Brothers
Segunda parte
Capítulo 27
Los muertos ya se fueron, y los vivos se quedaron. Li Lan se dirigió al mundo de las tinieblas, caminando por un sendero en penumbra en busca del espíritu de Song Fanping en medio de un mar de espectros. Ya no era consciente de las andanzas de sus hijos en el mundo de los mortales.
El abuelo de Song Gang, el anciano terrateniente, estaba ya en sus años crepusculares y confinado en la cama. Cada pocos días tomaba un solo bocado de arroz y unos pocos sorbos de agua, y como resultado de ello se veía ahora reducido a poco más que piel y huesos. Consciente de que estaba a punto de expirar, el anciano terrateniente atrajo hacia sí a Song Gang y lo mantuvo estrechamente abrazado mientras miraba más allá de la puerta. Song Gang comprendió que trataba de comunicarse con la mirada y, por eso, aquellos claros atardeceres sin nubes tomaba a su abuelo sobre la espalda y juntos pasaban frente a cada casa de la aldea, para que el anciano terrateniente dirigiese una mirada a cada rostro familiar, como si estuviera despidiéndose. Al llegar a la entrada de la aldea, Song Gang se detenía bajo el olmo, siempre con su abuelo a la espalda, y ambos contemplaban en silencio la puesta de sol mientras permanecían junto a las tumbas de Song Fanping y de Li Lan.
El abuelo de Song Gang era ahora tan ligero sobre su espalda como un haz de leña. Cada noche, cuando regresaban a casa, Song Gang depositaba a su abuelo en la cama, donde se quedaba tan quieto como si estuviera muerto. Pero al día siguiente sus ojos se abrían de nuevo al romper el alba, y la vida en su interior aún emitía un destello. De día en día el anciano terrateniente parecía como si ya estuviera muerto cuando, en realidad, aún resistía, aunque ya carecía de energía para hablar o incluso sonreír. Un atardecer, cuando Song Gang y él se hallaban bajo el olmo, junto a las tumbas de Song Fanping y de Li Lan, el anciano señaló que finalmente había llegado el tiempo. Song Gang no pudo ver que su abuelo sonreía tras él, y sólo le oyó susurrar suavemente en su oído:
—Ah, el final de los días amargos.
Dicho esto, el anciano terrateniente dejó caer la cabeza sobre el hombro de Song Gang y se quedó inmóvil, como dormido. Song Gang, todavía con su abuelo a cuestas, dirigió su mirada al camino que conducía a la ciudad de Liu, el cual se iba haciendo cada vez más indistinguible con la invasión de la oscuridad. Por último, se volvió y regresó a la aldea a la luz de la luna. Mientras caminaba, Song Gang sentía la cabeza de su abuelo sobre su hombro, balanceándose atrás y adelante al compás de sus pasos. De regreso en casa, Song Gang depositó cuidadosamente a su abuelo en la cama y lo abrigó, como de costumbre. Aquella noche, el anciano terrateniente abrió los ojos dos veces, tratando de captar un atisbo de su nieto, pero todo cuanto pudo ver fue silencio y oscuridad. Después de esto, sus ojos ya no volvieron a abrirse.
Song Gang se levantó a la mañana siguiente y no se dio cuenta de que su abuelo había muerto, ni se percató de ello en todo el día. No tenía nada de extraño que el anciano terrateniente permaneciera acostado sin comer ni beber e incluso sin apariencia de que respiraba, de modo que Song Gang no se preocupó. Al atardecer, cargó con su abuelo como de costumbre, pero advirtió que su cuerpo se había vuelto rígido, y cuando traspasó el umbral la cabeza del abuelo se deslizó del hombro de Song Gang. Éste se apresuró a devolver la cabeza a su lugar, y continuó caminando ante cada una de las casas de la aldea. Todo el rato la cabeza del abuelo se balanceaba al ritmo de sus pasos, como un peso pendular sobre sus hombros, y se deslizó varias veces más conforme se aproximaban a la entrada de la aldea, hasta que, finalmente, Song Gang notó la frialdad del rostro de su abuelo cuando echó el brazo atrás para enderezarle la cabeza. Song Gang se detuvo bajo el olmo y puso un dedo bajo las ventanas de la nariz de su abuelo y no sintió su respiración. En lugar de eso, notó que su dedo se enfriaba, con lo que finalmente llegó a la conclusión de que el anciano había muerto.
