Born

Maria O'Donnell · Capítulo 1 de 1 · parte 6/11

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Born

.1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

CONSISTENTE EN LA ENTREGA A MONTONEROS DE LA SUMA DE PESOS 1.000.000.000

MENSUALES, CANTIDAD QUE CUBRIRÁ LAS NECESIDADES DE

LA ORGANIZACIÓN.

AL RESPECTO LA CONDUCCIÓN NACIONAL ESTIMARÍA QUE

BORN TENDRÍAN

DINERO PARA MANTENER A ESTA ORGANIZACIÓN POR 3 O 4

AÑOS, TIEMPO

NECESARIO

PARA

TRABAJAR

SIN

PROBLEMAS

ECONÓMICOS

PARA

LA

ESTRUCTURACIÓN DE SU RAMA POLÍTICA A NIVEL NACIONAL.

DICHAS NEGOCIACIONES LAS HABRÍA REALIZADO FIRMENICH

PERSONALMENTE

CON DIRECTIVOS DE LA MENCIONADA EMPRESA, QUIENES EN

PRINCIPIO NO

HABRÍAN ACEPTADO PAGAR LA CANTIDAD DE DINERO

EXPRESADA, PERO ANTE EL

ASESINATO DE DOS DE SUS GERENTES, HABRÍAN LOGRADO EL

ACUERDO.

ORIGEN: PROPIOS MEDIOS”

Al día siguiente el diario Clarín tituló: “Los presidentes de Argentina y Chile acordaron incrementar el intercambio comercial y acelerar el proceso de integración regional”. Nada informó sobre los detenidos.

Tiempo después el local de la parrilla ardió a causa de un incendio intencional. Muy pocos pudieron desentrañar el misterio.

Tras la caída de los hombres de la Columna Oeste, los Montoneros aceleraron su trato con Graiver.

El banquero ya había puesto un pie en el sistema financiero de Nueva York con la compra del Century National Bank, que figuraba a nombre de su padre. Había alquilado un piso amplio en la Quinta Avenida y tramitaba la adquisición de la mayoría del paquete accionario del American Bank and Trust (ABT), valuado en 60 millones de dólares. Del ABT había obtenido el crédito para adquirir una parte del CNB: sin el capital necesario para crecer tan del golpe, Dudi practicaba maniobras financieras arriesgadas, como tomar un crédito de una institución a la que pensaba comprar: una suerte de autopréstamo a futuro. La Superintendencia de Bancos de la Reserva Federal debía autorizar la operación, pero antes Graiver necesitaba asegurarse la plata de los Montoneros: con el botín de los Born pagaría el resto de las acciones que necesitaba para conseguir el control del ABT.

Quieto se reunió dos veces con el banquero en una quinta de San Isidro, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Urgidos como estaban ambos, no demoraron en ponerse de acuerdo.

En nombre de la conducción, Raúl Yäger informó a Magario que la entrega siguiente se concretaría en Suiza. El 12 de junio de 1975 debía marchar hacia allí. Partió con su verdadera identidad a España y en Madrid asumió una identidad falsa para seguir rumbo a Ginebra. De parte de Bunge y Born viajó Carlos Jacoby, un directivo del grupo, quien se encargaría de conseguir un camión de caudales que recorriera los 280 kilómetros desde Zürich, donde se encontraba la financiera del grupo, hasta Ginebra.

En uno de los mejores hoteles de la ciudad, el jefe de Finanzas esperó durante algunos días la señal de que la operación estaba en marcha. Como en una película, recibió los dólares de los Born en un intercambio de valijas en el estacionamiento del hotel, ubicado en el subsuelo. Con el baúl de su Volvo cargado, Magario se dirigió a un departamento que habían alquilado para contar los billetes en la tranquilidad de un ámbito privado.

Por sugerencia del secuestrado Jorge Born había solicitado billetes de muy baja denominación, partiendo de los de cinco dólares que ya no circulaban en cantidad en casi ninguna parte del mundo, salvo en África. Los depósitos quedaban protegidos por el secreto bancario suizo y no se sometían a ninguna regulación antilavado.

Las normas, tan laxas, permitían que se aceptaran depósitos sin exigir copias de los documentos de los titulares de las cuentas o de las sociedades que las movían. Pero la caída de Saigón en el mes de abril había disparado una fuga de capitales de Vietnam del Sur que había colocado a Suiza bajo presión internacional para que ejerciera algún tipo de control. Era ya un número clásico que el dinero corriese a buscar refugio dentro de sus fronteras.

Desde Nueva York, Graiver puso a Magario en contacto con un matrimonio de judíos húngaros —

cuyo nombre nunca le fue revelado— que corroboró la autenticidad de los billetes. La pareja, que hablaba un castellano fluido, acompañó a Magario a la Union de Banques Suisses (UBS), una oficina distinguida sin ventanillas ni atención al público. Alquiló una caja de seguridad para dejar las valijas y abrió una cuenta a nombre de Empresas Catalanas Asociadas S.A., una sociedad que Graiver había creado el 3 de junio de 1975 en Panamá, según Juan Gasparini, sucesor de Magario como jefe de Finanzas de Montoneros, quien conservó los papeles probatorios.16

El financista de los Montoneros ordenó desde Nueva York que hicieran una prueba con un depósito y una primera transferencia hacia la entidad Banque pour L’Amérique Du Sud, en Bélgica, que era de su propiedad. El depósito del 6 de junio pasó la prueba: el número de serie de los billetes no figuraba en ningún listado de dólares sospechados de circular entre traficantes necesitados de lavado. Sin embargo, UBS no autorizó el giro a Bélgica: entrar los fondos a Suiza era más fácil que sacarlos.

Para mover dinero de la cuenta en tan poco tiempo, el banco exigió una serie de avales.

Magario mandó a los Montoneros un mensaje en clave por télex para informar sobre el inconveniente. Graiver lo supo; urgido por sus propias ambiciones, le dijo a Quieto que tomaría un avión desde Nueva York para supervisar en persona que la operación concluyera con éxito. Si los bancos suizos no le tomaban la plata a los Montoneros no había de qué preocuparse: él la ingresaría en los Estados Unidos en la bodega de su avión privado.

Graiver encontró a Magario en el lobby del hotel en Ginebra. El guerrillero se sintió un poco inhibido por la cantidad de gente de aspecto importante a la que el banquero saludaba con familiaridad. Conoció entonces los planes nuevos.

