera de Morgan en el tope. Se dirigió en línea recta al más grande de los barcos españoles anclados, el Magdalena, de 412 toneladas. El mercante consiguió llegar hasta el Magdalena y fue sujetado a él con rezones. Encendieron las espoletas y los doce bucaneros que se encontraban a bordo escaparon en los botes. En cuestión de minutos, el mercante estalló y las llamas se propagaron hasta el barco español, que no tardó en quedar convertido en un casco humeante. Otro bajel del almirante Alonso de Campos se apresuró a levar anclas y buscó la protección del fuerte, pero encalló en un banco de arena. Las naves de Morgan persiguieron al tercer buque de guerra y lo capturaron.

El fuerte aún controlaba la entrada del puerto y había varios centenares de soldados y marineros que guarnecían los cañones del canal. Morgan inició negociaciones con don Alonso, pero las interrumpió cuando se le ocurrió otro plan. Envió a tierra botes llenos de hombres armados para que los españoles pensasen que lanzaría un ataque terrestre. Los botes regresaron hasta la flota anclada, con los hombres escondidos bajo las bancadas. Los españoles estaban tan seguros de que Morgan planeaba un asalto por tierra que cambiaron de sitio varios cañones para cubrir los accesos terrestres al fuerte. En plena noche, la flota de Morgan levó anclas y, en silencio, dejándose llevar por la marea, derivó más allá del fuerte. Cuando los españoles detectaron la maniobra, los bucaneros ya estaban fuera de su alcance.

Una vez más, Morgan regresó triunfante a Port-Royal, pese a que el saqueo no había sido tan importante como los precedentes y a que, según una autoridad fiable,

sólo supuso la mitad del botín de la incursión a Portobelo.[15] Mientras Morgan presentaba un informe al gobernador, sir Thomas Modyford, los bucaneros se dirigieron a las tabernas a gastar su parte. Morgan se enteró de que el gobernador acababa de recibir una carta de lord Arlington, en la que le comunicaba que las hostilidades con España debían cesar inmediatamente. Aunque supuso una mala noticia para los bucaneros, para Morgan significó un respiro. Le permitió pasar una temporada con su esposa, visitar a los numerosos amigos y parientes que tenía en Jamaica y adquirir varias propiedades. Ya había comprado una plantación y, en ese momento, adquirió 836 acres en la parroquia de Clarendon, cerca de la aldea de Chapelton. La zona todavía se conoce como el valle de Morgan.

Aproximadamente en la misma época en que llegó a Jamaica la noticia de que debían suspenderse los ataques a las naves y los asentamientos españoles, el gobernador de Cartagena de Indias recibió una carta de la reina regente española por la que autorizaba la guerra contra los ingleses en las Indias. Recogió el guante un corsario portugués llamado capitán Rivero, que atacó las islas Caimán y a continuación un barco corsario jamaicano en las proximidades de Cuba. En junio de 1670, desembarcó treinta hombres en Montego Bay, en la costa norte jamaicana, y destruyó casi todas las casas del asentamiento. Un mes después, llevó a cabo una incursión a una aldea costera del sur y quemó dos viviendas. Rivero jamás representó una amenaza seria para Jamaica, pero, como era previsible, sus ataques desencadenaron la reclamación de venganza. En ese momento, llegaron noticias del gobernador holandés de Curaçao, según las cuales España había declarado oficialmente la guerra a Jamaica. El Consejo de Jamaica celebró una reunión, en la que se acordó que «se conceda al almirante Henry Morgan el cargo de almirante y

comandante en jefe de todas las naves de guerra pertenecientes a este puerto»[16] y se lo capacite para organizar la flota y «atacar, tomar y destruir todos los barcos enemigos que se pongan a su alcance». También lo autorizaron a desembarcar en territorio enemigo y a tomar y destruir todo lo que «favorezca la conservación y la tranquilidad de esta isla».

Morgan recibió esa misión el 1 de agosto de 1670 y no tardó en poner rumbo a isla Vaca, el punto de reunión de los bucaneros. A finales de septiembre, un mínimo de treinta y ocho barcos y cerca de dos mil hombres se habían unido al buque insignia de Morgan. El 12 de diciembre de 1670, se celebró a bordo de la capitana una reunión, en la que acordaron que la ciudad de Panamá sería el objetivo. Una semana después, la flota bucanera más numerosa que haya surcado el mar Caribe se hizo a la vela y se dirigió a San Lorenzo, en la desembocadura del río Chagres. El castillo situado en la desembocadura opuso una encarnizada resistencia y su captura requirió tres asaltos y la pérdida de muchos efectivos. Sólo cuando la bandera inglesa ondeó por encima de las almenas, la flota de Morgan pasó junto a los silenciados cañones y se dirigió río arriba. Varios kilómetros más adelante, los bucaneros se trasladaron a pequeños botes y canoas. Continuaron su recorrido contracorriente hasta que llegó el momento de abandonar la vía fluvial y marchar por la selva.

