Born
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
María O'Donnell
Born
Sudamericana
A las dos mujeres más corajudas que conozco:
A María Teresa Emery, mi mamá.
A Francisca Araya, mi cuñi.
INTRODUCCIÓN
La política y el dinero
La historia del secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, herederos del imperio económico Bunge y Born, me desvió del libro que había pensado escribir.
Había comenzado una investigación sobre la relación entre la política y el dinero que fuera de lo particular a lo general: casos concretos que mostrasen el vínculo estrecho entre los aportes a las campañas en sus diversas formas y las decisiones de los gobernantes. Revisé la historia del indulto que Carlos Menem concedió a Mario Firmenich, el dirigente de los Montoneros, la guerrilla peronista que había dejado las armas con la democracia y había apoyado al candidato riojano para las elecciones de 1989, con una generosidad que me pareció un ejemplo de ese tipo de intercambios.
Salvo por un detalle. El dinero que los Montoneros habían aportado a la campaña menemista provenía del rescate que habían cobrado por el secuestro de los herederos. Pero ni remotamente se acercaba a la cifra descomunal que había pagado Jorge Born II, el padre de los hermanos.
Sesenta millones de dólares de hace cuarenta años. Actualizado según el índice de inflación de los Estados Unidos, el equivalente a 260 millones de
dólares de hoy: una cifra récord, nunca superada.
Seguí indagando.
Nueve meses de cautiverio. Dos herederos ricos, de cuarenta años, en manos de un grupo de guerrilleros compuesto, en su mayoría, por veinteañeros. El cobro cinematográfico del rescate, una parte en la Argentina, otra en Suiza. La muerte sospechosa del banquero a quien le habían confiado parte de los fondos, David Graiver. El papel de Cuba, último refugio del botín. La represión en la dictadura, al servicio de la búsqueda del dinero. La resistencia montonera, financiada con los dividendos del secuestro. El único caso por el cual sentenciaron a Mario Firmenich tras la recuperación de la democracia. Parte de la explicación detrás los indultos. En la carrera final, una persecución desesperada por la plata remanente.
El secuestro de los Born se bifurcaba una y otra vez en intrigas y misterios sin explorar. Quedé atrapada por la historia. Percibí que no se había contado aún en toda su dimensión.
Y lo más importante: faltaba la voz de su protagonista, Jorge Born, el heredero de un imperio que pasó nueve meses en ropa interior encerrado en las cárceles del pueblo de los Montoneros, entre junio de 1974 y septiembre de 1975.
Once meses antes que a los Born, en Italia habían secuestrado a John Paul Getty III, el nieto díscolo del petrolero estadounidense Paul Getty. Aunque era uno de los hombres más ricos del planeta, Getty se resistió a pagar el rescate por razones morales (“no pienso ceder a un chantaje”) y prácticas (“si entrego el rescate por uno de mis nietos, tendré a los otros catorce nietos secuestrados”).
Un sobre llegó a la redacción de un diario de Roma. Contenía un rulo de pelo rojo y una oreja.
Una nota breve decía que había pertenecido a John Paul y que, si no se pagaba en diez días, llegaría la otra oreja, y así: “En otras palabras, regresará en pedacitos”. Solo entonces Getty aceptó entregarle a su hijo 2,2
millones de dólares (el máximo que podía deducir de impuestos) y le prestó los 800.000
restantes —a un interés del 4 por ciento anual— para cumplir la exigencia de los secuestradores y salvar la vida del nieto.
Uno de los pocos datos que se conocía del secuestro de los Born lo emparentaba con el caso Getty: el cautiverio no se había extendido por la voluntad de los Montoneros, sino por la resistencia de Jorge Born II a pagar el dinero que le exigían. Al cabo de seis meses, el colapso emocional en el que se hundió Juan precipitó la negociación.
Aunque debió esperar nueve meses para su liberación, Jorge encontró razonable la actitud del padre. Esa comprensión franca, a pesar del costo personal que él había pagado en su celda minúscula, me intrigó.
Después de que se hubieran entregado 60 millones de dólares por sus vidas, los Born se perdieron sin dejar rastros. Si volvían al país, los detendrían por haber realizado tremendo aporte a una banda guerrillera en la clandestinidad.
VIVIAN RIBEIRO
Jorge Born III junto al retrato al óleo de su padre, en su oficina.
Los hermanos se asentaron en Brasil y allí prosperó el grupo Bunge y Born.
Pero en el fondo seguían a la espera del momento para regresar a la Argentina.
Y cuando sucedió, casi quince años después de su partida, ya muerto el padre y terminada la dictadura, Jorge Born III se alió con uno de sus secuestradores y carceleros, Rodolfo Galimberti.
Ambos querían algo del otro: el empresario, rescatar parte de los millones que le habían arrebatado; el ex montonero, su libertad, un pago por servicios que facilitaran ese recupero y un regreso con gloria al escenario nacional.
La crónica periodística se fascinó con esa amistad. Lo asoció al Síndrome de Estocolmo: el afecto que una víctima, en determinadas circunstancias, puede llegar a desarrollar por quien la somete, según el psiquiatra Nils Bejerot, quien observó la relación entre una rehén y sus captores durante la toma de un banco ocurrida en la capital de Suecia.
El caso más conocido del Síndrome de Estocolmo fue el de Patricia Hearst, la rica heredera del imperio editorial más importante de los Estados Unidos.
El 4 de febrero de 1974 —siete meses y medio antes que los hermanos Born cayeran en manos de los Montoneros— la secuestró el ignoto Ejército Simbionés de Liberación ( Symbionese Liberation Army, SLA), un grupo de guerrilleros excéntricos. Pasó dos meses encerrada, violada y bajo amenaza de muerte, pero en abril de 1975 una fotografía la mostró con una carabina M1 en un asalto a un banco en San Francisco.
La nieta de William Randolph Hearst —cuya vida es la fuente principal del personaje del Ciudadano Kane, la película de Orson Wells— se sumó al SLA y asumió el nombre de Tania, en honor a la compañera argentina del revolucionario Ernesto Che Guevara.
Se convirtió en asaltante de bancos y fugitiva número uno de las fuerzas federales. Obligó a su padre a repartir 4 millones de dólares en alimentos entre los pobres de San Francisco. La detuvieron en septiembre de 1975 y la condenaron a treinta y cinco años de cárcel. La justicia no hizo lugar al pedido por su libertad sobre la base de que sus captores le habían lavado el
cerebro. El presidente Jimmy Carter conmutó su sentencia a veintidós meses, y Bill Clinton la indultó. Patty se casó con Bernard Shaw, uno de los guardaespaldas de la empresa del padre.