— Hay que sacar los billetes de la caja y entregárselos al húngaro.

— ¿Y qué pasa entonces, Dudi? —preguntó Magario.

— De ahí en más, no te preocupes: yo me encargo del resto.

Jorge Born se enteraba de los progresos, pero ninguna noticia le compensaba la desmejora de sus condiciones. Desde la liberación de su hermano lo movían de un lado a otro con una frecuencia notable. Para cada traslado lo obligaban a tomar una cantidad de ansiolíticos que lo aplastaban.

—¿Para qué me tienen que dejar boleado? No hace falta tanto.

Sus quejas no cambiaron la dieta: unas cuantas pastillas de cinco miligramos a la mañana y otras a la tarde, que nunca lograba contar porque todavía le duraba el mareo de la primera dosis. La llegada del Valium le anticipaba que lo esperaba otra mudanza.

Born III caía en un estado de semi inconciencia del cual solo se terminaba de recuperar al cabo de tres días. Lo cargaban entre varios y lo arrojaban, acostado, en la parte trasera de una camioneta, debajo de una lona. Sentía su cuerpo, con los músculos relajados por efecto del diazepam, en contacto con la chapa fría; escuchaba el ruido del motor, que arrancaba en seguida para evitar que algún vecino inoportuno observara esos movimientos extraños. Algunos viajes le resultaban cortos, otros demasiado extensos. En todo caso, casi no confiaba en su percepción: perdía la idea del tiempo en seguida.

En algunos traslados le tocaba el privilegio de viajar sentado en el asiento trasero. En esos casos volvían a colocarle algodones sobre los ojos, que sostenían unos anteojos con los vidrios pintados de negro.

—¿Por qué se toman tanto trabajo para que no vea, si el Valium me deja grogui?

El efecto de las pastillas lo afectaba más allá del momento: había calculado que su cuerpo tardaba tres días en desintoxicarse. Y apenas recuperaba la lucidez plena y empezaba a reconocer su nuevo espacio de clausura aparecía el riesgo de un nuevo traslado... Le temía a la acumulación de la droga en su sistema: sentía la necesidad de estar despierto.

Cuando creía que ya habían terminado con las discusiones estériles, los Montoneros lo sorprendieron con una de las chiquilanadas que tanto lo impacientaban.

—Bunge y Born debe colocar bustos de Perón y de Evita, uno de cada uno, en el hall central de su cada fábrica del grupo, en diez plantas por lo menos.

—¿Qué?

—Lo que oyó. Nada nuevo: en la sentencia de su juicio político se estableció que, además de pagar el rescate, la compañía debía cumplir con otras condiciones.

Había llegado el momento de discutirlas.

En su cabeza Born repitió el reclamo inverosímil. Estatuas de Perón y Evita a modo de reparación histórica por el daño que el grupo le había causado al peronismo al apoyar la llamada Revolución Libertadora. Pero no conseguía aceptar la seriedad de la demanda.

Se burló de esta prueba adicional de la ignorancia que los Montoneros adolecían, desde su perspectiva, en materia de realidad. Ni siquiera sabían cuánto demoraba la producción de los bustos que pedían como condición para su libertad.

— ¿De dónde los vamos a sacar? ¿Cuántos escultores vamos a necesitar?

Ustedes no saben de qué hablan.

—Bunge y Born debe colocar bustos de Perón y de Evita, uno de cada uno, en el hall central de cada fábrica del grupo, en diez plantas por lo menos

—le repitieron, como un disco rayado.

—A ver, analicemos. ¿Qué material habría que utilizar? ¿Madera para tallar, cerámica para moldear, piedra para esculpir? Un busto no se hace en media hora: hay que calcular no menos de una semana por cada uno, quince días por par. ¡No vamos a terminar nunca!

Los Montoneros advirtieron que los bustos sumaban un tiempo descomunal al cumplimiento de sus exigencias, un tiempo del cual ya no disponían.

Moderaron sus peticiones y cerraron trato: dos pares de bustos, a colocar en el ingreso a la planta principal de Molinos Río de la Plata, en Puerto Madero, y en el lugar equivalente de la fábrica de pinturas Alba. El resto de las instalaciones se podría arreglar con una fotografía de Perón y Evita y un manifiesto que los jefes de cada planta debían colocar en la cartelera principal.

El secuestrado no se debía preocupar por las solicitadas que Bunge y Born debía publicar en medios extranjeros de prestigio: ya le habían hecho llegar al padre el texto (que le mostraron a él en ese momento) y negociaban una introducción para que la compañía deslindara toda responsabilidad sobre su contenido.

— ¿Qué sentido tiene? Eso no lo lee nadie… ¡Además ustedes escriben tan largo que hay que usar una letra diminuta, no se entiende nada! A ver, un poco de sentido común: nada de esto importa en Francia, en los Estados Unidos o en Italia. ¿Y quiénes se van a encargar de las traducciones?

Los Montoneros le explicaron que nunca un grupo guerrillero, en ninguna parte del mundo, había obtenido tanto dinero de una multinacional a partir de un secuestro. Eso era una noticia, una noticia tremenda que mucha gente iba a valorar. Y ellos se querían garantizar la repercusión internacional para multiplicar ese interés.

Born III calculó que a su padre esas publicaciones le costarían poco y archivó el tema en su cajón mental de sandeces de los Montoneros. Decidió concentrar sus energías en otra discusión. La exigencia de repartir

mercadería por un valor total de un millón de dólares en barrios carenciados de todo el país le parecía más difícil de cumplir.

La estrategia de los Montoneros para congraciarse con los obreros de las fábricas planteaba un desafío de logística importante: involucraba camiones dispersos por todo el país, el acopio de la mercadería y el reparto con un plan que evitara la interferencia de la policía.

Desde el cautiverio Born había enviado cartas a los gerentes de las empresas de alimentos y de textiles del grupo, para que comenzaran a organizar qué variedad de mercadería colocarían en los camiones y cómo se las ingeniarían para coordinar la distribución simultánea en distintos puntos del país. Bunge y Born había puesto como condición que el reparto se hiciera a través de su fundación: la empresa no quería sentar un antecedente para que otros grupos guerrilleros presionaran sobre sus empresas.

