Bajo la red
Uno
Cuando vi a Finn esperándome en la esquina de la calle, supe enseguida que
ocurría algo. Lo habitual es que me espere en la cama o apoyado en la puerta
con los ojos cerrados. Además, yo llegaba tarde debido a la huelga. Detesto
los viajes de vuelta a Inglaterra; hasta que no entierro mi cabeza bien al fondo
de mi querido Londres para olvidar que he estado fuera, no tengo consuelo.
Así que ya se pueden imaginar lo desdichado que me sentía por tener que
esperar con impaciencia, en Newhaven, a que los trenes volvieran a ponerse
en marcha, con el aroma de Francia todavía fresco en mi nariz. Además, en
esta ocasión me habían quitado en la aduana las botellas de coñac que traía de
contrabando, de modo que cuando llegó la hora de cerrar estaba totalmente
entregado a los tormentos de una morbosa introspección. La estimulante
objetividad de una verdadera contemplación es algo que un hombre de mi
temperamento no puede lograr en ciudades poco conocidas de Inglaterra, y
menos todavía cuando tiene que preocuparse por los trenes. Aun en el mejor
de los casos, los trenes son malos para los nervios. ¿Con qué tendría
pesadillas la gente antes de que hubiera trenes? Teniendo todo esto en cuenta,
resultaba raro que Finn me esperase en la calle.
Cuando lo vi, me detuve y dejé las maletas. Estaban llenas de libros
franceses y pesaban mucho. Le grité: «¡Hola!», y Finn se acercó lentamente.
Nunca se da prisa. Me resulta difícil hablarle a la gente de Finn. No es
exactamente mi criado. Se diría más bien que es mi agente. A veces lo
mantengo yo y otras me mantiene él; eso depende. Pero está claro que no
somos iguales. Se llama Peter O’Finney, pero eso no importa, porque todos lo
llaman Finn y es una especie de primo lejano mío, o al menos eso decía él
antes, y nunca me he preocupado por comprobarlo. Pero la gente tiene la
impresión de que es mi criado y lo mismo me suele ocurrir a mí, aunque me
sería difícil decir por qué. A veces creo que se debe simplemente a que Finn
es una persona humilde y retraída, que automáticamente se sitúa en segundo
plano. Cuando no tenemos camas suficientes, siempre es él quien duerme en
el suelo y resulta perfectamente natural. Es cierto que estoy constantemente dándole órdenes, pero eso es porque Finn no tiene las ideas muy claras sobre
cómo emplear su tiempo. Algunos de mis amigos creen que está chiflado,
pero no es verdad; sabe muy bien lo que hace.
Cuando Finn se acercó, le indiqué una de las maletas que podía llevar,
pero no la cogió. En lugar de eso, se sentó encima y me miró
melancólicamente. Me senté encima de la otra maleta y estuvimos un rato en
silencio. Yo estaba cansado y no tenía ganas de preguntarle nada, ya me lo
contaría. Le encantan los problemas, los suyos y los de los demás, sin
discriminación, y lo que le gusta aún más es dar malas noticias. De aspecto
triste y larguirucho, Finn es bastante guapo, con cabellos lacios de color pardo
y un huesudo rostro irlandés. Me saca una cabeza (yo soy un hombre bajo),
pero es un poco cargado de hombros. Me miró con tanta tristeza que se me
arrugó el corazón.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté por fin.
—Nos ha echado —dijo.
No me lo tomé en serio; era imposible.
—Venga —le dije amistosamente—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Nos echa —repitió—. A los dos, ahora, hoy mismo.
Finn es un pájaro de mal agüero, pero nunca miente, ni siquiera exagera.
Aun así, aquello era demasiado.
—¿Pero por qué? —pregunté—. ¿Qué hemos hecho?
—No se trata de lo que hayamos hecho nosotros, sino de lo que va a hacer
ella —dijo Finn—. Se va a casar con un tipo.
Fue un golpe, pero al encajarlo me dije a mí mismo: ¿y por qué no? Soy
un hombre tolerante e imparcial. Y enseguida me pregunté adónde podríamos
ir.
—Pero nunca me ha comentado nada —observé.
—Nunca le has preguntado nada —me contestó.
Era verdad. A lo largo del último año no había mostrado el menor interés
por la vida privada de Magdalen. Si se comprometía con otro hombre, ¿quién
tenía la culpa más que yo?
—¿Quién es ese tipo? —pregunté.
—Un corredor de apuestas —dijo Finn.
—¿Es rico?
—Sí, tiene coche —dijo Finn. Esa era su manera de valorarlo, y me
parece que por entonces también era la mía—. Las mujeres me ponen
enfermo —añadió Finn. Estaba tan fastidiado como yo de que nos echaran.
