Born
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Jorge era un poco mayor que sus compañeros de la colimba: al terminar el secundario había partido a estudiar su ciclo de grado en la Wharton School de la University of Pennsylvania, una prestigiosa academia de negocios de los Estados Unidos, y debió pedir una prórroga de cuatro años de su servicio militar obligatorio. Al regresar, y ante la indiferencia reiterada de
su padre, la aplicaron como penalidad otros seis meses agregados a los doce obligatorios.
Como en el secundario, pero peor, en el cuartel el apellido Born llamó la atención. A los jefes y a los soldados con alguna jerarquía, que tenían su edad, la costumbre de humillar a los conscriptos les brindaba un placer inicuo, que se acrecentaba si su cuota efímera de poder absoluto se descargaba sobre un representante de las familias argentinas más poderosas.
Born lo supo cuando, desnudo junto al resto de los conscriptos, lo eligieron para que metiera la cabeza y las manos en un hoyo para destapar una cloaca.
—¡Usted! —lo sacó de la fila el sargento.
El sargento Bata.
Jamás olvidaría su apellido.
Born metió la cabeza en el pozo y aguantó la respiración. El orgullo le permitió soportar el olor nauseabundo hasta que Bata consideró que era suficiente. A esas alturas su vanidad había invadido su ser entero. Sintió una suerte de agradecimiento por Bata.
Su pensamiento vagaba entre aquellos recuerdos cuando los guardias ingresaron a su celda.
Observaron el doblez de la sábana. Se produjo un silencio. Jorge lo midió y cuando creyó que provocaría el efecto que deseaba, preguntó con falsa inocencia:
— ¿Qué pasa? ¿Está mal tendida?
— Usted, ¿dónde aprendió a hacer la cama?
Como quien narra una prueba de resistencia y bravura, Born les contó sus experiencias como conscripto.
— No me vengan con boludeces —les planteó—. Yo sé hacer la cama y fregar el piso mucho mejor que ustedes.
Por más que se aferrase con fuerza a aquella memoria, su situación de cautivo era bastante más desfavorable.
— Habrá que ver... De todos modos acá va a aprender muchas cosas — le dijo uno, en un tono que sonó a advertencia.
Born se impuso calma para contestarle con la arrogancia casual que —sabía
— los irritaba:
— A mí me gusta aprender.
Los Montoneros establecieron un plazo de quince días para que los secuestrados se adaptaran a la vida en una cárcel del pueblo, un lapso para la reeducación de los prisioneros . De acuerdo a sus estimaciones, hacia los primeros días del mes de octubre de 1974 ya Jorge y Juan debían haber asimilado su nueva realidad de encierro y privaciones.
No pasarían hambre: no querían que se debilitaran. Los guardias obedecían la orden de darles un desayuno y dos comidas diarias a base de arroz, fideos y papas, y algo de pollo o carne. Los alimentaban a horarios regulares: debían sentir miedo y saber que sus vidas corrían peligro, pero no los someterían a martirios innecesarios. Los verdaderos revolucionarios —
decía una norma no escrita de la organización— no torturaban a sus prisioneros.
A lo largo de esas dos semanas los prisioneros y sus celadores se mantuvieron en tensión perpetua.
Los guerrilleros les querían imponer todo de golpe: la rutina del cautiverio y un nuevo lenguaje que simbólicamente revertía la relación de fuerzas del afuera, donde mandaban Bunge y Born y sus aliados. Jorge recuerda con una mezcla de tedio y angustia la sensación de sentirse en manos de esos chiquilines que les repetían lemas prefabricados con los que nombraban una realidad que él encontraba delirante.
De noche les apagaban la luz y el chorro de aire se desvanecía en la rejilla.
Entre las diez de la noche y las ocho de la mañana del día siguiente Jorge y Juan quedaban aislados, cada uno en su cubículo oscuro y asfixiante,
aturdidos por el mismo silencio sin saberlo. De tanto en tanto un único sonido rompía la monotonía y burlaba el aislamiento acústico: el de las armas que los guardias cargaban adrede, para intimidarlos, muy cerca del hueco del ducto de la ventilación que iba hacia las celdas. Chuck. Chuck…
Chuck. Chuck. Chuck… Podían seguir así la noche entera.
Muy de vez en cuando los custodios escuchaban música, canciones de protesta que ninguno de los hermanos había oído antes. En una ocasión, cuando la puerta de su celda se abrió, Jorge Born reconoció la voz de Mercedes Sosa, aunque se le escapaba que cantaba los versos de “Hasta la victoria”, de Aníbal Sampayo:
… yo soy Ramón
aquel que nunca morirá.
Que tiemble el verdugo opresor,
el buitre insaciable del mal:
detrás de la muerte yo soy
Ramón, la victoria final.
En medio de tanto silencio, cualquier ruido llamaba la atención de Jorge.
Una noche creyó escuchar gemidos de placer sexual que le llegaban por el hueco para la ventilación.
—¿Estos están en una partusa? —dudó.
Los arrullos parecían inequívocos.
¿Así que los vigilantes que lo sepultaban bajo el cemento de su alharaca revolucionaria incumplían sin pudor sus propias reglas?
Las parejas tenían prohibido mantener relaciones sexuales en la sala de guardia. El Código de Justicia Militar de los Montoneros, que regulaba sus relaciones internas, disponía la formación de tribunales para juzgar inconductas, preveía penas severas y no contemplaba vías de salida:
equiparaba la deserción a la traición. Los celadores tenían una gran responsabilidad y la Conducción Nacional (CN) encontraría imperdonable cualquier distracción.
Mucha veces Jorge fantaseó con escapar: dada su contextura física, creía posible encontrar un momento oportuno para tomar por sorpresa a uno de los guardias, arrebatarle el arma, y controlar al otro. Pero imaginaba —con razón— que antes de alcanzar la calle se toparía con otros montoneros armados, y entonces el plan ya no le parecía tan razonable. Prefería esperar antes que poner en riesgo su vida por un arrebato. Mientras tanto, respondía a las consignas de sus captores, con mayor o menor grado de obediencia especulativa, pero siempre con cierta serenidad que provenía de un lugar dentro de su cabeza donde él seguía siendo él y sus verdugos no podían alcanzar.
En cambio, Juan preocupó a sus captores desde el primer momento.