La ciudad de Panamá era el principal puerto del tesoro de la costa del Pacífico, en América Central, el lugar escogido por los españoles para almacenar el oro y la plata de Perú y Potosí. La población rondaba las seis mil almas, en su mayoría esclavos negros. El presidente de la Real Audiencia era don Juan Pérez de Guzmán, quien había llevado a cabo denodados esfuerzos por mejorar las defensas de la ciudad. Se había ocupado de que contase con una buena dotación de armas y provisiones, y hecho cuanto estaba en sus manos por reforzar la guarnición. Cuando abandonaron la selva y ocuparon la llanura situada frente a la ciudad, Morgan y sus hombres vieron que el auditor había estacionado sus tropas en la carretera, por lo que la entrada estaba cortada. Había alrededor de mil doscientos defensores de a pie y cuatrocientos a caballo, pero en su mayoría se trataba de reclutas inexpertos que no estaban a la altura de los aguerridos bucaneros de Morgan.

A las siete de la mañana del 28 de enero de 1671, Morgan dio a sus hombres la orden de avanzar. Habían formado cuatro escuadrones y portaban estandartes rojos y verdes, que ondearon en la brisa fresca que soplaba en la llanura. Al acercarse al ejército que esperaba, Morgan llegó a la conclusión de que el ataque frontal sería muy costoso y ordenó a uno de los escuadrones que diera la vuelta y capturase la colina situada a la derecha de la ciudad. Los hombres de Pérez de Guzmán llegaron a la conclusión de que los bucaneros se replegaban y atacaron; la caballería española también arremetió. Ante esa mezcla desorganizada de efectivos y caballos, los bucaneros se mantuvieron en sus trece y, con letal puntería, dispararon contra las hordas que avanzaban. La primera línea de caballos fue abatida por los certeros tiradores franceses que formaban la vanguardia bucanera, y los soldados de caballería supervivientes dieron media vuelta y emprendieron el regreso a Panamá. Los infantes quedaron a merced de las devastadoras descargas cerradas del grueso de los bucaneros, que mataron a cerca de un centenar de soldados antes de que los supervivientes dieran media vuelta y emprendiesen la huida. El arma secreta del presidente de la Real Audiencia consistía en dos rebaños de bueyes que los vaqueros negros debían lanzar en estampida hacia los bucaneros. Los bueyes, sin embargo, se acercaron pesadamente al campo de batalla, por lo que los bucaneros se limitaron a espantarlos y enviarlos de regreso a la ciudad. Los hombres de Morgan arremetieron contra el ejército en desbandada y a golpes y machetazos se abrieron paso por la llanura. A media mañana, cerca de quinientos hombres yacían muertos o heridos bajo el sol tropical. En aquella refriega, los bucaneros sólo sufrieron quince bajas.

Don Juan se había encargado de que, en caso de perder la batalla, los bucaneros encontrasen una ciudad vacía. Gran parte de los tesoros de Panamá habían sido cargados en barcos mientras los hombres de Morgan todavía bregaban por la selva. En muchas casas habían colocado barriles de pólvora, y el capitán de artillería había recibido la orden de volar el polvorín en caso de que los bucaneros avanzasen sobre la ciudad. Mientras el ejército en desbandada huía por las calles, el capitán encendió las espoletas y la explosión se oyó a varios kilómetros a la redonda. Luego encendieron los barriles de pólvora que, al explotar, desencadenaron incendios que no tardaron en quemar hasta los cimientos la mayor parte de los edificios. Durante varias horas reinó el caos, mientras los negros iban de aquí para allá con teas, cumpliendo las órdenes de don Juan de prender fuego a los edificios de madera, al tiempo que los coléricos bucaneros corrían de casa en casa en busca de oro y objetos de valor. Al anochecer, el centro de la ciudad estaba en llamas y por la mañana sólo seguían en pie el campanario de piedra de la catedral y algunos edificios públicos construidos con el mismo material.