Me quedé allí sentado un momento, sintiendo una especie de dolor físico
en el que los celos y mi orgullo herido se combinaban con una profunda
sensación de desamparo. Allí estábamos, sentados sobre dos maletas, en Earls
Court Road en una soleada y polvorienta mañana de julio. ¿Adónde íbamos a
ir ahora? Siempre pasaba igual. Me había esforzado por poner en orden mi
universo y todo saltaba por los aires volviendo a la situación anterior. Finn y
yo tendríamos que espabilar de nuevo. Digo mi universo, no el nuestro,
porque a veces pienso que Finn tiene muy poca vida interior. No lo digo de
forma despectiva; algunas personas la tienen y otras no. Para mí está
relacionado con su franqueza. Las personas sutiles como yo tenemos en
cuenta demasiadas cosas como para dar una respuesta directa. Siempre me
preocupan los matices. Y también lo relaciono con su inclinación a hacer
manifestaciones objetivas en el momento menos oportuno, como una luz muy
fuerte cuando te duele la cabeza. Aunque puede ser que Finn eche de menos
su vida interior y por eso me siga, ya que la mía es compleja y muy variada.
Así que, para mí, Finn forma parte de mi universo y no puedo concebir que él
tenga uno en el que yo figure. Además, ese acuerdo resulta muy
tranquilizador para los dos.
Quedaban todavía dos horas para abrir, y me costaba hacerme a la idea de
que iba a tener que enfrentarme con Magdalen enseguida. Ella esperaría que
yo le montara una escena, pero no me sentía con fuerzas suficientes y además
no tenía ni idea de qué clase de escena tenía que montar. Habría que meditarlo
mucho. No hay nada como que te echen para que te pongas a pensar en por
qué te han echado. Necesitaba tiempo para reflexionar sobre mi situación.
—¿Quieres tomar una taza de café en Lyons? —pregunté a Finn
esperando que me dijera que sí.
—No —contestó—. Ya lo he pasado bastante mal esperando a que
volvieras, con ella deseando perderme de vista. Ve a verla. —Y echó a andar
calle abajo. Finn siempre se refiere a la gente mediante pronombres y
vocativos. Lo seguí lentamente, intentando aclararme quién era yo.
Magdalen vivía en una de esas repugnantes y pesadas casas de Earls Court
Road. Le pertenecía la mitad superior de la casa; y allí llevaba yo viviendo
más de ocho meses, igual que Finn. Los dos dormíamos en la cuarta planta, en
un laberinto de buhardillas, y Magdalen en la tercera, aunque eso no quiere
decir que no nos viéramos mucho, por lo menos al principio. Había empezado
a considerar mía aquella casa. A veces Magdalen se echaba novio, pero no me
molestaba y nunca le pregunté nada. Me sentía más a gusto cuando lo tenía,
porque entonces yo disponía de más tiempo para trabajar, o más bien para dedicarme a esa especie de reflexión ensoñadoramente estéril que es lo que
más me gusta en el mundo.
Estábamos allí tan a gusto como un par de nueces en sus cáscaras.
Además, vivíamos prácticamente sin tener que pagar el alquiler, lo que
también tenía su importancia. No hay nada que me resulte más irritante que
tener que pagar un alquiler.
Debo explicarles que Magdalen es mecanógrafa en el centro de la ciudad,
o por lo menos lo era cuando se produjeron los primeros acontecimientos de
este relato. Sin embargo, no es esa una descripción completa. Su verdadera
ocupación consiste en ser ella misma, y a ello dedica un celo y una habilidad
artística tremendos. Sus esfuerzos siguen los preceptos de las revistas
femeninas y del cine, y solo cierta veta de ingenuidad y la incorruptible
vitalidad que hay en ella le han impedido convertirse en un ser anodino, a
pesar de dedicarse al estudio constante de los trucos de seducción más en
boga. No es hermosa: ese es un adjetivo que no suelo usar; pero es bonita y
atractiva. Su gracia estriba en sus rasgos regulares y en la finura de su tez, que
cubre con una máscara de maquillaje de color melocotón hasta dejarla tan lisa
e inexpresiva como el alabastro. Sus cabellos los peina según los dictados de
la moda del momento. Se los tiñe de rubio. Las mujeres piensan que la belleza
consiste en aproximarse lo máximo posible a una norma de armonía. La única
razón por la que no consiguen llegar a ser indistintamente parecidas unas a
otras es por falta de tiempo, dinero y técnica. Las estrellas de cine, que
disponen de todo ello, son indistintamente parecidas. El atractivo de
Magdalen reside en sus ojos, y en la vitalidad de sus maneras y de su
expresión. Los ojos son la única parte del rostro que nada puede disfrazar, o al
menos nada se ha inventado todavía para conseguirlo. Los ojos son el espejo
del alma y no se puede pintar sobre ellos ni rociarlos con polvos dorados. Los
de Magdalen son grandes, grises y almendrados, y resplandecen como
piedrecitas bajo la lluvia. De vez en cuando gana mucho dinero, pero no
aporreando una máquina de escribir, sino como modelo de fotografía. Todo el
mundo considera que es una chica guapa.
Magdalen estaba en el baño cuando llegamos. Fuimos a su sala de estar,
en la que la estufa eléctrica y los montoncitos de medias de nailon y de ropa
interior de seda y el olor de los polvos faciales formaban un escenario
acogedor. Finn se dejó caer en el deslucido diván precisamente de la manera
en que ella le pedía siempre que no lo hiciera. Me acerqué a la puerta del
cuarto de baño y grité: «¡Madge!».