Había intentado el sinsentido de la fuga durante la emboscada. Costaba creer que podría vivir en las condiciones del cautiverio: permanecía tirado en la cama, en estado de alteración permanente. Si seguía así lo tendrían que medicar. Preveían un cautiverio prolongado: necesitaban prisioneros saludables. Pero al menos a uno de los dos secuestrados no parecía alcanzarle el periodo de adaptación. A veces parecía que ni siquiera le importaba sobrevivir.
Por no disponer siquiera de un baño —“Yo construí cárceles mucho mejores que ésas”, comentó un integrante de la CN cuando conoció las que habían alojado a los Born—, los hermanos se las tenían que arreglar con un balde, un poco de agua y unas toallas. Eso les debía de alcanzar para sus necesidades fisiológicas y para lavar las únicas dos prendas que les dejaron, un calzoncillo y una camiseta blanca de algodón de manga corta.
Juan, como con todo lo demás, no respondía a esas normas de higiene y rechazaba su indigencia con escándalo. Alternaba entre la agresión a sus guardias y un estado de excitación; por momentos caía en una cierta irrealidad.
A Jorge lo demolía que no le cambiasen el agua y lo obligaran a soportar durante horas el olor de sus deposiciones. Pero en lugar de quejarse ideó una treta. Pateó el balde y arrojó un poco de agua sucia hacia la sala de guardia.
— ¡¿Qué hace?! —lo increparon.
— Me tropecé —mintió.
—¡¿Pero cómo?!
— Por guardar este balde sucio donde apeste menos. Podrían evitar nuevos accidentes si cambiaran el agua con más frecuencia, así el balde se puede quedar al lado de la cama.
Lo consiguió.
Además de haberse encargado de planear y ejecutar la Operación Mellizas, Quieto —a cargo de la División de Prensa de los Montoneros— supervisó el ingreso de cámaras a las celdas de los Born para que se tomaran unas diapositivas que darían base a un video.
Con las imágenes que montó el Servicio de Audiovisuales de la organización armada se trató de demostrar que, al cabo del período de adaptación, los hermanos aceptaban las normas de su nueva realidad. Una voz en off decía:
“Las costumbres de vida de los industriales han sido, como se puede suponer, sometidas a un cambio brutal. Cada mañana, Juan y Jorge toman su desayuno, luego lavan sus ropas y se ocupaban de hacer la limpieza.
Comen a horas precisas. Las tardes y la parte temprana de las noches se la pasan escuchando la radio y leyendo. Hacen gimnasia. Resignados, los detenidos se comportan con corrección.”
Para transmitir una imagen de triunfo revolucionario y de sometimiento ejemplar del dúo burgués, el manifiesto incurría en inexactitudes: los Born no podían escuchar radio en horarios corridos. Les filtraban los
informativos para que vieran la actualidad según la exégesis de los Montoneros.
Solo una vez le hicieron escuchar a Jorge una noticia en un informativo de radio. Pareció casual, pero fue adrede.
Se trató del secuestro de Alfonso Margueritte, un alto ejecutivo de Bunge y Born, de 64 años. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) lo había capturado once días después de que ellos secuestraran a los hermanos.
Margueritte, a quien todos estimaban en la empresa, había caído en manos de una organización guerrillera, escuchó Born. La noticia escueta, sin más precisiones, lo afectó tanto por la víctima como por su padre: lo presionaban con dos extorsiones simultáneas. Le preocupó que las tensiones dañasen la salud de su padre.
En las celdas les dejaban copias de Evita Montonera (el órgano oficial del grupo, en cuya redacción intervenía la CN, editado de manera clandestina) y algunos ejemplares viejos de La Causa Peronista, la publicación que había dirigido Galimberti y que el gobierno de Isabel Perón había clausurado a comienzos del mes del secuestro.
Los Born recibían esos objetos exóticos con actitudes disímiles. Juan seguía demasiado perturbado para leer, pero Jorge encontraba una fuente de distracción en esos diaruchos, como los llamaba.
Además agradecía cualquier elemento que lo ayudase a que las horas pasaran y a tomar contacto con los acontecimientos del mundo exterior, aunque fuese a través del filtro tergiversado de los Montoneros. Los textos, que encontraba entre ridículos e ingenuos, le resultaban útiles, además, para calcular el paso de las semanas.
El 1º de octubre se cumplieron tres meses de la muerte de Perón. A los quince días Montoneros realizó otro golpe espectacular: un grupo comando, bajo la dirección del poeta Francisco Paco Urondo, ingresó al Cementerio de la Recoleta, donde yace el patriciado argentino, y se llevó el ataúd que contenía el cadáver del general Pedro Eugenio Aramburu.
El operativo había nacido de un hecho fortuito: sin conocer su filiación, un policía sintió atracción por una militante montonera apodada la Gorda Susana y le confió que una de sus tareas consistía en custodiar la bóveda de Aramburu. Ella simuló interés en el juego de seducción y le propuso un encuentro amoroso entre las tumbas. Ilusionado, el policía abrió las puertas del cementerio. Un comando que seguía el plan elaborado por Rodolfo Walsh redujo al enamorado en cuestión de segundos y cargó el ataúd en una camioneta que esperaba bajo la lluvia intensa.6
—¿No les bastó con haberlo fusilado? —se asombró Born.
Pronto el pasmo quedó superado por el horror. El muerto había sido desenterrado para concretar un canje macabro.
Bajo la dictadura de Aramburu, el teniente coronel Carlos Moori Koenig había robado el cadáver de Eva Perón y lo había sometido a un derrotero ultrajante hasta sepultarlo en Italia bajo el nombre de María Maggi. Al cabo de quince años Perón recibió la momia en su casa de Puerta de Hierro, donde Isabel le peinaba el largo pelo rubio mientras José López Rega decía transmutar el alma de Eva a la nueva esposa. El cuerpo embalsamado quedó en España. Los Montoneros solo devolverían los restos de Aramburu cuando los de ella fueran repatriados. Exigían, además, que López Rega diera marcha atrás con su idea de que Perón y Eva descansaran, junto a otros protagonistas de la historia nacional, en el Altar de la Patria, un gran mausoleo que había propuesto el superministro y que nunca se llegó a construir.