«Así se consumió la famosa y antigua ciudad de Panamá, el centro de oro y plata

más importante del mundo entero»,[17] escribió Morgan en su informe a Modyford. Sus hombres registraron las ruinas humeantes y el campo circundante en busca de tesoros e incluso realizaron incursiones a las islas cercanas. Los habitantes fueron salvajemente torturados para que revelasen dónde habían escondido el dinero y, a finales de febrero, la pila de artículos saqueados era considerable. Morgan congregó a su ejército y, a través de la selva, emprendió el camino de vuelta a los barcos. Según Exquemelin, los bucaneros llevaron 175 mulas cargadas de láminas de plata y monedas, así como seiscientos prisioneros. Más tarde, Morgan informó de que el valor total del saqueo ascendía a 30 000 libras. Repartida entre tantos, la cifra significó poco más de 15 libras por cabeza. Enormemente airados, muchos bucaneros sospecharon que Morgan se había quedado con parte del botín. Exquemelin era uno de ellos, lo que podría explicar por qué trazó una semblanza tan negativa de Morgan y lo representó como un malvado cruel y sin escrúpulos.

Cuando en Londres dos editores publicaron la versión en inglés del libro de Exquemelin, enviaron ejemplares a Morgan, que decidió llevarlos a juicio por difamación. Estaba muy ofendido porque lo llamaban pirata y rechazó de plano el fragmento en el que decía que había viajado por primera vez a las Antillas como criado bajo contrato. Insistió en que «en esta vida jamás he sido criado de nadie,

salvo de Su Majestad».[18] La diatriba se resolvió en los tribunales. En las ediciones posteriores, introdujeron enmiendas y Morgan cobró 200 libras de cada editor por daños y perjuicios. Por desgracia para Morgan, las ediciones anteriores siguieron en circulación y todavía se citan en numerosas historias de la piratería.

Morgan regresó apresuradamente a Jamaica y los bucaneros se dispersaron. La mayor parte del contingente francés, que representaba cerca de la tercera parte de la flota, volvió a la Hispaniola y a la isla de la Tortuga, situada a poca distancia. Muchos bucaneros pusieron rumbo norte siguiendo la costa de Honduras y la bahía de Campeche, con la intención de incorporarse a los asentamientos cada vez más numerosos de leñadores de mástiles de Campeche. Algunos siguieron a Morgan hasta Jamaica y se sumaron a las tripulaciones de los balandros mercantes y pesqueros u optaron por una vida más tranquila en tierra firme. El saqueo de Panamá fue la última acción importante de los bucaneros. Obviamente, la piratería persistió y acabó por convertirse en una amenaza cada vez mayor para el comercio en las Antillas, pero los piratas posteriores a Morgan fueron asaltantes independientes que atacaron naves de todas las nacionalidades, y que casi nunca recibieron patentes de corso que autorizasen sus actividades.

 

* * *

 

La noticia de la expedición de Panamá fue bien recibida en Jamaica. «Creo que hemos quedado bien vengados del incendio de nuestras casas en el norte y el sur de

nuestra isla»,[19] escribió el hermano de Modyford en una muestra magistral de lo que es un eufemismo; el 10 de junio de 1671, el Consejo de Jamaica se reunió y agradeció públicamente a Morgan el cumplimiento de la misión que le había encomendado. Las autoridades de Londres no estaban tan satisfechas. A pesar de la carta de la reina regente de España de abril de 1669, y de los ataques posteriores de los corsarios españoles, oficialmente Inglaterra estaba en paz con España. Sir Thomas Modyford no había sido autorizado por Londres a dar carta blanca a Morgan para que atacase y destruyera cuanto encontrase a su paso. Las autoridades españolas del Nuevo Mundo y de Madrid se sintieron humilladas y ultrajadas por la destrucción de Panamá. Al recibir la noticia, la reina regente sufrió «un malestar tan intenso, un exceso de llanto

y una pasión tan violenta que quienes la rodeaban temieron que acortase su vida».[20]