A la mañana siguiente, los aldeanos vieron a Song Gang encorvado, con su abuelo muerto a cuestas, sujetándolo con el brazo izquierdo, y llevando bajo el derecho una estera de paja y una pala. Se detuvo ante una casa tras otra anunciando sombríamente:
—El abuelo ha muerto.
Varios parientes pobres del anciano terrateniente siguieron a Song Gang hasta la entrada de la aldea, a fin de ayudarle a extender la estera de paja, y allí se les unieron otros aldeanos. Song Gang depositó cuidadosamente a su abuelo sobre la estera y luego la ató con tres vueltas con un bramante fuerte, para formar un fardo funerario. Éste le serviría de féretro al anciano terrateniente. Unos hombres de la aldea ayudaron a cavar una fosa, y Song Gang transportó el fardo con el cadáver hasta la tumba y se arrodilló junto a ella. Lo introdujo, se puso de pie y se secó las lágrimas. Luego, empezó a echar la tierra. Observando al ahora solitario Song Gang, las mujeres de la aldea no podían contener el llanto.
El anciano terrateniente fue sepultado junto a Song Fanping y a Li Lan. Durante catorce días Song Gang vistió una camisa de cáñamo en señal de luto, y al término de su segunda semana del ciclo luctuoso hizo el equipaje con sus efectos, dejando a los parientes la cabaña y los escasos muebles. Sucedió que alguien se dirigía a la ciudad, y Song Gang le pidió que llevara un mensaje a Li Guangtou: Song Gang se disponía a ir a casa.
Song Gang se despertó hacia las cuatro de aquella madrugada, y cuando abrió la puerta vio el cielo todavía poblado de estrellas. Pensando en que estaba a punto de ver a Li Guangtou, se apresuró a cerrar la puerta y partió hacia la entrada de la aldea. Una vez allí, permaneció quieto un rato bajo la luz de la luna, contemplando la aldea donde había pasado sus últimos diez años, y bajando la mirada la dirigió a las viejas tumbas de Song Fanping y de Li Lan y a la recientemente cavada del anciano terrateniente. Luego, echó a andar por el camino desolado, siempre a la luz de la luna, hacia la ciudad de Liu, todavía dormida. Song Gang dio su postrero adiós a su abuelo, de quien había dependido los últimos diez años, y se dispuso a reanudar su vida junto a Li Guangtou.
Al amanecer, Song Gang hizo su entrada en nuestra ciudad de Liu por la puerta del sur. Completamente cubierto por el polvo del camino, por fin regresaba a casa. Portaba la misma bolsa de viaje que Li Lan había llevado consigo a Shanghai, cuando fue allí en busca de tratamiento médico; la misma bolsa que llevaba cuando, de regreso de Shanghai, recibió la noticia de la muerte de Song Fanping; y la misma bolsa en la que había metido el envoltorio con la tierra empapada con la sangre de Song Fanping. Cuando Song Gang se trasladó al campo para vivir con su abuelo, en esa bolsa Li Lan dispuso su ropa y los caramelos Conejo Blanco. Ahora Song Gang llevaba de nuevo la bolsa, aunque sólo contenía unas pocas prendas de vestir viejas. A eso se reducían las posesiones de Song Gang.
Song Gang dejó la ciudad de Liu siendo niño, y ahora regresaba a ella como un joven apuesto. Pero cuando llegó, Li Guangtou no estaba en casa porque, sabiendo que Song Gang regresaba aquel día, también se había levantado a las cuatro de la madrugada, y antes del amanecer se había dirigido al herrero para que le hiciera a Song Gang un duplicado de la llave. Naturalmente, no esperaba que Song Gang también se levantara en plena noche ni que estuviera aguardando en el escalón de acceso al amanecer. Song Gang permaneció allí con su bolsa de viaje más de dos horas, mientras Li Guangtou esperaba en la calle principal a que el herrero abriera su taller. Song Gang era ahora tan alto como su padre, aunque no tan bien constituido. Era pálido y delgado, vestía una camisa demasiado corta, y las mangas y las perneras de los pantalones habían sido alargadas con retales cosidos de diferentes tejidos. Song Gang continuó pacientemente frente a la puerta de su casa, esperando el regreso de Li Guangtou. Se pasaba la bolsa de viaje de una mano a otra, cuidando de no apoyarla en el suelo para que no se ensuciara.