El chapoteo en el agua cesó y dijo:
—¿Eres tú, Jake?
La cisterna hizo un ruido infernal.
—Sí, por supuesto, soy yo. ¿Qué es lo que pasa?
—No puedo oírte —dijo—. Espera un momento.
—¿Qué es lo que pasa? —le grité—. ¿Es verdad que te vas a casar con un
corredor de apuestas? ¡No puedes hacerlo sin consultarme!
Me pareció que estaba montando una escena bastante pasable junto a la
puerta del cuarto de baño. Hasta golpeé la madera.
—No puedo oír ni una palabra —dijo Madge. Lo cual no era cierto; lo que
quería era ganar tiempo—. Jake, querido, prepara la cafetera y nos tomamos
un café. Saldré en un minuto.
Magdalen salió del cuarto de baño envuelta en una ráfaga de aire caliente
y perfumado mientras yo hacía el café, pero se dirigió directamente a su
dormitorio. Finn se levantó apresuradamente del diván. Encendimos un
cigarrillo y esperamos. Al cabo de un largo rato, Magdalen apareció
resplandeciente y se situó delante de mí. La miré con tranquila sorpresa. Su
aspecto había cambiado notablemente. Llevaba un ceñido vestido de seda, un
modelo caro y complicado, y alhajas de buen precio. Hasta parecía distinta la
expresión de su rostro. Ahora comprendía lo que Finn me había dicho.
Mientras caminaba por la calle estaba demasiado preocupado con mis cosas
como para reflexionar acerca de lo extravagante y tremendo del plan de
Madge. Me di cuenta de que era cuestión de dinero. Desde luego, resultaba
sorprendente. Madge solía salir con hombres aburridos pero humanos,
funcionarios públicos de gustos bohemios o, en el peor de los casos, con
escritores a sueldo, como yo.
Me pregunto qué curioso defecto de la estratificación social la había
llevado a tratar con un hombre que la inducía a vestirse de esa manera. Di una
vuelta a su alrededor, mirándola.
—¿Qué te crees que soy, el Albert Memorial? —preguntó Magdalen.
—Con esos ojos, no. —Y miré en las profundidades moteadas de sus
pupilas.
Luego sentí un dolor extraño y tuve que volverme. Debería haberme
preocupado más de esa chica. Una metamorfosis semejante tenía que llevar
mucho tiempo preparándose, pero yo había sido demasiado torpe para darme
cuenta. Una muchacha como Magdalen no se transforma de la noche a la
mañana. Alguien había hecho una buena labor de zapa.
Madge me miró con curiosidad.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Estás enfermo?
Le dije lo que estaba pensando.
—Madge, debería haberme ocupado más de ti.
—No te has ocupado en absoluto —dijo—. Ahora lo va a hacer otra
persona.
Su risa sonó cortante, pero sus ojos parecían preocupados y, aunque fuera
demasiado tarde, sentí ganas de hacerle una temeraria proposición. Una
extraña luz, dirigida sobre nuestra amistad, hizo resaltar cosas nuevas e
intenté por un momento entender la esencia de mi necesidad de ella. Sin
embargo, respiré hondo y seguí mi regla de no hablar nunca con franqueza a
las mujeres en momentos de emoción. No trae nada bueno. No es propio de
mi naturaleza asumir la responsabilidad de otras personas. Tengo ya bastante
con ocuparme de mí mismo. Pasó el momento de peligro, la señal
desapareció, y también el fulgor en la mirada de Magdalen, que dijo: «Dame
un café», y se lo di.
—Mira, Jakie —continuó—, ya sabes cómo son estas cosas. Quiero que
saques todo lo tuyo de aquí tan pronto como puedas; si es posible, hoy
mismo. Lo he metido todo en tu habitación.
Lo había hecho. Faltaban varios objetos míos que habitualmente
decoraban la sala de estar. Me sentí como si ya no viviera allí.
—No sé cómo son «estas cosas» —dije— y me gustaría mucho que me lo
explicaras.
—Por supuesto, tienes que llevártelo todo. Si quieres pagaré el taxi.
Estaba más fresca que una lechuga.
—Ten un poco de corazón, Madge —dije.
Volvía a preocuparme de mí mismo y me sentía mucho mejor.
—¿No podría seguir viviendo en la parte de arriba? No te molestaré.
Pero sabía que no era una buena idea.
—¡Oh, Jake! —contestó—. ¡Eres un imbécil!
Era el comentario más amable que había hecho hasta entonces. Los dos
nos sentimos más tranquilos.
Durante todo ese tiempo, Finn había estado apoyado contra la puerta,
mirando a alguna parte distraídamente. Era difícil saber si escuchaba o no.
—Échalo —dijo Magdalen—. Me da grima.
—¿Dónde lo voy a mandar? —pregunté—. ¿Adónde podemos ir? Sabes
que no tengo dinero.
No era verdad del todo, pero hacer como que no tenía un centavo
constituía una cuestión de principios, porque nunca se sabe si puede resultar
útil que los demás piensen eso de uno.
—Ya sois mayorcitos —dijo ella—. Al menos eso parece. Es problema
vuestro.