El canje —cuya concreción Born conoció mucho después— se realizaría semanas más tarde, el 17
de noviembre, cuando el cadáver de Eva Perón llegó al país en un operativo que organizó López Rega. El ministro que guiaba a la presidenta seguía acumulando poder y perfeccionando las acciones de sus parapoliciales de la Triple A.
Los simpatizantes de la izquierda peronista que no habían quedado protegidos por el pase a la clandestinidad debieron dejar el país para preservar sus vidas. También comenzó el éxodo de intelectuales,
periodistas, académicos y artistas que solo regresarían con la democracia, casi una década más tarde. La Triple A intimó a los actores Nacha Guevara, Norman Briski, Luis Brandoni y Héctor Alterio a que se fueran en cuestión de horas.
Por aquellos días, las revistas de variedades, como Siete Días, (que no llegaban a la celda de los Born porque los Montoneros las consideraban en extremo frívolas) celebraban a Carlos Monzón, el campeón mundial de box imbatible entre los medianos, que acababa de retener el título y se separaba de su esposa para elegir el romance intenso que había comenzado con la modelo Susana Giménez en el set de La Mary, una película de Daniel Tinayre, estrenada en agosto, que abordaba un tema tabú como el aborto.
Las publicaciones deportivas, que cada tanto pasaban la censura de los carceleros, se ocupaban de otros argentinos que también hacían historia en aquellos tiempos: Carlos Reutemann ganaba el premio en la Fórmula 1 y Guillermo Vilas descollaba en la élite del tenis mundial.
A Born III le interesaban las noticias de Vilas porque él mismo jugaba al tenis con frecuencia.
También era un buen navegante, aunque no tanto como su padre. Y como todo hombre de su círculo social, practicaba golf.
No le prestaba mucha atención al fútbol: apoyaba a San Lorenzo por influencia del padre de Bosch, un enamorado de los colores de Boedo. Su amigo lo había enganchado con el equipo azulgrana después de una gira triunfal por Europa: corría el año 1946 cuando San Lorenzo derrotó con goles y clase a los clubes más poderosos del fútbol mundial.
Su hermano Juan, en cambio, era fanático de River Plate desde pequeño.
Como su contacto con la prensa política se limitaba a que la tomaba y la tiraba a un costado, los guardias intentaron animarlo con una revista del club de sus amores. River arrastraba una mala racha de dieciocho años sin ganar campeonatos. Esa suerte cambiaría en pocos meses: en 1975 Ángel Labruna, el máximo goleador de la historia de los millonarios, asumió como técnico y ganó los dos torneos, el Metropolitano y el Nacional.
Pero ni siquiera el fútbol despertó el interés de Juan. Los carceleros, preocupados, señalaron su conducta extraña en informes periódicos que hacían llegar a sus superiores.
La División de Prensa de Montoneros difundió algunas escenas de la vida cotidiana en el cautiverio a modo de prueba de vida de los Born. Se veía a Juan con barba, sentado sobre una superficie redonda; sus brazos largos, entre las piernas, estrujaban una prenda sobre un balde pequeño a sus pies.
Otra imagen mostraba los dedos índice y medio de su mano derecha en
“V”, el signo de la victoria para la guerrilla peronista. El gesto se notaba forzado: el codo a la altura del hombro y la mano hacia la cara, casi un símbolo matemático más que una “V”. No obstante, los Montoneros escribieron en el epígrafe que “Juan Born reconoce la derrota del monopolio”.
Jorge aparecía con las piernas cruzadas de tal manera que lucía distinguido aún sin una camiseta siquiera, demacrado y con un cartel de Montoneros como fondo. En otra toma se lo veía con su pelo negro fino y algo enrulado bastante desprolijo, la cara afeitada y semidesnudo —apenas llevaba calzoncillos— mientras blandía una escoba. Apretaba demasiado la parte superior del palo: no era
muy ducho para barrer. Pero la torpeza del guardia que limpiaba el piso de su celda superaba la suya y lo exasperaba: no toleraba que el vigilante dejara la mugre en las juntas sin siquiera advertirlo.
— Le voy a enseñar a frotar el piso —lo había desafiado, siempre de usted
—. No tiene que ir y venir con el trapo, tiene que pasarlo siempre en la misma dirección.
En otra de las fotos sus brazos extendidos ilustraban su sesión de gimnasia.
Para sobrevivir, y para prevenir la distrofia muscular por la inmovilidad del encierro, Jorge se había propuesto ejercitarse media hora dos veces al día, una después del desayuno y otra antes de la última comida. Calculaba el tiempo con métodos caseros: si empezaba a transpirar, significaba que habían pasado ya diez minutos. También recurría a sus pulsaciones: las sabía de entre 60 y 65 por minuto. Su rutina arrancaba con un precalentamiento; seguía con un trote fuerte en el lugar, con las rodillas en alto, para estimular su actividad cardiovascular; luego realizaba flexiones y terminaba con algunas series de abdominales.
— A la larga el cuerpo se acostumbra a todo, pero si no hago ejercicio me vuelvo loco… Con lo que me dan de comer me faltan vitaminas. Esto me hace sentir bien —les explicaba a sus captores.
En efecto, el menú repetía demasiado carbohidratos como el arroz y los fideos. Las raciones le llegaban en una bandeja redonda, con un vaso de agua y una rodaja de pan lactal: en otra de las imágenes difundidas por Montoneros se lo veía comer en una mesita de fórmica de medio metro de ancho, adosada con ménsulas a la pared.
CAUSA JUDICIAL Nº 26.094
Jorge Born en cautiverio ilustra a los Montoneros sobre su pericia en el uso de la escoba.
Una vez que le llevaron carne, el cuchillo se torció. El guardia le llamó la atención con un reto virulento: tenía que cuidar las cosas que le proveían.
— El cuchillo que usted me ha dado es una porquería, no sirve para nada, y la carne está dura —se defendió.
