Baricentro
Segunda parte
Alba
Toca relatar otra manida historia sobre el descubrimiento del amor y el desamor.
Tópico número uno: me enamoré de la chica nueva de la clase.
La entrada de Alba en nuestro curso del Can Planas me impresionó. De hecho, creo que impresionó a todos los niños presentes. Estábamos en quinto de EGB y quien la introdujo en el aula fue nuestro tutor, el Vicente, un señor bigotudo, calvo y cincuentón con traje gris verdoso, idéntico de nombre y facha al Superintendente de Mortadelo y Filemón.
Alba irrumpió ante nuestros pupitres como una princesa de película. La piel muy blanca, los labios frambuesa, ojos verdigrises, cabello rubio, ceniciento y lacio como el de las heroínas de las series extranjeras, un poco Inma de Santis, otro poco Sigrid de Thule… Era injuriosa tanta belleza envuelta en un halo de santidad. Nos percatamos enseguida de lo especial de esa niña. Y a todos los chicos se nos notó por cómo lo camuflamos.
Yo me esforcé más que nadie, pero al cabo de una semana no hacía más que pensar en ella. Y lo tuve peor que cualquier otro para dejar de lado mi obsesión, porque el día que la conocimos volví a encontrármela de regreso a casa… ¡en el mismísimo rellano frente a la puerta de la vecina, sonriéndome como si me esperara!
La vecina, una señora gorda y catalana-catalana llamada Ramona, muy quejumbrosa y encantadora, había acordado con los padres de Alba, una familia adinerada de Sabadell, que diariamente se encargaría de recoger a la niña del colegio y cuidarla hasta que, al anochecer, pasaran a llevársela. Aquello ya me pareció un artificioso complot, una retorcida solución de folletín, como si a Dios no se le hubiera ocurrido otra manera más rebuscada de hacerme sufrir que colocar a la causa de mis suspiros a cinco metros de mi morada, en el piso de enfrente, para que no pudiera quitármela de la cabeza en todo el día.
Tampoco podía por las noches.
Acostado en la cama, abrazaba mi almohada imaginando que se trataba de Alba. Con once años tampoco podía imaginar que hacía mucho más que abrazarla. Pensar en ella desataba en mí todo tipo de inesperadas ternuras.
Lo más sorprendente de aquel primer enamoramiento fue que nunca, en ningún pico de devoción solitaria, albergué la ilusión de que la niña nueva de clase pudiera corresponderme. Desde el principio mi amor estuvo destinado al fracaso: sabía que ella jamás se fijaría en ese muchacho asustado y de piel grasienta. Dudo que la causante real de mi abatimiento fuese ella. Yo sentía que en el fondo algo no funcionaba correctamente en mí. Y que tampoco tenía ni idea de cómo funcionaba el mundo. Que era un niño con tara para un ser mágico.
Estaba condenado a adorarla en silencio y a ejercer de Bécquer de pacotilla en torno a su sombra. Ni siquiera me figuré que pudiéramos hacernos amigos. Yo no sabía ser amigo de ninguna chica, no las entendía, ignoraba qué demonios pretendían, así que cómo iba a acercarme a ella y proponerle amistad.
Cada vez que la veía en la escalera de mi edificio me ponía a temblar. Cada vez que la veía en clase o en la media hora del recreo hacía un esfuerzo titánico por ignorarla y que ella se diera cuenta.
Todos en nuestra aula tenían clarísimo que ella pasaba de mí y que yo, en consonancia, la despreciaba manifiestamente.
En un documental que vi hace años sobre un escritor llamado Julio Cortázar, este explicaba cómo la mayor herida abierta que le había tocado soportar fue una infligida durante la niñez, el día que su madre no se creyó que él era el autor de un cuento con el que había ganado un concurso escolar. Que su madre desconfiara no ya de su talento, sino de su sinceridad, fue algo que marcó al pobre Julito y tal vez le convirtió en el mito que es.
Curiosamente, mi caso resulta similar, aunque ese trauma haya supuesto para mí una fuente mayor de miserias que de glorias literarias… y lo haya debido compensar en paralelo con una enjundiosa carrera criminal y delictiva. Mi madre me traicionó en lo más sagrado que yo atesoraba entonces, que era mi amor por Alba. Y esa traición me pilló por sorpresa.
Habían transcurrido meses desde la llegada de Alba al Can Planas y yo me había mantenido firme en mi aparente desprecio a su divinidad. Sin embargo, muchos otros alumnos veneraban sus cualidades y ella se había erigido en líder natural de sus compañeras.