Me encontré con la mirada soñolienta de Finn.
—¿Qué vamos a hacer? —le pregunté.
Finn a veces tenía ideas, y después de todo había tenido más tiempo que
yo para reflexionar sobre la situación.
—Vamos donde Dave —dijo.
Me pareció una idea sensata; así que dije:
—¡Vale! —Y le grité—: ¡Coge las maletas! —ya que había salido
corriendo como una flecha.
A veces pienso que Magdalen no le cae bien. Volvió, cogió una y se
esfumó.
Magdalen y yo nos miramos como dos boxeadores al comienzo del
segundo asalto.
—Mira, Madge… —empecé—, no puedes echarme así como así.
—Llegaste así como así —me contestó.
Era cierto. Suspiré.
—Ven aquí, Madge. —Y extendí mi mano. Me dio la suya, pero estaba
tan tiesa e insensible como una espumadera, y al cabo de unos segundos la
solté.
—No me hagas una escena, Jakie —dijo Madge.
En aquel momento no podía hacerla, ni siquiera una pequeña. Me sentía
débil y me tumbé en el sofá.
—¡Eh, eh! —dije suavemente—. Así que me pones en la calle, y todo por
un hombre que vive de los vicios de los demás.
—Todos vivimos de los vicios de los demás —dijo con un aire de cinismo
muy de la época, que no le iba nada bien—. Yo lo hago, tú también lo haces,
y además vives de vicios peores que los suyos.
Se refería a la clase de libros que a veces traducía.
—¿Cómo se llama ese tipo? —le pregunté.
Madge me miró fijamente, atenta al efecto que me iba a producir su
respuesta.
—Su nombre —dijo— es Starfield. Quizá hayas oído hablar de él.
Sus ojos brillaban sin pudor.
Endurecí mi rostro para no traicionarme. Así que se trataba de Starfield,
Samuel Starfield, el Sagrado Sammy. Decir que era un corredor de apuestas
resultaba un tanto pintoresco por parte de Finn, aunque todavía tenía sus
oficinas cerca de Piccadilly y su nombre en luces de neón. Starfield hacía un poco de todo en aquellos sectores a los que lo llevaban sus gustos y su dinero:
ropa femenina, cabarets, películas, restaurantes.
—Ya entiendo. —No estaba dispuesto a montarle un espectáculo a Madge
—. ¿Dónde lo conociste? Te lo pregunto solo por curiosidad sociológica.
—No entiendo lo que quieres decir —contestó—. Pero, si tan interesado
estás en saberlo, lo conocí en el autobús.
Estaba claro que era mentira. Meneé la cabeza.
—Lo que vas a hacer es convertirte en un maniquí para toda tu vida —le
dije—. Tendrás que pasarte todo el tiempo convertida en un símbolo de
ostentosa riqueza.
Y al decírselo pensé que quizá esa podía no ser una vida tan mala.
—¡Jakie! ¿Quieres irte de una vez? —exclamó Magdalen.
—De todas maneras —continué— no vas a vivir aquí con el Sagrado
Sam, ¿no?
—Necesitaremos este piso —contestó ella— y quiero que te vayas ahora
mismo.
Pensé que se escabullía de la pregunta.
—¿No has dicho que te ibas a casar? —le pregunté.
Otra vez me volvía el sentido de la responsabilidad. Después de todo, ella
no tenía padre y yo me sentía in loco parentis. Era el único lugar que me
quedaba. Y, ahora que lo pensaba, empezaba a parecerme fantásticamente
improbable que Starfield se casara con una muchacha como Magdalen.
Madge podía servir para llevar abrigos de pieles como cualquier otra mujer
loca por la ropa. Pero no era vistosa, ni tampoco rica ni famosa. Era una
simpática y saludable inglesita, tan sencilla y dulce como la fiesta del Primero
de Mayo en Kew. Y yo me imaginaba los gustos de Starfield más exóticos y
poco interesados en el matrimonio.
—Sí —dijo Madge enfáticamente, todavía más fresca que una rosa—. ¿Y
quieres hacer de una vez las maletas?
Tenía mala conciencia. Me di cuenta porque evitaba mirarme a los ojos.
Comenzó a rebuscar en las estanterías, diciendo:
—Me parece que hay unos libros tuyos por aquí.
Y sacó Murphy y Pierrot Mon Ami.
—Estás haciendo sitio para el camarada Starfield —le dije—. ¿Sabe leer?
Y, a propósito, ¿sabe que existo?
—Bueno, sí —dijo con aire evasivo—, pero no quiero que coincidáis. Por
eso debes hacer enseguida las maletas. A partir de mañana, Sammy pasará
aquí mucho tiempo.
—Una cosa es segura —dije—: no puedo trasladarlo todo en un solo día.
Me llevaré algunas cosas ahora, pero tendré que volver mañana —detesto que
me metan prisa—. Y no te olvides —dije muy convencido— de que la
radiogramola es mía.
Mis pensamientos volvían al Lloyds Bank Limited.
—Sí, querido —dijo Madge—; pero, si vuelves otro día, llama por
teléfono antes y, si contesta un hombre, cuelga.
—Todo esto me resulta repugnante —manifesté.