Juan ni siquiera quería comer. Podía ser falta de apetito o una forma de rebelión: por la razón que fuere, su fragilidad complicaba a los custodios mucho más que el comportamiento adaptado de Jorge. El nerviosismo constante de Juan alzaba una barrera infranqueable para sus carceleros: no quería o no podía —lo mismo daba— dejarse manejar o fingirlo. No se acomodaba al plan. El video de Quieto, desde luego, creaba otro relato:
“Ya se han adaptado completamente, aunque ninguno de los detenidos cambió para nada las ideas con las que entraron. Eso sí: desde ahora y para siempre saben que la justicia popular puede llegarles directamente, que tarde o temprano serán castigados por la explotación que ellos representan y aprovechan…”
Notas:
4 Juan Bautista el Tata Yofre, titular de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) durante el gobierno de Carlos Menem, echó a rodar la
versión de que Garré había sido carcelera de Born después de que Néstor Kirchner la nombrara ministra de Defensa, en el año 2005. Born encontró verosímil la versión de Yofre, pero nunca pudo aportar datos que la sustentaran. Consultada para este libro por correo electrónico, Garré respondió: “Nunca pertenecí a la Organización Montoneros y la versión es un disparate. A Born no lo conozco.
Evidentemente fue engañado por Galimberti y Yofre con información absolutamente falsa cuya intención no entiendo. En ese momento yo era diputada nacional. Mi vida y mi actividad eran públicas, situación absolutamente incompatible con los compromisos que requiere la custodia de una persona secuestrada”.
5 José Pepe Nun, abogado y politólogo, fue secretario de Cultura de la Nación, designado por el presidente Néstor Kirchner y luego ratificado por Cristina Kirchner, entre 2004 y 2009.
6 Roberto Baschetti, Francisco Paco Urondo, De la poesía al combate, EDUCO, Universidad Nacional del Comahue, Neuquén, 2014, pp. 49-50.
CAPÍTULO 4
Finales de octubre de 1974
El juicio político
El secuestro de Juan y Jorge Born obedecía a una sola razón: dinero. Los Montoneros ya no pretendían vengar la historia, como había ocurrido con Pedro Eugenio Aramburu. Pero ¿qué organización revolucionaria podía reconocer un móvil venal?
Así los Montoneros revistieron a la Operación Mellizas de un sentido ético y heroico. “La historia de Bunge y Born —elaboraron en su Comunicado Nº 2, tres meses después del primero— es la historia de la explotación de nuestro pueblo, de maniobras monopólicas, de un poder económico al servicio de la dependencia, del desabastecimiento y el acaparamiento denunciado por el general [Juan Domingo] Perón el 12 de junio”.
Llamaron a los hermanos “dos exponentes del imperialismo y la oligarquía en la Argentina”.
Argumentaron que los habían puesto “bajo la justicia popular”. ¿El objetivo? Que devolvieran “parte de lo que han saqueado al país durante tantos años y luego de que este gobierno (en referencia al de Isabel Perón) pasara por alto las maniobras de acaparamiento, evasión de impuestos y explotación a los trabajadores de sus fábricas, que están llevando adelante en la actualidad”.
El veredicto del juicio político estaba escrito de antemano: los condenarían a pagar un rescate suculento, que resolvería de una vez los problemas financieros de los Montoneros. Pero los Born lo ignoraban. Sus captores querían que atravesaran todo el juicio bajo la sombra de Aramburu, con miedo a que al final los sentenciaran a muerte.
En el plano alegórico, también se meterían con las empresas: exigirían una serie de concesiones en las paritarias y mejoras en las condiciones de empleo. Los obreros de Bunge y Born obtendrían ventajas que —suponían
— los harían simpatizar con la causa guerrillera.
Antes de difundir la sentencia se dispuso una puesta en escena que transformó a los integrantes de la jerarquía montonera en los jueces de la única multinacional de origen argentino: el símbolo de que la revolución era posible. Con la Operación Mellizas, los Montoneros demostraron a sus militantes que, aún en la clandestinidad, eran capaces de grandes proezas.
Los herederos del grupo económico más poderoso del país se encontraban en sus manos, fuera del alcance de las fuerzas de seguridad y de las patotas parapoliciales de la Triple A. Y sometidos a su veredicto.
La organización guerrillera había fijado en sus estatutos severos procedimientos formales para el caso. Se debía constituir un tribunal y someter a los hermanos a una serie de interrogatorios, de los cuales Horacio Petrus Campiglia y Rodolfo Walsh, del Servicio de Informaciones, esperaban obtener datos adicionales sobre el grupo que pudieran servir para cobrar el rescate.
La base de la acusación que enfrentarían los hermanos fue publicada en el órgano de propaganda Evita Montonera:
“Todos oímos hablar de Bunge y Born, pero ¿cuántos tenemos siquiera una idea de lo que es Bunge y Born?
Bunge y Born es el intermediario oculto pero obligado en la compra y venta de casi el todo el grano —trigo, maíz; todos los cereales— que se produce en el país, y se queda con la tajada correspondiente. En el primer gobierno peronista era el Estado el que canalizaba los granos a través del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI). Esta conquista fue destruida por la revolución gorila de 1955, favoreciendo nuevamente a la empresa monopólica.
Bunge y Born también es dueña de los mayores algodonales, de las principales hilanderías y las grandes fábricas de ropa. Bunge y Born domina la industria textil: el algodón en el campo y la camiseta en el mostrador tienen el precio que Bunge y Born decide. Controla el proceso de industrialización de su propio algodón y también el de los pequeños y medianos agricultores y puede de este modo imponerles los precios que más le convienen.
Pequeñas y medianas empresas de conservas de tomates, arvejas, porotos, frutas, etcétera, recibían sus latas de envases de La Centenera. El día que estas empresas no pudieron hacer frente a sus pagos, Bunge y Born las compró y creó la Compañía Envasadora Argentina [CEA].
Ahora monopoliza todo lo que es lata, fabrica cuanto tarro y tarrito, cuanto tambor y aerosol compramos en la ferretería, en la perfumería o en las estaciones de servicio.
Bunge y Born maneja también la industria alimenticia: el aceite y los fideos, la margarina y el arroz, la harina y los dulces, los artículos de limpieza, las galletitas, son todos suyos (…).
Esto no es todo: Bunge y Born tiene la mayor fábrica de pinturas del país y una gran industria química, y empresas de seguros, y empresas que venden
casas, campos y ganado, y empresas forestales, y empresas financieras que son empresas de usura con nombre fino.
Como si todo esto fuera poco, Bunge y Born tiene tierras, pero no una tierra más o menos grande. No. La tierra de Bunge y Born abarca 900.000
hectáreas distribuidas en todo el país.