Born II, por exigencia de los Montoneros, también debió repartir alimentos en barrios carenciados
—mercadería por valor de un millón de dólares— en camiones de su empresa. Y cuando los hermanos recuperaron su libertad, Bunge y Born contrató a una compañía de seguridad privada del comisario Miguel Etchecolatz, uno de los represores más bestiales de la última dictadura militar.
Durante meses leí todo lo que se había escrito sobre el caso y revisé más de cincuenta cuerpos de dos expedientes judiciales referidos al secuestro.
Entrevisté a muchos protagonistas de aquellos años.
Pero sentía que sin el testimonio de Jorge Born no iba a lograr captar la profundidad de la historia: escondía un drama humano que también merecía ser contado.
Para sobrevivir en la clandestinidad, los Montoneros habían establecido un sistema de células compartimentadas a las que les daban un mínimo de información, la necesaria para operar y no comprometer a otros. “Por eso yo soy el único que conoce la historia completa”, me dijo Born la primera la primera vez que me recibió, en sus oficinas con vista a la Plaza San Martín.
“Los que nos secuestraron y nos mantuvieron cautivos solo sabían fragmentos, por cuestiones de seguridad”.
Ese día le dije que trabajaba en un libro sobre la política y el dinero. Pero no me animé a proponerle que si él cooperaba, me gustaba la idea de cambiar el rumbo.
Al cabo de tres o cuatro encuentros, siempre los días miércoles alrededor de las diez de la mañana, descubrió que mi único interés giraba alrededor de su vida. Hablamos más francamente.
Jorge Born III se entregó sin condicionamientos a nuestra conversación.
“Yo aprendí de la manera más dura a dialogar”, me dijo una mañana.
Hablábamos de cierta incomprensión de su círculo social a sus actitudes a partir del secuestro en adelante.
Y ahora, a los ochenta años, quería contar su historia.
Solo me pidió que le diera a leer el material en crudo de su testimonio, que grabé en mi celular, y que no mencionara el nombre de una persona que hizo de correo entre los Montoneros y su padre.
Nada más.
Durante seis meses volvimos muchas veces sobre ciertas circunstancias, y siempre se mostró dispuesto a despejar las dudas que le acerqué. Solo se inquietó un día, cuando le mostré unas fotos de él y de su hermano Juan en una cárcel del pueblo. “¿Dé dónde sacaste eso?”, me preguntó. “Del expediente”, le dije. Le bastó. Y me permitió que indagara hasta en detalles tan íntimos como el baño que le proveyeron durante el cautiverio.
Nadie más de su entorno quiso cooperar con la investigación. Todos los demás habían decidido enterrar el pasado.
Él, a su manera, también lo había intentado cuando apoyó los indultos de Carlos Menem a los militares y a Montoneros.
A comienzos de septiembre de 2014 Jorge Born me esperaba en su oficina con un artículo impreso del portal InfoJus Noticias: “Piden investigar a Bunge y Born por la desaparición de veintiséis trabajadores”.
El texto aseguraba que la comisión interna de la planta de Molinos Río de la Plata, en Avellaneda, había estado vinculada a los Montoneros, y que la conexión había servido para que la empresa cumpliera, en 1975, con muchas de las exigencias de los trabajadores durante el secuestro de los Born. Después del golpe de 1976 habían desaparecido veintiséis empleados y delegados gremiales de esa planta y de esa comisión. La denuncia de los familiares de las víctimas —que acompañó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)— pedía que se investigara la posible complicidad de la empresa con la dictadura.
El juez de La Plata Humberto Blanco ordenó el allanamiento en Avellaneda y en otras oficinas de Molinos Río de la Plata en búsqueda de documentos que pudieran probar que Bunge y Born había cooperado con la represión en la selección de sus víctimas, con el objetivo de bajar los niveles de conflictividad en la fábrica.
“Nosotros vendimos Molinos hace años y los directivos de entonces ya están todos muertos”, me dijo.
A él le resultaba insólito. “Otra vez lo mismo. ¿No te digo? Otra vez lo mismo”, repitió. “Es la historia de nunca acabar”.
El 20 de junio de 2015 se cumplen cuarenta años de su liberación. Durante todo ese tiempo Jorge Born guardó silencio acerca de la experiencia que torció su destino.
Porque el secuestro lo había transformado, sin posibilidad de desandar su camino.
Llegó igual a la cúspide de Bunge y Born. Pero no pudo cumplir a cabalidad con el papel del heredero para el cual había sido criado por un padre rígido al que siempre admiró.
En menos de cinco años lo habían desplazado de la presidencia de la compañía. Se encontró jubilado de la empresa a los 57 años.
El imperio que habían construido el abuelo y el padre con los Hirsch como socios, y que él debía continuar no se desmoronó, pero se deshizo.
Los herederos, peleados entre ellos, vendieron las industrias de alimentos, textiles y químicas que habían sido líderes en la Argentina y en Brasil.
Bunge y Born se transformó en Bunge Limited, compañía de agronegocios con base en Estados Unidos.
A lo largo de nuestras charlas noté que cargaba con una culpa pesada.
Como si en algún momento hubiera defraudado al padre.
Ya al final de nuestros encuentros le pregunté si me podía mostrar un retrato de Jorge Born II.
Seguía tan presente en su relato que me había despertado curiosidad. Solo entonces percibí que en la llamativa austeridad del mobiliario de su oficina
—un escritorio con una computadora y un teléfono, una mesa redonda de vidrio con cuatro sillas de cuero negro, unos diplomas— se destacaban solo dos imágenes.
Una foto en un portarretrato.
Una pintura al óleo, obra del artista Héctor Basaldúa, enorme.
Ambos representaban a Jorge Born II, el magnate que se dejó torcer el brazo y pagó por la vida de sus hijos el rescate más caro de la historia mundial.
Isabel Perón gobierna la Argentina.
Su marido, Juan Domingo Perón, había regresado, viejo y enfermo, luego de casi dieciocho años de exilio. Había ganado las elecciones con Isabel como compañera de fórmula. Murió el 1º de julio de 1974, sin haber ocupado la Presidencia siquiera un año.
La Alianza Anticomunista Argentina incrementa sus atentados. La banda de parapoliciales opera amparada por el poder desde 1973.
Desde la asunción de Isabel, la Triple A ha realizado 220 atentados con 60
muertos, y otros 20
secuestros.
José López Rega —el maestro en artes esotéricas, el miembro de la logia masónica P-2, el ministro favorito de la viuda, el jefe de la Triple A— es la figura más influyente del gobierno.