—Lo sé, querido —dijo—. ¿Quieres que llame a un taxi?
—¡No! —grité saliendo de la habitación.
—Si vuelves cuando Sammy esté aquí —vociferó Magdalen mientras yo
subía las escaleras—, te romperé la cabeza.
Cogí la otra maleta, envolví mis manuscritos en papel de estraza y me fui
caminando. Necesitaba pensar, y nunca consigo hacerlo en un taxi porque no
hago más que mirar el taxímetro. Cogí el autobús 73 y me fui a la tienda de la
señora Tinckham. La señora Tinckham regenta una tienda donde vende
periódicos en el barrio de Charlotte Street. Es una tienda que hace esquina,
polvorienta, sucia, de aspecto desagradable, con un tablón barato para los
anuncios en el exterior, y allí vende periódicos en varias lenguas, revistas
femeninas, novelas de vaqueros y de ciencia ficción y la Amazing Stories. Al
menos exhibía ese tipo de publicaciones en pilas caóticas, aunque nunca he
visto a nadie comprar más que helados y el Evening News. La mayor parte de
la literatura permanece allí año tras año, descolorida por el sol, y nadie la toca
hasta que, de vez en cuando, a la señora Tinckham le da por la lectura, y coge
alguna novela de vaqueros, amarillenta por el paso del tiempo, para luego
decir que ya la había leído antes, pero que se había olvidado. Debe haber
leído casi todas las existencias de su almacén, que son limitadas y que
aumentan con lentitud. A veces la he visto hojear los periódicos franceses,
aunque dice que no sabe francés; quizá se limite a mirar las fotografías.
Además de la cámara de los helados, hay una mesita de hierro y dos sillas, y
arriba, en un estante, botellas de refrescos verdes y rojos. En ese lugar he
pasado muchas horas agradables.
Otra de las características de la tienda de la señora Tinckham es que está
llena de gatos. Una familia de gatos atigrados en constante aumento, que
desciende de una enorme gata que suele sentarse en el mostrador o en los
estantes vacíos, soñolienta y contemplativa, con sus ojos de color ámbar semicerrados y parpadeantes al sol, como un vago corte líquido en una
superficie de cálido pelaje. Cuando entro, a menudo uno de los gatos salta y
se sube a mis rodillas, donde permanece tranquilo durante un rato antes de
salir a la calle y pasear por delante del escaparate. Aunque nunca he visto a
ninguno de estos animales a más de cinco metros de la tienda. En medio de
todo se encuentra la señora Tinckham, fumando un cigarrillo. Es la única
persona que conozco que fuma literalmente en cadena. Enciende cada uno
con la colilla del anterior; cómo enciende el primero del día sigue siendo un
misterio para mí, porque nunca suele tener cerillas cuando se las pido. Una
vez me la encontré muy angustiada porque el cigarrillo que estaba fumando se
le había caído en la taza de café y no tenía con qué encender el siguiente.
Quizá se dedique a fumar durante toda la noche o tenga un cigarrillo
permanentemente encendido en su dormitorio. A sus pies hay una jofaina de
esmalte que siempre está llena, normalmente a rebosar, de colillas; y junto a
ella, sobre el mostrador, un pequeño aparato de radio siempre encendido,
bajito e inaudible, con lo que una especie de murmullo musical acompaña a la
señora Tinckham mientras está sentada entre los gatos, envuelta en el humo
de los cigarrillos.
Entré y me senté, como siempre, junto a la mesa de hierro, cogí un gato
del estante más cercano y lo puse sobre mis rodillas. Comenzó a ronronear
como una máquina que empieza a funcionar. Ofrecí a la señora Tinckham mi
primera sonrisa espontánea del día. Ella es lo que Finn llama un curioso y
viejo espécimen, pero se ha portado muy bien conmigo y yo nunca olvido la
amabilidad.
—Bueno, aquí estás otra vez —dijo la señora Tinckham, dejando las
Amazing Stories y bajando la radio un poco más, hasta dejar un murmullo de
fondo.
—Sí, por desgracia —dije—. Señora Tinck, ¿qué le parece si tomamos
una copa?
Desde hace mucho tiempo guardo una reserva de whisky en la tienda de la
señora Tinckham, por si se diera el caso de que necesitara una bebida
medicinal en un lugar tranquilo, en el centro de Londres, cuando todo está
cerrado. En aquel momento, los bares estaban ya abiertos, pero necesitaba el
sosiego de la tienda, con el gato ronroneante, el susurro de la radio y la propia
señora Tinckham, como una diosa terrestre envuelta en incienso. Al principio,
cuando puse en marcha mi plan, solía marcar la botella después de cada copa,
pero eso fue antes de conocer bien a la señora Tinckham. Se puede confiar en
ella como en una ley de la naturaleza. Puede guardar un secreto como nadie. Una vez oí a uno de sus clientes de aspecto más peregrino, que había
intentado sonsacarle algo, gritarle: «¡Eres patológicamente discreta!», y así
es. Sospecho que ese es el secreto de su éxito. Su tienda sirve como eso que
llaman «dirección de conveniencia» y es lugar de cita para la gente que quiere
que sus asuntos se mantengan en la sombra. A veces me pregunto cuánto sabe
la señora Tinckham de los asuntos de sus clientes. Cuando no estoy con ella,
pienso que no puede ser tan ingenua como para no enterarse de lo que pasa
delante de sus narices. Pero cuando estoy con ella la veo tan regordeta y
perezosa, con ese parpadeo tan parecido al de sus gatos, que tengo mis dudas.