La primera sugerencia de los Montoneros había sido que la distribución se hiciera en la Villa de Retiro, donde había misionado el padre Carlos Mujica.

— No creo que ahí quieran recibir nada de nuestra compañía. Cuando mandamos donaciones, Mujica nos dijo que no quería nada de Bunge y Born y nos mandó a mudar.

Los Montoneros elaboraron un listado con cien ubicaciones estratégicas en distintos puntos del país (barrios marginales, los cordones industriales en las afueras de los grandes centros urbanos y las fábricas en las que tenían algún grado de influencia sobre las comisiones internas) y la hicieron llegar a la Fundación Bunge y Born. Así comenzó la coordinación del operativo.

En la madrugada del 21 de junio de 1975, antes de que saliera el sol, los camiones que la compañía había alquilado y que manejaban militantes montoneros vestidos con overol ingresaron en el Barrio Colonia Lola (en las afueras de Córdoba) y en muchas villas y zonas aledañas a las fábricas de todo el país. Despertaron a los vecinos para repartir botellas de aceite, cajas de arroz, conservas de frutas y verduras, mermeladas, cuadernos, delantales y frazadas.

Sonaban las bocinas y mientras arengaban con sus megáfonos:

—¡Compañeros! ¡¡Vengan!! ¡¡Tomen!! Aquí se les devuelve lo que el gran capital le ha robado al pueblo.

El 20 de junio de 1975, el mismo día en que Jorge Born recuperó su libertad, algunos de los diarios más prestigiosos del mundo publicaron la solicitada que pagó Bunge y Born. Le Monde en París, The Washington Post en los Estados Unidos, el Corriere della Sera en Italia y The Guardian en el Reino Unido difundieron el texto que constituía la última exigencia de los Montoneros en la Operación Mellizas.

La organización guerrillera revisó las traducciones y aprobó el descargo de la multinacional en la introducción al texto.

Como Bunge y Born debió gestionar la publicación de la solicitada en cada lugar, el abogado José María Videla Aranguren había viajado a Europa con el texto y en Estados Unidos se contrató a un estudio para que se encargara de la delicada misión.

Como había anticipado Born III, la solicitada era un escrito inmoderado que, aun en tipografía pequeña, cubría una página entera en los diarios de formato sábana.

Decía:

La empresa Bunge y Born hace saber que se ve obligada a publicar este artículo, forzada por la organización que tiene en su poder a sus directivos, Jorge y Juan Born. En ninguna circunstancia podrá ser interpretado como una aprobación del texto por nuestra parte. En lo que concierne a los juicios vertidos por esta organización sobre la empresa, debemos señalar que: 1. Desde hace veinte años que los salarios en Argentina se fijan mediante convenios colectivos celebrados con los sindicatos a nivel nacional.

2. La empresa siempre ha respetado estos acuerdos, y sostuvo una política permanente de mantener los salarios por encima de lo acordado en los convenios.

3. La empresa ofrece las mejores remuneraciones en las distintas ramas por actividad y las mejores condiciones de trabajo en todo el país. Esto puede ser verificado con los sindicatos.

4. Sin querer emitir juicio sobre el uso de la expresión “monopolio multinacional”, la empresa declara que ningún argentino tiene derecho a negarle a otro argentino el ejercicio de sus derechos ciudadanos.

5. El hecho de la que empresa desarrolle actividades en distintos países no implica que sus directivos renieguen de su propio país.

6. La empresa es la más importante de la República Argentina y tiene sus principales inversiones en el país. Esto alcanza para poner en duda la validez del argumento relativo a las transferencias de capitales al exterior.

7. Por el contrario, la empresa es la única del país que exporta tecnología y reingresa los derechos correspondientes.

8. La política de la empresa siempre ha sido la de evitar financiar inversiones de un país con recursos provenientes de otro país. El Banco Central prohíbe ese tipo de transferencias y la empresa respeta la ley.

9. Perón fue derrocado en 1955 por un golpe del cual la empresa no participó ni directa ni indirectamente.

10. La empresa rechaza todo intento por imponer ideas con métodos violentos.

11. La empresa guarda en sus archivos correspondencia con el general Perón que atestigua el alto respeto y estima que el general tenía por la misma.

En septiembre de 1974 los Montoneros decidieron ejecutar la sentencia revolucionaria dictada contra Bunge y Born. Se había realizado un estudio de antecedentes de dicha empresa desde su creación hasta la fecha, en el país y en el extranjero. Como resultado, Bunge y Born fue encontrada culpable de los siguientes cargos de la acusación:

1. Explotación de la clase obrera: durante años, la empresa se desarrolló gracias a la explotación que ejerció sobre los obreros, pagando salarios bajos y apelando a la represión policial cuando los trabajadores se movilizaban para exigir justicia en la distribución de los ingresos.

2. Prácticas monopólicas: no contenta con explotar a sus trabajadores, la empresa practicó, en muchas ocasiones y con métodos diversos, maniobras para aniquilar a las pequeñas y medianas empresas nacionales.

3. Ataque a los intereses nacionales: la empresa Bunge y Born es culpable, de manera sostenida, de agresión contra los intereses nacionales, en particular, de usar las ganancias que obtiene en el país para financiar su expansión en el extranjero. Bunge y Born ha dejado de ser una empresa nacional para convertirse en un monopolio multinacional por la vía de la evasión de capitales, lo que demuestra que cuida únicamente de sus intereses en contra de los intereses nacionales.

Además, su participación en el golpe reaccionario y proimperialista que depuso en 1955 el gobierno peronista y su permanente alianza con los gobiernos ilegítimos que lo sucedieron convirtieron a la empresa en un enemigo del pueblo argentino en el terreno político. Ello se ha podido observar claramente al momento de tomar el poder el gobierno peronista el 11 de marzo de 1973. La empresa practicó restricciones al abastecimiento con el fin de crear el caos y hacer fracasar la voluntad del pueblo que había triunfado en las elecciones.

Para ejecutar la sentencia, los Montoneros llevaron adelante una operación militar que consistió en el arresto de Jorge y Juan Born, dos propietarios y directivos de la empresa. Luego de extensos interrogatorios y de un análisis de las responsabilidades de la empresa relativas a las acusaciones mencionadas más arriba, los Montoneros impusieron a la empresa las siguientes penalidades:

un año de prisión para Jorge y Juan Born. Esta pena fue reducida a nueve meses luego de que la empresa cumpliera con el resto de la sentencia.

