Bajo la red
Dos
Hay partes de Londres que son necesarias y otras que son contingentes.
Todo lo que hay al oeste de Earls Court es contingente, salvo unos cuantos
lugares cerca del río. Odio lo contingente. Quiero que todo en mi vida tenga
una razón de ser. Dave vivía al oeste de Earls Court y esa es otra de las cosas
que tenía en su contra. Vivía junto a Goldhawk Road, en uno de esos edificios
de color rojo oscuro que por alguna razón llaman mansiones. Fue en ese
contexto, en mi oscura niñez londinense, donde escuché por primera vez esa
palabra, y desde entonces me ha echado a perder muchos trabajos en prosa,
entre ellos algunos bíblicos. Creo que a Dave no le importaba mucho dónde
vivía. Como es filósofo, se ocupa profesionalmente del nudo central del ser
(aunque a él no le gustaría nada saber que yo utilizo tales términos), y no de
esos cabos sueltos con los que la mayor parte de nosotros tenemos que
entretenernos. Además, como es judío, puede sentirse parte de la Historia sin
hacer un esfuerzo especial. Le envidio eso, ya que a mí me cuesta cada vez
más sentirme parte de la Historia. De manera que Dave puede permitirse el
lujo de tener una dirección contingente. No estoy seguro de que yo pudiera
hacerlo.
La mansión donde vive Dave es alta, pero a su lado sobresale un gran
hospital moderno, de blancos muros. Un lugar frío, aunque justificado, por el
que paso con un escalofrío. Mientras subía por la oscura escalera adornada
con vidrieras, oí un murmullo de voces en el piso de Dave. No me gustó.
Dave conoce a demasiada gente. Su vida es un constante tour de force de
intimidad. A mí me parece que resulta inmoral intimar con más de cuatro
personas al mismo tiempo. Pero Dave vive en intimidad con más de cien.
Tiene numerosos y fieles amigos entre los artistas e intelectuales, y conoce a
muchos políticos de izquierdas, entre ellos a tipos tan curiosos como Lefty
Todd, el dirigente del Nuevo Partido Socialista Independiente, y a otros
todavía más excéntricos. Luego están sus alumnos y los amigos de estos, y la
horda siempre creciente de sus exalumnos. Nadie a quien Dave haya dado
clase parece haber perdido el contacto con él. Me resulta difícil de entender, ya que, como he dicho antes, Dave nunca fue capaz de comunicarme nada
cuando hablábamos de filosofía. Aunque quizá yo sea, en exceso, un artista
incorregible, como él mismo me dijo en una ocasión. Lo que me lleva a
añadir que Dave desaprueba mi manera de vivir y siempre me presiona para
que encuentre un trabajo estable.
Dave también trabaja fuera de la universidad y se rodea de muchos
jóvenes que de vez en cuando se interesan por la verdad. Sus alumnos lo
adoran, pero hay una lucha permanente entre ellos y él. Se alzan como
girasoles. Todos son metafísicos naturales, o eso dice Dave con disgusto. A
mí me parece estupendo que lo sean, pero Dave se opone apasionadamente.
Para los alumnos de Dave, el mundo es un misterio. Un misterio cuya clave,
que podría estar contenida en un libro de unas ochocientas páginas, puede ser
razonablemente descubierta. Encontrarla no es precisamente algo sencillo,
pero ellos tienen la seguridad de que dedicando de cuatro a diez horas
semanales, sin contar las vacaciones universitarias, se puede conseguir. No
conciben que el asunto pueda ser ni más sencillo ni más complejo que eso.
Dentro de ciertos límites, están dispuestos a alterar sus opiniones. Muchos de
ellos llegan a él como teósofos y se marchan siendo realistas críticos o
bradleianos. Es notable ver cómo a menudo la crítica de Dave actúa en sus
acciones como catalítico. Los deslumbra con la destructiva furia del sol, pero,
en vez de disipar sus pretensiones metafísicas, solo consigue su metamorfosis
de un estado fértil a otro. Este curioso hecho me hace pensar que, después de
todo, a pesar de sí mismo, Dave es un buen profesor. Algunas veces ha
conseguido convertir a algún joven especialmente receptivo a su peculiar
modo de análisis lingüístico; después de lo cual, el joven suele perder por
completo el interés en la filosofía. Ver a Dave trabajar con esos jóvenes es
como ver a alguien podando un rosal. Son los brotes más fuertes y vigorosos
los que hay que cortar. Más tarde es posible que broten capullos; pero Dave
no quiere que sean filosóficos. Su objetivo principal consiste en convencer a
los jóvenes de que no se dediquen a la filosofía. Siempre me advierte contra
ella con especial seriedad.