Distintos grupos armados operan en el país: los Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se destacan entre todos.
La guerrilla peronista, tras haber sostenido la ilusión de recibir la herencia política de Perón, ha vuelto a la clandestinidad; el ERP, de izquierda, jamás dejó las armas. Recurren a los secuestros extorsivos para financiar sus operaciones. Los empresarios extranjeros huyen del país.
Los herederos de Bunge y Born, el grupo económico más importante del país, compuesto por una compañía exportadora de cereales y un conjunto de fábricas industriales, viven encerrados en una mansión.
Las izquierdas en América del Sur sufren un revés tras otro: en junio de 1973 un golpe estableció un gobierno militar en el Uruguay y en septiembre el general Augusto Pinochet terminó con la presidencia de Salvador Allende, quien se suicidó al no poder impedirlo.
La inflación, que reduce el valor de los salarios, daña la base misma del peronismo. Isabel no tiene más popularidad que la de su apellido de casada, ni más autoridad que la formal. Las Fuerzas Armadas se preparan para dar otro golpe, con la anuencia de un pueblo descreído tras décadas de sucesión entre dictaduras y gobiernos civiles débiles en el país. La censura a la prensa, la desorientación de los partidos opositores, la escasez de bienes básicos de consumo y la violencia cotidiana no ayudan a la esperanza institucional.
La guerrilla apuesta a la insurrección.
CAPÍTULO 1
Jueves 19 de septiembre de 1974
El golpe
Horas de la mañana
Norte del conurbano, provincia de Buenos Aires 8.00 Juan Carlos Pérez, el chofer más experimentado de Bunge y Born, detiene el Ford Falcon de color gris metalizado, con patente C-614832, frente a la casa de Alberto Bosch, gerente de Molinos Río de la Plata. La
empresa, una de las tantas ramificaciones del grupo, domina el rubro de alimentos. Pérez busca a Bosch en la calle Iñiguez 3126, de Punta Chica, antes de recoger a los hermanos Born, los herederos del holding, quienes viven a solo diez cuadras, en Béccar, San Isidro.
8.05 Como cada día de lunes a viernes, Jorge y Juan Born, de 40 y 39 años, dejan las viviendas que habitan con sus familias: ambos están casados y cada uno tiene cuatro hijos. Se encuentran con el chofer sin pisar la vereda: sus casas se ubican dentro de una manzana amurallada con puntos de vigilancia en cada esquina, a la que se ingresa por la calle Florencio Varela al 672. Adentro, las dos mansiones comparten una pileta de natación olímpica y una cancha de tenis. Ocupan un terreno alto, que permite una vista magnífica al Río de la Plata.
8.11 Con los herederos en el asiento trasero, Pérez dirige el auto, como es su rutina, hacia la Avenida del Libertador a la altura del 17.000, en dirección al sur. El equipo de seguridad de Bunge y Born ha evaluado que el tránsito tupido —habitual en la mayor vía de ingreso a la ciudad de Buenos Aires desde la zona norte del conurbano— protege a los hermanos: nada que ocurra sobre Libertador puede pasar inadvertido.
Viajan hacia la casa central de Bunge y Born, en Lavalle entre 25 de Mayo y Leandro N. Alem: un edificio de once pisos encargado al arquitecto belga Pablo Naeff en el estilo neogótico flamenco que evoca el paisaje natal de los fundadores de la compañía, comerciantes de cereales del puerto de Amberes. Los dueños lo llaman, simplemente, La Maison: La Casa.
8.12 El auto de custodia los sigue a quince metros: una distancia lo suficientemente holgada como para que pueda frenar sin chocar mientras avanza a una velocidad promedio de sesenta kilómetros por hora, pero al mismo tiempo estrecha como para impedir que otro auto se interponga.
Fernando Huebra, suboficial retirado del Ejército de 57 años, conduce el Ford Falcon con patente C-095572, también de color gris metalizado; lo acompaña Conrado Santoro, de 40 años, empleado de la agencia de seguridad Rastros.
Las placas de los dos coches terminan en número par: desde el 21 de marzo, una medida para bajar el consumo de combustible prohíbe que los jueves
circulen vehículos con número impar. A Born y a sus choferes poco les importa la campaña “Martes ahorran las chapas pares. Jueves las impares”: cuentan con una flota de cinco Ford Falcon, un Peugeot 504 y otro 404, y rotan entre ellos según las limitaciones de cada día.
8.13 Un tercer auto, que no ha llamado la atención de Pérez ni de los custodios, se acomoda detrás para seguirlos. Sus ocupantes saben que ninguno de los Falcon se apartará del curso de la Avenida del Libertador: el Servicio de Informaciones de los Montoneros ha estudiado el recorrido de los Born al detalle y recomendó que la operación se realice uno de los días de menor circulación de coches: martes o jueves gracias a las restricciones.
8.16 Falta un kilómetro para que la comitiva pase frente a la Quinta de Olivos que ocupan la presidenta Isabel Perón y el ministro de Bienestar Social, José López Rega. El tercer auto se adelanta a los otros dos. Cruza la calle San Lorenzo un minuto antes que los hermanos Born.
Ese movimiento pone en marcha la Operación Mellizas.
8.17 Un operario de casco amarillo, pantalón y camisa arena, avanza sobre la avenida con otros dos hombres vestidos de mameluco. Su intención es cortar el tránsito de Libertador en la mano hacia la ciudad de Buenos Aires, antes de cruzar San Lorenzo. Entre los tres colocan un semáforo portátil idéntico a los de Vialidad Nacional (una luz verde y otra roja sobre un palo que sale de un tacho de aceite al que han pintado de amarillo, donde va la batería), un cartel de “DESVÍO” y otro de “GAS DEL ESTADO”.
8.18 Se instalan como si se dispusieran a comenzar una reparación en la vía pública. Agitan banderas para hacer que los dos Ford Falcon plateados —el de los hermanos y el de los custodios— se desvíen y giren a la derecha. El semáforo cambia al rojo para detener al resto de los autos.
8.20 De improviso, en la Avenida del Libertador aparece un coche Torino de color rojo; una sirena encendida y una antena corta en el techo revelan que pertenece a las fuerzas de seguridad. La irrupción de un elemento azaroso en el teatro de operaciones pone en alerta al equipo de protección de la guerrilla peronista: otros tres hombres de mameluco, con picos y
palas, que simulan trabajar en la vereda y esconden entre sus pertenencias una pistola ametralladora y un Fusil Automático Liviano (FAL).