Imaginen: todas juntas serían como un rectángulo largo como de Buenos Aires a Rosario y ancho como de Plaza de Mayo a Tigre.
Todo esto solo en Argentina.
Parece muchísimo, pero es solo una parte de lo que tiene Bunge y Born, porque Bunge y Born es grande en todas partes.
Calculen:
La Bunge y Born de Brasil es dos veces más grande que la de nuestro país.
Cabe ahora una pregunta:
¿De dónde salió tanta riqueza?
La respuesta es simple: Bunge y Born nació, se desarrolló y sigue creciendo a costa de la explotación de los trabajadores (…) Veinte mil personas trabajan como obreros o empleados de las empresas Bunge y Born en Argentina. La empresa gana en un año lo que todos estos trabajadores ganarían en ciento cuarenta años.
Además de robar al obrero, Bunge y Born arruina a los competidores. Los aplasta manejando precios o creando desabastecimiento.
Por último, como toda multinacional, Bunge y Born es un cáncer que corroe las bases mismas de la Nación. Porque Bunge y Born coimea a los funcionarios públicos para que hagan la vista gorda cuando eluden impuestos, cuando contrabandea, cuando burla las leyes laborales.
Bunge y Born no vacila en comprar ministros, y han estado en arreglos con cuanto presidente antipueblo hemos padecido.
Por todo esto, por ladrona y asesina de obreros, por ladrona y asesina del comercio y de la industria, por ladrona y asesina del país mismo, Montoneros decidió que Bunge y Born debía ser sometida a la Justicia popular y resolvió detener a los hermanos Jorge y Juan Born.”
Cuando le comunicaron, al cabo de las dos semanas de adaptación, que durante la siguiente etapa de su cautiverio tendría la oportunidad de presentar la defensa de la empresa ante los Montoneros, Jorge Born comentó con incredulidad:
— ¿Un juicio? Pero si ustedes son jueces y parte… ¿Qué es eso?
Le costaba comprender que en la cárcel del pueblo las reglas no se parecían a las que él, su familia y sus socios, como parte del poder, imponían y acataban en el mundo capitalista . Acaso las palabras sonaban iguales —
juicio, fallo, condena— pero el sentido se disolvía en algo del todo distinto.
Jorge y Juan debieron responder, por separado, a los cargos que les formularon. La acusación principal: haber sido un factor de desestabilización durante los gobiernos de Perón.
Juan cooperó muy poco; en seguida dejaron de consultarlo.
A Jorge lo interrogaron en días salteados, hasta completar quince jornadas que le resultaban interminables. Las audiencias del juicio político revestían cierta ceremonia: en el escaso espacio disponible se colocaban dos sillas para los fiscales guerrilleros; Born respondía sentado en la cama,
con el cuerpo erguido.
Si bien todos los que abrían su puerta llevaban capuchas, aprendió a distinguir a quienes lo indagarían por los aires de importancia que se daban.
La prepotencia de sus modos y el trato reverencial de los guardias hacia ellos le hicieron pensar que se trataba de jefes de la organización.
Años más tarde, Rodolfo Galimberti contaría que él se había encargado en persona de hacer que Mario Firmenich ingresara a la cárcel de los hermanos. Roberto Perdía alegó, sin embargo, que los integrantes de la Conducción Nacional (CN) no habían llevado adelante los interrogatorios, ya que por razones de seguridad estaban más en Córdoba que en Buenos Aires.
Tras su ruptura con Perón, los Montoneros habían sufrido su primera gran escisión: la JP Lealtad, un grupo muy numeroso de militantes que no aceptaban el verticalismo de los dirigentes ni su afán de disputarle la conducción al presidente. El cisma no marcó una diferencia en las ideas centrales (los leales solo sabían a qué oponerse) pero dañó la seguridad de
todos, cada día más amenazada por la actividad creciente de la Triple A. La CN se alejó de la ciudad de Buenos Aires y los cuadros más importantes se alojaron en casas operativas en Córdoba, que supervisaba Horacio Mendizábal, integrante de la CN y responsable de esa zona.
CAUSA JUDICIAL Nº 26.094
Jorge Born durante los interrogatorios del juicio político de los Montoneros a Bunge y Born.
No obstante, algunas veces debieron verificar en persona cómo marchaba la operación más ambiciosa de la historia de la organización. Born siempre creyó que al menos un miembro de la cúpula fungió de fiscal. Años más tarde Rodolfo Galimberti apoyaría su sospecha: en los interrogatorios —
declaró— habían participado Roberto Perdía, Raúl Yäger y Juan Julio Roqué.
Durante el juicio político, Jorge Born repitió la actitud que había tenido frente al estudio: la del alumno aplicado que se esforzaba por obtener buenas notas que satisficieran al padre. Pidió que le facilitaran un cuaderno y una lapicera para escribir: quería tomar notas.
En ocasiones la cúpula de Montoneros le hizo llegar preguntas para que las despejase por escrito.
Con una letra cursiva pequeña y prolija, el secuestrado respondió consultas sobre el funcionamiento de sus empresas: los salarios, las condiciones de trabajo, el papel de los sindicatos y las comisiones internas, la rentabilidad.
En esos intercambios empleó algunos conceptos que había aprendido en la Escuela de Negocios de Wharton, de Filadelfia, en una universidad privada ivy league (las más antiguas y prestigiosas del país) donde lo había enviado su padre. Born obtuvo su diploma de Bachelor of Science in Economics en menos de cuatro años y con un promedio de distinguido: se destacó —como pretendía— gracias a la formación que había recibido en el Colegio Nacional de Buenos Aires, mucho más exigente que las high schools estadounidenses.
Luego el padre lo mandó a Europa para que conociera las oficinas de la empresa en Londres y en Amberes. El heredero debía profundizar su visión y familiarizarse con las innovaciones que el grupo había importado para sus fábricas.
Si a los Montoneros les preocupaba tanto la situación de los obreros —
pensó Born—, él debía hablarles de la planta porteña de Grandes Fábricas Argentinas (Grafa), la más importante del país en la manufactura de sábanas y frazadas.
— ¿Sabían que en Grafa tenemos una nursery, que fue la primera de la Argentina? Eva Perón la quiso conocer. Me acuerdo del día de su visita —
se jactó.