Vacilé en la puerta. Detesto entrar en una habitación llena de gente y
sentir que toda una galería de rostros se fija en mí. Tuve la tentación de
marcharme; pero al final, en lo que para mí supone un alarde de indiferencia,
entré. La habitación estaba atestada de jóvenes, todos hablando a la vez y
bebiendo tazas de té, pero no tenía por qué preocuparme por sus caras, ya que
nadie se fijó en mi entrada salvo el propio Dave. Estaba sentado en un rincón,
un poco apartado de la mêlée, y cuando me vio levantó la mano con el gesto digno de un patriarca que recibe la aparición de una señal esperada. No es que
Dave parezca un patriarca hebreo. Es regordete y calvo, tiene unos alegres
ojos castaños y manos rechonchas, su voz es ligeramente gutural y su dominio
del inglés, imperfecto. Finn estaba sentado cerca de él, en el suelo, apoyado
contra la pared y con las piernas estiradas, como si hubiera sufrido un
accidente.
Me abrí camino entre varios jóvenes imberbes, pasé por encima de las
piernas de Finn y le estreché la mano a Dave. Le di a Finn un afectuoso
puntapié y me senté en el borde de la mesa. Un joven me sirvió
automáticamente una taza de té, al tiempo que hablaba por encima de su
hombro con alguien. «Al final, el “debería” te lleva de vuelta al “es”. Sí, pero
¿qué clase de “es”?».
—Veo que esto sigue —dije.
—Es una actividad humana natural —dijo Dave frunciendo ligeramente el
ceño. Luego me miró amistosamente—. Me han dicho que estás en apuros —
continuó, levantando ligeramente la voz por encima del barullo.
—Puedes llamarlo así —dije con precaución mientras tomaba mi té.
Nunca exagero mis problemas con Dave porque se suele mostrar sarcástico y
poco comprensivo respecto a ellos.
—Yo en tu caso —dijo Dave— buscaría un trabajo estable.
Señaló la pared blanca del hospital que se cernía amenazante sobre la
ventana.
—Siempre hay demanda de auxiliares —dijo—. Hasta podrías trabajar de
enfermero. O hacer cualquier otra cosa unas horas al día.
Dave me daba constantemente este tipo de consejos; nunca he entendido
por qué, ya que había pocos consejos que estuviera menos dispuesto a seguir.
Creo que en parte lo hacía para molestarme. En otras ocasiones, me había
intentado convencer de lo deseable que resultaba ser agente judicial, inspector
de fábricas o maestro en una escuela primaria.
Miré el muro del hospital.
—Para salvar mi alma —dije.
—¡No es eso! —dijo desdeñosamente—. No haces más que pensar en tu
alma. Precisamente no es para pensar en tu alma, sino en los demás.
Sabía que tenía razón, aunque no era necesario que fuera Dave quien me
lo dijera, pero no veía que por el momento pudiera hacer nada. Finn me tiró
un cigarrillo. De una manera discreta, siempre intentaba protegerme de Dave.
El problema inmediato consistía en encontrar un lugar acogedor donde vivir
y, hasta que no lo arreglara, lo demás no tenía importancia. Tengo que seguir escribiendo si quiero llegar a final de mes, y cuando no tengo casa no puedo
hacer nada.
Después de terminar el té, me propuse dar una prudente vuelta por el piso
de Dave. Sala de estar, dormitorio, cuarto de invitados, baño y cocina.
Inspeccioné detenidamente el cuarto de invitados, también daba al muro del
hospital, pero desde allí parecía más cercano que nunca. La habitación estaba
pintada de un asqueroso marrón dorado y el mobiliario era espartano. Ya
estaba llena de las pertenencias de Finn. Podría haber sido peor. Cuando
estaba examinando el armario, entró Dave. Sabía de sobra lo que estaba
pasando por mi cabeza.
