Baricentro
Tercera parte
Freddie
Con la pubertad, me abrí del todo al pop-rock anglosajón. Abandoné a Jorge Negrete, Antonio Aguilar, Antonio Machín o Julio Iglesias en favor de Duran Duran, Paul Young, Sade o Suzanne Vega. La sección de discos del supermercado Continente, ubicado en la planta baja del Baricentro, tuvo mucho que ver en ello. Sus cubetas echaban humo cada vez que me ponía a curiosear en ellas.
Bajo el fulgor amarillo de sus focos, compré a los trece años mi primer disco. Algo en la carátula del Parade de Spandau Ballet me atrajo hasta el extremo de gastarme en él mi paga de tres semanas para llevármelo orgulloso bajo el brazo, a pie, hasta casa. Por un instante temí que su contenido fuese demasiado raro para mí, que no pudiese llegar a apreciarlo porque no estaba hecho para mis oídos simples, quizá se tratara de un experimento acorde con lo ampuloso de la portada, una de esas en las que no aparece el artista. Nadie medianamente informado hubiera pensado eso de los Spandau, claro, pero yo todavía no les había oído ni calado.
Hasta entonces, aparte de mi primera casete y lo que veía en Tocata, en casa solo habían entrado algunos recopilatorios comerciales. En 1983 salió Monstruo y en 1984, Monstruo 2, típicos ejemplos de antologías con lo más vendido del año en música pop que las casas discográficas solían lanzar en épocas navideñas. Jean y yo los escuchábamos religiosamente y en sus surcos negros descubrimos a Elton John, a Kiss, ¡a Frank Stallone! La edición de cada disco era tan lamentable que ni siquiera había separación entre corte y corte, los fundían uno con otro para ahorrar espacio. O porque les parecía moderno hacer algo así. O tal vez porque estaban pensados para que no «parara la fiesta». Nunca lo entendí.
Los dos Monstruo nos flipaban, a qué negarlo. Hasta los evaluamos por escrito: mi hermano cogía un bic azul y le ponía nota a cada canción al lado de sus créditos y yo hacía otro tanto en rojo. Jean se compró también un doble elepé con Lo mejor de Simon & Garfunkel. Se notaba que era muy especial porque en su portada salían los dos tipos fotografiados de lejos. Las primeras veces yo me dormía escuchándolos. También me pasaba con Lo mejor de Mike Olfield, así que no me atreví con lo peor.
Pero la adquisición del Parade de Spandau Ballet supuso todo un acontecimiento. Llegué a casa, lo puse en el tocadiscos y me tumbé en el sofá del comedor para escucharlo de cabo a rabo, como hacía siempre con los elepés de mis padres, acompañando el deleitoso proceso con la lectura de las letras de su cancionero, impreso en la funda de papel: innovación tecnológica remarcable respecto de los austeros discos folclóricos. Lo escuché tantas veces que en unos días me aprendí todas las letras de memoria, aun cuando mi inglés no fuera para tirar cohetes.
Sin embargo, el disco que me sacudió hasta los cimientos fue Mr. Bad Guy. Publicado en 1985, supe de él porque me hice adicto al Tarda Tardà, el programa radiofónico del crítico musical Jordi Tardà. Este señor solamente solía hablar bien de los Rolling Stones y de los Beatles, dos grupos que a mí me parecían ni fu los primeros y ni fa los segundos; pero por algún capricho del destino un día le dio por estrenar el primer trabajo en solitario de Freddie Mercury. Y para mi trayectoria vital hay un antes y un después de Freddie…
Me encontraba en la habitación de mis padres, estirado en la cama o en el suelo, con el transistor grande al lado. Y cuando sin previo aviso surgió la voz de Mercury cantando «Made in Heaven», se me pusieron los pelos de punta. No tenía la menor idea de lo que aquel tipo estaba diciendo con aquella letra, solo sabía que me estaba cantando a mí.
Y que tenía que poseer ese disco lo antes posible, en cuanto saliera a la venta.
Una semana después, peregriné al Continente del Baricentro y encontré mi objeto de deseo a la primera: un chulesco Freddie me miraba relajado en primer plano, sentado sobre el césped, con unas gafas de sol y una camiseta imperio por toda indumentaria. Sonreía cachazudo. En efecto, el álbum se titulaba «Sr. Mal Tipo».
Algo en mí vibraba cuando miraba a ese mal tipo. Algo en mí se identificaba a muerte con su facha, su actitud y su voz. Tal vez porque con ese bigotón parecía un solista mexicano como los que me encantaban de niño, pero modernizado al gusto del pop internacional. Tal vez por su mirada de descaro, su pose de pasota descreído ante lo solemne. Por su evidente hedonismo. Desde luego, por su potencia vocal sin par.
Yo no sabía quién era Freddie la tarde que escuché aquella emisión exclusiva. Ignoraba su carrera al frente de Queen y desconocía su aspecto hasta que compré el disco días más tarde. Tampoco sabía que en realidad se llamaba Farrokh Bulsara y que era originario de Zanzíbar; o sea, un charnego inglés, un indio parecido a los que yo admiraba y cuyo concepto de la música reunía todos los ingredientes que los expertos consideraban de mal gusto. La prensa musical le juzgaba un individuo grandilocuente y zafio.
O sea, era alguien como yo. ¡Pero mejor que yo!