Hay momentos en que, con el rabillo del ojo, me parece percibir una mirada
de aguda inteligencia en su rostro; pero aunque vuelva rápidamente la cabeza
nunca consigo captar en él una expresión que no sea de radiante y maternal
solicitud y preocupación más o menos vaga. Lo cierto es que, sea cual sea la
verdad, esta no se sabrá nunca. La policía dejó de hacerle preguntas hace
mucho. Era una pérdida de tiempo. Además, sepa mucho o poco, ella nunca
ha utilizado, por lo que yo sé, el más mínimo conocimiento del pequeño
mundo que rodea su tienda para beneficio propio o para impresionar. Una
mujer que no habla es una joya. Soy un devoto de la señora Tinckham.
Llenó un vasito de papier mâché y me lo pasó por encima del mostrador.
Nunca la he visto beber.
—¿No has traído coñac esta vez, querido? —me preguntó.
—No; los malditos aduaneros me lo han confiscado —dije y, después de
tomar un trago de whisky, añadí—: ¡Que se vayan al diablo! —con un gesto
que abarcaba a la aduana, a Madge, a Starfield y al director de mi banco.
—¿Qué pasa, querido? ¿Van mal las cosas otra vez? —dijo la señora
Tinckham, y mientras yo miraba mi copa vi sus ojos parpadear con
comprensión—. La gente da muchos problemas, ¿no es cierto? —añadió con
esa voz que había propiciado tantas confesiones.
Estoy convencido de que la gente se sincera muchísimo con la señora
Tinckham. A veces, entro en la tienda y lo percibo de manera clara en el
ambiente. Yo mismo lo he hecho; y en la vida de muchos de sus clientes
probablemente figurará como la única persona de absoluta confianza. Una
posición así es sin duda, hasta cierto punto, lucrativa, y de hecho la señora
Tinckham tiene dinero, porque una vez me dejó diez libras sin chistar, aunque
estoy seguro de que su principal interés no consiste en conseguir beneficios.
Simplemente le gusta estar al tanto de las actividades de todo el mundo, o más
bien saber de sus vidas, porque «actividades» implica un interés más limitado
y menos humano que el que sentía, o yo imaginaba que sentía, ella por mí. En realidad, la sitúo en un punto medio entre la ingenuidad y la carencia de ella,
ya que vive en el mundo de los dramas de otras personas, donde es difícil
distinguir la realidad de la ficción.
Sonó un suave murmullo que podía haber sido tanto la radio como la
señora Tinckham lanzándome un leve hechizo para que le hablara: un sonido
como el que hace al enrollarse suavemente un delicado sedal del que cuelga
un pez exótico. Pero cerré los labios para no hablar. Quería esperar hasta
poder contar mi historia de una manera mucho más dramática. La cosa tenía
posibilidades, pero aún le faltaba tomar forma. Si hablaba entonces existía el
peligro de que le dijera la verdad; cuando me pillan desprevenido suelo
hacerlo, ¿y hay algo más aburrido que eso? Me encontré con la mirada de la
señora Tinckham y, aunque sus ojos no decían nada, estaba seguro de que
sabía lo que estaba pensando.
—La gente y el dinero, señora Tinck —dije—. Qué lugar tan feliz sería el
mundo sin ninguna de las dos cosas.
—Y el sexo —añadió la señora Tinck. Los dos suspiramos.
—¿Hay nuevos gatitos? —le pregunté.
—Todavía no —contestó—, pero Maggie está preñada otra vez. ¡Pronto
tendrás tus gatitos!, ¿a que sí? —le dijo a una gata de aspecto vulgar que
estaba sobre el mostrador.
—¿Cree que habrá suerte esta vez? —le pregunté.
La señora Tinckham intentaba constantemente convencer a sus gatas de
que se cruzaran con un guapo siamés que vivía calle abajo. Lo cierto es que
sus esfuerzos se limitaban a llevar a las criaturas hasta la puerta y señalar
hacia el elegante macho diciéndoles: «¡Mirad qué guapo es ese gato que hay
allí!», y hasta entonces no había conseguido ningún resultado. Si han
intentado alguna vez dirigir la atención de un gato hacia algo, sabrán lo difícil
que resulta conseguirlo. El animal mirará a cualquier sitio salvo al que le
señalen con el dedo.
—No hay ninguna posibilidad —dijo la señora Tinckham con amargura
—. Todas están locas por el gato blanco y negro de la tienda de carne de
caballo. ¿A que sí, guapa? —le dijo a la gata preñada, que estiró su pata
pesada y juguetona y sacó a relucir sus garras sobre un montón de Nouvelles
Littéraires. Comencé a deshacer mi paquete sobre la mesa. El gato bajó de un
salto de mis rodillas y salió sigilosamente por la puerta.