Los Montoneros habían montado el operativo otras dos veces, y ambas lo habían levantado por considerar que no se cumplían las condiciones óptimas para el secuestro. Esta vez no querían fallar.
Con gestos ampulosos y mientras agita un trapo, el presunto operario de casco amarillo le indica al conductor del Torino que puede seguir su ruta hacia la ciudad, y el auto pasa de largo.
Luego vuelve a colocar el semáforo en rojo para aislar a los hermanos Born durante dos minutos.
8.22 Los militantes, caracterizados de trabajadores con picos y palas, doblan hacia las calles donde se hará la emboscada. Deben cubrir ahora a los dos equipos de ataque que esperan para entrar en acción.
Los autos que manejan Pérez y Huebra avanzan una cuadra y giran de manera obligada a la izquierda. San Lorenzo se interrumpe en las vías del Ferrocarril Mitre: no les queda otra alternativa que tomar la calle Ada Elflein. Cuando doblan se topan con más carteles apoyados sobre caballetes
—uno dice “PELIGRO”, otro “GAS DEL ESTADO”— que anulan el segundo carril y los obligan a moderar la velocidad.
Ajenos a todo lo que ocurre, los hermanos Born leen los diarios. La Central General de Trabajadores (CGT) participó de una reunión con la presidenta y su gabinete en la Casa de Gobierno: le pidió que convocara a una Gran Paritaria Nacional y decretó un paro para el día siguiente por un aumento salarial que compensase la inflación. Mario Roberto Santucho anunció represalias por las bajas que el ERP sufrió en la provincia de Catamarca. En Córdoba enterraron al ex vicegobernador, Atilio López, asesinado por la Triple A. El caos de cada día.
Cien metros más adelante, en el cruce de Ada Elflein con Acassuso —un paisaje de casas bajas y veredas arboladas de un barrio muy tranquilo—
aguarda Roberto Quieto, el responsable militar de toda la operación, Oficial Superior de los Montoneros.
No ha leído las noticias del día. Está a punto de crear una de impacto internacional.
CAUSA JUDICIAL Nº 41.811
Los carteles falsos de empresas públicas que usaron los Montoneros para desviar el tránsito.
Mapa de la emboscada publicado en un suplemento especial de Evita Montonera del año 1975 sobre Operación Mellizas.
8.23 Quieto aplasta contra el piso la colilla de un cigarrillo Particulares sin filtro y acciona su cronómetro.
0:00.
Disponen de dos minutos.
0:15 Dos camionetas —una amarilla, otra azul— esperan estacionadas sobre Acassuso. Aceleran y entran a contramano en Ada Elflein, justo delante de un cartel publicitario con un afiche de Ginebra Bols.
0:20 La Chevrolet de matrícula B-1.046.777 embiste de frente al auto en el que viajan los hermanos Born.
0.21 La Dodge con patente B-837.976 choca, también de frente, al auto de los custodios.
Detrás de las cabinas de ambas camionetas asoma una estructura rectangular grande, recubierta con una lona oscura y un cartel que dice
“Entel” a cada lado, como si estuvieran al servicio de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones. La lona oculta el peso extra que le han agregado a los vehículos para garantizar la contundencia de los impactos que acaban de ocurrir. También se han reforzado los cinturones de seguridad para proteger a los conductores.
0.24 Cada uno de los grupos de ataque —dos unidades de cinco hombres, incluido el chofer de la camioneta— se dirige hacia el auto que tiene asignado, con las armas en alto. Ambos abren fuego.
En un gesto reflejo, Jorge y Juan se agachan.
Acaso Pérez o Bosch intentan accionar el botón de alarma, ubicado bajo la guantera, que se había agregado al Falcon; no lo logran. Una ráfaga de ametralladora hace añicos el parabrisas.
El gran agujero que se abre donde estaba el vidrio permite ver que se han quedado inmóviles.
CAUSA JUDICIAL Nº 41.811
El parabrisas y las ventanillas del auto de los herederos, tras las ráfagas de ametralladora.
0:35 Rodolfo Galimberti, jefe de la Columna Norte de los Montoneros, da las órdenes mientras Quieto supervisa la operación.
—¡Alto, comunistas! —gritan sus hombres.
Los equipos de ataque visten los uniformes azules y la gorra de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
— ¡Comunistas hijos de puta!
El equipo de planificación había concluido que la emboscada se desarrollaría en territorio enemigo: un barrio de familias ricas — oligarcas en la jerga de la guerrilla peronista—, aliadas naturales de Bunge y Born.
Por eso planearon engañar a los vecinos: simulan un operativo oficial contra las fuerzas subversivas. Un ojo experto los habría descubierto: entre sus armas portaban una ametralladora Madsen, de origen sueco, ajena al arsenal policial. Pero nadie observa el detalle y la farsa continúa:
—¡Dejame que a este comunista lo mato yo!
0:45 En un movimiento sincronizado, los equipos de ataque abren las puertas de los asientos ocupados en ambos autos.
1:00 Los custodios, confundidos, gritan que ellos no son comunistas, que pueden aclarar el equívoco. Los Montoneros disfrazados de policías les ordenan que coloquen las manos sobre el volante y la guantera, y en seguida los obligan a arrojarse boca abajo en el asfalto con los brazos detrás de la espalda.
Dos uniformados inmovilizan a Huebra y le arrebatan la pistola calibre 45
que había utilizado mientras prestó servicios en el Ejército, antes de que la fuerza cambiara a las 9 milímetros. Lo dejan esposado.
Los otros dos integrantes de ese equipo tienen más trabajo con Santoro, un hombre muy corpulento. Uno de ellos amaga con disparar, pero el otro se lo impide con un gesto: le han sacado el revólver Dillon calibre 32 que le había provisto la agencia de seguridad: aunque se resista un poco, el custodio ya está reducido.
1:15 Un manotazo arroja al piso a Pérez, y otro a Bosch.
Jorge Born baja del auto por sus propios medios, aunque aturdido. Mientras lo esposan, observa que su hermano sale corriendo, en un intento inútil por escapar:
— ¡Pará, Juan! ¡Paraaaá! —le grita.
Teme que lo baleen por la espalda. Pero lo atrapan de inmediato.
1:30 Con el rabillo del ojo Jorge Born alcanza a ver a Bosch, su amigo desde el jardín de infantes. Tiene sangre en la boca, pero es difícil evaluar su situación apenas con un atisbo.
Su perspectiva le impide observar que Pérez, el chofer, también ha quedado tendido sobre el asfalto, y pierde sangre.