—No, Jake —dijo—. Definitivamente, no.
—¿Por qué no?
—Porque dos ruinas nerviosas no deben vivir juntas.
—¡Vieja víbora! —dije.
Dave no es una ruina nerviosa, sino que es tan duro como el acero. Pero
no quise discutir porque me repelía un poco la idea de Jehová y la Trinidad.
—Ya que me echas —dije—, estás obligado a hacerme una sugerencia
constructiva.
—Nunca has estado dentro, Jake —dijo Dave—, pero intentaré pensar.
Dave conoce mis exigencias. Regresamos a la otra habitación y el
alboroto nos envolvió de nuevo.
—Deberías intentarlo con tus mujeres, ¿no?
—No —dije—. Ya estoy harto de mujeres.
—A veces eres insoportable, Jake.
—No puedo hacer nada, es mi manera de ser. Después de todo, la libertad
únicamente es una idea.
—Eso está en la tercera Critique —le gritó Dave a alguien que estaba al
otro lado de la habitación.
—De todas formas, ¿qué clase de mujeres?
—No conozco tu tipo de mujeres —dijo Dave—, pero si hicieras unas
cuantas visitas, alguien podría darte alguna idea.
Me di cuenta de que Dave se alegraría mucho más de verme cuando ya
estuviera instalado en otro sitio. Finn, que estaba tumbado con la cabeza bajo
la mesa, dijo repentinamente:
—Prueba con Anna Quentin.
A veces Finn tiene las intuiciones más extraordinarias.
El nombre me atravesó como un dardo.
—¿Cómo voy a hacer eso? —dije—. Es completamente imposible —
añadí.
—Ah, sigues así —dijo Dave.
—No sigo así en absoluto —dije—. Por otra parte, no tengo la menor idea
de dónde vive.
Y les di la espalda para mirar por la ventana. No me gusta que la gente me
lea el rostro.
—¡Ya empieza! —dijo Dave, que me conoce bien.
—Propón otra cosa —dije.
—Lo que propongo es que eres un verdadero imbécil —di-jo Dave—. La
sociedad debería cogerte por el cuello y sacudirte hasta obligarte a trabajar en
algo sensato. Luego, por las tardes, tendrías la posibilidad de escribir un gran
libro.
Era evidente que Dave estaba de mal humor. El ruido estaba aumentando.
Con el pie empujé mi maleta debajo de la mesa, junto a Finn.
—¿Puedo dejar esto aquí?
«¿Cómo puedes saber cuál es tu verdadero ser?», preguntaba alguien.
—Puedes dejarlos aquí a los dos —contestó Dave.
—Te llamaré más tarde —le dije. Y me marché.
Todavía sentía cierto dolor al escuchar el nombre que Finn había
pronunciado. Pero, en medio del dolor, sonaba una extraña melodía; como
una pequeña flauta tocando para que me fuera. Por supuesto, no tenía la más
mínima intención de buscar a Anna, pero quería pensar en ella a solas. No soy
un místico en lo que a las mujeres se refiere. Me gustan las mujeres de las
novelas de James y Conrad, que suelen ser como flores y a las que se describe
como «inocentes, profundas, confiadas y leales». Lo de «profundas» está
bien; manos blancas que aletean, tan hondas como el mar. Pero nunca he
conocido a ninguna de esas mujeres en la vida real. Me gusta leer acerca de
ellas, pero también me gusta leer sobre Pegaso y Crisaor. Las mujeres que
conozco suelen ser inexpertas, inexpresivas, crédulas y sencillas; y no veo
ninguna razón para llamarlas profundas simplemente porque tengan
cualidades que en los hombres nos llevarían a decir que están ensimismados.
Y, si son astutas, se engañan a sí mismas y engañan a los demás más o menos
de la misma manera que lo hacen los hombres. Se trata del mismo engaño en
el que todos estamos metidos; excepto que, en lo que a las mujeres se refiere,
siempre están un poco más desequilibradas por el papel que tienen que desempeñar. Como los zapatos de tacón, que desplazan los órganos internos
con el paso del tiempo. Hay pocas cosas que me repugnen más que esas
supuestas profundidades.