Al volver a casa, Li Guangtou divisó a Song Gang desde lejos: su hermano, tan alto, sosteniendo su bolsa de viaje y de pie, con semblante inexpresivo, ante la puerta. Li Guangtou se acercó sigilosamente por detrás a Song Gang y le propinó un puntapié en el trasero. Song Gang vaciló un momento y luego oyó la risa de Li Guangtou. Ambos hermanos se dedicaron a perseguirse frente a la casa durante media hora, levantando una gran nube de polvo. Li Guangtou alternaba los puntapiés y el barrido de pierna, mientras Song Gang saltaba y brincaba para evitarlos sin soltar la bolsa de viaje. Continuaron con la refriega, con Li Guangtou atacando como una lanza y Song Gang defendiéndose como un escudo. Al final ambos hermanos se derrumbaron amontonados histéricamente, riendo hasta que las lágrimas manaron de sus ojos y los mocos, de sus narices, y se doblaron a causa de la tos. Finalmente, Li Guangtou, recobrando el resuello, sacó la nueva llave y se la tendió a Song Gang, diciéndole:
—Abre la puerta.
Li Guangtou y Song Gan eran como la maleza que, a pesar de haber sido pisoteada, continuaba creciendo vigorosamente. Tras su graduación en la escuela secundaria, ninguna fábrica se mostró dispuesta a contratar a Li Guangtou, a causa de su mala reputación. Sin embargo, en aquella época la Revolución Cultural había concluido, se iniciaban la reforma de Deng Xiaoping y la Campaña de Apertura, y su antiguo benefactor Tao Qing era ahora subdirector de la Oficina de Asuntos Civiles del distrito. Recordando la abyecta muerte de Song Fanping frente a la estación de autobuses y cómo Li Lan, agradecida por su ayuda, se había prosternado con tal fuerza que llegó a cubrirse de sangre la frente, Tao Qing decidió echar una mano a Li Guangtou. Dispuso que lo destinaran a la Fábrica de Buenas Obras, una plaza que se reservaba a quienes se hacía una caridad, y que administraba la propia Oficina de Asuntos Civiles. Además de Li Guangtou, la Fábrica de Buenas Obras contaba con catorce empleados: dos lisiados, tres idiotas, cuatro ciegos y cinco sordos. En cuanto a Song Gang, su permiso de residencia había permanecido en la ciudad de Liu, de modo que a su regreso fue destinado a trabajar en la fábrica metalúrgica local, la misma en la que Liu Chenggong, ahora Liu el Autor, era jefe de la sección de suministros y ventas.
Ambos hermanos cobraron su primer sueldo mensual el mismo día. La fábrica metalúrgica donde trabajaba Song Gang estaba cerca, de modo que él llegó a casa el primero. Se quedó en el caminito de acceso esperando a Li Guangtou. Allí Song Gang, agarrando firmemente en el bolsillo los 18 yuanes, supo que Li Guangtou también había percibido su primera paga mensual, y que también la tenía bien agarrada en su mano cubierta de sudor. Li Guangtou se acercó a Song Gang y le preguntó, emocionado:
—¿Te han pagado lo tuyo?
Li Guangtou asintió. Vio la expresión gozosa de Song Gang y preguntó:
—¿Y a ti?
Song Gang también asintió. Ambos fueron a la habitación, cerraron rápidamente la puerta y corrieron las cortinas por miedo a los ladrones. Entonces rompieron a reír histéricamente mientras arrojaban su dinero sobre la cama: 36 yuanes en total, con los billetes empapados con el sudor de las palmas de sus manos. Se sentaron en la cama y contaron los 36 yuanes una y otra vez. Los ojos de Li Guangtou se iluminaron, mientras que los de Song Gang se contrajeron hasta formar unas estrechas ranuras. Para entonces Song Gang ya era muy miope y tenía que ponerse el dinero delante de las narices para verlo. Li Guangtou sugirió que hicieran un fondo común con sus ganancias y que Song Gang las administrara. Song Gang consideró que, puesto que era el mayor, resultaba sin duda apropiado que asumiera esa responsabilidad. Así pues, recogió los billetes que había sobre la cama, uno por uno, los dispuso en un montón y dejó que Li Guangtou los contara una vez más. Luego Song Gang volvió a contarlos por última vez y suspiró satisfecho.