La hilandería, que se había originado en la compra de Textil Sudamericana, funcionaba en un predio enorme de Villa Pueyrredón, un barrio que había crecido alrededor, precisamente, de esa planta. Como allí trabajaban muchas obreras textiles jóvenes, Born II puso a funcionar —al estilo de las fábricas europeas— una guardería para el cuidado de sus hijos. Eva Perón se interesó por la novedad y la firma la invitó a recorrer las instalaciones.
Cuando llegó, la recibió la plana mayor.
Born II había llevado a su hijo. Y ahora Born III, cautivo de un grupo de guerrilleros que exaltaban la memoria de esa mujer, apelaba a aquel recuerdo.
En vano: los Montoneros no se dejaron impresionar. Sin siquiera abrir un paréntesis breve para la anécdota, le reprocharon que Molinos Río de la Plata privaba a sus empleados de derechos elementales. No por mala performance: mientras él yacía en Piojo 2, la empresa concentraba la venta del 21 por ciento de la harina que se consumía en el país, el 23 por ciento del aceite, el 20 por ciento del arroz, el 19 por ciento de la yerba mate y el 15 por ciento de los alimentos balanceados.7
Molinos Río de la Plata funcionaba, desde 1902, en el Dique III de Puerto Madero, una zona que aún no había sido urbanizada pese a su cercanía al centro, que años más tarde se convertiría en el gran negocio inmobiliario de un barrio lujoso. A comienzos de siglo, Bunge y Born montó un molino
harinero y ganó una licitación que le permitió desarrollar un complejo de elevadores —por entonces una obra de ingeniería de vanguardia— para manipular el trigo que llegaba por la red ferroviaria hasta el puerto, que funcionó allí durante treinta años, y desde donde la empresa creció hasta dominar el mercado de las harinas.
En 1919, el Partido Socialista impulsó en la Cámara de Diputados una Comisión Investigadora sobre Trust, con la intención de denunciar las prácticas monopólicas de Bunge y Born. En las primeras audiencias el diputado Nicolás Repetto alertó que el censo mostraba una reducción drástica del número de molinos en el país, y del personal que ocupaban, y señaló un responsable: Molinos Río de la Plata y la integración que le permitía su ubicación privilegiada.
“La construcción de este molino —dijo Repetto— permite elaborar anualmente una cantidad mayor que la consumida en toda la República. El trust harinero se ha visto en la obligación de comprar los principales molinos del país, para evitar la competencia; y cuando no los ha podido comprar, por ejemplo, en el caso de Córdoba con el Molino Minetti, entonces el trust ha construido un molino tan grande o mayor”.
Juan B. Justo presidió la comisión ante la cual testificaron varios empresarios harineros, corredores de la Bolsa de Cereales y compradores de harina. Marcos Stanich, un ex empleado de Molinos, denunció que la compañía se había quedado con los molinos de sus competidores a través de la práctica desleal del dumping. Dijo que elegían la zona a conquistar y que allí compraban el trigo a un precio superior y luego vendían la harina por debajo del precio del mercado, hasta arruinar al dueño del molino local.
La comisión produjo un informe sin más consecuencias que la publicidad de esas prácticas.
Molinos Río de la Plata continuó su expansión hasta convertirse en la empresa líder en alimentos: sumó la producción de aceite, de arroz, de yerba mate y de alimentos balanceados, y más adelante en el tiempo de harina leudante, gelatina y mezcla para bizcochuelos.
Al igual que los socialistas a comienzos de siglo, los Montoneros acusaron a Bunge y Born de haber abusado de su posición dominante, con una diferencia de importancia: la denuncia ahora tramitaba por afuera de las instituciones republicanas, a las cuales los jóvenes revolucionarios no le encontraban valor alguno.
No podían verlo de otro modo. Habían crecido durante décadas de gobiernos civiles débiles y golpes militares. Si bien ellos mismos habían sido protagonistas de las tensiones y la violencia que consumió a la última presidencia de Perón, Montoneros culpaba a Bunge y Born de haber acopiado alimentos en 1974 para desestabilizar el tercer gobierno justicialista.
Además, el monstruo se había expandido sin sumar comodidades para sus trabajadores: faltaba un comedor, por caso. Molinos Río de la Plata tendría que instalarlo si pretendía la liberación de los empresarios.
Jorge Born tomó nota en su cuaderno.
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La acusación básica de los guerrilleros —que los directivos de Bunge y Born habían apoyado el golpe de 1955— se sustentaba en la historia. Perón había tomado medidas que afectaron, y mucho, los intereses de las grandes compañías cerealeras.
Cuando Perón asumió su primera presidencia, el mundo salía de la Segunda Guerra Mundial: el contexto resultaba más que favorable para las exportaciones argentinas; en particular para los granos, cuyas ventas se concentraban en pocas manos.
Cuatro compañías exportadoras —Bunge y Born, Luis Dreyfus y Cía, La Plata Cereal Co. y Louis Ridder Ltda.— acaparaban el 90 por ciento de la producción. Esas grandes compañías cerealeras se habían impuesto como intermediarias de los productores pequeños y medianos. Bunge y Born, además se destacaba entre ellas porque operaba en Puerto Madero con tecnología y acopiadoras sin par y poseía la Compañía Industrial de Bolsas, con la que se autoabastecía de los envoltorios de yute que se utilizaban en el transporte de los cereales.
En febrero de 1946 Perón puso en marcha el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), que centralizó los movimientos del comercio exterior. En algunos sectores de la producción el IAPI funcionó como un intermediario; en el comercio de trigo, en cambio, actuó como único comprador para los productores y único exportador de la cosecha argentina al mundo.
El radicalismo, el principal partido de la oposición, denunció que la intermediación del IAPI ofrecía negocios fabulosos a los funcionarios corruptos que intervenían en la compra de maquinaria del exterior y en la liquidación de divisas. Los dirigentes peronistas alegaron que la Unión Cívica Radical defendía los intereses del sector agrario concentrado, que pagaba a los productores pequeños y medianos un precio menor al que obtenía en el exterior.
Afiche del IAPI, único comprador y exportador de granos durante el gobierno de Perón.
La puesta en marcha del IAPI y luego la nacionalización de los puertos que impulsó Perón redujo drásticamente la participación de Bunge y Born en el comercio exterior.