Sin embargo, yo encontraba profunda a Anna. No recuerdo qué hay en
ella que me llevara a llamarla misteriosa, y, sin embargo, siempre me pareció
un ser insondable. Dave me dijo una vez que encontrar a alguien inagotable es
simplemente la definición del amor, así que a lo mejor yo estuve enamorado
de Anna. Tiene una voz fuerte y un rostro suavemente moldeado, siempre
iluminado por ese resplandor cálido e intenso que procede de dentro. Es un
rostro lleno de añoranzas, pero tan equilibrado que nunca muestra ninguna
inquietud. Tiene una fuerte melena castaña que se recoge en un arcaico moño
con rizos, o al menos eso hacía cuando yo la conocí. Fue hace mucho tiempo.
Anna tiene seis años más que yo, y en aquella época cantaba en un
espectáculo con su hermana Sadie. Anna ponía la voz y Sadie aportaba
vistosidad. Anna tiene una voz de contralto que te llega al corazón hasta por
la radio; y los pequeños gestos que hace al cantar la vuelven irresistible.
Parece como si te metiera la canción en el alma, al menos eso fue lo que me
sucedió a mí la primera vez que la escuché, y nunca lo he podido olvidar.
Anna es tan parecida a su hermana como un dulce mirlo a un peligroso
pez tropical, y con el tiempo acabaron separándose. En parte fue, creo, porque
no podían soportarse, y en parte porque sus ambiciones divergían. Por aquel
entonces, si recuerdan, el cine británico estaba pasando por una fase crítica.
Acababan de fundar la Bounty Belfounder Company, y la vieja Phantasifilms
pasó a nuevas manos. Pero ninguna compañía parecía capaz de descubrir a
nuevas estrellas, aunque estaban los de siempre y de vez en cuando algún
joven era recibido a bombo y platillo por la prensa, para luego desaparecer
con el estruendo y la rapidez de un cohete. Phantasifilms decidió que los seres
humanos no eran taquilleros y comenzó sus series de películas de animales, e
hizo un par de descubrimientos en el reino animal: en especial, el perro lobo,
Mister Mars, cuyas sentimentales fugas probablemente salvaron a la
compañía de la bancarrota. Bounty Belfounder fue desde el comienzo una
empresa con más éxito y allí fue donde Sadie comenzó a vender sus talentos;
Sadie, como saben, se convirtió en una estrella.
Una estrella es un fenómeno curioso. No tiene nada que ver con ser una
buena actriz cinematográfica; ni siquiera consiste en tener encanto y belleza.
Lo que hace a una estrella es una característica del aspecto y del éclat. Sadie
tenía éclat; o eso pensaba el público, aunque yo personalmente sigo
prefiriendo la palabra vistosidad. Ya habrán notado que Sadie no me cae especialmente bien. Sadie es glamurosa y deslumbrante. Es más joven que
Anna y tiene sus mismos rasgos, solo que más pequeños y apretados, como si
alguien hubiera comenzado a reducir su cabeza, pero no hubiera pasado de la
primera etapa. El sonido de su voz es parecido al de Anna, pero con un matiz
descascarillado que la hace más metálica. No de cáscaras de castaña, sino de
hierro oxidado. Hay personas que la encuentran fascinante. No sabe cantar.
Anna no intentó nunca hacer películas. No sé por qué; siempre me pareció
que tenía muchas más posibilidades que Sadie. Pero quizá su delantera tuviera
cierta superficial falta de definición. Se necesita un navío con una proa afilada
para penetrar en el mundo del cine. Después de dejar a Sadie, Anna tuvo
ciertas aspiraciones de cantar más seriamente; pero carecía de la preparación
necesaria para llegar lejos. La última vez que supe de ella, cantaba canciones
folclóricas en un cabaret, y esta clase de combinación la define bastante bien.