1:35 Los hermanos reciben la orden de caminar. Dan unos pasos y les tapan la visión con una capucha. Los coches de escape —tres en total— se
encuentran estacionados unos metros más adelante, sobre la calle Ada Elflein, al cruzar Acassuso. Cuatro ocupantes por auto, doce en total: los diez miembros de los equipos de ataque más los hermanos Born. Arrancan.
Quieto detiene el cronómetro: marca 1:45.
Misión cumplida.
8.25 Para no correr el riesgo de verse limitados a una vía de escape única, los Montoneros han dispuesto un auto en una calle con salida hacia la Avenida del Libertador. Al volante, una joven rubia de ojos celestes espera por Quieto y los tres operarios del equipo de protección.
Jorge Born siente el golpe seco de la culata de una ametralladora contra su cabeza. Ya estaba confundido; ahora ha quedado mareado. Cree que Juan va a su lado, pero las imágenes del hermano a toda carrera se mezclan con las de su amigo herido...
El coche que los transporta, y los otros dos designados para el escape, avanzan una cuadra hasta la calle Roma y giran a la izquierda. El camino para cruzar la vía está despejado.
8.26 Alberto Luna, el guardabarreras de turno en ese paso, actúa bajo las órdenes de dos jóvenes vestidos de pantalón y saco que diez minutos antes han ingresado a su cabina para exigirle —a punta de pistolas de calibre grueso, 45 o 9 milímetros, como las reglamentarias de la policía—
que cumpla unas pocas instrucciones.
Luna ha dejado que pasen dos trenes; en ese momento escucha tiros y un estruendo. Los militantes le indican que se interponga en la vía con su bandera y la agite para interrumpir a los vehículos que van hacia la Avenida del Libertador. De esa manera queda aislado el teatro de operaciones, mientras ellos mantienen la barrera alta para que el tránsito fluya en la dirección contraria, a la espera del auto que transporta a los Born.
Por eso habían elegido esa locación para la emboscada: permitía un escape fácil hacia la Avenida Maipú. Al otro lado de Libertador, en cambio,
habrían quedado encerrados contra el río si algo hubiera salido mal.
8.27 Por el meneo del auto Jorge Born comprende que cruzan una vía. Ha de ser el Ferrocarril Mitre… pero ¿en qué dirección cruzan?
El guardabarreras recibe la orden de regresar a la garita y la indicación de no mirar atrás.
8.28 Mientras avanzan por la calle Roma en dirección a Maipú, los guerrilleros les quitan a los hermanos sus relojes y sus zapatos con cordones. Según el Manual Único de Instrucciones Tácticas para Operaciones Especiales, los tacos o el mecanismo de los Rolex pueden esconder un dispositivo de rastreo geográfico.
Todo ha salido según el plan. Solo les resta dejar a los Born en el lugar donde permanecerán cautivos y devolver las armas y los coches en los sitios ya designados. Algunos volverán a sus trabajos, meras coberturas para la militancia; otros permanecerán en la clandestinidad más absoluta.
8.30 En la comisaría 1ª de Vicente López, Provincia de Buenos Aires, suena el teléfono. Atiende el oficial principal Oscar Trejo.
Aunque esposado por la espalda, uno de los custodios ha logrado que un vecino confíe en su historia, lo ayude a liberar las manos y le permita hablar con la policía.
Informa que se acababa de producir un tiroteo en Ada Elflein entre San Lorenzo y Acassuso.
Que cuatro autos han quedado abandonados sobre Ada Elflein e impiden la circulación. Que se han llevado a dos personas secuestradas. Que hay por lo menos dos heridos de gravedad. Que un médico que pasaba por el lugar ya ha llamado a la ambulancia. Los llevarán al Hospital de Vicente López.
8.33 El comisario a cargo, Rodolfo Trentini, el oficial Trejo, dos sargentos y un cabo encienden las sirenas de dos patrulleros y se dirigen al lugar.
13 horas
Servicio de Informaciones de la Provincia de Buenos Aires Parte a: la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado) - Seguridad Federal
- Comando del Primer Cuerpo del Ejército - Jefe de Inteligencia - Batallón 601 - Asuntos Policiales del Ministerio del Interior - Comisión Nacional de Inteligencia.
SAN MARTÍN - LA LUCILA
Carácter: MUY URGENTE
En la fecha, siendo las 8.30 horas, en la localidad de La Lucila, calle Ada Enfle (sic) y Acassuso de Olivos, 15 N.N. armados con armas largas, quienes vestían uniformes de obreros de la empresa ENTEL y viajaban en dos camionetas, una con inscripción de la citada empresa.
Detuvieron el automóvil en el que viajaban Jorge y Juan Born, de la firma BUNGE Y BORN, los que fueron secuestrados, asimismo en el vehículo viajaba un alto ejecutivo de la empresa MOLINOS RÍO DE LA PLATA el cual fue herido junto al chofer de apellido Pérez.
Los mismos fueron hospitalizados en el nosocomio de VICENTE LÓPEZ, dejando de existir poco después. Al parecer los disparos fueron efectuados con escopetas ITAKA.
Se ampliará.
CAUSA JUDICIAL Nº 41.811
La camioneta con peso extra en la parte trasera que embistió contra el auto de los Born.
Horas de la tarde
Avenida del Libertador al 3500, Capital Federal.
Residencia de Jorge Born II y Matilde Frías
Aunque los vespertinos han dado la noticia, ni la familia Born ni la empresa han denunciado los hechos. No confían que el desgobierno de la viuda de Perón pueda garantizar la vida de los herederos. Prefieren esperar a que un llamado de los secuestradores les diga quiénes son y qué quieren.
Por la trascendencia del caso, se han sumado hombres de la Brigada de Investigaciones y del Servicio de Informaciones de la Provincia de Buenos Aires al trabajo que realiza la comisaría 1ª de Vicente López.
La familia no coopera.
Bajo instrucciones de Jorge Born II, sus nueras han sacado a los chicos de la escuela y no han regresado a sus casas. Un patrullero de la Policía de la provincia de Buenos Aires llega a la mansión de Béccar para hablar con la familia de los secuestrados, pero un guardia le informa que no hay nadie.
El gerente de Relaciones Laborales de Molinos Río de la Plata le facilita a la policía dos números de teléfonos a los que podrían llamar los secuestradores. De inmediato se solicita la intervención de esas líneas con fines de escucha vigilada.
Horas de la noche
Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires
El embajador de los Estados Unidos, Robert C. Hill, informa a la Secretaría de Estado sobre los hechos. Todavía no se sabe quiénes han secuestrado a los Born. La Embajada apuesta por el ERP.