Pago de una suma muy importante de dólares por la liberación de Jorge y de Juan Born, en concepto de multa por el delito de haber organizado la

evasión de capitales. La suma fue entregada a los Montoneros en tanto representantes del interés nacional, para ser utilizada según su criterio.

Distribución en barrios, fábricas, escuelas y hospitales de mercaderías por un valor de un millón de dólares, como multa por las restricciones al abastecimiento practicadas por la empresa.

Obligación de solucionar los conflictos sindicales que tuvieron lugar durante el período de detención de los directivos de la firma, aceptando las exigencias de los trabajadores.

Como penalidad por los males infligidos al pueblo argentino, en razón de la participación de la empresa en el golpe de 1955, los bustos del general Perón y de Eva Perón serán instalados en todas las empresas dependientes de Bunge y Born en la Argentina. Los trabajadores serán autorizados a participar en las ceremonias de inauguración.

El texto del presente artículo será colocado en los tableros de las empresas, y permanecerán exhibidos por un plazo de quince días.

Esta operación de Montoneros constituye un hecho de extrema importancia para la Argentina. Se produce en un momento realmente dramático para el pueblo argentino.

TREINTA AÑOS DE LUCHA ANTIIMPERIALISTA

Durante los últimos treinta años nuestro pueblo llevó adelante una lucha heroica contra el imperialismo y sus aliados en el país. Los ejes de las principales fuerzas antagónicas se han expresado en el marco de esta lucha: los intereses nacionales opuestos a los del imperialismo, fuerzas que luchan por la LIBERACIÓN mientras aquellos sostienen la DEPENDENCIA.

Imperialismo o Nación, Dependencia o Liberación son las opciones actuales. Uno de los elementos más importantes de esa larga lucha es la permanencia del Movimiento Peronista, que es la verdadera bandera política de la clase obrera y de los pequeños y medianos productores

rurales, bajo la cual el pueblo combate contra los intereses de los monopolios.

La oposición a los golpistas proimperialistas que habían derrocado a Perón en 1955, la resistencia que el pueblo desarrolló a lo largo de dieciocho años contra las diversas tentativas del sistema de engañar la voluntad del pueblo, el rutilante triunfo popular que puso fin a la dictadura de Lanusse el 11 de marzo de 1973, todo ello tuvo como principal protagonista al Movimiento Peronista, dirigido desde el exilio por el general Perón, quien supo reunir a su alrededor a todas las fuerzas nacionales.

Nacidas en estos dieciocho años de resistencia, maduradas en innumerables luchas populares, expresión sublime de las fuerzas en la lucha, una verdadera síntesis de esta larga experiencia, surgen las organizaciones armadas del peronismo y convergen en la actual organización político-militar de los Montoneros.

Todos los métodos para destruir al peronismo en tanto movimiento de liberación nacional fueron ensayados por el imperialismo: persecución, prisión, torturas, fusilamientos, proscripciones.

Todo ello se estrelló contra el movimiento unido alrededor del general Perón, intransigente en la defensa de los intereses populares. Habiendo fracasado las tentativas de destruir al movimiento, el imperialismo trata de incorporarlo al régimen al intentar transformarlo en una organización liberal aceptable para el sistema, de vaciarlo de su contenido de masas, de sacarle su esencia revolucionaria y de destruirlo como Movimiento de Liberación Nacional. El imperialismo elabora y favorece una estrategia doble: por la corrupción, la infiltración ideológica y la incorporación de monopolios en la economía nacional, el imperialismo logra formar una clase de dirigentes sindicales y políticos que dejan de lado la defensa del pueblo peronista y se convierten en instrumentos de la estrategia imperialista de destrucción del Movimiento Peronista, en tanto movimiento de liberación nacional. Traidores de la Patria y del Movimiento, sostenedores de los intereses monopolistas, estos sectores elegirán entre la oposición, el partido de la dependencia.

Al mismo tiempo se reprime de manera salvaje a todos los dirigentes, militares y grupos que permanecen fieles a los intereses de la clase obrera y quienes no han abandonado la lucha por la liberación.

Inventan un peronismo “institucional”, alejado de las masas y lleno de traidores, aquel que acepta fácilmente las reglas del juego del sistema, mientras que se está tratando de aniquilar al peronismo auténtico.

LA TRAICIÓN DEL TRIUNFO POPULAR DEL 11 DE MARZO DE 1973

Luego del triunfo popular del 11 de marzo de 1973, la estrategia imperialista no experimenta cambio alguno. Lejos de oponerse globalmente al gobierno peronista, se propone como objetivo vaciar este triunfo de todo significado alejando a los auténticos peronistas de las estructuras de gobierno y reemplazándolos por traidores. Después de la muerte del general PERÓN, esta estrategia entra en su fase final. En pocos meses uno de los más grandes triunfos populares desemboca sobre uno de los gobiernos más dictatoriales, represivos y pro-imperialistas que haya conocido el pueblo argentino.

No queda nada del 11 de marzo de 1973. Ni PERÓN como jefe del Movimiento, ni Cámpora como presidente, ni los gobernadores, ni los ministros, ni el programa votado por el pueblo. Un pequeño grupo de ávidos del poder, secuaces de la estrategia imperialista, acumulan en sus manos los controles del aparato institucional del Movimiento Peronista y del gobierno. Desde esa posición ellos siguen defendiendo los intereses de los monopolios bajo las banderas peronistas. Se trata de la presidenta Isabel Martínez de PERÓN, del ministro LÓPEZ REGA, del presidente de la Cámara de los Diputados Raúl LASTIRI, y de sus filiales incondicionales.

Sobre el terreno de la economía, el país está en crisis, virtualmente en bancarrota. La inflación llega a una tasa mensual del 10 por ciento, el salario real de los trabajadores está bajando de modo constante (y los obliga a hacer piruetas de magos para poder subsistir), la inversión es igual a cero, la mano de obra no se emplea y el desempleo agrava el deterioro del salario. La deuda externa ha pasado de 6.500 millones de dólares a 9.300 millones a la fecha de hoy. La balanza de pagos es

deficitaria. Las reservas de divisas disminuyen todos los días de manera alarmante, la desvalorización de la moneda argentina es extraordinaria: en seis meses el dólar ha triplicado su valor en el mercado paralelo; la pequeña y mediana empresa están desapareciendo. La crisis mundial del capitalismo recae sobre los países dependientes y el pueblo argentino y los demás países dependientes tienen que soportar las consecuencias.