Cada tres semanas me acercaba al Continente a comprar más elepés por caprichos compulsivos, toda mi paga se iba en eso. Una mañana vi por la tele un videoclip correspondiente al tema «The Sweetest Taboo» de la cantante británica Sade Adu y, convencido de que debía idolatrar a una artista tan guapa, a los cinco minutos ya estaba corriendo por los descampados que me separaban del Baricentro para hacerme con su disco, aunque no les quedaban y tuve que conformarme con la versión en casete. Y así un montón más…
Paralelamente, fui incrementando mi idolatría a los artistas pop mediante la compra de pósteres. De Sade Adu me traje uno pequeño, enmarcadito y todo, que descubrí en una tienda de souvenirs de Salou. De Freddie estuve a punto de comprar otro en el propio Continente, pero no lo hice porque me perturbó demasiado.
El supermercado disponía de su propia sección de pósteres, como tantos otros centros comerciales. Contaban con una buena provisión de láminas, aseguradas en bastidores metálicos y dedicadas a una gran variedad de temáticas, tanto cinematográficas como musicales. Los pósteres de Madonna siempre abultaban un mazo, pero tampoco faltaban las azucaradas estampas con payasos lloricones.
Un finde que pasaba por allí de compras con mi madre, alcé la vista y mis ojos tropezaron con la imagen gigante de Freddie ocupando el primer póster expuesto: era una instantánea tomada en uno de sus conciertos. Ya llevaba el pelo corto y el mostacho que popularizó en los ochenta, y pese a ello me inquietó lo que no está escrito. ¿Por qué? Solo se trataba de su figura avanzando por el escenario, con el desparpajo insolente de su mejor época y su característico medio pie de micro en la mano. Pero iba desnudo de cintura para arriba, y había algo en su pecho velludo y, sobre todo, en el reluciente sudor que lo recubría de la cabeza al estómago —porque mi mirada se desplazaba de arriba abajo inevitablemente— que me puso muy nervioso.
¿Me excitó esa imagen? ¡Fijo que no y descarado que sí! Lo único seguro es que revolvió lodo en mi subconsciente. Un conato de sexualidad amordazada empezó a desatarse y flotar hasta la superficie. Discerní un matiz en mi ídolo que no se limitaba al concepto de grand guignol inocente en el que siempre le había encuadrado. Había un nosequé obsceno en su semidesnudez exhibicionista, húmeda e impune… ¡Aquel fauno me invitaba a relamerme en lascivias inimaginables a mi corta edad! Y sin embargo…
Me saqué de la cabeza esa fotografía y me alejé del póster: de repente me resultaba inconcebible la sola idea de adquirirlo y colgarlo en mi habitación. Eso no significó que dejara de ser fan de Freddie, al contrario. Ya entonces había intuido que él era el Anticristo, el único icono dionisíaco que yo debía venerar.
Durante mis catorce y mis quince años exploré su discografía previa y me animé a comprar sus elepés con Queen en tiendas de segunda mano. También me pasaron casetes grabadas de algunos que no encontraba. Además, coleccioné todos los recortes de diarios y revistas que localicé sobre su carrera. Y me enfrenté a una realidad incontrovertible y escalofriante, quizás una premonición sobre mi propio futuro literario: toda la prensa en conjunto detestaba a Queen y en especial a Freddie Mercury.
Recuerdo particularmente una reseña de un disco de Queen, A Kind of Magic, en la que el periodista manifestaba su intenso deseo de que Brian May, el guitarrista y segundo compositor de la banda, la abandonase de una vez por todas y emprendiese una prometedora trayectoria por su cuenta, porque a juicio del plumilla era el único de los cuatro miembros con algo de talento en sus venas.
Los críticos musicales odiaban a muerte a Freddie. Llegaban a acusarle de fascista por transmitir triunfalismo en sus letras: la opinión generalizada de las revistas del ramo era que se trataba de un patán, un advenedizo sin clase. Yo no entendía ese encono con él. Ahora pienso que se debía a su arrogancia, a su predilección por mostrar su lado frívolo. A que irrumpió como un vendaval sin filtros en un panteón de estrellas aristocráticas. Y a que, sencillamente, los humanos mediocres siempre odian a un semidiós.
Fue en otro de esos reportajes en prensa escrita, leído en la gozosa soledad de la biblioteca barberense, donde advertí un detalle que me desconcertó: sin concederle importancia, como si fuera vox populi, el autor del texto ponía sobre el tapete la sexualidad del líder de Queen. No recuerdo su expresión exacta al describirla —no resultaba peyorativa—, pero iba más allá de la recurrente «ambigüedad glam», que suponía a lo sumo todo lo que yo me había encontrado impreso hasta entonces en referencia al estilo excesivo de mi deidad. Claro que iba más allá: el artículo dejaba deslizar, sin mucho margen a la conjetura, la noción de que Freddie Mercury era homosexual.
Me quedé helado. Eso no podía ser. ¡Freddie, ¿maricón?! Yo amaba a Freddie. Lo amaba con todo mi ser. ¿Cómo iba a ser maricón? Si Freddie era maricón, ¿qué no sería su fan número uno, o sea yo? ¿El que tanto lo amaba?
Dios mío, seguramente entonces eso significaba que, por la regla de tres más elemental —tanto que casi parecía una regla de dos—, yo también era marica…
Mi padre me iba a matar.