USO OFICIAL RESTRINGIDO BUENOS AIRES 7067
19 DE SEPTIEMBRE
ASUNTO: SECUESTRAN A DOS DESTACADOS EMPRESARIOS
1. DOS DE LOS HOMBRES DE NEGOCIOS MÁS DESTACADOS DE
LA ARGENTINA FUERON SECUESTRADOS EL 19 DE SEPTIEMBRE
CUANDO ERAN TRASLADADOS AL
TRABAJO. JUAN Y JORGE BORN FUERON INTERCEPTADOS EN
UN SUBURBIO DE
BUENOS AIRES POR APROXIMADAMENTE 15 TERRORISTAS
DISFRAZADOS DE
EMPLEADOS DE EMPRESAS DE SERVICIOS. JORGE PRESIDE
BUNGE & BORN LDT, UNA FIRMA ARGENTINA CON MÁS DE 25
SUBSIDIARIAS DE MANUFACTURAS, QUÍMICOS Y
PRODUCTOS AGRÍCOLAS.
2. EL CHOFER Y OTRO EMPRESARIO FUERON ASESINADOS POR
LOS TERRORISTAS.
EL TIPO DE OPERACIÓN Y LA CANTIDAD DE TERRORISTAS QUE
PARTICIPARON
PARECIERA INDICAR QUE EL ERP ES RESPONSABLE. ESTO SE
ACLARARA CUANDO, Y
SI, EMITEN UN COMUNICADO.
HILL
Horas de la noche
Redacción del diario Crónica
Sin que se advierta quién lo ha dejado, se recibe un comunicado con la firma de los Montoneros.
PARTE DE GUERRA NÚMERO 1
A NUESTRO PUEBLO:
EN EL DÍA DE LA FECHA, JUEVES 19 DE SEPTIEMBRE DE 1974, A LAS 8.15 HORAS, LAS
UNIDADES BÁSICAS DE COMBATE JOSÉ SABINO NAVARRO,
CARLOS OLMEDO,
EDUARDO BECKERMAN Y PABLO VAN LIERDEN,
PERTENECIENTES A LA COLUMNA
“EVA PERÓN”, PROCEDIERON A DETENER A DOS MIEMBROS
DIRECTIVOS DE UNO DE
LOS GRUPOS MONOPÓLICOS MÁS IMPORTANTES QUE ACTÚAN
EN NUESTRO PAÍS Y
EN EL EXTERIOR.
SE TRATA DE LOS SEÑORES JORGE BORN Y JUAN BORN,
PRINCIPALES ACCIONISTAS
DEL MONOPOLIO BUNGE Y BORN (EXPORTACIÓN E
IMPORTACIÓN), MOLINOS RIO DE
LA PLATA, ALBA, CENTENERA (ENVASES) GRAFA (TEXTIL) COMPAÑÍA QUÍMICA ARGENTINA, ECT (SIC), TODAS ELLAS
MONOPÓLICAS EN SU RAMO.
EN EL CURSO DEL OPERATIVO INTENTARON RESISTIRSE UN
MIEMBRO DE LA CUSTODIA Y UN EJECUTIVO DE LA FIRMA, NO
OBSTANTE LAS ADVERTENCIAS QUE
SE LES HICIERON. POR ESE MOTIVO NUESTROS COMBATIENTES
SE VIERON
OBLIGADOS A DISPARAR CONTRA ELLOS, NO ASÍ CONTRA EL
RESTO DE LA CUSTODIA Y LOS DETENIDOS QUE RESULTARON
ILESOS.
LOS DETENIDOS SERAN JUZGADOS POR LOS ACTOS
COMETIDOS CONTRA LOS
TRABAJADORES, EL PUEBLO Y LOS INTESES (SIC) NACIONALES
POR LOS
MONOPOLIOS A LOS QUE PERTENECEN. ASÍ ACTÚA LA JUSTICIA POPULAR,
MIENTRAS EL GOBIERNO ANTIPERONISTA, ANTIPOPULAR Y
REPRESIVO HACE
CONCESIONES A ESTE MONOPOLIO AL QUE HACE POCOS DIAS
LE REINTEGRÓ UNA
IMPORTANTE CANTIDAD DE MERCANCÍA QUE HABÍAN
ACAPARADO POARA (SIC) AUMENTAR SUS PRECIOS Y
GANANCIAS A COSTA DE LOS INGRESOS POPULARES.
PERÓN O MUERTE
VIVA LA PATRIA
HASTA LA VICTORIA MI GENERAL
MONTONEROS.
Diez días después
Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires El embajador Hill actualiza su informe para la Secretaría de Estado en otro cable.
USO OFICIAL RESTRINGIDO BUENOS AIRES 7101
1° DE OCTUBRE
ASUNTO: LOS MONTONEROS REIVINDICAN EL SECUESTRO DE
LOS BORN
REF.: BA 7067
1. LOS MONTONEROS, EL MOVIMIENTO TERRORISTA DE
IZQUIERDA QUE EN FORMA
RECIENTE ANUNCIÓ SU REGRESO A LAS ACTIVIDADES
CLANDESTINAS, SE HAN
DECLARADO AUTORES DEL SECUESTRO DEL DÍA 19 DE
SEPTIEMBRE DE DOS
PROMINENTES HOMBRES DE NEGOCIOS, JUAN Y JORGE BORN.
2. LOS CONTACTOS ENTRE LOS SECUESTRADORES Y LA
FAMILIA ESTÁN SIENDO
NEGADOS Y SE DESCONOCE EN QUÉ ESTADO SE ENCUENTRAN
LOS HERMANOS.
AÚN NO SE HIZO PÚBLICO NINGÚN PEDIDO DE RESCATE, PERO
ALGUNOS INFORMES
INDICAN QUE LOS MONTONEROS HAN ESTADO EN CONTACTO
CON LA FAMILIA Y
QUE LA DEMANDA ES ASTRONÓMICA, TAL VEZ POR ARRIBA DE
LOS 30 MILLONES DE
DÓLARES. HASTA AHORA, SIN EMBARGO, ES INFORMACIÓN SIN
CONFIRMAR.
3. LOS MONTONEROS ANUNCIARON EN UN COMUNICADO QUE
SOMETERÍAN A LOS
BORN A LA JUSTICIA POPULAR. PERO LO MÁS PROBABLE ES
QUE AL FINAL PIDAN
POR ELLOS UN RESCATE, DADO QUE LOS MONTONEROS DEBEN
ESTAR
NECESITANDO DINERO PARA FINANCIAR SUS ACTIVIDADES
CLANDESTINAS.