La señora Tinckham dijo: «Ah, bueno», y cogió las Amazing Stories.
Eché un rápido vistazo a los manuscritos. Una vez, durante una rabieta,
Magdalen había roto las primeras sesenta estancias de uno de mis poemas épicos, titulado Y el señor Oppenheim heredará la tierra. Era de los tiempos
en que yo tenía ideales. Por aquel entonces aún no tenía claro que en nuestra
época no es posible escribir poemas épicos. Pensaba ingenuamente que no
existía ninguna razón por la que no pudiera escribir todo lo que me apeteciera.
Pero no hay nada más paralizante que el sentido de la perspectiva histórica,
sobre todo en cuestiones literarias. Tal vez, en determinados momentos, se
deba dejar de pensar. De hecho, yo decidí parar antes de haber visto
suficientemente claro que la época actual no es adecuada ni siquiera para
escribir novelas. Pero volviendo al Señor Oppenheim: mis amigos criticaron
el título porque les sonaba antisemita, aunque por supuesto el señor
Oppenheim simbolizaba simplemente los grandes negocios; pero Madge no lo
rompió por esa razón, sino porque estaba cabreada porque yo había cancelado
una comida con ella para poder conocer a una novelista que después resultó
ser una pesada. Pero el caso es que cuando volví me encontré al Señor
Oppenheim hecho pedazos. Ocurrió hace mucho tiempo, pero me temía que
ahora hubiera repetido el espectáculo. ¿Quién puede saber qué pensamientos
pasaron por su mente cuando tomó la decisión de echarme? Cuando una
mujer quiere hacerte daño procura enfurecerse cada vez más contigo. Sé de
sobra lo exasperante que resulta que alguien adopte una posición que te
obligue a hacerle daño. De modo que miré el material con cuidado.
Todo parecía en orden, pero faltaba una cosa. Era la transcripción
mecanografiada de mi traducción de Le Rossignol de Bois. Ese Ruiseñor de
madera era la antepenúltima obra de Jean-Pierre Breteuil. La había pasado
directamente a máquina; he traducido ya tantas cosas de Jean-Pierre que el
único problema es la rapidez del mecanografiado. No puedo perder el tiempo
con el papel carbón —no tengo ninguna destreza manual y ya se sabe cómo es
el papel carbón—, así que únicamente había una copia. No me preocupé
porque sabía que, si Magdalen quería destruir algo, destruiría mis trabajos de
creación y no una traducción. Pensé que podría recogerla la próxima vez;
seguramente estaría en el escritorio de abajo. Le Rossignol iba a ser un best
seller, y eso significaba dinero. Trata de un joven compositor que es
psicoanalizado y luego descubre que ha desaparecido su impulso creador. Me
gustaba, aunque era mala literatura comercial, como todo lo que escribe Jean-
Pierre.
Dave Gellman dice que me he especializado en traducir a Breteuil porque
es la clase de literatura que me habría gustado escribir, pero no es así.
Traduzco a Breteuil porque es fácil y porque se vende como rosquillas en
cualquier idioma. También porque, perversamente, me gusta traducir; es como abrir la boca y oír cómo sale la voz de otro. La penúltima novela, Les
Pierres de l’Amour, que había leído en París, sería sin duda otro éxito.
También había otra novela más reciente, Nous les vainqueurs, que no había
leído aún. Decidí ir a ver a mi editor y conseguir un anticipo de El ruiseñor de
madera; además, intentaría venderle una idea que se me había ocurrido en
París sobre una colección de relatos cortos franceses, que yo traduciría y
prologaría. De todo eso estaban llenas mis maletas. Así podría ir tirando.
Cualquier cosa menos trabajo de creación, como dice Dave. Calculé que
tendría unas setenta libras en el banco. Pero estaba claro que el problema más
inmediato y urgente consistía en encontrar un lugar barato y acogedor donde
vivir y trabajar, ya que me habían cerrado las puertas de Earls Court Road.
Quizá piensen que no fue muy amable por parte de Madge echarme con
tan pocas explicaciones, y que fue una cobardía, por mi parte, tomármelo con
tanta tranquilidad. Pero, en realidad, Magdalen no es tan dura. Es una persona
alegre y sensual, sencilla y de buen corazón, dispuesta a complacer a
cualquiera con tal de que no le cause complicaciones; ¿qué más se puede
pedir? Por mi parte, yo tenía mala conciencia con respecto a Madge. He dicho
antes que vivía casi sin pagar el alquiler. Bueno, pues no es del todo cierto: la
verdad es que no pagaba nada en absoluto. Ese pensamiento me turbaba un
poco. Es malo para el locus standi de uno vivir de la caridad de una mujer.
También sabía que Madge quería casarse. Me lo había insinuado más de una
vez; y la verdad es que creo que se habría casado conmigo. Lo que pasa es
que yo quería otra cosa. Así que, por estas dos razones, pensaba que no tenía
ningún derecho sobre Earls Court Road, y que yo era el único culpable de que
Madge hubiera buscado su seguridad en otra parte; aunque me parece que fui
bastante objetivo al pensar que el Sagrado Sammy era una apuesta demasiado
arriesgada.