—Nunca había visto tanto dinero junto.
Mientras hablaba, Song Gang se subió a la cama y dio con la cabeza en el techo. Después se inclinó y se desabrochó los pantalones, poniendo al descubierto una ropa interior confeccionada con viejos retales. Había un bolsillito cosido en la parte interior de aquella prenda, y allí fue donde Song Gang escondió cuidadosamente sus ganancias sumadas. Li Guangtou lo felicitó por el trabajo del bolsillo y le preguntó quién se lo había hecho. Song Gang respondió que se lo había cosido él mismo, y añadió que también se había cortado el patrón y cosido la ropa interior. Li Guangtou expresó su admiración:
—¿Eres un hombre o una mujer?
—También sé tricotar un suéter —dijo Song Gang echándose a reír.
Después de que ambos hermanos recibieran su primer sueldo mensual, lo primero que hicieron fue ir al Restaurante Popular y tomarse un cuenco de fideos corrientes con caldo. Al principio Li Guangtou quería pedir los fideos especiales de la casa, pero Song Gang argumentó que deberían vivir con más comodidad, antes que regalarse con gollerías. Li Guangtou reconoció que Song Gang tenía razón, y puesto que esta vez el dinero procedía de su propio bolsillo y no del de alguien que trataba de comprar los secretos del trasero de Lin Hong, se apresuró a manifestar su conformidad con tomarse sólo unos fideos corrientes. Song Gang se dirigió a la cajera, se desabrochó los pantalones y, mientras la mujer de la caja registradora lo miraba, se dedicó a rebuscar dentro. Li Guangtou inmediatamente rompió a reír a carcajadas, mientras la empleada de mediana edad, quien parecía demasiado familiarizada con aquel tipo de escenas, aguardaba impasible a que Song Gang sacara el dinero. Por fin consiguió extraer un billete de un yuan del bolsillo de su ropa interior, se lo alargó a la empleada y luego se quedó sujetándose los pantalones, pacientemente, a la espera del cambio. Dos cuencos de fideos corrientes costaban 18 centavos, y tras recibir 82 de vuelta, Song Gang dobló cuidadosamente el dinero, empezando por los billetes grandes y continuando por los pequeños, y luego lo devolvió todo, incluida la calderilla, a su bolsillo secreto en su ropa interior. Entonces se abrochó de nuevo los pantalones y acompañó a Li Guangtou a una mesa vacía.
Una vez los hermanos hubieron acabado sus fideos corrientes, abandonaron el Restaurante Popular secándose el sudor de la frente, y a continuación se dirigieron a la tienda de tejidos Bandera Roja a comprar algunas prendas azul marino. Esta vez estaba tras el mostrador una joven, que contempló con horror cómo Song Gang se desabrochaba otra vez los pantalones y empezaba a hurgar en su interior. La joven se ruborizó hasta ponerse carmesí mientras Li Guangtou le dirigía una mirada lasciva. Ella se volvió bruscamente para hablar con una de sus compañeras. Song Gang estuvo rebuscando en sus pantalones un buen rato, mientras contaba en voz alta. Cuando finalmente sacó el dinero, resultó que era precisamente la cantidad que necesitaba para pagar la ropa. Mientras la joven sonrojada aceptaba el dinero, Li Guangtou le preguntó a Song Gang, sorprendido:
—¿Dónde aprendiste ese truco?
Song Gang bizqueó ante la vendedora sonrojada. Su miopía le impidió darse cuenta de la turbación de ella. Sonriendo, se abrochó los pantalones y le explicó a Li Guangtou:
—Como doblo los billetes en orden, desde los pequeños a los grandes, siempre sé qué billetes están encima.
