Brothers
Capítulo 8
Después de su tempestuosa luna de miel, la vida de Song Fanping y Li Lan se convirtió en un apacible flujo de satisfacciones. Salían de casa juntos para acudir al trabajo y regresaban también juntos al final del día. La escuela de Song Fanping estaba cerca de su domicilio, de modo que al concluir la jornada siempre iba caminando hasta el puente y esperaba tres minutos hasta que llegaba Li Lan. Sonrientes, se dirigían a casa hombro con hombro. Compraban juntos las provisiones, cocinaban juntos, hacían la colada juntos, dormían juntos y se despertaban a la vez. En realidad, nunca se separaban.
Transcurrido un año de esta vida, volvieron las migrañas de Li Lan. La dicha de la existencia de recién casados había suspendido temporalmente ese viejo problema suyo, pero era como si el dolor se cobrara intereses, y cuando la afectó de nuevo aún resultaba más atroz que antes. Li Lang ya no se limitaba a rechinar los dientes, sino que de sus ojos brotaban a raudales lágrimas de dolor. Se sentaba con un paño blanco atado al cuello, como si acabara de dar a luz, y se golpeaba todo el día las sienes con los dedos, como un monje que llevara la cuenta de sus rezos, y el ruido podía oírse en toda la casa.
Durante aquel período, Song Fanping sufría una grave privación del sueño. A menudo era despertado en plena noche por los gritos de dolor de Li Lan. Se levantaba y le llevaba un cubo con agua del pozo, luego empapaba una toalla con el agua helada, la retorcía y se la colocaba a Li Lan en la frente. Esto le procuraba algún alivio. Song Fanping la cuidaba como si fuera un paciente aquejado de fiebre alta, y se levantaba varias veces a lo largo de la noche para cambiarle las toallas frías. Pero él estaba convencido de que debería ingresar en un hospital y recibir un verdadero tratamiento. No confiaba en absoluto en los médicos locales, de modo que se sentaba a la mesa del comedor y escribía a su hermana mayor, que vivía en Shanghai. Le dirigía una carta similar casi cada semana, instándola a que le ayudara a encontrar allí un hospital adecuado. Salpicaba sus cartas con incontables frases como extremadamente urgente y emergencia desesperada, y cada vez concluía con una hilera de signos de exclamación.
Dos meses más tarde, su hermana finalmente contestó anunciando que había localizado un hospital, pero que se necesitaría una autorización de traslado emitida por un centro médico local. Estas noticias aumentaron la impresión que a Li Lan le producía la capacidad de acción de su marido. Song Fanping solicitó un permiso de media jornada en la escuela y acompañó a Li Lan a la fábrica de tejidos de seda al final de la pausa para almorzar. Quería hablar con el director y pedirle permiso para que Li Lan fuera a Shanghai a tratarse de sus migrañas. Li Lan era de esa clase de personas que no se atreven a pedir siquiera un día libre, de modo que, después de conducir a Song Fanping hasta el despacho del director, se lamentó ante su marido de que no se atrevía a entrar y le preguntó si podía entrar solo. Sonriendo, Song Fanping asintió y, mientras entraba, le dijo que esperara fuera la buena noticia.
Song Fanping era una leyenda en la ciudad de Liu, donde lo había hecho famoso su mate. Cuando se presentaba, el director lo interrumpió para decir:
—No hace falta, no hace falta. Usted es el que logró aquel mate.
Luego se pusieron a charlar como viejos camaradas. Estuvieron hablando más de una hora; tanto tiempo que parecía como si Song Fanping hubiera olvidado que su esposa aguardaba fuera. Li Lan estaba completamente extasiada por aquella conversación, e incluso mucho, mucho después, siempre que pensaba en su marido, suspiraba y decía: «¡Tenía un pico de oro!».
Song Fanping salió acompañado por el director, quien no sólo estuvo conforme con que Li Lan viajara a Shanghai para que la visitara un médico, sino que, incluso, le dijo repetidamente:
—No se preocupe de nada cuando esté en Shanghai; limítese a ponerse buena. Si tropieza con cualquier dificultad, no tiene más que dirigirse a nosotros y la fábrica se la resolverá.
Song Fanping recurrió a su pico de oro, y sus artes mágicas surtieron el mismo efecto en el hospital. Él y un médico joven charlaron de todo, desde astronomía hasta geografía, saltando de un tema a otro y llegando de algún modo a un acuerdo en todo. Charlaron hasta que se quedaron sin saliva y se les enrojeció el rostro, mientras Li Lan permanecía sentada a un lado, anonadada y habiendo olvidado sus migrañas. Miraba gozosa a Song Fanping, pues no tenía ni idea de que el hombre con el que llevaba viviendo un año poseyera semejante talento. Después de entregarles la autorización de traslado, el médico joven los acompañó hasta la puerta principal, estrechó la mano de Song Fanping y le dijo que, finalmente, había encontrado a su igual. Añadió que tenían que reunirse otro día, tomarse una jarra de vino acompañada de unos bocaditos y darle a la sin hueso toda la noche.
Durante el trayecto a casa, Li Lan no cabía en sí de gozo. Apretaba suavemente la mano de Song Fanping, y cuando él la miraba, veía que sus ojos ardían como hornos calientes. Una vez llegados a casa, Li Lan arrastró a Song Fanping a la habitación interior y cerró la puerta. Se abrazó con fuerza a Song Fanping, apoyando la cabeza en su amplio pecho, y las lágrimas de felicidad empaparon su camisa.