El complemento de esta política económica es una represión casi sin precedentes en la vida del país. Pero quieren mantener la apariencia de un gobierno popular con el apoyo de la mayoría y consenso de la minoría.

Para ello hay que combatir toda clase de oposición, justificada o no. Se instituye una legislación represiva muy completa que hace posible la acción de las fuerzas represivas encabezadas por el Ejército. Para completarlo, el gobierno formó una organización parapolicial, la Triple A, que comete cientos de asesinatos en la más absoluta impunidad.

Compuesta por policías, militares y mercenarios, impone una política del terror, acribillando con balas, dinamitando y quemando los cuerpos de los militantes populares, periodistas, dirigentes políticos, sacerdotes, etc., luego de asesinarlos. Encabezando este mecanismo represivo se encuentra el ministro de Bienestar Social LÓPEZ REGA, un maniático del poder, un verdadero discípulo de HITLER y la Alemania nazi. Imitando sus métodos, LÓPEZ REGA aspira al control total del aparato represivo para llegar al poder absoluto.

Reprimir a aquellos que se oponen al gobierno resulta insuficiente. Es asimismo necesario reducir al silencio a la prensa. A la ley que restringe la libertad de prensa, al cierre de los diarios y de las revistas, se agregan las amenazas, persecuciones y asesinatos de periodistas que se atreven a pronunciar cualquier crítica o simplemente dicen la verdad y la publican. A la censura impuesta por la legislación se agrega la autocensura que el terror impone sobre los medios de la prensa.

Frente a todo ello, la mayoría de los políticos y dirigentes liberales, entre los cuales se distingue el doctor Ricardo BALBÍN, juegan a la “oposición constructiva” mediante “el diálogo y el respeto a las instituciones”.

Teniendo a su disposición todos los naipes para apoderarse de las luchas populares sin perjudicar los intereses del pueblo, estos señores prefieren

callarse o hablar de manera ambigua en vez de promover las luchas que ellos no estarían en condiciones de controlar. Defienden los mismos intereses que el gobierno actual. Se distinguen del gobierno por ser liberales, no están de acuerdo con la conducción de la política actual solo porque no participan de su ejecución. Hostiles a los procesos de liberación nacional, ellos son de hecho aliados del imperialismo en su afán de destruir al peronismo auténtico, frustrar la clase obrera y al pueblo organizado y castrar el proceso revolucionario.

SOLO EL PUEBLO SALVARÁ AL PUEBLO

Para hacer frente a la situación crítica a la cual el país fue arrastrado, no podemos pensar en un golpe de corte nacionalista o de otro tipo: el Ejército nunca ha defendido los intereses del pueblo, como lo demuestra a cada instante. Tampoco podemos esperar que los altos dirigentes políticos liberales abandonen su actitud tradicional que consiste en apoyar al régimen para privar al pueblo de decidir sobre su futuro. Heroicos defensores de “las instituciones democráticas” a condición de que las mismas sirvan para mantener la dependencia, no dudan en apoyar siempre a este gobierno autoritario.

Hoy más que nunca tiene validez la frase del general PERÓN: “Solo el pueblo salvará al pueblo”.

Los MONTONEROS aceptamos este desafío histórico: el de continuar el proceso de liberación nacional y social. Para ello hay un solo camino posible: alcanzar la dominación del proceso político para la clase obrera.

Ello será posible cuando hayamos construido el poder popular, luego de haber liquidado el poder político, militar y económico del imperialismo.

Será definitivo cuando hayamos destruido nuestra dependencia del capitalismo y construido el socialismo.

Asumamos la responsabilidad del momento presente y empeñemos todos nuestros esfuerzos para: Reconstruir el Movimiento Peronista como expresión auténtica de la clase obrera y del pueblo, evitando así que la traición lo destruya. El Peronismo Auténtico renacerá fortalecido de esta crisis, fortalecido por sus experiencias de lucha, convertido en el

Movimiento de Liberación Nacional que permitirá al pueblo llevar a cabo la lucha final contra el imperialismo.

Promover la creación del Frente de Liberación Nacional, que bajo la dirección del Movimiento Peronista recibirá a los pequeños y medianos empresarios, así como también a los demás sectores que se oponen al imperialismo con miras a la liberación nacional.

Mantener sin tregua la resistencia al gobierno actual, sacando a la luz su esencia antipopular, represiva y proimperialista, atacando a las fuerzas que lo sostienen, hasta su liquidación.

¡PERÓN O MUERTE! ¡VIVA LA PATRIA!

¡HASTA LA VICTORIA, MI GENERAL!

LOS MONTONEROS

Notas:

12 Eduardo Anguita y Martín Caparrós, op. cit. , p. 467.

13 El 28 de febrero de 1992, Daniel Zverko, amigo de Galimberti, llamó al juzgado en el que tramitaba una causa vinculada al secuestro de los Born y ofreció su testimonio de manera espontánea. Zverko declaró tener conocimiento de que Verbitsky había coordinado —como jefe de la Base Lima de la Organización Montoneros— el movimiento del dinero entre Buenos Aires y La Habana.

El rescate, según Zverko, había salido vía Perú en sacos de 4 o 5 millones de dólares; el periodista había tenido “activa intervención junto a la inteligencia cubana en el traslado”. Verbitsky respondió entonces que Galimberti había montado una “operación de desprestigio” en su contra como servicio al gobierno de Carlos Menem, cuya corrupción él había revelado en un libro de gran éxito de ventas, Robo para la Corona (Planeta, 1991).

14 “La historia secreta del botín de los Montoneros”. Entrevista de Mario Diament a Castiñeiras concedida en la Florida, Estados Unidos, La Nación, 4 de abril de 2006.

15 Del testimonio de Magario para este libro.

16 Juan Gasparini, en el anexo del libro David Graiver, el banquero de los Montoneros (Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2007), publicó el certificado de constitución de la sociedad Empresas Catalanas Asociadas S.A. en Panamá y el documento de apertura de la cuenta en Suiza bajo ese nombre.