Con sus paquetes de tela en la mano, se dirigieron al taller de Zhang el Sastre y le pidieron que les hiciera a cada uno un traje Mao. Por tercera vez Song Gang se metió la mano en los pantalones y empezó a rebuscar en su interior. Zhang el Sastre se echó la cinta de medir al cuello y, viendo a Song Gang revolviendo con la mano dentro de los pantalones, rompió a reír.
—Bonito sitio para guardar tu dinero…
Song Gang sacó el dinero y se lo alargó a Zhang el Sastre, que se lo llevó a la nariz, lo olió y dijo:
—Huele a polla.
Aunque no podía ver con claridad, Song Gang dedujo que Zhang el Sastre había olido su dinero. Cuando abandonaban el taller, Song Gang, bizqueando, le pidió la confirmación a Li Guangtou.
—¿Estaba oliendo nuestros billetes?
Li Guangtou se dio cuenta de la extrema miopía de Song Gang, e insistió en ir al óptico para comprar un par de gafas. Song Gang negó con la cabeza, argumentando que podían esperar hasta que vivieran con más comodidad. Li Guangtou se había comprometido antes a no pedir los fideos especiales de la casa, pero ahora defendió su postura. Se plantó en medio de la calle y se puso a gritarle a Song Gang:
—¡Para cuando vivamos con más comodidad es muy probable que te hayas quedado ciego!
Song Gang quedó estupefacto por el arrebato de Li Guangtou, y a través de su bizquera pudo ver que un buen número de personas se había detenido a mirarlos. Song Gang pidió a Li Guangtou que bajara la voz, pero él reanudó sus gritos:
—¡Vamos! ¡Vamos a que te pongan unas gafas!
Mientras Li Guangtou decía esto, empezó a caminar ostentosamente hacia la óptica, con un reacio Song Gang siguiéndolo. Ya no avanzaban a zancadas el uno al lado del otro, como un momento antes, sino uno detrás del otro. Ambos tenían el aspecto de haber mantenido una riña, con Li Guangtou desfilando en cabeza como el vencedor, y Song Gang dejándose arrastrar, abatido.
El mes que siguió, los hermanos dispusieron de sus trajes Mao azul marino, y Song Gang ahora llevaba un par de gafas con montura negra. Li Guangtou había insistido en comprar la montura más costosa de la tienda, lo que hizo derramar lágrimas a Song Gang. Por una parte, a Song Gang le dolía gastar tanto dinero, pero por otra se sentía conmovido por la generosidad de su hermano, y decidió que Li Guangtou era, después de todo, una persona cabal. Después de ponerse sus gafas nuevas y salir de la óptica, Song Gang hizo un gesto emocionado dirigiéndose a Li Guangtou y exclamó:
—¡Qué claro se ve todo ahora!
Song Gang le dijo a Li Guangtou que con las gafas nuevas el mundo se había vuelto tan limpio como si acabaran de fregarlo. Li Guangtou se echó a reír y dijo que ahora que Song Gang disponía de un par de ojos extra, debía advertirle cuando divisara una mujer guapa. Song Gang asintió, se unió a sus risas y empezó a recorrer la calle con la vista en busca de una mujer guapa para Li Guangtou. Ataviados con sus trajes Mao nuevecitos, los hermanos recorrían la calle principal de Liu. Algunos ancianos que jugaban al ajedrez chino junto a la calzada levantaron la vista, sorprendidos, señalando que la noche anterior aquellos dos iban vestidos como mendigos, pero aquel día parecían altos funcionarios municipales. Los ancianos suspiraban.
—Bien es verdad que el traje hace al hombre.
Song Gang era alto y delgado, muy hermoso de cara, y ahora tenía un acusado aspecto de erudito, con sus gafas de montura oscura. Li Guangtou, por su parte, era bajo y rechoncho, e incluso con su traje Mao seguía pareciendo un bandido. Los hermanos eran inseparables y paseaban por las calles de Liu. Los ancianos de la ciudad hacían gestos señalándolos, y decían que uno parecía un funcionario civil y el otro, un militar. Las jóvenes de Liu, mientras tanto, no se mostraban tan corteses, y los comparaban con el monje budista Tripitaka, de Viaje a Occidente, y con su compañero el Cerdito.