Desde que su primer marido se ahogó en la letrina, aquella mujer tímida se había acostumbrado a vivir en la vergüenza, completamente sola. Ahora Song Fanping le estaba proporcionando una felicidad con la que nunca hubiera soñado. Ahora tenía alguien de quien depender, ¡y qué maravillosa montaña en la que apoyarse! Sentía que ya no tenía que caminar con la cabeza gacha. Song Fanping le permitió levantar orgullosamente ante el mundo su cabeza y su rostro.
Song Fanping no comprendía por qué Li Lan se había vuelto tan emotiva. Riendo, la hizo a un lado y le preguntó qué pasaba. Li Lan meneó la cabeza, no dijo una palabra y no aflojó su abrazo hasta que oyeron a Li Guangtou y a Song Gang gritar fuera: «¡Tenemos hambre! ¡Tenemos hambre!». Song Fanping preguntó a su mujer por qué lloraba, pero ella se volvió con gesto tímido y abandonó rápidamente la habitación.
Li Lan tomaría el autobús para Shanghai la tarde siguiente. Toda la familia salió a mediodía. Song Fanping cargaba con una bolsa de viaje gris que había comprado en Shanghai durante su primer matrimonio. En un costado de la bolsa figuraba la palabra Shanghai en color rojo oscuro. Todos se pusieron ropa limpia y se dirigieron al estudio fotográfico. Alrededor de un año antes, Song Fanping quiso un retrato de familia el día siguiente de la boda, pero como su cara estaba por entonces hinchada, no se hicieron la foto. Con el tiempo Song Fanping acabó por olvidar todo aquello, pero ahora que Li Lan se iba a Shanghai para recibir tratamiento, pensó de nuevo en retratarse.
Los cuatro llegaron al estudio, donde una vez más creció la estimación de Li Lan por Song Fanping. Parecía saberlo todo, y daba instrucciones al fotógrafo para que desplazara los focos hasta que no se proyectara sombra alguna en sus rostros. El fotógrafo siguió sus indicaciones, moviendo los focos y asintiendo a cuanto le decía. Una vez el fotógrafo hubo terminado de disponer las luces, Song Fanping se acercó a la cámara para echar un vistazo y ajustó él mismo los focos un poco más. Luego indicó a los dos niños cómo tenían que inclinar la cabeza y cómo sonreír. Colocó sentados en medio a Li Guangtou y a Song Gang, a Li Lan la puso al lado de Song Gang, y él se situó junto a Li Guangtou. Les dijo que miraran la mano levantada del fotógrafo, y después él mismo empezó a contar:
—¡Uno, dos, tres, sonreíd!
El fotógrafo accionó el obturador y sus radiantes sonrisas quedaron conservadas en una foto en blanco y negro. Después de pagar, Song Fanping dobló cuidadosamente el resguardo y se lo guardó en la cartera. Se volvió a los chicos y les dijo que podrían ver la foto al cabo de una semana. Luego tomó la bolsa gris de viaje y condujo a su esposa e hijos a la estación de autobuses.
En la sala de espera de la estación se sentaron en hilera. Song Fanping le describió una y otra vez a su hermana. Le dijo que la estaría esperando junto a la salida de la izquierda de la estación de autobuses de Shanghai, y que le había pedido que llevara un ejemplar del diario Liberación. Mientras Song Fanping seguía charlando, un hombre se acercó pregonando caña de azúcar, lo que indujo a Li Guangtou y a Song Gang a dirigir una mirada implorante a sus padres.
Li Lan solía ser tan frugal que casi nunca comía ni bebía. Pero al pensar que estaba a punto de separarse de los chicos por un tiempo, les compró un tallo entero de caña de azúcar. Los niños observaban al hombre mientras retiraba las capas superiores de la caña de azúcar y la cortaba en cuatro trozos, y ya no se enteraron de nada de lo que dijeron sus padres después de aquello, tan absortos estaban en mascar su caña de azúcar.
Cuando llegó el momento de tomar el autobús, Song Fanping desplegó una vez más en todo su esplendor sus dotes de persuasión. Se las arregló para convencer al revisor de que permitiera a toda la familia acompañar a Li Lan al interior del autobús. Una vez dentro, Song Fanping hizo acomodarse a Li Lan en su asiento y colocó la bolsa gris de viaje en la red de equipajes. Incluso pidió a un joven que ayudara a Li Lan a apearse cuando llegaran a Shanghai. Luego Song Fanping bajó con Li Guangtou y con Song Gang, y permanecieron juntos bajo la ventanilla de Li Lan. Ella, con la vista fija en las tres figuras, asentía a cuanto le decía Song Fanping. Éste, finalmente, le pidió que no olvidara traerles algo a los chicos cuando regresara. Con las bocas llenas de caña de azúcar, Li Guangtou y Song Gang de inmediato exclamaron:
—¡Caramelos del Conejo Blanco!
Sus padres les aseguraron que aún quedaban algunos Conejo Blanco en casa. Li Guangtou y Song Gang se asustaron tanto, que dejaron de mascar la caña de azúcar, pero, por suerte, el autobús no tardó en arrancar. Cuando abandonaba la estación, Li Lan, deshecha en lágrimas, se volvió para mirarlos una vez más. Song Fanping le hizo un gesto de despedida mientras sonreía, sin saber ni remotamente que aquélla sería la última vez que vería a su esposa. La postrera imagen que tuvo de Li Lan fue de perfil mientras se secaba las lágrimas. Li Guangtou y Song Gang sólo recordaron la nube de polvo que levantaba el autobús al alejarse.