Anna vivía en un pequeño apartamento cerca de Bayswater Road, bastante
insignificante en comparación con las casas que lo rodeaban, y yo iba allí con
frecuencia a visitarla. Me había encariñado con ella, pero ya entonces me
daba cuenta de que su carácter no era como debía ser. Anna es una de esas
mujeres incapaces de rechazar una proposición amorosa. No se trata
exactamente de que se sienta halagada. Tiene talento para las relaciones
personales y desea el amor como un poeta desea tener un público. Si alguien
se molesta en cogerle cariño, ella le presta una atención devota, generosa,
imaginativa y carente de caprichos, lo que sigue siendo una calculada manera
de evitar el abandono de sí misma. Esa, sin duda, fue una de las razones por
las cuales nunca entró en el mundo del cine; su vida privada debía absorberla
completamente. También tuvo como triste resultado el que su existencia fuera
un prolongado acto de infidelidad; cuando yo la conocí, se dedicaba al secreto
y la mentira para ocultar a cada uno de sus amigos su estrecha relación con
los otros. A veces probaba con otra técnica, la de ir mellando, mediante
golpes pequeños y constantes, la agudeza de los celos, hasta que al final la
víctima se resignaba al liberal alcance de sus afectos, y continuaba siendo,
como siempre, su esclavo. No me gustaba eso; y calé a Anna enseguida. Pero
el comprenderla nunca la desposeyó de su misterio, y su promiscuidad
emocional tampoco me puso en su contra. Tal vez porque sentía
constantemente la fuerza y la autenticidad de su ternura hacia mí, como una
cálida brisa que sopla desde una isla soñada, llevando al navegante el aroma
de flores y frutos. Sabía que era muy posible que retuviera a todos sus
admiradores con ese mismo hechizo. Pero no me importaba.
Posiblemente se preguntarán si alguna vez pensé en casarme con Anna.
Sí, lo pensé. Pero para mí el matrimonio sigue siendo una Idea de la Razón,
un concepto que puede regular pero no constituir mi vida. Sin embargo,
cuando pienso en una mujer no puedo por menos que considerar la
posibilidad del matrimonio como hipótesis iluminadora, lo cual no significa
que sea, en un sentido serio, un instrumento real. Con Anna, sin embargo,
llegué a estar muy cerca de hablar seriamente del asunto; y por esta razón,
aunque estoy seguro de que nunca hubiera dado su consentimiento, al final
me fui alejando de ella. Odio la soledad, pero soy muy receloso con mi
intimidad. La esencia de mi vida es una conversación privada conmigo
mismo, y convertirla en un diálogo supondría la autodestrucción. Yo necesito
la compañía que se puede encontrar en los pubs y en los cafés. Nunca he
querido una comunión de almas. Ya es bastante difícil contarse la verdad a
uno mismo. Pero la comunión de las almas era el tema estrella de Anna.
Además, ella poseía un gusto por lo trágico que me ponía nervioso. Estaba
siempre atenta a los dramones. Vivía la vida con intensidad y dureza.
Mientras que yo pienso que es una tontería tomarse así la vida, como si se
tratara de provocar a un peligroso animal que de todas formas acabará por
romperte los huesos. De modo que, cuando Anna se fue a Francia para cantar
canciones folclóricas francesas en cabarets franceses, le dije vagamente que
volvería a verla cuando regresara, pero ella sabía que no lo haría y yo sabía
que ella lo sabía. Eso ocurrió hace algunos años, y desde entonces he llevado
una existencia pacífica, sobre todo en Earls Court Road.
Cuando salí de casa de Dave, fui andando hasta Shepherd’s Bush para
coger el autobús 88. Me senté en el asiento delantero del segundo piso y se
me pasaron por la cabeza algunas de las reflexiones que he ido apuntando más
arriba. No es fácil encontrar en Londres a alguien a quien se ha perdido la
pista durante años, particularmente si pertenece al tipo de ambiente al que
pertenecía Anna, pero era evidente que el primer paso consistía en buscarla en
la guía telefónica. Bajé en Oxford Circus y fui al metro. Cuando dejé
Goldhawk Road no tenía ninguna intención de buscar a Anna, pero cuando
llegué a Bond Street me pareció que no había nada en el mundo que valiera
tanto la pena. Desde luego, no comprendía cómo había podido vivir sin ella
durante tanto tiempo. Pero yo soy así. Durante largas temporadas me sosiego,
y en ese tiempo no movería un dedo por nada. Cuando estoy asentado me
quedo inmóvil. Pero cuando no lo estoy me convierto en un ser volátil y
entonces vuelo al azar de un punto a otro, como un petardo o un electrón de
Heisenberg, hasta que vuelvo a asentarme en un lugar seguro. Además, tenía una curiosa fe en la intuición de Finn. Solía ocurrir que Finn hacía alguna
sugerencia inesperada, y que al seguirla resultaba ser la adecuada. Me di
cuenta de que la fase de mi vida en Earls Court Road había terminado y de
que aquella paz de espíritu se había ido para siempre. Madge había
desencadenado una crisis en mí; bueno, la exploraría, e incluso la explotaría.