Durante la década entera del gobierno justicialista el valor total de las exportaciones del grupo resultó inferior a la facturación de tan solo un año, 1929.8
A pesar de la caída en sus operaciones desde la Argentina, el grupo mantuvo el liderazgo en el comercio de granos, ya que a nivel internacional había consolidado su posición en los Estados Unidos y contaba con presencia en cinco continentes.
En 1955, tras la expulsión de Perón del poder, el IAPI dejó de existir: los militares de la llamada Revolución Libertadora revirtieron las medidas en
un parpadeo.
En La Maison celebraron.
Curiosamente, otras políticas del peronismo beneficiaron los intereses de Bunge y Born. Un tema que no se discutió en el juicio político.
Con el impulso de Alfredo Hirsch el grupo había incursionado con mucho éxito en sectores de la producción industrial con pocos competidores grandes dentro de la Argentina. La diversificación cubrió actividades diversas: alimentos (Molinos Río de la Plata), envases de hojalata (Centenera), pinturas (Alba), textiles (Grafa); ácido sulfúrico, cloro líquido y fertilizantes (Compañía Química), entre otras.
Al aumentar el poder adquisitivo de las clases populares —por ejemplo, con el aguinaldo, que representaba un salario más al año— el justicialismo había hecho crecer el mercado interno, que Bunge y Born atendía. Aunque sus balances mejoraran, los principales gerentes del grupo, de pensamiento económico liberal, desconfiaban del populismo de Perón.
Ante la adversidad del IAPI, Born II y Hirsch cambiaron la dirección y el criterio de sus inversiones fuera de la Argentina. Hasta entonces solo se habían movido hacia otros países para comprar molinos cuando les colocaban barreras a la importación que les impedían ingresar en esos mercados. Con Perón al poder, el grupo inició un proceso de instalación en Brasil que en pocos años volvería a la compañía binacional.
Con la Sociedad Algodonera del Norte Brasileño (Sanbra), la S.A. Molinos Río Grande (Samrig) y Molinos Santista, Bunge y Born ganó protagonismo en rubros estratégicos en el país con mayor población de América del Sur.
El grupo entró con fuerza en la elaboración y venta de alimentos para animales; también desarrolló las técnicas para cultivar una oleaginosa poco conocida entonces, la soja, que se sumaría a la producción de trigo y de algodón.
Y fue durante otro gobierno justicialista, el de Isabel Perón, décadas más tarde, cuando Bunge y Born decidió llevar la cabecera de la compañía de
Buenos Aires a San Pablo, el corazón industrial de Brasil. El secuestro de los herederos decidió la mudanza definitiva.
Los Montoneros le insistían a Jorge Born con preguntas sobre las relaciones de los gerentes con el poder político: querían demostrar que el crecimiento del grupo le debía tanto a las relaciones corruptas con los gobiernos sucesivos como a sus prácticas comerciales desleales.
Él trató de convencerlos de que Bunge y Born se manejaba con autonomía del poder de turno. Por una decisión que se había respetado desde los inicios —explicó— ninguna de sus empresas se presentaba a licitaciones públicas ni firmaba contratos como proveedores de gobiernos a nivel nacional, provincial o municipal. Debían saber que era una compañía internacional con negocios en Europa y los Estados Unidos que cuidaba mucho su imagen, les machacó.
Los Montoneros ignoraron esos argumentos.
Se propusieron demostrar que Bunge y Born se había beneficiado de las regulaciones (o de su ausencia) allí donde sus empresas monopolizaban o dominaban un rubro. Habían especulado también con las divisas: en un país con inflación, inestabilidad económica y fluctuación cambiaria, las operaciones de comercio exterior de gran volumen les permitían hacer diferencia enorme si liquidaban las exportaciones en el momento más conveniente (para ellos, y menos para las arcas nacionales), lo cual solo requería información privilegiada del Banco Central o del Ministerio de Economía.
¿Autonomía del poder de turno? Inverosímil, machacaban los interrogadores.
En distintas sesiones —algunas de las cuales grabó la División Audiovisual de Montoneros—
Jorge debió responder sobre la relación del grupo con los gobiernos, las Fuerzas Armadas, los sindicatos y los medios de comunicación.
De su confesión surgía que por Mario Hirsch, volcado a las relaciones públicas de alto nivel, se mantenían vínculos aceitados con políticos y militares de todos los colores.
Los orígenes sociales los unían a José Alfredo Martínez de Hoz y Álvaro Alsogaray, dos ministros de José María Guido, el frontman del golpe que en 1962 había derrocado al radical intransigente Arturo Frondizi. Cuando al año siguiente —el peronismo siempre proscripto— resultó electo Arturo Illia, líder de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), Born II se hizo el hábito de visitar la Casa Rosada. El presidente y el empresario solían conversar en el balcón con vista a la Plaza de Mayo.
CAUSA JUDICIAL Nº 26.094
El Servicio Audiovisual de los Montoneros grabó algunas jornadas del juicio político.
— Se llevaban muy bien. Y mi padre lo aconsejaba. La relación con el gobierno radical era importante porque en ese tiempo gestionábamos la autorización para Grafa en Santiago del Estero —
declaró Jorge en el juicio político.
Con los años, la producción de la empresa se había expandido de sábanas y frazadas a la confección de ropa de trabajo, toallas y manteles. Para la radicación de sus plantas nuevas se habían elegido provincias que ofrecieran regímenes de promoción industrial con ventajas impositivas: Santiago del Estero primero, y luego Tucumán.
El golpe que desplazó a Illia en 1966 no recibió —como otros— el solo aliento de empresarios y militares. También los medios de comunicación participaron, al insistir casi todos con un retrato del presidente radical que lo equiparaba con una tortuga. Y a pesar de la amistad con Illia, los directivos de Bunge y Born apoyaron la llegada de los militares que interrumpieron su mandato.
Antes de nombrar como ministro de Economía a Adalbert Krieger Vasena, el general golpista Juan Carlos Onganía consultó la opinión de Hirsch. La casa del vicepresidente de Bunge y Born, sobre la Avenida del Libertador al 2000, funcionaba como un polo de gestiones reservadas con las máximas autoridades del país. Si Hirsch padre había impulsado la diversificación de la compañía e iniciado las relaciones públicas, su hijo Mario había desarrollado las cualidades de un lobbysta sofisticado que sabía cómo tratar con el poder de turno en beneficio de los negocios.