CAPÍTULO 8

19 de junio de 1975

La víspera

Cuando le alcanzaron una lámpara de rayos ultravioletas y le ordenaron que permaneciera algunos minutos quieto frente a esa luz enceguecedora, Jorge Born no supo cómo reaccionar. Atinó a cerrar los ojos, como le indicaron, mientras intentaba descifrar las motivaciones de los Montoneros.

Al día siguiente sucedió lo mismo: volvieron a entrar a su celda con ese artefacto extraño. Y al otro. Y al que le siguió…

Poco a poco el secuestrado comenzó a perder el aspecto fantasmagórico que le habían dado los nueve meses sin exposición a la luz natural. Aunque no había espejo donde pudiera ver su cara, la preocupación de los Montoneros por su palidez solo se podía interpretar con optimismo: pensaban liberarlo pronto.

Born no quería dejarse llevar por ilusiones falsas. Luchaba para reprimir sus esperanzas. Pero a veces le ganaba la idea de que su calvario estaba por terminar.

Volvieron a trasladarlo. Le quitaron los algodones de los ojos y miró a su alrededor con incredulidad. La cárcel del pueblo parecía una casa: una

habitación con ventanas, aunque con las persianas siempre bajas. Lo fascinó sentir el aire sobre la piel, por una brisa que se colaba en esta nueva celda.

Por temor a que se escapara le negaban aún la comodidad de un baño, pero Born ya se había acostumbrado al balde. El balance era positivo: había ganado comodidades.

Una mañana, bien temprano, uno de sus cuidadores abrió de golpe la puerta de la habitación.

Detrás del hombre encapuchado apareció Mario Firmenich.17 Era la primera vez que Born veía el rostro de uno de sus captores. Le causó una rara impresión: en nueve meses solo había conversado a cara descubierta con su hermano Juan. También era la primera vez que miraba a Firmenich a los ojos, aunque Born sintió que no eran desconocidos, que se habían tratado a lo largo de su confinamiento, durante el juicio político y la negociación por el rescate.

Firmenich se presentó con el aire altivo que Born consideraba ya característico de los comandantes montoneros. Le alcanzó un saco azul, una camisa blanca, una corbata, pantalones grises, un par de medias y otro de zapatos: todas prendas sin estrenar y de su talla (por lo cual le quedaron holgadas: había perdido siete kilos durante el secuestro), y hasta el calzado acordonado número 42. Con voz severa le anunció que su padre había cumplido con todas las condiciones, en virtud de lo cual los Montoneros lo liberarían ese mismo día.

Born revisó las prendas en busca de su reloj, un modelo tradicional, con malla plateada, que le había regalado su padre y le habían sacado el día del secuestro.

— ¿Dónde está mi Rolex? —le preguntó a Firmenich.

Silencio.

A veces un detalle detona reacciones desproporcionadas, funciona como vehículo para expresar una carga subyacente.

—¡¿Dónde está mi Rolex, eh?! ¡¿Dónde?!

Born se puso pesado: su padre había aceptado pagar los 60 millones de dólares bajo extorsión y había cedido en muchas otras cosas, pero el reloj no había sido parte del trato. El Rolex le pertenecía.

No lo movía ninguna cuestión sentimental: no podía recodar si había sido un regalo de su padre, de su esposa o si él mismo lo había comprado. En el imaginario de Born, el reclamo le restauraba el orgullo. La razón quedaba de su lado, más allá de cualquier debate ideológico: los tratos entre caballeros se cumplían.

— Al final son ladrones comunes… ¿Y toda la perorata de que eran revolucionarios?

Firmenich debió sentirse interpelado: un robo común, sin fines ulteriores con justificación ideológica, contrariaba la moral montonera. A falta de repuesta, improvisó una mentira:

— El mismo día del secuestro nos vimos obligados a desmontar el reloj para asegurarnos de que no tuviera algún dispositivo oculto, un micrófono o un aparato que permitiera su localización.

— Delirante —lo despreció Born—. ¿Y dónde están mis zapatos? Estos son nuevos.

— En cumplimiento de las mismas reglas de seguridad también se debieron rebanar los tacos de los zapatos.

— O ustedes ven muchas películas o les han enseñado demasiadas pavadas en Cuba…

Born no podía saberlo, pero La batalla de Argel era la película de referencia de los Montoneros.

En 1964 el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino le encomendó al director italiano Gillo Pontecorvo un largometraje que retratara de manera épica su lucha independentista contra el colonialismo francés. La película reconstruyó con realismo la guerra de guerrillas que el FLN

desplegó para enfrentar los métodos represivos brutales de la división de paracaidistas de Francia, con escenas de tortura explícita y un registro riguroso del terrorismo.

La batalla de Argel recibió premios en los festivales que impulsaban el cine político de la época, a la vez que fue censurada en una gran cantidad de países. Los Montoneros la hicieron circular entre sus militantes: contaba la historia de una revolución exitosa, que ellos pretendían replicar en la Argentina, y cumplía con un fin didáctico, a modo de introducción a los métodos de la guerra de guerrillas. De modo paradójico, también se proyectó a los cadetes de la Escuela de Mecánica de la Armada, en los cursos sobre contra-insurgencia.

El cuento sobre el reloj predispuso mal al secuestrado. Pero lo que Firmenich le dijo a continuación sacudió su ser completamente.

Durante su cautiverio Jorge Born le había escrito con cierta frecuencia a Alberto Bosch, el gerente de Molinos Río de la Plata, su amigo desde la infancia, que viajaba con ellos en el asiento delantero del auto la mañana del secuestro. Nunca le habían informado que tanto Bosch como el chofer Alberto Pérez, baleados durante el operativo, habían muerto en ese momento.

Firmenich se lo dijo con indiferencia, tras anunciarle que en pocas horas iba a recuperar su libertad.

Born quedó en shock por unos momentos.

No había terminado de procesar la idea de que por fin volvería a ser libre cuando comenzó a crecerle una furia intensa, un ardor que parecía nacer en algún rincón dentro de su cuerpo para expandirse más allá de su piel y ocupar todo el espacio.

¿Bosch, su compañero desde el Kindergarten, había muerto asesinado por los Montoneros hacía nueve meses? ¿Y él se enteraba en ese momento?

¿Y todo ese tiempo sus captores habían sabido que él lo ignoraba?

No podía ser de otro modo: habían leído las instrucciones que le mandaba en sus cartas al “Sr.