¿Quién sabe en qué día empieza una nueva era? Cogí la guía telefónica
londinense de la L a la R.
La guía telefónica no me dijo nada; tampoco me sorprendió. Luego llamé
a dos agencias teatrales, que no sabían dónde se encontraba Anna, y a la BBC,
donde lo sabían, pero no quisieron decírmelo. Pensé en llamar a Sadie a los
estudios Belfounder, pero no quería que ella supiera que estaba buscando a su
hermana. Sospechaba que, en un determinado momento, Sadie me había
mirado con ojos tiernos; al menos en los viejos tiempos solía mostrarse
bastante desagradable con respecto a mi encariñamiento con Anna, aunque ya
sé que algunas mujeres consideran a todos los hombres su propiedad
particular, y pensé que era posible que no quisiera decirme dónde estaba Anna
aunque lo supiera. De todas maneras, desde que Sadie se había hecho famosa
no había vuelto a verla y no creí que fuera a recibir muy bien ningún intento
de reanudar nuestra relación por mi parte, sobre todo si se daba cuenta de que
yo sabía cuáles habían sido sus sentimientos con respecto a mí. Pero ya era
casi la hora de abrir. Parecía inútil empezar a llamar a los cabarets a esa hora,
así que no me quedaba más remedio que pasarme por el Soho. Siempre hay
alguien en el Soho que sabe lo que uno quiere descubrir; solo hace falta
encontrarlo. También existía la posibilidad de que me topara con la propia
Anna. Mi suerte es tal que tan pronto como me intereso por una cosa se
producen cien accidentes relacionados con ello. Aunque en realidad no quería
que mi reencuentro con Anna se diera en un lugar público, porque había
empezado a imaginar muchas cosas sobre ese momento.
Habitualmente no me gusta acercarme al Soho, en parte porque es malo
para los nervios y en parte porque es muy caro. Es caro no tanto porque la
tensión nerviosa te haga beber constantemente, sino por la gente que viene a
sacarte el dinero. No soy capaz de negarme cuando me piden dinero. No he
encontrado nunca ninguna razón por la que, si tengo más dinero que otros, no
tenga la obligación de darles una parte de lo que lleve encima. Se lo doy de
mala gana, pero sin vacilación. Cuando hube recorrido Brewer Street y Old
Compton Street y subido Greek Street hasta el Pillars of Hercules, casi todo el
dinero que llevaba en el bolsillo había ido a parar a varios conocidos. Ya
empezaba a sentirme muy nervioso, no solo por el Soho, sino porque cada vez que entraba en un pub me imaginaba que iba a encontrarme a Anna. Había
estado al menos cien veces en esos pubs en los últimos años sin que se me
pasara un pensamiento semejante por la cabeza; pero ahora, de repente, todo
Londres se había convertido en un marco vacío. Ella faltaba en todos los
lugares y en todos la estaban esperando. Comencé a tomar copas.
Cuando vi que me quedaba poco dinero, crucé la calle para cobrar un
cheque en uno de los lugares donde voy a beber por las tardes; y allí fue
donde por fin encontré la pista. Pregunté al camarero si sabía dónde localizar
a Anna. Me contestó que sí, que creía que estaba dirigiendo algún tipo de
pequeño teatro en Hammersmith. Buscó debajo de la barra y sacó una especie
de tarjeta en la que aparecían las palabras «Teatro de Riverside», y una
dirección del Hammersmith Mall. El camarero me dijo que no sabía si seguía
en ese sitio, pero que allí había estado hacía unos meses. Le había dejado esa
tarjeta para dársela a cierto caballero que no apareció nunca. Me dijo que
sería mejor que me la quedara yo. La cogí y salí a la calle con el corazón
palpitante. Tuve que reflexionar muy seriamente sobre el estado de mis
finanzas para no coger un taxi hasta Hammersmith. Pero eché a correr hacia
la estación de Leicester Square.