Los británicos intentaron distanciarse del «último accidente en América» y echaron las culpas a un hatajo de corsarios que se había desmandado. Decidieron que había que sustituir a Modyford como gobernador y enviaron a sir Thomas Lynch con la orden secreta de arrestar a Modyford y devolverlo a Inglaterra. Nada más llegar a la capital, Modyford fue trasladado a la Torre de Londres. Se trataba evidentemente de un ejercicio propagandístico para aplacar a los españoles. Lo trataron como a un caballero y, tras dos años de reclusión, volvió a codearse con la buena sociedad londinense; al cabo de un tiempo, lo destinaron de nuevo a Jamaica como presidente de una sala de justicia. Los españoles no se dieron por satisfechos y siguieron exigiendo que los británicos tomaran medidas contra el corsario infame que había dirigido el ataque contra Panamá. En abril de 1672, Henry Morgan fue detenido y lo enviaron a Inglaterra en la fragata Welcome, de la Armada británica. Llevaba varios meses enfermo y con fiebre, y muchos se apiadaron de su situación. Hasta Lynch escribió en su favor: «A decir verdad, se trata de un sujeto honrado y valiente y contó

con la comisión y las instrucciones tanto de sir T. M. como del Consejo…»[21] Morgan estuvo dos años en Londres, a la espera de conocer su destino. Jamás estuvo encarcelado y gozó de la libertad de visitar a sus amistades y parientes. Aprovechó el tiempo y hasta lord Arlington le pidió que presentase un memorándum al monarca sobre el modo de mejorar las defensas de Jamaica.

El gobernador Lynch había enviado una sucesión ininterrumpida de cartas a Londres. Estaba preocupado por las actividades cada vez más frecuentes de los piratas y por la posibilidad de que los franceses intentasen atacar la isla. Llegaron a la conclusión de que ya no era el hombre adecuado para ese puesto y, en enero de 1674, lord Arlington comunicó al Consejo de comercio y plantaciones que lord Vaughan sustituiría a Lynch como gobernador de Jamaica. Contaría con la ayuda de Henry Morgan, al que nombrarían lugarteniente general. Antes de que partiera de Inglaterra, el rey Carlos II nombró «sir» a Morgan. No está claro si le concedió el título en virtud de la dignidad de su nuevo cargo o como reconocimiento de sus hazañas contra los españoles. Lo que sí sabemos es que contaba con muchos amigos en la corte y que era muy admirado en tanto comandante genial y valiente.

Morgan viajó a las Antillas en el Jamaica Merchant, que naufragó en las costas de la isla Vaca, lugar que había utilizado como punto de reunión antes de los ataques a Maracaibo y Panamá. Todos se trasladaron sin problemas en los botes, pero el Jamaica Merchant se hundió y se llevó al fondo del mar el cañón que Morgan había trasladado para reforzar las defensas de Port-Royal. Poco después, los pasajeros y la tripulación de la nave naufragada fueron rescatados por un mercante de paso y llevados a Jamaica, donde desembarcaron el 6 de marzo de 1676.

Las cualidades que convirtieron a Morgan en un cabecilla bucanero tan eficaz no eran necesarias para desempeñar la función de lugarteniente general. Asistió a las reuniones de la Asamblea, compró más tierras y dedicó buena parte del tiempo a supervisar sus propiedades. No mantuvo buenas relaciones con lord Vaughan, que se quejó de su «imprudencia y su incapacidad de comprometerse con el gobierno civil»,

[22] así como de su costumbre de beber y apostar en las tabernas de Port-Royal. De todos modos, Morgan se redimió cuando, tras ser llamado Vaughan a Londres, fue nombrado gobernador en funciones. Le comunicaron que cerca de Curaçao se encontraba una potente flota francesa al mando del conde d’Estrées, lo que se consideró una grave amenaza para Jamaica. Morgan declaró la ley marcial, movilizó la milicia y ordenó la construcción de dos fuertes para proteger los accesos al puerto de Port-Royal. También envió un barco a la isla Vaca con el propósito de recuperar los cañones y las balas del naufragado Jamaica Merchant. La operación de rescate permitió recobrar 22 cañones, que fueron trasladados a Port-Royal e instalados en un emplazamiento que recibió el nombre de «las líneas de Morgan».

Cuando en 1687 llegó a Jamaica acompañando al duque de Albemarle, al que acababan de nombrar gobernador, Hans Sloane notó que Morgan estaba gravemente enfermo y arrasado por años de vida disoluta y las secuelas más desagradables de la hidropesía. Le recetó diversas medicinas, que parecieron surtir efecto, pero Morgan siguió entregándose a descomunales excesos de alcohol en compañía de sus amigos. «Recayó en su viejo estilo de vida, no hizo caso de los comentarios que la

desaconsejaban y su cuerpo se hinchó tanto que la chaqueta ya no lo contuvo».[23] Morgan consultó a un médico negro, que le colocó emplastos de arcilla y agua y le aplicó lavativas de orina, «pero languideció, la tos fue en aumento y poco después murió».