Bosch” —así lo llamaba; no quería que los Montoneros conocieran su verdadera relación con él—

para que hiciera el reparto de alimentos de Molinos en barriadas pobres, otra exigencia del grupo guerrillero además del rescate, los bustos y las solicitadas. Sabía que Alberto haría lo necesario para salvarlo, pero ignoraba que ya no podía hacer nada. Eran —habían sido— como hermanos.

En pocos segundos revivió los años que habían compartido. Del jardín a la primaria, el secundario juntos en el Colegio Nacional de Buenos Aires… El padre de Alberto, un médico cirujano y aventurero al que le gustaba volar para llegar con su maletín hasta los pueblos más alejados, había sido una figura paternal para él también. Alberto había estudiado Medicina para emularlo, pero no terminó la carrera y le pidió empleo a Jorge en Bunge y Born. Allí había logrado llegar a la gerencia de Molinos Río de la Plata.

Jorge siempre había considerado una suerte que Alberto viviera tan cerca.

Ahora veía el hecho como un infortunio colosal: por eso estaba muerto.

— ¡¿Por qué lo mataron?! —le reprochó a Firmenich—. ¡¿Qué necesidad había?!

Aunque se había jurado que no perdería la compostura delante de sus captores, Born no pudo contenerse. La emoción lo sacudía. La inexpresividad del jefe montonero lo exasperaba tanto como su jerga de imitación militar.

— Había que asegurar el objetivo y él estaba en el asiento delantero del auto. Cuestiones de seguridad.

Con el mismo argumento justificó la muerte del chofer.

— Sus movimientos nos hicieron pensar que estaban armados. No nos quedó alternativa.

— No les quedó alternativa… —Born sonó como un eco amortiguado.

Se quedaron en silencio un momento. Firmenich se mantenía alerta a la tensión que crecía. Pero Born no la descargó contra él. Dijo apenas:

— Al final ustedes son asesinos comunes.

Y rompió lo único que tenía a mano: las hojas rayadas de un cuaderno donde había tomado notas sobre sus meses de encierro.

No había escrito nada íntimo, solo pensamientos a partir de las discusiones sobre política y economía que mantenía con los Montoneros. Había empezado a escribir durante el juicio político, había seguido durante la negociación del rescate. Por fin, cada tanto había intercambiado algunos de esos apuntes con sus interlocutores.

Los Montoneros ya se habían desprendido de sus papeles, para que no quedaran evidencias que los pudieran complicar. El impulso violento de Born eliminó lo único que podía documentar los días del secuestro. Ya no quedaría nada escrito. Tan solo el recuerdo de sus protagonistas.

A media mañana del 20 de junio de 1975, Inés Kuzuchian de Pazo salió de su casa en Acassuso, un barrio residencial de la clase alta en el conurbano norte, junto con su hermana Carmen Lucrecia.

Despedían a un pariente que las había visitado en el feriado por el Día de la Bandera; se quedaron conversando en la vereda. Inés notó un movimiento inusual enfrente.

Un vehículo entró de culata al garaje de la casa de Libertad 244, una propiedad de dos plantas en medio de un terreno con jardín y una pared baja de ladrillo que la separaba de la calle. La maniobra le llamó la atención tanto como la actitud extraña de los hombres de saco y anteojos negros que descendieron a las apuradas.

De nuevo en su vivienda, la vecina espió de a ratos a través de su ventanal.

Observó que una mucama vestida con uniforme abría con frecuencia la puerta del perímetro exterior; la veía hacer señas para que los recién

llegados avanzaran hacia el ingreso a la casa. Casi todos los invitados eran varones; algunos cargaban equipos que parecían cámaras.

Cerca del mediodía todavía seguía llegando gente, aunque a un ritmo más espaciado. Entre tantos hombres, Kuzuchian reparó en una mujer. La italiana Donatella Venturini (corresponsal en América Latina del semanario L’Espresso y colaboradora del órgano oficial del Partido Socialista, Avanti!

) se distinguía por el vestido rojo que lucía. Con ella venían otras tres personas.

Muchas agencias de noticias y varios corresponsales extranjeros —

Venturini entre ellos— tenían oficinas en una torre de estilo art déco en la avenida Corrientes 456, conocida por el nombre de la compañía que encargó su construcción, SAFICO (la Sociedad Anónima Financiera y Comercial). Allí se había alojado el poeta chileno Pablo Neruda en los ’30, durante su estadía como vicecónsul en Buenos Aires. Cuatro décadas más tarde funcionaba como un centro vital para que los Montoneros difundieran sus acciones al mundo. Los medios nacionales tenían prohibido dar información sobre los actos de las organizaciones armadas: no podían contar con ellos para nada. Solo los corresponsales y las agencias internacionales escapaban al control del secretario de Prensa y Difusión, José María Villone. Si bien no podían enviar cables sobre la guerrilla y sus acciones a sus clientes en la Argentina, nadie podía controlar el servicio que prestaban en el exterior.

La censura en el país llegaba a niveles inusitados. La clausura de medios y las amenazas a los periodistas apenas se podían contar como noticias, si una noticia se define como un acontecimiento que interrumpe la normalidad cotidiana. Bajo las órdenes de José López Rega se habían estatizado los canales de televisión y el control sobre los contenidos se había extendido al punto de eliminar los programas de humor político e inclusive los almuerzos de la actriz y conductora Mirtha Legrand.

Para romper el cerco, los Montoneros tenían una rutina aceitada. Cuando querían comunicar algo hacían un llamado a la oficina de cualquiera de ellos a modo de aviso y nada más: los corresponsales ya sabían que encontrarían novedades en el bar La Fragata, ubicado a pocos pasos del edificio SAFICO, en la esquina de Corrientes y San Martín. Para dejar el

mensaje, las militantes montoneras llegaban vestidas con traje sastre, y sus pares varones con saco y corbata: se confundían entre los corredores de bolsa de la city porteña que frecuentaban el bar y en algún momento propicio escondían sus papeles en los espejos de los baños.

Los intercambios ocurrían a dos cuadras de la sede de la Compañía Mercantil y Ganadera, una rama del grupo Bunge y Born. Extorsionadores y extorsionados, tan lejos y tan cerca.