HILL
CAPÍTULO 2
1955-1970-1974
Historias que convergen en
una cárcel del pueblo
Después de cruzar la vía, los tres autos de escape de los Montoneros se desviaron de la calle Roma.
Buscaban un camino menos transitado. Atravesaron la Avenida Maipú y pasaron debajo de la Autopista Panamericana. Se mantenían a la velocidad máxima o apenas por encima, como la corriente de autos: no querían llamar la atención.
Se dirigían a Piojo 1, la primera cárcel del pueblo donde Jorge y Juan Born quedarían confinados de manera provisoria, hasta que los secuestradores pudieran establecer con certeza que las fuerzas de seguridad les habían perdido el rastro.
El viaje duró poco: se movían dentro de los márgenes del norte del conurbano. A medida que se alejaban del Río de la Plata dejaban atrás el paisaje de las grandes casas de los ricos y se adentraban en la geografía de los barrios típicos de la clase media.
Rodolfo Galimberti había elegido el primer destino para los hermanos. El capitán montonero, que había llegado a secretario militar de la Columna Norte con solo veintisiete años, había sido un guerrillero extravagante desde sus inicios, como creador de la Juventud Argentina para la Emancipación Nacional (JAEN). Juan Perón lo entronizó como secretario de la Juventud Peronista y luego lo destronó. Su peinado a la gomina y su sobretodo negro parecían acompañar su pasión por las armas.
A él le había tocado la responsabilidad de supervisar a quienes acondicionaron la casa operativa
—como se llamaba a las propiedades que se asignaban a las actividades clandestinas de la organización— de la calle Manuel García 5030/5050, en la localidad de Carapachay, municipio de Vicente López. La escala inicial de los Born: Piojo 1.
Galimberti —Alejandro, por su nombre de guerra— había elegido la propiedad dentro del territorio que correspondía a la Columna Norte: los municipios de San Martín, San Fernando, Tigre, San Isidro y General Sarmiento (que en 1994 se dividiría en José C. Paz, San Miguel y Malvinas Argentinas). La casa de Carapachay ofrecía buenas condiciones de seguridad. Además, su frente doble alojaba un garaje ancho y una cortina metálica que permitían el ingreso de dos vehículos a la vez: una ventaja en caso de que los guerrilleros y sus secuestrados llegasen en medio de una persecución policial.
El auto se detuvo. Todavía confuso por los efectos del golpe que le habían propinado con la culata de un arma, Jorge Born sintió que lo tomaban de las axilas y lo jalaban hacia la puerta. Una vez fuera del vehículo caminó un trayecto que le pareció corto. Le quitaron las esposas, le colocaron una cuerda entre las manos y le ordenaron que se sujetara. Experimentó una levedad extraña, mezcla del aturdimiento y el modo en que el suelo bajo sus pies se había esfumado; como si no pesara sus ochenta y tres kilos.
Quedó con las piernas suspendidas en el aire. De pronto creyó entender que no lo habían alzado sino que lo habían metido dentro de un hueco en el cual su metro ochenta no alcanzaba para que tocara el piso. Descendió 2,40
metros.
Sintió que lo sostenían desde abajo. Al fin pisó una superficie.
Le indicaron que avanzara unos pasos. Escuchó cómo se cerraba una puerta detrás de él.
Se quitó la capucha.
¿Qué era esa caja de zapatos donde se encontraba?
La midió con sus pasos. Tendría a lo sumo dos metros de ancho por tres de largo. Seis metros cuadrados. La falta de ventanas acrecentaba la impresión del encierro.
En un espacio tan restringido el mobiliario no podía sino ser escaso: una silla pequeña, un catre diminuto, un estante de fórmica y una mesita que se plegaba en una pared.
Sin los zapatos que le habían sacado durante el viaje, el frío se le filtraba por las medias. Pensó que el piso podía ser de cemento. Otros materiales le resultaban extraños: el techo y las paredes estaban recubiertos con planchas de telgopor. Más adelante descubriría que eso aislaba el sonido de su celda: por más que gritara, nadie lo escucharía.
El mayor desafío, supo pronto, sería tolerar el ahogo que le provocaban la falta de aire y la oscuridad. La única fuente de ventilación, un tubo que asomaba por un hueco en el piso, difundía apenas una corriente leve. La luz mortecina de una bombita de 60 watts que colgaba del techo no alcanzaba para iluminar ni siquiera un ámbito tan pequeño. Tendría que habituarse a vivir en esa semipenumbra sofocante.
Mientras exploraba el lugar, Jorge Born se preguntaba por su hermano.
¿Estaría bien? ¿Lo habrían soltado? ¿O lo habrían encerrado en otro pozo como a él? En ese caso, ¿podría verlo?
Ignoraba que Juan se encontraba en una celda enfrentada a la suya, de proporciones idénticas.
Habían pasado pocas horas de su ingreso a la cárcel del pueblo cuando un hombre informó a Jorge Born, con toda pompa, que él y su hermano estaban en manos de la Organización Político-Militar Montoneros.
La guerrilla peronista había regresado a la clandestinidad apenas trece días antes. A dos meses de la muerte de Perón, que el 1º de julio de 1974 había dejado el poder en manos de su viuda, los jóvenes revolucionarios habían retomado la lucha armada. No creían que el gobierno de Isabel Perón, débil y desprestigiado, pudiera concretar la utopía de patria socialista dentro de las normas institucionales.
CAUSA JUDICIAL Nº 41.811
Frente de Piojo 1, la primera cárcel del pueblo en la que fueron alojados los secuestrados.
Entre 1972 y 1974 habían participado del proceso político que puso fin a la proscripción del justicialismo de casi dieciocho años y permitió el regreso de Perón al país. Ellos habían allanado el camino para su tercera presidencia, se atribuían el triunfo. Y él había frustrado sus expectativas
muy rápidamente: se había inclinado por la derecha del movimiento —la burocracia sindical, el ministro José López Rega— e inclusive los había repudiado.
Los Montoneros habían apoyado la salida electoral y en especial la presidencia fugaz de Héctor Cámpora, y para eso habían suspendido sus actividades clandestinas, habían aportado funcionarios y diputados, habían expuesto a sus organizaciones de superficie y habían gastado sus fondos en publicaciones (un diario, entre ellas), movilizaciones y campañas. Cuando más las necesitaban, decididos a volver a las armas y la clandestinidad, sus reservas se habían agotado.
Entonces concibieron la Operación Mellizas.
Un único golpe que les procurase un botín millonario. Una garantía para la continuidad de la organización durante décadas. Un rescate récord que los inscribiera en la historia mundial.