Una tarde, en la plaza de la Unidad, me senté sobre el respaldo de un banco a matar el rato. A mi lado estaba el Julianín, un chico maño al que llamábamos con ese diminutivo porque él era diminuto, muy pequeñín incluso para nuestra edad. De repente, Alba pasó trotando frente a nuestros ojos, seguida por una cohorte de amigas y admiradoras, jugando al corre que te pillo o al escondite, que eran, respectivamente, el juego al que me hubiera gustado jugar con ella y el que en verdad practicaba en su presencia.
Recuerdo la rugosa textura de aquel banco de piedra y la luz anaranjada que inundaba la plaza cuando se ponía el sol, pero no el motivo que me llevó a confesar al Julianín, a la quinta pasada rasante de Alba y sus sacerdotisas, que yo la quería. Así, con esas palabras: «La quiero». Como un niño idiota y baboso que cavara su perdición.
Al minuto siguiente el que corría era yo. Y es que al Julianín se le iluminaron los ojos en cuanto le descubrí mi secreto.
—¡Se lo voy a decir a la Alba, se lo voy a decir!
—¡No, no se lo digas o te mato!
Pero tan pronto confirmé que el Julianín se acercaba hacia Alba al galope con intenciones obvias, salí escopeteado de puro terror desde mi banco hasta el otro extremo del parque. Y, evidentemente, en cuanto Alba oyó lo que el Julianín —¡Dios lo encoja en su gloria!— tenía que chivarle, reunió a sus amiguitas y arrancó a su vez en mi busca. Eché mano al recurso de los cobardes: volví a correr a toda pastilla, efectuando un rodeo a la plaza hasta meterme en casa, a resguardo de sus risas y dedos acusadores.
Meses después, otra tarde común y anodina me hallaba solo en el piso tras volver de la escuela. Mi madre había salido a comprar y mi padre no se presentaría hasta la noche, ahora trabajaba en un taller de Barcelona-Barcelona. Fui a picar algo a la cocina y, al pasar por delante del recibidor, un objeto en el suelo llamó mi atención: un sobrecito blanco y bien cerrado que alguien había deslizado bajo la puerta.
En él estaba escrito mi nombre, con una letra grande y femenina. El remite anónimo lucía plagado de corazones rotulados en tinta roja. El mío empezó a timbalearme en el pecho. Intuyendo de qué se trataba, me encerré en el lavabo y me senté en una banqueta mientras rasgaba el sobre. Los dedos temblorosos, el aliento atorado, los latidos en mis labios entreabiertos.
Dentro había una sencilla postal, pero eso sí, rebosante de más corazoncitos, una escuadrilla escarlata que se expandía como murciélagos sedientos de cariño. Y en el centro, una declaración de amor: «Hola, Hernán, soy Alba y estoy locamente enamorada de ti. Te quiero, te quiero, te quiero».
Tal vez eso de te quiero lo decía solamente una vez, pero en mi cabeza lo escuché repetido hasta la saciedad: ¡ME QUIERE, ME QUIERE, ME QUIERE!
Me entregué un rato a cierta dramatización romántica: ensayé escorzos frente al espejo, los ojos humedecidos, pensando lo increíble que era que ella sintiera lo mismo por mí. ¡Qué maravilloso, nada mejor me podía suceder en la vida! Espejito, espejito, ¿quién es el niño más feliz de toda Barberà?
La burbuja duró cinco minutos. Diez, a lo sumo.
Así seguía, refocilándome en mi dicha, cuando oí abrirse la puerta principal y que un vendaval de animadas conversaciones se desencadenaba a la entrada. Reconocí la voz de mi madre. Reía y otras voces celebraban sus frases. ¿Me estaba llamando?
Me sequé los ojos, destrabé la puerta del lavabo y acudí a su encuentro, tratando de asumir en ese breve recorrido una desenvuelta despreocupación para que no se me notara demasiado mi nuevo yo. La risa de mi madre resonaba por encima de las otras, al parecer ese día los dos teníamos motivos para estar radiantes. ¡Qué alegría, a ella también le debían de haber comunicado muy buenas noticias!
En cuanto salí al recibidor vi a mamá, a la vecina Ramona ¡y a Alba! contemplándome sonrientes, como si acabaran de cometer una travesura las tres juntas. Una travesura contra mí… Mi yo de siempre, mi anciano yo en un cuerpo puro y sin cicatrices, presintió la magnitud de la tragedia.
No retengo las expresiones de la Ramona ni de Alba, que a fin de cuentas fue quien me rompió el corazón. Pero sí conservo en algún pliegue de mi pesimismo crónico la risa incontenible de mi madre al verme aparecer.
Mi madre burlándose de mi corazón roto… No, imposible, no puede ser…
Pero sí sucedió.
Mamá me falló. Por primera y única vez.
Si siempre hay una génesis del monstruo, ¿cuál si no esta?