El rascacielos COMEGA —de estilo racionalista, emplazado en Corrientes 222, en la esquina con Leandro N. Alem— competía en prestigio arquitectónico con la torre SAFICO, pero la aventajó gracias a la vista panorámica de su confitería en el piso 19. Desde el COMEGA la alta sociedad había observado acontecimientos como la llegada del Graf Zeppelin en 1934 o el funeral multitudinario de Carlos Gardel en el Luna Park, dos años más tarde.

Venturini sospechó que los Montoneros se traían algo grande cuando, en lugar de seguir el procedimiento habitual, le dejaron un mensaje personalizado en el fichero de la agencia de noticias inglesa Reuters, donde recibía la correspondencia. Si quería participar de una conferencia de prensa debía colocar, ahí mismo, una tarjeta en señal de aprobación. Lo hizo.

Poco después otra nota le indicó que atendiera el teléfono de la corresponsalía al día siguiente a las ocho de la mañana. Apenas levantó el auricular, una voz le ordenó que se dirigiera a una estación de subte cercana con un ejemplar de L’Espresso en la mano, bien visible.

En tres postas diferentes, tres desconocidos le enseñaron qué colectivos debía tomar y en qué paradas debía bajar. A medida que cambiaba de transporte se sumaban colegas: uno en la segunda posta, otros dos en la tercera. No los conocía, pero al igual que ella, se movían con el ejemplar de una revista en la mano.

A Claudio Polosecki, redactor de la sección gremiales de la agencia Noticias Argentinas, la invitación le llegó de modo más directo. Eduardo el Negro Suárez —periodista de El Cronista Comercial que dirigía Rafael Perrota, y simpatizante de Montoneros— le entregó la coordenadas.

Polosecki se presentó en el café del Hotel City y marcó su mesa con un ejemplar de la revista de variedades Siete Días, con la “S” del logo, que presentaba el nombre en blanco sobre fondo rojo y negro, pintada de rojo.

A Polosecki le había costado conseguir un ejemplar del semanario que le exigían a modo de contraseña: los Montoneros no habían reparado en que Siete Días salía los días viernes. Esa mañana del viernes 20 de junio de 1975 los kiosqueros ya habían devuelto la edición anterior y aún no habían recibido la nueva. Algunos de sus colegas, que se habían topado con la misma dificultad, terminaron por dibujar el logo a mano.

Fernando Del Corro, periodista argentino de la agencia española EFE, utilizó la misma seña en el bar del Hotel Castelar.

En otro café de la zona recogieron a Sergio Peralta, del diario Crónica.

Polosecki, Del Corro y Peralta recorrieron periplos similares a los de la italiana Venturini, cada uno por su lado: combinaciones de subte, colectivo y en algún caso, tren.

OceanofPDF.com

A los 35 años, Andrew Graham-Yooll trabajaba como secretario de redacción del único diario en inglés que se publicaba en la Argentina, The Buenos Aires Herald. Él mismo mezclaba ambos mundos: había nacido en Buenos Aires, de padre escocés y madre inglesa, y era bilingüe desde la cuna.

Un individuo vestido de traje a quien Graham-Yooll no conocía se presentó en la recepción del diario —que se escribía en 25 de Mayo 596, a tres cuadras del edificio SAFICO— y pidió hablar con él en privado. Graham-Yooll lo recibió en la biblioteca y le escuchó decir que, si quería cubrir una noticia importante vinculada a los Montoneros, lo esperaban al día siguiente en La Biela, el bar tradicional de Recoleta.

Como emblema de uno los barrios más ricos de la ciudad, al que iban la alta sociedad, los turistas y los corresponsales, La Biela había sido blanco de varios atentados. Graham-Yooll encontró un tercio del salón cerrado al público. Un cordón delimitaba la zona en obras para reparar los daños causados por la última explosión.

Al rato llegó Pablo Giussani, un colega de 47 años que trabajaba en el diario La Opinión de Jacobo Timerman. Se conocían.

—¿Vendrá alguien más? —preguntó.

Un tercer periodista, con quien Giussani había trabajado en su paso efímero y fastidiado por Noticias (el matutino de los Montoneros que Isabel Perón había clausurado en agosto de 1974), resultó ser el guía que los condujo hasta la estación de Retiro. Juntos tomaron el tren Mitre. Como era feriado, el vagón iba repleto de familias que viajaban al Tigre, en el final del recorrido, para pasar el día en las islas del Delta. Ellos bajaron en la estación Acassuso y se toparon con un patrullero estacionado sobre una calle empedrada.

Un policía hizo señas que Graham-Yooll no pudo ignorar:

—¿Ya no saludás?

El oficial Ayala le había tomado declaración cuando denunció el robo de su auto en la Comisaría 1ª de San Isidro, y recordaba con simpatía al periodista alto, de ojos claros y acento extraño. Ayala le contó que lo habían ascendido en reconocimiento a su valentía: desactivó una bomba que Montoneros había colocado en una plaza, y sufrió heridas. Graham-Yooll no tenía intención de prolongar la charla; se libró de Ayala tan rápido como pudo.

Mientras alcanzaba al guía, adelantado unos metros con Giussani, Graham-Yooll creyó que debía dar una explicación. Sin embargo, cuando los alcanzó percibió que no era el caso. Los Montoneros tenían simpatizantes y cuadros activos en los medios de comunicación, pero por la censura necesitaban de periodistas y corresponsales extranjeros ajenos a su causa que fuesen capaces de poner sus vidas en riesgo. Graham-Yooll era uno de ellos. No podía tener dos caras.

Caminaron siete cuadras y cuando llegaron a la calle Libertad 244, Giussani se mostró extrañado al ver que una mucama de vestido negro, delantal blanco y cofia almidonada les abría la puerta. ¿Los revolucionarios se hacían servir por una mujer en uniforme?

— Es para simular una fiesta. Hay mucho movimiento y no queremos despertar sospechas de los vecinos —se excusó el guía.

En la puerta coincidieron con un equipo de Televisión ZDF, el segundo canal más importante de Alemania. Al corresponsal Klaus Ecktain lo habían llamado a su habitación del hotel Dorá de Retiro, a metros de la Plaza San Martín, donde solía alojarse cuando se quedaba en Buenos Aires. Si tenía interés en un cubrir una conferencia de prensa muy especial, lo pasarían a buscar por el bar de la esquina de Córdoba y Suipacha. Podía asistir con su camarógrafo, Richard Stein, y los equipos para filmar.

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