Tanto que, en su relato, Jorge Born dejó traslucir su admiración:
—A Onganía lo apoyamos porque era la primera vez en muchos años que un gobierno se mostraba decidido a realizar una gestión correcta basada en la eficiencia, no en la política. Onganía le preguntó a Hirsch por Krieger Vasena y también sobre otros asuntos económicos. Con Krieger Vasena hubo una relación estrecha y continua mientras fue ministro.
— ¿De qué modo?
—[Egidio] Ianella [presidente del Banco Central] nos anticipaba el monto de los créditos de Bunge y Born para que se pudieran planificar las adquisiciones de cereales y algodón a los productores.
También nos anticipaba la evolución de la política cambiaria: algo muy útil.
Contra tanta sinceridad, su narrativa de la corrupción política se encuadró en la hipocresía propia del empresariado argentino, que depositaba toda la culpa sobre los funcionarios sin cuestionar su propio papel. Pagar coimas parecía una imposición necesaria…
Born III dijo primero:
— El problema con los políticos es uno solo: ¡todos vienen a pedirnos plata!
Y luego agregó, con una suerte de ingenuidad:
—Y a ninguno se la negamos, según el sistema de representación proporcional: más voz, más dinero.
Con el mismo tono —como si el empresario fuese una víctima de la corrupción y no su contraparte imprescindible— Born se quejó de los pagos ilegales que les demandaba Carlos Moyano Llerena, el ministro de Economía del general Roberto Levingston, quien sucedió a Onganía.
—Moyano Llerena nos apoyaba pero era muy coimero. Había que poner mucha plata en el Ministerio de Economía y en las secretarías de todas las áreas. En esa época implementamos un sistema de pagos por medio de abogados.
Hirsch se podía amoldar más allá de las barreras ideológicas si eso era necesario para encontrar puntos de acuerdo. Ocurrió con José Ber Gelbard, el ministro de Economía de Cámpora y del tercer gobierno de Perón, hombre cercano a los Montoneros. En 1973 Gelbard impulsó una Ley de Granos en un nuevo intento —en teoría— por debilitar el poder de las grandes cerealeras. Al mismo tiempo, le indicó a Bunge y Born el camino para burlar la ley.
— Cuando salió la Ley de Granos, que prohibió realizar todas las operaciones (acopio y exportaciones) a una misma empresa, el mismo Gelbard nos aconsejó que creáramos empresas fantasmas para realizar el acopio.
—¿Y qué hicieron?
—Fundamos dos empresas: Granos Argentinos S.A. y E. Martínez para el acopio de granos. Esas empresas son fachadas de Bunge y Born que nos permiten realizar las operaciones igual que antes
— reveló Born.
Los Montoneros ahondaron en la relación de la empresa con las comisiones internas y con los jefes de los sindicatos que agrupaban a los trabajadores de sus fábricas. Querían un testimonio que pusiera en evidencia la complicidad de la burocracia sindical con la patronal.
Hacia 1974, la proyección de la izquierda en los ámbitos gremiales había perdido fuerza. Una cuestión en sí y además un síntoma: se cerraba un ciclo.
Si a finales de la década de 1960 la Central General de Trabajadores (CGT) se había dividido, como reflejo del surgimiento de las posiciones más combativas de Raimundo Ongaro (quien condujo la fracción de la CGT de los Argentinos contra el sindicalismo que pactó con Onganía y la ortodoxia), durante el tercer gobierno de Perón, ya asesinados Augusto Vandor y José Ignacio Rucci, la CGT recuperó la unidad y los dirigentes más luchadores perdieron representación ante el poder de la burocracia sindical.
El peronismo había creado un modelo de gremios únicos por rama, con una democracia interna muy acotada y sin representación de las minorías. Eso desalentaba la competencia y favorecía las reelecciones indefinidas de los líderes. Solo en un puñado de fábricas los delegados más comprometidos conseguían lugares en las comisiones internas. Y generaban una alianza inconfesable: tanto para los empresarios como para la conducción gremial, esos delegados díscolos constituían un adversario en común.
Born lo explicó con sencillez: la pérdida de poder de los gremialistas desprestigiados ocasionaba problemas serios en las empresas del grupo.
Música para los oídos de la CN. La multinacional mantenía una buena interlocución con los dirigentes nacionales de los sindicatos la Unión
Obrera Metalúrgica (UOM, de Lorenzo Miguel), la Asociación Obrera Textil (AOT, de Casildo Herrera) o la Federación Aceitera (de Estanislao Rosales).
La conflictividad —admitió el secuestrado— resultaba mucho más alta en las plantas que escapaban al control de esos dirigentes:
— Tenemos relaciones directas con ellos por medio de los gerentes y los directores. Pero a veces no controlan las comisiones internas, como pasó en Molinos. Allí tuvimos más problemas gremiales porque no contábamos con la comisión, y Rosales no podía hacer nada… Estaba tan desprestigiado que preferíamos conversar directamente con los delegados de la fábrica para terminar con las huelgas. Lo mismo se produjo en Alba y en Compañía Química: los delegados exigían cambios que nos vimos obligados a aceptar. A Herreras le aconsejamos que no visitase las dos Grafas porque lo iban a sacar a patadas.
Un golpe fuerte, pero apenas premonitorio de la losa que se echaría encima el sindicalista que corrió a Uruguay un día antes del golpe de Estado del 24
de marzo de 1976. Herreras había empezado a trabajar en la Grafa original a los diecisiete años. De la comisión interna había escalado a la conducción en la AOT. Con el aval de Miguel —continuador de Vandor en la UOM—, llegó a la conducción de la GGT en enero de 1975. Pero tres meses más tarde aterrizó en Montevideo: “¿Qué pasa en Buenos Aires, Herreras?”, le preguntó la prensa. “Ah, no sé… ¡Yo me borré!”.
Los Montoneros explotaron las confesiones de Born para cargar contra los jefes sindicales, quienes les habían ganado casi todas las batallas. La voz en off del video que produjo Quieto concluía:
“Para Bunge y Born, tener buenas relaciones no significa tomar juntos un café. Para Bunge y Born tener buenas relaciones con un sindicalista significa que el sindicalista, a cambio de unos cuantos pesos y ayudado por matones, traiciona a los obreros impidiendo que hagan huelga.