Quizá sea este el momento de contarles algo sobre mí. Me llamo James
Donaghue, pero no vale la pena que piensen mucho en ello, ya que solo he
estado en Dublín una vez, borracho perdido de whisky, y únicamente vi la luz
del día en dos ocasiones: una cuando me soltaron de la comisaría de Store
Street, y otra cuando Finn me metió en el barco para Holyhead. En aquellos
tiempos yo solía beber bastante. Tengo algo más de treinta años y talento,
pero soy perezoso. Hago trabajos literarios por encargo y solo unos pocos
trabajos de creación, los mínimos posibles. Hoy en día se puede vivir de lo
que se escribe si se hace de modo continuado y se está dispuesto a escribir lo
que el mercado pide. Antes he mencionado que soy bajo, pero describirme
como un hombre esbelto y bien formado se ajusta más a la realidad. Tengo el pelo rubio y los rasgos angulosos de un elfo. Se me da bien el judo, pero no
me gusta el boxeo. En cualquier caso, lo más importante para el objeto de este
relato es que tengo los nervios destrozados. Lo que no importa es cómo
ocurrió. Esa es otra historia, y no pienso contarles toda mi vida. Los tengo así,
y una de sus consecuencias es que no puedo soportar estar solo durante
mucho tiempo. Por eso Finn me resulta tan útil. Nos sentamos juntos durante
horas, a veces sin pronunciar ni una palabra, yo pensando, quizá en Dios, en
la libertad y en la inmortalidad y sin tener ni idea de en qué estará pensando
él. Pero sobre todo detesto vivir en una casa extraña. Necesito sentirme
protegido. Por tanto, soy como un parásito, y habitualmente vivo en las casas
de mis amigos, lo cual resulta ventajoso desde el punto de vista económico.
Me acogen bien, porque mis costumbres son tranquilas y Finn sabe hacer toda
clase de chapuzas.
La verdad es que era un problema pensar adónde iba a ir ahora. Me
pregunté si nos acogería Dave Gellman. Acaricié esa idea, aunque supuse que
no prosperaría. Dave es un viejo amigo, pero es filósofo, no de esos que te
dicen tu horóscopo y el signo del zodiaco, sino uno de verdad, como Kant o
Platón, por lo que no tiene dinero. Pensé que no debía exigirle nada a Dave.
Además, es judío, y de los más intransigentes, que ayuna, que cree que el
pecado no se puede redimir, incluso se escandaliza con el relato de la mujer
que rompió el vaso de alabastro que contenía un precioso ungüento y otras
muchas historias del Nuevo Testamento. Pero eso no es lo que me molesta de
él, sino el que sea capaz de discutir interminablemente con Finn acerca de la
Trinidad, sobre la falta de importancia de los sentimientos y sobre el concepto
de caridad. No existe un concepto que Dave odie tanto como el de caridad. Le
parece una especie de estafa espiritual. Según Dave, este concepto nos lleva
siempre a una conducta retorcida y a la idea de que se puede hacer cualquier
cosa impunemente. Los seres humanos, dice, deben vivir de acuerdo con unas
reglas claras y prácticas, y no bajo la vaga iluminación de unas cuantas ideas
arrogantes que aparentemente justifican toda clase de extravagancias. Dave es
una de las pocas personas con las que Finn habla largamente. Debo decir que
Finn es católico no practicante, aunque tiene temperamento de metodista, o
eso me parece, y discute apasionadamente con Dave. Finn siempre dice que
volverá a Irlanda para poder vivir en un país que tiene de verdad una religión,
pero nunca acaba de irse. Por eso pensé que no sería muy tranquila la casa de
Dave. Prefiero que Finn no hable demasiado. Antes yo mismo hablaba mucho
con Dave sobre cosas abstractas. Me quedé fascinado cuando le conocí y me
enteré de que era filósofo, pensando que tal vez me podría comunicar algunas verdades importantes. En aquella época, solía leer a Hegel y a Spinoza,
aunque he de decir que nunca los entendí muy bien, y quería hablar con Dave
sobre ellos. Pero por una razón u otra nunca llegábamos a ningún acuerdo, y
la mayor parte de nuestras conversaciones consistían en que yo le decía algo y
él me contestaba que no entendía lo que quería decirle, y entonces yo repetía
lo dicho y Dave se ponía de lo más impaciente. Tardé cierto tiempo en darme
cuenta de que, cuando Dave decía que no me entendía, era porque
consideraba que lo que yo argumentaba eran sandeces. Hegel dice que Verdad
es una gran palabra, y que la cosa en sí es aún más grande. Con Dave parecía
que nunca íbamos a pasar de la palabra; así que, finalmente, renuncié. Sin
embargo, le tengo mucho afecto y tenemos otros muchos temas de
conversación, de modo que no rechacé del todo la idea de ir a vivir con él. Era
lo único que se me ocurría. Cuando por fin llegué a esa conclusión,
desempaqueté algunos de mis libros y los dejé, junto con los manuscritos,
bajo el mostrador de la señora Tinckham. Luego me fui de la tienda y me
dirigí al Lyons.