Y la clausura definitiva de una etapa: el abandono del intento de acceder a la revolución mediante el sistema democrático.
Un dato, como decían en su jerga los jóvenes revolucionarios, definió la elección del objetivo. Un competidor de Bunge y Born, o tal vez alguien con mucho poder, sopló a un integrante de la Conducción Nacional (CN) de Montoneros que podían pedir hasta 200 millones de dólares. El grupo era tan poderoso que sus recursos en Suiza eran más que suficientes para afrontar pagos millonarios sin tener que vender siquiera una de sus empresas.
Hasta ese momento, el rescate más alto que una compañía había pagado por uno de sus gerentes era de 14.200.000 dólares.
Desde comienzos de 1972 diversos grupos guerrilleros habían perfeccionado el secuestro extorsivo como medio de financiación. Sus víctimas habituales, los directivos de las compañías extranjeras y los empresarios locales, les permitían recaudaciones mejores que —por ejemplo— el asalto a una sucursal bancaria, y sin correr tantos riesgos como en esas operaciones, en las cuales intervenían factores impredecibles
como el público y los encargados de la seguridad. Los casos que involucraban a compañías o apellidos poderosos ofrecían, además, un golpe de propaganda.
Pero no todos terminaban de la mejor manera.
El secuestro del presidente en Argentina de la automotriz italiana Fiat, Oberdan Sallustro, el 10 de abril de 1972, conmocionó al país. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) lo capturó mientras se desarrollaba un conflicto sindical en la planta. Murió asesinado cuando la Policía Federal descubrió la cárcel del pueblo donde lo habían alojado, en el barrio de Mataderos de la Capital Federal.
Sallustro había nacido en Paraguay en una familia de inmigrantes que había combatido en Italia contra Mussolini: siempre se interpretó como una ironía trágica que cayera asesinado en nombre del socialismo. Más allá de la parábola, su muerte comunicó a otros empresarios un mensaje tan inequívoco como perturbador: permanecer en la Argentina significaba poner en riesgo la vida, además del capital.
Durante 1973 se concretaron ciento setenta secuestros, entre uno y dos de alto impacto al mes. Fue el período más activo del ERP, el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) que lideraba Mario Roberto Santucho. Entre las víctimas se contaron directivos y gerentes de compañías internacionales como Swissair, Coca Cola, Eastman Kodak, el Banco de Londres y Peugeot. A veces ni tan siquiera el pago del rescate garantizaba la tranquilidad: Charles Lockwood, de la firma de neumáticos Firestone, sufrió dos secuestros. También los empresarios argentinos corrían peligro. En el mismo período Santiago Soldati, hijo del presidente del Nuevo Banco Italiano, y Carlos Pulenta, productor vitivinícola, debieron pagar por su libertad.
Según el semanario estadounidense Time, hacia fin del año el sesenta por ciento de los representantes de firmas extranjeras habían abandonado el país.
La mayoría de sus pares huían, pero Jorge Born II, el padre de Jorge y de Juan, se había negado a considerar siquiera una mudanza temporaria al
exterior. Pocos entendían su empecinamiento: podía elegir entre muchos destinos sin tener que comenzar de nuevo. Por su actividad original, la venta de granos, su empresa operaba con oficinas en el mundo entero: Londres, París y Amberes en Europa; también en los Estados Unidos y en varios puntos de América Latina.
Dentro del país, entre los directivos y las diversas sociedades del grupo, sumaban la propiedad de medio millón de hectáreas y de industrias cada una líder en su rubro: textiles Grandes Fábricas Argentinas (Grafa), envases Centenera y pinturas Alba, entre otras. La empresa de alimentos del grupo, Molinos Río de la Plata, producía algunas de las marcas más emblemáticas de la mesa de los argentinos de la época: el aceite Cocinero, la mayonesa Ri-ka y la yerba Nobleza Gaucha. La presencia dominante del grupo en el mercado interno le daba mucha visibilidad y lo convertía en un objetivo apetecible para las guerrillas clandestinas.
Pese a tanta exposición, Born II no había accedido siquiera a pagar el impuesto revolucionario que diversos grupos le exigían para poder hacer negocios en paz: en teoría —y al estilo de la mafia— ese desembolso protegía a los empresarios de males mayores.
El presidente del holding se negaba a ceder a la extorsión. Se ofuscaba: “Lo que es correcto es correcto, y lo que no es correcto no es correcto. Y
punto”.
El dispositivo de seguridad de Bunge y Born —integrado por hombres ligados a los servicios de inteligencia y bien conectados con los militares—
le había advertido de los riesgos que corrían él, sus hijos y sus familias.
“¿Cómo nos vamos a ir nosotros, que somos los capos? Diecisiete mil personas trabajan en nuestras empresas. Nos tenemos que quedar. Pase lo que pase”, solía repetir con fastidio cada que vez que alguien le insistía con que dejara la Argentina por un tiempo.
Después de recibir el dato inicial que puso en la mira a la familia Born, la conducción de Montoneros —que integraban Firmenich, Roberto Perdía, Horacio Mendizábal, Roberto Quieto y Julio Iván Roqué— ordenó a Horacio Campiglia, alias Petrus, que investigara al grupo. El jefe del
Servicio de Informaciones de la guerrilla peronista pidió a Rodolfo Walsh
—el periodista que en 1973 se había sumado a Montoneros proveniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y ahora trabajaba bajo sus órdenes— que relevase los datos necesarios para planificar la operación.
Debían atender en especial a los movimientos de sus directivos.
Si bien Bunge y Born se caracterizaba por el hermetismo que la protegía, los Montoneros lograron perforar esa barrera y conocer alguno de sus secretos. Concluyeron que Born padre y su principal socio eran demasiado mayores como para sobrevivir un período largo en una cárcel del pueblo.
Born II nacido el 1º de julio del 1900, tenía 74 años; Mario Hirsch, el vicepresidente del grupo, 63. Aunque entre ambos manejaban los negocios en la Argentina (un conglomerado de empresas y grandes extensiones de tierra que concentraban la parte más sustancial de la riqueza del holding), los herederos Jorge y Juan Born resultaban una presa mucho más conveniente.
Se llevaban once meses, el mayor tenía apenas 40 años, se mantenían saludables y ocupaban cargos de relevancia en la estructura. Jorge era el número tres detrás de Hirsch y se encargaba de las ramificaciones del comercio de granos en los Estados Unidos y en Brasil; Juan tenía a su cargo el área administrativa de Bunge y Born e integraba el directorio de Grafa.