Calendario

Almudena Guzman · Capítulo 1 de 11

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Días de Lluvia

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SUAVE es la tarde con su desvarío de pájaros al fondo

y sus castaños de Indias abiertos a la calma de quien no espera nada.

También la flor de pascua de mi mesa obedece sin espejos a los rayos del sol y crece:

bueno es este mundo y amable

como la lluvia y la brisa en las rosas.

Solo yo no he aprendido la lección de las lagartijas engarzadas en la pared

ni la del gato que se enrosca sobre sí mismo.

Pobre diablo aquel que desafía y pretende quebrar con relojes y amores el ritmo de diamante de la vida.

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LA lluvia y el sueño siempre se han llevado tan bien…

Y yo en cambio levantada haciéndome una tila, los ojos más inquietos que los de los pájaros.

Desafiando toda norma,

toda lógica orgánica y atmosférica.

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Al alba

la soledad es tan bella y tan fría

como el rocío que se duerme

en las plumas de los pájaros.

Quisiera abrir la ventana

y enredarme en la hiedra rojiza

de este sol de invierno que apenas ha nacido y que ya duele.

Convertirme en raíz

y llegar con la lluvia

hasta el fondo del vientre del bosque.

Tocar la rosa que me espera detrás

de la niebla.

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ENTONCES el beso conocía el norte y el sur, el este y el oeste de toda cartografía como si antes de labio en medio de la lluvia hubiera sido rosa de los vientos

o brújula del corsario de los siete mares.

Nada estaba preparado

—dormían las leyendas su sueño abisal—

y sin embargo no cabía margen alguno de error: cada noche atracaba en su alborada,

cada zozobra en su bahía,

cada deseo en su rompeolas.

Así era el amor,

volver a casa

con la red llena de certidumbres,

nunca un naufragio en alta muerte

Silenciosa

como ahora.

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Y qué decir de la poesía de la que eras grumete,

timonel y capitán a la vez,

siempre avanzando cara al sol

o contra el viento,

siempre izadas en medio de la lluvia o trepando por la primavera de los mástiles las velas de nieve de su corazón,

las rojas azaleas de su bandera.

Entonces el tiempo pasaba rápido como una bandada de delfines limpiando la cubierta de inútiles aparejos, sorteando los escollos de falso coral, evitando el transitado cabotaje;

de los piratas amabas la magia

de convertir en propio el oro ajeno, de los marinos oficiales odiabas el engaño de trocarlo en galonada baratija de nadie.

Y al atardecer,

subida al palo mayor catalejo en mano, sentías que todo aquello que no era tierra a la vista era tuyo.

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Me hablabas y me hablabas, mientras llovía,

de las excelencias de la vela,

de amuras y drizas

y demás nomenclatura misteriosa

para una sirena varada como yo.

No entendía ni entiendo de lescas ni de llenos y la cabullería me sonaba a mucho lío: ahora ya puedo decírtelo.

(Lo único que supe entonces

es que más tarde estaría contigo

en la cresta de una ola).

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Hoy en la siesta

un molinillo de viento

me ha puesto en el sueño un beso

en el hueco de mis caderas,

en el dorso de mis muñecas

y,

en el beso,

unas gotas del olor a sal de tus brazos.

(Así eran los regalos que solíais hacerme, tú y el Mediterráneo,

cuando llovía y me echabais de menos y queríais anclaros para siempre

en la cruz de Malta de mi pecho).

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La lluvia también se acuerda de tu forma de estar en las cosas pequeñas.

Lleva mucho tiempo ahí fuera

con los ojos suplicantes como un chucho, sin atreverse a entrar,

pero yo sé que lo daría todo

por quedarse dormida entre tus libros, por salir con nosotros en la foto enmarcada de mi mesa de trabajo

o ceñirse resuelta tu albornoz.

Ella se desliza de hoja en hoja

de palmera

con la misma languidez de tu mano

cuando movías la torre o el alfil.

Antes casi siempre perdías.

Ahora acabas de darme jaque mate.

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LEO lo que escribí de ti y de mí en esos días de tanta lluvia,

con Bach y los naranjos

de contertulios ante el fuego

y los catarros, las pupas,

las mutuas manías,

advirtiéndonos de aquella bomba colgada del tiesto de las glicinas

que oscilaba sobre nuestras cabezas

sin llegar a caer,

contenida por el Atlante de la risa

y el lujo inaudito

de poder ignorarnos,

de tener tiempos muertos,

de no abundar en preguntas y respuestas cuando había tanto que disfrutar del silencio.

Desde entonces hasta ahora

los atlantes se nos han vuelto anémicos y quién sabe si esos fueron y serán nuestros últimos días de lluvia, Pero,

de todas formas,

me sigue gustando leer lo que escribí de ti y de mí, en especial lo de tu imagen con bufanda volviendo de comprar la leche y el pan, y la mía con sonrisa y pijama de osos pandas saludándote desde el balcón.

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